De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.
Miróle este por un momento fijamente.
--¿Has concluido ya tus negocios? le preguntó.
--Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced,
porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la
Inquisicion, y qué sé yo cuántas cosas.
--Bien, siéntate.
--Estoy así bien, señor.
--Siéntate.
Barbillo se sentó.
--¿Has dicho á alma viviente lo que has hablado conmigo?
--¡Cómo, señor! ¿desconfia vuesamerced de mí?
--Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres.
--¿Y yo?
--Tú, á la socapa, tienes por novia á la morisca mejor moza de la villa.
--¿Quién ha dicho á vuesamerced tanto? exclamó con cuidado Barbillo.
--Me alegro que nada me niegues: yo sé que el ama del beneficiado Juan
de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado
casaros.
--Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado.....
--¿Quién sabe lo que el beneficiado vivirá? pero volviendo al asunto:
quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como
Mariblanca, está expuesto á ser imprudente.
--¡Quiá! ¡no señor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que
todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que
no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la
hay mas garrída en la córte del rey: es verdad que he andado y ando y
andaré trás ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no
hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir.
--Yo sé que mi cuñada doña Elvira, viene algunas veces encubierta á
Cádiar, y que aunque no vea á su cuñada doña Isabel, siempre ve á
Mariblanca.
--Es verdad, pero eso consiste...
--¿En qué?
--En que Mariblanca y yo, servimos á doña Elvira.
--En sus amores...
--Cierto que sí.
--¿Pero tú sabes con quién tiene sus amores?
--Ayer no lo sabia, pero hoy lo sé.
--Y... ¿quién es?
--Un caballero muy principal.
--¿Como de cuarenta y cinco años?
--Si señor.
--¿Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro?
--Eso es.
--¿Y sabes cómo se llama ese caballero?
--Lo que sé, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera.
--¿Y cómo le conocias de antes?
--De una manera muy sencilla: á causa de doña Elvira. Antes de conocerme
á mí, doña Elvira habia conocido á Mariblanca.
--¿Y cómo conoció mi cuñada á tu novia?
--El padre de Mariblanca es morisco.
--Ya lo sé.
--Un morisco feroz.
--Es mas que morisco: es moro: es monfí: se llama Abd-el-Melik el Ferih.
--Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se
enamoró de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez años:
Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonró...
y la robó de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado
Mariblanca.
--Sigue, sigue.
[imagen: El comediante Cisneros.]
--Como decia, el capitan la sacó de su casa, jurándola que seria su
esposa, y la escondió, y gozó de ella cuanto quiso, y cuando se fastidió
de ella, empezó á distraerse y á requebrar á otras... entonces
Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra, á lo que el capitan la
contestó, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces
Mariblanca se fué á buscar al beneficiado.
--¿A Juan de Ribera?
--Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidió que la
bautizase. El beneficiado la bautizó, y ella, con la partida de bautismo
en la mano, volvió á Diego de Herrera y le dijo:
--Yo he dejado por tí la casa de mi padre, que si me encuentra me
matará: yo te seguí, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: tú
me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana:
cúmpleme tu promesa.
El capitan volvió la espalda á la muchacha, que se iba quedando á trás,
y que al ver este desprecio de su amante, cegó de cólera y de venganza,
y echando mano á un pequeño puñal que llevaba consigo, le hirió á
traicion. El capitan cayó: Mariblanca creyendo que le habia muerto,
huyó, y se refugió en la iglesia, donde tomó asilo. Entonces el
beneficiado, Juan de Ribera, la llevó á su casa, y antes de tomar
ninguna resolucion, fué á la casa del capitan: le encontró en el lecho
herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo
acabar de perder á una mujer á quien ya habia hecho bastante daño,
habia dicho que le habian herido los monfíes. Condolióse, pues, de la
muchacha el beneficiado, ó enamorado de ella, segun dicen malas lenguas,
aunque Mariblanca lo niega, y la recibió por su ama, á pesar de que
entonces la muchacha solo tenia diez y siete años.
Pasó mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huyó de su
casa habia desaparecido de Cádiar sin que nadie le hubiese vuelto á ver,
permaneció fuera, hasta que una noche, hace dos años, cuando Mariblanca
volvia de la fuente, se encontró de repente con un monfí. Era su padre.
--¡Ah! ¡ah! ¡un encuentro endiablado! ¿Y cómo es que hasta hace dos años
no se habia presentado el padre á la hija?
--El Ferih habia estado en Africa.
--¿En Africa durante ocho años?
--Sea como quiera, el Ferih no se presentó á su hija sino despues de
ocho años que su hija habia huido; pero cuando la vió ante sí...
--No la maté puesto que vive; pero sin duda procuró matarla.
