De lo que vió y oyó Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la
hospedería del Carbon.
Entre tanto maese Pertiñez, contento con haber salido del atolladero en
que le habia puesto la pretension de Aben-Aboo, habia conducido á este á
la hostería y recomendándole para que le diesen uno de los mejores
aposentos.
Subiase á la hostería por una escalerilla situada en uno de los ángulos
del corral, escalera que tenia y aun tiene ciertos resabios moriscos, y
al desembocar de aquella escalera, se entraba por una puerta
ennegrecida, que al abrirse hacia sonar una campana en un corredor largo
y tortuoso, iluminado por unas altas lucanas desprovistas de vidrios,
por las cuales entraban el viento la lluvia ó el polvo segun era la
estacion ó el estado atmosférico. De la misma manera que sobre la puerta
de entrada estaba escrito con letras bárbaras: «Hostería del Carbon»,
habia sobre las de los aposentos situados á derecha é izquierda enormes
números que seguian una correlacion casi infinita. Antes de llegar á
otra puerta donde se leia la palabra «cocina» y despues de muchas
vueltas y revueltas, habia contado Aben-Aboo, ó por mejor decir leido
hasta el número cincuenta y nueve. La numeracion seguia, pero maese
Pertiñez se entró de rondon en la cocina.
Rey de aquel departamento, en medio de una atmósfera cálida y grasienta,
habia un hombre alto flaco, vestido de una manera ordinaria, y
constituyendo la mitad de su traje un enorme gorro blanco, y un mandilon
del mismo color que le cogia de alto á abajo por delante, y que no
estaba tan limpio como hubiera sido de desear: aquel hombre cuando
entraron Aben-Aboo y el barbero empuñaba una cacerola, y hacia andar de
prisa, en una actividad increible, á cuatro marmitones que se ocupaban
de faenas culinarias, en derredor de un inmenso fogon, enteramente
cubierto de tarteras, ollas y sartenes. Hervian los unos, chirriaban las
otras, desprendiase del todo un olor indefinible, y una niebla de humo
velaba aquel conjunto, capaz por sí mismo de dar hastío á un hambriento.
Al ver entrar á maese Pertiñez en su habitacion principal, en su sala de
honor, por decirlo asi, con un jóven del aspecto de Aben-Aboo, el hombre
de la cacerola entregó la que tenia en la mano á un marmiton, y adelantó
hácia los recien llegados luciendo en sus labios la noble sonrisa del
cocinero y del hostalero á quien se presenta un huésped, y
--¿En que puedo servir á vuesamerced? dijo prescindiendo enteramente del
barbero, á quien trataba como cosa de la casa.
--Este caballero, dijo Pertiñez, necesita vivir en vuestra casa,
únicamente hasta las doce del dia.
Secóse, por decirlo asi, la sonrisa en el semblante del hostalero: eran
ya las diez.
--Lo que no importa, añadió Pertiñez, porque el conocimiento con un
hidalgo tal como el señor Diego Lopez, es siempre un conocimiento que
vale mucho.
Volvió á la boca del hostalero la mitad de la sonrisa que habia
desaparecido de ella, y se inclinó de nuevo.
--Siento mucho, muchísimo, que....
Aben-Aboo le interrumpió impaciente.
--En fin, dijo: ¿no teneis un aposento donde meterme? Poco os importe el
tiempo; figuraos que he vivido en el un mes, que he comido todo lo que
teneis en la despensa, y poned la cuenta.
--No no lo digo por tanto, contestó apresuradamente el hostalero, si
vuesamerced me hubiera dejado concluir, hubiera oido que lo que siento
mucho muchísimo, es no poder dar á vuesamerced aposento tal como el que
merece: con la multitud de hidalgos que han venido á las pascuas que se
acercan, y la compañía de comediantes del señor Godinez....
--Bien, bien; pero tendreis un aposento cualquiera.
--Si señor, el número sesenta y siete. ¡Diablo! ¡diablo! un aposento
oscuro, donde es necesario tener luz encendida á todas horas si se ha de
ver algo.
