CAPITULO VI.

En que continúa un asunto suspendido en el anterior.

Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia

establecido maese Bribiesca: habíanle llevado el agua, el caldo y la

maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiñez

se habia presentado á rasurarle, ni el lacayo del marqués de la Guardia,

el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage

anhelado.

Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era

hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un

volcan en una palabra; pensaba á un tiempo en Aben-Humeya, que le

arrancaba la corona con que habia soñado; en la Dama blanca de la

montaña, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por último,

flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje

ennegrecido, la magnífica mujer, la cómica, que habia visto un momento

al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la

hosteria.

Eran estas bastantes impresiones para que el jóven estuviese

profundamente preocupado, pasando de la una á la otra en un continuo

torbellino, uniéndolas á veces como si fueran partes de un solo cuerpo,

como si hubiese entre aquellas mujeres una relación extraña.

Demasiadamente excitado su cerebro, empezó á embrollarse su pensamiento

y el oscuro chirivitil en que se encontraba á dar vueltas en torno suyo.

Se sentó para dominar aquella especie de vértigo, en una de las sillas

que estaban arrimadas á la pared, y permaneció inmóvil procurando

dominar sus pensamientos.

De repente oyó ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta;

luego la voz de dos personas que hablaban con interés.

De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en

cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de

aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por

algunas palabras para él demasiado interesantes.

--Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el

castellano, que don Fernando acabará por perderse.

--¡Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levísima cierto acento

extranjero; y ¿qué os importa á vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda

ó se gane?

--¡Oh! mas de lo que os parece, señor Godinez, os he traido á este

aposento apartado porque aquí nadie puede oirnos ¿sabeis lo que ha hecho

don Fernando de Válor?

--Alguna cosa como suya, dijo Godinez.

--Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perpétuo de la Ciudad.

--¿Y quién no lo sabe?

--Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado á su padre por

delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado á

su hijo por gracia y con arreglo á una sentencia de la sala de Granada.

Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don

Fernando se vió horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos

caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el

tal oficio. Don Fernando, pues, al empuñar su vara de regidor perpetuo,

se encontró con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le

ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de

envidias, y además de esto porque don Fernando ha tratado á todo el

mundo con tanta altanería, que á todos los tiene ofendidos, y nada hay

que extrañar en lo que le sucede.

--¿Pero qué le sucede?

--Esta mañana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla,

todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que

llevan á sus escuderos ó criados; pues bien, á pesar de esta costumbre

reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don

Fernando de Válor entró en cabildo con la daga en la cintura.

--¡Un olvido!

--Ó una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado

esto que creyó descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dávila,

advirtióle con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia

armas. Replicó descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don

Luis Dávila irritado por su descortesia, le echó mano á la daga para

quitársela, y á esta accion, tambien imprudente, sucedió un tumulto

espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba

al cielo y á la tierra, y yendo el escándalo en aumento, el corregidor

llamó traidor á grandes voces á don Fernando y le mandó llevar preso.

Mas este, que sin duda estaba preparado, rompió daga en mano por medio

de los que se acercaban á prenderle, dejóse herido un portero, ganó la

puerta de la sala, la antecámara y las escaleras, montó á caballo y

escapó, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca

infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y

se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea

otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto

para ponerse á la cabeza de la rebelion. Los tercios se han

encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de

lanza y coselete que corren á presentarse al capitan general, y este, el

presidente de la Chancillería, el corregidor y el alcalde mayor estan en

consejo. ¿Y creeis que esto no me importe nada?

--Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no

sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos á

Sevilla de donde hemos venido, punto redondo.

--¡Volvernos á Sevilla! ¿sabeis señor Godinez que estamos arruinados?

--¿Y quién os manda ceder hasta tal punto á los caprichos de esa mujer?

Hemos ganado un rio de oro, en un año que andamos representando por

Andalucía, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha

desaparecido.

--Vos no conoceis á esa mujer, maese Godinez.

--Sé que es muy difícil encontrar una dama tal como ella: sé que sin

ella no ganariamos ni la décima parte de lo que ganamos; pero en cambio

no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran

señora, no hay medio de que se avenga á lo que otras damas se avienen;

los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles,

brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su

mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo ó humedad en las calles,

litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla

representar, aunque la entrada esté hecha. Decís bien, no sé quien es,

porque esa mujer es un misterio, pero sé que todo lo que por ella se

gane se gastará con ella, y que en vez de ahorrar nos empeñaremos.

--Pues ved ahí por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don

Fernando de Válor; porque á no dudarlo, esta tarde no habrá funcion,

habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y será

necesario devolverle el dinero; ¡si al menos esto pasase! pero tiene

trazas de haber empezado para no concluir tan pronto.

--Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor,

me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia

mas pobre.

