CAPITULO V.

De lo que vió y oyó Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la

hospedería del Carbon.

Entre tanto maese Pertiñez, contento con haber salido del atolladero en

que le habia puesto la pretension de Aben-Aboo, habia conducido á este á

la hostería y recomendándole para que le diesen uno de los mejores

aposentos.

Subiase á la hostería por una escalerilla situada en uno de los ángulos

del corral, escalera que tenia y aun tiene ciertos resabios moriscos, y

al desembocar de aquella escalera, se entraba por una puerta

ennegrecida, que al abrirse hacia sonar una campana en un corredor largo

y tortuoso, iluminado por unas altas lucanas desprovistas de vidrios,

por las cuales entraban el viento la lluvia ó el polvo segun era la

estacion ó el estado atmosférico. De la misma manera que sobre la puerta

de entrada estaba escrito con letras bárbaras: «Hostería del Carbon»,

habia sobre las de los aposentos situados á derecha é izquierda enormes

números que seguian una correlacion casi infinita. Antes de llegar á

otra puerta donde se leia la palabra «cocina» y despues de muchas

vueltas y revueltas, habia contado Aben-Aboo, ó por mejor decir leido

hasta el número cincuenta y nueve. La numeracion seguia, pero maese

Pertiñez se entró de rondon en la cocina.

Rey de aquel departamento, en medio de una atmósfera cálida y grasienta,

habia un hombre alto flaco, vestido de una manera ordinaria, y

constituyendo la mitad de su traje un enorme gorro blanco, y un mandilon

del mismo color que le cogia de alto á abajo por delante, y que no

estaba tan limpio como hubiera sido de desear: aquel hombre cuando

entraron Aben-Aboo y el barbero empuñaba una cacerola, y hacia andar de

prisa, en una actividad increible, á cuatro marmitones que se ocupaban

de faenas culinarias, en derredor de un inmenso fogon, enteramente

cubierto de tarteras, ollas y sartenes. Hervian los unos, chirriaban las

otras, desprendiase del todo un olor indefinible, y una niebla de humo

velaba aquel conjunto, capaz por sí mismo de dar hastío á un hambriento.

Al ver entrar á maese Pertiñez en su habitacion principal, en su sala de

honor, por decirlo asi, con un jóven del aspecto de Aben-Aboo, el hombre

de la cacerola entregó la que tenia en la mano á un marmiton, y adelantó

hácia los recien llegados luciendo en sus labios la noble sonrisa del

cocinero y del hostalero á quien se presenta un huésped, y

--¿En que puedo servir á vuesamerced? dijo prescindiendo enteramente del

barbero, á quien trataba como cosa de la casa.

--Este caballero, dijo Pertiñez, necesita vivir en vuestra casa,

únicamente hasta las doce del dia.

Secóse, por decirlo asi, la sonrisa en el semblante del hostalero: eran

ya las diez.

--Lo que no importa, añadió Pertiñez, porque el conocimiento con un

hidalgo tal como el señor Diego Lopez, es siempre un conocimiento que

vale mucho.

Volvió á la boca del hostalero la mitad de la sonrisa que habia

desaparecido de ella, y se inclinó de nuevo.

--Siento mucho, muchísimo, que....

Aben-Aboo le interrumpió impaciente.

--En fin, dijo: ¿no teneis un aposento donde meterme? Poco os importe el

tiempo; figuraos que he vivido en el un mes, que he comido todo lo que

teneis en la despensa, y poned la cuenta.

--No no lo digo por tanto, contestó apresuradamente el hostalero, si

vuesamerced me hubiera dejado concluir, hubiera oido que lo que siento

mucho muchísimo, es no poder dar á vuesamerced aposento tal como el que

merece: con la multitud de hidalgos que han venido á las pascuas que se

acercan, y la compañía de comediantes del señor Godinez....

--Bien, bien; pero tendreis un aposento cualquiera.

--Si señor, el número sesenta y siete. ¡Diablo! ¡diablo! un aposento

oscuro, donde es necesario tener luz encendida á todas horas si se ha de

ver algo.

