CAPITULO XVII.

El capitan Diego de Herrera.

Los pobres moriscos de la villa estaban consternados.

En primer lugar desde el dia anterior se sabia una noticia en extremo

alarmante.

El hecho á que aquella noticia se referia, era el siguiente:

Acostumbraban los escribanos y los alguaciles de la audiencia de Ujijar

de Albacete, villa de las Alpujarras, ir á pasar las vacaciones de

Pascuas en Granada, donde los mas de ellos tenian sus familias, y al

hacer el camino, como los moriscos estaban acobardados y ellos lo sabian

bien, porque eran los que los acobardaban, llevábanse á su paso,

gallinas, pollos, miel, fruta y dinero, todo arrancado con amenazas, ó

mejor dicho: robado.

Cinco de estos escribanos y alguaciles, entre los que iban dos

ferocísimos, Juan Duarte, y Pedro de Medina, salieron de Ujijar el

martes veinte y dos de diciembre llevando por guia á un morisco, é

hicieron por los lugares por donde pasaron desórdenes y tropelías, con

el mismo descuido que si las Alpujarras hubieran estado en perfecta

tranquilidad, y no agitadas y preparándose para un alzamiento; á las

noticias de estos desórdenes, salió á ellos con algunos monfíes nuestro

antiguo conocido Harum-el-Geniz, y encontrándolos en una senda cerca de

la villa de Poqueira les cortaron el camino y los pasaron á cuchillo, no

pudiendo escapar mas que el escribano Pedro de Medina y el guia morisco,

que fueron á ampararse á la villa de Orgiva. Del mismo modo los monfíes

mataron y quitaron los caballos á cinco escuderos que habian salido de

Motril.

Temian, pues, los moriscos, que, como en otras ocasiones, pagasen justos

por pecadores, es decir, que el corregidor de Ujijar enviase al término

donde aquellos fracasos habian acontecido y aun mucho mas lejos; algunas

escuadras de soldados, y no pudiendo haber á los monfíes, ó no

atreviéndose á ellos, extremasen sus crueldades y sus licencias con los

que ninguna parte habian tenido en el caso.

Lo que en segundo lugar los tenia como suele decirse con la mosca sobre

la oreja, era que se sabia de cierto que la Inquisicion iba á Cádiar á

hacer su visita, y lo que en su lugar los aterraba era la llegada á la

villa del capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo,

hombres crueles, que con cincuenta soldados y una carga de arcabuces,

habian venido de Granada, causando á su paso por los pueblos agravios,

cometiendo desafueros, y tratando á los naturales como cosas viles de

las cuales dispone á su antojo su dueño.

Aquella mañana antes de que entrasen los dos hidalgos cuñados con su

gente, sabíase en la villa, y encontrábanse en la plaza los moriscos

divididos en corros, hablando animadamente: pero notábase que cambiaban,

aunque con gran disimulo, de conversacion cuando pasaba junto á ellos

algun alguacil del corregidor, ú otro de los castellanos de los que

vivían en el pueblo con fueros y soberbia de autoridad, ya fuese por su

oficio, ya por su amistad con los oficiales del rey.

Un observador hubiera notado que los moriscos trataban algo y algo

terrible.

Como á las nueve de la mañana oyéronse en la parte baja de la villa

pífanos y tambores, y cambió como por ensalmo la expresion de los

semblantes de los moriscos, de tal modo que nadie los hubiera creido

sino los mas contentos y felices hombres del mundo: poco despues

entraron en la plaza con la bandera tendida los cincuenta arcabuceros,

llevando delante dos pífanos y dos tambores, tras ellos Diego de Herrera

y su cuñado Juan Hurtado Docampo, ginetes en dos rocines, con las

espadas desnudas, y con mas fueros, autoridad é hinchazon que podia

haber traido el mismo rey.

--¡Eh! ¡tú, Tomás el Ansarí! dijo el capitan Herrera á un anciano que

estaba entre los moriscos y á quien conocia por haber estado antes de

presidio en la villa: mis muchachos vienen cansados, necesitan buen

almuerzo, buena cama, y buenas mozas: conque mira de qué modo se les

aposenta, que no tengan que enojarse con vosotros.

El Ansarí, que era el xeque de la talla de Cádiar, noble anciano

descendiente de la esclarecida familia de los Abencerrages, se acercó al

capitan con la gorra en la mano, y le dijo con la sonrisa en los labios:

--Bien venido sea vuesamerced entre nosotros: por mi parte, mi casa y

cuanto en ella tengo está para serviros y á ese honrado hidalgo que os

acompaña: juro á Dios que no os ha de faltar nada y en cuanto á la

tropa, yo haré de modo que á cada soldado se le aposente como si fuera

un rey.

