CAPITULO XXI.

Continuacion del anterior.

Anunciaron á Yaye que acababa de llegar á la heredad el beneficiado y el

sacristan de Cádiar.

Yaye mandó introducir al momento á Juan de Ribera.

--¡Oh, qué dia! qué dia tan aciago, exclamó el beneficiado apenas vió á

Yaye.

--¿Pues qué sucede? contestó el emir.

--Sucede... vamos... no sé cómo he podido escapar para cumpliros mi

promesa... sucede que el Santo Oficio ha venido á la villa.

--Ya lo sé.. vos mismo me lo dijísteis.

--Es verdad... pero tengo la cabeza trastornada.... ¡qué escándalo y qué

dolor, Dios mio!.. y que la tenacidad de esos desdichados nos obligue á

ver tales cosas...

--¡Ah! ¡la muerte de esa morisca... de esa Malicatulzarah..!

--¡La sabíais...!

--Yátor está cerca de Cádiar.

--¡Pero no sabreis...!

--Si, si; sé y me pesa, que su marido Adel, el tejedor, que estaba

enfermo, ha muerto tambien: pero el anciano padre y los pequeñuelos

huérfanos estan amparados.

--¡Por vos, siempre vos en todas partes donde hace falta la caridad!

¡Cuando digo que sois un santo!

--No soy santo, pero creo que entre estas gentes se adelanta mas con la

blandura.

--¡Hum! dijo el beneficiado; son duros como rocas.

--Ya veis si yo he convertido gente.

--Dios os da la gracia.

--No, sino que obro de distinto modo que el inquisidor que ha venido á

visitar á Cádiar..... Me han dicho que ha obrado con muy poca caridad.

--Es un tanto duro el señor Molina de Medrano, pero muy religioso, eso

sí... figuraos que aunque acababa de dejar el camino, no ha querido

reposar ni comer hasta que se ha purificado la iglesia que habia quedado

impura por la sangre que en ella se habia vertido. Por esa razon he

venido mas tarde y os he hecho esperar... pero en cambio se ha labado el

templo de su impureza, gracias á las ámplias facultades que trae el

señor Molina de Medrano y podrá celebrarse en él la Pascua... de otro

modo la iglesia hubiera estado impura algunos dias.

--¡Gracias á Dios! asi tendremos misa del gallo.

--A la que me alegraría mucho que asistieseis: celebrará el señor

inquisidor Medrano: yo seré diácono y el licenciado Arias subdiácono:

tendremos villancicos en que cantará con su hermosa voz... una dama que

vos apreciais mucho, y otra señora que ha venido á su casa...

--Doña Isabel de Válor, ¿y la otra?

--Una gran señora.

--¡La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir.

--Con vuestra noble hija.

--¿Conoceis vos á mi hija?

--No señor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura.

--Mi hija no está aquí en estos momentos.

--¡Qué desgracia!.. pero en fin, os tendremos á vos.

--Indudablemente: pero vamos á lo que importa.

--Si, á la conversion del Ferih de los Berchules.

--Pues no tenemos el gusto de bautizar á ese descreido.

--¡Cómo! ¿por qué?

--Porque mientras yo fuí á veros, el tal bandido se ha escapado.

--¡Cómo! ¿pues no estaba herido, y herido de peligro?

--Eso mismo me he dicho yo: no lo comprendo, pero lo cierto es que se ha

escapado... yo lo he sentido mucho y vos, no debeis sentirlo menos.

--¡Oh! ¡siéntolo en el alma! ¡un miembro podrido que continúa separado

del cuerpo de los fieles!

--Y aun por algo mas debeis sentirlo, señor beneficiado, porque segun

creo, aunque vos me habeis guardado el secreto, Melik el Ferih, es padre

de una morisca, de una Mariblanca que es vuestra ama.

--¡Ah! dijo el beneficiado no pudiendo evitar un estremecimiento: vos lo

sabeis todo.

--¿No veis que busco al bien, y para practicarle tengo por todas partes

gentes que se informan de todo?

--¡Ah! dijo el beneficiado que empezaba á sentir algun recelo.

--Por eso, porque lo sé todo, vuestra venida, á pesar de la fuga del

Ferih, no es inutil. No os ireis sin bautizar una mora, y aun mas sin

casar á una mora y á un cristiano, padres de la no bautizada.

--¿Y por qué no bautizar tambien á la madre?

--Por la sencilla razon de que, desde que nació la madre es cristiana.

--¡Ah! ¡una morisca!

--Algo mas que una morisca: una sultana.