--No importa; llevadme á ese aposento y concluyamos.
Era tan concluyente el mandato, que el hostalero, tomó dos bugías de
sobre un anden donde habia otras muchas, encendió la una, y tomando una
única llave de una larga espetera, llave que estaba colocada bajo un
número sesenta y nueve, salió precediendo á Aben-Aboo y á Pertiñez.
A penas se habian aventurado en el corredor cuando se oyeron pisadas de
mujer, fuertes, como de buena moza, acompañadas del crugir de una falda
de seda.
--Alto, dijo con un acento malicioso é insinuante maese Pertiñez; alto,
señor Diego Lopez; el corredor es estrecho y será bien que nos hagamos á
un lado para que pueda pasar su magestad la reina mora.
--¡Ah! ¡sois vos! maese rapista, dijo una mujer que llegó á punto y cuyo
semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbró á Aben-Aboo
por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y á
vosotros tambien, señores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo:
¿os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que está
cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros
de terciopelo franjado tan ricos.
--¡Ah! ¡ah! allí sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no
quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y
palidecer.
--O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado
una mujer y un caballero.
--¡Ah! ¡ah! os han dicho...
--Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, señor Pertiñez; por
lo mismo os espero en mi aposento. Número 13. Con que hasta luego. Adios
señor hidalgo, añadió dirigiéndose á Aben-Aboo, á quien durante su corto
diálogo habia mirado con una extraña insistencia. Adios, maese
Briviesca, añadió dirigiéndose al hostalero.
Y se alejó ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de
ruiseñor una copla de entremés.
--La mejor ave de mi casa, exclamó Briviesca, pero dura de desplumar
como un grajo.
--¡Oh! la cómica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclamó el
barbero.
--¡Ah! ciertamente que es una mujer hermosísima, dijo con un acento
particular Aben-Aboo: ¿Y la llaman la reina mora?
--Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero.
--Hemos llegado al número sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta á
la llave de una puerta.
Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ángulos habia un
fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa
mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y
media luna de espejo en un marco negro...
--Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca.
--Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me
traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiñez, venid despues á
afeitarme. Por ahora dejadme solo.
--Y decís bien; aunque me hubiérais necesitado en el momento, os hubiera
suplicado me dejaseis libre para ir á ver que me quiere la reina mora.
--¿Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca.
--No, únicamente mi maleta que está en mi caballo á la puerta de maese
Pertiñez, y una taza de caldo de gallina.
--¿Y vino?
--No bebo vino, ¡ah! maese Pertiñez: haced que cuiden á mi caballo.
--Muy bien; descuidad por vuestro caballo.
--¡Ah! si viene preguntando á vuestra casa por mí el criado del
capitan...
--Por supuesto, le enviaré. Que Dios os guarde.
--Yd con Dios.
A penas se quedó solo murmuró Aben-Aboo, obedeciendo al encendido
recuerdo que le habia dejado la comedianta:
--¡Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida
no he visto una mujer tan hermosa! ¡La reina mora! es singular.
Pero dejando á Aben-Aboo entregado á tales pensamientos, que nada tenian
de extraños en quien como él solo contaba veintidos años, edad en la que
el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de
uno á otro, sigamos aunque nos salgamos del epígrafe de este capítulo, á
maese Pertiñez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad,
hácia el aposento número trece donde decia vivir la reina mora.
Tenia ademas en esto un grave interés el rapista: un interés puramente
pecuniario; el interés que tiene por hacer un buen negocio un corredor
de amores.
Era el caso que don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, como mejor
queramos, en el momento en que en la primera representacion de la
compañía de cómicos se habia presentado en la escena Angélica, se habia
enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun
costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido á la puerta del apartado
donde se vestian las cómicas, solicitando entrar para saludar á la dama.
Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta á cuarenta
años, cegijunto, enérgico, y un si es no es altivo, le dió con la puerta
en las narices diciéndole: que en su compañía no estaban en uso aquellas
costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas.
