CAPITULO VII.

De como hasta el fin del capítulo no pudo sacar nada en claro

Aben-Aboo acerca de sus inquilinos.

A punto que daban las doce, llegaba Aben-Aboo, bizarramente vestido con

un trage de brocado escarlata, calzas de grana y zapatos acuchillados, á

la puerta de la casa de don Alonso de Fuensalida, ó, por mejor decir, de

su casa.

Al atravesar la ciudad habia observado profundamente el aspecto de ella

y nada habia encontrado de extraño: era muy posible que los tercios

estuviesen renuidos, instalados en consejo el cabildo y la Chancillería

y que se hubieran tomado algunas precauciones; pero las gentes iban

tranquilamente por la calle como de costumbre, salian de oir misa de las

iglesias multitud de damas ataviadas como la que va á misa tarda para

ser vista, y muchos soldados alféreces y capitanes, andaban, á su paso,

y á sus negocios, como si absolutamente no amenazara ningun peligro.

[imagen: Acercáos, don Fernando, acercáos, dijo con una voz

sonora, grave y afectuosa...]

El acontecimiento, pues, de aquella mañana en las casas consistoriales

habia quedado completamente aislado.

Aben-Aboo, se entró por el zaguan, y pidió á uno de los lacayos que

vagaban por él, le anunciase á su señor.

Inmediatamente aquel hombre le introdujo, precediéndole para guiarle por

unas anchas escaleras de mármol, alfombradas en el centro y unos

corredores, alfombrados tambien, á una antecámara y una cámara donde le

salió al encuentro un caballero como de cuarenta y seis años,

enteramente vestido de negro, de fisonomía enérgica, y hermosa.

--El señor Diego Lopez, á quien esperaba vuecencia; dijo el lacayo á

penas vió á su señor, retirándose en seguida.

--Bien venido seais, caballero, le dijo el señor excelentísimo á

Aben-Aboo, y tanto mas, cuando mi hija y yo empezábamos á estar

cuidadosos por vos.

--¡Oh! permitidme que me enorgullezca de haber sido el objeto del

cuidado de esa hermosa señora.

--Nada tiene esto de extraño caballero, cuando mi hija doña Inés os debe

muchas atenciones.

--¡Atenciones!

--Sí por cierto: cuando tuvísteis la complacencia de cedernos vuestra

casa...

--Decid la necesidad, señor don Alonso: si yo no hubiera venido á la

pobreza en que me hallo...

--No hablemos de esto, sois pobre por que sois honrado, y la honra es el

primer caudal de un hidalgo. Dejadme ahora probaros como os debe

atenciones mi hija. Cuando supísteis que venia á vivir á vuestra casa

una dama, vos, que del ajuste de arriendo habiais exceptuado cuatro

habitaciones, que eran para vos un santuario, las que habia vivido

vuestra madre, habitaciones que debian permanecer cerradas, os

apresurásteis á ofrecerlas á mi hija para su uso. Doña Inés aceptó con

placer vuestro ofrecimiento, ha vivido en esas habitaciones y ha

aspirado el perfume de santidad, de sufrimiento, de dulzura que en ellas

ha dejado vuestra madre. Doña Inés vive en la misma habitacion en que

vivió vuestra madre, Aben-Aboo.

--¡Ah! ¡sabeis mi nombre!

--Porque lo sabemos; porque sabemos que sois primo hermano de

Aben-Humeya, que ha cometido hoy, arrastrado por su mocedad y por su

imprudencia uno de los mayores desaciertos que pudiera haber cometido,

estábamos con cuidado por vos.

--¿Con que sabeis?

--¿Y quién no sabe los pensamientos de los moriscos? Sábelos el capitan

general, el presidente, el corregidor... y como vos sois tambien

morisco...

--Pero vasallo leal del rey nuestro señor, aunque no me haya honrado

tanto como á mi primo hermano don Fernando de Válor, dijo cubriéndose de

la mayor reserva Aben-Aboo, por que no sabia el terreno que pisaba.

--¿Y cómo andais Aben-Humeya y vos?

