CAPITULO XIX.

El exámen de doctrina cristiana.

A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano,

acompañado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco,

de algunos clérigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de

Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cádiar, entró en la

iglesia.

Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales

y los alguaciles de la Inquisicion.

Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entró en la

iglesia, una campana empezó á tañer un toque lento y acompasado.

Aquel toque llevó el terror á los oídos de todos los moriscos, porque

aquel toque era la voz que les llamaba á la iglesia para ser examinados

de doctrina cristiana.

Cuando resonaba la campana tañendo de aquel modo, todos los moriscos

tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir á la iglesia,

sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho á los mismos

enfermos.

Apenas empezó el toque, de todas las casas de la villa empezó á salir

gente que se encaminó á la iglesia.

Bien pronto esta se encontró llena de una multitud vestida en su mayor

parte con el pintoresco trage árabe, notándose solo que las mujeres no

llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro.

No era aquel un pueblo cristiano, que lleno de fe y por su libre y

espontánea voluntad acude al templo y se arrodilla ante los altares: era

un pueblo que iba allí llamado por una campana inexorable que parecia

decirles con su lúgubre son:--El que no acuda será condenado:--todos

estaban de pié, apilados hácia el fondo de la iglesia, vista desde el

presbiterio, dejando vacio un gran espacio entre las sillas que á los

piés del altar mayor ocupaba el inquisidor Molina de Medrano, teniendo á

su derecha al beneficiado Juan de Ribera, á su izquierda el sacristán

Barbillo, que tenia en las manos un papel en que se fijaban de una

manera medrosa las miradas de los moriscos, y detrás de su silla, los

clérigos de la iglesia, el guardian y los _padres graves_ del convento

de San Francisco, y por último, los familiares y alguaciles del Santo

Oficio. Ademas, y para no perdonar intimidacion ni aparato, á derecha é

izquierda del presbiterio, en su primer escalon habia dos soldados de la

fe con las alabardas al hombro.

En el espacio que quedaba libre entre el presbiterio y el semicírculo

demarcado por la primera fila de los moriscos, habia algunas personas

arrodilladas: eran estas personas, dona Isabel de Córdoba y de Válor;

Aben-Aboo, su hijo, Angiolina Visconti, Mariblanca, Tomás el Ansarí, y

algunos otros cristianos viejos, alguaciles y oficiales castellanos, y

moriscos ricos, conocidos por todo el mundo como convertidos de buena

fe.

Todas estas personas que estaban arrodilladas, parecian buenas

cristianas por su actitud recogida y tranquila, en contraposicion de los

moriscos que estaban de pié al fondo de la iglesia, y cuyos semblantes,

no solo se mostraban disgustados, sino hostiles.

Angiolina Visconti por su parte, al ver de improviso ante sí al

inquisidor Molina de Medrano, palideció y se cubrió instintivamente el

semblante con el manto. Molina de Medrano habia fijado en ella una

mirada penetrante, y hasta cierto punto amenazadora: esto consistia, en

que Molina la habia conocido el año anterior, en razon á las actuaciones

del proceso fulminado por el Santo Oficio contra Yaye, y en razon á

pasar Angiolina en la córte por esposa del príncipe Lorenzini Maffei, á

quien se atribuia la herida que habia entregado al emir de los monfíes

al Santo Oficio. Angiolina habia desaparecido de Madrid por el mismo

tiempo de la fuga de Yaye, y esta circunstancia y la de encontrar á la

princesa en las Alpujarras, llenaron de alegria la negra alma del

inquisidor, que creyó haber encontrado un precioso hilo, que podia

llevarle á una rehabilitacion de la influencia del Santo Oficio que tan

mal parada habia quedado en el asunto de Yaye. Disimuló sin embargo

Molina de Medrano, y Angiolina, comprendiendo que era peor mostrar

miedo, que afrontar con valor aquella situación, descubrió de nuevo el

rostro, y acercándose á doña Isabel, la dijo con recato:

--Es necesario que no digais que soy vuestra parienta, sino que he

venido á parar á vuestra casa.

Doña Isabel miró con turbacion á Angiolina.

Molina de Medrano se apercibió de todo esto.

Despues de algunos momentos en que el inquisidor estuvo comtemplando con

su mirada de buho á los moriscos que tenia ante sí, se levantó, y con

voz tonante y acento enérgico y duro, les manifestó el objeto de su

visita: que su magestad el católico rey de las Españas, y el Santo

Tribunal de la Inquisicion, estaban indignados contra ellos, por la

tibieza de su fe, y por la tenacidad con que conservaban sus trages y

sus malas y reprobadas costumbres, contra los mandamientos de su

magestad; que el rey y la Inquisicion le enviaban para poner remedio á

todo aquello; que estaba decidido á obrar con un vigor saludable, y que

iba á examinarlos en el acto de doctrina cristiana.

