CAPITULO XII.

De cómo fue la proclamacion de Aben-Humeya.

A la misma hora en que Aben-Aboo, desesperado se encaminaba al corral

del Carbon, en busca de Angiolina, dentro de una habitacion de una casa

situada en lo mas alto del Albaicin, se paseaba impaciente Aben-Humeya.

Los adornos y los muebles de aquella habitacion, demostraban que la casa

pertenecia á un moro rico.

Aben-Humeya, estaba completamente vestido á la castellana, con un trage

de terciopelo negro.

En la casa no se oia el mas leve ruido.

El jóven mostraba en su semblante, esa profunda preocupacion que se

apodera de todo el que está á punto de cambiar de posicion y de destino

de una manera grave y trascendental.

Podia decirse, que las dos pasiones que de una manera mas marcada se

dejaban ver en aquella preocupacion, eran la ansiedad y el miedo.

El jóven habia oido distintamente dar las doce en el reloj de la

colegiata del Salvador, y su ansiedad y su miedo parecieron doblarse.

Aun duraba la vibracion de la última campanada, cuando resonó una llave

en una cerradura, se abrió una puerta, y apareció un moro completamente

vestido de blanco, cubierto el rostro con el extremo de su toca, y con

una linterna encendida en la mano.

Aquella noche era para don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, una noche

de fantasmas blancos.

--Sígueme, le dijo el moro.

Aben-Humeya tiró de una manera resuelta tras el encubierto, que atravesó

algunas habitaciones y en el fondo de un corredor, abrió una puerta,

pasó por ella, y empezó á descender por unas estrechas escaleras.

Aben-Humeya le siguió.

Ya á bastante profundidad, el moro abrió otra pequeña puerta chapeada de

hierro mohoso, y tiró adelante, siempre seguido por Aben-Humeya.

Marchaban por una estrecha mina abovedada, revestida por una argamasa

gris, dura y reluciente.

Despues de haber recorrido una distancia como de mil pasos, el moro se

detuvo delante de otra puerta, igualmente forrada de hierro, la abrió y

empezó á subir por otras escaleras.

Abrió al fin otra puerta, hizo atravesar á Aben-Humeya algunas

habitaciones, y al fin le dijo al entrar en un aposento circular

ricamente ornamentado y alhajado:

--Espera aquí.

Y cerró con llave la puerta.

El jóven notó que sobre algunos almohadones, que constituian los

asientos de la estancia, habia ropas y armas moriscas.

El sobresalto y la ansiedad, seguian siendo la expresion de su

semblante.

No pasó mucho tiempo antes de que resonase una llave en la cerradura de

otra de las puertas de la estancia, que se abrió y dió paso á un hombre

grave, hermoso, noble, que llevaba vestiduras de califa, y corona de oro

en la cabeza.

Tal era la magestad del recien entrado, que la turbacion de Aben-Humeya

creció.

--En este momento, dijo á Aben-Humeya, se reunen en casa del Hardon, los

xeques del Albaicin y de la Vega, y los wazires, alimes y walíes de las

Alpujarras. ¿Estás dispuesto, Aben-Humeya?

--¿Quién eres tú que te me presentas con las insignias de rey de los

creyentes, la espada de la conquista al costado, y la corona del imperio

en la cabeza? preguntó con recelo el jóven.

--Soy el emir de los monfíes de las Alpujarras, el primo hermano de tu

padre, tu tio, contestó Yaye-ebn-Al-Hhamar, que él era.

--¡Ah, señor! exclamó Aben-Humeya, dominado por el magestuoso aspecto de

Yaye, por su palabra, y por la conmocion misteriosa que se notaba en su

voz: ¡ah señor! ¿con que vos sois ese noble y poderoso pariente que

tanto ansiaba conocer?

Y Aben-Humeya, se arrojó á los piés de Yaye, y asió sus manos, sobre las

cuales, como sobre las de Aben-Aboo, anteriormente rodó una lágrima del

emir.

--Ha llegado la hora, dijo Yaye: nuestros hermanos no pueden resistir ya

el odioso yugo del conquistador y le rompen. El levantamiento necesita

un rey, y todos esos fieles creyentes que se congregan en casa del

Hardon, te aclamaran, hijo mio; pondran á tu costado la espada de la

conquista, y sobre tu cabeza la corona del imperio.

--¿Y vos, señor? exclamó hipócritamente Aben-Humeya.