--Nos tratamos como buenos parientes, pero nos vemos poco: él vive

generalmente en Válor con su madre doña Elvira, y yo vivo con mi madre

en Cádiar, cuidando de unas tierrecillas que nos han quedado.

--¿Y cómo se encuentra vuestra buena madre? Yo la conocí antes de que os

diese á luz y era una doncella hermosísima, dulce, sufrida; un ángel en

una palabra. Baste deciros que estuve enamorado de ella, y que bien

hubiera podido ser que nos hubiésemos casado. A veces una casualidad

dispone del porvenir de dos personas: pero no hablemos mas de esto,

porque no debe hablarse de las cosas pasadas. Y puesto que ya os tenemos

aquí, vamos á tranquilizar á mi hija.

--Una palabra, don Alonso, una sola palabra: desde que recibí vuestra

cortés invitacion para venir á vuestra casa, bajo pretexto de que era

mia, estoy luchando con la duda de quién habia podido deciros que yo

estaba en Granada, cuando me he venido solo, á la ligera y á mata

caballo desde mi atalayuela de Cádiar, sin avisar á nadie.

--No lo extrañeis: me ha avisado maese Pertiñez.

Aben-Aboo recordó que el rapista no se habia separado de él ni habia

hablado con nadie; aceptó con las muestras de la mayor credulidad la

respuesta de don Alonso, pero en su pensamiento se estereotipó por

decirlo así esta frase recelosa:

--¿Quién será este hombre? ¿quién será su hija?

Don Alonso le hizo atravesar algunas habitaciones demasiado conocidas

para él, y cuyo rico mueblaje encontró en el mismo estado en que se

encontraba cuando vivia en aquella casa con su madre, y al fin se acercó

con el corazon palpitante á una puerta cubierta de arabescos. Aquella

puerta era la de las habitaciones de su madre.

Despues de pasar aquella puerta y una antecámara, don Alonso abrió una

mampara de cuero de Marruecos recamado, é hizo seña al jóven para que

pasase. Aben-Aboo, al abrirse aquella mampara habia arrojado un grito,

involuntario. Delante de él se habia presentado una doble aparicion. Una

dama hermosísima, vestida completamente de blanco, con una rozagante

túnica de brocado, resplandeciendo toda, con sus joyas, con su mirada,

con su hermosura, con sus ropas, y por cima de la cabeza de aquella

aparicion casi divina, otra mujer no menos hermosa, vestida de blanco,

pura, coronada de flores, é impresa sobre su semblante de niña, la

melancólica expresion de un sufrimiento resignado, que la hacia aparecer

mas hermosa: entre aquellas dos mujeres, real la una, pintada la otra,

que se tocaban y se confundian á la vista de Aben-Aboo, por un accidente

de posicion, habia algo de comun, algo de semejante, algo de eso que

puede llamarse aire de familia, y que bien podia ser ese misterioso

punto de contacto que existe entre dos mujeres hermosas que pertenecen

casi á un mismo tipo. Para completar mas esta analogía, en el semblante

de la una dama, de la dama que respiraba á dos pasos de Aben-Aboo, habia

la misma expresion de sufrimiento dulce y resignado, que en el semblante

de la dama pintada en un magnífico cuadro suspendido de la pared al

fondo de la cámara. Aben-Aboo no sabia quién era la dama viva, pero

sabia si, que la dama pintada era una reproduccion exacta de su madre

doña Isabel de Válor cuando solo tenia diez y siete años.

La inesperada vista de su madre á quien amaba con delirio, puesta de

contraposicion con doña Inés, le habia arrancado del corazon un grito de

angustia, por decirlo asi, porque al mismo tiempo creia haber encontrado

en la jóven y hermosa dama que le contemplaba con una profunda paz,

mucho de semejante en el trage y en la actitud, con la misteriosa Dama

blanca de la montaña.

Pero Aben-Aboo tardó poco en reponerse, saludó cortésmente á doña Inés,

se disculpó de su conmocion con la inesperada vista de su madre á quien

dijo haber dejado harto triste en las Alpujarras, y se sentó á la mesa

que ya estaba servida y á la que asistieron inmediatamente cuatro

lacayos á cuya librea no podia pedirse nada en cuanto á gusto y riqueza.