Don Fernando, pues, se volvió, echando ternos inútiles, y hubo de
contentarse con arrojar á Angélica el joyel de diamantes de su gorra, en
el momento en que el entusiasmo público enviaba una salva de aplausos á
la comedianta.
Al dia siguiente, se presentó en la hospedería, preguntó por el número
de la habitacion de la dama y sabido este llegó á la puerta y llamó.
Abrióle una doncella, que contestó á la cortés demanda de don Fernando,
con que su señora estaba enferma y no podia recibir á nadie.
Don Fernando, que iba preparado á todo evento, entregó á la doncella un
billete perfumado de que iba provisto y se retiró.
El billete que habia dejado Aben-Humeya contenia las palabras
siguientes:
«Hermosa señora: soy el caballero que tuvo el placer de ofreceros ayer
tarde su homenaje de la manera que pudo, arrojando á vuestros piés el
joyel que llevaba sobre su cabeza. Hoy ha venido á poner á vuestros piés
su corazon, que espera levanteis hasta unirle con el vuestro. Si hoy,
por un acaso, no puedo veros, os suplico me digais, contestándome, á que
hora podré veros mañana.--Quien os adora por hermosa y discreta: don
Fernando de Válor.»
Al volver don Fernando á su casa despues de otros quehaceres, encontró
sobre su mesa, una preciosa caja de oro cincelada, con guarnicion de
piedras preciosas, y junto á ella un billete. Llamó á su lacayo y este
le dijo que aquellas dos cosas las habia traído una doncella.
El billete contenia estas brebes palabras:
«Señor don Fernando de Válor: ignoro si la joya que os devuelvo es la
misma que ayer me arrojasteis á la escena _rindiéndome un homenage_:
como no he encontrado papel á mano para envolverla, os la envio dentro
de una caja, que encontré tambien á mis piés, no sé de quien, y que
recogí, porque las cómicas nos vemos obligadas á hacer delante del
público, lo que como mujeres nunca hariamos. Si habeis creido que con
ese joyel pagabais la entrada en mi aposento particular, como por
algunos maravedises habeis comprado el derecho de juzgar de mi escaso
ingenio, os habeis engañado. Mi aposento no se abre con oro. Mi corazon
necesita de mas noble llave para abrirse. Perdonad si os he ofendido,
obrando no como una dama de comedias, sino como quien soy.--Vuestra
servidora.--Angélica, la comedianta.»
Hombre de mundo á pesar de su juventud don Fernando, creyó que la
comedianta adoptaba aquella posicion digna y á todas luces mas noble,
para hacerse mas preciosa, y se obstinó, apuró cuantos medios se conocen
para obtener una cita de una mujer, y ya desesperado, se dirigió á maese
Pertiñez, que tenia una tremenda fama de corredor experimentado.
Ofrecióle oro á montones si le ayudaba á rendir aquella fortaleza, pero
en vano, aunque obraba con toda la fuerza y á toda la altura de su
codicia excitada, pretendió hablar á solas con Angélica: como maese
Pertiñez era una especie de omnipotencia en al corral del Carbon y en
la adjunta hostería tuvo mil veces ocasion de estar al lado de Angélica;
pero esta jamás se encontraba sola: jamás habia podido el rapista
decirla una sola palabra del asunto. Se concibe, pues, con cuanta ansia
iria á la cita que de una manera tan inesperada habia recibido de la
comedianta.
Llamó, latiendole el corazon de esperanza, esperanza que se refería á
los doblones que debia recibir, si el negocio se llevaba á cabo, de don
Fernando de Válor, y al punto que llamó se abrió la puerta. Era Angélica
en persona.
--Entrad, entrad, maese, le dijo, tengo que preguntaros muchas cosas.
Pertiñez, restregándose las manos de alegría, atravesó, siguiendo á la
comedianta, dos habitaciones y entró en una inundada por un hermoso sol
de medio dia y tan ricamente alhajada como hubiera podido estarlo la de
la dama mas principal.
Pertiñez abrió tanto ojo: aquellos muebles á todas luces no pertenecian
á maese Bribiesca, que era miserable y raquítico con sus huéspedes.