--Cuando Granada obedecia las leyes del cristiano, cuando el emperador

don Carlos, antes, y despues su hijo don Felipe, se llamaban reyes de

Granada, yo sustentaba sobre mi cabeza, la corona de un pueblo de

valientes, que vivían y viven sueltos y libres en la montaña: esos

valientes son la esperanza del pueblo moro de Granada: sin los monfíes

nada podria hacerse: suya es la fuerza: yo he podido bien decir á los

moriscos de Granada, de Almería y del Almanzora: «héme aquí,

descendiente de reyes, que he sostenido con honra en las Alpujarras,

durante veinte años, siempre desnuda y roja en sangre infiel, la espada

de Islam; reconocedme y juradme vuestro señor y venid armados bajo mis

banderas.» Los moriscos me hubieran aclamado su emir supremo, y todas

las pretensiones de los que se hubieran creido con derecho á la corona

de Granada, hubieran quedado imposibilitadas de logro. Pero vives tú: el

Altísimo me ha negado hijos...

--Pero te ha dado una hija que es un arcángel del sétimo cielo, señor.

--Ya sé, ya sé, que bien quisieras ser esposo de la sultana Amina. Pero

ese casamiento es imposible. Has hablado con ella esta noche, has

firmado unas capitulaciones que ya habia yo firmado, por las que se

determina de qué manera serás rey de Granada, y el órden de sucesion de

la corona; por lo que mi hija te ha dicho, por el contexto de esas

capitulaciones, sabes que la sultana Amina es casada como tú lo eres:

que como tú tienes un hijo, la sultana tiene una hija, que si Dios no lo

impide seran esposos.

--Y no era mejor, mas conveniente que la sultana Amina, rompiese su

matrimonio, que yo rompiese el mio...

--Tu casamiento con mi hija es imposible, exclamó profundamente

conmovido Yaye, y daria parte de mi salvacion, porque ni aun en ello

hubieses pensado: seria provocar la justicia de Dios: no, no: y luego yo

no quiero ser cruel, no quiero romper el corazon de mi hija que adora á

su esposo; no quiero romper el corazon de la pobre Isabel de Rojas que

te ama con toda su alma. No, Aben-Humeya, hijo mio; cuanto he podido

hacer por tí, por tu engrandecimiento lo he hecho; serás rey de Granada;

cuanto pueda hacer por la gloria de tu nombre lo haré, y serás rey

vencedor. Luego, despues del triunfo, si el Altísimo en sus bondades se

digna concedérnoslo, cuando tu hijo y mi nieta, sean el uno del otro;

cuando haya asegurado sobre tu cabeza y la de tus descendientes la

corona del reino, yo que soy harto desdichado, y estoy harto cansado de

la vida, pasaré á Africa, y te dejaré dueño absoluto de tu herencia.

Entre tanto mi espada y mis consejos te son necesarios, y seré tu padre

y tu señor, mientras convenga que asi sea. No hablemos mas de esto;

vístete esas ropas, cíñete esas armas y vamos; es necesario que los que

te esperan no se impacienten.

Aben-Humeya empezó á despojarse en silencio de su traje castellano,

sustituyéndole con el musulman.

Hubo un momento de silencio.

--¿Y estais seguro, señor, dijo de repente don Fernando como si hubieran

nacido sus palabras de un recelo, que no habrá quien quiera disputarme

la corona?

--Peor para el que á ello se atreva, dijo con una autoridad llena de

confianza Yaye.

--Sin contar con el brabío Farax-aben-Farax, que como descendiente de

Abencerrages, se dice merecedor de la corona, mi primo Aben-Aboo puede

alegar que como yo, que desciende del Profeta, y de los califas

omniades.

--Farax-aben-Farax, es el valiente de los valientes de Granada, y

contentaremos su ambicion, y daremos entretenimiento á su valor,

haciéndole la segunda persona despues del rey; Farax será alguacil mayor

del reino[18]. Aben-Aboo es nuestro pariente, y como tal, infante de

Granada. Mi autoridad nos responde de su lealtad. Nada temas, pues, y

puesto que ya has cambiado de ropas, sígueme.

Yaye, y Aben-Humeya salieron, y precedidos por el moro blanco que los

esperaba fuera, y alumbrados por su linterna, atravesaron algunas

habitaciones, llegaron á otra mina y al fin de ella Yaye despidió al

moro, y asiendo una mano al jóven le condujo á oscuras á una habitacion

en la que entraba una escasísima luz, por los claros de la celosía de

una ventana árabe que parecía corresponder al interior de una habitacion

iluminada.

Yaye condujo á Aben-Humeya á la celosía.

--Espera aquí le dijo: mira y escucha.

Aben-Humeya apoyó su trémula mano en la columnilla de la ventana y miró

á la habitacion que se veia desde ella.

