CAPITULO XXII.

Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar.

Aquella misma tarde, un jóven con un trage sumamente pintoresco, y con

una escopeta al hombro, atravesaba por el áspero desfiladero de una

montaña próxima á Cádiar.

El trage de este jóven, consistia en un gorro ó bonete de granada, una

chaquetilla de colores vivos, y adornada con alhamares y bordados de

plata; una camisa sin cuello, bajo una chupa del mismo color que la

chaqueta (jaqueta la llamaban los moros); una faja de seda sobre la

chupa, y unos calzones anchos, cortos hasta la rodilla, abiertos por

abajo, cuadrados en su abertura, y en las piernas unos botines de grana

bordados.

Llevaba ademas sobre la faja un cinto con dos bolsas, llenas la una de

balas de hierro, y la otra de pólvora: en el cinto dos largos pedreñales

ó pistoletes, y un puñal; pendiente del cinto con dos cordones de seda,

un alfange berberisco, y sobre el hombro un albornoz de lana, listado á

anchas franjas negras y blancas.

Este jóven era Aben-Aboo.

Con su bello trage morisco, su fisonomía se habia completado: era el

infante de Granada, brabío y valiente, con el sello característico de su

raza fijo en el semblante, y la expresion sombría y amenazadora del

oprimido, que tras largos años de paciencia, se levanta ante su opresor.

Era á punto que el sol se ponia, el cielo hasta entonces limpio y

despejado, empezaba á cargarse de oscuras nubes hácia el Norte, y allá

entre los altos picos de Sierra Nevada se escuchaba rodar el trueno á lo

lejos: frias ráfagas de viento pasaban silbando entre los brazos

desnudos de las encinas y las peladas rocas, á las que se veia acudir

las águilas para preservarse en su profundo nido de la tempestad.

Aben-Aboo siguió andando á gran paso.

El nublado siguió avanzando con extrañada rapidez, y al fin, al ponerse

el sol, un tupido toldo de densas nubes cubrió las montañas.

Algunas gruesas gotas cayeron sobre las rocas.

Aben-Aboo entonces partió á la carrera.

Los que hayan viajado por las Alpujarras, y hayan tenido necesidad de

atravesar una rambla para llegar al término de su viaje, comprenderán

por qué Aben-Aboo, que tenia que atravesar la rambla de los Ciegos,

corria.

A los que no conozcan aquel terreno, les diremos: que basta una lluvia

de algunos minutos para que en aquel quebradísimo terreno, las

innumerables vias de las vertientes de las montañas, conduzcan á la

rambla que viene á ser un punto de reunion, un pequeño arroyo, y que

juntos todos estos arroyos produzcan por su inconcebible número una

corriente bastante considerable para que no pueda ser atravesada por un

hombre.

Cuando la lluvia es fuerte y dura algunas horas, no es ya un rio

invadeable, el que rueda por la rambla, sino un torrente monstruoso,

atronador, que se extiende de monte á monte, que arrastra árboles y aun

rocas: un alubion gigantesco que dura muchas horas despues de haber

terminado la lluvia que lo produce, que va á aumentar alguno de los

traidores rios de las Alpujarras, y que cuando se extingue deja sobre la

rambla un fango arenoso, entre el cual, no es difícil encontrar reses

muertas y aun cadáveres humanos.

Por eso corria Aben-Aboo.

La tormenta se le echaba encima, y la lluvia empezaba, lenta si, pero

con indicios de aumentarse progresivamente hasta convertirse en un

furioso aguacero.

Saltaba el jóven como un gamo de roca en roca, y al fin vió una ancha

abertura practicada entre dos rocas gigantes, por la cual se veia un

plano ancho, pendiente, de arena blanca y brillante.

Tan blanca era esta arena, que cuando reverberaba en ella el sol,

ofendia la vista, por cuya razon la habian llamado la rambla de los

Ciegos.

Entre estas dos altísimas y cortadas rocas, habia un hombre cubierto en

otro albornoz rayado, que al saltar junto á él Aben-Aboo, desde una

breña, retrocedió un paso y preparó su escopeta, exclamando con acento

enérgico:

--¡Párate! ¡la señal!

--¡Granada y los monfíes! contestó Aben-Aboo.

--¡Ah! ¿eres tú sobrino? dijo el que esperaba, y dejó caer el embozo de

su albornoz.

Era Aben-Jahuar-el-Zaquer.

--¿Y nuestra gente? dijo Aben-Aboo.

--Estan mas abajo.

--Está con ellos Abd-el-Melik-el-Ferih.

--No; pero ya hemos quedado de acuerdo: nuestra gente se compone de

veinte de los mios.

--¡No son monfíes!

--No; son moriscos y cristianos renegados por delitos, gente dura y

braba, que yo estoy reclutando hace tiempo, y cuyo número aumento con

todo hombre á proporcion que se me viene á las manos.

--¿Y sabe el emir que vos teneis esa gente?

--Si lo sabe yo no se lo he dicho.

