CAPITULO IX.

De cómo por el amor se olvida la amistad.

Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doña Inés y Aben-Aboo

á su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en

la cámara de recibo, doña Inés se inclinó graciosamente hácia Aben-Aboo

y le dijo:

--Os suplico, señor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi

padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre.

Adios.

Y sonriendo al jóven de un modo que le hizo palidecer de emocion, salió.

A su vez Aben-Aboo se inclinó tambien cortesmente ante don Alonso:

--Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.

--¿Teneis alguna aventura, señor Diego Lopez? dijo don Alonso con un

acento de interés y de autoridad que maravilló á Aben-Aboo.

--¡Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver á mi amigo.

--¿A vuestro amigo...?

--Creo haberos dicho que era mi amigo el marqués de la Guardia.

--¿Estais citado con él?

--No, pero le buscaré.

--No andeis mucho por Granada esta noche; creedme á mí que soy vuestro

amigo: podreis tener malos encuentros.

--¡Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompañado con mi espada.

--Sé que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener,

son de aquellos en que nada vale una espada.

--No os comprendo.

--¿No sois morisco?

--Si por cierto.

--Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por

la justicia.

--¡Ah! ¿y quién os ha dicho?

--Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta mañana

en el Ayuntamiento con don Fernando de Válor.

--Don Fernando es un imprudente.

--Paréceme que amais poco á vuestro primo.

--Mi primo es enemigo mio.

--¡Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.

--Vos no conoceis á don Fernando; él me provoca.

--Perdonad, señor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio,

no os detengo ahora: id á ver á vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo

suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos

obligueis á hacer un esfuerzo para salvaros. ¿Cuándo volvereis de ver á

vuestro amigo?

--¿Quién sabe? porque el tal marqués es un loco de atar, y estando á su

lado, no hay medio de ser mas cuerdo que él. Pero no quiero pasar esta

noche fuera de la casa.

--Bien; á cualquier hora que vengais os estará esperando un criado que

os llevará á mi aposento.

--¿Tan importante es lo que teneis que decirme...?

--¡Oh! ¡mucho! con que id con Dios, y sed prudente.

Aben-Aboo salió lleno de confusiones; no sabia qué pensar de aquella

familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular,

y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doña Inés habia causado

en él una sensación profundísima: su hermosura le habia hecho concebir

deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia

estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia

saturado del tentador perfume que emanaba de la jóven: por otra parte

habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas

singularidades venian á anudarse en un solo punto: en la comedianta

Angélica.

[imagen: Sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la

suya.]

Segun la conversacion que habia oido en la hostería entre Andrés

Cisneros y el misterioso Godinez, Angélica estaba zelosa de una mujer á

quien amaba el marqués de la Guardia; aquella mujer á quien aborrecia

Angélica era hija del emir de los monfíes: era Amina: Angélica habia

entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doña

Inés, y la habia insultado, porque Aben-Aboo á pesar de las protestas

que de haberse equivocado habia hecho la cómica, habia notado que

aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doña Inés no era otra que

la hermosísima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la

montaña; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun

tiempo, é iba en busca del marqués de la Guardia, ansioso de esclarecer

cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente

algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas.

Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que

hemos hablado, cuando se abrió silenciosamente una puerta, y sintió un

ceceo: detúvose, y el ceceo se repitió; entonces Aben-Aboo se dirigió á

donde sonaba, y á través de una puerta oscura una mano de mujer le dió

un papel y cerró.

Estremecióse de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que

de doña Inés, de doña Inés que le habia sonreido durante la comedia; de

doña Inés que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doña

Inés aquella carta, doña Inés no era Amina, se habia verdaderamente

equivocado Angélica, sus disculpas no eran fingidas; él se habia

engañado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de

aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doña Inés, porque le

citaba, porque una mujer no cita á un hombre jóven mas que para asuntos

amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqués de la

Guardia.

Aben-Aboo se precipitó por las escaleras, ansioso de salir de aquella

casa, é ir á otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de

recibir: al bajar por las escaleras se acordó de que en la misma calle

de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.

