CAPITULO XVI.

De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.

Miróle este por un momento fijamente.

--¿Has concluido ya tus negocios? le preguntó.

--Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced,

porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la

Inquisicion, y qué sé yo cuántas cosas.

--Bien, siéntate.

--Estoy así bien, señor.

--Siéntate.

Barbillo se sentó.

--¿Has dicho á alma viviente lo que has hablado conmigo?

--¡Cómo, señor! ¿desconfia vuesamerced de mí?

--Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres.

--¿Y yo?

--Tú, á la socapa, tienes por novia á la morisca mejor moza de la villa.

--¿Quién ha dicho á vuesamerced tanto? exclamó con cuidado Barbillo.

--Me alegro que nada me niegues: yo sé que el ama del beneficiado Juan

de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado

casaros.

--Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado.....

--¿Quién sabe lo que el beneficiado vivirá? pero volviendo al asunto:

quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como

Mariblanca, está expuesto á ser imprudente.

--¡Quiá! ¡no señor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que

todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que

no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la

hay mas garrída en la córte del rey: es verdad que he andado y ando y

andaré trás ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no

hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir.

--Yo sé que mi cuñada doña Elvira, viene algunas veces encubierta á

Cádiar, y que aunque no vea á su cuñada doña Isabel, siempre ve á

Mariblanca.

--Es verdad, pero eso consiste...

--¿En qué?

--En que Mariblanca y yo, servimos á doña Elvira.

--En sus amores...

--Cierto que sí.

--¿Pero tú sabes con quién tiene sus amores?

--Ayer no lo sabia, pero hoy lo sé.

--Y... ¿quién es?

--Un caballero muy principal.

--¿Como de cuarenta y cinco años?

--Si señor.

--¿Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro?

--Eso es.

--¿Y sabes cómo se llama ese caballero?

--Lo que sé, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera.

--¿Y cómo le conocias de antes?

--De una manera muy sencilla: á causa de doña Elvira. Antes de conocerme

á mí, doña Elvira habia conocido á Mariblanca.

--¿Y cómo conoció mi cuñada á tu novia?

--El padre de Mariblanca es morisco.

--Ya lo sé.

--Un morisco feroz.

--Es mas que morisco: es moro: es monfí: se llama Abd-el-Melik el Ferih.

--Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se

enamoró de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez años:

Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonró...

y la robó de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado

Mariblanca.

--Sigue, sigue.

[imagen: El comediante Cisneros.]

--Como decia, el capitan la sacó de su casa, jurándola que seria su

esposa, y la escondió, y gozó de ella cuanto quiso, y cuando se fastidió

de ella, empezó á distraerse y á requebrar á otras... entonces

Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra, á lo que el capitan la

contestó, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces

Mariblanca se fué á buscar al beneficiado.

--¿A Juan de Ribera?

--Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidió que la

bautizase. El beneficiado la bautizó, y ella, con la partida de bautismo

en la mano, volvió á Diego de Herrera y le dijo:

--Yo he dejado por tí la casa de mi padre, que si me encuentra me

matará: yo te seguí, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: tú

me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana:

cúmpleme tu promesa.

El capitan volvió la espalda á la muchacha, que se iba quedando á trás,

y que al ver este desprecio de su amante, cegó de cólera y de venganza,

y echando mano á un pequeño puñal que llevaba consigo, le hirió á

traicion. El capitan cayó: Mariblanca creyendo que le habia muerto,

huyó, y se refugió en la iglesia, donde tomó asilo. Entonces el

beneficiado, Juan de Ribera, la llevó á su casa, y antes de tomar

ninguna resolucion, fué á la casa del capitan: le encontró en el lecho

herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo

acabar de perder á una mujer á quien ya habia hecho bastante daño,

habia dicho que le habian herido los monfíes. Condolióse, pues, de la

muchacha el beneficiado, ó enamorado de ella, segun dicen malas lenguas,

aunque Mariblanca lo niega, y la recibió por su ama, á pesar de que

entonces la muchacha solo tenia diez y siete años.

Pasó mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huyó de su

casa habia desaparecido de Cádiar sin que nadie le hubiese vuelto á ver,

permaneció fuera, hasta que una noche, hace dos años, cuando Mariblanca

volvia de la fuente, se encontró de repente con un monfí. Era su padre.

--¡Ah! ¡ah! ¡un encuentro endiablado! ¿Y cómo es que hasta hace dos años

no se habia presentado el padre á la hija?

--El Ferih habia estado en Africa.

--¿En Africa durante ocho años?

--Sea como quiera, el Ferih no se presentó á su hija sino despues de

ocho años que su hija habia huido; pero cuando la vió ante sí...

--No la maté puesto que vive; pero sin duda procuró matarla.

