El licenciado Juan de Ribera.
Era el jueves 24 de diciembre de aquel año, tres dias despues de la
proclamacion de Aben-Humeya.
Era muy de mañana: despues de haber celebrado la misa de alba, y
mientras maese Barbillo le desnudaba de los ornamentos, el licenciado
Ribera, dijo al sacristan lego:
--Ireis inmediatamente casa del señor corregidor, que con sus alguaciles
y gente de justicia esté esta misma mañana á la hora de las once en la
iglesia.
--Se lo diré, contestó con voz gangosa y humilde Barbillo.
--Ireis despues á la posada del señor marqués de la Guardia...
--El señor marqués hace dias que anda fuera de la villa, observó el
sacristan.
--Pues á falta del marqués, ireis á la posada de su teniente el señor
Cristóval de Belorado, y le direis que con su bandera y sus hombres
vestidos de gala, venga asimismo á las once.
--Se lo diré, repitió con la misma mansedumbre Barbillo.
--Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al
guardian, que de órden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su
comunidad y estandarte; despues avisareis á los clérigos de la iglesia;
hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de
plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de
Flandes.
--¡Ah! ¡viene la Santa Inquisicion á la villa! dijo con acento de queja
maese Barbillo: y vea vuesamerced, señor licenciado: yo no sabia nada.
--Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando
llamaron á la puerta; asomóse á la ventana Mariblanca, y un alguacil del
Santo Oficio que se habia adelantado, la dió para mí cerrada y sellada,
esta órden del Santo Oficio.
Y el beneficiado sacó de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en
forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo
Domingo, sello de la Inquisicion.
El sacristan acabó de doblar pausadamente una riquísima alba, la guardó,
tomó el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de
cuero, y de ella unas enormes antiparras, leyó, tarda, pesada y
malamente el escrito, á pesar de que su letra era gorda y perfectamente
legible.
--¡Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: ¡el señor inquisidor
de la Suprema, Molina de Medrano, viene á la visita! no esperaba yo tan
pronto al Santo Oficio.
--¿Qué quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde
entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus
zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baños y de sus torpes
placeres: será necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y
haga cumplir á todo derecho, y con una severidad, que nunca será
sobrada, la pragmática de su nobilísimo y piadoso padre el gran
emperador don Carlos. ¡Fuera! ¡fuera esas fiestas malditas! ¡fuera esas
costumbres reprobadas! ¡fuera el misterio con que cierran sus puertas
para que no veamos sus impurezas! ¡que el rigor los haga cristianos, ya
que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! ¡el hierro y el
fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la
esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. ¡El hierro y el fuego
para los rebeldes y los descreidos!
Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del
fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombría.
--¡Ah! ¡ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo
Oficio apresuraba su visita por otro motivo.
--¿Y qué motivo puede ser ese? preguntó con severidad el licenciado;
¿motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio?
--¡Hum! dijo flemáticamente el sacristan: ese motivo es un hombre.
--¿Un hombre que vive en el pueblo?
--Hé ahí lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se
sabe donde, ni quién es, ni á que viene.
--¿De quién quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos
grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan.
--Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que
viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete
en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse á donde va.
--Debiais haberme avisado.
--Vuésamerced se hubiera quedado con el deseo de saber á donde iba, ó
qué venia á hacer porque...
--¿Por qué?
--Porque yo le seguí una noche, y al ir á entrar en la plaza, se volvió
aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto:--«Vuélvete sino
quieres que te envie á cenar con el diablo.»
--¡Ah! ¡eso os dijo! ¿y por qué no me dísteis cuenta para que yo se la
hubiera dado al corregidor?
--Bien hecho hubiera estado, pero perdóneme vuesamerced; es el tal
hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes
si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara,
cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un
peligro. ¿Qué sabe nadie lo que es un hombre á quien no se conoce?
--Adelante, adelante, maese Barbillo.
--A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson
Alto, acompañado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa
merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada
uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque
el asunto no era prenderle, sino saber á donde iba, y sacar por el hilo
el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Dió la queda; rechinó la puerta
del meson y salió nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me
perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la
Caba honda, ni se descubrió, ni aun se persignó.
--¡Hum! dijo el beneficiado, acabándose de arreglar los manteos y
encasquetándose el bonete.
--Dejámosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda á
larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y
recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero ¡bah! ese hombre debe
de ser el diablo.
--Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid,
maese, seguid.
--Digo que debe de ser el diablo, porque nos sintió, nos vió, se vino
para nosotros, y... mire vuesamerced, exclamó en acento entre dramático
y dolorido el sacristán, levantándose la manga de su balaudran y
mostrando al beneficiado un cardenal lívido y enorme.
--¡Os maltrató!
--Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompió la
cabeza, y al barbero un brazo.
--¿Y quién os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no
conoceis? dijo una voz sonora á la puerta de la sacristía.
Estremecióse todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el
beneficiado, con gran asombro del sacristan, salió solícitamente al
encuentro del desconocido y le estrechó las manos con un ardor
completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto,
parecia la base de su carácter.