¡Y cosa extraña! el semblante y las maneras de aquellos lacayos; la

precision con que servian; un no sé qué de característico impreso en

ellos, que Aben-Aboo, no comprendia bien, le impresionaban tanto, como

don Alonso, como su hija, como el recuerdo ardiente en todo cuanto habia

pasado por él aquel dia fecundo en aventuras.

Pero Aben-Aboo era sagaz, astuto y prudente y sostuvo á pesar de sus

observaciones, con la mayor lisura y naturalidad, la conversacion de

generalidades que se sostuvo durante la comida.

Nada vió Aben-Aboo que indicase en doña Inés el deseo de agradarle; le

trataba con esa fácil manera á que está acostumbrado todo el que ha

tenido trato de gentes; hacia los honores de la mesa de una manera

perfecta, y, sin embargo, lo perfumaba todo para Aben-Aboo, que acabó

por sentirse impresionado, y, por necesitar de toda su fuerza de

voluntad para no perder su aspecto tranquilo. Concluyóse la comida

cuando eran las dos, y don Alonso pidió las sillas.

--Esperamos, dijo, que nos acompañareis: no siempre se encuentra en

Granada una compañía tal de comediantes como los que ha traido el señor

Andrés Cisneros.

Aprovechó la ocasion Aben-Aboo para empezar á utilizar las observaciones

que le habia procurado la casualidad en la hostería del Carbon y dijo

con suma naturalidad:

--En efecto, mi amigo el señor marqués de la Guardia, á quien he

encontrado de una manera imprevista casa de maese Pertiñez, me ha hecho

grandes elogios de esos comediantes, especialmente de una Angélica, que

dice es un prodigio; yo le habia creido de buena fe, pero despues he

dudado acerca de la habilidad de esa mujer.

--¿Y por qué? dijo sonriendo doña Inés; habeis hecho mal: la Angélica es

toda una comedianta que se hace aplaudir con entusiasmo.

--Créolo, señora, despues de que vos me lo afirmais.

--¿Y por qué no creerlo por el dicho de vuestro amigo?

--Porque mi amigo que es un loco, señora, un hombre de aventuras, está

ciegamente enamorado de la Angélica.

--Y hace bien, porque es muy hermosa, caballero: en fin, vos la vereis y

la juzgareis.

--¡Ah! mi opinion, señora, seria muy falsa: criado, como quien dice, en

las Alpujarras, entre cerros, siempre aguijando lebreles, y corriendo

tras los corzos, soy casi un rústico.

--Pero un rústico, ya que vos lo quereis, que tiene un gusto exquisito,

dijo riendo la jóven; perdonad si me tomo con vos alguna confianza:

estoy viendo todos los dias á vuestra madre, he acabado por amarla, y

esto es bastante título para que trate á su hijo como á un conocido

antiguo, casi como á un pariente; os digo esto para que no extrañeis lo

que voy á deciros á cerca de vuestro buen gusto.

--Que vos me suponeis.

--Del que llevais sobre vos una prueba indudable.

--¿Sobre mí?

--Si, en el brocado de vuestro trage; es precioso... y rico... las

mujeres reparamos mucho en esto, y siempre procuramos informarnos de en

donde se venden tan ricas, tan hermosas telas. ¿Donde habeis comprado

ese brocado?

--En Granada hoy mismo.

--¡Hoy!

--Elogiando mi buen gusto habeis elogiado el del marqués de la Guardia.

--¡Ah! ¡dispensad! yo creia que vos...

--Nada tiene esto de extraño. Habia venido á la ligera y no queria

presentarme con el lodo del camino. Afortunadamente encontré á mano al

marqués que se prestó á venderme un traje, y él mismo ha elegido este

entre los suyos.

--Pues debeis estar muy agradecido á vuestro amigo. Por mi parte quiero

que le pregunteis donde ha obtenido tan hermosa tela. Yo creo que solo

en Venecia podrá encontrarse hoy y á un precio exorbitante. Reparad,

reparad, padre mio, lo fino, lo bello de este brocado; es de tres altos

y está bordado de aljofar. Con que ¿preguntareis al marqués?...