Era extensa y magnífica; al fondo, bajo un arco labrado y dorado, se

veia un dosel real, con el escudo de las armas de los reyes de Granada;

bajo el dosel sobre dos gradas cubiertas con una magnífica alfombra, un

divan; á cada uno de los ángulos de las gradas sobre la alfombra del

pavimento general almohadones, destinados á los katibs ó secretarios:

alrededor de la estancia corría una galería de arcos, entre los cuales

pendían ricos tapices; á lo largo de estos arcos corría un divan, y mas

hácia el centro, paralelos á los divanes de los costados otros dos:

entre estos dos divanes, en el centro de la cámara, habia cuatro

almohadones superpuestos de riquísimo brocado, y sobre estos almohadones

vestiduras régias y una bandeja de oro, con una corona, y una espada

desnuda.

Una lámpara de seda pendiente del techo iluminaba la cámara.

Cuando Aben-Humeya se puso á observar tras la celosía, la cámara estaba

llena de moros, viejos y venerables los unos, hombres maduros los otros,

muy pocos jóvenes; hablaban con calor en corrillos y se notaba que

estaban impacientes; al fin poco despues de haberse puesto junto á la

celosía Aben-Humeya, se levantó el tapiz de uno de los arcos situados

junto al dosel y una voz sonora dijo:

--¡El poderoso emir de los monfíes, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Inmediatamente, un profundo silencio sucedió á la agitación anterior,

los moros se colocaron en órden junto á los asientos, los secretarios

ocuparon su lugar á los piés del dosel, y Yaye entró precedido y

seguido, de guardias wazires y walíes y ocupó el dosel: todos estaban de

pié é inclinados.

A la derecha del dosel junto á los guardias se veian dos hombres que ya

conocemos: eran don Fernando de Válor el Zaquer, tio de Aben-Humeya, y

el faquí Abul-Hassam.

Un poco mas allá fijando en los anteriores una mirada profunda y

recelosa se veia otro hombre como de cuarenta años, de semblante

enérgico y brabío. Aquel hombre era Farax-aben-Farax.

Yaye estaba de pié sobre el trono. Todos los asistentes como hemos dicho

estaban de pié é inclinados.

Reinaba un silencio profundo, en medio del cual se escuchó reposada

magestuosa y grave la voz de Yaye.

--Buenos muslimes, dijo, creyentes del reino de Granada, héme entre

vosotros, en el momento necesario. Me habeis llamado y acudo á vuestro

llamamiento. Sentaos y escuchadme.

Todos se sentaron; Yaye se sentó pero en una actitud valiente inclinado

hácia el concurso á quien dominaba desde su alto asiento.

--Veo reunidos aquí, dijo paseando sus miradas por la sala, lo mas

notable del reino: el anciano y sabio Abul Ben-Eden, xeque del Albaicin,

el prudente Aben-Coraixí, la familia entera de los Homaiditas, el fiel

Hardon, los buenos y leales xeques de la Vega, y permitidme que lo diga,

el cedro del Islam, el leon de la ley, la espada de exterminio, el

valiente entre los valientes, Farax-aben-Farax el último que queda de la

generosa tribu de los Ben-Serajis[19], entre vosotros hay hombres que

han nacido conmigo, y de los cuales conoceis muy pocos: el valiente

Harum el Geniz, mi wazir, el Partal y alguno otro: los demás son mis

walíes, mis brabos walíes, los que acaudillan mis monfíes, y tienen

siempre teñidas en sangre fresca sus espadas. Veo ademas prestándonos su

ayuda el noble Aben-Jahuar-el-Zaquer, y asiste entre nosotros para

iluminarnos con su ciencia el sabio faquí Abul-Hassam.

Detúvose un punto Yaye y luego continuó.

--El lugar que ocupo sobre vosotros, nada significa sino que el emir de

los monfíes, que ha nacido sobre un trono, ocupa el trono que ha

sustentado con su espada: pero este no es el trono del reino, sino el

trono de las Alpujarras. El que vosotros elijais por rey, ocupará un

asiento en este trono á mi derecha, será mi hermano, y como nos habremos

sentado en un mismo divan, combatiremos juntos por la libertad de la

patria, y por el restablecimiento de la ley. Esto tenia que deciros y ya

os lo he dicho, me habeis llamado y he venido; necesitais para

levantaros mi ejército, y ya está aparejado y pronto para la pelea.

Ahora, vosotros, xeques y caballeros, tratad de lo que os pareciere

conveniente para la salud de la patria y para la eleccion del rey que ha

de gobernaros.

Guardó silencio Yaye, y seguidamente se levantó el xeque mas anciano del

Albaicin, y apoyado en un baston dijo con la voz mas segura y robusta

que lo que se podia esperar de sus años.

