CAPITULO XIV.

El licenciado Juan de Ribera.

Era el jueves 24 de diciembre de aquel año, tres dias despues de la

proclamacion de Aben-Humeya.

Era muy de mañana: despues de haber celebrado la misa de alba, y

mientras maese Barbillo le desnudaba de los ornamentos, el licenciado

Ribera, dijo al sacristan lego:

--Ireis inmediatamente casa del señor corregidor, que con sus alguaciles

y gente de justicia esté esta misma mañana á la hora de las once en la

iglesia.

--Se lo diré, contestó con voz gangosa y humilde Barbillo.

--Ireis despues á la posada del señor marqués de la Guardia...

--El señor marqués hace dias que anda fuera de la villa, observó el

sacristan.

--Pues á falta del marqués, ireis á la posada de su teniente el señor

Cristóval de Belorado, y le direis que con su bandera y sus hombres

vestidos de gala, venga asimismo á las once.

--Se lo diré, repitió con la misma mansedumbre Barbillo.

--Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al

guardian, que de órden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su

comunidad y estandarte; despues avisareis á los clérigos de la iglesia;

hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de

plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de

Flandes.

--¡Ah! ¡viene la Santa Inquisicion á la villa! dijo con acento de queja

maese Barbillo: y vea vuesamerced, señor licenciado: yo no sabia nada.

--Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando

llamaron á la puerta; asomóse á la ventana Mariblanca, y un alguacil del

Santo Oficio que se habia adelantado, la dió para mí cerrada y sellada,

esta órden del Santo Oficio.

Y el beneficiado sacó de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en

forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo

Domingo, sello de la Inquisicion.

El sacristan acabó de doblar pausadamente una riquísima alba, la guardó,

tomó el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de

cuero, y de ella unas enormes antiparras, leyó, tarda, pesada y

malamente el escrito, á pesar de que su letra era gorda y perfectamente

legible.

--¡Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: ¡el señor inquisidor

de la Suprema, Molina de Medrano, viene á la visita! no esperaba yo tan

pronto al Santo Oficio.

--¿Qué quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde

entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus

zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baños y de sus torpes

placeres: será necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y

haga cumplir á todo derecho, y con una severidad, que nunca será

sobrada, la pragmática de su nobilísimo y piadoso padre el gran

emperador don Carlos. ¡Fuera! ¡fuera esas fiestas malditas! ¡fuera esas

costumbres reprobadas! ¡fuera el misterio con que cierran sus puertas

para que no veamos sus impurezas! ¡que el rigor los haga cristianos, ya

que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! ¡el hierro y el

fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la

esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. ¡El hierro y el fuego

para los rebeldes y los descreidos!

Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del

fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombría.

--¡Ah! ¡ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo

Oficio apresuraba su visita por otro motivo.

--¿Y qué motivo puede ser ese? preguntó con severidad el licenciado;

¿motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio?

--¡Hum! dijo flemáticamente el sacristan: ese motivo es un hombre.

--¿Un hombre que vive en el pueblo?

--Hé ahí lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se

sabe donde, ni quién es, ni á que viene.

--¿De quién quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos

grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan.

--Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que

viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete

en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse á donde va.

--Debiais haberme avisado.

--Vuésamerced se hubiera quedado con el deseo de saber á donde iba, ó

qué venia á hacer porque...

--¿Por qué?

--Porque yo le seguí una noche, y al ir á entrar en la plaza, se volvió

aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto:--«Vuélvete sino

quieres que te envie á cenar con el diablo.»

--¡Ah! ¡eso os dijo! ¿y por qué no me dísteis cuenta para que yo se la

hubiera dado al corregidor?

--Bien hecho hubiera estado, pero perdóneme vuesamerced; es el tal

hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes

si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara,

cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un

peligro. ¿Qué sabe nadie lo que es un hombre á quien no se conoce?

--Adelante, adelante, maese Barbillo.

--A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson

Alto, acompañado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa

merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada

uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque

el asunto no era prenderle, sino saber á donde iba, y sacar por el hilo

el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Dió la queda; rechinó la puerta

del meson y salió nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me

perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la

Caba honda, ni se descubrió, ni aun se persignó.

--¡Hum! dijo el beneficiado, acabándose de arreglar los manteos y

encasquetándose el bonete.

--Dejámosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda á

larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y

recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero ¡bah! ese hombre debe

de ser el diablo.

--Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid,

maese, seguid.

--Digo que debe de ser el diablo, porque nos sintió, nos vió, se vino

para nosotros, y... mire vuesamerced, exclamó en acento entre dramático

y dolorido el sacristán, levantándose la manga de su balaudran y

mostrando al beneficiado un cardenal lívido y enorme.

--¡Os maltrató!

--Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompió la

cabeza, y al barbero un brazo.

--¿Y quién os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no

conoceis? dijo una voz sonora á la puerta de la sacristía.

Estremecióse todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el

beneficiado, con gran asombro del sacristan, salió solícitamente al

encuentro del desconocido y le estrechó las manos con un ardor

completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto,

parecia la base de su carácter.