--Bien harás en eso Ansarí, porque tanto como un rey vale un soldado

español, y tal andais vosotros que os importa estar bien con la gente de

guerra; que nadie sabe lo que acontecerá, y ocasion podria llegar, en

que sea mas útil la amistad de un soldado que la del mismo Preste-Juan

de las Indias.

--Si esa ocasion llega, ya procuraremos que los buenos soldados del rey

no puedan quejarse de nosotros.

Tras estas palabras Tomás el Ansarí se llevó consigo hácia su casa al

capitan Herrera y á su cuñado, y los arcabuceros fueron alojados en las

mejores casas del pueblo.

Al atravesar la plaza el capitan Herrera, detuvo de repente su caballo.

--¡Juro á Dios que no la hubiera conocido! exclamo mirando á una moza

que pasaba á la sazon y que se detuvo á su voz y clavó una penetrante

mirada en el capitan; ha crecido y está hecha una reina: será preciso

volver á travar conocimiento con esta muchacha.

Aquella muchacha era Mariblanca, que despues de haber mirado por un

momento el capitan, siguió su camino haciendo un mohin de desprecio.

--¿Conoces á esa prenda? dijo el capitan al Ansarí, siguiendo adelante.

--Es Mariblanca, contestó lacónicamente el xeque.

--Cuando yo se la quité á su padre para hacerla mia, repuso con

desvergüenza el capitan, se llamaba Alida.

--Entonces era mora.

--Es verdad: recuerdo que por casarse conmigo se bautizó.

--Y entonces la pusieron María: despues como es blanca como la nieve,

han dado en llamarla Mariblanca.

--¿Y se ha casado?...

--Es ama del licenciado Juan de Ribera, beneficiado de la iglesia de la

villa.

--¡Ah! ¡ah! ¡querida de un clérigo!... bien... pues mira aposenta á mi

cuñado en tu casa, que yo voy á aposentarme en la del beneficiado.

--Como guste vuesamerced, dijo el Ansarí.

Diego de Herrera, como quien conocia el pueblo, se fué derecho á la casa

del beneficiado.

Cuando llegó á ella no habia nadie mas que el niño de coro que servia á

Mariblanca, porque en cuanto al clérigo solo se dejaba servir por la

jóven.

Era demasiado persona un capitan de infantería española en aquellos

tiempos y en tales circunstancias, para que un vecino, y mucho menos un

niño, se opusiese á su voluntad. El capitan metió por sí mismo el

caballo en la cuadra donde el beneficiado tenia su mula; entróse como

por su casa en las habitaciones interiores, y en la mejor se echó sobre

un ancho mueble, especie de sofá que el beneficiado, hombre cómodo si

los habia, tenia para su regalo, y clavó sus espuelas en el damasco de

los almohadones, sin importársele de ello un ardite.

--¿Dónde está tu amo? dijo el capitan al niño de coro que le habia

seguido absorto.

--Está en la iglesia, señor, contestó aturdido el muchacho.

--¿Y no hay quien me dé de almorzar?

--No, no señor, contestó mas aturdido el muchacho: la señora Mariblanca

está fuera.

--¿Quién está ahí? dijo una voz sonora y fresca á la puerta del

aposento.

El muchacho por toda respuesta señaló al capitan que estaba echado sobre

el sofá una pierna sobre la otra, y desceñido el talabarte.

--¡Ah! dijo Mariblanca, de la manera mas natural y aun con alegría, con

la alegría de quien ve al cabo de mucho tiempo de ausencia á una persona

á quien ama: ¡bien venido sea el señor capitan!

El muchacho se habia ido: Mariblanca y Diego de Herrera estaban solos.

Reconozcamos á estas dos personas.

Era ella una mujer como de veinte y cuatro á veinte y cinco años, pero

con el brillo de una juventud extremada, alta de frente, ancha de

hombros, un tanto largo el cuello, prominente el pecho, delgado el

talle, y gallardamente pronunciadas las caderas; era muy blanca, hasta

el último punto que puede ser blanca una mujer; levemente sonrosada en

las mejillas y los labios húmedos y muy rojos: tenia los cabellos muy

negros y muy abundantes: las cejas y las pestañas negrísimas y espesas;

los ojos garzos; torneados el cuello, los brazos y las piernas, y muy

pequeños y muy gruesecitos los piés y las manos: era una de esas

moriscas cuyo tipo se conserva aun en las Alpujarras, que enamoran á una

piedra, que derriten con su mirada el hielo, y que desesperarian á un

pintor.

Vestia al uso del pais, y su corto zagalejo dejaba ver las deliciosas

extremidades en que se sustentaba: se nos olvidaba decir que era alta y

robusta, y que en sus ojos, en su boca y en la actitud de su cabeza,

habia algo de duro, altivo y fiero, que en vez de perjudicarla aumentaba

su hermosura, porque asociaba á ella la idea de la fuerza, del valor y

de la dignidad.