Atravesó el zaguan, salió, tomó la calle á la izquierda, y se metió por

una puerta inmediata. Muy pronto se encontró en una sala baja, en la

cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban á un patio. Al

fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de

fisonomía ruda, y enérgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y

bebian sentados en derredor de las mesas.

[imagen: Aben-Aboo.]

Aben-Aboo se dirigió resueltamente al mostrador: al verle el que estaba

al despacho, se puso de pié y clavó en el jóven una profunda mirada.

--¿En qué puedo servir á vuesamerced, caballero? dijo llevándose

respetuosamente la mano á la gorra.

--¿Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo.

--¡Oh! si señor, y bien abrigado; seguidme si gustais.

Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo

de detrás del mostrador, atravesó la taberna, y seguido de Aben-Aboo,

abrió una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se

encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas

sillas y un barreño con fuego.

El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarándose á Aben-Aboo.

--¿Necesitais algo mas?

--Si, necesito que me contesteis á una pregunta. ¿No sois el tabernero

que estaba aquí hace seis meses?

--Ya veis que no, respondió con un severo laconismo el preguntado.

--¿Y qué se ha hecho del otro?

--Toméle la taberna, se fué é ignoro su paradero.

--¿Pero esta taberna no es la del Hardon?

Miró con doble profundidad el tabernero á Aben-Aboo.

--El Hardon, ó Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo

en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es

suya y vive en ella.

--¿Cómo os llamais?

--Roque Garcia, para serviros.

--¿Sois morisco como el Hardon?

--Algo de morisco tengo.

--Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo.

--Pues no os conozco.

Mortificó un tanto esta respuesta al jóven que continuó.

--¿Pero conoceis al marqués de la Guardia?

--Tampoco conozco á ese caballero.

--Es un jóven como de veinte y tres años, muy galan, muy valiente, muy

bebedor y gran jugador de dados.

--Solo conozco de esas señas á un capitan de infantería, que se llama

don Juan Coloma.

Acordóse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su título á causa

de su pobreza.

--Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. ¿Y viene con mucha

frecuencia á vuestra casa ese caballero?

--¡Oh! si señor, y ahora mas que nunca.

--¿Y por qué mas ahora que antes?

--Porque anda enamorado en la vecindad.

--¡Ola! ¿y de quién está enamorado?

--De una dama que vive en la casa grande inmediata.

--¿Y conoceis á esa dama?

Fijó otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo.

--Sábese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico,

pero en cuanto á su hija nadie puede jactarse de haberla visto el

rostro.

--De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir...

--Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ahí: en nombrando al

ruin de Roma... me parece que le oigo gritar llamándome.

En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces.

--Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aquí

hay un conocido suyo que le espera.

El tabernero desapareció por las escaleras.

Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo leyó el papel que le habian dado

en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto:

«Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os

doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id á las ánimas,

por el postigo de vuestra casa; yo os abriré. Doña Inés.»

Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sacó de la

escarcela el que le habia dado con una llave Pertiñez de parte de la

comedianta Angélica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia

así:

«Si sois tan cortés como bizarro, venid esta noche á las doce á la

hosteria del carbon: cuando llegueis á lo alto de las escaleras abrid

con la llave que os entregará maese Pertiñez la puerta, y adelantad por

el corredor: mi aposento es el número 13. Yo os estaré esperando.

Angélica.»

Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos

billetes, porque el marqués de la Guardia se le echó encima.

Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y

pendiente de la pretina un broquel cincelado.

--¡Ah! gracias á Dios que os hallo, exclamó; no sabia donde podria

hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche... mi alma, porque no

tengo otra cosa que daros.

--¿Y para qué me buscabais con tanto interés, don Juan?

--¡Qué diablos! necesito explicarme con vos.

--¿Explicaros conmigo?

--Si por cierto, me habeis dado zelos.

--¿Zelos yo?

--Habeis acompañado esta tarde á una mujer á quien amo, á quien adoro,

por la que estoy loco.

--¿La que vive en mi casa?

--¿Cómo en vuestra casa?

--Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo

alquilada á don Alonso de Fuensalida.

--¡Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro á esa dama.

--Sin duda.

--¿Y es hermosa?

--Permitidme que extrañe, marqués, que me hagais una pregunta tal acerca

de una mujer de quien os confesais enamorado.