--¡Ah! ¡ah! exclamó el rapista: ¿sabeis, señora, que debe de llevaros un
sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca?
--¡Ah! dijo Angélica, no os he llamado para eso: sentaos.
Y le señaló un magnífico sillon.
--Pero ved, señora, que voy á dejar inservible este hermoso terciopelo
de Utrech.
--¿Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta.
--¡Ah! ¡ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda
clase de vichos grasientos: ¡qué vida la nuestra!
--¿Me vais á contestar en verdad á lo que os pregunte maese? le dijo
Angélica sin escuchar sus últimas palabras.
--Os contestaré á todo lo que querais y á mas de lo que querais, hermosa
señora, contestó el rapista.
--Decidme, continuó Angélica, inclinándose hácia Pertiñez, sobre uno de
los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: ¿por qué
está cubierto con celosías el primer aposento del lado derecho de la
escena?
--¡Ah! eso es lo que no podré deciros: por un capricho: lo que sé es que
quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la
Chancillería para tenerle cerrado.
--Bien: ¿pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese
aposento?
--Las personas son un hombre y una mujer.
--¡Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engañado.
--Y, permitidme, señora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me
entremeto en lo que no debo: ¿qué razones teneis para pensar que haya
una mujer tras de las celosias?
--Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan
por mí. Vais á ver.
Angélica se levantó, fué á una especie de secreter de ébano, marfil,
concha y plata, le abrió y sacó de él un cofrecillo, con el cual fué á
sentarse en el sillon: cuando abrió aquel cofrecillo, se deslumbró el
barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian
deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.
--Escuchad, dijo Angélica y como si nada la interesasen aquellas joyas;
vos habeis visto la comedia que hacemos.
--¿Pues no he de haberla visto? contestó maquinalmente el rapista que no
quitaba ojo de la pedreria.
--¿Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la
muerte de su padre el rey Mirtilo?
--¡Oh! ¡vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais
miedo, señora; tan al vivo lo haceis.
--Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y
toquillas, y en medio de todo esto ¿qué diriais que cayo á mis piés?
--¡Oh! ¿quién sabe, señora?
--Pues bien, cayó este collar. Y la comedianta asió por un extremo su
magnífico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levantó
ante los ojos admirados del barbero.
--¿Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos?
--¡Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un
tesoro.
--¿Y no sabeis quien pueda haber sido...?
--Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, miré
ansiosamente á todas partes: deseaba conocer á la mujer que se habia
desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como
hubiera recibido una bofetada: con cólera: este collar era para mí un
insulto... la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto
humillarme... vos no conoceis á las mujeres, añadió Angélica
comprendiendo la estúpida expresion de asombro que se pintaba en los
ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este
collar, quien me decia sin palabras: «toma y deja de ofrecer tu
hermosura y tu ingenio á la soez admiracion del vulgo,» era sin disputa
una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin
embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas,
que pudiese hacerme sospechar que era la dueña de esta joya: las mujeres
lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado
con celosías... tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi
enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer.
--Si sabiais que la habia ¿á qué me habeis preguntado?
--Os diré; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion,
encargué á un comediante que procurase informarse de qué personas habia
en el aposento misterioso: cumplió su encargo y me dijo que habia visto
salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con
un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si
la dama encubierta habia salido ó no del aposento cerrado, porque habia
mucha gente y se habia confundido: pero me aseguró que de todas las
damas que habia visto solo aquella llevaba manto.
--¡Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran señora os ha
ofrecido un hermoso regalo...!
--¿Qué entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Angélica. Dejadme
seguir porque os cuento únicamente esto para que me ayudeis en mis
sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada á esperar
otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el público me
aplaudia con frenesí, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las
celosías vi abrirse una de estas, asomar una blanquísima mano de dama y
arrojar á mis piés este brazalete.
Y Angélica mostró á maese Pertiñez, cuyo estupor crecia, una segunda y
riquísima joya.
