Alianza de sangre y lodo.
A punto que Aben-Aboo entraba á caballo en el corral del Carbon, daban
las doce en el reló de la capilla real.
Era la hora de la cita con Angélica.
El corral estaba desierto, silencioso é iluminado de lleno por la luna.
Aun estaba alzado el tablado donde se habia hecho la representacion,
pero despojado de los tapices y de las cortinas: como si dijéramos: en
esqueleto.
Aben-Aboo, pensó primero en llamar á maese Pertiñez para que le sirviera
de guia hasta el aposento de la comedianta. Pero prefirió no recurrir á
él, sino en un caso extremo, ató su caballo á un poste del corral, y se
aventuró por las estrechas escaleras que guiaban á la hospederia.
Llegó á lo alto de las escaleras y palpó: encontró al fin una puerta que
abrió con la llave que le habia entregado maese Pertiñez de parte de
Angélica.
Pero se encontró con una dificultad; el pasillo estaba oscuro, y apenas
penetraba en él un débil reflejo de los rayos de la luna á través de las
claravoyas del techo.
Aben-Aboo recordó que el aposento de Angélica estaba á la derecha, y en
la parte media del pasillo, cabalmente por aquella parte y en el mismo
costado daba un rayo de la luna.
Aben-Aboo adelantó con la esperanza de que tal vez aquel blanco rayo de
tibia luz le dejaria percibir algun número por el cual guiarse; se quitó
las espuelas para no hacer ruido, y adelantó recatadamente, hasta el
lugar iluminado por la luna.
Aquel lugar de la pared estaba sobre una puerta; Aben-Aboo sintió una
extraña conmocion al notar que en medio del espacio iluminado por la
luna se destacaba un negro y enorme el número 13.
¿Era aquello una casualidad ó que Dios ó el infierno le ayudaban?
Otro estremecimiento distinto agitó á Aben-Aboo al llamar á la puerta;
al fin era jóven y por mas que un jóven esté poseido de las mas
violentas pasiones, siempre siente un no sé qué poderoso que le domina
cuando en medio del misterio se acerca á una buena moza que le espera.
Porque Angélica debia esperarle.
Aben-Aboo notó que la puerta cedia bajo su mano sin ruido, lo que
demostraba que la puerta estaba preparada para esta clase de lances: el
jóven adelantó y se encontró en un espacio alfombrado, con gran asombro
suyo, porque no esperaba encontrar tal lujo en tal hostería.
Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo
adelantó guiado por él, atravesó otro aposento oscuro y se encontró al
fin en la misma habitacion en que Angélica habia recibido aquella mañana
á maese Pertiñez.
En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida,
reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi
descubierto, como por descuido, la luz de una bugía colocada en una
pequeña mesa junto á ella, estaba Angélica.
¿Dormia ó fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero
comprendió que aquella mujer que le esperaba á aquella hora, despierta ó
dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco.
Aben-Aboo no se atrevió á despertarla en el momento: tan hermosa estaba
dormida; por intencion ó pereza, no se habia quitado el traje que habia
usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el
magnífico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para
respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues,
anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mármol;
luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acercó
lentamente su semblante á aquel seno y le besó.
En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el cálculo, necesitaba
mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un
enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle.
Al sentir el ardiente beso del jóven, Angélica despertó y exaló un
ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente.
Luego, al reconocer al jóven se tranquilizó, se sonrió de una manera
tentadora, y tendió la mano á Aben-Aboo, cubriéndose con la otra el seno
con los encajes.
--¿Por qué estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por
lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo.
--Estaba adorando vuestra hermosura.
--¡Ah! ¿y vos cuando adorais besais?
--¡Ah, señora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza.
--¡Quién os ha enseñado á enamorar de ese modo?
--Vos.
--En poco tiempo hago yo maestros de amor.
--Vos le enseñais con una sola mirada.
--De modo que vos.....
--Yo os adoro.
--No lo creo.
--¿Por qué?
--Porque adorais á otra.
--¡Ah!
--Como yo adoro á otro.
--¡Oh!
--Pero vos necesitais vengaros.
--Si.
--Y yo tambien.
--Yo de la altivez de una mujer.
