En que continúa un asunto suspendido en el anterior.
Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia
establecido maese Bribiesca: habíanle llevado el agua, el caldo y la
maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiñez
se habia presentado á rasurarle, ni el lacayo del marqués de la Guardia,
el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage
anhelado.
Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era
hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un
volcan en una palabra; pensaba á un tiempo en Aben-Humeya, que le
arrancaba la corona con que habia soñado; en la Dama blanca de la
montaña, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por último,
flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje
ennegrecido, la magnífica mujer, la cómica, que habia visto un momento
al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la
hosteria.
Eran estas bastantes impresiones para que el jóven estuviese
profundamente preocupado, pasando de la una á la otra en un continuo
torbellino, uniéndolas á veces como si fueran partes de un solo cuerpo,
como si hubiese entre aquellas mujeres una relación extraña.
Demasiadamente excitado su cerebro, empezó á embrollarse su pensamiento
y el oscuro chirivitil en que se encontraba á dar vueltas en torno suyo.
Se sentó para dominar aquella especie de vértigo, en una de las sillas
que estaban arrimadas á la pared, y permaneció inmóvil procurando
dominar sus pensamientos.
De repente oyó ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta;
luego la voz de dos personas que hablaban con interés.
De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en
cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de
aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por
algunas palabras para él demasiado interesantes.
--Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el
castellano, que don Fernando acabará por perderse.
--¡Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levísima cierto acento
extranjero; y ¿qué os importa á vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda
ó se gane?
--¡Oh! mas de lo que os parece, señor Godinez, os he traido á este
aposento apartado porque aquí nadie puede oirnos ¿sabeis lo que ha hecho
don Fernando de Válor?
--Alguna cosa como suya, dijo Godinez.
--Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perpétuo de la Ciudad.
--¿Y quién no lo sabe?
--Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado á su padre por
delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado á
su hijo por gracia y con arreglo á una sentencia de la sala de Granada.
Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don
Fernando se vió horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos
caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el
tal oficio. Don Fernando, pues, al empuñar su vara de regidor perpetuo,
se encontró con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le
ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de
envidias, y además de esto porque don Fernando ha tratado á todo el
mundo con tanta altanería, que á todos los tiene ofendidos, y nada hay
que extrañar en lo que le sucede.
--¿Pero qué le sucede?
--Esta mañana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla,
todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que
llevan á sus escuderos ó criados; pues bien, á pesar de esta costumbre
reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don
Fernando de Válor entró en cabildo con la daga en la cintura.
--¡Un olvido!
--Ó una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado
esto que creyó descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dávila,
advirtióle con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia
armas. Replicó descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don
Luis Dávila irritado por su descortesia, le echó mano á la daga para
quitársela, y á esta accion, tambien imprudente, sucedió un tumulto
espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba
al cielo y á la tierra, y yendo el escándalo en aumento, el corregidor
llamó traidor á grandes voces á don Fernando y le mandó llevar preso.
Mas este, que sin duda estaba preparado, rompió daga en mano por medio
de los que se acercaban á prenderle, dejóse herido un portero, ganó la
puerta de la sala, la antecámara y las escaleras, montó á caballo y
escapó, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca
infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y
se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea
otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto
para ponerse á la cabeza de la rebelion. Los tercios se han
encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de
lanza y coselete que corren á presentarse al capitan general, y este, el
presidente de la Chancillería, el corregidor y el alcalde mayor estan en
consejo. ¿Y creeis que esto no me importe nada?
--Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no
sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos á
Sevilla de donde hemos venido, punto redondo.
--¡Volvernos á Sevilla! ¿sabeis señor Godinez que estamos arruinados?
--¿Y quién os manda ceder hasta tal punto á los caprichos de esa mujer?
Hemos ganado un rio de oro, en un año que andamos representando por
Andalucía, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha
desaparecido.
--Vos no conoceis á esa mujer, maese Godinez.
--Sé que es muy difícil encontrar una dama tal como ella: sé que sin
ella no ganariamos ni la décima parte de lo que ganamos; pero en cambio
no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran
señora, no hay medio de que se avenga á lo que otras damas se avienen;
los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles,
brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su
mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo ó humedad en las calles,
litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla
representar, aunque la entrada esté hecha. Decís bien, no sé quien es,
porque esa mujer es un misterio, pero sé que todo lo que por ella se
gane se gastará con ella, y que en vez de ahorrar nos empeñaremos.
--Pues ved ahí por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don
Fernando de Válor; porque á no dudarlo, esta tarde no habrá funcion,
habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y será
necesario devolverle el dinero; ¡si al menos esto pasase! pero tiene
trazas de haber empezado para no concluir tan pronto.
--Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor,
me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia
mas pobre.
