Continuacion del anterior.
Anunciaron á Yaye que acababa de llegar á la heredad el beneficiado y el
sacristan de Cádiar.
Yaye mandó introducir al momento á Juan de Ribera.
--¡Oh, qué dia! qué dia tan aciago, exclamó el beneficiado apenas vió á
Yaye.
--¿Pues qué sucede? contestó el emir.
--Sucede... vamos... no sé cómo he podido escapar para cumpliros mi
promesa... sucede que el Santo Oficio ha venido á la villa.
--Ya lo sé.. vos mismo me lo dijísteis.
--Es verdad... pero tengo la cabeza trastornada.... ¡qué escándalo y qué
dolor, Dios mio!.. y que la tenacidad de esos desdichados nos obligue á
ver tales cosas...
--¡Ah! ¡la muerte de esa morisca... de esa Malicatulzarah..!
--¡La sabíais...!
--Yátor está cerca de Cádiar.
--¡Pero no sabreis...!
--Si, si; sé y me pesa, que su marido Adel, el tejedor, que estaba
enfermo, ha muerto tambien: pero el anciano padre y los pequeñuelos
huérfanos estan amparados.
--¡Por vos, siempre vos en todas partes donde hace falta la caridad!
¡Cuando digo que sois un santo!
--No soy santo, pero creo que entre estas gentes se adelanta mas con la
blandura.
--¡Hum! dijo el beneficiado; son duros como rocas.
--Ya veis si yo he convertido gente.
--Dios os da la gracia.
--No, sino que obro de distinto modo que el inquisidor que ha venido á
visitar á Cádiar..... Me han dicho que ha obrado con muy poca caridad.
--Es un tanto duro el señor Molina de Medrano, pero muy religioso, eso
sí... figuraos que aunque acababa de dejar el camino, no ha querido
reposar ni comer hasta que se ha purificado la iglesia que habia quedado
impura por la sangre que en ella se habia vertido. Por esa razon he
venido mas tarde y os he hecho esperar... pero en cambio se ha labado el
templo de su impureza, gracias á las ámplias facultades que trae el
señor Molina de Medrano y podrá celebrarse en él la Pascua... de otro
modo la iglesia hubiera estado impura algunos dias.
--¡Gracias á Dios! asi tendremos misa del gallo.
--A la que me alegraría mucho que asistieseis: celebrará el señor
inquisidor Medrano: yo seré diácono y el licenciado Arias subdiácono:
tendremos villancicos en que cantará con su hermosa voz... una dama que
vos apreciais mucho, y otra señora que ha venido á su casa...
--Doña Isabel de Válor, ¿y la otra?
--Una gran señora.
--¡La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir.
--Con vuestra noble hija.
--¿Conoceis vos á mi hija?
--No señor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura.
--Mi hija no está aquí en estos momentos.
--¡Qué desgracia!.. pero en fin, os tendremos á vos.
--Indudablemente: pero vamos á lo que importa.
--Si, á la conversion del Ferih de los Berchules.
--Pues no tenemos el gusto de bautizar á ese descreido.
--¡Cómo! ¿por qué?
--Porque mientras yo fuí á veros, el tal bandido se ha escapado.
--¡Cómo! ¿pues no estaba herido, y herido de peligro?
--Eso mismo me he dicho yo: no lo comprendo, pero lo cierto es que se ha
escapado... yo lo he sentido mucho y vos, no debeis sentirlo menos.
--¡Oh! ¡siéntolo en el alma! ¡un miembro podrido que continúa separado
del cuerpo de los fieles!
--Y aun por algo mas debeis sentirlo, señor beneficiado, porque segun
creo, aunque vos me habeis guardado el secreto, Melik el Ferih, es padre
de una morisca, de una Mariblanca que es vuestra ama.
--¡Ah! dijo el beneficiado no pudiendo evitar un estremecimiento: vos lo
sabeis todo.
--¿No veis que busco al bien, y para practicarle tengo por todas partes
gentes que se informan de todo?
--¡Ah! dijo el beneficiado que empezaba á sentir algun recelo.
--Por eso, porque lo sé todo, vuestra venida, á pesar de la fuga del
Ferih, no es inutil. No os ireis sin bautizar una mora, y aun mas sin
casar á una mora y á un cristiano, padres de la no bautizada.
--¿Y por qué no bautizar tambien á la madre?
--Por la sencilla razon de que, desde que nació la madre es cristiana.
--¡Ah! ¡una morisca!
--Algo mas que una morisca: una sultana.
--¡No os comprendo! dijo el beneficiado que se sentia mal, y que iba
viendo transformarse en otro hombre distinto del que habia visto hasta
entonces á Yaye.