--¡Ah! no lo extrañeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no

la he visto en mi vida.

--¡Ah! ¿creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?

--No he amado á otra que á ella.

--Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermosísima

mujer.

--¡Ah! de la princesa.

--No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.

--¡Ah! sí, de la comedianta Angélica: tanto da.

--Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin

ello es que pasais por su amante.

--Yo amo á esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera esté esa

comedianta, estará la dama á quien amo. No sé por qué tengo esa

seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.

--Os confieso que no os comprendo.

--Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna

razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del

corazon, que me grita: donde está la una está la otra.

--Pero ¿qué razones teneis para creer que doña Inés sea la mujer á quien

amais?

--Os diré: hace algunos meses, yo, que habia dejado la córte siguiendo á

la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine á Granada: en

Granada su padre fue mas astuto que yo y perdí su rastro de todo punto.

--¡Ah!

--Estaba ya desesperado, cuando una mañana, hace seis meses, al entrar á

oir misa en la iglesia de san Miguel, ví salir una dama enteramente

envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pié,

y sin embargo me pareció reconocerla, me pareció que era ella... mi

alma, á la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de

improviso ante sí, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo

creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido

una vivísima alegría: la seguí, y ví que se entró en esa casa de al

lado, en la vuestra, señor Diego Lopez. Empecé á rondar pero

inútilmente. Jamás se abrió un balcon ni una reja; pregunté á la

servidumbre, pero la encontré muda, incorruptible. Vine todas las

mañanas á la iglesia de san Miguel, y siempre la ví á la misma hora,

pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompañada de una dueña tan

encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagué cuanto pude, y solo

saqué en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de

Fuensalida, que guardaba mucho á su hija y que nadie la habia visto el

rostro. Añadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto.

--Y decidme: ¿habeis visto á esa dama todos los dias en misa?

--No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias.

--Tambien, dijo para sí Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias

seguidos la Dama blanca á sus paseos por la montaña.

--Acontecióme por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi

posada, entró mi lacayo una mañana, y me entregó una caja que habian

dejado para mi. Abrí la caja y encontré... ¿qué diréis que encontré?

--¿Quién sabe?

--Pues encontré tres cortes de brocado de los cuales es uno el que

teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de

oro.

--¿Decís que encontrásteis dentro de la caja el córte del justillo que

llevo puesto?

--Si por cierto, y á no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por

nada del mundo ese justillo.

Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empezó á

esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendió por qué doña Inés

le habia hecho preguntas, basta cierto punto extrañas é inconvenientes,

acerca de la procedencia del brocado que vestia.

--Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero

continuad.

--Para obligarme á admitir aquel regalo venia dentro de la caja un

billete que contenia las siguientes palabras:

«Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.»

--Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.

--¿Y quién podía ser esa dama mas que la mujer á quien adoro? ¿Cómo pudo

conmoverme la vista de dona Inés encubierta sino era el amor que busco?

Don Juan inclinó la cabeza sobre el pecho como para ocultar su

conmocion.

--Pero vos habeis visto á esa doña Inés, exclamó de repente el marqués

levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos

me direis si es hermosa ó fea, porque si es fea, no es ella, y me

interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que

no he visto á mi encubierta, he recibido esta brevísima carta.

Y el marqués sacó de su escarcela un papel que entregó á Aben-Aboo.

Este al abrirle palideció: estaba escrito, al parecer, por la misma mano

que el billete de doña Inés que le habian entregado poco antes. Aquella

carta decia:

«La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en

la taberna próxima y me conocereis.--Quien bien os ama.

--Yo no puedo aseguraros, dijo el marqués, si esta carta esta escrita

por la misma mano que escribió la que acompañaba el regalo que me hizo

una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla

se me extravió. Lo que sé deciros es que estoy loco; que la cabeza se me

arde; que vine esta tarde á saludarla, frenético de alegría, aunque solo

pudiese enviarla mi saludo á través de las paredes, cuando os ví salir

con ella y con su padre, á quien creí reconocer, á quien creí haber

hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extraño que

si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la

verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me

alegré porque me dije: el señor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede

contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablará con franqueza. ¿Amais

á esa mujer?

