CAPITULO XV.

Lo que iba á hacer á Cádiar Aben-Jahuar-el-Zaquer.

Volvióse maravillado el sacristan.

--Yo no os conozco caballero, dijo á Aben-Jahuar.

--Nada importa, con tal que te conozca yo.

--A mí me conoce todo el mundo en Cádiar, dijo con su sonrisa untuosa

Barbillo.

--Pues mira, creo que no te conoce nadie.

--¿Y vos decís que me conoceis?

--Si por cierto: hace mucho, muchísimo tiempo, que te conocí en otra

parte.

--¿En dónde, señor?

--En Granada.

--¿En Granada?

--Si por cierto: en la cárcel.

--¡Bah! vuesamerced se equivoca, yo no he estado nunca en la cárcel.

--Yo me llamo don Fernando de Válor.

--¡Ah! ¡ah! ¡vuesamerced se llama don Fernando de Válor!

--¡Vas recordando....!

--No, no recuerdo muy bien:

--Mi familia ha sido muy perseguida, Barbillo, y despues de la muerte de

mi hermano don Diego, he sido preso varias veces: hace diez años, lo fuí

á pretexto de no sé qué conspiracion de moriscos, en que yo no habia

tenido parte: pero los señores alcaldes de casa y córte, se mostraban

tan severos conmigo que lo temí todo: entonces pensé en escaparme:

entonces nos conocimos: tú tambien tenias miedo de ser ahorcado y

querias huir: nos concertamos y tú empezaste á abrir un agujero en mi

calabozo.

--Repito á vuesamerced que se equivoca.

--No perdamos el tiempo. Yo pude al fin probar mi inocencia, y fuí

puesto en libertad: tú quedaste preso.

--Os juro que...

--Déjame continuar. Yo me habia olvidado enteramente de tí: pero hace

algun tiempo, la casualidad y el empeño de una mujer, ha vuelto á

unirnos.

--Pero si os digo...

--Hace cuatro meses, que la conducta de mi cuñada doña Elvira de

Céspedes me tiene cuidadoso: recibia en su casa de Válor y á horas

desusadas, hoy á este, mañana al otro hombre desconocido. Doña Elvira no

podia tener amores con ellos, porque eran de tu estofa: pero por medio

de ellos podia tratar de amores con otro: hace algunos dias, aceché á

uno de estos mensajeros, le salí al camino y supe que te traia una

carta; yo no quise tocar á aquella carta, pero quise saber quién eras

tú: me dijeron que eras sacristan de la iglesia de Cádiar, y vine, te

ví, y te reconocí: entonces y antes de hablar contigo, quise saber si

descubria en tu vida algo que pudiese obligarte á servirme. Fuí á

Granada, pregunté, y averigüé que hace cinco años habias sido condenado

á galeras por diez; luego, eres un gallote escapado, Barbillo, y si te

niegas á servirme, te delato, te pierdo, porque á los galeotes huidos se

les ahorca cuando se les coge.

Echóse á temblar Barbillo.

--Pero nada te acontecerá si me sirves bien, añadió Aben-Jahuar.

--Vamos, está visto que nada se os puede negar y os serviré en cuanto

querais, don Fernando, dijo el galeote escapado.

--Y yo te pagaré. Pero los tiempos no estan para estar muy despacio en

la calle, y es necesario que busquemos un lugar donde nadie nos vea.

--¿En qué posada vivís? porque vos sois forastero en Cádiar.

--Vivo en el meson del _Cojo_.

--Pues en mejor parte no pudierais vivir, porque el _Cojo_ es un grande

amigo mio, y á propósito para cualquier cosa. Yo iré por allá esta

noche.

--¡Esta noche! sabe Dios lo que sucederá esta noche.

--Sucederá que como es noche de Navidad, todos la celebraran y nadie se

acordará de nosotros.

--Juro á Dios que han de acordarse muchos de la noche de Navidad de

1568.

--¿Pues qué va á suceder?