--¡No os comprendo! dijo el beneficiado que se sentia mal, y que iba

viendo transformarse en otro hombre distinto del que habia visto hasta

entonces á Yaye.

--Pues es muy fácil de comprender: la dama á quien vais á casar es hija

del emir de los Monfíes: en una palabra, es mi hija.

--¡Vos!.. exclamó el beneficiado y no pudo continuar.

Anudósele la voz en la garganta; se puso pálido como un cadáver, tembló,

se anonadó; quedó tal como si la tremenda cabeza de Medusa, con toda su

terrible virtud y sus sierpes ponzoñosas se hubiese presentado ante su

vista.

--¡Qué os espanta! ¿no sois vos el que con tanta crueldad habeis

martirizado á los pobres moriscos? ¿no sois vos el que habeis arrebatado

los hijos á sus madres y los habeis enviado á los hospicios del rey?

¡Habeis tenido valor suficiente para remitir las súplicas desesperadas,

las lágrimas, los gritos de angustia de las desdichadas á quienes

arrebatabais los hijos de sus entrañas, y os falta delante de mí que

ningun mal he de haceros, puesto que habeis venido bajo el seguro de mi

palabra!

Tranquilizóse un tanto el eclesiástico.

--¿Pero quién habia de creer..? dijo: yo hubiera jurado...

--Que yo el don Alonso de Fuensalida á quien conociais, era el mayor

cristiano del mundo...

--Vuestras obras... vuestra caridad...

--Si, es cierto: mi caridad hácia los mios, me ha obligado á presentarme

ante vos encubierto con un nombre castellano, á captarme vuestra

voluntad con donaciones hechas á vuestra iglesia, á fingirme

catequizador de moriscos, cuando en verdad solo se bautizaban los

infelices por sugestion mia, para evitar las crueldades que so pretesto

de religion cometiais con ellos: si es cierto: mi caridad para con los

moriscos ha sido grande, porque lo que he hecho en Cádiar lo he hecho

tambien en las demás villas de las Alpujarras. Pero no hablemos mas de

esto. Procurad tranquilizaros, porque os lo repito: aunque os encontrais

entre monfíes, nada os acontecerá: por muy cruel y fanático que seais,

aunque mereciéseis un terrible castigo, os he llamado yo, porque os

necesito, y estais tan seguro como si os cobijara el trono del rey de

España.

--¿Y para qué me necesitais, señor? dijo el beneficiado no bien repuesto

á pesar de las tranquilizadoras palabras de Yaye, y tratándole con tanto

respeto cuanto era su miedo.

--Ya os he dicho para lo que os necesito: para casar á mi hija y

bautizar á mi nieta.

--Estoy dispuesto á obedeceros, señor.

--Con vos ha venido vuestro sacristan que se ha quedado fuera.

--Si señor.

--¿Sabe ese hombre á lo que venis?

--Le he dicho que se trataba de bautizar...

--Bien, por eso no quede, haremos una farsa; mandaré á uno de los mios

que se meta en cama...

--Pero...

--¿Y qué os importa á vos pronunciar algunas palabras y verter una poca

de agua sobre la cabeza de un hombre?

--Lo que yo temo, es que maese Barbillo que es muy ladino conozca que no

se trata de un herido.

--Descuidad que la farsa se hará bien. Ahora vamos á otra cosa. Es

necesario que la fecha de ese casamiento y de ese bautismo se anticipen.

--No os comprendo bien.

--Vais á comprender al momento.

Yaye sacó de su bolsillo una cartera, y de aquella cartera dos papeles

doblados, y los presentó á Juan de Rivera.

Eran dos partidas de casamiento y de bautismo; la una estaba fechada en

30 de setiembre de 1567, la otra nueve meses despues. Solo faltaba la

firma del beneficiado.

--¿Pero no veis, dijo Juan de Ribera, que estas partidas no pueden

constar en el libro de la parroquia ni con los folios que aquí tienen?

--Descuidad: el libro de la parroquia desaparecerá sin que os puedan

hacer cargo. Ya comprendereis que tratándose de mi hija y de mi nieta,

tengo un gran interés en que estas partidas no aparezcan falsas; á vos

os interesa tambien porque... pienso demostraros mi agradecimiento de

una manera digna de mí.

Y Yaye abrió un cajon de su mesa, y sacó de él uno trás otro,

veinticinco columnas compuestas por veinticinco dorados doblones de á

ocho cada uno.

--Si, si, es verdad: sois el mismo generoso señor de siempre, pero

encuentro una dificultad.

--¿Cuál?

--¿De quién es hija la dama que se va á casar?

--Es hija mia.