--No importa; llevadme á ese aposento y concluyamos.

Era tan concluyente el mandato, que el hostalero, tomó dos bugías de

sobre un anden donde habia otras muchas, encendió la una, y tomando una

única llave de una larga espetera, llave que estaba colocada bajo un

número sesenta y nueve, salió precediendo á Aben-Aboo y á Pertiñez.

A penas se habian aventurado en el corredor cuando se oyeron pisadas de

mujer, fuertes, como de buena moza, acompañadas del crugir de una falda

de seda.

--Alto, dijo con un acento malicioso é insinuante maese Pertiñez; alto,

señor Diego Lopez; el corredor es estrecho y será bien que nos hagamos á

un lado para que pueda pasar su magestad la reina mora.

--¡Ah! ¡sois vos! maese rapista, dijo una mujer que llegó á punto y cuyo

semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbró á Aben-Aboo

por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y á

vosotros tambien, señores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo:

¿os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que está

cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros

de terciopelo franjado tan ricos.

--¡Ah! ¡ah! allí sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no

quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y

palidecer.

--O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado

una mujer y un caballero.

--¡Ah! ¡ah! os han dicho...

--Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, señor Pertiñez; por

lo mismo os espero en mi aposento. Número 13. Con que hasta luego. Adios

señor hidalgo, añadió dirigiéndose á Aben-Aboo, á quien durante su corto

diálogo habia mirado con una extraña insistencia. Adios, maese

Briviesca, añadió dirigiéndose al hostalero.

Y se alejó ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de

ruiseñor una copla de entremés.

--La mejor ave de mi casa, exclamó Briviesca, pero dura de desplumar

como un grajo.

--¡Oh! la cómica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclamó el

barbero.

--¡Ah! ciertamente que es una mujer hermosísima, dijo con un acento

particular Aben-Aboo: ¿Y la llaman la reina mora?

--Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero.

--Hemos llegado al número sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta á

la llave de una puerta.

Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ángulos habia un

fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa

mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y

media luna de espejo en un marco negro...

--Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca.

--Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me

traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiñez, venid despues á

afeitarme. Por ahora dejadme solo.

--Y decís bien; aunque me hubiérais necesitado en el momento, os hubiera

suplicado me dejaseis libre para ir á ver que me quiere la reina mora.

--¿Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca.

--No, únicamente mi maleta que está en mi caballo á la puerta de maese

Pertiñez, y una taza de caldo de gallina.

--¿Y vino?

--No bebo vino, ¡ah! maese Pertiñez: haced que cuiden á mi caballo.

--Muy bien; descuidad por vuestro caballo.

--¡Ah! si viene preguntando á vuestra casa por mí el criado del

capitan...

--Por supuesto, le enviaré. Que Dios os guarde.

--Yd con Dios.

A penas se quedó solo murmuró Aben-Aboo, obedeciendo al encendido

recuerdo que le habia dejado la comedianta:

--¡Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida

no he visto una mujer tan hermosa! ¡La reina mora! es singular.

Pero dejando á Aben-Aboo entregado á tales pensamientos, que nada tenian

de extraños en quien como él solo contaba veintidos años, edad en la que

el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de

uno á otro, sigamos aunque nos salgamos del epígrafe de este capítulo, á

maese Pertiñez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad,

hácia el aposento número trece donde decia vivir la reina mora.

Tenia ademas en esto un grave interés el rapista: un interés puramente

pecuniario; el interés que tiene por hacer un buen negocio un corredor

de amores.

Era el caso que don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, como mejor

queramos, en el momento en que en la primera representacion de la

compañía de cómicos se habia presentado en la escena Angélica, se habia

enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun

costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido á la puerta del apartado

donde se vestian las cómicas, solicitando entrar para saludar á la dama.

Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta á cuarenta

años, cegijunto, enérgico, y un si es no es altivo, le dió con la puerta

en las narices diciéndole: que en su compañía no estaban en uso aquellas

costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas.