--El momento de probar si somos dignos de vivir como hombres, ó de gemir

y llorar nuestra ignominia como esclavos, ha llegado, poderoso emir,

nobles hermanos. Los capítulos que hace tanto tiempo estamos evitando

que se cumplan, van á ser al fin llevados á cabo, ¿qué digo que van á

ser llevados? ¿Acaso los alguaciles y las guardas que nos hace pagar el

presidente Deza no se atreven á entrar en nuestras casas? ¿no obligan á

nuestras mujeres á que lleven el rostro descubierto? ¿no nos vedan

nuestros baños? ¿no nos obligan á tener las puertas abiertas el dia de

viernes y los domingos? ¿Ya cuando nace entre nosotros un desventurado,

podemos celebrar la fiesta de las buenas hadas, ni ya nuestras doncellas

pueden regozijarse con las leilas y las zambras? Vienen casa por casa,

regístranlas, nos cuentan como cabezas de ganado y nos empadronan.

Llevan nuestros pequeñuelos á las iglesias y los bautizan: oblígannos á

ir á misa, cada dia, y despues de hacernos adorar figuras: despues de

predicarnos abominaciones, sacan un papel y allí nombran desde el mas

pequeño hasta el mas grande y al que falta le buscan y le prenden. ¿Pero

á qué he de repetiros lo que todos sabeis y no es necesario recordaros,

ni aun para excitar vuestra cólera que harto sublevada está contra

tantas infamias? Ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones y llegado

es el de la venganza. Y puesto que el valiente emir de los monfíes nos

ayuda, abreviemos de pláticas y elijamos rey que nos gobierne.

Sentóse Abul-Ben-Eden, y aprovechando su silencio Aben-Jahuar el Zaquer,

tio de Aben-Humeya, dijo con voz robusta adelantando hácia el centro.

[imagen: Farax-aben-Farax.]

--Sí, llegada es la hora de la venganza, pero aun no es ocioso

representar nuestras miserias á algunos que creen que aun pueden

esperarse treguas de nuestros verdugos, y ¿por qué no hemos de

justificar la causa que nos impulsa á levantarnos armados con toda

nuestra indignacion? ¿por qué no hemos de recordar la opresion en que

estamos, sujetos á letrados y legos y no menos esclavos que si lo

fuésemos? ¿Las mujeres, los hijos, las haciendas y nuestras propias

personas al arbitrio de nuestros enemigos, sin esperanza en muchos

siglos de vernos fuera de tal servidumbre, sufriendo tiranías y

tributos, y privados del asilo en los lugares de señorío y en las

iglesias, haciéndonos con esto de peor condicion que los castellanos,

pero obligados bajo pena de dinero á ir á rezar á las iglesias? Los

clérigos se enriquecen á costa nuestra, no tenemos acogida ni en Dios ni

en los hombres, los cristianos nos desprecian llamándonos moros, y los

moros nos niegan su ayuda creyéndonos cristianos: mándasenos que no

hablemos nuestra lengua cuando no sabemos la castellana, y no sabemos en

qué lengua nos hemos de expresar, ni cómo pedir las cosas; como sino se

pudiese ser cristiano hablando en arábigo, y moro hablando la lengua

castellana. Llevan á nuestros hijos á sus congregaciones y á sus

escuelas, y les enseñan artes prohibidas por nuestra ley: á cada momento

nos amenazan con arrebatarlos del pecho de sus madres y de la enseñanza

de sus padres, y llevarlos á extrañas tierras, donde olviden nuestras

costumbres y aprendan á ser enemigos de los padres que los engendraron y

de las madres que los parieron. Nos mandan dejar nuestro trage y vestir

el castellano, como si trajéramos la ley en el vestido y no en el

corazon; nuestras haciendas no bastan (tan pobres nos han dejado ya)

para comprar los nuevos trages para nosotros y nuestras familias: de las

ropas que tenemos no nos podemos valer, porque nadie compra lo que no ha

de vestir: para llevado es prohibido; para vendido inútil. Si

mendigamos, nadie nos socorre como á pobres, porque somos pelados como

ricos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en las guerras contra

Castilla, que, cuando casó su hija el famoso Alí-Athar, alcaide de Loja,

pariente de algunos de los que aquí nos hallamos, se vió en la necesidad

de buscar prestados vestidos para la boda. Nos privan del servicio de

los esclavos negros y no nos permiten los blancos. Los habiamos comprado

criado y mantenido, y nos vemos sujetos á otra nueva pérdida. ¿Quién

nos servirá? ¿qué haremos, cuando á nuestras hijas y á nuestras mujeres

que van con los rostros cubiertos á servirnos y á proveer de lo

necesario sus casas se las manda descubrir los rostros? Son vistas y

codiciadas y requeridas, y la deshonra penetra entre nosotros, y no se

sabe cuál es la que da ocasion á la avilantez de los codiciosos. Nos

obligan á tener las casas abiertas, para que pueda entrar á todas horas

el ladron, el impuro, el adúltero. Nos quitan la alegría de nuestras

fiestas y nos prohiben los baños, que son la salud y la limpieza de

nuestras mujeres: las veremos en nuestras casas, tristes, sucias,

enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento y por vestido[20].