--¡Ah, señor don Alonso! exclamó, ¡vos al fin en mi iglesia!

--Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel

caballero, que no era otro que el emir de los monfíes.

Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresuró

á escurrirse: saludó profundamente á Yaye, le lanzó una recelosa mirada

de lobo escarmentado y salió murmurando:

--Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre á quien no se conoce,

puede ser muchas cosas. Pero yo sabré quien es ese hombre.

Esto significaba que no conociendo el sacristan á Yaye, nadie lo conocia

en Cádiar.

Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante.

Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacristía, fijó su mirada

en el licenciado, produjo en él el singular milagro de borrar de su

semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombría y dominadora

mirada del sacerdote ascético y fanático: parecia que donde estaba Yaye,

solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su

semblante y su mirada.

--Vengo á veros para dos negocios importantísimos, señor licenciado, le

dijo.

--Si quereis, contestó el beneficiado, subiremos á mi casa y nos

encerraremos.

--No, no por cierto; retirémonos á aquel rincon de la sacristía y allí

estaremos bien.

Y Yaye se dirigió á un escaño situado al fondo de la sacristía, adonde

le siguió el eclesiástico.

Sentáronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado.

--¿La habéis visto?

--Si señor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he

dicho cuán desesperado estais.....

--¿Y qué os ha contestado?

--Como siempre, no: pero ayer añadió: decidle que, hace veintidos años,

le dije en una carta que debe recordar, cuál era mi resolucion

invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es

inútil, de todo punto inútil, su obstinacion.

--Hágase la voluntad de Dios, dijo Yaye.

--Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado,

y Dios os premiará.

--Necesario me es que Dios tenga compasion de mí; pero pasando al otro

asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una

adquisicion importantísima para el pueblo de Dios.

--¡Acaso este terrible rey de los monfíes..!

--No tanto, no tanto, señor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar

muchas gracias á Dios por la adquisicion que hemos hecho.

--Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me

atrevería á decir, uno de los apóstoles mas ardientes de la iglesia de

Jesucristo: todavía me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis

pláticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que

estrené con los habitantes de las alquerías de la jurisdiccion de la

villa, á fin de que fuesen buenos cristianos, lo conseguísteis vos en

breve espacio: casi estaba ya resuelto á quitarles sus hijos para que no

se pervírtiesen con su ejemplo, cuando vos me digísteis: id á las

alquerías: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el

reino de Dios por la puerta del bautismo. ¡Oh don Alonso! yo os amaba

por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis

favorecido esta iglesia, que está encomendada á mi indignidad, y que sin

vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan

nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro

purísimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos

por su valor y por su mérito; sobre todo, cuando me dais para que las

distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al

Altísimo y os bendigo.

--¡Orad señor licenciado, orad!, contestó solemnemente Yaye, en un

acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy

pecador y aun estoy en el camino del pecado.

--¡Oh! si vos no os salvais ¿quién se salva? No bastaba vuestra ardiente

fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais á los

pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma.

Cuando vi arrodillarse á mis piés pidiendo la regeneracion del bautismo,

una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo

les ofrecia, entonces, don Alonso, sentí por vos mas que amor; sentí

veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los

santos...

--No hay mas santo que Dios, el Altísimo y Unico... y trino, dijo Yaye

pronunciando con un acento estremadamente duro su última palabra.

--Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos

sois uno de sus elegidos.

--Decíamos, continuó Yaye, á quien visiblemente contrariaba la mística

adulacion del beneficiado; decíamos que hemos hecho una gran adquisicion

para el rebaño del Señor.

--Vos la habeis hecho.

--Yo empiezo y vos concluís. Vamos, pues, sin mas rodeos al asunto: el

Ferih de los Berchules está en mi casa gravemente herido y desea

bautizarse.

--¡Cómo! ¿ese terrible monfí, que no pasa semana que no ponga de noche

en la puerta de la iglesia, un impío cartel en que nos amenaza de muerte

si seguimos en la conversion? ¿ese terrible bandido que tiene aterrada á

la comarca?

--Ese hombre, continuó reposadamente Yaye, me salió al camino ayer

cuando volvia con mi hija de Granada á mi heredad de Yátor: empezamos á

subir la cuesta, cuando hé aquí que siento pasar zumbando junto á mi

cabeza una jara, y oigo el chasquido de una ballesta entre una maleza

inmediata. Eché pié á tierra, me fuí hácia el asesino, me encomendé á

Dios, y Dios me amparó: poco despues, el Ferih de los Berchules estaba

en mi alquería: no le maté porque yo jamás vierto mas sangre que la

precisa para defender mi vida. El Ferih quiso matarme, segun me dijo

despues, á causa de haber motivado yo la conversion de la gente de las

alquerías: y mirad lo portentoso de los milagros de Dios: ese hombre que

habia deseado mi muerte por aquella causa, se convirtió á Dios despues

de dos horas de conversacion conmigo. Dios; siempre Dios; manso y

arrepentido queda allá como un cordero, esperando con ansia, antes de

morir, la vida del bautismo.