Don Fernando, pues, se volvió, echando ternos inútiles, y hubo de

contentarse con arrojar á Angélica el joyel de diamantes de su gorra, en

el momento en que el entusiasmo público enviaba una salva de aplausos á

la comedianta.

Al dia siguiente, se presentó en la hospedería, preguntó por el número

de la habitacion de la dama y sabido este llegó á la puerta y llamó.

Abrióle una doncella, que contestó á la cortés demanda de don Fernando,

con que su señora estaba enferma y no podia recibir á nadie.

Don Fernando, que iba preparado á todo evento, entregó á la doncella un

billete perfumado de que iba provisto y se retiró.

El billete que habia dejado Aben-Humeya contenia las palabras

siguientes:

«Hermosa señora: soy el caballero que tuvo el placer de ofreceros ayer

tarde su homenaje de la manera que pudo, arrojando á vuestros piés el

joyel que llevaba sobre su cabeza. Hoy ha venido á poner á vuestros piés

su corazon, que espera levanteis hasta unirle con el vuestro. Si hoy,

por un acaso, no puedo veros, os suplico me digais, contestándome, á que

hora podré veros mañana.--Quien os adora por hermosa y discreta: don

Fernando de Válor.»

Al volver don Fernando á su casa despues de otros quehaceres, encontró

sobre su mesa, una preciosa caja de oro cincelada, con guarnicion de

piedras preciosas, y junto á ella un billete. Llamó á su lacayo y este

le dijo que aquellas dos cosas las habia traído una doncella.

El billete contenia estas brebes palabras:

«Señor don Fernando de Válor: ignoro si la joya que os devuelvo es la

misma que ayer me arrojasteis á la escena _rindiéndome un homenage_:

como no he encontrado papel á mano para envolverla, os la envio dentro

de una caja, que encontré tambien á mis piés, no sé de quien, y que

recogí, porque las cómicas nos vemos obligadas á hacer delante del

público, lo que como mujeres nunca hariamos. Si habeis creido que con

ese joyel pagabais la entrada en mi aposento particular, como por

algunos maravedises habeis comprado el derecho de juzgar de mi escaso

ingenio, os habeis engañado. Mi aposento no se abre con oro. Mi corazon

necesita de mas noble llave para abrirse. Perdonad si os he ofendido,

obrando no como una dama de comedias, sino como quien soy.--Vuestra

servidora.--Angélica, la comedianta.»

Hombre de mundo á pesar de su juventud don Fernando, creyó que la

comedianta adoptaba aquella posicion digna y á todas luces mas noble,

para hacerse mas preciosa, y se obstinó, apuró cuantos medios se conocen

para obtener una cita de una mujer, y ya desesperado, se dirigió á maese

Pertiñez, que tenia una tremenda fama de corredor experimentado.

Ofrecióle oro á montones si le ayudaba á rendir aquella fortaleza, pero

en vano, aunque obraba con toda la fuerza y á toda la altura de su

codicia excitada, pretendió hablar á solas con Angélica: como maese

Pertiñez era una especie de omnipotencia en al corral del Carbon y en

la adjunta hostería tuvo mil veces ocasion de estar al lado de Angélica;

pero esta jamás se encontraba sola: jamás habia podido el rapista

decirla una sola palabra del asunto. Se concibe, pues, con cuanta ansia

iria á la cita que de una manera tan inesperada habia recibido de la

comedianta.

Llamó, latiendole el corazon de esperanza, esperanza que se refería á

los doblones que debia recibir, si el negocio se llevaba á cabo, de don

Fernando de Válor, y al punto que llamó se abrió la puerta. Era Angélica

en persona.

--Entrad, entrad, maese, le dijo, tengo que preguntaros muchas cosas.

Pertiñez, restregándose las manos de alegría, atravesó, siguiendo á la

comedianta, dos habitaciones y entró en una inundada por un hermoso sol

de medio dia y tan ricamente alhajada como hubiera podido estarlo la de

la dama mas principal.

Pertiñez abrió tanto ojo: aquellos muebles á todas luces no pertenecian

á maese Bribiesca, que era miserable y raquítico con sus huéspedes.