--¿Y entonces quien paga á esa gente?

--Los moriscos de Granada y de la Vega.

--¡Ah! ¿y cuántos son?

--Unos trescientos que podran servirnos de mucho para nuestros asuntos

particulares.

--¿Y para qué habeis traido con vos esos veinte hombres?

--Atravesemos la rambla, sobrino, que la noche y la lluvia se nos vienen

encima por fortuna nuestra, y sabrás para lo que he traido conmigo á esa

gente.

Y Aben-Jahuar tomó á buen paso hácia las quebraduras del frente seguido

de Aben-Aboo.

Cuando hubieron atravesado la rambla, subido un áspero repecho, y

penetrado en las quebraduras que habia indicado el tio al sobrino, se

encontraron en un terreno extremadamente brabío, oculto bajo el saliente

de una roca.

--¿Ves la Muela del Lobo, sobrino? dijo Aben-Jahuar, señalando una alta

roca que se veia á lo lejos hácia el Sur, al pié de una montaña.

--Si por cierto.

--¿Ves al pié de la Muela una huerta, y en medio de la huerta una casa?

--Sí.

--¿Y alcanzas á percibir á la poca luz que tenemos, lo que pasa delante

de aquella casa?

--Tengo muy buena vista, tio: delante de aquella casa hay tres literas,

seis caballos y algunas acémilas que estan cargando con maletas y

cofres. Eso indica que la gente que vive en aquella casa, ha olido la

tempestad de sangre que se prepara, y huye antes de que se le eche

encima. Algunos perros cristianos que piensan ponerse en salvo antes de

que arrecie el peligro.

--¡Bah! en aquella casa hay cristianos y monfíes.

--¡Cristianos y monfíes!

--Si por cierto: voy á decirte el nombre de los cristianos: primeramente

la excelentísima señora duquesa de la Jarilla, doña Esperanza de

Cárdenas, ó sino la conoces por ese nombre, la sultana Amina.

--¡La sultana Amina! exclamó estremeciéndose Aben-Aboo.

--Déjame que continúe mi lista de cristianos: el antes solamente marqués

de la Guardia, y hoy duque de la Jarilla por su casamiento con la

sultana, don Juan Coloma.

--¡Ah! ¡mi amigo el marqués! exclamó con un sarcasmo amenazador el

jóven.

--Ademas, doña Estrella Coloma y Cárdenas, hija de los excelentísimos

duques de la Jarilla.

--¡Su hija!

--Item: la nodriza de doña Estrella y dos criadas: Calpuc, el indiano,

abuelo de doña Esperanza, y bisabuelo de doña Estrella; don César de

Arévalo, tio del marqués de la Guardia, ó mejor dicho del duque de la

Jarilla, y por último Peralvillo, lacayo del duque.

--Y sin duda allí estará tambien...

--Sí, voy á decirte los monfíes que estan en esa casa: primero el

magnífico emir de los monfíes nuestro pariente: luego Harum-el-Geniz, su

wazir, Suleiman, su walí, y como hasta cincuenta monfíes.

--¿Pero á dónde es ese viaje?

--No sé tanto; solo sé que podrá suceder muy bien si tienes valor que

hagamos un buen negocio.

--Tio... jugamos el todo por el todo.

--Y á qué nos habíamos de haber puesto estos vestidos berberiscos

nosotros y nuestra gente, á qué traer antifaces rojos sino para no ser

conocidos. Sígueme sobrino, y confia en mí y en el diablo que nos dará

buena suerte.

Aben-Jahuar y Aben-Aboo siguieron las breñas adelante, descendieron á

unas ásperas quebraduras y al entrar en ellas, Aben-Jahuar gritó

ténuemente como un cuclillo.

En el acto respondió otro grito semejante, y otro y otro.

--Ahí estan, dijo Aben-Jahuar.

--¿Quién?

--Los mios.

--Pues os juro que hubiera pasado junto á ellos sin notarlos, dijo

Aben-Aboo.

--Eso prueba, cuando han podido engañarte á tí, que eres astuto y

experimentado como el monfí mas viejo, que engañaran tambien á los

monfíes. Ahora, ocultémonos tambien nosotros, y guardemos el mas

profundo silencio.

Tio y sobrino se perdieron entre un jaral.

Junto al sitio en que toda esta gente estaba oculta, habia un estrecho

desfiladero, y en él una senda escabrosa.

El desfiladero estaba desierto.

Nadie tampoco hubiera sospechado que junto á él habia gente oculta.

Pasó algun tiempo; empezó al fin á llover con mas fuerza, y en el

momento en que arreciaba la lluvia, se oyeron resonar pasos de

cabalgaduras en la parte baja del pedregoso sendero, y voces de hombres

que hablaban descuidadamente.

--Aquijad, aquijad, decia una voz robusta; marchad de prisa, la lluvia

arrecia, y mucho será que podamos pasar la rambla de los Ciegos.

--Las mulas no pueden marchar mas deprisa, señor, contestó otra voz: nos

vemos obligados á llevar las literas una detrás de la otra.