--¡Oh! ¡separarme de ella! ¡imposible! ¡imposible de todo punto;

Godinez! la amo con toda mi alma.

--Pues ved ahí, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre

todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se

dice, no sé con qué fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido

de ella.

--¡Es verdad! ¡es verdad! hubo un tiempo en que creí que esa mujer me

amaba: pero me engañé. Aun espero el primer favor.

--Dicen ademas que ella tiene un amante á quien adora, y que el tal

amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido á esa hermosura, tras

la cual andan tantos desesperados.

--¡Ah! ¡el marqués de la Guardia se jacta...! tiene razon... porque ella

le adora!

--¿Y lo sufrís?

--Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento

cerca del de Angélica, siento todas las noches por delante de mi puerta

los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Angélica

abre y entra; despues sale por la mañana, muchas veces sin recatarse de

nadie.

--No comprendo vuestro amor.

--Es porque yo amo de veras y soy esclavo.

--Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo.

--¿Qué quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un príncipe poderoso era mi

esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer

terrible se puso entre el príncipe y yo...

--La hija del emir de los monfíes...

--¡Cómo! ¡exclamó Cisneros asustado! ¿quién os ha dicho eso?

--¡Bah! yo sé quién sois, quién es Angélica, quién es la hija del emir.

Vos no sabeis quien soy yo... no os lo digo, porque necesito imponeros

respeto para salvaros.

--¡Para salvarme!

--No quiero que seais la víctima de esa mujer.

--¡Y sabeis quién es esa mujer!

--Vaya si lo sé. Como sé quién os hirió la noche que la conocisteis.

--¡Que sabeis...!

--Si por cierto: fue vuestro amigo el marqués de la Guardia.

--¡Que rondaba la casa de la hija del emir...!

--Y vió entrar al príncipe y tuvo zelos.

--¡Ah! pero cuando tanto sabeis, quién sois....

--¿Que quién soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo

mismo. Oid; unas veces soy jóven: otras viejo: suelo llamarme príncipe,

ó caballero, ó rufian, ó comediante: unas veces tengo un nombre, otras

otro: Angélica me conoce demasiado bajo otra forma: ¿pero preguntadle si

conoce á Salvador Godinez? ¿si sabe quién es? De seguro que no piensa

que yo soy una moneda falsa. Yo sé cambiar de semblante, de cento de

edad, aun de estatura: sé adaptarme á todas las condiciones. Ya me

habeis visto representar....

--Y lo haceis á las mil maravillas. He tenido zelos de vos.

--No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famosísimo Cisneros, la

delicia de las damas de la córte, que lloran vuestra ausencia, y la

admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cómico

que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo,

entre las gentes. Tan cómico soy que Angélica, vuestra adorada Angélica,

que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece á un tiempo; que

sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni

de propósito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que

se la acercase, no desconfia de mí, y me cree simplemente Salvador

Godinez, comediante y autor de la compañía del señor Andres Cisneros.

--¡Qué, amais á Angélica! exclamó Cisneros que solo esto habia oido de

las últimas palabras de Godinez.

--¡Que si la amo! ¡sino la amara viviria!

--¡La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar á todo el

mundo.

--Os engañais. A esa mujer la sucede lo que á otras muchas. Las aman

todos, menos el hombre que las posee.

--Es decir que el marqués de la Guardia....

--No la ama, porque ama á otra.

--¡A otra!

--Si, á una mujer á quien yo amaria tambien, si mi amor hácia ella no

fuese insensato; un martirio á que me condenaria inútilmente. El marqués

de la Guardia ama á la hija del emir de los monfíes, y porque la ama

finge amor á Angélica.

--Nos os comprendo.

--La hija del emir se ha perdido para el marqués. Pero el marqués sabe

que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jamás para la

mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza,

cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que

tiene Angélica.

--Con que la hija del emir y Angélica....

--Son enemigas, enemigas á muerte por la sola razon de que aman á un

mismo hombre.

--Lo que no comprendo bien, es por qué me haceis estas revelaciones,

dijo con intencion Cisneros.

--Porque ha llegado ya el momento de obrar. Angélica sabe que tiene

cerca á su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza

y obrará. Es mas: yo la ayudaré á que obre. Por lo mismo para ayudarla,

me veré obligado á estar separado de ella largas temporadas: yo puedo

trasformarme: pasar por monfí entre los monfíes, por soldado entre los

soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero

no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo

lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa

Angélica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa

como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los

sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros:

pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que

comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama á otro, sin

recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos

amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido

muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas

pruebas tengo yo....

--¡Que yo he cometido delitos!

