El palacio encantado.
Aun no eran las once de la mañana, cuando salia de Cádiar una larga
procesion, en medio de los moriscos que la miraban con un mudismo de mal
agüero.
Componian esta procesion, unos cuarenta frailes entre donados y de misa,
franciscanos descalzos, con sus hábitos cenicientos, sus anchas
sandalias y sus estrechos cerquillos, llevando su pendon y su cruz: trás
estos, iba la clerecía de la iglesia parroquial, con sus albas y sus
bonetes, llevando delante estandarte y ciriales, y detrás el señor
beneficiado, cubierto con una riquísima capa de coro, llevando á la
derecha un diácono, y á la izquierda un subdiácono; seguia el corregidor
con el escribano, y la turba alguacilesca, despues los vecinos mas ricos
del pueblo, entre los que se contaba Tomás el Ansarí, y por último, el
capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, vestidos de
gala, llevando trás sí, al compás de la marcha de pífanos y tambores,
los cincuenta arcabuceros que habian traido á la villa, no menos
engalanados y empenachados.
Toda esta gente salia á recibir al señor Molina de Medrano, inquisidor
de la Suprema del Santo Oficio de la general Inquisicion, que con un
secretario, algunos alguaciles y un resguardo de cuadrilleros de la
Santa Hermandad, esperaba aquella procesion en la venta de la
Mala-noche, á un cuarto de legua de Cádiar, para entrar con ella en la
villa, con la pompa, decoro y aparato que correspondian al Santo Oficio.
Llegaron á la venta los que recibian, se incorporaron á ellos los
recibidos, y tomaron el camino de Cádiar, aumentándose el ruido de los
pífanos y tambores de la infantería, con los clarines de los
cuadrilleros y los sordos timbales del Santo Oficio.
Apenas el insigne maese Barbillo, que armado de sobrepelliz y sotana,
atalayaba desde la torre de la iglesia el camino, vió que los que iban,
se habian reunido á los que venian, cuando, satisfaciendo la
impaciencia de los monaguillos, les mandó echar las campanas á vuelo.
Aquel alegre toque, penetró como una amenaza terrible en las casas de
los moriscos del pueblo: los hombres miraron con temor á sus mujeres
como si las viesen por la última vez, y estas abrazaron llorando á sus
pequeñuelos.
¡La Inquisicion se acercaba!
Sin embargo, esta consternacion, este dolor eran un delito, y debian
quedar ocultos en el fondo del hogar: fuera era necesario, no solo
mostrar el semblante alegre, sino tambien salir engalanados al encuentro
de la Inquisicion.
Esta, con las gentes que la acompañaban, entró al fin en el pueblo; pero
apenas habia entrado, cuando de una breña cercana se levantó un hombre.
Aquel hombre era el emir de los monfíes.
Llevaba Yaye el mismo trage castellano, con que aquella mañana habia
hablado á Juan de Ribera, con el nombre de don Alonso de Fuensalida.
Junto á él, oculto en las quebraduras, estaba su caballo.
Silbó Yaye, y un momento despues saltaron por las rocas del barranco dos
hombres.
Era el uno su wazir, Harum-el-Geniz, el otro, brabío, terrible, casi
salvaje, era el tremendo Ferih de los Berchules.
--Al momento, Harum, al momento, dijo Yaye: vé y ordena á
Farax-aben-Farax, que con los seis mil hombres que le he entregado,
marche sobre Granada: que procure llegar á ella á la media noche; que
levante el Albaicin con unos pocos, mientras con los restantes enviste
la Alhambra. Que ponga, en fin, en ejecucion cuanto le tengo ordenado.
Vé.
Harum partió.
Yaye se volvió al Ferih, y le señaló á Cádiar que se levantaba delante
de ellos sobre su vericueto.
--¿Oyes? le dijo.
--¡Los infieles estan alegres! contestó el Ferih.
--Allí vive tu hija, la hija que te ha deshonrado; allí está el que
deshonró á tu hija: es necesario que te vengues, Melik.
--Hace mucho tiempo que estoy esperando mi venganza.
--¡Allí tambien está doña Elvira de Céspedes!
--¡Ah, señor! el amor que os tiene esa dama, os puede ser funesto:
¿porqué en estos momentos supremos no satisfaceis ese amor? ¿ignorais
que Aben-Jahuar-el-Zaquer, es un traidor?
--No importa: una cabeza mas que cortar.
--Es que Aben-Humeya y Aben-Aboo, son sus sobrinos.
Estremecióse Yaye al escuchar el nombre de sus hijos, y repitió sin
embargo.
--No importa: escúchame bien: en Cádiar tenemos ahora mismo un
inquisidor infame, un beneficiado hipócrita y cruel, un capitan de
infantería aventurero y asesino; una compañía de arcabuceros, un
convento de frailes; un corregidor, y una bandada de alguaciles: cerca á
la redonda á Cádiar: que no pueda salir ninguno de esas gentes; que cada
breña, cada piedra, cada mata, oculte á un monfí.
--Cercaré la villa, señor, y no saldrá ni una mosca de ella.
--Pero cércala bien: con gente sobrada, y de modo que nadie pueda verla.
