CAPITULO XIII.

Cómo estaba gobernada la villa de Cádiar.

La villa de Cádiar está situada entre lo mas montañoso de las

Alpujarras, sobre una vertiente.

Esto no impide que los terrenos, colinas y montañas que rodean á esta

villa sean muy fértiles, siendo ademas recomendable esta poblacion, por

la pureza y salubridad de sus aires y de sus aguas.

Hoy la tal villa es un poblacho feo, de reducido vecindario, albergado

en algunas casas ennegrecidas, agrupadas alrededor de una iglesia

situada en lo mas alto y deteriorada y fea.

Cádiar ha perdido mucho de su antigua importancia; por mejor decir: lo

ha perdido todo.

Pero en el año de 1568 era otra cosa.

Solo habian pasado entonces setenta y seis años desde la conquista de

Granada, y aquella terrible catástrofe para los moros, que los habia

sujetado al fin bajo el yugo de los cristianos, sus enemigos, en toda la

extension de España, habia determinado el apogeo, la riqueza, no solo de

Cádiar, sino tambien el de las demás villas y lugares de las Alpujarras.

Esto se explica facilmente: del mismo modo que el vencido

Muley-Abd'-Allah-al-Ssagir-el-Zogoibi[22], mas vulgarmente conocido por

Boabdil, al trasladarse á Andarax, despues de haber entregado la

Alhambra y los castillos de Granada á los reyes don Fernando y doña

Isabel, llevó consigo á aquel destierro, donde estuvo dos años, gran

parte de su córte y de sus caballeros: otros muchos nobilísimos y ricos

musulmanes, con sus familias, esclavos y tesoros, se habian trasladado

de Granada, á esta, ó á la otra villa de las Alpujarras, pretendiendo de

este modo robarse en parte á la vista de los aborrecidos vencedores, y

esta gente acostumbrada á la riqueza y á la molicie de sus alcázares, y

á la frescura y frondosidad de los jardines que habian dejado en la

ciudad perdida, embellecieron para hacer mas cómoda su residencia en

ellas, y aumentaron la poblacion y la riqueza de las villas á que se

habian acogido.

Cádiar habia sido una de las villas mas favorecidas por esta especie de

inmigracion; muchas familias poderosas se avecindaron en ella, y con una

rapidez maravillosa, fueron desapareciendo las casas pobres y antiguas,

para dar lugar á otras mas bellas y mejor proporcionadas; construyéronse

algibes; convirtiéronse en amenos cármenes las laderas de la montaña,

estableciéronse en sus plazas mercaderes, creció el tráfico y el dinero,

y al cabo, la antes casi insignificante villa, se convirtió en una

poblacion importante, rica, populosa y considerada, llegando á tal

punto, que el capitan general de la costa y reino de Granada, en vista

de la aglomeracion en aquel lugar, de tanta gente recien conquistada y

mal sujeta al yugo, creyó oportuno establecer en la villa un presidio de

soldados, y uno de esos rígidos é inflexibles corregidores que son

capaces de ahorcar hasta á su sombra.

A mas de esto, habia en Cádiar parte de una compañía de arcabuceros,

cuyo resto estaba dividido entre las villas de Válor y Yátor.

El capitan de esta gente de guerra, que pertenecia á los presidios del

reino y córte de Granada, era nuestro antiguo conocido el marqués de la

Guardia, á quien, como recordaran nuestros lectores, habia procurado su

tio, don César de Arévalo, este oficio de capitan, para que se

mantuviese con su sueldo, no siempre pagado con exactitud, á falta de

las pingües rentas de su marquesado que sabemos estaban empeñadas.

Un capitan de infantería de aquellos tiempos, era mucho mas considerado

que en los nuestros, y para llegar á este empleo, era necesario haber

servido mucho y bien, ser ya viejo, ó gastarse sendos doblones para

levantar á su costa una compañía. Fuera de estos dos casos, solo podia

ser capitan un jóven, por su título y su nobleza: como si dijéramos: en

premio á los servicios de sus antepasados.

En este caso se encontraba el marqués de la Guardia, que era demasiado

jóven para capitan, no mediando favor ó méritos heredados, y demasiado

arruinado para poder gastar un solo doblon.

En cambio era valiente hasta la temeridad, y se hacia respetar y

obedecer ciegamente de sus soldados, en las pocas ocasiones en que se

encontraba entre ellos.