--Ya no podia tener duda, continuó la comedianta, de que en aquel
aposento estaba la dama que se atrevia á insultarme. Tenia preparado
como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue
seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del
aposento de las celosías, acompañada de un caballero de mas de cuarenta
años habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que
habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido á
una casa grande y principal en el Albaicin, junto á la parroquia de San
Miguel. Encarguéle que se informase de quien era aquella dama, y solo
pudo decirme que se llamaba doña Inés de Fuensalida, que salia muy poco,
y siempre cuidadosamente encubierta, y por último que iba todos los dias
al amanecer á la primera misa á San Miguel. Irritada de que mi emisario
no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma á
aquella mujer, me levanté al dia siguiente antes de que fuese de dia, y
me fuí á la iglesia de San Miguel á esperar á esa dama tan misteriosa:
al fin al segundo toque de la misa de alba, entró una dama tapada, y
aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el
rostro: he procurado corromper á sus criados y los he encontrado
incorruptibles: por último, en la tercera función recibí un nuevo
ultrage, viendo á mis piés estas arracadas que valen tanto como
cualquiera de las dos joyas.
--¿Y nada habeis podido averiguar mas claro?
--No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa
en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco...
--Si, si por cierto, del señor Diego Lopez á quien conoceis.
--¡Qué yo conozco al señor Diego Lopez! dijo palideciendo Angélica.
--Si por cierto, es el hidalgo á quien encontrásteis conmigo en el
comedor, y á quien habéis saludado hace un momento.
--¡Ah! ¡ese jóven moreno, pálido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclamó
profundamente pensativa Angélica.
--Si, si señora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman á
don Fernando de Válor Aben-Humeya.
--¡Aben Aboo! ¡Aben-Humeya! repitió Angélica.
--Y si supiérais, dijo envistiendo de frente el rapista, cuán loco, cuán
enamorado por vos está don Fernando de Válor.
--¡Qué está enamorado de mí!
--Cómo que me ha ofrecido no sé cuantas riquezas, si consigo de vos que
le permitais hablaros una sola vez.
--¡Ah! murmuró Angélica; y reponiéndose, añadió: hablemos de la dama:
vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.
--Es verdad; pero jamás paso de un aposento del piso bajo, donde me
recibe y me paga el mayordomo.
--Vos habeis revendido ese aposento cerrado á esa familia.
--Es verdad.
--Debeis, pues, haber visto á esa dama.
--Si, pero cubierta con el manto.
--¡Oh! ¿y no habéis tenido curiosidad?
--Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del
aposento.
--De modo que no la conoceis.
--Ni mas ni menos que vos.
Golpeó impaciente Angélica el pavimento con su pequeño pié.
--Pues yo necesito ver frente á frente á esa mujer, dijo.
--Lo creo, murmuró el rapista, no encontrando otra cosa mejor que
contestar á la comedianta.
--Y es que vos me vais á procurar que la conozca.
--¿Y cómo?
--Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.
--¿Estais en vos?
--Sé que os pido un gran servicio, pero os lo pagaré.
--¡Cómo!
--Dándoos una carta de cita para don Fernando de Válor.
Alegróse en lo íntimo de sus entrañas el barbero, pero se mantuvo firme.
--Me pedís una cosa muy arriesgada para mí, señora. Yo puedo proveeros,
á cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos
expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es
la que creeis...
--¿Y qué medio es ese?
--El señor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el
barbero, está convidado á comer con ella, y va á vivir en su propia
casa.
--Esa mujer será capaz de comer con antifaz, y de hablar á oscuras con
Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiñez, y por la llave del
aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de
Válor.
--¡Dádmela!
--Cuando me hayais entregado la llave.
--Pues dentro de una hora.
--Pues hasta dentro de una hora.
Pertiñez salió contando ya en su imaginacion los brillantes doblones,
que esperaba recibir de Aben-Humeya á cambio de la cita de Angélica, y
esta se quedó murmurando:
--¡Aben-Humeya! ¡Aben-Aboo! ¡el uno me solicita loco de amores, y el
otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin
encuentro el principio de mi camino.