--Asi lo haré, señor.
--Solo dejarás pasar por el camino de Yátor, al beneficiado Juan de
Ribera, y al sacristan Barbillo.
--¿No sabeis, señor, que ese Barbillo es el amante con que ahora se
entretiene mi infame hija?
--El beneficiado y el sacristan volverán á Cádiar: cuenta Ferih con que
les acontezca algo en el camino.
--¿Y si fuese con ellos alguna otra persona?
--La dejarás tambien pasar.
--Muy bien, señor.
--Vete y espérame en la rambla Roja.
El Ferih desapareció entre las breñas.
El emir desató su caballo de un espino, y siguió una rambla abajo.
Las campanas de la iglesia de Cádiar seguian repicando.
Yaye se perdió entre las quebraduras.
Entonces, de una breña que estaba próxima al lugar donde habian hablado
Yaye, Harum y el Ferih, salieron dos hombres.
El uno tenia una capa gris, y el otro una capa negra.
Eran los mismos que habia estado mirando Aben-Aboo desde la ventana del
meson del Cojo.
Eran el comediante Andrés Cisneros, y Laurenti ó Bempo ó Godinez, como
quieran nuestros lectores.
--¿Habeis oido? dijo Laurenti á Cisneros.
--Si por cierto, dijo el comediante todo trémulo, y me parece que
estamos en muy mal lugar.
--Yo os creia mas valiente.
--¿Podeis pedirme mas valor? Por esa mujer he hecho lo que no hubiera
hecho por ninguna. Desde que me dijisteis que no la perdiese de vista,
desde el domingo por la mañana, la he observado: en acecho estaba cuando
entró en su aposento Aben-Aboo, y me dieron tentaciones de entrar y de
matarle allí mismo.
--Hubiérais hecho muy mal.
--Los zelos son malos consejeros.
--Vos no debeis tener zelos de esa mujer.
--¿No los teneis vos?
--¡Yo! lo que la tengo es odio. Ademas, no hay que tener zelos. Ella no
ama mas que á un hombre, y ese hombre no la ama.
--¿Y á pesar de eso, huye con otro hombre?
--Por vengarse.
--¿Y por vengarse, ha hecho lo que yo la he visto hacer?
--¿Y qué la habeis visto hacer vos?
--He dicho mal, no lo he visto: lo he sentido.
--¿Pero qué habeis sentido?
--Ya os he dicho, que cuando salieron del corral del Carbon los seguí;
que cuando salieron de la ciudad los seguí tambien, pagando á los
guardas de la puerta del Rastro, para que me dejasen salir como á ellos;
que los seguí por el camino, á pesar de que el caballo de ese maldito
morisco, andaba mas deprisa de lo que yo hubiese querido; que cuando
ellos han entrado en una venta del camino, me he esperado fuera, sin
comer, descansando solo el tiempo que han tardado en salir: pues bien,
durante esa larga jornada, he sentido en medio del silencio de la
noche...
--¡Algun beso!...
--Besos ardientes: besos de enamorados.
--Y bien, ¿no os ha besado tambien Angiolina?
--Si.
--¿No se ha mostrado tan amorosa con vos delante de las gentes, como os
han dicho se han mostrado con Aben-Aboo las mozas de las ventas á
quienes habeis preguntado, cediendo á vuestros ridículos zelos?
--Si, si; es verdad que hasta que apareció en Granada el marqués de la
Guardia, todos me han creido amante de esa mujer.
--Sin embargo nada habeis obtenido de ella.
--Es verdad.
--Y os ha mantenido continuamente en una falaz esperanza.
--Es verdad.
--Pues de la misma manera, aunque todo el mundo la crea enamorada de
Aben-Aboo, aunque Aben-Aboo, que si no la ama ya, la amará con toda su
alma, se crea amado por ella, os lo afirmo, os lo afirmo yo que la
conozco desde hace diez años: Angiolina, que solo ama al marqués, será
fiel á sus amores, se vengará del marqués, le matará si es posible:
matará si puede á la sultana Amina, á cuantos encuentre ante sus zelos y
su rabia: pero guardará puro su amor á ese hombre: vos no conoceis á
Angiolina, añadió suspirando Laurenti: no, no la conoceis: si ella me
hubiera amado, que bien pudiera haber sido si yo.... pero en fin, no
hablemos de esto: hay dolores que hierven en mi corazon, silenciosos,
terribles; que se agitan dentro de él, que luchan, que solo conoce esa
mujer... no hablemos mas de este asunto: pero vos necesitais vengaros...
--Si... con toda mi alma.
--Yo tambien.
--Pues á vengarnos hemos venido á las Alpujarras, á vengarnos del
marqués de la Guardia.
--Nuestra venganza es injusta, dijo moviendo tristemente la cabeza
Cisneros.
--¡Oh! yo odio á ese hombre: yo la aborrezco á ella: á él porque ella le
ama, á ella porque le ama á él. Pero andad mas de prisa, Cisneros; ¿no
habeis oido al emir mandar á sus monfíes que cerquen á Cádiar á la
redonda?