¿Y queréis que no recordemos tales injurias? ¿quereis que no digamos á

cuanto somos obligados por nuestra patria y por nosotros mismos?

[imagen: Reunion de los moriscos para elegir rey.]

--Lo que queremos, dijo Farax-aben-Farax con arranque, no es que se nos

diga, lo que todos sabemos, lo que todos sentimos, por que lo tenemos

delante de los ojos. Lo que queremos son menos palabras y mas obras:

veinte años y mas llevamos de hablar, y de gemir, y de rescatar con oro

nuestra servidumbre: ¿será que ahora tambien ha de quedarse todo en

palabras?

--¡Acuérdate Farax! dijo con voz grave Yaye: ¡acuérdate! hace veinte y

dos años, subieron al Albaicin, el capitan general con sus banderas, la

Chancilleria con sus oidores, el ayuntamiento con sus veinticuatros, la

Inquisicion con sus frailes: la ciudad estaba llena de soldados y de

piezas de artillería; un pregonero nos leyó su edicto, cuyos capítulos

nos llenaron y nos llenan de indignacion: hasta entonces, aunque aquel

edicto era ya antiguo, no se habia cumplido. Tú y yo, y muchos de los

que aquí estan, y muchos que han pasado ya de esta vida, oimos en

silencio, transportados de cólera aquel pregon infame: entonces...

¡acuérdate! yo, apenas habian salido de la Plaza Larga, los tiranos,

llamé al pueblo á la insurreccion: entonces ¡acuérdate, Farax! entonces,

dijiste tú: ¡no tenemos armas! entonces un noble anciano, el padre de

los moriscos del reino, el noble Abd-el-Gewar, que ya no existe, dijo:

¡Tenemos oro! los jóvenes tenian miedo; los viejos apelaban al dinero,

para entretener con la codicia de los cristianos el cumplimiento del

edicto. Yo comprendia demasiado aunque jóven, que no haciamos mas que

dar largas á la tiranía, que el oro acabaria por concluirse y que seria

tarde cuando apelaramos al hierro. Mis temores de entonces se han

cumplido: nuestros hermanos, nuestras mujeres, nuestros hijos, han

sufrido veinte y dos años de martirio inútil, durante los cuales el

vencedor ha aprendido la manera de aterrarnos y el modo de combatirnos.

Solo yo, solo los valientes que han vivido conmigo en la montaña, no

podemos acusarnos de haber contribuido á las desgracias de la patria con

nuestro apocamiento, con nuestra cobardia.

--¡Nos llamas cobardes! exclamó cerrando los puños y lívido de cólera

Farax-aben-Fraax.

--En una sola ocasion, continuó Yaye, sin dar muestras de haber notado

el furor de Farax, pretendisteis alzaros: yo era el capitan del

alzamiento: mi padre venia en socorro de Granada por los desfiladeros de

la sierra; vendidos por una traicion miserable los monfíes, mi padre

murió peleando por vosotros, y vosotros al saber que quedábais solos,

temblásteis de espanto y corrísteis, arrojando las armas, á esconderos

en vuestras casas.

Levantóse un murmullo de disgusto.

--Por mas que os pese, digo la verdad, continuó con energía Yaye

levantándose del divan; y testifican esa verdad los veintidos años de

ignominia que han pasado para vosotros. Yo lo he sacrificado todo por la

patria; yo he herido en el corazon al rey de España, y para herirle me

he herido á mí mismo: yo os he incitado contínuamente al levantamiento,

y vosotros habeis contestado siempre á mis excitadores: ¡tenemos oro!

¡os habeis arrastrado humildes ante el Presidente, ante el Capitan

general! ¡os habeis llamado fieles vasallos del rey de España, habeis

confesado la religion de los cristianos, habeis poblado sus iglesias, y

no habeis preferido á tanta humillacion, á tanta deshonra, el ir á vivir

entre las breñas donde viven mis monfíes, cambiando con el cristiano,

como ellos, hierro por hierro, sangre por sangre!

Callaban todos dominados por la voz tonante de Yaye.

--Al fin me habeis llamado, continuó este despues de un momento de

silencio: al fin habeis recurrido al último extremo: á la guerra, cuando

ya no teneis oro, cuando los ministros del rey de España os despedazan

despues de haberos chupado: no teneis oro, ni armas...