--¿Pero ese pecador está tan en peligro de muerte, que sea necesario,

inevitable ir al momento? exclamó con una inquietud que no era fingida

el beneficiado.

--Ese hombre estará en mi casa hasta mañana.

--¡Vivirá... hasta mañana!

--Eso es; mañana habrá salido de mi casa para no volver.

--Pues bien, vuestra heredad está cerca: iremos esta tarde: bien

tendremos lugar maese Barbillo y yo de ir despues que la Inquisicion

haya hecho su visita y volver aun de dia.

--¡Cómo! ¿esperais al Santo Oficio?

--Hoy al medio dia, entrará solemnemente en el pueblo, y despues de que

haya cumplido su santa comision, pasará á Yátor.

--¿Y qué inquisidor viene encargado de la visita?

--El señor Molina de Medrano.

--¡Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una

corporacion que le es muy conocida.

--Si, si señor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es

un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro

de la Suprema, que el rey nuestro señor ha enviado de su córte para que

le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos

nuevos de las Alpujarras.

--¡Molina de Medrano! exclamó Yaye levantando decididamente la cabeza y

dejando ver en sus ojos una mirada semejante á un relámpago: será

necesario que yo conozca á ese señor Molina de Medrano: ¿decís que es

muy severo?

--Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo

tampoco le conozco.

--Pues bien, tendremos á un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y

en albricias de la conversion del Ferih, tomad, señor beneficiado;

repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresía.

Y puso entre las manos del bachiller un repletísimo bolsillo.

--¡Cómo! ¿os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba.

--Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano.

--Iré, señor don Alonso, iré.

--Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de

acompañarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, señor

licenciado, y hasta la tarde. Adios.

--El os premie y os bendiga, señor, dijo el eclesiástico, lanzándole su

bendicion cuando salia por la puerta de la sacristía: luego añadió,

metiéndose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda

duda ninguna; don Alonso es un santo.

--¿Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una

compañía de arcabuceros? exclamó el sacristan entrando en aquel momento.

--¿De quién hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado,

que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad

habituales.

--¿De quién he de hablar, pecador de mí, sino de ese hombre que ha

estado hablando con vos? respondió temblando todavía el sacristan.

--¡Cómo! ¿de don Alonso hablábais?

--Es que ese don Alonso, es quien anoche estropeó al organista y al

barbero, y á mí mismo, aunque mucho menos que á los otros, por la

misericordia de Dios.

--Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: ¿no

me habeis dicho que el hombre á quien pretendisteis seguir anoche, pasó

irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda?

--Si señor, y lo afirmo y lo juraria á siete cruces.

--¡Y os condenariais, desdichado! exclamó con una irritacion terrible el

eclesiástico, os condenariais si os atreviéseis á jurar que ese

caballero habia pasado por delante de la imágen de Nuestro Divino

Redentor sin descubrirse ni santiguarse.

Barbillo se quedó mirando de una manera atónita al bachiller.

--¡Arrepentíos! ¡arrepentíos, y haced penitencia por haber calumniado á

tan cristiano caballero! mas valiera que el tiempo que habeis empleado

en alentar tan ruines pensamientos, le hubiérais invertido avisando á la

gente que os dije.

Cuando el sacristan volvió de su asombro y notó que se encontraba solo

en la sacristia, cambió rudamente de aspecto, dejó su posicion

encorvada, se irguió, brilló en sus ojos una expresion salvaje, y

exclamó:

--¡Cien rayos y cien truenos! ese clérigo mentecato lo cree todo:

¡decirme que ese hombre es cristiano! Cuando doña Elvira me ha prometido

un tesoro si logro apoderarme de él, algo hay mas de lo que el

licenciado Ribera cree: yo he seguido á ese hombre y le he visto

perderse en la montaña; le he visto además hablar con los monfíes entre

las breñas de la rambla de Yátor, y esto mas de una vez: hace tres dias

que ha venido de Granada y no ha venido solo: le acompañaba una hermosa

dama; que me confunda Dios, si anoche cuando nos apaleó no le oimos

soltar un juramento en árabe.... yo no aborrecia á ese hombre..... pero

desde anoche que nos zurró de lo lindo, le tengo ojeriza.

Afortunadamente tenemos á las puertas del pueblo á la Inquisicion.

Dicho esto, tomó una capa parda y un enorme sombrero de un rincon de la

sacristia, y salió: desde el momento en que estuvo en la calle, su

estatura herguida y corpulenta se encorvó; su rostro antes feroz, adoptó

de nuevo su expresion humilde, miserable é hipócrita, y empezó á saludar

á todos los que encontraba por la calle, con una expresion servicial que

tenia mucho de estúpida.

De repente, una mano se apoyó vigorosamente en su hombro.

Volvióse Barbillo, y vió ante sí á un hombre como de cuarenta y cinco

años.

Aquel hombre era don Fernando de Válor, hermano de don Diego, tio de

Aben-Humeya, á quien nombraremos en adelante con su nombre árabe: esto

es, con el de Aben-Jahuar-el-Zaquer.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 81 / 168 题