--Y es muy posible que si los monfíes nos encuentran y nos prenden, y
nos presentan al emir, no podamos dar cima á nuestros proyectos.
--Si me seguís á buen andar yo os juro que no daran con nosotros.
--La primer contra que tenemos es que no conocemos el terreno.
--Vos no; yo si, y os sirvo de guia.
--¿Que conoceis vos las Alpujarras?
--Conozco la parte que necesito conocer.
--Yo creia que nunca habiais venido á ellas.
--Yo presentía que los sucesos me habian de traer á ellas alguna vez,
siguiendo á Angiolina, y procuré que me fuesen familiares.
--No sé cuando habeis podido...
--Yo necesito muy poco tiempo para conocer un terreno: como que he sido
bandido...
--¡Ah! exclamó Cisneros, mirando con un asombro temeroso á Laurenti, que
á cada momento crecia en proporciones fatídicas ante sus ojos.
--Si; he sido bandido, y famoso y terrible: me han perseguido y jamás
han podido dar conmigo: basta con que yo vea la estructura de un país
para que comprenda sin equivocarme las ventajas que puedo sacar de él. Y
sino juzgad, juzgad por vos mismo: ¿no me habeis encontrado junto á vos
en las Alpujarras cuando menos lo esperabais?
--¿Y cómo habia de esperarlo? Yo creia que os quedábais en Granada al
frente de la compañía.
--¡Que se la lleve el diablo! vos os vinísteis siguiendo á una mujer; yo
me vine siguiendo á un hombre.
--¡Al marqués de la Guardia! ¿estará acaso en las Alpujarras?
--En las Alpujarras se encuentra, aunque es muy posible que no lo sepa.
--¿Y dónde está?
--¿Para qué quereis saberlo? Dejaos guiar de mí, no me pregunteis mas de
lo que yo quiera deciros, y sobre todo andad mas de prisa. Porque
conozco el terreno os aguijo; hasta que salgamos de esta humbria estamos
en peligro.
--Es que resbalo sobre el hielo.
--Si no os sentís con fuerzas para la empresa en que os habeis metido
volveos.
--No, no; os seguiré... os seguiré á donde querais.
--Pues bien, seguidme, y por ahora callad; entramos en un terreno
nevado, y la nieve ahogará el ruido de nuestros pasos.
--Pero el que pueda oirnos nos puede ver.
--Son dos cosas distintas: pueden oirnos sin vernos: callemos, pues, ya
que no podemos hacernos invisibles.
Cisneros siguió en silencio á Laurenti, que á gran paso, por entre
pinares lóbregos y estrechos y ásperas quebraduras, alejándose
constantemente hácia el Este, anduvo sin parar durante tres horas.
Cisneros le seguia con gran fatiga; al fin en un barranco granítico de
altísimas cortaduras que á nada se parecia mas que á una profunda grieta
abierta en las rocas, se sentó sobre una piedra exclamando:
--Señor Godinez, yo no puedo mas: si la jornada es mas larga seguid vos
solo; en cuanto á mí suceda lo que quiera, y aunque me esponga á ser
cogido por los monfíes aquí me quedo.
--Descansad cuanto querais, contestó Laurenti, porque no pasaremos de
aquí: este es un escondrijo tan bueno, como que no hay un solo natural
de las Alpujarras que se atreva á pasar junto á él, ni en cuatro tiros
de arcabuz á la redonda: mirad bien: este es un agujero; ni hay en él
arena, ni yerba, ni musgo, la roca pelada, negra y calcárea, únicamente:
ni aun las águilas se atreven á anidar en ella: ¿veis ese pico, esa roca
informe que se levanta allá abajo, sola y escueta, y cuya parte superior
remeda groseramente una cabeza humana desgreñada?
--Si que la veo.
--Pues bien, los naturales pretenden que esa roca ha sentido alguna vez,
que ha sido una mujer hermosa...
--Consejas de los montañeses.
--Yo os contaré esa conseja en otra ocasion: ahora solo os diré el
nombre de esa roca.
--¿La bruja maldita, acaso?
--No, la princesa encantada. Pues bien, esa princesa nos va á servir de
abrigo y refugio, y al lado de un buen fuego y despues de un excelente
almuerzo, podremos hablar largamente de nuestros asuntos, puesto que
tenemos de plazo hasta la noche.
--¿Y dónde encontraremos ese fuego y ese almuerzo?
--En las faldas de la princesa; conque, levantaos y vamos, que estando
parados se hace mas sensible el frio de este aire maldito que zumba
entre las cortaduras.
Laurenti se dirigió á la princesa encantada: siguióle Cisneros, dieron
la vuelta á la enorme roca, y el comediante vió, que sobre algunas
escabrosidades que remedaban bastante bien el repliegue de la falda de
una estátua sobre su pedestal, habia una estrecha y negra grieta por la
cual apenas cabia un hombre.
Laurenti y Cisneros subieron á ella, recorrieron un pasadizo estrecho y
tortuoso, y se encontraron en un espacio densamente lóbrego.
--¿Y qué diablos vamos á hacer aquí á oscuras?
--Esperad, esperad un momento: este es mi palacio en el cual no falta
nada.