--Pero tenemos sangre, emir, contestó levantándose con una energía

superior á sus años el viejo Abul-ben-Eden.

--Me habeis llamado y he venido, continuó Yaye; no teneis oro ni armas:

pero acaba de decirlo el noble Abul-ben-Eden: teneis sangre. Yo tengo

tesoros y soldados: tesoros inagotables, soldados fuertes como robles y

bravos como leones. He sacrificado mucho por la patria, mi corazon está

desgarrado, muerta mi esperanza, pero me queda aun mas que sacrificaros

y os lo sacrificaré. Yo bien pudiera deciros: soy vuestro rey: sé que me

elegiriais sin dudar, pero no quiero que se crea mi ayuda interesada: os

prevengo que sera inutil que me elijais por que no habrá poder humano

que me haga aceptar: muchos de vosotros me conoceis y sabeis que mi

voluntad es firme como una roca. Elegid, pues, á otro. Pero antes, y

como sé que hay algunos que aspiran á la corona de un reino que aun

existe, que es necesario conquistar, quiero deciros el estado en que se

encuentra España en estos momentos, las fuerzas con que contamos y lo

funesta que seria para la patria una division entre nosotros. España

esta amenazada por todas partes: recela de Inglaterra, es enemiga de

Francia, combate en Flandes y en Italia. El rey no tiene ni dineros, ni

galeras: sus ejércitos no bastan para sus cuidados; la gente es valdia y

floja por mal pagada, las galeras estan mal armadas, y los capitanes y

cabos del ejército disgustados: Europa entera se conmueve bajo una

terrible lucha religiosa, en que combaten los católicos con los

sectarios de Lutero: por otra parte crece el poder del gran Selim II,

que nos ayudará con todas sus fuerzas, y los corsarios de Africa

llenaran el mar delante de nuestras costas: si nos unimos, si marchamos

todos como hermanos contra los ejércitos del rey de España, las

Alpujarras seran para nosotros, lo que fueron en otro tiempo las

montañas de Asturias para los cristianos: si unidos desplegamos todas

nuestras fuerzas, si obedecemos á una sola voz, si caemos sobre Granada

y la entramos (que no es difícil), al ver nuestros pendones clavados en

el alcazar de la Alhambra, al contemplarnos honrados por el triunfo,

nuestros hermanos de Africa y de Constantinopla se prestaran á

ayudarnos, y formidables ejércitos inundaran la España, é innumerables

galeras cubriran los mares: pero si les damos la muestra con nuestras

divisiones de una guerra oscura, sin triunfos, llevada de breña en

breña, y de valle en valle, nos abandonaran á nosotros mismos, que no

podremos resistir á los ejércitos de España: sino hemos de luchar como

debemos, mas vale que nada hagamos: si hemos de ser esclavos, seámoslo

sin irritar con la resistencia á nuestros enemigos. Es cuanto tenia que

deciros. Elegid rey.

--En otros tiempos, dijo Aben-Jahuar el Zaquer, cuando era necesaria una

eleccion, nuestros abuelos consultaban á los sabios, á los alimes de

Dios, y el Altísimo por medio de ellos, expresaba su voluntad: ¿por qué

no hemos de hacer ahora lo mismo?

--¿Y quién es el sabio, que nos ha de decir la sentencia de las

estrellas, dijo con sarcasmo Farax-aben-Farax?

--Entre nosotros hay un hombre de Dios, dijo uno de los parciales de

Aben-Jahuar.

--¿Y quién es ese hombre? dijo Farax.

--El sabio Abul-Hassam, el faquí.

Al escuchar este nombre, que era muy respetado por el fanatismo de los

moriscos, se escuchó un murmullo de respeto.

Farax conoció que estaba vencido y calló.

Abul-Hassam comprendió que estaba ayudado por la situacion y adelantó

grave y mesurado, cruzados los brazos, ocultas las manos en las anchas

mangas de su caftan, y con la cabeza inclinada.

--Yo veo tres gigantes, á quienes siguen otros mas pequeños: dijo

despues de algunos segundos de silencio: el primero es el rey de España:

el segundo, representa á las gentes de iglesia; el tercero á las gentes

de justicia; los restantes á las gentes de guerra, rapaces y

aventureras. Estos demonios, castigaran al mundo con sus crueldades y

tiranías, hasta que el Altísimo permita que se levante en frente de

ellos, armado de armas resplandecientes, un rey poderoso, que seguirá la

ley del enviado Profeta de Dios: y este rey será el que está contenido

en esta profecia escrita en metros por el sabio Tauca el Hamema, cuyo

nombre significa _pecho de la paloma_, comparando su hermosura y

elegancia, con la hermosura de los colores del pecho de esta ave.