--Yo me entiendo y Dios me entiende. Es preciso que al momento, y

rodeando por otro lado, vayas al meson del _Cojo_.

--Iré, en cuanto avise al corregidor y á los soldados y los frailes de

San Francisco.

--¡Avisarles! ¿y de qué?

--¡De que viene la Inquisicion al pueblo!

--¡Ah! viene la Inquisicion, murmuró Aben-Jahuar: pues, no podia venir á

mejor hora. Vé, vé, y avisa, y al momento vé á buscarme. Te espero.

--Iré.

Separáronse los dos antiguos conocidos, y Aben-Jahuar, bajando por unas

pendientes y torcidas callejuelas, llegó á la entrada del pueblo á un

meson miserable.

--Ahí está esperándoos hace una hora, el señor Diego Lopez, nuestro

vecino, dijo un viejecillo cojo.

--¡Ah! mi sobrino Aben-Aboo, exclamó de una manera ininteligible

Aben-Jahuar. Ya era tiempo.

Y entró, subió unas escaleras, atravesó unos corredores, y entró en un

aposento.

Sentado junto á un brasero con fuego, habia un jóven.

Era Aben-Aboo.

Tan distraido estaba, que no reparó en que otra persona habia entrado en

el aposento: miraba á través de una ventana abierta y desguarnecida de

vidrieras, á unas breñas cercanas que estaban enteramente cubiertas de

nieve, y entre cuyas quebraduras se veian otras cumbres.

Ibale á hablar su tio, cuando Aben-Aboo se levantó, se fué á la ventana,

y miró con grande interés hácia fuera en direccion á una cumbre que se

veía entre un rompimiento de las breñas.

--¿Qué será lo que llame de tal modo la atencion de mi sobrino? dijo

para sí Aben-Jahuar; y permaneció inmóvil.

--Ellos, son: murmuraba á su vez Aben-Aboo: si; los dos hombres que hace

dos dias rondan mi atalaya. Desde aquí no se les distingue bien; pero

los reconozco por la capa parda del uno, y la gris del otro: el de la

capa parda, es sin disputa aquel comerciante que representó con

Angiolina en la comedia «Reina Moraima», Andrés Cisneros: no me cabe

duda; en cuanto al otro creo haberle visto tambien, pero no sé quien es:

¿qué busca el señor Cisneros en mi casa? ¿Tendrá á caso algun derecho

sobre la princesa? pues en mal hora os habeis venido á las Alpujarras,

galanes.

Y Aben-Aboo, trás estas palabras se separó de la ventana.

Al volverse vió á su tio.

--¡Ah! gracias á Dios, dijo: hace una hora que os espero.

--He tenido que atender á asuntos importantes, sobrino; contestó

Aben-Jahuar: creo que tú tambien tienes entre manos asuntos de interés.

--Si por cierto, tio, contestó Aben-Aboo, me ocupo en pensar de qué

manera puedo ser mas útil á mi patria.

Movió en un movimiento de incredulidad la cabeza Aben-Jahuar.

--¡Qué! dijo ofendido el jóven, ¿creeis que no haré yo tanto como el que

mas por romper el yugo de los cristianos?

--No digo eso, sino que en estos momentos, en todo pensabas menos que en

nuestra empresa.

--¿Teneis la pretension de adivinar, tio? dijo con cierta secatura

Aben-Aboo.

--No, pero pretendo tener tan buenos ojos como tú.

--No os comprendo.

--Estoy viendo desde aquí, dijo Aben-Jahuar extendiendo el brazo hácia

la cumbre á donde antes habia mirado Aben-Aboo, dos hombres que llamaban

hace poco tiempo tu atencion: el uno tiene una capa parda, y el otro una

capa gris. Entrambos miran con la misma atencion con que tú los mirabas,

á la atalaya donde vives, y desde la cual no pueden ser vistos.

--¡Ah! ¿habeis reparado eso?

--Como lo has reparado tú.