--¡Oh! de seguro señora.

--Las literas esperan á vuecencias, dijo un lacayo á la puerta.

La hermosa dama llamó á una de sus doncellas, la pidió un manto, y esta

le trajo uno de terciopelo en que se envolvió completamente.

Despues, asiéndose con la mayor lisura al brazo derecho de Aben-Aboo.

--Vamos, señor Diego Lopez, dijo: estoy impaciente porque viendo á la

Angélica, comprendais que el marqués de la Guardia vuestro amigo, tiene

tanto gusto para sus amores como para sus brocados.

Aben-Aboo, seguido de don Alonso, condujo á la jóven hasta el patio

donde esperaban dos literas: en la una entraron el padre y la hija, y en

la otra Aben-Aboo.

Esta circunstancia favoreció al jóven. Se encontraba solo, y por decirlo

asi encerrado, y para aumentar mas aquella especie de aislamiento,

corrió las cortinillas de los cristales, y se entregó á la meditacion de

lo que habia observado durante la comida.

Por muchas razones habia sospechado que quien le habia dado un bolsillo

de oro en la ermita de San Sebastian, y el que le habia convidado á su

casa eran una misma persona: en aquel caso don Alonso debia ser el emir

de los monfíes y su hija Amina, aquella misteriosa hermosura que nadie

conocia: tenia además razones para sospechar que la mujer rival de

Angélica fuese la hija del emir, y otras razones no tan claras para

creer que doña Inés, Amina, y la Dama blanca de la montaña eran una

misma persona.

Pero todas sus suposiciones se estrellaban contra el aspecto y las

palabras tranquilas con que doña Inés habia oido y contestado las

palabras intencionadas que habia permitido á sus recelos Aben-Aboo: ni

al oir el nombre de Angélica ni el del marqués de la Guardia se habia

conmovido la jóven, ni un solo músculo de su semblante se habia

contraido, al saber que el marqués de la Guardia estaba enamorado de la

comedianta.

Extrañábale, ademas sobre manera, que una dama de la calidad y del

estado que mostraba doña Inés, se hubiese entrometido, por mas que

hubiera querido justificarlo, en la calidad del brocado que vestia y en

su procedencia. Y en verdad que esto era de extrañar, tratándose de un

hombre á quien doña Inés veia, ó por lo menos hablaba, por la primera

vez. Todos estos pensamientos eran bastantes para revolver el seso á

otro menos cabiloso que Aben-Aboo, y como si esto no bastase, punzábale

el corazon un sentimiento agudo, amargado por un sin número de dudas y

de temores: este sentimiento era un amor naciente, puro, dominador y

tirano, aun en su principio, que habia aspirado Aben-Aboo en la

hermosura de doña Inés y de la atmósfera de misterios que la rodeaba.

Antes de que el jóven hubiese encontrado la mas leve solucion á sus

pensamientos, paró la litera. Entonces, se encontró á la puerta del

corral del Carbon, á la que afluia una multitud inmensa. La funcion

debia haberse empezado, ó estaba á punto de empezarse, porque ya el bobo

y su tambor habian desaparecido. Sudando y codeando por hacerse visible

entre la multitud, aparecia maese Pertiñez vestido de dia de fiesta y

con su capa nueva de paño fino. Dos lacayos de don Alonso abrian plaza,

y al cabo, Aben-Aboo, siguiendo al padre y á la hija, se encontró

primero en unas escaleras, despues en un corredor, luego delante de una

puerta, que abrió con llave un lacayo, y al fin dentro de un pequeño

espacio cuadrado, cubierto de tapices en las paredes y en el techo, y de

alfombra en el suelo y cerrado por delante por una celosía. Ademas en el

centro, y por razon de lo frio de la habitacion, habia una copa de plata

con fuego.

Tres sillones estaban colocados delante de la celosía: sentóse en el de

la derecha doña Inés, en el del centro Aben-Aboo, y don Alonso, despues

de haber cerrado la puerta del aposento con la llave que le entregó un

lacayo, se sentó en el sillon de la izquierda.

