CAPITULO X.

En que se trata de lo que pasó entre la sultana Amina y Aben-Aboo.

El joven permaneció algun tiempo observando la casa y la taberna

contigua.

La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna

brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en

que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon salió,

y se cerró la puerta. La calle quedó ya completamente silenciosa.

Aben-Aboo esperó algun tiempo, pero nadie apareció, á pesar de que segun

las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar á

acudir á las diez. Entonces recordó Aben-Aboo que á la casa del Hardon

podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian

fuera de la ciudad.

--¡Oh! exclamó: los que han de elegir rey á don Fernando entraran por

las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqués:

aunque me estuviese aquí toda la noche nada descubriria... y luego...

luego quién sabe por qué se ha dado ese brebaje al marqués. Acaso he

supuesto lo que no existe: acaso mis zelos... tenia razon ese hombre...

no se puede ver á Amina una vez sin amarla... el amor que me ha

inspirado ha crecido con los zelos que el marqués me ha hecho sentir...

y acaso me engañe... porque si ella amara al marqués ¿á qué haberse

estado recatando de él durante dos años? pero sin embargo, la carta que

le citaba esta noche á la taberna... pero á mi me ha citado tambien y de

una manera mas directa, por el postigo... yo puedo saber si la sultana,

esa sultana que ha estado á mi lado sonriéndome horas enteras, es la

Dama blanca... y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca

hace mucho tiempo... yo me he puesto á su paso en la montaña... tal vez

solo ha tenido con el marqués una aventura galante... y sobre todo yo

debo apurar hasta donde pueda este misterio... yo debo acudir á la cita

de doña Inés.

Y saliendo del soportal rodeó su propia casa como quien bien la conocia,

y se dirigió sin vacilar al postigo.

Detúvose un momento en él á fin de dominarse, y cuando lo hubo

conseguido, cuando juzgó que en su semblante no quedaba el menor

vestigio de la reciente tormenta, llamó recatadamente al postigo.

Inmediatamente aquel postigo se abrió, y Aben-Aboo lanzó un grito de

sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida

de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro.

--¡La Dama de la montaña! exclamó.

--Seguidme, dijo la joven.

Aben-Aboo la siguió con el corazon palpitante: atravesó el huerto tras

ella, y tras ella atravesó un corredor oscuro, subió unas escaleras, y

se encontró en un precioso retrete alumbrado por dos bugías de cera que

habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino

enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoció con terror: era la suya, la

que le habia arrebatado en la taberna el monfí.

La jóven cerró la puerta, se quitó el antifaz y apareció el semblante

pálido y severo de Amina.

--¿Qué habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave.

--¿Me preguntais lo que he pensado ó lo que pienso? dijo con audacia

Aben-Aboo.

--Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora.

--He pensado delirios, prima.

--¡Delirios!

--Si; he pensado que Dios se compadecia de mí y me daba con vos la

felicidad.

--¿Y qué motivos habeis tenido para pensar que yo?...

--Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo.

--¡Extraño amor!

--Os he visto en la montaña...

--Creo que ya os costó un lance desagradable vuestra obstinacion en

seguirme.

--Con que confesais...

--Lo confieso todo... todo lo que querais que confiese... que soy la

Dama blanca de la montaña, la sultana Amina, la amante del marqués de la

Guardia...

Amina pronunció estas palabras con una indiferencia despreciativa.

--¡Oh! exclamó con rabia Aben-Aboo, ¿sabeis que os amo, que os he

buscado con una tenacidad incansable, y os atreveis á decirme que amais

á otro?

--Sino vinierais de donde venís, sino hubierais querido hacer lo que no

habeis podido, yo os hubiera dicho: soy vuestra prima Amina, la que

habeis seguido á la montaña con peligro de vuestra vida; en el tiempo

que hoy hemos estado juntos he comprendido que me amais: yo no puedo

pagar vuestro amor, porque no me pertenezco, porque mi corazon y mi vida

son de otro á quíen conocí antes que á vos; pero ahora despues de lo que

he hecho, despues de lo que habeis dicho, me limito á deciros: tomad

vuestra daga, infante Aben-Aboo, y dedicadla á mas noble uso que á

asesinar hombres dormidos.

--¿Sabeis señora que ese hombre se jactaba de una manera insolente de

que le amabais?

--Puede jactarse de ello: ademas creia hablar con un amigo.

--¿Habeis olvidado señora que ese hombre desprecia vuestros dones

vendiéndolos?

--Creia hacer un servicio á un amigo.

--¿Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqués de

la Guardia?...