--¡Oh! ¡separarme de ella! ¡imposible! ¡imposible de todo punto;
Godinez! la amo con toda mi alma.
--Pues ved ahí, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre
todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se
dice, no sé con qué fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido
de ella.
--¡Es verdad! ¡es verdad! hubo un tiempo en que creí que esa mujer me
amaba: pero me engañé. Aun espero el primer favor.
--Dicen ademas que ella tiene un amante á quien adora, y que el tal
amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido á esa hermosura, tras
la cual andan tantos desesperados.
--¡Ah! ¡el marqués de la Guardia se jacta...! tiene razon... porque ella
le adora!
--¿Y lo sufrís?
--Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento
cerca del de Angélica, siento todas las noches por delante de mi puerta
los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Angélica
abre y entra; despues sale por la mañana, muchas veces sin recatarse de
nadie.
--No comprendo vuestro amor.
--Es porque yo amo de veras y soy esclavo.
--Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo.
--¿Qué quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un príncipe poderoso era mi
esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer
terrible se puso entre el príncipe y yo...
--La hija del emir de los monfíes...
--¡Cómo! ¡exclamó Cisneros asustado! ¿quién os ha dicho eso?
--¡Bah! yo sé quién sois, quién es Angélica, quién es la hija del emir.
Vos no sabeis quien soy yo... no os lo digo, porque necesito imponeros
respeto para salvaros.
--¡Para salvarme!
--No quiero que seais la víctima de esa mujer.
--¡Y sabeis quién es esa mujer!
--Vaya si lo sé. Como sé quién os hirió la noche que la conocisteis.
--¡Que sabeis...!
--Si por cierto: fue vuestro amigo el marqués de la Guardia.
--¡Que rondaba la casa de la hija del emir...!
--Y vió entrar al príncipe y tuvo zelos.
--¡Ah! pero cuando tanto sabeis, quién sois....
--¿Que quién soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo
mismo. Oid; unas veces soy jóven: otras viejo: suelo llamarme príncipe,
ó caballero, ó rufian, ó comediante: unas veces tengo un nombre, otras
otro: Angélica me conoce demasiado bajo otra forma: ¿pero preguntadle si
conoce á Salvador Godinez? ¿si sabe quién es? De seguro que no piensa
que yo soy una moneda falsa. Yo sé cambiar de semblante, de cento de
edad, aun de estatura: sé adaptarme á todas las condiciones. Ya me
habeis visto representar....
--Y lo haceis á las mil maravillas. He tenido zelos de vos.
--No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famosísimo Cisneros, la
delicia de las damas de la córte, que lloran vuestra ausencia, y la
admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cómico
que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo,
entre las gentes. Tan cómico soy que Angélica, vuestra adorada Angélica,
que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece á un tiempo; que
sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni
de propósito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que
se la acercase, no desconfia de mí, y me cree simplemente Salvador
Godinez, comediante y autor de la compañía del señor Andres Cisneros.
--¡Qué, amais á Angélica! exclamó Cisneros que solo esto habia oido de
las últimas palabras de Godinez.
--¡Que si la amo! ¡sino la amara viviria!
--¡La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar á todo el
mundo.
--Os engañais. A esa mujer la sucede lo que á otras muchas. Las aman
todos, menos el hombre que las posee.
--Es decir que el marqués de la Guardia....
--No la ama, porque ama á otra.
--¡A otra!
--Si, á una mujer á quien yo amaria tambien, si mi amor hácia ella no
fuese insensato; un martirio á que me condenaria inútilmente. El marqués
de la Guardia ama á la hija del emir de los monfíes, y porque la ama
finge amor á Angélica.
--Nos os comprendo.
--La hija del emir se ha perdido para el marqués. Pero el marqués sabe
que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jamás para la
mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza,
cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que
tiene Angélica.
--Con que la hija del emir y Angélica....
--Son enemigas, enemigas á muerte por la sola razon de que aman á un
mismo hombre.
--Lo que no comprendo bien, es por qué me haceis estas revelaciones,
dijo con intencion Cisneros.
--Porque ha llegado ya el momento de obrar. Angélica sabe que tiene
cerca á su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza
y obrará. Es mas: yo la ayudaré á que obre. Por lo mismo para ayudarla,
me veré obligado á estar separado de ella largas temporadas: yo puedo
trasformarme: pasar por monfí entre los monfíes, por soldado entre los
soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero
no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo
lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa
Angélica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa
como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los
sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros:
pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que
comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama á otro, sin
recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos
amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido
muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas
pruebas tengo yo....
--¡Que yo he cometido delitos!