--Hoy es el primer dia que la he visto.

--¡Ah! no importa; si es ella, con sola una vez que la hallais visto os

habreis enamorado de ella para no olvidarla jamás.

--Eso piensan todos los que aman como vos, de los que conocen á su

amante.

--¿No la amais, pues?

--No marqués, no, porque amo á otra; á una mujer que es vuestra querida:

á la comedianta Angélica.

--¡Oh! amadla cuanto querais: yo mismo os llevaré de noche, tarde, á la

puerta de su aposento. Llamaré y en vez de entrar yo entrareis vos. Pero

decidme: ¿esa doña Inés es hermosa?

--No puede ser la que vos sospechais, marqués, es imposible, dijo

Aben-Aboo, empezando á tender un lazo traidor al confiado don Juan, lo

que demuestra que no hay amistad que no pueda romper una mujer.

--¡Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqués; contestadme: ¿es

hermosa?

--Hermosísima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay

en doña Inés mas juventud y mas pureza.

--¡Es jóven! exclamó el marqués que alentaba apenas.

--Como de veintiun años.

--¡Ah! ¡Dios mio! ¿Morena?

--Moreno límpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos

negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios

muy rojos, y la sonrisa de ángel, pero triste y apasionada.

--¡Oh! ¡es ella! añadió levantándose fuera de si el marqués: la esposa

de mi alma, mi Esperanza.

--¿Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia.

--Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqués sentándose y apoyando

la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera

hablado con ella.

--No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos

llamais Esperanza y que yo llamo doña Inés, no puede ser vuestra esposa

ni vuestra amante, porque... en fin, no puede ser.

--No, no me engaño: es ella; ni me he engañado nunca; me lo dijo el

corazon desde el momento en que la vi.

--Os digo que no puede ser, insistió Aben-Aboo: para probároslo necesito

revelaros un secreto.

--¿Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo?

Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresuró á contestar:

--Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy á deciros el

verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues é id á buscar con mas

fruto vuestra perdida Esperanza, á quien tanto amais. Esa dama tan

encubierta es una mora.

--¡Y bien! dijo el marqués con fijeza.

--Esa mora es sultana.

--Y esa sultana, insistió el marqués, es mi esposa ante Dios y mi

conciencia.

--Pero... ¿sabeis la que decís...? tartamudeó Aben-Aboo.

--Esa dama á quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfíes

de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno.

Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se

sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion

del marqués; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles,

salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas

furiosas oleadas de su alma salió á su semblante.

Entonces un pensamiento siniestro cruzó por su alma: sintió ansia mortal

contra el marqués, pensó en embriagarle y en asesinarle cuando lo

hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion

mortífera de que mas tarde se sirvió en la rebelion de las Alpujarras,

revistió su semblante de la mas engañadora alegría, y tendiendo la mano

al marqués exclamó:

--¡Oh! ¡pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque

amando vos á la sultana Amina, como la amais, ¡sois de los nuestros!

--Soy enteramente de ella. Ya sé que sois morisco, señor Diego Lopez,

dijo con altivez el marqués, y que sois de los mas ilustres. Pues bien:

si mañana me dice Esperanza... ó Amina, como querais; «¡Defiende mi

corona!» seria traidor á Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero

empuñaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria

al combate.

--¡Que nos llevariais al combate! exclamó Aben-Aboo, cuya alma acabó de

ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona

que ese amor puede ceñir á vuestra cabeza: ¡oh, don Juan! permitid

tambien que dé rienda á la locura de mi alegría y que os abrace: ¿con

que al fin todos somos unos? ¿todos hermanos?

Y Aben-Aboo se arrojó en los brazos del marqués que le estrechó en ellos

con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no

sospecha, no desciende á las miserias del mundo.

--Pero Esperanza no me sujetará á tal prueba, dijo el marqués sentándose

de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella,

pero no me pedirá el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando

ví á su padre: un dia que fuí á pedírsela, en Madrid el año pasado, me

dijo estas palabras que no he podido olvidar: «Mi hija solo se casará

con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey.»

El alma de Aben-Aboo se decidió al crimen; sin embargo dijo con un

acento natural y amigable:

--¡Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis.