--Nada de eso: la miró por un momento fijamente mientras la pobre

temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:--Sígueme

muchacha.

[imagen: Sentados en dos taburetes de pino.... comian y bebian.]

--¿Y le siguió Mariblanca?

--¿Qué habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos

mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrás, salieron de la

villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la

valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y

señalando á su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una

luz, la dijo:--Vé allí; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando

entrares en una habitacion, cuya puerta encontrarás tambien abierta,

dirás á una dama que verás allí: el monfí me envia.--La muchacha siguió

adelante hácia la casa, empujó la puerta, subió las escaleras, abrió

otra puerta y se encontró en una pequeña habitacion donde habia una dama

muy hermosa.

--¿Quién eres? la dijo la dama.

--El monfí me envia; contestó con voz medrosa Mariblanca.

--¿Has conocido á ese monfí? replicó la señora.

--¡Es mi padre! exclamó toda trémula Mariblanca.

--¿Y sabes por qué tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que

has echado sobre él?

--No lo sé, señora; dijo Mariblanca.

--Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha

prometido no tocar á uno solo de tus cabellos.

--¡Ah! ¡Dios se lo pague á vuesamerced, señora! exclamó Mariblanca

cayendo de rodillas.

La dama se inclinó sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:

--Te he salvado la vida para que me sirvas.

--¡Ah! ¡serviré á vuesamerced de rodillas! exclamó juntando las manos

Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la

súbita presencia de su padre.

--No; quiero que me sirvas de pié y con gran discrecion, levántate.

--¿Y en qué he de servir á vuesamerced?

--Conoces tú á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

--¡Ah! ¡si señora! contestó Mariblanca; la conozco mucho, porque va con

frecuencia encubierta, á hablar con mi señor el beneficiado.

--¿Que va á hablar con tu señor?

--Si señora: muchas veces mi señor está en la iglesia, y doña Isabel le

espera; es un ángel: me habla con cariño porque soy morisca

convertida...

--¿Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y

salir libremente en casa de doña Isabel?

--Si señora.

--Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces

puedas, que observes, que veas... ademas de eso tú debes de tener un

amante...

Mariblanca se turbó, tartamudeó, y al fin confesó que era mi novia.

--¡Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama

de un beneficiado; así todo se queda en casa: pues bien, es necesario

que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doña Isabel, y vea

quién entra y quién sale, ó quién ronda ó no.

Mariblanca prometió á la dama servirla á su placer, y salió mas muerta

que viva, temiendo encontrar de nuevo á su padre; pero su padre habia

desaparecido: vínose á casa del beneficiado, y mientras este dormia

aquella noche su primer sueño, me contó todo lo que la habia acontecido.

De esta manera fue como Mariblanca conoció á vuestra cuñada doña Elvira

de Céspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura,

que la sé de memoria sin que en ella falte ni un ápice.

--Me has dicho en esa relacion que doña Elvira habia salvado la vida al

Ferih.

--Asi lo dijo doña Elvira á Mariblanca.

--Esto lo sabré yo por la misma parte interesada; dijo para sí

Aben-Jahuar, y luego añadió alto:

--¿Y qué vísteis Mariblanca y tú?

--Mariblanca, que empezó á frecuentar, á pretexto de conocimiento y de

cariño á doña Isabel, vió que estaba siempre muy triste, que hasta

dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos

años que, segun cuentan, y estando de recien casada con él, murió su

marido: que ama mucho á su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y

muy cristiana.

--¿Y no vió nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?

--Si señor, los parientes del difunto marido de doña Isabel.

--¿Y nadie mas?

--Nadie mas.

--¿Y tú qué vistes en tus rondaduras?

--Os diré, señor: yo he visto mucho y no he visto nada.

--Explícate.

--He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este último año un bulto

con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las

bardas de la huerta donde vive doña Isabel.

--¿Rondarlas nada mas?

--Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle

se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde.

--¿Y no pudiste entender lo que hablaban?

--Sí, sí señor; una noche por encargo de doña Elvira, que deseaba mucho

saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgué á todo, y

aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las

manos, me tendí cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por

donde solian hablar el caballero y el esclavo del señor Diego Lopez;

poco despues de estar allí oí ruido entre las matas, y sentí acercarse á

un hombre que se detuvo y silbó como una culebra: al silbido sentí que

por dentro se acercaba una persona que trepaba á la barda, y al fin oí

la voz de Alí, á quien conozco mucho, que decia:

--¿Sois vos señor?

--Sí, yo soy, contestó el de fuera: ¿qué tienes que decirme?

