El exámen de doctrina cristiana.
A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano,
acompañado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco,
de algunos clérigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de
Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cádiar, entró en la
iglesia.
Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales
y los alguaciles de la Inquisicion.
Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entró en la
iglesia, una campana empezó á tañer un toque lento y acompasado.
Aquel toque llevó el terror á los oídos de todos los moriscos, porque
aquel toque era la voz que les llamaba á la iglesia para ser examinados
de doctrina cristiana.
Cuando resonaba la campana tañendo de aquel modo, todos los moriscos
tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir á la iglesia,
sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho á los mismos
enfermos.
Apenas empezó el toque, de todas las casas de la villa empezó á salir
gente que se encaminó á la iglesia.
Bien pronto esta se encontró llena de una multitud vestida en su mayor
parte con el pintoresco trage árabe, notándose solo que las mujeres no
llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro.
No era aquel un pueblo cristiano, que lleno de fe y por su libre y
espontánea voluntad acude al templo y se arrodilla ante los altares: era
un pueblo que iba allí llamado por una campana inexorable que parecia
decirles con su lúgubre son:--El que no acuda será condenado:--todos
estaban de pié, apilados hácia el fondo de la iglesia, vista desde el
presbiterio, dejando vacio un gran espacio entre las sillas que á los
piés del altar mayor ocupaba el inquisidor Molina de Medrano, teniendo á
su derecha al beneficiado Juan de Ribera, á su izquierda el sacristán
Barbillo, que tenia en las manos un papel en que se fijaban de una
manera medrosa las miradas de los moriscos, y detrás de su silla, los
clérigos de la iglesia, el guardian y los _padres graves_ del convento
de San Francisco, y por último, los familiares y alguaciles del Santo
Oficio. Ademas, y para no perdonar intimidacion ni aparato, á derecha é
izquierda del presbiterio, en su primer escalon habia dos soldados de la
fe con las alabardas al hombro.
En el espacio que quedaba libre entre el presbiterio y el semicírculo
demarcado por la primera fila de los moriscos, habia algunas personas
arrodilladas: eran estas personas, dona Isabel de Córdoba y de Válor;
Aben-Aboo, su hijo, Angiolina Visconti, Mariblanca, Tomás el Ansarí, y
algunos otros cristianos viejos, alguaciles y oficiales castellanos, y
moriscos ricos, conocidos por todo el mundo como convertidos de buena
fe.
Todas estas personas que estaban arrodilladas, parecian buenas
cristianas por su actitud recogida y tranquila, en contraposicion de los
moriscos que estaban de pié al fondo de la iglesia, y cuyos semblantes,
no solo se mostraban disgustados, sino hostiles.
Angiolina Visconti por su parte, al ver de improviso ante sí al
inquisidor Molina de Medrano, palideció y se cubrió instintivamente el
semblante con el manto. Molina de Medrano habia fijado en ella una
mirada penetrante, y hasta cierto punto amenazadora: esto consistia, en
que Molina la habia conocido el año anterior, en razon á las actuaciones
del proceso fulminado por el Santo Oficio contra Yaye, y en razon á
pasar Angiolina en la córte por esposa del príncipe Lorenzini Maffei, á
quien se atribuia la herida que habia entregado al emir de los monfíes
al Santo Oficio. Angiolina habia desaparecido de Madrid por el mismo
tiempo de la fuga de Yaye, y esta circunstancia y la de encontrar á la
princesa en las Alpujarras, llenaron de alegria la negra alma del
inquisidor, que creyó haber encontrado un precioso hilo, que podia
llevarle á una rehabilitacion de la influencia del Santo Oficio que tan
mal parada habia quedado en el asunto de Yaye. Disimuló sin embargo
Molina de Medrano, y Angiolina, comprendiendo que era peor mostrar
miedo, que afrontar con valor aquella situación, descubrió de nuevo el
rostro, y acercándose á doña Isabel, la dijo con recato:
--Es necesario que no digais que soy vuestra parienta, sino que he
venido á parar á vuestra casa.
Doña Isabel miró con turbacion á Angiolina.
Molina de Medrano se apercibió de todo esto.
Despues de algunos momentos en que el inquisidor estuvo comtemplando con
su mirada de buho á los moriscos que tenia ante sí, se levantó, y con
voz tonante y acento enérgico y duro, les manifestó el objeto de su
visita: que su magestad el católico rey de las Españas, y el Santo
Tribunal de la Inquisicion, estaban indignados contra ellos, por la
tibieza de su fe, y por la tenacidad con que conservaban sus trages y
sus malas y reprobadas costumbres, contra los mandamientos de su
magestad; que el rey y la Inquisicion le enviaban para poner remedio á
todo aquello; que estaba decidido á obrar con un vigor saludable, y que
iba á examinarlos en el acto de doctrina cristiana.