--¡Ah! ¡teneis el don de hacer milagros!
--Bien podeis decirlo: solo hace tres dias que he descubierto este
escondrijo y ya está habitable.
--¿Y como lo descubristeis? No hay senda hasta él, y siendo un lugar de
maldicion para los naturales...
--Es verdad: está en el centro de una sierra, lejos de las veredas y de
los pueblos; por lo mismo, yo que buscaba un lugar escondido y poco
frecuentado, he dado con él.
Y entre tanto Cisneros, arrancaba chispas de un pedernal.
--¿Y como supísteis su nombre y su historia?
--¡Eh! ¡y que curioso sois amigo mio! observó Laurenti, haciendo luz en
la yesca encendida con una pajuela de azufre.
--¡Diablo! exclamó Cisneros, al ver á la luz de la lámpara que habia
encendido con la pajuela, Laurenti, el gran espacio en que se
encontraban: nunca hubiera creido que fuese tan grande el vientre de la
_princesa encantada_.
--Donde han dominado mucho tiempo los árabes y los moros, dijo
Cisneros, se encuentran cosas muy singulares, especialmente en las
montañas: los tales musulmanes son minadores como topos: ademas como
andaban siempre en continuas guerras civiles, y en rebeldías contra sus
emires ó reyes, necesitaban la mina para escapar en las ciudades, y en
las montañas para esconderse, los antros y las grutas: venid, venid
conmigo y vereis.
Y se encaminó con Cisneros á un oscuro ángulo de la caverna, y se metió
por otro pasadizo.
--¡Ah! con que es decir, preguntó Cisneros, que solo hemos visto como
quien dice, la antecámara.
--Menos aun, amigo mio; hemos pasado el zaguan, y estamos en las
escaleras: ¿no notais que descendemos?
--Si por cierto.
--¿No reparais que por esta rampa cabe una cabalgadura?
--Si.
--Dentro de poco llegaremos á las galerías, solo que las galerías son
mas estrechas que las escaleras.
--¿Qué bulto es aquel que hay allí? dijo deteniéndose Cisneros: parece
un hombre echado sobre sus manos.
--Paréceme que teneis miedo, Cisneros.
--¡Yo!
--Si, y que el miedo os enturbia los ojos: lo que os parece un hombre
acurrucado, no es otra cosa que un asno de las Alpujarras, que come
tranquilamente su pienso.
--¿Y qué hace ese asno aquí?
--Vos supondreis, que yo no habia de reducirme á vivir en una casa
completamente desamueblada siendo rico, es decir, habiendo traido
conmigo oro y alhajas.
--¡Ya..!
--Habeis de saber, que cuando buscando yo un lugar apartado y seguro de
tropiezos, me encontré en los alrededores de este sitio, oí una voz que
me decia: á gritos:
--¡Eh! ¡amigo! ¡buen amigo! ¡deteneos! ¡no deis un paso mas! Levanté la
vista al lugar de donde salia la voz y vi un pastor que en una vereda
aguijaba sus cabras.
Supuse que habia cerca de mí algun peligro, y me detuve.
--Si quereis salir al camino venid para acá, me dijo el pastor.
Encaminéme á él.
Cuando llegué le pregunté, que por qué me habia detenido.
--¿Sois forastero? me dijo.
--Forastero soy, le respondí.
--Ya se conoce, repuso: si vos hubiérais estado en las Alpujarras algun
tiempo, hubiérais oido hablar de la _princesa encantada_.
--¿Y qué princesa encantada es esa?
--Dios os libre de conocerla, me dijo, porque moririais si no os
acontecia una desgracia peor.
Y entonces me relató la historia del encantamento de la princesa, que es
tal, que darian de buena gana tres ducados por saberla Torres Navarro ó
Lope de Rueda. Se puede hacer con ella una comedia que daria muchas
ganancias. Ya os la referiré en otra ocasion.
Seguí con el pastor algun tiempo. Durante este espacio, el pastor me
dijo que en el lugar donde estaba encantada la princesa habia un palacio
encantado tambien, solo que en vez de estar la princesa encantada en el
palacio, el palacio estaba encantado en la princesa.
--He ahi una singularidad que no he visto en ningun libro de
caballerías, por mas que los tales libros están llenos de disparates.
--Eso consiste en que el vulgo tiene el privilegio de inventar los mas
disparatados disparates: sin embargo, dentro del palacio encantado
estamos: hemos pasado el zaguan, hemos bajado las escaleras, pasado
junto á las caballerizas y nos revolvemos por los corredores.
--Pues si este ha sido palacio, tal le ha puesto el encanto que no le
conociera el alarife que le construyó.
--¡Eh! hasta el fin no podemos juzgar. Aun no hemos llegado al fin.
Dejadme que acabe de relataros mi conversacion con el pastor.
--¿Y decís, le pregunté, que nadie se atreve á pasar ni á tres tiros de
arcabuz á la redonda junto á la sima de la princesa encantada?
--Nadie, ni los pájaros, me contestó: cuando una cabra se pierde hácia
allá preferimos perderla á acercarnos en su busca al sitio maldito: y se
pierden muchas, señor: yo creo que las atraen los brujos que viven en el
palacio, para devorarlas.