Solo entonces y cuando estuvo segura de que de nadie podia ser vista mas

que de Aben-Aboo y de su padre, se despojó doña Inés de su velo, dejando

descubiertos ante Aben-Aboo, tesoros de hermosura en los redondos

hombros, y en el seno cuasi cubierto por un exagerado descote.

Aben-Aboo estaba en malas condiciones para consagrarse á la observacion

de lo que pasaba, de lo que se veia mas allá de doña Inés; pero nosotros

que no estamos enamorados ni dominados por las pasiones que Aben-Aboo,

podemos salirnos de aquella especie de cajon en que estaban encerrados

los tres personajes, y dedicarnos á la contemplacion del aspecto que

presentaba el corral.

Tres de sus lados mostraban sus ventanas y corredores henchidos de

damas, aderezadas, pintadas, ó afeitadas, como se decia entonces,

luciendo su desnudez á pesar del frio; entre las damas cubiertas de

plumas y de relumbrones, caballeros jóvenes, maduros y viejos, no menos

enjalbegados y aliñados muchos de ellos, mas que las mujeres: en un

aposento grande, al frente, se veia el tribunal del Santo Oficio de la

Inquisicion; en otro al lado, el capitan general y sus tenientes y

oficiales; mas allá el aposento de la Chancillería, y luego el de la

ciudad: todos estos aposentos tenian en sus balaustradas, asi como los

ocupados por las damas y caballeros particulares, ricas colgaduras de

seda ó de terciopelo, del color y con las armas que correspondian á cada

corporacion ó familia, lo que, siendo muchos los colores y harto

diferentes los blasones y las empresas, formaba un peregrino contraste:

solo habia una colgadura ó repostero que no tenia armas ni empresa; pero

en cambio era tan rico, tan recargado de oro y adornos, que valia él

solo por todos los del corral: este repostero era el del aposento del

llamado don Alonso de Fuensalida.

Descendiendo al patio, allí era tambien grande la variedad de colores,

cintas y preseas: ocupaban las sillas hombres, en general, y algunas

damas galantes en la delantera junto á los músicos: á medida que las

sillas estaban mas lejos de la escena, era menor el lujo de los que las

ocupaban, y al fin, allá en último término, estrujándose, apretándose,

pisándose, apostrofándose, produciendo un ruido infernal, estaba la

gente de á pié, compuesta de hidalgos pobres y de gente valdía.

El cuarto lado del corral, estaba enteramente ocupado por el escenario y

por los tapices que encubrian los cuartos provisionales donde se vestian

los actores: el escenario, propiamente dicho, formado por dos pabellones

de damasco rojo y un tapiz de Flandes, sobre un tablado de una vara de

altura, estaba inclinado notablemente hácia la derecha, y de tal modo,

que el aposento mas cercano á él, era el de la celosía.

Esto tenia sus razones sin duda, pero los que ocupaban los aposentos y

la sillas de la izquierda, se quejaban con razon, porque desde sus

puestos no podia verse bien lo que pasaba en el escenario.

El cielo estaba radiante y despejado, y como ya eran las dos largas de

la tarde, el sol iluminaba únicamente la parte alta de la pared oriental

del patio.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, con su

hija y su huésped, cuando, como si solo hubieran esperado su llegada,

rompieron las guitarras de la música, acompañadas de trompetas y

tambores, que se habian llevado porque la comedia era de moros y

cristianos, y habia, por lo tanto, que tocar al arma. Todos estos

instrumentos juntos, mal tañidos y peor concertados, formaban un

estrépito infernal, que solo podia ser tolerable por la costumbre, y

sobre todo, por lo corto de su duracion. Concluida aquella especie de

obertura salvaje, se corrió la cortina, quedando descubierto un espacio

cuadrado, formado por tapices, y salió el bobo, vestido de pastor, con

zurron, cayado y pellica.