[imagen: Mariblanca.]
Despues de esto, se volvió á maese Barbillo que continuaba con su papel
en ristre, y le dijo.
--Id llamando á los vecinos, uno por uno, desde el mas alto, hasta el
mas bajo, sin dejar nombre que en el padron se encuentre, hasta los
niños de siete años.
Maese Barbillo, se caló las antiparras, arrojó una mirada sobre el
papel, y dijo:
--¡Doña Isabel de Córdoba y de Válor, viuda de Miguel Lopez!
Levantóse doña Isabel de donde estaba arrodillada, y se acercó
tranquila, pero pálida, al inquisidor.
--¿Sois vos esa doña Isabel á quien ha llamado el sacristan? dijo Molina
con voz áspera.
--Yo soy, contestó doña Isabel.
--¿Cuánto tiempo hace que os habeis bautizado?
--El tiempo que cuento de vida.
--¡Ah! ¿sois cristiana desde la cuna?
--Lo es mi familia desde la conquista de Granada.
--¡Lástima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con
Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de
Válor.
--Soy su tia, hermana de su padre.
--¿Y sabeis que don Fernando de Válor anda huido?
--Sé que tuvo contestaciones en el cabildo de Granada, y que por
resultas de ellas, ha desaparecido.
--¿Conoceis los misterios de la Religion Católica Apostólica Romana?
--¡Oh! si señor, y los adoro.
--¿Qué teneis que decir de esta mujer? preguntó el inquisidor
volviéndose con una ruda grosería al beneficiado.
--Esa señora, dijo Juan de Ribera, es un modelo de piedad, y de caridad
cristiana.
--¿De modo que no hay necesidad de examinarla?
--Vuestra señoría puede hacerlo si gusta, y yo me alegraré mucho, porque
conozca vuestra señoria á una excelente cristiana.
[imagen: El inquisidor Molina de Medrano.]
--Apartaos, pero no os vayais de la iglesia, dijo Molina de Medrano.
Doña Isabél fué á sentarse en un escaño.
--Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.
--Diego Lopez Aben-Aboo, dijo el sacristan; hijo de Miguel Lopez,
difunto, y de doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Adelantó Aben-Aboo.
--Soy cristiano desde que nací, como mi madre, dijo con impaciencia el
jóven, sé la doctrina cristiana desde el principio hasta el fin, y soy
bueno y leal vasallo de su magestad.
--Pero sois soberbio y poco respetuoso; nadie os ha preguntado.
--Preguntad cuanto querais.
--¿Es cristiano como su madre este mozo? dijo el inquisidor volviéndose
á Juan de Ribera.
--Oye misa, y cumple con los preceptos de la Iglesia.
--¿Está instruido?
--Si señor.
--¿Da escándalos?
--No señor.
--¿Cumple las pragmáticas de su magestad?
--Si señor.
--¿Y respeta su justicia?
--Nunca ha sido preso ni aun reprendido.
--¡Sois primo hermano de don Fernando de Válor! le dijo con voz tonante
el inquisidor.
--Su primo soy, contestó Aben-Aboo.
--¿Y sabeis donde para vuestro primo?
--Mi primo vive en Válor, y yo en Cádiar. Apenas nos tratamos.
--Bien, retiraos, pero no os vayais de la iglesia.
Aben-Aboo, fué á sentarse junto á su madre.
--Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.
--Doña Angélica, forastera, que vive en casa de doña Isabel de Córdoba y
de Válor, su parienta.
Adelantó Angiolina, y posó una mirada serena y altiva en el inquisidor.
--¡Ah! ¡ah! hénos aquí otra vez frente á frente, señora princesa, dijo
con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver á
ver á vuecencia tan lejos de la córte y entre tales parientes.
--Yo no tengo aquí ningun pariente, contestó con altivez Angiolina; aquí
no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda...
--¡Ah! ¿ha muerto el señor príncipe?
--Si señor: mi salud requeria el aire de las montañas, y lo repito, como
soy viuda y jóven, al venir á parar casa de mi buena amiga doña Isabel,
convinimos en que pasaria por su parienta.
--Es extraño que os hayais venido á tomar los aires en una tierra por
donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con
su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo,
el señor marqués de la Guardia.
--Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con
altivez Angiolina.
--Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo
mismo, tened la dignacion de esperar, señora, á que yo concluya la
importante comision que traigo. Seguid, añadió el inquisidor, mientras
Angiolina se retiraba al escaño donde estaban sentados doña Isabel y
Aben-Aboo.
--Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija
de Melik el Ferih.
Adelantó Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de
montañesa alpujarreña.
--Mariblanca es mi ama desde que se bautizó, dijo el beneficiado, y
cuando digo que es mi ama, añado que es buena cristiana y buena
doncella, que de otro modo no la tendria yo conmigo.
--¿Y cuánto tiempo hace que se bautizó esta... doncella?
--Hace diez años.
--¿Y qué edad teneis, moza?
--Veinticinco años, señor.
--¿Es decir, exclamó severamente Molina de Medrano, que tomásteis por
ama, una doncella morisca de quince años, garrida y hermosa?
--Estaba abandonada... su padre la habia abandonado.
--Debísteis evitar el tenerla en vuestra casa.
--Hícelo por caridad.
--Idos á vuestros quehaceres, muchacha, dijo el inquisidor, y procurad
ser en lo sucesivo tan cristiana y tan honrada como lo habeis sido hasta
ahora.
Mariblanca saludó al inquisidor, salió, y dijo al pasar, al capitan
Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia.
--Que no te olvides de que te espero esta noche Diego.
--Esa muchacha está loca por mí, dijo el capitan, acariciándose el
vigote.
Entre tanto, Barbillo habia llamado á Tomás el Ansari, morisco
bautizado.
Adelantó humildemente el anciano.
Examinóle minuciosamente Molina de Medrano, pidió informes de él al
beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas
costumbres, le pidió por su familia.
--Estoy solo en el mundo, señor, contestó el xeque; mi esposa murió, mis
hijos han muerto, y dos nietos pequeñuelos que me quedaban, han sido
llevados á Castilla para criarlos en los hospicios del rey.
--Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos católicos, y ha
mirado por el alma de vuestros nietos.
--Dios se lo pague á su magestad, señor, contestó el Ansari.
Y se retiró.
--¡Malicatulzarah![24] dijo el sacristan.
Adelantó una hermosísima mujer, muy jóven, como de veinte años, vestida
con el trage morisco, y llevando de la mano un niño como de ocho años, y
una niña como de siete, igualmente vestidos á la morisca.
--¿Cómo os atreveis á presentaros asi en la iglesia, y delante de mí?
dijo el inquisidor á la pobre joven que temblaba.
--¡Ah, señor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos
castellanos.
--¿Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro
y arracadas de plata?
--Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor.
--¿Y esos niños?
--Son mis hijos.
--¡Vuestros hijos!
--Si señor, soy casada.
--¡Casada! ¿pero qué edad teneis?
--Veinte años.
--¿Y esos hijos, son hijos de vuestro esposo?
--¡Oh! ¡si señor!
--¿Pero á qué edad se casan estas gentes? exclamó escandalizado el
inquisidor.
--Las castellanos pueden casarse á los doce años, señor, observó la
morisca.
Irritóse el inquisidor.
--Hablad cuando os pregunten, dijo.
La morisca bajó los ojos, y calló.
--¿Vive vuestro marido?
--Si señor: todo el mundo le conoce en la villa: es tejedor de sedas.
--¿Y por qué no ha venido á la iglesia?
--Está gravemente enfermo, dijo maese Barbillo, y por eso no le habia
nombrado.
--Que vayan al momento por él cuatro alguaciles del Santo Oficio, y uno
de la villa para que los guie.
--¿Pero no ois, señor, que mi pobre Adel está enfermo de peligro?
Irritóse mas con esta réplica Molina de Medrano, y gritó lleno de
cólera, sin tener en cuenta el sagrado lugar en que se encontraba:
--Los enfermos y los sanos, los altos y los bajos, todos vendrán aquí:
es necesario limpiar los dominios del rey de la mala yerba, y si los
muertos pudieran oir y contestar, á los muertos sacaria yo de la tumba,
cuanto mas á los enfermos de sus lechos. Dios y el rey lo mandan.
--Pero si mi Adel muere, ni vuestro Dios, ni vuestro rey, me le
volverán, exclamó desesperada Malicatulzarah.
--Id ministros, id, exclamó en el colmo de su cólera el inquisidor:
traedme acá ese descreido. Y tú, tú la de _vuestro Dios y vuestro rey_,
como si no fuesen tambien tu Dios y tu señor, mira como me contestas,
porque si no te encuentro instruida en los misterios de nuestra santa
religion, si no te retractas de tus blasfemias, me apodero de tí en
nombre del Santo Tribunal de la Inquisicion.