--Yo del desamor de un hombre.
--Somos, pues, amigos.
--Amigos de odio.
--¿Y no mas que amigos? dijo Aben-Aboo rodeando la cintura de Angélica.
--Ya veis que os dejo hacer...
--¿Quereis sin duda serviros de mí?
--Como vos de mí.
--¡Ah! yo me serviria de vos para ser feliz.
--Vos podeis hacerme feliz haciéndome vuestra.
--¿Hablais de veras?
--¿Pues nó?
--Oid, señora: á pesar de que creo, que cuando me habeis llamado, me
conoceis y comprendeis que puedo serviros de mucho, á pesar de que estoy
seguro de que ni me amais ni podeis amarme, vos podeis estar segura
tambien, de que á pesar de que amo á otra mujer, á pesar de que lucho
con mi suerte, podeis ser mi tentacion, la mano que me impulse... y á
mas de eso, la fuente donde beba el amor de que estoy sediento.
--¿De veras? ¿Hablais de veras?
--Entre una mujer como vos y un hombre como yo, no puede haber mentira.
Yo os comprendo como vos me habeis comprendido.
--¿Y qué habeis comprendido en mí?
--Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer.
--¡Ah! sí, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por
vengaros de un hombre.
--Yo os doy la mujer á quien amo.
--Y yo el hombre á quien adoro.
--A falta de ese hombre.
--Acepto vuestro amor.
--A falta de esa mujer, yo os doy mi alma.
--Oid, dijo Angélica levantándose de entre los brazos de Aben-Aboo, y
separándole de sí en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la
mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su
talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cómicas perdidas, que
abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de
oro. Bajo la comedianta está la mujer con todo su pudor, con toda su
dignidad: tras mi presente de cómica, hay un pasado noble y altivo,
aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he
perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he
perdido la honra, porque solo he pertenecido á un hombre á quien he
considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque
no puedo sufrir que ese hombre me engañe y me mienta amores cuando me
desprecia. El amor que sentia hácia el marqués, se ha convertido en
odio, en lo único que puede convertirse el amor, como un dia se
convertirá en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla,
esa sultana mora, esa doña Esperanza ó Amina...
--Se ha convertido ya.
--Os habeis arrastrado á sus pies y os ha despreciado...
--Si.
--¡Oh! pues debeis vengaros.
--Me vengaré, no sé cómo, pero me vengaré.
--¡Oh! ¡cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una
venganza horrible!
--Siento, señora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por
ser el arcángel de fuego de mi vida.
--¡Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: ¡qué hermoso estas pensando
en vuestra venganza!
En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que
solo puede suponerse en Satanás.
--Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo.
--Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando
nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos
nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro.
--¡Remordimientos!
--Sí; ¿qué culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya
reunido para amarse como se aman los ángeles? Nosotros deberiamos
respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin
embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que
no nos despedace: cometeremos un crímen: lo sé: marcho á él de frente,
sé que me espera el remordimiento, pero me vengaré, ó por mejor decir,
destruiré lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una
rabiosa sed de sangre.
No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque
lo mismo pensamos los dos, señora.
--Nuestro comun odio hácia esos dos, que sin nosotros serian tan
felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extraño...
--Que tal vez mañana...
--¿Quien sabe?
--Os juro no perdonar nada por vengaros.
--Yo os lo juro tambien.
--Os seré fiel como la espada á la mano.
--Y yo á vos como el veneno á la muerte.
--Somos, pues, el uno del otro.
--Como hermanos de venganza ahora.
--¡Y cuando se satisfaga esa venganza!
--Creo que para entonces os amaré..... os amaré como yo amo, con toda mi
alma.
--Para eso es preciso que no nos separemos.
He despedido esta noche á mi doncella para estar en libertad de obrar.
--¿Qué quereis decir?
--Que voy á seguiros ahora mismo.
--¿Y el señor Cisneros?
--¡Ah! ¡Cisneros! ¡pobre loco!
--¿Y el señor Salvador Godinez?
--¡Callad! dijo Angélica palideciendo: callad: cabalmente por temor á
ese hombre seria capaz de huir con Satanás.
--El cree que no le conoceis.