--Mirad no hayan corrido esa voz los monfíes para tener un albergue
seguro.
--Ningun monfí se atreveria á llegar al sitio á donde vos llegásteis
cuando os llamé: y eso que los monfíes son valientes como demonios.
--¿Y conoceis vos á los monfíes? cuasi nadie los conoce.
--No los conocerán las justicias, ni los cuadrilleros, ni los soldados
del rey: pero los pastores de la sierra es distinto: como que nos
compran cabras y corderos y muchas noches duermen en nuestras majadas.
Si no fueran moros y tan crueles, son buena gente: buenos mozos,
gastadores, y bravos, eso sí, como lobos: á los pastores nos tratan
bien: pero desdichado del pastor que dice que los ha visto...
--¿Con que tambien esos valientes monfíes tiemblan de acercarse á la
sima maldita?
--Ya os digo que se dejarian coger y arcabucear por los soldados del rey
antes de pasar de ciertas piedras que están puestas como señales
alrededor de la síma.
--Pues os agradezco el que me hayais salvado de tal peligro.
--No habeis tenido mala suerte en que yo os vea. Ahora bien, he aquí el
camino de Orgiva.
--Es que yo no iba á Orgiva, le contesté: por lo que me decís, me he
perdido.
--¿Pues á donde ibais?
--A Cádiar.
--¡Diablo! pues teneis que desandar el camino, y un mal camino:
atravesar el puerto que estará cerrado...
--No importa, solo que estoy cansado.
--Pues meteos en una cortijada, descansad y tomad un guia.
--No, no, prefiero otra cosa. ¿Me vendeis vuestro asno? le dije
señalando el que llevaba en el hato.
--Es un jumento nuevo y de buena casta que puede cargar con una iglesia,
me dijo.
--Pues mejor, asi podrá aguantar una buena jornada.
--Es que yo no le venderé en menos de diez ducados.
--No quede por eso tomad doce.
Y sacándolos del bolsillo los di al pastor.
--Vamos á aquella cortijada, me dijo; descargaré al pollino y os le
llevareis.
Poco despues, y habiéndome dado el pastor las señas del camino por donde
debia ir para llegar al puerto, me encontraba cabalgando en mi asno por
la senda de un áspero desfiladero.
A mis piés veia la especie de embudo donde está situada la sima de la
princesa encantada.
Estaba enteramente solo; descendí, llegué á las quebraduras; ví la roca
á quien creen una mujer encantada, y encontré esta gruta: ¡ah! ¡á
propósito! deteneos un momento Cisneros: ¿veis ese agujero abierto
debajo de esa enorme roca?
--Sí.
--Pues ahí hay un barril de pólvora.
--¡Un barril de pólvora! ¿y para qué?
--En el centro de la primera gruta, me habia olvidado de deciroslo, hay
otro, y otro á la entrada de la galería, junto al lugar que sirve de
establo al asno. Estos tres barriles son mi defensa.
--¡Ah!
--Si, estoy ya escarmentado: si en otra ocasion hubiera tomado las
mismas precauciones, mi suerte seria otra, y acaso otra la vuestra,
porque entonces no hubiera venido á España con Angiolina.
--Pero no comprendo...
--Mis proyectos son tales, que puede suceder que me vea perseguido ya
por los tercios del rey, ya por los mismos monfíes. En un extremo, al
entrar en la gruta pongo fuego á la primera mecha, despues á la segunda,
por último á esta.
--Pero os sentenciais á volar hecho pedazos.
--No por cierto: la explosion se efectúa siempre de abajo arriba: nunca
de arriba á abajo.
--Deben ser terribles vuestros proyectos cuando de tal modo os
preparais.
--Vamos adelante Cisneros y sabreis parte de esos proyectos. Os anuncio
que vamos á penetrar dentro de poco en un verdadero palacio.
--¿Será verdad lo del encantamento?
--Si lo del encantamento no es verdad, estoy seguro que si estas rocas
habláran podrian contarnos alguna historia, y aun historias de mucho
interés.
--¿Y creeis vos que se hayan abierto exprofeso estas galerías para hacer
un palacio en las entrañas de la tierra?
--No amigo mio: estas galerías se han abierto para otro objeto; esta es
sin disputa una antigua mina romana, ó acaso mas antigua; á poco trabajo
encontrareis sobre el terreno escorias de fundiciones de plata; mirad un
pequeño fragmento.
Y Laurenti levantó del suelo una partícula de una materia gris oscura y
esponjosa.
--En lo que no cabe duda, es en que algun rico bandido, ó algun señor
rebelde se han aprovechado de estas y otras minas para ocultarse y de
que, para hacerlas mas cómodas han construido en ellas algunas
habitaciones con el bello gusto de los árabes. He aquí que llegamos á un
punto en que podeis admirar esa delicada arquitectura.
En efecto tenian delante un arco árabe estucado, medianamente
conservado, pero sin puerta.
--¡Ah! dijo Cisneros, esto se parece á la Alhambra.
--¡Si! el mismo adorno, el mismo primor, pero mas reducidas las
habitaciones: bajad la cabeza sino quereis tropezar en el arco.