La jóven no temblaba: tenia fija una mirada lúcida, altiva, terrible, en
Molina de Medrano, que en vano queria dominarla con su mirada de lobo
hambriento.
--Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrás enseñado á
rezar: di el padre nuestro muchacho.
--No lo sé, contestó el niño, estrechándose contra el zagalejo de su
madre.
--¡Ah! ¡no sabes el padre nuestro! ¡no sabrás tampoco cuántas son las
personas de la Santísima Trinidad!
--¡Le ille Allah! contestó el niño en árabe con voz sonora.
--¿Qué quiere decir este muchacho? exclamó el inquisidor.
--¡No hay otro Dios, que Dios el Altísimo y Unico y Mahoma su profeta!
dijo una voz débil desde el centro de la multitud, pero que á pesar de
su debilidad, resonó clara y distinta en el templo.
Molina de Medrano se puso de pié, y gritó:
--¿Quién es el blasfemo...?
--Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contestó adelantando
apoyado en un viejo, un hombre como de treinta años, demacrado, pálido,
vacilante, y á todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah
corrió á él, seguida de sus hijos, y ayudó al anciano á llevar al jóven
hasta el presbiterio.
Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo
decrépito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos
pequeñuelos asombrados y temblando por lo que veian.
--Tus alguaciles han ido á buscarme, dijo, pero yo estaba allí entre mis
hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un
lobo, y vengo á que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga
renegar á mi esposa del Dios de nuestros abuelos.
--Es decir que te confiesas moro.
--Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios
Altísimo y Unico.
--¿Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena
dirigiéndose al beneficiado.
--Si señor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos,
contestó todo trémulo el beneficiado.
--Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante:
ninguno... ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de
miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: ó
nosotros ó vosotros.
--Morireis como mueren los herejes contumaces, gritó Molina de Medrano.
Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la cárcel.
--¡Y mis hijos! exclamó con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo
que los alguaciles la arrebataban sus pequeñuelos.
--Quien no es cristiano no tiene hijos, gritó Molina de Medrano: estos
niños son hijos del rey.
Malicatulzarah palideció, un destello terrible, un destello de sangre
lució en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanzó al
inquisidor, y le estrechó el cuello con entrambas manos.
Era la leona que defendia sus cachorros.
Pero instantáneamente la infeliz lanzó un grito agudísimo, soltó el
cuello de Medrano y cayó de espaldas exclamando:
--¡Vengadme, hermanos, vengadme!
Uno de los soldados de la fe la habia herido con su alabarda en el
costado izquierdo en el momento en que se arrojó sobre el inquisidor.
La sangre corria sobre el pavimento: una exclamacion de horror habia
salido de todas las bocas: Adel arrojado sobre su esposa lloraba á
gritos: lloraban los niños, el viejo levantaba las manos y los ojos al
cielo en un ademan de blasfemia, y aterrados los moriscos, temiendo que
la maldicion de Dios cayese sobre aquel lugar de sangre, se precipitaron
por la puerta de la iglesia.
Solo quedaron allí Aben-Aboo, que miraba de una manera letal al
inquisidor, doña Isabel y Angiolina, pálidas como la muerte; Tomás el
Ansari, impasible, Barbillo atortolado, el beneficiado confuso, los
soldados feroces, y Molina de Medrano mirando fascinado, á aquel hombre
y aquellos niños que se retorcian sobre el cadáver de su esposa y de su
madre, y el viejo morisco detrás de este grupo pidiendo justicia al
cielo por la sangre que corria á sus piés.
--Llevaos esa gente... lleváosla, exclamó Medrano, el templo está
impuro, y es necesario purificarle: no podemos permanecer aquí.
Y Molina de Medrano como si hubiera sentido miedo de permanecer en aquel
sitio salió.
Doña Isabel corrió á aquella pobre familia, pero Aben-Aboo y el Ansari
se interpusieron.
--Nada podemos hacer por ellos, dijo el Ansari: idos á vuestra casa
señoras; idos, y procurad olvidar lo que habeis visto.
Doña Isabel salió llorando seguida de Angiolina que iba profundamente
preocupada.
El Ansari y Aben-Aboo las seguian.
--¡Oh! ¡y cuánto tarda la noche, dijo el Ansari!
--¡Juro á Dios beber la sangre de ese clérigo! dijo con la voz ronca y
trémula Aben-Aboo.