Nuestros lectores nos permitiran que les demos una idea de lo que era

una representacion teatral en aquellos tiempos, en que el arte escénico

estaba en su infancia: ya hemos descrito la manera como se adornaban los

corrales en que estas representaciones se hacian: réstanos decír, en

cuanto á la parte material, que no habia decorado, sino muy raras veces,

representando generalmente los cómicos entre cortinas ó tapices, tras

los cuales aparecian ó desaparecian por una abertura, según que lo

requeria la marcha del asunto: representaban de memoria y sin apuntador,

y su declamacion era un tanto cantada, armónica, particularmente en las

obras en verso. En cuanto al órden de los espectáculos, vamos á

presentar, como muestra, el de la funcion que iba á representarse

aquella tarde en Granada por la compañía del famoso Cisneros.

Primeramente el introito, con una loa de Torres Naharro, autor

dramático, que floreció á principios del siglo XVI. Despues la comedia

en cuatro jornadas, y en verso, de un autor desconocido, titulada:

«Reina Moraima». En tercer lugar, un coro y baile, titulados «El amor».

En cuarto, el «Paso del convidado», de Timoneda; autor valenciano, que

floreció por aquellos tiempos: y últimamente, el «Paso del ciego», de

Lope de Rueda, que de batidor de oro, se habia convertido en insigne

autor y comediante.

En la imposibilidad de ofrecer á nuestros lectores toda esta funcion,

diálogo por diálogo y punto por punto, vamos á trascribirles la loa ó

introito que declamó el bobo (asi se llamaba entonces á los graciosos),

no solo para que juzguen del gusto dramático de entonces, sino para que

observen con cuánta libertad hablaban entonces al público los autores y

los comediantes.

Hé aquí la loa que el bobo declamó con gran desemboltura y maestría á

vuelta de botargadas, que se recibian muy bien en aquella época.

«Dios mantenga y remantenga

mia fé á cuantos aquí estais,

y tanto pracer os venga

como creo que deseais.

* * * * *

Pues pobretos,

que quereis vivir sugetos

al mundo y á su cebico,

en mi tierra los discretos

al contento llaman rico.

Por probar

ora os quiero preguntar:

quien duerme mas satisfecho,

yo de noche en un pajar

ó el Papa en su rico lecho?

Yo diria

quel no duerme, todavia

con mil cuidados y enojos;

yo recuerdo á medio dia

y aun no puedo abrir los ojos.

Mas veran:

que dais al Papa un faisan

y no come del dos granos;

yo tras los ajos y el pan

me quiero engollir las manos.

Todo cabe,

mas aunque el papa me alabe

sus vinos de gran natio,

menos cuesta y mejor sabe

el agua del dulce rio.

(_aplausos generales_.)

Yo, villano,

vivo mas tiempo y mas sano,

y alegre todos mis dias,

y vivo como cristiano

con aquestas manos mias.

Vos, señores,

vivís en muchos dolores

y sois ricos de mas penas,

y comeis de los sudores

de pobres manos agenas.

(_aplausos de la gente de á pié._)

Y infinitos,

que teneis los apetitos

tan buenos como palabras,

no comiérades cabritos

si yo no criase cabras.

Concrusion:

pues os demando perdon

me lo debeis conceder,

y pues que fué mi intencion

venir á daros prazer;

y será:

que una comedia verná

Reina Moraima llamada.

Sabed que no faltará

de graciosa ó desgraciada.

A continuacion, el bobo charló en verso el argumento de la comedia, y,

concluido, retiróse dentro, llevando consigo una salva de aplausos.

Despues de esto é inmediatamente debia salir la reina mora, y decir al

público, que su padre habia sido asesinado, su esposo asesinado, sus

hijos asesinados, y que iba por el mundo en busca de un caballero que la

vengase del hombre que habia asesinado á su padre, á su esposo y á sus

hijos.

Sin embargo, Angélica que debia representar la reina mora, no parecia;

el público empezaba á impacientarse, y á murmurar, y á silbar al fin, y

armar un verdadero alboroto.

Veamos en qué consistia la tardanza de Angélica.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, cuando

maese Pertiñez, se deslizó por una escalera de mano, que mas allá,

apoyada en la balaustrada, daba al escenario, y pasando entre moros y

cristianos, llegó á un espacio cerrado por tapices, levantó uno y se

encontró frente á frente con Angélica.