--¿Y qué interés creeis que puedan tener aquellos dos hombres en mirar á

mi casa? dijo con negligencia el jóven.

--Veo con disgusto, sobrino, que me tratas con doblez, dijo Aben-Jahuar.

--No, no por cierto; decid mas bien que vos sois receloso.

--Me ha hecho receloso la experiencia: ademas de eso, de algun tiempo á

esta parte, no te reconozco: eras mas confiado, mas sincero: has

contraido con tu familia una reserva...

--No hago mas que pagarla en la misma moneda.

--Mi sobrino Aben-Humeya te ama.

--Ciertamente, como ama el carnicero á la oveja.

--En mala disposicion de ánimo empezamos la guerra.

--Esforcémonos todos: mi primo es rey, Aben-Farax alguacil mayor, vos

capitan general, yo infante: nuestro poderoso pariente el emir de los

monfíes nos ayuda...

--Y todos nos aborrecemos.

--¡Que nos aborrecemos!

--Esta es la verdad; Satanás se ha metido en medio de nosotros.

--Yo por mi parte...

--Tú estas tan empeñado como cada ano de nosotros.

--¡Empeñado! ¿y en qué?

--Has pensado en ser rey de Granada.

--Creo que tenia derecho para pensar así; pero desde el momento en que

el reino ha elegido á mi noble primo Aben-Humeya, le he recibido por rey

y le he prestado homenaje: y si á eso vamos vos tambien...

--¿Qué quieres suponer? exclamó con cuidado Aben-Jahuar.

--¿No pretendeis casaros con vuestra cuñada, con mi tia, doña Elvira?

--¡Oh! si... la amo, la amo hace muchos años.

--Bien puede ser porque doña Elvira es muy hermosa... ¿pero no podria

tambien suceder que pretendiérais apartarla de su hijo, sin suscitar á

este dificultades, envolverle en un lazo y alzaros con el reino...?

--Te repito que no te conozco, Aben-Aboo.

--Si, es cierto, vos creiais que yo era un mancebo inexperto, confiado,

sobre quien su madre tenia una potestad absoluta...

--Tu madre no es ambiciosa, tu madre no quiere la guerra: tu madre

tiembla de que esa guerra se empieze.

--Harto lo sé.

--¿Y sabes por qué tu madre tiembla la guerra?

--Es cristiana de corazon.

--Tu madre ama...

--Es natural que ame á su hijo.

--A mas que á tí ama á otra persona.

--Mi madre no se ha quitado aun sus lutos de viuda, que lleva hace

veintidos años.

--Mas de veintidos años hace que tu madre amaba con toda su alma á otro

hombre que no era tu padre.

--Teneis fama de maldiciente, tio.

--Yo no digo que mi hermana, la pobre Isabel haya faltado á su virtud;

la conozco mejor que tú: mi hermana ha sido una mártir de su familia, y

aunque ha amado, aunque ama á un hombre que debió ser su esposo, ni le

ha alentado con una sola esperanza, ni aun ha consentido en verle, desde

el dia en que se casó con tu padre. Pero ama á ese hombre, le adora, y

se estremece por él tanto como por tí... Teme la guerra, la evitaria á

costa de su sangre.

--¿Y qué hombre es ese á quien decís que mi madre ama, y con quien debió

casarse?

--Ese hombre es nuestro pariente el poderoso emir de los monfíes.

--¡Ah! exclamó Aben-Aboo, comprendiendo entonces el amor con que le

habia tratado Yaye.

--¿Y estás seguro sobrino, de que esos dos hombres que observan con tal

interés y tan de lejos tu casa, no sean monfíes enviados por el emir, en

un dia en que han de tener lugar graves acontecimientos?

--Os afirmo que esos hombres no son monfíes.

--Pues entonces, no es tu madre el objeto de esos hombres.

--¿Y cuál creeis que pueda ser?

--Bien pudiera ser una dama que has traido imprudentemente de Granada.