Entraron y se encontraron en una pequeña habitacion cuadrada embaldosada
de marmol, estucada, con techo de bovedillas.
Al fondo habia una puerta mas alta que la anterior que daba paso á una
galería, á cuyos costados habia algunas puertas, y á cuyo fin se abria
otro arco, por el que se ingresaba en una gran cámara.
--Esto es muy bello, dijo Cisneros.
--Ya lo creo; es un verdadero alcázar algo deteriorado.
--Y en el que hace algun frio.
--Lo que prueba que el aire tiene comunicacion.
--¡Cómo! ¿no estais seguro de ello?
--No he tenido tiempo de recorrer la mina. Las únicas habitaciones que
existen son las que habeis visto y las que corresponden á la puerta por
junto á las cuales acabamos de pasar. Esta cámara, no tiene mas que una
entrada y dos alcobas: mirad: el pavimento es magnífico: de mosáico
aunque empolvado y sucio: mirad qué bella es la fuente del centro; lo
que prueba que hay algun valle ó barranco mas abajo del nivel de esta
habitacion adonde puedan ir á parar las aguas: el encañado debe estar en
buen uso, porque ayer la fuente corria: Cuando salí al aire libre vi que
habia llovido.
--Pues ha sido un hallazgo este escondite, dijo Cisneros, porque yo no
sabia donde meterme: me conoce el emir de los monfíes, me conocen
Aben-Humeya y Aben-Aboo, me conocen en fin otras muchas personas por
temor de encontrarme con las cuales, he andado á salto de mata,
durmiendo en los ventorrillos y aperreándome por los cerros.
--Agradecedme, pues, el que haya pensado en vos, al establecerme aquí.
--¡Como!
--Aquel es vuestro aposento, dijo Laurenti señalando uno de los alhamies
ó alcobas: venid y juzgad.
Dirigiéronse allá, y Cisneros con gran asombro encontró un lecho y una
pequeña mesa con algunas botellas.
--Es cuanto aquí nos hace falta, dijo Laurenti: vino que beber y lecho
en que descansar.
--Y el vino es bueno, dijo Cisneros empinando una botella.
--Es de la tierra.
--Pero falta algo mas.
--¡Qué!
--Algo que comer.
--Mi olla debe estar cocida, dijo Laurenti.
--¡Diablo! sois un hombre que de nadie necesitais.
--Si tal, he necesitado de un jumento que traiga nuestras camas,
nuestros víveres y nuestra leña, á mas de dos buenos arcabuces que hay
en aquel rincon.
--Sois todo un hombre, señor Godinez.
--Voy á traer leña, la encenderemos, pondremos junto á ella nuestra
mesa, comeremos, beberemos, y acabaremos de entendernos.
Algun tiempo despues, sentados en dos taburetes de pino, teniendo en
medio una mesa, en que se veian dos botellas, un vaso y una fuente de
estaño, en que humeaba una olla podrida, al lado de una hoguera que
ahumaba la habitacion, comian y bebian callando, en uno de esos primeros
momentos de la comida, en que solo se atiende á un apetito exigente,
Laurenti y Cisneros.
--Vamos á ver, dijo el primero al segundo, sacando un enorme reloj de
bolsillo: son las once del dia, hasta las cuatro de la tarde en que
necesitamos ponernos en marcha, van cinco horas: en cinco horas de buena
conversacion, se puede convenir en muchas cosas.
--Os digo en verdad, amigo Godinez, contestó Cisneros, que me encuentro
en las Alpujarras, y metido segun creo en una grande empresa, sin que yo
me dé otra razon de andar en estos pasos, mas que mi empeño por una
mujer, que se ha burludo de mí, que se ha burlado, por lo que entiendo
de vos, cuya historia es un misterio, y cuyo fin podrá ser desastroso.
Yo he tenido amores con muy nobles y hermosas damas; he gozado del favor
y de la amistad de poderosos señores; he manejado á mi antojo á un
príncipe, y he jugado con mi fortuna, sin pararme nunca á considerar en
qué vendrian á parar mis aventuras: nunca una mujer ha dominado mi
corazon como le domina la princesa: si me hubieran dicho que por esa
mujer habia yo de olvidar mis proyectos, mi conveniencia, cuanto me
interesa; que me habia de ver reducido á una vida casi miserable, sin
dinero, sin amistades, aislado enteramente, sujeto como un niño, y
corriendo trás ella por cerros y valles, no lo hubiera creido.
--No hay burlas con el amor, dijo Laurenti: esa mujer os arrastra, os
lleva consigo, os atrae, os desespera: teneis zelos: zelos mortales:
teneis sed, una sed inextinguible de hacerla vuestra, y junto con esto,
la rabia de veros burlado, porque esa mujer se ha burlado de vos.
--Es verdad.