--Si, y ya que me habeis traido á un lugar donde nadie puede
escucharnos, voy á hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado
por casualidad á la vida de comediante, para lo que poseeis grandes
talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas,
casi recibido en la córte: entrabais en ella por el postigo es verdad,
pero aquel postigo os llevaba á donde no llevaba á otros la puerta
principal. Hace algunos años trabásteis conocimiento con el príncipe don
Carlos, como lo traban generalmente con los grandes señores los hombres
que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio: á título de
proteccion del gran señor, hácia el gran comediante. El príncipe no
tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal
inclinado: era ambicioso, incorregible, déspota, amigo de escesos y
enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como
vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad,
le irritaba. Vos comprendísteis todo esto, como lo habian comprendido
otros, ú otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas
cualidades del príncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien
un gran señor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoció que debia
aprovecharse de vos y se aprovechó. El vínculo que unia á un tiempo al
príncipe, al emir y á vos era el amor de una mujer: el amor voraz,
voluntarioso, impaciente, que el príncipe sentia hácia la hermosa
duquesita. ¿Quereis que invierta mas tiempo probándoos de qué manera
poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando á la
rebeldia al príncipe, irritando sus deseos por doña Esperanza, y
sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfíes? Vos habeis escrito
cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y
esas cartas Cisneros estan en mi poder.
--¡Es decir que me imponeis condiciones!
--Me constituyo en vuestro señor, representando al diablo á quien os
habeis vendido por ambicion.
--¿Y no temeis que esté desesperado?
--No porque aun sois ambicioso.
--¿Y qué me podeis vos dar?
--Puedo daros, si os resistis á servirme, una muerte horrible. Porque
¿qué creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos,
envenenando al corazon de su hijo, impulsándole á la traicion, le habeis
obligado á matar al príncipe?
Cisneros calló.
--Por el contrario si me servís bien, os enriqueceré; es mas: os pondré
en ocasion de ser. ¿Quereis ser walí de un rey moro..? pues bien: podrá
suceder que lo seais. ¿Quereis conquistar la gracia del rey de España y
su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora.
--¡Cómo! ¿vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me
separa de la córte, fuera de la cual no vivo?
--Lo puedo.
--Y sin embargo, ¿teneis paciencia para vivir con un miserable
salario..?
--¡Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: ¿habeis
creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en
pagar la compañía, y en sostener los caprichos de Angélica?
--El público ha pagado muy caro....
--Por muy caro que hubiera pagado el público, las entradas no hubieran
bastado para pagar la compañia, que es muy numerosa y muy buena, porque
vos no quereis trabajar con malos cómicos. Quien ha pagado he sido yo:
como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de
ello, he hecho al revés de otros que roban: he aumentado... he aumentado
diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y
yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os
importe que los moriscos se revelen ó no: mejor para nosotros... nada
importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos
desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven,
oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo demás, y
ya que os prestais á servirme, tened muy en cuenta el no ser débil con
Angélica, revelándola una sola palabra de lo que hemos hablado;
continuad, como siempre; tratadme delante de los demás con la soberbia
que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las
doce, y voy á ponerme á despachar las entradas.
--¿Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta mañana pueda
haber funcion?
[imagen: Encuentro de Angélica y Aben-Aboo.]
--¡Bah! todo ello no pasará de ruido: ya vereis como se nos llena al
corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin
órden del corregidor.
Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha á la
pared para oir mejor, sintió que los del aposento inmediato se dirigian
á la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo.
Luego los pasos de los dos se perdieron á lo largo del corredor.
--¿Con que ese señor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ¿ni esa
comedianta es lo que parece, ni el señor Cisneros por lo visto se
contenta con ganar su dinero representando? ¡Aben-Humeya, toma un
pretesto para la rebelion! ¡Amina ama al marqués de la Guardia! ¡la
comedianta tambien! ¡estas dos mujeres se conocen y son enemigas! ¡El
señor Godinez alienta proyectos! ¡Oh! ¡por el Dios Altísimo, que mi
buena suerte me ha traido á esta hostería. Creo que al fin de este
laberinto está mi suerte buena ó mala! la tumba ó el trono! Pues bien:
es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de
ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo
reuniré á los tres. Yo procuraré no perderlos. ¡Y el marqués de la
Guardia! ¡mi buen amigo! ¡oh! ¡oh! ¡Ahora mas que antes me impacienta
la tardanza del criado del marqués! y bien mirado ¿para qué necesito yo
sus vestidos? ¿No vengo de viaje? No se por qué tengo impaciencia de
conocer á esa doña Inés de Fuensalida; me parece que este es otro cabo
que me presenta mi fortuna.
Habíase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la
casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se
detuvieron junto á su puerta y una mano llamó á ella.
Era el lacayo del marqués que traia un emboltorio bajo el brazo
izquierdo y una espada y una daga de córte en la mano derecha.