--¿Quién os da tantas noticias, tio?

--Nada pasa en las Alpujarras que yo no lo sepa: por ejemplo hace tres

dias que llegó á Yátor otra dama que tambien te interesa mucho.

--¿Una dama que me interesa...?

--Si por cierto: la sultana Amina.

Palideció profundamente Aben-Aboo.

--¿Y decis, que la sultana Amina está en Yátor...?

--Si, si por cierto y repito que Satanás en forma de tres mujeres se ha

metido entre nosotros.

--Explicaos.

--Tú amas á la hija del emir.

--Es verdad, contestó Aben-Aboo bajando los ojos.

--Aben-Humeya la ama tambien.

Destelló un relámpago de zelos salvajes en los ojos de Aben-Aboo.

--¿Y qué pretende mi primo?

--Pretende un imposible. Hacer su esposa á Amina.

--Pero eso no puede ser, mi prima es casada.

--¿Pero con quién? ¿con quién? dijo Aben-Jahuar con cierto temor ¿quién

es el afortunado esposo de esa mujer?

--Se os sale la ambicion por los ojos, tio: no creeis que la sultana

Amina pueda estar casada con menos que con un emir de Africa y temeis

que ese emir se ponga entre Aben-Humeya y vos. Descuidad... descuidad de

todo punto.

--¿Pero sabes tú quién es el marido de la sultana?

Sonrió con el desden de la superioridad, Aben-Aboo.

--Mi prima no está casada, dijo, sino simplemente deshonrada.

--¡Mira lo que dices! exclamó Aben-Jahuar mirando en torno suyo con

recelo: en todas partes hay monfíes y esos tabiques...

--Descuidad, tio: por lo mismo que sé que podemos estar espiados hablo

muy bajo.

--¿Pero qué pruebas tienes...?

--¿No habeis leido un contrato solemne, celebrado entre Aben-Humeya y el

emir de los monfíes?

--Si.

--¿No hay en él una cláusula por la que se acuerda el casamiento del

hijo de Aben-Humeya con una hija de la sultana?

--Si.

--Pues bien, esa hija es hija del amor: esa hija ha sido concebida en

Madrid, sin duda alguna, á contar por el tiempo en que la dió á luz la

sultana en las Alpujarras: esa niña es hija del capitan del presidio de

Cádiar, el marqués de la Guardia, á quien adora Amina; que es su amante.

--¿La sultana amante del marqués de la Guardia? ¿y por qué no su esposa?

--Hace cinco dias, en la fecha en que se firmaron las capitulaciones

entre Yaye y el emir, estuve hablando con el marqués de la Guardia en el

Albaicin, en la taberna del Hardon. El marqués buscaba á su amante, á

Amina, y estaba muy lejos de saber que era su esposa... esto no impide

que lo sea ya... y con haber atrasado la fecha...

--Resulta, pues, que Amina se ha enamorado de un caballero castellano:

peor para el emir.

--Si peor para el emir y para su hija, exclamó con acento reconcentrado

Aben-Aboo. Pero seguid, tio, seguid: sepamos cuáles son las otras

mujeres que Satanás ha metido en nuestros asuntos.

--La sultana Amina bastaria; porque tanto tú como Aben-Humeya estais

empeñados por ella: pero existen ademas tu tia doña Elvira y tu madre.

--¡Ah!

--Si, ambas aman al emir y son enemigas á muerte: yo amo á mi cuñada y

soy enemigo del emir; los odios se cruzan entre nosotros: hay ademas

otra mujer por quien estais á un tiempo empeñados Aben-Humeya y tú: esa

comedianta que has traido de Granada.

--Os confieso tio, que esa mujer me espanta, que no la comprendo, y que

á pesar de estar enamorado de la sultana, esa mujer me enloquece.

--Eso consiste en que la sultana habla á tu ambicion, y la comedianta á

tu deseo. Pero es necesario que encubras tus amores hácia la sultana: es

necesario que separes de tí á la comedianta.