--Es mí esposo, y debo respetarle... es mas, creo que solo peca de

imprudente, de enamorado.

--¿Que es vuestro esposo, exclamó asombrado Aben-Aboo?

--Tomad ese pergamino y comprended por qué os llamo infante, por qué

llamo mi esposo al marqués de la Guardia.

Y entregó á Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y

que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas

entre el emir de los Monfíes y Aben-Humeya.

--¡Teneis una hija! exclamó ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido

el pergamino; ¡Aben-Humeya tiene un hijo!...

--¡Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la

ambicion hiciese á los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis,

Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera

traicion será la señal de vuestro castigo.

--¿Para qué me habeis llamado aquí, señora?

--Mi padre os conoce, Aben-Aboo, y lo ha temido todo de vos, en los

momentos en que los moriscos de Granada elijen por su señor á

Aben-Humeya: procuró distraeros, os llamó á su casa con un pretexto, os

retuvo á nuestro lado, y yo procuré haceros olvidar vuestra ambicion por

el amor. Creyéndoos enamorado os cité para apartaros acaso de vuestra

ruina, no para alentar un amor que era imposible. Pero vos habeis obrado

de tal modo, que me obligais á ser con vos todo lo severa que puede ser

una persona que aborrece el crímen.

--Pues os anuncio que vos sereis la causa de muchos crímenes.

--¡Yo!

--Si, vos. Primero he codiciado la corona de Granada, y me la habeis

robado; despues os he codiciado á vos y os he perdido.

--¿Y qué derecho teneis á esa corona, qué derecho á mi amor?

--Mi voluntad.

--Vuestra voluntad os llevará á vuestra ruina. Haced lo que mejor os

plazca, sed en buen hora mi enemigo. Ni os temo ni os desprecio.

Procuraré burlar la venganza que sin duda meditais contra mi padre y

contra mí. Pero os aconsejo una cosa. Recatad mucho vuestra venganza, y

sobre todo no hableis con mi padre como habeis hablado conmigo. Mi padre

nada sabe. Yo debia avisarle para que se precaviese de vos, pero sobre

ser vos casi impotente, espero que cuando salgais del estado de delirio

en que os encontrais, reflexionareis, comprendereis que en vez de odio

nos debeis agradecimiento, y sereis nuestro buen pariente. Si ese

momento llega, yo os tenderé mi mano, os perdonaré el mal que habeis

querido hacerme, y seré vuestra hermana. Ahora salid, porque todo lo que

teniamos que hablar lo hemos hablado ya.

--Adios señora, adios, dijo Aben-Aboo, con acento sombrio, adios, y no

os olvideis de mi.

--A pesar de vuestras amenazas, os aconsejo que nada intenteis esta

noche contra Aben-Humeya, por mas que tengais algunos parciales, ni

dejeis de ver á mi padre. No deis un paso hácia adelante, sino estais

seguro de que no habeis de arrepentiros, porque os lo repito, creo que

mas que criminal sois loco.

La triste dulzura con que Amina pronunció estas palabras alentó á

Aben-Aboo que volvió desde la puerta y se arrojó á los piés de Amina.

--¡Oh! tened compasion de mí, le dijo: teneis razon, yo no he pensado en

el crímen hasta que he visto defraudadas todas mis esperanzas... pero

amadme, señora, amadme, porque yo antes de ver vuestro semblante os

amaba, me habia fingido en vos la hermosura de un arcángel, y al veros

he visto que habia soñado poco, que sois mas hermosa, mas noble que lo

que soñó mi deseo: amadme, y sea en buen hora Aben-Humeya rey de

Granada: si vos sois mia, seré mas feliz que mandando sobre todos los

imperios del mundo.

--¡Yo os amo! dijo Amina con una dulcísima voz de consuelo.

--¡Oh! ¡que me amais! ¿luego vuestro amor al marqués de la Guardia es

mentira?

--Y es mentira tambien mi hija Kinza.

--¡Ah!

--¿Y habeis podido creer que habria sido madre sino por el amor de un

hombre que hubiera llenado enteramente mi alma?

--¡Oh! y entonces... entonces... ¿cómo me amais?

--Levantad y oid: yo os amo porque una voz íntima de mi corazon me dice

que os ame; pero os amo de una manera tranquila; como creo que se debe

amar á los hermanos; el solo pensamiento de otro amor hácia vos, me

horroriza, me repugna... ese amor no puede ser entre nosotros: mi

corazon le rechazaria, aunque no amase á otro hombre.