Diego de Herrera era un hombre de cuarenta años; alto, robusto,

membrudo, con picaresco semblante de soldado, curtido por el sol, por

el aire, y por el polvo y el humo de las batallas; procacidad en los

ojos, cinismo en la expresion de la boca, audacia en sus maneras, y

rudeza y sabor soldadesco en todo su conjunto; todo como cubierto,

velado y dulcificado por cierto espíritu de nobleza de raza, que hacia

comprender que se trataba de un noble, aventurero y soldadote eso sí,

pero de _pur sang_.

--¿Sabías tú que yo vivia en esta casa, Diego? dijo Mariblanca, posando

en el capitan una mirada entumecida, no sabemos si por el odio, pero que

podia haberlo sido del mismo modo por el amor.

--¿Pues si tú no vivieras en esta casa vida mia, á qué habia yo de haber

venido á ella?

--Pues has tardado en venir, contestó Mariblanca.

--¿Qué quieres? En primer lugar el soldado es del rey en cuerpo y alma,

y es necesario ir á donde nos manda su magestad, sin que nos duelan

prendas del alma: ademas que la última vez que nos vimos me trataste de

un modo que no demostraba que tuvieses muchas ganas de volverme á ver.

--Te dí de puñaladas.

--Pero no me mataste, como me estas matando con tus ojos.

Y el capitan se sentó en el sofá, y echó á un lado el talabarte con la

daga y la espada.

Mariblanca se habia acercado, y habia apoyado una mano en el hombro del

capitan.

--¿Es verdad que mis ojos te matan? le dijo.

--¡Ah, diablo! me parece que respiro con dificultad, Alida, repuso el

capitan rodeando con sus dos manos su cintura.

--A veces el tiempo que pasa hace milagros, dijo con un leve sarcasmo la

jóven.

--Sí, si por cierto; el tiempo que pasa, cuando pasa como ha pasado por

tí, hace el milagro de convertir á una niña bonita en una moza como tú

¡cien rayos! ¿sabes que seria capaz por tí de matar á todos los clérigos

del mundo?

--¿Y por qué?

--¿No eres ama de un beneficiado?

--¡Y bien!

--Ama y manceba...

--Son dos cosas distintas...

--¿De veras?

--Te lo juro.

--Si se pudiera creer eso...

--La que dió de puñaladas al amante que la engañaba, no es mujer de

tener mas que un amante.

--¡Oh! ¡oh! si yo llego á creer eso...

Y el capitan trajo hácia sí con tal fuerza á Mariblanca, que aunque esta

era fuerte, no pudo evitar que la diese un sonoro beso en el cuello.

Mariblanca, sin embargo, saltó atrás y quedó libre.

--Estas son locuras, dijo.

--¡Cómo! exclamó el capitan: ¿no quieres ser mi mujer?

--No digo eso: sino que venir á esta casa, y despues enamorarme en ella,

son locura sobre locura.

--¿Pues qué he de hacer?

--Ven á verme esta noche.

--¿Esta noche?

--Sí.

--¿A hablarte por la reja? no me acomoda.

--Toma: dijo Mariblanca yendo á una espetera y tomando una llave.

--¿Y para qué esto?

--Para que entres esta noche en el huerto por el postigo.

--Hace mucho frio para estar al sereno.

--Al huerto da la ventana de mi aposento.

--¡Ah! eso es distinto. Pero es el caso, que yo no daré con ese postigo.

--Pues es muy fácil; mira (y Mariblanca señaló al huerto que se veía por

una puerta del fondo): ¿ves aquella higuera?

--Sí.

--Sus ramas salen fuera de la tapia.

--Sí.

--Junto á esa higuera, está el postigo.

El capitan tomó la llave y la guardó en el bolsillo de sus gregüescos.

--¿Y á qué hora he de venir, luz de mis ojos?

Quedóse un instante meditando Mariblanca.

--Esta noche es noche de Navidad, dijo al fin.

--Es verdad, repuso el capitan.

--A las doce dirá la misa del Gallo el señor Juan de Ribera.

--Y entre tanto tú te quedarás sola en la casa.

--Sí, porque pretextaré que estoy enferma para no ir á misa.

--Bien, muy bien: con que es decir, que esta noche á las doce.

El capitan se levantó, y se dirigió á Mariblanca con notoria intencion

de abrazarla.

--Quieto, quieto, señor mio, dijo la jóven: aunque estamos solos puede

entrar gente de un momento á otro. Vete. Hasta la noche.

--Sea como tú quieras, Mariblanca: adios.

El capitan se fué á la cuadra, sacó su caballo, montó en él, y fué á

hospedarse casa del Ansarí murmurando por el camino:

--Está hecha una prenda de rey: y me ama: me ama aun: las mujeres no

olvidan nunca á su primer amante: vive Dios que esta Noche Buena, vá á

ser la mejor noche que haya pasado en toda mi vida.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 84 / 168 题