--¡Ah, señor don Alonso! exclamó, ¡vos al fin en mi iglesia!
--Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel
caballero, que no era otro que el emir de los monfíes.
Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresuró
á escurrirse: saludó profundamente á Yaye, le lanzó una recelosa mirada
de lobo escarmentado y salió murmurando:
--Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre á quien no se conoce,
puede ser muchas cosas. Pero yo sabré quien es ese hombre.
Esto significaba que no conociendo el sacristan á Yaye, nadie lo conocia
en Cádiar.
Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante.
Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacristía, fijó su mirada
en el licenciado, produjo en él el singular milagro de borrar de su
semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombría y dominadora
mirada del sacerdote ascético y fanático: parecia que donde estaba Yaye,
solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su
semblante y su mirada.
--Vengo á veros para dos negocios importantísimos, señor licenciado, le
dijo.
--Si quereis, contestó el beneficiado, subiremos á mi casa y nos
encerraremos.
--No, no por cierto; retirémonos á aquel rincon de la sacristía y allí
estaremos bien.
Y Yaye se dirigió á un escaño situado al fondo de la sacristía, adonde
le siguió el eclesiástico.
Sentáronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado.
--¿La habéis visto?
--Si señor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he
dicho cuán desesperado estais.....
--¿Y qué os ha contestado?
--Como siempre, no: pero ayer añadió: decidle que, hace veintidos años,
le dije en una carta que debe recordar, cuál era mi resolucion
invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es
inútil, de todo punto inútil, su obstinacion.
--Hágase la voluntad de Dios, dijo Yaye.
--Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado,
y Dios os premiará.
--Necesario me es que Dios tenga compasion de mí; pero pasando al otro
asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una
adquisicion importantísima para el pueblo de Dios.
--¡Acaso este terrible rey de los monfíes..!
--No tanto, no tanto, señor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar
muchas gracias á Dios por la adquisicion que hemos hecho.
--Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me
atrevería á decir, uno de los apóstoles mas ardientes de la iglesia de
Jesucristo: todavía me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis
pláticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que
estrené con los habitantes de las alquerías de la jurisdiccion de la
villa, á fin de que fuesen buenos cristianos, lo conseguísteis vos en
breve espacio: casi estaba ya resuelto á quitarles sus hijos para que no
se pervírtiesen con su ejemplo, cuando vos me digísteis: id á las
alquerías: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el
reino de Dios por la puerta del bautismo. ¡Oh don Alonso! yo os amaba
por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis
favorecido esta iglesia, que está encomendada á mi indignidad, y que sin
vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan
nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro
purísimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos
por su valor y por su mérito; sobre todo, cuando me dais para que las
distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al
Altísimo y os bendigo.
--¡Orad señor licenciado, orad!, contestó solemnemente Yaye, en un
acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy
pecador y aun estoy en el camino del pecado.
--¡Oh! si vos no os salvais ¿quién se salva? No bastaba vuestra ardiente
fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais á los
pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma.
Cuando vi arrodillarse á mis piés pidiendo la regeneracion del bautismo,
una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo
les ofrecia, entonces, don Alonso, sentí por vos mas que amor; sentí
veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los
santos...
--No hay mas santo que Dios, el Altísimo y Unico... y trino, dijo Yaye
pronunciando con un acento estremadamente duro su última palabra.
--Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos
sois uno de sus elegidos.
--Decíamos, continuó Yaye, á quien visiblemente contrariaba la mística
adulacion del beneficiado; decíamos que hemos hecho una gran adquisicion
para el rebaño del Señor.
--Vos la habeis hecho.
--Yo empiezo y vos concluís. Vamos, pues, sin mas rodeos al asunto: el
Ferih de los Berchules está en mi casa gravemente herido y desea
bautizarse.
--¡Cómo! ¿ese terrible monfí, que no pasa semana que no ponga de noche
en la puerta de la iglesia, un impío cartel en que nos amenaza de muerte
si seguimos en la conversion? ¿ese terrible bandido que tiene aterrada á
la comarca?
--Ese hombre, continuó reposadamente Yaye, me salió al camino ayer
cuando volvia con mi hija de Granada á mi heredad de Yátor: empezamos á
subir la cuesta, cuando hé aquí que siento pasar zumbando junto á mi
cabeza una jara, y oigo el chasquido de una ballesta entre una maleza
inmediata. Eché pié á tierra, me fuí hácia el asesino, me encomendé á
Dios, y Dios me amparó: poco despues, el Ferih de los Berchules estaba
en mi alquería: no le maté porque yo jamás vierto mas sangre que la
precisa para defender mi vida. El Ferih quiso matarme, segun me dijo
despues, á causa de haber motivado yo la conversion de la gente de las
alquerías: y mirad lo portentoso de los milagros de Dios: ese hombre que
habia deseado mi muerte por aquella causa, se convirtió á Dios despues
de dos horas de conversacion conmigo. Dios; siempre Dios; manso y
arrepentido queda allá como un cordero, esperando con ansia, antes de
morir, la vida del bautismo.