Estaba la comedianta deslumbrante de hermosura; tenia en la cabeza sobre

las pesadas trenzas de sus cabellos, un adorno de plumas y diamantes, un

riquísimo collar sobre el casi desnudo seno, y una magnífica y ancha

túnica de brocado blanco de tres altos: tenia en la mano su papel

plegado, en el que no estudiaba; por el contrario, le rompia lentamente

y con cólera en pequeños pedazos. Sobre una mesa inmediata habia un

objeto de poco volúmen envuelto en un pañuelo de encaje.

Cuando entró Pertiñez, Angélica se levantó sobrexcitada.

--¡Gracias á Dios que habeis venido! le dijo. ¿Traeis la llave del

aposento de las celosías?

--Es que... me habiais prometido otra llave, que ya no sirve, porque don

Fernando de Válor...

--Sí, si: ya sé que don Fernando ha hecho una de las suyas y anda

huyendo; pero no importa, dad mi llave al señor Diego Lopez.

--Pero el señor Diego Lopez, no me pagará...

--Acabárais de una vez; os pagaré yo. Tomad mi llave, añadió sacando una

de su limosnera, y esta carta para el señor Diego Lopez. Dadme la llave

del aposento de la dama encubierta.

--Pero...

--¡Ah! me habia olvidado de que era necesario pagaros: tomad.

Y se quitó su magnífico collar, que no le hacia falta, porque su cuello

desnudo era mas hermoso.

--Pero... repitió Pertiñez.

--¡Oh y que cansado! tomad y dadme.

Pertiñez sacó de sus gregüescos una llave que entregó á Angélica, y esta

le dió el collar.

--Oid: haced de modo que el señor Diego Lopez reciba mi carta y mi llave

esta misma noche. Adios.

Y rápida como el pensamiento, salió de entre sus tapices, atravesó el

interior del escenario, trepó por la escalera de mano, y se encontró en

el corredor de los aposentos del público, que estaba desierto á causa de

haberse empezado la funcion. Los lacayos de don Alonso que habian

quedado á la puerta del aposento de su señor, creyendo que no harian

falta, se habian escurrido para pillar algo de la funcion entre la gente

de á pié, y Angélica pudo llegar sin que nadie se lo impidiese á aquella

puerta, y metió en la cerradura la llave, abrió con mano trémula y se

precipitó dentro.

Al ruido, doña Inés volvió la cabeza, al mismo tiempo que su padre y

Aben-Aboo. Angélica habia puesto sus manos sobre los dos hombros

desnudos de doña Inés, y la miraba frente á frente.

--¡Oh! ¡no me habia engañado! exclamó, ¡eras tú!... ¡tú!... ¡siempre tú!

--¿Qué quereis señora? dijo con asombro don Alonso.

Palideció aun mas que lo estaba Angélica, temblaron sus labios, y sin

duda iba á pronunciar alguna palabra inconveniente, porque se la vió

hacer un esfuerzo sobre sí misma. Habia visto junto á sí á Aben-Aboo,

que la miraba admirado.

--¡Perdonad! dijo, me he engañado señora: perdonad, señor caballero,

pero las cómicas tenemos corazon: yo creia que una mujer á quien

aborrezco de muerte, de quien he jurado vengarme, y de quien me vengaré,

me habia arrojado para humillarme desde este aposento estas tres joyas

(y Angélica desemvolvió el pañuelo de encaje); perdonad otra vez: si yo

hubiera encontrado aquí á esa mujer la hubiera arrojado estas joyas á la

cara; pero... me he equivocado... sin embargo, os suplico que volvais á

admitir estas joyas, que para nada me hacen falta, y que podrán aliviar

la suerte de muchos desgraciados.

--Guardadlas, Angélica, guardadlas como un recuerdo mio, dijo dulcemente

doña Inés. Yo cuido ya bastante de los desgraciados que conozco. Por lo

demás, siento mucho que hayais podido creerme enemiga vuestra...