--Nada de eso: la miró por un momento fijamente mientras la pobre
temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:--Sígueme
muchacha.
[imagen: Sentados en dos taburetes de pino.... comian y bebian.]
--¿Y le siguió Mariblanca?
--¿Qué habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos
mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrás, salieron de la
villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la
valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y
señalando á su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una
luz, la dijo:--Vé allí; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando
entrares en una habitacion, cuya puerta encontrarás tambien abierta,
dirás á una dama que verás allí: el monfí me envia.--La muchacha siguió
adelante hácia la casa, empujó la puerta, subió las escaleras, abrió
otra puerta y se encontró en una pequeña habitacion donde habia una dama
muy hermosa.
--¿Quién eres? la dijo la dama.
--El monfí me envia; contestó con voz medrosa Mariblanca.
--¿Has conocido á ese monfí? replicó la señora.
--¡Es mi padre! exclamó toda trémula Mariblanca.
--¿Y sabes por qué tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que
has echado sobre él?
--No lo sé, señora; dijo Mariblanca.
--Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha
prometido no tocar á uno solo de tus cabellos.
--¡Ah! ¡Dios se lo pague á vuesamerced, señora! exclamó Mariblanca
cayendo de rodillas.
La dama se inclinó sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:
--Te he salvado la vida para que me sirvas.
--¡Ah! ¡serviré á vuesamerced de rodillas! exclamó juntando las manos
Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la
súbita presencia de su padre.
--No; quiero que me sirvas de pié y con gran discrecion, levántate.
--¿Y en qué he de servir á vuesamerced?
--Conoces tú á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
--¡Ah! ¡si señora! contestó Mariblanca; la conozco mucho, porque va con
frecuencia encubierta, á hablar con mi señor el beneficiado.
--¿Que va á hablar con tu señor?
--Si señora: muchas veces mi señor está en la iglesia, y doña Isabel le
espera; es un ángel: me habla con cariño porque soy morisca
convertida...
--¿Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y
salir libremente en casa de doña Isabel?
--Si señora.
--Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces
puedas, que observes, que veas... ademas de eso tú debes de tener un
amante...
Mariblanca se turbó, tartamudeó, y al fin confesó que era mi novia.
--¡Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama
de un beneficiado; así todo se queda en casa: pues bien, es necesario
que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doña Isabel, y vea
quién entra y quién sale, ó quién ronda ó no.
Mariblanca prometió á la dama servirla á su placer, y salió mas muerta
que viva, temiendo encontrar de nuevo á su padre; pero su padre habia
desaparecido: vínose á casa del beneficiado, y mientras este dormia
aquella noche su primer sueño, me contó todo lo que la habia acontecido.
De esta manera fue como Mariblanca conoció á vuestra cuñada doña Elvira
de Céspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura,
que la sé de memoria sin que en ella falte ni un ápice.
--Me has dicho en esa relacion que doña Elvira habia salvado la vida al
Ferih.
--Asi lo dijo doña Elvira á Mariblanca.
--Esto lo sabré yo por la misma parte interesada; dijo para sí
Aben-Jahuar, y luego añadió alto:
--¿Y qué vísteis Mariblanca y tú?
--Mariblanca, que empezó á frecuentar, á pretexto de conocimiento y de
cariño á doña Isabel, vió que estaba siempre muy triste, que hasta
dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos
años que, segun cuentan, y estando de recien casada con él, murió su
marido: que ama mucho á su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y
muy cristiana.
--¿Y no vió nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?
--Si señor, los parientes del difunto marido de doña Isabel.
--¿Y nadie mas?
--Nadie mas.
--¿Y tú qué vistes en tus rondaduras?
--Os diré, señor: yo he visto mucho y no he visto nada.
--Explícate.
--He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este último año un bulto
con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las
bardas de la huerta donde vive doña Isabel.
--¿Rondarlas nada mas?
--Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle
se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde.
--¿Y no pudiste entender lo que hablaban?
--Sí, sí señor; una noche por encargo de doña Elvira, que deseaba mucho
saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgué á todo, y
aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las
manos, me tendí cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por
donde solian hablar el caballero y el esclavo del señor Diego Lopez;
poco despues de estar allí oí ruido entre las matas, y sentí acercarse á
un hombre que se detuvo y silbó como una culebra: al silbido sentí que
por dentro se acercaba una persona que trepaba á la barda, y al fin oí
la voz de Alí, á quien conozco mucho, que decia:
--¿Sois vos señor?
--Sí, yo soy, contestó el de fuera: ¿qué tienes que decirme?