--¡Dios me libre de ambicionar tal cosa!

--Pero decidme don Juan, ¿si habeis hablado una vez al emir cómo no le

habeis reconocido al verle en Granada?

--Ya os dije que solo tenia de ese caballero un recuerdo muy confuso,

como que hace muy cerca de dos años que le hablé y eso solo una vez y en

una ocasion en que estaba muy turbado.

--Lo comprendo, dijo Aben-Aboo: y recayendo en su traidor pensamiento de

embriagar al marqués para matarle sin ruido añadió: pero lo que no

comprendo bien, es que vos, que sois tan bebedor...

--¡Ah! es verdad: es necesario que brindemos juntos por mi felicidad.

--No: bebed vos solo: ya sabeis que soy morisco: sabed ademas que solo

soy cristiano en el nombre, y que el Koran me veda el vino y las bebidas

espirituosas.

--Sea como vos querais; pero en cuanto á mí necesito templar bebiendo y

cantando mi alegría. ¡Ola, Roque! ¡Roque de Satanás! mis dos botellas,

añadió levantándose y asomando la cabeza á la puerta de la escalera.

Apareció á poco Roque, con dos botellas y un vaso; estaba pálido de una

manera notable, y miró de un modo singular al marqués.

Después salió.

El marqués se entregó á una alegría que podremos llamar lúgubre, en la

que habia mucho de locura, mucho de sufrimiento; habia encontrado, al

fin, á Esperanza, á la que habia buscado largo tiempo en vano, y un

presentimiento oscuro, de que no se apercibia, daba á su contento el

aspecto lúgubre y aterrador de que hemos hablado. Bebia á grandes

tragos, y con una frecuencia tal, como si hubiera querido ahogar en vino

lo que de una manera incomprensible, comprimia su alma.

Pero cantaba, rasgueaba la guitarra, bebia y abrumaba á preguntas sobre

Amina á Aben-Aboo, que le contemplaba con ansiedad, esperando ver los

primeros síntomas de la embriaguez.

Ya habia despachado el marqués una botella, y ni el mas ligero asomo de

embriaguez habia aparecido en su semblante.

Destapó la segunda, llenó el vaso y le apuró de un trago.

--¿A qué sabe este vino? dijo: ese Roque se descuida: este vino sabe á

húmedo.

--¡Bah! os habreis engañado tal vez, dijo Aben-Aboo.

--¿Qué es engañarme? dijo el marqués, llenando de nuevo el vaso y

apurándole hasta la mitad. Este vino está echado á perder. ¡Eh! ¡Roque!

¡Roque!

Pero Roque no podia oirle, porque la voz del marqués se habia hecho

ronca; ademas se iba poniendo densamente pálido; Aben-Aboo sin saber qué

pensar de aquello, miraba al marqués con asombro.

--¡Oh! ¿qué es esto? añadió don Juan, llevándose las manos á la frente:

la casa se me anda alrededor. ¡Ah! ¿qué... es... esto?

Y como al impulso de una sospecha terrible, se levantó, dió un grito, y

cayó de nuevo, pálido como un cadáver sobre la silla.

--¡Oh! ¿le habrán envenenado...? exclamó con terror y con alegria al

mismo tiempo Aben-Aboo. Tal vez le mate el amor de Amina. Le han citado

á esta taberna... acaso el emir se deshace de una manera tan buena como

cualquiera otra, de un amante de su hija, de un amante peligroso...

Y siguió contemplando al marqués que pugnaba en vano por hablar y por

levantarse. Sus ojos se cargaban; su semblante palidecia mas y mas, y al

fin, su cabeza cayó inerte sobre la mesa.

--¡Oh! esto está concluido, dijo con una feroz alegria Aben-Aboo: el

amor de Amina le ha costado la vida.

Aben-Aboo, se levantó, se acercó á él, tomó la luz, levantó la cabeza

del jóven y la examinó atentamente: entonces notó con rabia, que el

marqués no estaba muerto, sino dormido: respiraba con facilidad, y la

palidez habia desaparecido. Aben-Aboo puso la mano sobre el pecho de don

Juan, y notó que su corazon latia naturalmente.