--He puesto la carta de vuestra señoría, sobre la mesa del aposento de

mi señora; me he puesto en acecho; cuando mi señora ha entrado y visto

la carta se ha puesto pálida, la ha tomado y la ha leído temblando;

despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus

ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado

fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho

nada; á Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la

pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me

he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado.

--¿Y nada mas? dijo el caballero.

--Sí, si señor, contestó Alí: he robado un ramo de flores del búcaro de

la señora, y una de las marañas de cabello de su peinado. Ahí va todo

junto: los cabellos en las flores.

--Paréceme que hubiera querido mucho mejor el incógnito, dijo

Aben-Jahuar, las flores en los cabellos.

--Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal señor está

perdidamente enamorado de doña Isabel.

--¿Y lo sabe eso doña Elvira?

--¡Pues no ha de saberlo! como que yo la escribí relatándola, sin faltar

letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Alí.

--¿Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana?

--Nunca. Sabríalo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como

antaño.

--Continúa.

--Pues señor, doña Elvira quiso á todo trance saber con certeza quién

era el desesperado amante de doña Isabel, y... ayer vino á Cádiar.

--Ya lo sé.

--Se ocultó en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.

--Lo sé tambien: casa de la viuda de un mudéjar.

--Eso es: con la viuda mandó llamar á Mariblanca.

--Lo sé tambien: es decir que Mariblanca fué á ver á doña Elvira, pero

no sé lo que hablaron.

--Doña Elvira queria á todo trance, que yo con algunos amigos me

apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como

pagaba bien doña Elvira, busqué al organista y al barbero, que son dos

mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos á nuestro hombre por

el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos

aporreó: á pesar de la noche le conocí: esta mañana le ví en la

sacristía.

--¿Con qué es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?

--¿Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que

conoce.

--Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.

--¡Cómo! ¡qué! exclamó abispado, como suele decirse, Barbillo.

--Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos

entendamos: vamos á otra cosa. Mariblanca seguirá frecuentando la casa

de mi hermana.

--Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cariño y amistad

Mariblanca, que doña Isabel ha llegado á amarla y á no poder pasar sin

ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta á su visita, la

envia á buscar doña Isabel.

--¿Y qué sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi

sobrino Diego Lopez á su casa?

--¡Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo

de disculparse con su madre.

--¡Ola! ¡Ola! ¿con qué de tal modo falta mi sobrino al respeto á mi

hermana?

--Hace algun tiempo que el señor Diego Lopez está desconocido, antes era

alegre y decidor; iba á todas partes, galanteaba á las mozas, y hacia

finezas á Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegué á tener

zelos: jugaba á la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte

llevaba en la palestrilla[23]. ¡Pero ahora! ni tiene un requiebro para

las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino,

pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el

sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaña.

--¡Bah! ¡bah! ¡la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.

--Burlaos cuanto querais, pero no por eso será menos cierto que anda por

nuestras montañas ese duende maldito, que hace mal de ojo á los ganados,

y mucho será que no se lo haya hecho al señor Diego Lopez.

--Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo

demasiado larga y tengo que hacer.

--¿Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? ¡Ya se ve!

¡quiere vuesamerced saber tanto!

--Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido á

vivir desde hace tres días á la casa de mi hermana.

--Esa dama es muy hermosa.

--Lo sé.

--Y muy principal.

--Lo sé tambien.

--Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.

--Vamos al asunto maese Barbillo.

--Pues el asunto es, que el señor Diego Lopez se presentó en su casa el

lunes en la noche, trayendo á esa dama á la grupa de su caballo, y que

dijo á su madre, segun vuestra señora hermana ha dicho á Mariblanca, que

era necesario que la tuviese en su compañía. La dama, que se llama,

quisiera no equivocarme, doña Angélica, dijo á vuestra hermana que era

viuda de no sé qué príncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el

señor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de

doña Isabel, á que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un

hidalgo jóven. Doña Isabel por amor á su hijo, y viéndose tambien sola,

ha dicho en el pueblo que la doña Angélica es una parienta suya, que ha

venido á vivir una temporada en las Alpujarras. ¡Pobre madre!

Callóse Barbillo, porque no tenia mas que decir.

--Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su

bolsillo y dándolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy

agradecido. Ahora cuídate de no decir á alma viviente, ni aun á

Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.

--¿Y no me encargais nada, señor?

--Será muy posible que no necesite de ti, contestó Aben-Jahuar con voz

cavernosa.

--Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de

tratar á las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.

--Si te necesito otra vez te buscaré.

Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el

gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado

servilmente, salió.

--No gozarás ese dinero, sino lo gastas de aquí á la noche, dijo el

capitan general de los moriscos: sé cuanto necesitaba saber: ahora

empecemos á obrar.

Y yendo á la puerta gritó:

--Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.

Un momento despues salia del meson y de Cádiar á un mismo tiempo.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 83 / 168 题