Y Abul-Hassam, sacó un largo pergamino que desenrolló, en el cual leyó

lo siguiente:

«En el nombre de Dios piadoso y misericordioso.

»Las alabanzas sean á Dios solo, que no hay otro sino él.

»Oid lo que dijo el Altísimo á su escogido:

»Cuando viéres las mujeres correr tras los hombres, sin empacho ni

vergüenza,

»Y creciere el logro y lo mal ganado en los hombres,

»Y tomaren por ley la injuria y los homicidios,

»Y se multiplicase la inobediencia de hijos á padres;

»Cuando vieres abatido al buen creyente, y ser los sabios perseguidos

hasta servir á los malos;

»Cuando viéres poblados todos los encuentros de tu casa de lo ilícito y

mal ganado,

»Y desamparares á tu hermano y obedecieres á tu amigo;

»Cuando viéres la madre caduca ganar con sus hijas entre los hombres,

»Y salir el hijo de la obediencia de su padre y obedecer á su mujer en

todo negocio;

»Cuando viéres las pinturas prohibidas en los templos,

»Y las mujeres entregadas á todo linage de licencias,

»Y los hombres de religion vivir en ricos y suntuosos edificios,

»Y los temerosos de Dios solos como huérfanos,

»Y los malos con las cabezas mas altas y duras que las aplomadas

tierras;

»Cuando viéres las colas preceder á las cabezas, y el amigo muy allegado

negar al amigo, y no osarse fiar el hombre de aquel con quien se junta;

»Cuando viéres empobrecer la gente liberal, y enriquecer y subir los

avarientos,

»Y las manos liberales hacerse duras y crecer el número de los

mendigantes;

»Cuando viéres la ley desamparada y sus secuaces tan pocos como lunares

blancos en cabellos prietos,

»Y los hombres hechos lobos, cubiertos con vestiduras de hombres,

»Y que el que fuese lobo, comerá con los lobos, y que el que no fuere

lobo será comido por los lobos;

»Y cuando viéres crecer las discordias entre hermanos, y ser las lluvias

sobre la tierra pocas;

»En este tiempo será el fin del imperio puesto entre los dos mares.

»Y gentes soberbias y duras, correran como el fuego sobre aquel imperio,

»Y no dejaran campo que no talen, ni aldea que no abrasen, ni ciudad que

no derroquen;

»Y los que con sus pecados habran dado causa á la cólera del Altísimo,

»Desamparados por él, pararan en servidumbre, y en envilecimiento y en

angustia.

»Cadenas oprimiran sus cuellos, y veránse despojados de cuanto tuvieren,

»Y vilipendiados en sus mujeres, y abandonados de sus hijas y azotados

en el rostro de sus padres.

»Quitarles habran sus templos, y mudaránles las leyes, y enmudeceran sus

lenguas que no podran pronunciar el habla de sus padres.

»Resistiran y seran vencidos; se quejaran y seran apretados.

»Sus hijos seran llevados lejos de ellos y criados en otros dioses;

»Sus dias seran de sombra, y sus noches de quebranto.

»Y durará esta miseria muchos años.

»Y mandará Dios salir en el Poniente un rey tirano, que lo atajará y lo

sujetará todo;

»Y su vista no tendrá señal de vista humana, y maltratará y juzgará con

toda maldad á las gentes,

»Y entre sus manos pereceran los moros del Poniente con todos sus

bienes.

»Y el Andalucía quedará huérfana negra y oscura, hasta que aparezca un

rey en quien no habrá falta.

»Rey hijo de rey será, y vendrá á Granada, la cándida y la clara, donde

le diran:

»Vos sois nuestro rey y nuestro gobernador forzoso.

»El cual subirá con sus ejércitos y estandartes á los alcázares de la

Alhambra, y allí estará algunos dias encubierto:

»Y desde allí conquistará muchas y muy grandes fortalezas, climas y

provincias,

»Y vereis pujante el cetro y la corona de los moros.

»Poseerá este rey á Sevilla, y tomará noventa ciudades á los herejes;

»Y todas las ciudades del Poniente seran dichosas bajo la corona de este

rey.

»Siete años durará esta guerra victoriosa;

»Y el rey de los creyentes alcanzará al cabo de este tiempo al rey de

los infieles,

»Y le combatirá y le matará.

»Y sobre la frente de este rey maldito se leerá: _tiranizó y pecó_.

»Y el valiente rey que cumplirá todas estas maravillas, pasará sus

primeros años encubierto bajo un humilde nombre.

»Y será bautizado y hereje de su ley;

»Y para que podais conocerle mejor, este mozo será descendiente de la

santa familia del Profeta;

»Y sus abuelos habran sido califas de Damasco y de Córdoba:

»Y el astro esplendoroso de los Omeyas lucirá sobre su frente y le dará

victoria.