--Pues aprisa cuanto se pueda, dijo la voz que mandaba.

De repente se oyó un sordo mugido, indistinto y sordo primero, que fue

creciendo y aumentándose hasta oirse perfectamente el bramido de las

aguas que corrian á alguna distancia.

En aquel punto la lluvia caia á torrentes.

--¡La avenida en la rambla de los Ciegos! gritó una voz.

--Pues volved, volved atrás; gritó con energía la voz que antes habia

mandado; dentro de poco tendremos por aquí otra avenida.

Apenas habia pronunciado aquella voz estas palabras, cuando sonó un

tiro: luego otro y otro, sucediendo á esto el rumor de un reñido

combate.

Veamos lo que era aquello.

Hemos dicho que la gente de Aben-Jahuar estaba oculta en unos arenales

al lado de un pendiente desfiladero: á uno de sus lados se habian

ocultado tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo.

Por aquel desfiladero habia aparecido una caravana, que aunque la noche

habia cerrado anticipadamente á causa de la tempestad, se veia de tiempo

en tiempo á la clara luz de los relámpagos.

Componian esta caravana cuatro monfíes; tras ellos tres literas, cada

una de las cuales era llevada por dos mulas una delante y otra detrás, y

cada una de estas mulas por un monfí. Luego á caballo, el marqués de la

Guardia, Calpuc, el rey del desierto, don César de Arévalo, Peralvillo y

Harum-el-Geniz: últimamente como hasta cuarenta monfíes.

En el momento en que, las literas pasaron del lugar donde estaban

escondidos con su gente Aben-Jahuar y Aben-Aboo, sonaron los disparos

que hemos dicho, y á poco se trabó un combate cuerpo á cuerpo entre los

de Aben-Jahuar, y los del emir.

Las literas habian quedado cortadas y delante, y se oia la voz de Amina

y las de sus doncellas que pedian socorro, y las imprecaciones en árabe

de los monfíes que guiaban las literas.

Uno de los relámpagos iluminó la escena.

--¡Ah! exclamó con rabia Harum el Geniz que se batia como un lobo: ¡son

corsarios berberiscos!

La estratagema de Aben-Jahuar, por lo que vemos, habia producido muy

buen efecto.

De repente el pavor se apoderó de todos.

No era un enemigo humano el que les aterraba: eran los elementos:

algunos pedazos de roca habian pasado zumbando por el desfiladero y por

la parte alta se dejó oir un ronco mugido.

--¡La avenida! ¡la avenida! gritaron todos.

Y se arrojaron fuera del desfiladero.

No tardó mucho en dejarse ver el torrente que pasó brillando entre la

oscuridad como una serpiente inmensa, blanquecina, puesta en fuga y cuya

carrera fuera velocísima.

A la luz de los relámpagos vieron Harum, el marqués, y todos los demas,

que los que creian berberiscos se perdian entre las breñas al otro lado

del torrente que por efecto de la tempestad llenaba el desfiladero.

Por una casualidad no habia quedado entre ellos ni uno solo.

Faltaban los monfíes que precedian á las literas; los que las conducian

y Amina, su hija, la nodriza y las doncellas de Amina que eran llevadas

en las literas.

Al ver esto el marqués de la Guardia, que era valiente hasta la

temeridad, antes de que nadie pudiese impedirlo, se arrojó con su

caballo á la avenida, pretendiendo atravesarla.

Un grito de horror salió de todas las bocas.

El caballo y el ginete fueron arrebatados por la corriente.

--Pronto, pronto, á buscar el puente del salto del Gamo, gritó Harum:

salvemos á la sultana: la sultana antes que todo.

--Es que, dijo un monfí viejo, no podremos llegar al salto del Gamo.

--Tienes razon Mahdar; el desfiladero del Fraile estaba invadeable:

estamos encerrados, señores, añadió con desesperacion; estamos

encerrados por la avenida entre una rambla y dos desfiladeros: ¡que se

haga la voluntad de Dios!

* * * * *

--Dios ó el diablo nos han protegido, sobrino, decia Aben-Jahuar á

Aben-Aboo, entrando con él en Cádiar, en el meson del Cojo, cubiertos

con sus capas castellanas; la tormenta nos ha ayudado; de otro modo

aunque sin duda hubieramos vencido, alguno de dos nuestros hubiera

quedado en poder de ellos y era un mal cabo; ahora... ahora... no salen

á bien librar hasta mañana de la prision en que los han puesto las

aguas.

--Pero han sucedido horribles desgracias tio, dijo Aben-Aboo, cuyo

semblante tenia una expresion ferozmente sombría.

--¿Y qué importa? ya no es un obstáculo á nuestros proyectos la hija del

emir.

Y al decir estas palabras se entró con su sobrino en el aposento en que

se habian encontrado aquella mañana.

Poco despues un hombre llamó recatadamente á la puerta, le abrieron y

entró. Era el emir.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 89 / 168 题