--Aquí dice: la excelentísima señora doña Esperanza de Cárdenas, duquesa

de la Jarilla, grande de España, hija del excelentísimo señor don Juan

de Andrade, duque viudo de la Jarilla.

--Es que yo soy ese.

--¿Pero no sois entonces el emir de los monfíes?

--Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor

Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa,

quién es el duque viudo de la Jarilla: él me conoce bien.

--¡Ah!

--Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo

tarde, y teneis que volver antes de la noche á Cádiar.

Juan de Ribera firmó.

Yaye guardó de nuevo las dos partidas, y dijo:

--Vamos y terminemos. Casareis á mi hija, bautizareis á mi nieta, y

despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de

Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama.

--Vamos á donde querais, señor.

Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta.

Pasó una hora, y maese Barbillo fue llamado.

Atravesó la cámara acompañado de un lacayo y desapareció por otra

puerta.

Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron.

--Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto

intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cámara: pero creo que ese

buen Ferih no está tan gravemente herido como dicen. ¿Eh? ¿qué decís

vos?

--Digo, contestó el lacayo, que no era otra cosa que un monfí, mirando

fijamente á Barbillo, que jamás me entrometo en las cosas de mi señor.

Y salieron por otra puerta.

Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cámara Yaye y el

beneficiado.

--Ya que habeis casado á mi hija, y bautizado á mi nieta, le dijo Yaye,

cuidad de que nadie sepa lo que aquí ha sucedido. Mi hija debe aparecer

casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha

asistido á la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe... vos lo

habreis dicho... y entonces...

--¡Oh! descuidad, descuidad, señor, contestó todo humilde el

beneficiado.

--Y no os atrevais á nada cuando os veais libre y seguro en Cádiar,

porque podria pesaros.

--¿Y cómo me habia yo de atrever, viviendo en las Alpujarras, á faltar á

la voluntad de quien tan poderoso es en ellas?

--Y aun fuera de ellas. Mis monfíes estan en todas partes. Oid: en una

ocasion, herido gravemente, caí en poder del Santo Oficio. La

Inquisicion hubiera tenido un grande placer en quemarme vivo: pero no

pudo. Mis monfíes me sacaron de la cárcel del Santo Oficio. Y esto

sucedió en Madrid, delante del rey, como quien dice, y del inquisidor

general. Guardaos, pues, si apreciais vuestra vida.

--¿Pero me prometeis, señor, que ningun peligro corro? los moriscos

estan inquietos... esta mañana...

--Si; esta mañana se ha cometido un horrible crímen en vuestra

iglesia..... pero nada temais por ahora..... mas adelante podrá

suceder.... para mas adelante, ya os habré procurado yo una buena

prebenda.

--¡Una prebenda! ¡vos!

--Si por cierto. Si, yo quiero haceros obispo..... yo moro, capitan de

bandidos, como vosotros decís... sereis obispo.

--¡Ah, señor! exclamó el beneficiado, arrojándose casi á los piés de

Yaye.

--Pero para que yo os favorezca, será necesario que os hagais merecedor

de mis favores.

--Descuidad, callaré, os serviré, seré vuestro esclavo.

--Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y

es necesario que llegueis á Cádiar antes de la noche. Algunos de mis

criados os acompañaran hasta la entrada del pueblo, id.

El beneficiado se dirigió á la puerta.

--Se os olvida eso, dijo Yaye, señalándole el dinero que estaba sobre la

mesa.

El beneficiado, con vergüenza, no de recibir el dinero, sino por la

manera con que lo recibia, guardó el oro en sus bolsillos.

Despues salió con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor

distincion y amistad.

Poco despues, Yaye entró de nuevo en la cámara.

--Ha sido necesario, dijo, confiar á ese miserable, para que no hable

una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad

escapase, podria llevarlo á oidos tales, que perjudicasen á mi hija!...

¡Mi hija! ¿puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho

por Amina?

Yaye se pasó la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse

de ella una horrible pesadilla.

--¡Cúmplase la voluntad de Dios! exclamó.

Y luego dirigiéndose á una puerta, la abrió y llamó.

--¡Suleiman!

Presentóse el mismo monfí jóven que habia burlado un año antes en Madrid

al inquisidor general.

--¿Qué me mandais, magnífico señor? dijo.

--¿Has mirado bien á ese clérigo? le preguntó.

--Le conocería aunque pasasen muchos años, y le viese entre mil.

--¿Y al que le acompañaba?

--Si señor.

--Es necesario que esos dos hombres mueran.

--Morirán, señor.

--Vete, y di á mi wazir Harum, que le espero.

Fuése Suleiman, y á poco entró Harum.

Yaye se encerró con él.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 88 / 168 题