--¡Oh! no era un veneno, exclamó; sin duda se le ha adormecido con la

intencion de conducirle misteriosamente, sin que pueda darse cuenta del

lugar, á los brazos de Amina.

Y la sombría mirada de Aben-Aboo, y la letal palidez que cubrió

instantáneamente su semblante, demostraron que luchaba con un horrible

pensamiento.

--Y bien, dijo; estoy solo con él; le tengo en mis manos; no puede haber

lucha ni gritos; aquí hay un misterio que no comprendo, y en el cual

está envuelta Amina; y luego... este hombre es peligroso; el emir ama

demasiado á su hija; el marqués ha dicho, si, lo recuerdo bien, que

cuando le pidió la mano de Amina, le dijo que era necesario que fuese

rey... que podria ser rey. ¡Oh! ¡y el marqués es valiente! ¡el emir

poderoso! Dios me entrega este hombre para que impida con su muerte una

traicion que nos perderia.

Aben-Aboo salió; fué á la puerta de la escalera, escuchó, miró al oscuro

fondo de una manera insensata, y luego, despues de un momento de

vacilacion, en que pasaron por su rostro las mas horribles expresiones,

se arrancó la daga de la cintura, y se arrojó sobre el marqués.

Pero cuando creia asegurado el golpe, cuando iba á descargarle sobre el

corazon de don Juan, sintió que una mano, formidable por su fuerza,

detenia la suya y le arrancaba la daga.

Volvióse rugiente de cólera, y vió ante sí á Roque.

--Los que quieren ser reyes, dijo profundamente, no deben ser asesinos.

--¡Ah, traidor! exclamó Aben-Aboo: tú sirves al emir de los monfíes.

--Y bien, ¿qué? contestó el tabernero, con una calma glacial.

--Tú sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunté, era la

sultana Amina.

--Y bien, ¿qué? repitió con doble calma Roque.

--Tú no eres lo que pareces.

--¡Yo soy monfí! exclamó Roque con acento feroz.

--¡Ah! ¡tú eres monfí! ¡esclavo de un hombre que nos tiende lazos

traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita

peligros!

--No sé quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija

doña Inés, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana

Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte está echada: muy pronto la

sangre del combate correrá en la montaña, y acaso en la ciudad: importa

poco que hayas descubierto el secreto: y oye... guárdate: porque si te

atreves á levantarte contra el emir, eres hombre muerto.

--¿Me retas?

--Te aconsejo.

--¿Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la

causa de nuestra ruina? exclamó Aben-Aboo, echando mano á su espada.

--Aunque yo solo basto para reducirte á la razon; una sola voz mia,

haria caer sobre tí mil puñales.

--¡Ah! los monfíes ¡siempre astutos y traidores! exclamó Aben-Aboo,

trasportado de rabia; ¡los monfíes en todas partes!

--Vete; y olvida lo que aquí ha pasado, dijo con altívez Roque; es lo

mejor que puedes hacer. Pronto empezaran á venir los moriscos que

elegiran por rey de Granada á tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que

te encuentren aquí.

--¡Si; adios! exclamó trémulo de cólera Aben-Aboo: ¡pero hay del emir!

¡hay de Aben-Humeya! ¡hay de tí!

--¡Y hay de tu cabeza! contestó con desprecio el monfí.

Aben-Aboo, salió rugiendo; bajó como una avalancha las escaleras, y

salió á la calle, rebozóse, y se puso en un soportal, en acecho de su

casa y de la taberna.

Entre tanto el monfí habia quedado profundamente pensativo en medio de

la habitacion.

--No sé, dijo, por qué el emir anda con tantas contemplaciones con esos

dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto

á Aben-Aboo. El emir se arrepentirá, porque esto acabará mal... muy

mal... los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan

grandes desgracias: por ahora obedezcamos las órdenes de la sultana, y

avisémosla de lo que aquí ha pasado.

Y asiendo del marqués, le cargó sobre sus hombros, con la misma

facilidad que si hubiera sido un niño, tomó la bugía que estaba sobre la

mesa, se encaminó á una puerta situada al fondo de la habitacion por la

parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareció por

aquella puerta con su carga.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 76 / 168 题