»Y en el tiempo en que este mancebo sea reconocido y encumbrado, los

árboles llevaran abundantes frutos,

»Y los agostos del pan seran mas ricos en los montes frios y en las

costas;

»Y las abejas llenaran sus colmenas de miel en este año bendito;

»Y la entrada de este año será en sábado;

»Y el ángel Miguel y el ángel Gabriel bajaran sobre el Andalucia con la

espada de la justicia de Dios.

»Glorifiquemos y alabemos al Señor Altísimo y Unico.

»El levanta y abate los imperios: él da la vida y da la muerte; él es la

luz y él la sombra.

»Glorifiquémosle y confesémosle: no hay otro Dios sino Dios.

»Roguemos á su escogido Mahoma y por el amor que Dios le tiene, el

enviará sobre los tiranos su castigo en todo extremo y su rigor.»

Calló Abul-Hassam y extendiendo el pergamino y mostrándolo á los

circunstantes que guardaban el mas profundo silencio, dijo:

--Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema, el sábio y el justo: vedlo:

aquí está escrito lo que os he leido.

--¿No dice esa profecía, exclamó Yaye, que el rey que ha de libertarnos,

rey hijo de rey, será descendiente de la santa familia del Profeta,

nieto de los califas de Damasco y de Córdoba, y que vivirá entre

nosotros encubierto y hereje de su ley?

--Si, dijo Abul-Hassam; eso dice la profecía.

--¿Y no veis cumplido claramente su pronóstico, sabios y caballeros, en

Aben-Humeya, que ha llevado entre los cristianos el nombre de don

Fernando de Válor?

--¡Si! ¡si, si! dijeron todos los parciales de Aben-Jahuar-el-Zaquer:

--¿Cuanto oro te han dado por ese _jofor_[21] embustero? dijo

Farax-Aben-Farax adelantando lleno de cólera hácia el faquí.

--La palabra de Dios ha resonado entre nosotros, dijo con acento solemne

Abul-ben-Eden, levantándose: ¿quién es el imprudente que se atreve á

blasfemar de la palabra de Dios?

--¿Y qué crédito puede mereceros un artificio que cualquiera puede haber

inventado?

--¡Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema! exclamó con acento indignado

el faquí: ¡hay del impío que blasfema de los profetas de Dios!

--El reino es libre para elegir su rey, Farax-aben-Farax, exclamó el

emir bajando de su trono: y mientras yo lleve espada al costado, nadie

se atreverá impunemente á contrariar la voluntad del reino. ¿Hay alguno

que se atreva á imponernos aquí su voluntad?

Todos callaron.

Yaye revolvió en torno suyo una mirada amenazadora, que acabó por

fijarse en Farax. Este se hizo atrás murmurando sordamente como un

mastin á quien su amo arrebata de los dientes una presa, y le amenaza

con un palo.

Yaye volvió al diván.

--Puesto que ya habeis oido esa profecía; puesto que estais decididos á

elegir rey, consultad entre vosotros; escribid cada uno en un papel el

nombre del elegido, y entregad ese papel doblado á los secretarios.

Todos se levantaron y se dividieron en grupos; Yaye hizo á Farax señal

de que se acercase.

El tremendo morisco se acercó hosco y sombrío, y Yaye estuvo hablando

con él largo tiempo en voz baja.

--No es la ambicion la que me mueve, dijo al fin Farax, sino el amor de

la patria; pero puesto que quieres que Aben-Humeya sea rey de Granada,

sealo en buen hora: Dios quiera que no te arrepientas tarde, emir.

Y tomando un papel, escribió en él el nombre de Aben-Humeya, le dobló y

le entregó á un secretario.

Despues, cada uno de los moriscos y de los monfíes, fue entregando su

voto, y cuando se contaron, se vió que todos habian votado; cuando se

abrieron los papeles se encontró escrito en todos el nombre de

Aben-Humeya.

Poco despues, buscado el jóven por su tio Aben-Jahuar-el-Zaquer, fue

traido á la cámara, revestido de las vestiduras reales, y proclamado rey

con las mismas ceremonias que vimos al principio de este libro proclamar

á Yaye emir de los monfíes en el alcázar subterráneo de las Alpujarras.

El primer acto de soberanía de Aben-Humeya, fue nombrar alguacil mayor

del reino á Farax-aben-Farax, y capitan general _de sus ejércitos_, á su

tio paterno Aben-Jahuar-el-Zaquer.

Aquella misma noche, Aben-Humeya partió acompañado de sus parciales á

las Alpujarras.

Aquella misma noche tambien, partieron á la montaña, Yaye, Amina y los

monfíes.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 79 / 168 题