--Si, y ya que me habeis traido á un lugar donde nadie puede

escucharnos, voy á hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado

por casualidad á la vida de comediante, para lo que poseeis grandes

talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas,

casi recibido en la córte: entrabais en ella por el postigo es verdad,

pero aquel postigo os llevaba á donde no llevaba á otros la puerta

principal. Hace algunos años trabásteis conocimiento con el príncipe don

Carlos, como lo traban generalmente con los grandes señores los hombres

que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio: á título de

proteccion del gran señor, hácia el gran comediante. El príncipe no

tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal

inclinado: era ambicioso, incorregible, déspota, amigo de escesos y

enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como

vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad,

le irritaba. Vos comprendísteis todo esto, como lo habian comprendido

otros, ú otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas

cualidades del príncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien

un gran señor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoció que debia

aprovecharse de vos y se aprovechó. El vínculo que unia á un tiempo al

príncipe, al emir y á vos era el amor de una mujer: el amor voraz,

voluntarioso, impaciente, que el príncipe sentia hácia la hermosa

duquesita. ¿Quereis que invierta mas tiempo probándoos de qué manera

poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando á la

rebeldia al príncipe, irritando sus deseos por doña Esperanza, y

sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfíes? Vos habeis escrito

cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y

esas cartas Cisneros estan en mi poder.

--¡Es decir que me imponeis condiciones!

--Me constituyo en vuestro señor, representando al diablo á quien os

habeis vendido por ambicion.

--¿Y no temeis que esté desesperado?

--No porque aun sois ambicioso.

--¿Y qué me podeis vos dar?

--Puedo daros, si os resistis á servirme, una muerte horrible. Porque

¿qué creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos,

envenenando al corazon de su hijo, impulsándole á la traicion, le habeis

obligado á matar al príncipe?

Cisneros calló.

--Por el contrario si me servís bien, os enriqueceré; es mas: os pondré

en ocasion de ser. ¿Quereis ser walí de un rey moro..? pues bien: podrá

suceder que lo seais. ¿Quereis conquistar la gracia del rey de España y

su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora.

--¡Cómo! ¿vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me

separa de la córte, fuera de la cual no vivo?

--Lo puedo.

--Y sin embargo, ¿teneis paciencia para vivir con un miserable

salario..?

--¡Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: ¿habeis

creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en

pagar la compañía, y en sostener los caprichos de Angélica?

--El público ha pagado muy caro....

--Por muy caro que hubiera pagado el público, las entradas no hubieran

bastado para pagar la compañia, que es muy numerosa y muy buena, porque

vos no quereis trabajar con malos cómicos. Quien ha pagado he sido yo:

como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de

ello, he hecho al revés de otros que roban: he aumentado... he aumentado

diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y

yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os

importe que los moriscos se revelen ó no: mejor para nosotros... nada

importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos

desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven,

oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo demás, y

ya que os prestais á servirme, tened muy en cuenta el no ser débil con

Angélica, revelándola una sola palabra de lo que hemos hablado;

continuad, como siempre; tratadme delante de los demás con la soberbia

que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las

doce, y voy á ponerme á despachar las entradas.

--¿Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta mañana pueda

haber funcion?

[imagen: Encuentro de Angélica y Aben-Aboo.]

--¡Bah! todo ello no pasará de ruido: ya vereis como se nos llena al

corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin

órden del corregidor.

Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha á la

pared para oir mejor, sintió que los del aposento inmediato se dirigian

á la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo.

Luego los pasos de los dos se perdieron á lo largo del corredor.

--¿Con que ese señor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ¿ni esa

comedianta es lo que parece, ni el señor Cisneros por lo visto se

contenta con ganar su dinero representando? ¡Aben-Humeya, toma un

pretesto para la rebelion! ¡Amina ama al marqués de la Guardia! ¡la

comedianta tambien! ¡estas dos mujeres se conocen y son enemigas! ¡El

señor Godinez alienta proyectos! ¡Oh! ¡por el Dios Altísimo, que mi

buena suerte me ha traido á esta hostería. Creo que al fin de este

laberinto está mi suerte buena ó mala! la tumba ó el trono! Pues bien:

es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de

ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo

reuniré á los tres. Yo procuraré no perderlos. ¡Y el marqués de la

Guardia! ¡mi buen amigo! ¡oh! ¡oh! ¡Ahora mas que antes me impacienta

la tardanza del criado del marqués! y bien mirado ¿para qué necesito yo

sus vestidos? ¿No vengo de viaje? No se por qué tengo impaciencia de

conocer á esa doña Inés de Fuensalida; me parece que este es otro cabo

que me presenta mi fortuna.

Habíase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la

casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se

detuvieron junto á su puerta y una mano llamó á ella.

Era el lacayo del marqués que traia un emboltorio bajo el brazo

izquierdo y una espada y una daga de córte en la mano derecha.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 73 / 168 题