--Pues adios, señora... adios, dijo Aben-Aboo levantándose con el

semblante teñido de una palidez letal... ya que no puede haber entre

nosotros amor, habrá odio... no podeis amarme... yo os juro que me

aborrecereis.

Y Aben-Aboo que conocia las entradas y salidas de la casa como quien era

su dueño, salió frenético, dejando sola y aterrada á Amina, que

comprendia bien lo temible que era Aben-Aboo.

Por algun tiempo, este vagó á la ventura por calles y callejas; sin

direccion fija, calenturiento, entregado á pensamientos, ó por mejor

decir, á intenciones de venganza á cual mas horribles: la venganza, ese

monstruo del corazon humano, no habia tomado para él formas, pero se

revolvia fermentando y rugiendo en su alma.

Asi anduvo una hora: al cabo de ella, el frio que era intenso,

contrapesó el ardor febril de su sangre, volvió á su pensamiento la

reflexion y se rehizo. Entonces no renunció á su venganza, sino que se

resignó á esperar que esta se le presentase en todo su esplendor,

justificada, traida por los acontecimientos; comprendió que debia ser

prudente, que cuanto mas encubriese su odio mas seguro seria su efecto,

y á paso lento tomó el camino de la calle de San Miguel; cuando llegó á

ella notó que estaba tan silenciosa y desierta como cuando la habia

abandonado, y que no se veia el reflejo de una sola luz ni se escuchaba

el mas leve rumor en la casa del Hardon.

--Habrán venido por las minas y estaran en los subterráneos, dijo

suspirando, y se encaminó á la puerta principal de su casa.

Abrióle un criado que le indicó que su señor le esperaba y le condujo á

su habitacion.

Yaye estaba sentado junto á una mesa, tenia quitada la venda y se le

veia en el lado izquierdo de su frente una profunda cicatriz redonda.

Aben-Aboo, ya enteramente dominado adelantó y dobló una rodilla ante el

emir besando una de sus manos.

--¿Qué haces, hijo mio, le dijo conmovido Yaye?

--Os rindo el homenaje que os hubiera rendido desde el primer momento,

señor, si hubiera sabido quien erais.

Yaye le atrajó á sí y le besó conmovido en la frente: Aben-Aboo notó que

una lágrima del emir habia caido sobre sus mejillas.

Esto que hubiese conmovido á otro, irritó á Aben-Aboo.

--¿Has visto á tu prima? le dijo Yaye haciéndole sentar á su lado.

--Si señor.

--He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido

revelar hasta este momento: queria retenerte junto á mí para que no

hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este

momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo,

que tu tio y tu señor hablase contigo. Ya sé que has pensado en un

puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble

lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama á su patria. Ha

llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas

tiempo. Aben-Humeya cumplirá con su deber como rey de Granada y tú como

infante le ayudarás: yo os ayudaré á entrambos. No quiero ocultártelo;

la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division

entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos á nuestros pobres

hermanos, ya harto oprimidos, á la esclavitud, á la muerte, á la

deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en tí ambicion, espera y

no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona será

la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros

abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del

poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo,

sobraran coronas en los reinos que reconquistemos.

--Solo os pido una gracia, señor, dijo hipócritamente el jóven.

--¿Cual?

--No separarme de vos, pelear á vuestro lado, llevar en el combate

vuestra bandera.

--En lugar estarás, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora

escúchame, es necesario que partas al momento á las Alpujarras.

--Eso mismo pensaba deciros, señor.

--Yo partiré mañana. Toma: esta carta mia te abrirá paso entre los

monfíes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cádiar,

añadió conmovido el emir.

--Si señor.

--Tu madre estará inquieta.

--Mi madre me ama en extremo, señor.

--Pues bien: dí á tu madre que nada tema, que el emir de los monfíes te

protege. Esto la tranquilizará.

--Muy bien, señor.

--Toma, añadió Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta

bolsa de oro: sé infante de Granada.

--¡Ah! ¡cuántas bondades, señor!

--Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar

los cristianos hasta el dia del alzamiento.

--Adios, señor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la

influencia que ejercia sobre él el emir.

--¿Y no te despides de mi hija? dijo el emir señalando á Amina que habia

aparecido en una puerta.

--¡Ah, señora, adios! dijo Aben-Aboo dirigiéndose á ella.

--Sed feliz..... y seguid mis consejos, le dijo Amina.

--¡Ah! no los olvidaré, señora.

Aben Aboo salió, y poco despues se sintió abrir la puerta exterior y las

pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el

silencio.

--¡Ah! exclamó Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios

que con ese hombre no nos preceda á las Alpujarras la desgracia.

Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 77 / 168 题