[imagen: Mariblanca.]

Despues de esto, se volvió á maese Barbillo que continuaba con su papel

en ristre, y le dijo.

--Id llamando á los vecinos, uno por uno, desde el mas alto, hasta el

mas bajo, sin dejar nombre que en el padron se encuentre, hasta los

niños de siete años.

Maese Barbillo, se caló las antiparras, arrojó una mirada sobre el

papel, y dijo:

--¡Doña Isabel de Córdoba y de Válor, viuda de Miguel Lopez!

Levantóse doña Isabel de donde estaba arrodillada, y se acercó

tranquila, pero pálida, al inquisidor.

--¿Sois vos esa doña Isabel á quien ha llamado el sacristan? dijo Molina

con voz áspera.

--Yo soy, contestó doña Isabel.

--¿Cuánto tiempo hace que os habeis bautizado?

--El tiempo que cuento de vida.

--¡Ah! ¿sois cristiana desde la cuna?

--Lo es mi familia desde la conquista de Granada.

--¡Lástima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con

Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de

Válor.

--Soy su tia, hermana de su padre.

--¿Y sabeis que don Fernando de Válor anda huido?

--Sé que tuvo contestaciones en el cabildo de Granada, y que por

resultas de ellas, ha desaparecido.

--¿Conoceis los misterios de la Religion Católica Apostólica Romana?

--¡Oh! si señor, y los adoro.

--¿Qué teneis que decir de esta mujer? preguntó el inquisidor

volviéndose con una ruda grosería al beneficiado.

--Esa señora, dijo Juan de Ribera, es un modelo de piedad, y de caridad

cristiana.

--¿De modo que no hay necesidad de examinarla?

--Vuestra señoría puede hacerlo si gusta, y yo me alegraré mucho, porque

conozca vuestra señoria á una excelente cristiana.

[imagen: El inquisidor Molina de Medrano.]

--Apartaos, pero no os vayais de la iglesia, dijo Molina de Medrano.

Doña Isabél fué á sentarse en un escaño.

--Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.

--Diego Lopez Aben-Aboo, dijo el sacristan; hijo de Miguel Lopez,

difunto, y de doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Adelantó Aben-Aboo.

--Soy cristiano desde que nací, como mi madre, dijo con impaciencia el

jóven, sé la doctrina cristiana desde el principio hasta el fin, y soy

bueno y leal vasallo de su magestad.

--Pero sois soberbio y poco respetuoso; nadie os ha preguntado.

--Preguntad cuanto querais.

--¿Es cristiano como su madre este mozo? dijo el inquisidor volviéndose

á Juan de Ribera.

--Oye misa, y cumple con los preceptos de la Iglesia.

--¿Está instruido?

--Si señor.

--¿Da escándalos?

--No señor.

--¿Cumple las pragmáticas de su magestad?

--Si señor.

--¿Y respeta su justicia?

--Nunca ha sido preso ni aun reprendido.

--¡Sois primo hermano de don Fernando de Válor! le dijo con voz tonante

el inquisidor.

--Su primo soy, contestó Aben-Aboo.

--¿Y sabeis donde para vuestro primo?

--Mi primo vive en Válor, y yo en Cádiar. Apenas nos tratamos.

--Bien, retiraos, pero no os vayais de la iglesia.

Aben-Aboo, fué á sentarse junto á su madre.

--Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.

--Doña Angélica, forastera, que vive en casa de doña Isabel de Córdoba y

de Válor, su parienta.

Adelantó Angiolina, y posó una mirada serena y altiva en el inquisidor.

--¡Ah! ¡ah! hénos aquí otra vez frente á frente, señora princesa, dijo

con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver á

ver á vuecencia tan lejos de la córte y entre tales parientes.

--Yo no tengo aquí ningun pariente, contestó con altivez Angiolina; aquí

no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda...

--¡Ah! ¿ha muerto el señor príncipe?

--Si señor: mi salud requeria el aire de las montañas, y lo repito, como

soy viuda y jóven, al venir á parar casa de mi buena amiga doña Isabel,

convinimos en que pasaria por su parienta.

--Es extraño que os hayais venido á tomar los aires en una tierra por

donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con

su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo,

el señor marqués de la Guardia.

--Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con

altivez Angiolina.

--Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo

mismo, tened la dignacion de esperar, señora, á que yo concluya la

importante comision que traigo. Seguid, añadió el inquisidor, mientras

Angiolina se retiraba al escaño donde estaban sentados doña Isabel y

Aben-Aboo.

--Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija

de Melik el Ferih.

Adelantó Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de

montañesa alpujarreña.

--Mariblanca es mi ama desde que se bautizó, dijo el beneficiado, y

cuando digo que es mi ama, añado que es buena cristiana y buena

doncella, que de otro modo no la tendria yo conmigo.

--¿Y cuánto tiempo hace que se bautizó esta... doncella?

--Hace diez años.

--¿Y qué edad teneis, moza?

--Veinticinco años, señor.

--¿Es decir, exclamó severamente Molina de Medrano, que tomásteis por

ama, una doncella morisca de quince años, garrida y hermosa?

--Estaba abandonada... su padre la habia abandonado.

--Debísteis evitar el tenerla en vuestra casa.

--Hícelo por caridad.

--Idos á vuestros quehaceres, muchacha, dijo el inquisidor, y procurad

ser en lo sucesivo tan cristiana y tan honrada como lo habeis sido hasta

ahora.

Mariblanca saludó al inquisidor, salió, y dijo al pasar, al capitan

Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia.

--Que no te olvides de que te espero esta noche Diego.

--Esa muchacha está loca por mí, dijo el capitan, acariciándose el

vigote.

Entre tanto, Barbillo habia llamado á Tomás el Ansari, morisco

bautizado.

Adelantó humildemente el anciano.

Examinóle minuciosamente Molina de Medrano, pidió informes de él al

beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas

costumbres, le pidió por su familia.

--Estoy solo en el mundo, señor, contestó el xeque; mi esposa murió, mis

hijos han muerto, y dos nietos pequeñuelos que me quedaban, han sido

llevados á Castilla para criarlos en los hospicios del rey.

--Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos católicos, y ha

mirado por el alma de vuestros nietos.

--Dios se lo pague á su magestad, señor, contestó el Ansari.

Y se retiró.

--¡Malicatulzarah![24] dijo el sacristan.

Adelantó una hermosísima mujer, muy jóven, como de veinte años, vestida

con el trage morisco, y llevando de la mano un niño como de ocho años, y

una niña como de siete, igualmente vestidos á la morisca.

--¿Cómo os atreveis á presentaros asi en la iglesia, y delante de mí?

dijo el inquisidor á la pobre joven que temblaba.

--¡Ah, señor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos

castellanos.

--¿Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro

y arracadas de plata?

--Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor.

--¿Y esos niños?

--Son mis hijos.

--¡Vuestros hijos!

--Si señor, soy casada.

--¡Casada! ¿pero qué edad teneis?

--Veinte años.

--¿Y esos hijos, son hijos de vuestro esposo?

--¡Oh! ¡si señor!

--¿Pero á qué edad se casan estas gentes? exclamó escandalizado el

inquisidor.

--Las castellanos pueden casarse á los doce años, señor, observó la

morisca.

Irritóse el inquisidor.

--Hablad cuando os pregunten, dijo.

La morisca bajó los ojos, y calló.

--¿Vive vuestro marido?

--Si señor: todo el mundo le conoce en la villa: es tejedor de sedas.

--¿Y por qué no ha venido á la iglesia?

--Está gravemente enfermo, dijo maese Barbillo, y por eso no le habia

nombrado.

--Que vayan al momento por él cuatro alguaciles del Santo Oficio, y uno

de la villa para que los guie.

--¿Pero no ois, señor, que mi pobre Adel está enfermo de peligro?

Irritóse mas con esta réplica Molina de Medrano, y gritó lleno de

cólera, sin tener en cuenta el sagrado lugar en que se encontraba:

--Los enfermos y los sanos, los altos y los bajos, todos vendrán aquí:

es necesario limpiar los dominios del rey de la mala yerba, y si los

muertos pudieran oir y contestar, á los muertos sacaria yo de la tumba,

cuanto mas á los enfermos de sus lechos. Dios y el rey lo mandan.

--Pero si mi Adel muere, ni vuestro Dios, ni vuestro rey, me le

volverán, exclamó desesperada Malicatulzarah.

--Id ministros, id, exclamó en el colmo de su cólera el inquisidor:

traedme acá ese descreido. Y tú, tú la de _vuestro Dios y vuestro rey_,

como si no fuesen tambien tu Dios y tu señor, mira como me contestas,

porque si no te encuentro instruida en los misterios de nuestra santa

religion, si no te retractas de tus blasfemias, me apodero de tí en

nombre del Santo Tribunal de la Inquisicion.