--Yo tambien voy detrás de esa mujer, pero con distintas intenciones: yo
la conocí por una venganza, y por una venganza me apoderé de ella: se la
robé á su padre: pero cuando se toma por medio de venganza una mujer tal
como Angiolina, nuestra venganza nos hiere, porque nos hace esclavos: al
poco tiempo de haberme apoderado de Angiolina, la amaba; la amaba, no
sabré deciros cómo, porque yo nunca habia amado, pero me parecia que el
ser de ella, se habia trasladado al mio; que respiraba con su aliento,
que mi corazon latia en el suyo... ¡ah! fuí muy imprudente en tomar por
instrumento de una horrible venganza á Angiolina: ella me recuerda mi
venganza: me la recuerda todos los días, á todas horas, porque desde que
me apoderé de ella, hasta hoy (y han pasado diez años), no he dejado de
verla continuamente, á excepcion de dos meses, el año pasado, que vine á
Granada: siempre que la veo, tan hermosa, y al parecer tan pura y tan
casta, se levanta ante mis ojos, detrás de ella, otra mujer hermosa, que
en mal hora dejó de ser casta y pura: otra mujer que me mira con sus
dulces ojos grandes y melancólicos y que me acusa. Nunca que miro á
Angiolina, dejo de ver el espectro de esa otra desdichada: nunca veo esa
figura sangrienta, sin que mi corazon se hiele y se estremezca, por mas
que mi semblante continúe impenetrable: ese fantasma que vive eterno
detrás de Angiolina, es mi remordimiento, mi horrible remordimiento, mi
infierno.
--¿Fue una mujer que abandonásteis por Angiolina? dijo con interés
Cisneros.
--No; contestó roncamente Laurenti; fue una mujer á quien maté: á quien
maté á puñaladas, á pesar de que pedia á gritos la vida; la vida, no
para ella, sino para el hijo que llevaba en sus entrañas.
Laurenti se estremeció de una manera visible, y calló.
--Mucho debió ofenderos esa mujer, cuando tan cruel fuísteis con ella:
¿era acaso vuestra esposa?
--Era mi hermana, contestó con acento sepulcral, horrible, tremendo como
una blasfemia, reconcentrado como el rugido de un leon á quien devora la
calentura.
Cisneros se puso de pié de una manera instintiva, y miró con terror á
Laurenti.
--¡Matásteis á vuestra hermana! exclamó.
--Si, pero sentaos: la maté... y ya no tiene remedio: pero esa
catástrofe horrible, aumentó mi amor por Angiolina: durante diez años la
he seguido á todas partes encubierto, disfrazado, sirviéndola,
tendiéndome á sus pies como un esclavo, procurando hacerme amar de ella,
y recibiendo solo en pago, indiferencia; la indiferencia de un mal amo
respecto á su criado: pero al menos no tenia zelos: si Angiolina no me
amaba, al menos no amaba á nadie; pero una noche, Angiolina entró en su
casa con un hombre: con la frente alta, sin recatarse de sus criados, é
introdujo á aquel hombre en sus mismas habitaciones como si hubiera sido
su marido. ¿Y qué creeis que hice yo?...
--¡Esperásteis á aquel hombre á la salida, y le matásteis...!
--No le maté, ese hombre vive... es el marqués de la Guardia.
--¡Ah!
--Pasé la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jamás, pegado
á una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el oído á la
pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo
y concedió á aquel hombre.
--¿Y no le matásteis al salir?
--No, porque tuve miedo.
--¡Miedo! ¿y de qué?
--Miedo de que me aborreciese Angiolina.
--¡Ah! repitió Cisneros.
--Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella
hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun.
--Y entonces, ¿de quién quereis vengaros?
--¿De quién? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al
marqués.
--No os comprendo.
--Angiolina jamás hubiera amado, porque era honrada: porque aun cuando
ella creia no haber pertenecido á su marido, aunque no le amaba, le
estaba agradecida y hubiera respetado su nombre.
--¿Por qué decis que Angiolina creia no haber pertenecido á su marido?
--Porque ese marido, el príncipe Maffei Lorenzini, era una moneda falsa,
no habia tal príncipe.
--¿Pues quién era ese hombre?
--Ese hombre era yo: yo que habia tomado un disfraz impenetrable y un
nombre supuesto; yo que gastando mis tesoros de bandido, sostenia el
fausto con que Angiolina se presentaba en la córte como princesa.
--¡Ah! ¡sois un hombre extraordinario!
--Decia, pues, que Angiolina, por un amor vulgar nunca hubiera manchado
ante las gentes el nombre de su esposo. Pero las mujeres en general
vienen al mundo con un grave pecado: con el pecado de la
vanidad.--Angiolina se habia acostumbrado á ser la reina de las damas de
la córte por su hermosura y por su fausto: yo gastaba cuanto era
necesario: el homenaje y la envidia de los caballeros y de las damas de
la córte, mantenian satisfecha su vanidad; pero cuando se presentó en
Madrid la sultana Amina, ó doña Esperanza, ó la hermosa duquesita, como
dieron en llamarla...
--La hermosa de las hermosas, la rica entre las ricas: la altiva entre
las altivas, observó Cisneros.