--¿Pero ese pecador está tan en peligro de muerte, que sea necesario,
inevitable ir al momento? exclamó con una inquietud que no era fingida
el beneficiado.
--Ese hombre estará en mi casa hasta mañana.
--¡Vivirá... hasta mañana!
--Eso es; mañana habrá salido de mi casa para no volver.
--Pues bien, vuestra heredad está cerca: iremos esta tarde: bien
tendremos lugar maese Barbillo y yo de ir despues que la Inquisicion
haya hecho su visita y volver aun de dia.
--¡Cómo! ¿esperais al Santo Oficio?
--Hoy al medio dia, entrará solemnemente en el pueblo, y despues de que
haya cumplido su santa comision, pasará á Yátor.
--¿Y qué inquisidor viene encargado de la visita?
--El señor Molina de Medrano.
--¡Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una
corporacion que le es muy conocida.
--Si, si señor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es
un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro
de la Suprema, que el rey nuestro señor ha enviado de su córte para que
le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos
nuevos de las Alpujarras.
--¡Molina de Medrano! exclamó Yaye levantando decididamente la cabeza y
dejando ver en sus ojos una mirada semejante á un relámpago: será
necesario que yo conozca á ese señor Molina de Medrano: ¿decís que es
muy severo?
--Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo
tampoco le conozco.
--Pues bien, tendremos á un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y
en albricias de la conversion del Ferih, tomad, señor beneficiado;
repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresía.
Y puso entre las manos del bachiller un repletísimo bolsillo.
--¡Cómo! ¿os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba.
--Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano.
--Iré, señor don Alonso, iré.
--Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de
acompañarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, señor
licenciado, y hasta la tarde. Adios.
--El os premie y os bendiga, señor, dijo el eclesiástico, lanzándole su
bendicion cuando salia por la puerta de la sacristía: luego añadió,
metiéndose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda
duda ninguna; don Alonso es un santo.
--¿Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una
compañía de arcabuceros? exclamó el sacristan entrando en aquel momento.
--¿De quién hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado,
que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad
habituales.
--¿De quién he de hablar, pecador de mí, sino de ese hombre que ha
estado hablando con vos? respondió temblando todavía el sacristan.
--¡Cómo! ¿de don Alonso hablábais?
--Es que ese don Alonso, es quien anoche estropeó al organista y al
barbero, y á mí mismo, aunque mucho menos que á los otros, por la
misericordia de Dios.
--Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: ¿no
me habeis dicho que el hombre á quien pretendisteis seguir anoche, pasó
irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda?
--Si señor, y lo afirmo y lo juraria á siete cruces.
--¡Y os condenariais, desdichado! exclamó con una irritacion terrible el
eclesiástico, os condenariais si os atreviéseis á jurar que ese
caballero habia pasado por delante de la imágen de Nuestro Divino
Redentor sin descubrirse ni santiguarse.
Barbillo se quedó mirando de una manera atónita al bachiller.
--¡Arrepentíos! ¡arrepentíos, y haced penitencia por haber calumniado á
tan cristiano caballero! mas valiera que el tiempo que habeis empleado
en alentar tan ruines pensamientos, le hubiérais invertido avisando á la
gente que os dije.
Cuando el sacristan volvió de su asombro y notó que se encontraba solo
en la sacristia, cambió rudamente de aspecto, dejó su posicion
encorvada, se irguió, brilló en sus ojos una expresion salvaje, y
exclamó:
--¡Cien rayos y cien truenos! ese clérigo mentecato lo cree todo:
¡decirme que ese hombre es cristiano! Cuando doña Elvira me ha prometido
un tesoro si logro apoderarme de él, algo hay mas de lo que el
licenciado Ribera cree: yo he seguido á ese hombre y le he visto
perderse en la montaña; le he visto además hablar con los monfíes entre
las breñas de la rambla de Yátor, y esto mas de una vez: hace tres dias
que ha venido de Granada y no ha venido solo: le acompañaba una hermosa
dama; que me confunda Dios, si anoche cuando nos apaleó no le oimos
soltar un juramento en árabe.... yo no aborrecia á ese hombre..... pero
desde anoche que nos zurró de lo lindo, le tengo ojeriza.
Afortunadamente tenemos á las puertas del pueblo á la Inquisicion.
Dicho esto, tomó una capa parda y un enorme sombrero de un rincon de la
sacristia, y salió: desde el momento en que estuvo en la calle, su
estatura herguida y corpulenta se encorvó; su rostro antes feroz, adoptó
de nuevo su expresion humilde, miserable é hipócrita, y empezó á saludar
á todos los que encontraba por la calle, con una expresion servicial que
tenia mucho de estúpida.
De repente, una mano se apoyó vigorosamente en su hombro.
Volvióse Barbillo, y vió ante sí á un hombre como de cuarenta y cinco
años.
Aquel hombre era don Fernando de Válor, hermano de don Diego, tio de
Aben-Humeya, á quien nombraremos en adelante con su nombre árabe: esto
es, con el de Aben-Jahuar-el-Zaquer.