--¿Y á qué propósito?

--Para evitar el odio de Aben-Humeya.

--¿Y qué me importa? Bien sabeis que desde antiguo, por mas que lo

hayamos disimulado, somos enemigos.

--Pero esa enemistad es fatal en estos momentos.

--Yo no quiero una patria en que he de ser esclavo.

--Es que esa patria, si luchamos todos á una, podrá ser tan grande que

haya lugar en ella para todas las ambiciones.

--Yo no puedo contar con la buena fe de Aben-Humeya.

--Si Aben-Humeya te se muestra hostil, es porque desconfia de tí;

ayúdale, inspírale confianza y Aben-Humeya se unirá á tí como á un

hermano.

--Ya habeis dicho, que entre nosotros se han colocado dos mujeres.

--Si sigues mis consejos, solo habrá una, y esa es tal que no merece que

dos buenos creyentes sean enemigos por ella.

--¿Y cuál de esas dos mujeres ha de ser la que ha de dejar de excitar

nuestra rivalidad?

--La sultana Amina.

--¡Ah! exclamó Aben-Aboo, cuyo rostro se cubrió con la expresion de la

mas profunda reserva; ¿y de qué modo podremos hacer para que la sultana

Amina deje de ser un objeto de rivalidad entre Aben-Humeya y yo?

Sonrió sutilmente Aben-Jahuar.

--Ni tú ni Aben-Humeya amais á la sultana, dijo: quereis sin embargo

casaros con ella, porque comprendeis que el que sea su esposo, tendrá en

su favor al poderoso emir de los monfíes.

--Puede ser que piense así mi noble primo.

--No piensas tú de otra manera.

--Y bien, dado caso que yo piense así, ¿de qué modo hemos de obrar para

que la sultana deje de ser un medio de elevacion?

Sonrió de nuevo sutilmente pero de una manera mas sesgada Aben-Jahuar.

--Supongamos que muere el emir...

--¡Ah!

--Esto es muy fácil que suceda... acometemos una empresa peligrosa...

ademas el emir va todas las noches...

--¿A dónde?

--A ver á tu madre.

--¡A ver á mi madre!

--¿No te he dicho que se aman?

--¡Eso es mentira!

--Observa tu casa en las altas horas de la noche.

--Sois un demonio, dijo Aben-Aboo; quereis envenenarme el corazon.

--Tengo experiencia y te aconsejo bien.

Guardó por un momento silencio Aben-Aboo, y luego dijo.

--No hablemos mas de esto y vamos á lo que importa. Vos como capitan

general de los moriscos me habeis mandado llamar y he venido.

--Ha llegado el momento de probar tu valor.

--¿Es decir, que ha llegado la hora?

--Si; Farax-aben-Farax, con seis mil hombres, marchará esta noche sobre

Granada, sublevará el Albaicin, acometerá la Alhambra, en la cual hay

poco resguardo, y para lo que llevan escalas, y es muy posible... los

cristianos se entregarán descuidados á sus fiestas de la Noche-Buena;

acudiran á los templos á la misa del Gallo, y cuando pretendan salir de

ella, se encontraran con la muerte. Pero es necesario obrar al mismo

tiempo en las Alpujarras: los cristianos, sea por casualidad ó por

recelo, se mueven en nuestras montañas; la parte de compañía del marqués

de la Guardia, que estaba en Cádiar, ha marchado á Yátor, pero en

cambio, acaba de entrar esta mañana en la villa y de alojarse en las

casas, la compañía de arcabuceros del capitan Diego de Herrera.

--¡Cómo! ¿ese miserable que ha cometido en las Alpujarras tantas

infamias, vuelve entre nosotros?

--Vuelve para morir. Ademas de esto, la Inquisicion nos visita hoy.

--¡La Inquisicion!