--Pues es muy fácil de comprender: la dama á quien vais á casar es hija
del emir de los Monfíes: en una palabra, es mi hija.
--¡Vos!.. exclamó el beneficiado y no pudo continuar.
Anudósele la voz en la garganta; se puso pálido como un cadáver, tembló,
se anonadó; quedó tal como si la tremenda cabeza de Medusa, con toda su
terrible virtud y sus sierpes ponzoñosas se hubiese presentado ante su
vista.
--¡Qué os espanta! ¿no sois vos el que con tanta crueldad habeis
martirizado á los pobres moriscos? ¿no sois vos el que habeis arrebatado
los hijos á sus madres y los habeis enviado á los hospicios del rey?
¡Habeis tenido valor suficiente para remitir las súplicas desesperadas,
las lágrimas, los gritos de angustia de las desdichadas á quienes
arrebatabais los hijos de sus entrañas, y os falta delante de mí que
ningun mal he de haceros, puesto que habeis venido bajo el seguro de mi
palabra!
Tranquilizóse un tanto el eclesiástico.
--¿Pero quién habia de creer..? dijo: yo hubiera jurado...
--Que yo el don Alonso de Fuensalida á quien conociais, era el mayor
cristiano del mundo...
--Vuestras obras... vuestra caridad...
--Si, es cierto: mi caridad hácia los mios, me ha obligado á presentarme
ante vos encubierto con un nombre castellano, á captarme vuestra
voluntad con donaciones hechas á vuestra iglesia, á fingirme
catequizador de moriscos, cuando en verdad solo se bautizaban los
infelices por sugestion mia, para evitar las crueldades que so pretesto
de religion cometiais con ellos: si es cierto: mi caridad para con los
moriscos ha sido grande, porque lo que he hecho en Cádiar lo he hecho
tambien en las demás villas de las Alpujarras. Pero no hablemos mas de
esto. Procurad tranquilizaros, porque os lo repito: aunque os encontrais
entre monfíes, nada os acontecerá: por muy cruel y fanático que seais,
aunque mereciéseis un terrible castigo, os he llamado yo, porque os
necesito, y estais tan seguro como si os cobijara el trono del rey de
España.
--¿Y para qué me necesitais, señor? dijo el beneficiado no bien repuesto
á pesar de las tranquilizadoras palabras de Yaye, y tratándole con tanto
respeto cuanto era su miedo.
--Ya os he dicho para lo que os necesito: para casar á mi hija y
bautizar á mi nieta.
--Estoy dispuesto á obedeceros, señor.
--Con vos ha venido vuestro sacristan que se ha quedado fuera.
--Si señor.
--¿Sabe ese hombre á lo que venis?
--Le he dicho que se trataba de bautizar...
--Bien, por eso no quede, haremos una farsa; mandaré á uno de los mios
que se meta en cama...
--Pero...
--¿Y qué os importa á vos pronunciar algunas palabras y verter una poca
de agua sobre la cabeza de un hombre?
--Lo que yo temo, es que maese Barbillo que es muy ladino conozca que no
se trata de un herido.
--Descuidad que la farsa se hará bien. Ahora vamos á otra cosa. Es
necesario que la fecha de ese casamiento y de ese bautismo se anticipen.
--No os comprendo bien.
--Vais á comprender al momento.
Yaye sacó de su bolsillo una cartera, y de aquella cartera dos papeles
doblados, y los presentó á Juan de Rivera.
Eran dos partidas de casamiento y de bautismo; la una estaba fechada en
30 de setiembre de 1567, la otra nueve meses despues. Solo faltaba la
firma del beneficiado.
--¿Pero no veis, dijo Juan de Ribera, que estas partidas no pueden
constar en el libro de la parroquia ni con los folios que aquí tienen?
--Descuidad: el libro de la parroquia desaparecerá sin que os puedan
hacer cargo. Ya comprendereis que tratándose de mi hija y de mi nieta,
tengo un gran interés en que estas partidas no aparezcan falsas; á vos
os interesa tambien porque... pienso demostraros mi agradecimiento de
una manera digna de mí.
Y Yaye abrió un cajon de su mesa, y sacó de él uno trás otro,
veinticinco columnas compuestas por veinticinco dorados doblones de á
ocho cada uno.
--Si, si, es verdad: sois el mismo generoso señor de siempre, pero
encuentro una dificultad.
--¿Cuál?
--¿De quién es hija la dama que se va á casar?
--Es hija mia.