La jóven no temblaba: tenia fija una mirada lúcida, altiva, terrible, en

Molina de Medrano, que en vano queria dominarla con su mirada de lobo

hambriento.

--Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrás enseñado á

rezar: di el padre nuestro muchacho.

--No lo sé, contestó el niño, estrechándose contra el zagalejo de su

madre.

--¡Ah! ¡no sabes el padre nuestro! ¡no sabrás tampoco cuántas son las

personas de la Santísima Trinidad!

--¡Le ille Allah! contestó el niño en árabe con voz sonora.

--¿Qué quiere decir este muchacho? exclamó el inquisidor.

--¡No hay otro Dios, que Dios el Altísimo y Unico y Mahoma su profeta!

dijo una voz débil desde el centro de la multitud, pero que á pesar de

su debilidad, resonó clara y distinta en el templo.

Molina de Medrano se puso de pié, y gritó:

--¿Quién es el blasfemo...?

--Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contestó adelantando

apoyado en un viejo, un hombre como de treinta años, demacrado, pálido,

vacilante, y á todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah

corrió á él, seguida de sus hijos, y ayudó al anciano á llevar al jóven

hasta el presbiterio.

Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo

decrépito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos

pequeñuelos asombrados y temblando por lo que veian.

--Tus alguaciles han ido á buscarme, dijo, pero yo estaba allí entre mis

hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un

lobo, y vengo á que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga

renegar á mi esposa del Dios de nuestros abuelos.

--Es decir que te confiesas moro.

--Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios

Altísimo y Unico.

--¿Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena

dirigiéndose al beneficiado.

--Si señor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos,

contestó todo trémulo el beneficiado.

--Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante:

ninguno... ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de

miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: ó

nosotros ó vosotros.

--Morireis como mueren los herejes contumaces, gritó Molina de Medrano.

Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la cárcel.

--¡Y mis hijos! exclamó con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo

que los alguaciles la arrebataban sus pequeñuelos.

--Quien no es cristiano no tiene hijos, gritó Molina de Medrano: estos

niños son hijos del rey.

Malicatulzarah palideció, un destello terrible, un destello de sangre

lució en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanzó al

inquisidor, y le estrechó el cuello con entrambas manos.

Era la leona que defendia sus cachorros.

Pero instantáneamente la infeliz lanzó un grito agudísimo, soltó el

cuello de Medrano y cayó de espaldas exclamando:

--¡Vengadme, hermanos, vengadme!

Uno de los soldados de la fe la habia herido con su alabarda en el

costado izquierdo en el momento en que se arrojó sobre el inquisidor.

La sangre corria sobre el pavimento: una exclamacion de horror habia

salido de todas las bocas: Adel arrojado sobre su esposa lloraba á

gritos: lloraban los niños, el viejo levantaba las manos y los ojos al

cielo en un ademan de blasfemia, y aterrados los moriscos, temiendo que

la maldicion de Dios cayese sobre aquel lugar de sangre, se precipitaron

por la puerta de la iglesia.

Solo quedaron allí Aben-Aboo, que miraba de una manera letal al

inquisidor, doña Isabel y Angiolina, pálidas como la muerte; Tomás el

Ansari, impasible, Barbillo atortolado, el beneficiado confuso, los

soldados feroces, y Molina de Medrano mirando fascinado, á aquel hombre

y aquellos niños que se retorcian sobre el cadáver de su esposa y de su

madre, y el viejo morisco detrás de este grupo pidiendo justicia al

cielo por la sangre que corria á sus piés.

--Llevaos esa gente... lleváosla, exclamó Medrano, el templo está

impuro, y es necesario purificarle: no podemos permanecer aquí.

Y Molina de Medrano como si hubiera sentido miedo de permanecer en aquel

sitio salió.

Doña Isabel corrió á aquella pobre familia, pero Aben-Aboo y el Ansari

se interpusieron.

--Nada podemos hacer por ellos, dijo el Ansari: idos á vuestra casa

señoras; idos, y procurad olvidar lo que habeis visto.

Doña Isabel salió llorando seguida de Angiolina que iba profundamente

preocupada.

El Ansari y Aben-Aboo las seguian.

--¡Oh! ¡y cuánto tarda la noche, dijo el Ansari!

--¡Juro á Dios beber la sangre de ese clérigo! dijo con la voz ronca y

trémula Aben-Aboo.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 86 / 168 题