--Decís bien: esa fatal mujer á cuya influencia debo la amargura que
tengo en el corazon.--A poco de presentarse en la córte la sultana, noté
con terror que Angiolina la envidiaba.--Nadie sabe hasta donde puede
llevar la envidia á una mujer, y yo lo temí todo.--En efecto, Angiolina
notó que la sultana estaba enamorada; buscó el hombre de su amor, le
encontró, y por una sucesion de fatales consecuencias, se hizo querida
del hombre á quien amaba la sultana, pretendió robárselo... la vanidad y
la envidia llevaron á Angiolina respecto al marqués, al mismo punto á
que á mi me llevó mi venganza respecto á Angiolina: se enamoró
perdidamente del marqués de la Guardia. Pues bien, ¿quién es la causa de
que Angiolina haya contraido ese empeño?
--Indudablemente la sultana Amina; pero acaso, acaso, sin la sultana,
Angiolina se hubiera enamorado del mismo modo del marqués.
--No la conoceis: el marqués la habia galanteado: y por lo mismo que el
marqués estaba reputado entre las damas de la córte por un hombre
irresistible, su vanidad hubiera defendido de él á Angiolina.
--¿Quién sabe?
--Sea como quiera, la causa palpable de mi desgracia es la sultana. La
causa de haber ido la sultana á la córte, la ambicion del emir de los
monfíes. Necesitaba, pues, no atreviéndome á saciar mi corage en
Angiolina, no pudiendo, saciarle en otro: hay rabias que necesitan
matar. Mi rabia se volvió al emir y á su hija. El rey don Felipe, supo
que el duque viudo de la Jarilla era el emir de los monfíes: la córte
supo que la hermosa hija del duque, estaba deshonrada por el amor del
marqués de la Guardia: el mismo emir, en una ocasion solemne cayó á mis
pies bañado en sangre, y la Inquisicion se apoderó de él: libráronle del
Santo Oficio sus monfíes: pero no importa; el golpe de gracia, el golpe
que acabará de hacer pedazos su corazon, que le exterminará, se lo daré
yo aquí, en las Alpujarras, en medio de su ejército: golpe terrible, del
cual se encargaran tales manos, que Satanás escribirá mi venganza entre
las mas terribles que halla producido el odio humano.
Laurenti, calló, apoyó la cabeza entre sus manos, y quedó profundamente
pensativo: Cisneros le miraba con terror.
--Ahora bien, dijo Laurenti alzando de nuevo la cabeza, despues de
algunos momentos de silencio; cuento con vos para mi venganza.
--¡Conmigo! ¿y qué he de hacer yo?
--Ya habeis oido que doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de
Córdoba y de Válor, está en Cádiar. Lo habeis oido de boca del mismo
emir de los monfíes.
--¿Y bien?
--El emir ha recomendado al Ferih con un acento particular esa dama.
--¿Y bien?
--Es necesario que vayais á verla.
--¿Y con qué pretexto?
--Por ejemplo: vos conoceis á Aben-Humeya.
--Mucho: como que el tal está tambien enamorado de Angiolina, y travó
amistad conmigo para aproximarse á ella por mi medio.
--Pues bien, presentaos á doña Elvira, y decidla: que habiendo escapado
su hijo de Granada, y sabiéndose que los moriscos piensan sublevarse,
acudís á ella para que por su mediacion, os admita su hijo á su
servicio.
--Pero no veo lo que en eso pueda convenirme.
--Esta es una de las primeras mallas de una red, en que os juro se
cogeran tantas cosas, contribuyendo vos á ello, que el rey de España os
perdonará por lo de marras, y os dará cuanto querrais.
--Pero Angiolina...
--No hay que pensar en ella... ni os ama, ni me ama; esa será otra de
las buenas presas que queden en la red: no pudiendo obtener á Angiolina,
os importa abriros un camino para volver á la córte: vos fuera de Madrid
vivís como el pez de mar en agua dulce: estais mareado: procurad, pues,
enmendar vuestra mala suerte, y para eso servidme: yo necesito ser una
doble persona: vos sois alentado y astuto, y me convenís.
--¡Qué diablos! dijo Cisneros, mas perdido que estoy no puedo estarlo:
haré cuanto querais.
--Y no hareis nada que no sea en provecho vuestro: preparaos, sin
embargo, y fortaleceos, porque la empresa es dura y llena de peligros.
--Entre peligros ando hace mucho tiempo, y de todos ellos me ha sacado
después de Dios, mi buen aliento.
--Pues por lo pronto, hemos convenido en lo que debemos convenir: esta
tarde nos pondremos en camino, y esta noche entraremos en Cádiar. Con
que si teneis sueño, que bien podrá ser, segun lo que habeis trasnochado
y andado por cerros, dormid, que yo os llamaré cuando sea hora.
Cisneros que comprendió que aquel terrible y misterioso Godinez, que se
habia convertido en su señor, no tenia mas ganas de hablar, y
sintiéndose por otra parte cansado, se metió en el alhami ó alcoba que
Laurenti le habia dicho era su aposento y se acostó, y á poco se durmió.
Laurenti, cuando le oyó roncar, se levantó, fué á un rincón donde tenia
su maleta, la abrió, sacó de ella una cartera, y volviendo á sentarse
junto á la mesa, sacó de la cartera unos papeles y se puso á meditar
sobre ellos con profunda y terrible atencion.