--Aquí dice: la excelentísima señora doña Esperanza de Cárdenas, duquesa
de la Jarilla, grande de España, hija del excelentísimo señor don Juan
de Andrade, duque viudo de la Jarilla.
--Es que yo soy ese.
--¿Pero no sois entonces el emir de los monfíes?
--Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor
Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa,
quién es el duque viudo de la Jarilla: él me conoce bien.
--¡Ah!
--Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo
tarde, y teneis que volver antes de la noche á Cádiar.
Juan de Ribera firmó.
Yaye guardó de nuevo las dos partidas, y dijo:
--Vamos y terminemos. Casareis á mi hija, bautizareis á mi nieta, y
despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de
Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama.
--Vamos á donde querais, señor.
Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta.
Pasó una hora, y maese Barbillo fue llamado.
Atravesó la cámara acompañado de un lacayo y desapareció por otra
puerta.
Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron.
--Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto
intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cámara: pero creo que ese
buen Ferih no está tan gravemente herido como dicen. ¿Eh? ¿qué decís
vos?
--Digo, contestó el lacayo, que no era otra cosa que un monfí, mirando
fijamente á Barbillo, que jamás me entrometo en las cosas de mi señor.
Y salieron por otra puerta.
Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cámara Yaye y el
beneficiado.
--Ya que habeis casado á mi hija, y bautizado á mi nieta, le dijo Yaye,
cuidad de que nadie sepa lo que aquí ha sucedido. Mi hija debe aparecer
casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha
asistido á la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe... vos lo
habreis dicho... y entonces...
--¡Oh! descuidad, descuidad, señor, contestó todo humilde el
beneficiado.
--Y no os atrevais á nada cuando os veais libre y seguro en Cádiar,
porque podria pesaros.
--¿Y cómo me habia yo de atrever, viviendo en las Alpujarras, á faltar á
la voluntad de quien tan poderoso es en ellas?
--Y aun fuera de ellas. Mis monfíes estan en todas partes. Oid: en una
ocasion, herido gravemente, caí en poder del Santo Oficio. La
Inquisicion hubiera tenido un grande placer en quemarme vivo: pero no
pudo. Mis monfíes me sacaron de la cárcel del Santo Oficio. Y esto
sucedió en Madrid, delante del rey, como quien dice, y del inquisidor
general. Guardaos, pues, si apreciais vuestra vida.
--¿Pero me prometeis, señor, que ningun peligro corro? los moriscos
estan inquietos... esta mañana...
--Si; esta mañana se ha cometido un horrible crímen en vuestra
iglesia..... pero nada temais por ahora..... mas adelante podrá
suceder.... para mas adelante, ya os habré procurado yo una buena
prebenda.
--¡Una prebenda! ¡vos!
--Si por cierto. Si, yo quiero haceros obispo..... yo moro, capitan de
bandidos, como vosotros decís... sereis obispo.
--¡Ah, señor! exclamó el beneficiado, arrojándose casi á los piés de
Yaye.
--Pero para que yo os favorezca, será necesario que os hagais merecedor
de mis favores.
--Descuidad, callaré, os serviré, seré vuestro esclavo.
--Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y
es necesario que llegueis á Cádiar antes de la noche. Algunos de mis
criados os acompañaran hasta la entrada del pueblo, id.
El beneficiado se dirigió á la puerta.
--Se os olvida eso, dijo Yaye, señalándole el dinero que estaba sobre la
mesa.
El beneficiado, con vergüenza, no de recibir el dinero, sino por la
manera con que lo recibia, guardó el oro en sus bolsillos.
Despues salió con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor
distincion y amistad.
Poco despues, Yaye entró de nuevo en la cámara.
--Ha sido necesario, dijo, confiar á ese miserable, para que no hable
una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad
escapase, podria llevarlo á oidos tales, que perjudicasen á mi hija!...
¡Mi hija! ¿puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho
por Amina?
Yaye se pasó la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse
de ella una horrible pesadilla.
--¡Cúmplase la voluntad de Dios! exclamó.
Y luego dirigiéndose á una puerta, la abrió y llamó.
--¡Suleiman!
Presentóse el mismo monfí jóven que habia burlado un año antes en Madrid
al inquisidor general.
--¿Qué me mandais, magnífico señor? dijo.
--¿Has mirado bien á ese clérigo? le preguntó.
--Le conocería aunque pasasen muchos años, y le viese entre mil.
--¿Y al que le acompañaba?
--Si señor.
--Es necesario que esos dos hombres mueran.
--Morirán, señor.
--Vete, y di á mi wazir Harum, que le espero.
Fuése Suleiman, y á poco entró Harum.
Yaye se encerró con él.