--Esto nos favorece: como nuestros hermanos estan poco instruidos en lo

que atañe á la religion cristiana, el inquisidor Molina de Medrano, que

viene encargado de la visita, se estremará con ellos: á pretexto de que

son poco celosos, de que ignoran los preceptos de la religion cristiana,

les amenazará, pretenderá arrebatarles sus hijos...

--Es necesario arrancar el corazon á ese clérigo, exclamó Aben-Aboo.

--¡Los monfíes! exclamó con un acento feroz Aben-Jahuar; los monfíes

haran eso. El Ferih el tremendo Abd-el-Melik el Ferih, te espera esta

tarde á la caida del sol en las quebraduras de la rambla de los Ciegos.

--¡Ah! ¡me espera!

--Sí; tú á mas de ser infante de Granada, eres el morisco de mas

influencia en Cádiar.

--¿Y me obedecerá el Ferih?

--Ciegamente.

--¿Sabe esto el emir?

--Ha dado órdenes al Ferih para que te espere.

--¿Y qué he de hacer, tio?

--¿Qué han hecho con nosotros los cristianos?

--Nos han aterrado á fuerza de crueldades.

--Pues bien, los cristianos te han dicho lo que debes hacer.

--¡Oh! ¡oh! ¿debo hacer con los cristianos lo que los cristianos han

hecho con nosotros....? ¡bien! lo haré.

--No olvides lo que hemos hablado.

--¡Oh! es muy dificil olvidarlo: mi madre y mi tia aman al emir: el emir

ama á mi madre; el marqués de la Guardia está casado con la sultana

Amina y tiene de ella una hija... ¿Sabeis donde está la hija de la

sultana? exclamó de repente Aben-Aboo.

--Puede ser que lo sepa.

--¿Y por qué no he de saberlo yo?

--Te he dicho que puede ser que lo sepa, lo que quiere decir que no lo

sé.

--¿Y teneis medios para saberlo?

--Los buscaré...

--Y entonces...

--Lo sabrás.

--¡Ah tio, tio! conozco que sois un demonio, y sin embargo me parece que

me voy á condenar con vos.

--O á salvarte.

--El olor de la sangre y de la carniceria me da ya en las narices.

--Procura que ese olor no te desvanezca: si oyes mis consejos, y eres

valiente y leal, hijo, grande suerte te espera. Pero por el momento

muéstrate con Aben-Humeya como un hermano; con Aben-Farax como con un

amigo.

Aben-Aboo; estrechó la mano de Aben-Jahuar.

--Ahora es necesario que te vayas, dijo este á Aben-Aboo: Espero á una

persona que no quisiera te viese conmigo.

--Pues entonces adios, tio.

--No te olvides de ir esta tarde á puestas del sol, á las quebraduras de

la rambla de los Ciegos: yo iré tambien. Adios.

Aben-Aboo, salió, y poco despues, su tio le sintió bajar por las

escaleras.

--Hé ahí un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo

quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores

manos no podría haberse puesto lo de Cádiar. Esta noche se verá claro en

las calles aunque no haga luna.

Y se puso á pasear meditabundo á lo largo de la habitacion.

Como se vé, el amor hácia su cuñada doña Elvira, y su anhelo por poner

las cosas á punto de que él fuese la única cabeza de la rebelion de los

moriscos, hacian meditar á don Fernando de Válor ó Aben-Jahuar,

horribles crímenes: para llegar á su objeto era preciso que se

ensangrentase en su misma familia, que matara á sus sobrinos; que

desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo

traidor y horrible á Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le

habia dado continuamente oro y proteccion, y á cuya influencia debia el

no haber muerto en galeras, ó á lo menos en un encierro como murió su

hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doña Elvira y la

corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hácia aquellos

objetos: ni aun la sangre de los suyos.

Oyéronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabrió la puerta, y

una voz clerical, dijo:

--_Deo gratias._

--A Dios sean dadas, contestó don Fernando.

Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la

iglesia parroquial de Cádiar, estaba de pié y caperuza en mano, delante

de Aben-Jahuar.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 82 / 168 题