--¡Ah! ¡ah! exclamó el rapista: ¿sabeis, señora, que debe de llevaros un

sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca?

--¡Ah! dijo Angélica, no os he llamado para eso: sentaos.

Y le señaló un magnífico sillon.

--Pero ved, señora, que voy á dejar inservible este hermoso terciopelo

de Utrech.

--¿Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta.

--¡Ah! ¡ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda

clase de vichos grasientos: ¡qué vida la nuestra!

--¿Me vais á contestar en verdad á lo que os pregunte maese? le dijo

Angélica sin escuchar sus últimas palabras.

--Os contestaré á todo lo que querais y á mas de lo que querais, hermosa

señora, contestó el rapista.

--Decidme, continuó Angélica, inclinándose hácia Pertiñez, sobre uno de

los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: ¿por qué

está cubierto con celosías el primer aposento del lado derecho de la

escena?

--¡Ah! eso es lo que no podré deciros: por un capricho: lo que sé es que

quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la

Chancillería para tenerle cerrado.

--Bien: ¿pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese

aposento?

--Las personas son un hombre y una mujer.

--¡Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engañado.

--Y, permitidme, señora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me

entremeto en lo que no debo: ¿qué razones teneis para pensar que haya

una mujer tras de las celosias?

--Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan

por mí. Vais á ver.

Angélica se levantó, fué á una especie de secreter de ébano, marfil,

concha y plata, le abrió y sacó de él un cofrecillo, con el cual fué á

sentarse en el sillon: cuando abrió aquel cofrecillo, se deslumbró el

barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian

deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.

--Escuchad, dijo Angélica y como si nada la interesasen aquellas joyas;

vos habeis visto la comedia que hacemos.

--¿Pues no he de haberla visto? contestó maquinalmente el rapista que no

quitaba ojo de la pedreria.

--¿Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la

muerte de su padre el rey Mirtilo?

--¡Oh! ¡vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais

miedo, señora; tan al vivo lo haceis.

--Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y

toquillas, y en medio de todo esto ¿qué diriais que cayo á mis piés?

--¡Oh! ¿quién sabe, señora?

--Pues bien, cayó este collar. Y la comedianta asió por un extremo su

magnífico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levantó

ante los ojos admirados del barbero.

--¿Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos?

--¡Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un

tesoro.

--¿Y no sabeis quien pueda haber sido...?

--Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, miré

ansiosamente á todas partes: deseaba conocer á la mujer que se habia

desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como

hubiera recibido una bofetada: con cólera: este collar era para mí un

insulto... la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto

humillarme... vos no conoceis á las mujeres, añadió Angélica

comprendiendo la estúpida expresion de asombro que se pintaba en los

ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este

collar, quien me decia sin palabras: «toma y deja de ofrecer tu

hermosura y tu ingenio á la soez admiracion del vulgo,» era sin disputa

una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin

embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas,

que pudiese hacerme sospechar que era la dueña de esta joya: las mujeres

lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado

con celosías... tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi

enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer.

--Si sabiais que la habia ¿á qué me habeis preguntado?

--Os diré; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion,

encargué á un comediante que procurase informarse de qué personas habia

en el aposento misterioso: cumplió su encargo y me dijo que habia visto

salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con

un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si

la dama encubierta habia salido ó no del aposento cerrado, porque habia

mucha gente y se habia confundido: pero me aseguró que de todas las

damas que habia visto solo aquella llevaba manto.

--¡Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran señora os ha

ofrecido un hermoso regalo...!

--¿Qué entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Angélica. Dejadme

seguir porque os cuento únicamente esto para que me ayudeis en mis

sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada á esperar

otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el público me

aplaudia con frenesí, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las

celosías vi abrirse una de estas, asomar una blanquísima mano de dama y

arrojar á mis piés este brazalete.

Y Angélica mostró á maese Pertiñez, cuyo estupor crecia, una segunda y

riquísima joya.