Y decimos las pocas ocasiones, porque tal estaba la disciplina militar

en aquellos tiempos, que la gente de sueldo ensanchaba cuanto podia y

aun mas de lo que podia el círculo de su licencia: singularmente los

capitanes iban de acá para allá y residian donde mejor les parecia,

dejando encargado el mando á su teniente.

El marqués de la Guardia, que, como sabemos, buscaba desalado á _su

Esperanza_ sin lograr encontrarla, residia la mayor parte del tiempo en

Granada, yendo muy pocas veces á su presidio, y aun asi morando

alternativamente en Cádiar, en Válor ó en Yátor.

En Cádiar estaba la bandera de la compañía, y con ella un teniente

soldadote y aventurero, que quedaba encargado del mando en ausencia del

marqués.

Este teniente, pues, venía á ser en Cádiar, la segunda potencia despues

del corregidor.

Ademas de estas autoridades que llamaremos temporales, habia otra

autoridad que llamaremos espiritual: el beneficiado de la iglesia

parroquial de la villa.

Este eclesiástico era un varon duro, irascible y terriblemente fanático;

su fanatismo era para aquel pueblo de moriscos mal convertidos, tan

fatal como las arbitrariedades del corregidor, y las licencias del

teniente del marqués de la Guardia.

El corregidor se llamaba el licenciado Lope Gutierrez, vivia de los

derechos que le daba su vara, no siempre recta é inflexible, y en cuanto

á calidad, tan tenebrosa era su procedencia, que solo se sabia de él, y

esto por el dicho de algunas lenguas murmuradoras, que habia sido

escolar sopista en Salamanca.

El teniente se llama Cristóval de Belorado, era hidalgo y valiente, pero

hombre licencioso y cruel, que abusaba contra los pobres moriscos de la

fuerza que únicamente se le habia dado para sostener la justicia.

El beneficiado se llamaba Juan de Ribera; trataba severísimamente á sus

feligreses, y á pesar de su rigidez y de sus pretensiones de santo, no

les daba el mejor ejemplo, teniendo en su casa á una mocetona de

veinticinco años, desenfadada y hermosa, que se llamaba Mariblanca,

morisca convertida, que despues de algunas negras aventuras, habia ido á

servir á su casa al eclesiástico.

De modo que, la villa estaba encerrada dentro de un triángulo terrible:

el rey, la religion, y la justicia, tenian por representantes en ella,

tres corazones de pedernal.

Las moriscas que escapaban de la soldadesca, iban á dar en los

alguaciles, entrando por último á la parte el sacristan maese Barbillo,

especie de bribon con sotana, que sabia ser lo suficientemente hipócrita

para que el señor beneficiado le creyese un casi santo, y diese el mayor

asenso á las acusaciones de impiedad que fulminaba el sacristan contra

todos aquellos que no reconocian su influencia.

El teniente, dejaba á título de rebeldes á aquellos que tenian la

desgracia de querer emanciparse de sus tropelias; el corregidor,

multaba, encerraba, atormentaba y ponia á la vergüenza, siempre con

pretexto de una infraccion de las pragmáticas, á aquel contra quien, por

cualquier fútil motivo, habia contraido ojeriza; por último, el

licenciado Ribera, por las sugestiones del sacristan unas veces, por su

exagerada severidad religiosa otras, afligia á aquella pobre raza

vencida.

El teniente los apaleaba; el corregidor los multaba y los prendía; el

beneficiado, á pretexto de irreligion, solia quitarles sus hijos menores

de diez años, para enviarlos á los hospicios del rey, donde debian

aprender á ser buenos cristianos.

Lo que decimos, pues, de Cádiar, podriamos decir de cualquiera de las

demás poblaciones de las Alpujarras; no tenian seguridad personal, ni

hacienda ni familia, propiamente dicho: eran esclavos.

¿Y por qué no huian de aquella region maldita?

Porque en cualquiera de los lugares comprendidos en los dominios del

cristianísimo rey don Felipe el II, hubieran sido tratados de la misma

manera.

Podían haber pasado á Africa, pero sucedia con frecuencia, que despues

de haber vendido sus propiedades, y embarcádose con su dinero y alhajas,

eran robados por los patrones de los barcos, y, lo que era peor,

arrojados al mar para que no pudiesen querellarse del robo.

Asi, pues, preferian vivir miserablemente labrando la tierra donde

habian nacido, y practicar las industrias en que eran tan

sobresalientes, entre las demasías de los cristianos.

Con tantas causas, con tan repetidos vejámenes, estaban dominados por un

profundo disgusto y predispuestos á la insurreccion por cien fatales

elementos.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 80 / 168 题