--¿Le conoceis vos?
--No, pero creo...
--Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado á
arrojarme á las tablas: cree que no le conozco. ¡Ah! á una mujer como á
mi no se la engaña mas que una vez.
--Pero, ¿quién es ese hombre? ¿por qué os causa tanto terror?
--Si me probais que no desconfiais de mí, yo no desconfiaré de vos.
¿Como os llamais?
--Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo.
--¡Ah! ¡no mentís cuando decis que sois mio! ¿Sois moro?
--Si.
--¿Vais á revelaros contra el rey?
--Si.
--¿Ansiais beber la sangre de Aben-Humeya?
--Si.
--¡Oh! he buscado el crímen, y el infierno no podia habérmele presentado
mas completo, mas terrible. ¿Matareis á Aben-Humeya, vuestro pariente?
--Aunque fuese mi hermano.
--¡Y si yo os dijese el nombre del asesino de vuestro padre!
--El nombre del asesino de mi padre...
--Vuestro padre murió de hambre despues de haber sido herido por los
monfíes en una cueva de las Alpujarras.
--¡Ah! y acaso el emir de los monfíes...
--Es el asesino de vuestro padre..... y no solo de vuestro padre, sino
de don Diego de Válor, padre de Aben-Humeya.
--¡Y aun no hace una hora, que el hipócrita, que el miserable me
abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lágrimas mi semblante!
Angélica se estremeció; su crímen era horrible; pero necesitaba
despedazar el corazon de Amina, y siguió marchando de frente al crímen.
--¡La prueba! ¡la prueba de lo que acabais de revelarme, señora!
--Si, os la daré clara y terminante: pero si hemos de llevar á cabo
nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos,
es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los
momentos. ¿No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta á
todo?
--¡Huir! ¡huir conmigo, esta misma noche!
--¿Os falta dinero?
--Tengo unos cien doblones.
--Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la
fuga.
--¿Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar
por la falda de la Sierra?...
--¿Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon?
--Luego... un viaje de algunas leguas á caballo...
--Pero vuestro caballo es fuerte...
--¡Oh! ¡sí!
--¿Para llevarnos, y á mas mis joyas y mi dinero?
--Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo.
--¡Oh! pues entonces, esperad.
Angélica, tomó la luz, dejando á oscuras á Aben-Aboo, y desapareció tras
una puerta de cristales.
No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece
que hay mas bien allí donde hay mas luz. Durante el breve espacio que
Angélica tardó en volver, Aben-Aboo acabó de convertirse en un demonio,
sintió hácia Angélica un amor satánico, enteramente distinto del amor
que le habia inspirado Amina: ardió su sangre al recuerdo de su
hermosura; se inflamó su alma en un fuego sombrío al medir la
profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo
se vendió enteramente al diablo.
Angélica volvió enteramente vestida de negro, y envuelta en un largo
manto, tomó el cofrecillo de sus joyas, puso en él las que tenia puestas
cuando llegó Aben-Aboo, cerró el cofrecillo y le entregó al jóven que le
puso debajo del brazo. Luego se asió al otro brazo de Aben-Aboo, y apagó
la luz.
--Me habeis dicho vuestro nombre y vuestros intentos, dijo Angélica en
medio de las tinieblas, con un acento tal, que erizó los cabellos del
supersticioso Aben-Aboo. Voy á deciros el mio y mis intenciones.
Pertenezco á la familia mas ilustre de Venecia, y en la córte de las
Españas todos conocen mi nombre. Permitidme que os diga antes mis
intenciones. Quiero gozar con vos, un placer del infierno, quiero
quemaros y quemarme en ese amor; quiero morir en medio de un torbellino
de fuego levantado sobre mi venganza satisfecha. Os he llamado, y habeis
respondido á mi llamamiento. Sois mio, enteramente mio en cuerpo y en
alma, como en cuerpo y en alma soy toda vuestra.
Y tras estas palabras, resonó, entre las tinieblas, un doble beso,
ardiente, terrible, por el que parecian haberse exhalado dos almas
condenadas.
--Ahora, dijo la comedianta, sabed mi nombre: me llamo la princesa
Angiolina Visconti.