--Ya no podia tener duda, continuó la comedianta, de que en aquel

aposento estaba la dama que se atrevia á insultarme. Tenia preparado

como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue

seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del

aposento de las celosías, acompañada de un caballero de mas de cuarenta

años habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que

habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido á

una casa grande y principal en el Albaicin, junto á la parroquia de San

Miguel. Encarguéle que se informase de quien era aquella dama, y solo

pudo decirme que se llamaba doña Inés de Fuensalida, que salia muy poco,

y siempre cuidadosamente encubierta, y por último que iba todos los dias

al amanecer á la primera misa á San Miguel. Irritada de que mi emisario

no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma á

aquella mujer, me levanté al dia siguiente antes de que fuese de dia, y

me fuí á la iglesia de San Miguel á esperar á esa dama tan misteriosa:

al fin al segundo toque de la misa de alba, entró una dama tapada, y

aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el

rostro: he procurado corromper á sus criados y los he encontrado

incorruptibles: por último, en la tercera función recibí un nuevo

ultrage, viendo á mis piés estas arracadas que valen tanto como

cualquiera de las dos joyas.

--¿Y nada habeis podido averiguar mas claro?

--No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa

en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco...

--Si, si por cierto, del señor Diego Lopez á quien conoceis.

--¡Qué yo conozco al señor Diego Lopez! dijo palideciendo Angélica.

--Si por cierto, es el hidalgo á quien encontrásteis conmigo en el

comedor, y á quien habéis saludado hace un momento.

--¡Ah! ¡ese jóven moreno, pálido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclamó

profundamente pensativa Angélica.

--Si, si señora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman á

don Fernando de Válor Aben-Humeya.

--¡Aben Aboo! ¡Aben-Humeya! repitió Angélica.

--Y si supiérais, dijo envistiendo de frente el rapista, cuán loco, cuán

enamorado por vos está don Fernando de Válor.

--¡Qué está enamorado de mí!

--Cómo que me ha ofrecido no sé cuantas riquezas, si consigo de vos que

le permitais hablaros una sola vez.

--¡Ah! murmuró Angélica; y reponiéndose, añadió: hablemos de la dama:

vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.

--Es verdad; pero jamás paso de un aposento del piso bajo, donde me

recibe y me paga el mayordomo.

--Vos habeis revendido ese aposento cerrado á esa familia.

--Es verdad.

--Debeis, pues, haber visto á esa dama.

--Si, pero cubierta con el manto.

--¡Oh! ¿y no habéis tenido curiosidad?

--Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del

aposento.

--De modo que no la conoceis.

--Ni mas ni menos que vos.

Golpeó impaciente Angélica el pavimento con su pequeño pié.

--Pues yo necesito ver frente á frente á esa mujer, dijo.

--Lo creo, murmuró el rapista, no encontrando otra cosa mejor que

contestar á la comedianta.

--Y es que vos me vais á procurar que la conozca.

--¿Y cómo?

--Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.

--¿Estais en vos?

--Sé que os pido un gran servicio, pero os lo pagaré.

--¡Cómo!

--Dándoos una carta de cita para don Fernando de Válor.

Alegróse en lo íntimo de sus entrañas el barbero, pero se mantuvo firme.

--Me pedís una cosa muy arriesgada para mí, señora. Yo puedo proveeros,

á cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos

expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es

la que creeis...

--¿Y qué medio es ese?

--El señor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el

barbero, está convidado á comer con ella, y va á vivir en su propia

casa.

--Esa mujer será capaz de comer con antifaz, y de hablar á oscuras con

Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiñez, y por la llave del

aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de

Válor.

--¡Dádmela!

--Cuando me hayais entregado la llave.

--Pues dentro de una hora.

--Pues hasta dentro de una hora.

Pertiñez salió contando ya en su imaginacion los brillantes doblones,

que esperaba recibir de Aben-Humeya á cambio de la cita de Angélica, y

esta se quedó murmurando:

--¡Aben-Humeya! ¡Aben-Aboo! ¡el uno me solicita loco de amores, y el

otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin

encuentro el principio de mi camino.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 72 / 168 题