--He puesto la carta de vuestra señoría, sobre la mesa del aposento de
mi señora; me he puesto en acecho; cuando mi señora ha entrado y visto
la carta se ha puesto pálida, la ha tomado y la ha leído temblando;
despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus
ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado
fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho
nada; á Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la
pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me
he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado.
--¿Y nada mas? dijo el caballero.
--Sí, si señor, contestó Alí: he robado un ramo de flores del búcaro de
la señora, y una de las marañas de cabello de su peinado. Ahí va todo
junto: los cabellos en las flores.
--Paréceme que hubiera querido mucho mejor el incógnito, dijo
Aben-Jahuar, las flores en los cabellos.
--Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal señor está
perdidamente enamorado de doña Isabel.
--¿Y lo sabe eso doña Elvira?
--¡Pues no ha de saberlo! como que yo la escribí relatándola, sin faltar
letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Alí.
--¿Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana?
--Nunca. Sabríalo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como
antaño.
--Continúa.
--Pues señor, doña Elvira quiso á todo trance saber con certeza quién
era el desesperado amante de doña Isabel, y... ayer vino á Cádiar.
--Ya lo sé.
--Se ocultó en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.
--Lo sé tambien: casa de la viuda de un mudéjar.
--Eso es: con la viuda mandó llamar á Mariblanca.
--Lo sé tambien: es decir que Mariblanca fué á ver á doña Elvira, pero
no sé lo que hablaron.
--Doña Elvira queria á todo trance, que yo con algunos amigos me
apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como
pagaba bien doña Elvira, busqué al organista y al barbero, que son dos
mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos á nuestro hombre por
el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos
aporreó: á pesar de la noche le conocí: esta mañana le ví en la
sacristía.
--¿Con qué es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?
--¿Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que
conoce.
--Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.
--¡Cómo! ¡qué! exclamó abispado, como suele decirse, Barbillo.
--Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos
entendamos: vamos á otra cosa. Mariblanca seguirá frecuentando la casa
de mi hermana.
--Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cariño y amistad
Mariblanca, que doña Isabel ha llegado á amarla y á no poder pasar sin
ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta á su visita, la
envia á buscar doña Isabel.
--¿Y qué sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi
sobrino Diego Lopez á su casa?
--¡Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo
de disculparse con su madre.
--¡Ola! ¡Ola! ¿con qué de tal modo falta mi sobrino al respeto á mi
hermana?
--Hace algun tiempo que el señor Diego Lopez está desconocido, antes era
alegre y decidor; iba á todas partes, galanteaba á las mozas, y hacia
finezas á Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegué á tener
zelos: jugaba á la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte
llevaba en la palestrilla[23]. ¡Pero ahora! ni tiene un requiebro para
las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino,
pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el
sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaña.
--¡Bah! ¡bah! ¡la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.
--Burlaos cuanto querais, pero no por eso será menos cierto que anda por
nuestras montañas ese duende maldito, que hace mal de ojo á los ganados,
y mucho será que no se lo haya hecho al señor Diego Lopez.
--Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo
demasiado larga y tengo que hacer.
--¿Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? ¡Ya se ve!
¡quiere vuesamerced saber tanto!
--Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido á
vivir desde hace tres días á la casa de mi hermana.
--Esa dama es muy hermosa.
--Lo sé.
--Y muy principal.
--Lo sé tambien.
--Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.
--Vamos al asunto maese Barbillo.
--Pues el asunto es, que el señor Diego Lopez se presentó en su casa el
lunes en la noche, trayendo á esa dama á la grupa de su caballo, y que
dijo á su madre, segun vuestra señora hermana ha dicho á Mariblanca, que
era necesario que la tuviese en su compañía. La dama, que se llama,
quisiera no equivocarme, doña Angélica, dijo á vuestra hermana que era
viuda de no sé qué príncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el
señor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de
doña Isabel, á que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un
hidalgo jóven. Doña Isabel por amor á su hijo, y viéndose tambien sola,
ha dicho en el pueblo que la doña Angélica es una parienta suya, que ha
venido á vivir una temporada en las Alpujarras. ¡Pobre madre!
Callóse Barbillo, porque no tenia mas que decir.
--Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su
bolsillo y dándolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy
agradecido. Ahora cuídate de no decir á alma viviente, ni aun á
Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.
--¿Y no me encargais nada, señor?
--Será muy posible que no necesite de ti, contestó Aben-Jahuar con voz
cavernosa.
--Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de
tratar á las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.
--Si te necesito otra vez te buscaré.
Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el
gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado
servilmente, salió.
--No gozarás ese dinero, sino lo gastas de aquí á la noche, dijo el
capitan general de los moriscos: sé cuanto necesitaba saber: ahora
empecemos á obrar.
Y yendo á la puerta gritó:
--Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.
Un momento despues salia del meson y de Cádiar á un mismo tiempo.