--¡Oh! ¡no! he dicho simplemente, señora, que creia que quien tras

tantos misterios, tras estas celosías, me arrojaba á la escena estas

joyas, era una mujer á quien aborrezco, y que tiene muchos motivos para

aborrecerme. Una mujer á quien yo conocí cuando era una gran señora,

como vos lo sois y como yo misma espero volver á ser. Perdonadme, pues,

mis primeras palabras, hijas de mi equivocacion, y adios, porque veo que

la loa ha concluido y hago falta en la escena.

--No, no recibiré esas joyas: son una muestra de mi entusiasmo hácia

vos. Reparo que os falta collar, dijo doña Inés, tomando el de perlas

que estaba entre el pañuelo; teneis un hermoso cuello, y os estará á las

mil maravillas. Permitidme, añadió levantándose: quiero ponérosle yo

misma.

Y como nadie la viese por haberse vuelto, mas que Angélica, la lanzó una

mirada de amenaza, de odio, de desprecio y de mando á un tiempo.

Angélica inclinó su hermosa cabeza hácia doña Inés, que, al ponerla el

collar, la dijo al oido con un acento casi imperceptible, pero que la

comedianta escuchó perfectamente.

--Me le has robado, me has robado mi honra, y me debes tu vida.

--Odio por odio, y odio á muerte, exclamó Angélica en el mismo acento.

Y luego, alzando Angélica la cabeza:

--¡Oh! ¡cuanto tengo que agradeceros, señora! exclamó: ¡cuán buena sois!

--¡Ah! nada me agradezcais, guardad esas joyas en amor mio, y contad

siempre... siempre... con que seré la misma para vos.

--Adios señora, y perdonad otra vez mi error; adios, caballeros: ya he

faltado á mi obligacion y el público se alborota.

Y salió como un relámpago, dejando abierta la puerta.

Don Alonso se levantó á cerrarla. Aben-Aboo entre tanto, decia á doña

Inés que se mostraba tranquila:

--¡Esa mujer está loca!

--Y es lástima, dijo doña Inés, porque es muy hermosa y tiene mucho

ingenio.

No se volvió á hablar una palabra mas, ni Aben-Aboo, aunque estaba

gravemente alarmado por aquella nueva singularidad que parecia iluminar

el caos de sus dudas, notó una sola mirada de inteligencia entre el

padre y la hija.

Entre tanto seguia el tumulto del patio, cuando hé aquí, que cesa como

por encanto, y le sucede una tempestad de aplausos y de víctores: tan

hermosa y tan bien prendida habia aparecido Angélica, y con tal donaire

habia avanzado hácia el proscenio.

Pero cuando el entusiasmo público, no tuvo límites, fue cuando, despues

de haber hecho la reina mora la exposicion de sus amores y de sus

desgracias, exclamó con un arranque sobrenatural en una transicion

magnífica:

Montes, árboles, fieras,

venid, y aprendereis de mil maneras,

como, pidiendo fuerzas á los cielos,

una amante infeliz venga sus duelos.

Tras esto, siguió la representacion y siguieron los aplausos á Angélica

y á Cisneros, que hacia admirablemente el papel de traidor enamorado.

Angélica fue tambien aplaudida con frenesí en la cancion y en el baile,

y, por último, al oscurecer, terminado el espectáculo con gran

contentamiento de todos, empezó á salir la gente.

Al salir por los corredores de los aposentos, y como Aben-Aboo, habia

quedado un tanto rezagado de don Alonso y de su hija, sintió que le

tiraban con impaciencia de las faldetas del jubon.

Volvióse y encontró bajo su vista la exigua figura de maese Pertiñez.

¿Qué me quereis? le dijo.

Escuchad una palabra al oído y mostrad una mano. La reina mora, la de la

comedia, me ha dado para vos esta carta y esta llave: la llave por si no

os lo dice en la carta, es la del corredor de su aposento: el número 13.

Teneis mucha suerte, señor, mucha suerte: todas os aman.

Y el hombrecillo se escurrió, dejando en las manos de Aben-Aboo la carta

y la llave.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 74 / 168 题