El corral del Carbon.
Aben-Aboo habia tomado el camino del puente de Genil, harto pensativo y
preocupado; su porvenir era un laberinto en que se embrollaba su
pensamiento cuando queria aventurarse en él: no sabia si esperar ó
desesperar: tenia el alma poseida por dos terribles pasiones: la
ambicion y el amor: de un lado una corona, del otro una mujer: entrambas
misteriosas, pero magníficas, y entrambas difíciles y rodeadas por todas
partes de peligros.
Usaban los monfíes de él como de instrumento: ¿le querian por gefe ó por
soldado? ¿Quiénes eran aquellos hombres? Bandidos los llamaba el vulgo,
pero Aben-Aboo no habia sabido explicarse lo que eran. Robaban,
incendiaban y degollaban sin compasion, pero jamás un buen creyente
habia sido acometido por mas que hubiese atravesado solo los
desfiladeros de la montaña, ni las haciendas de los buenos moriscos
habian sido taladas: los cuadrilleros de la Santa Hermandad jamás habia
logrado encontrarlos, ni nadie sabia sus guaridas: la dama encubierta
era á todas luces su reina, y se hacia rodear de un aparato tal, en sus
solitarios paseos por los pintorescos valles y quebradas de las
Alpujarras, que era necesario concebir en ella algo de regio, algo de
grande, algo de magnífico.
Por otra parte, aquel hombre que acompañaba á la Dama blanca, hasta
entonces inaccesible para él, le daba oro en nombre del emir, y le hacia
escuchar una voz amiga. ¿Qué significaba esto? le amaba aquella mujer, ó
le temia y pretendia seducirle, engañarle y hacerle esperar por amor á
Aben-Humeya. De todos modos, Aben-Aboo, deducia, que cuando asi se le
trataba, debia temérsele ó apreciársele, y esto ya era mucho: esto
significaba que se reconocia su poder.
La esperanza, ese dulce consuelo que Dios ha dado al hombre, empezó á
refrescar el hasta entonces árido y seco corazon de Aben-Aboo, y como la
esperanza nunca llena el corazon del hombre sin traer consigo alguna
parte de alegría, á medida que se abrigaba en el corazon del morisco,
iba dulcificando la torva expresion de su semblante, iluminándole con un
aspecto de paz y de resignacion que hasta entonces no habia expresado.
Al fin, parte por esta causa, y parte por la necesidad que como morisco
tenia de mostrarse satisfecho y tranquilo ante los cristianos para no
hacerse sospechoso, á medida que despues de haber pasado el puente de
Genil, se acercaba á la puerta del Rastro, su semblante se serenaba mas,
hasta que, llegando á la puerta, se mostró ya perfectamente tranquilo.
Entonces sus pensamientos cambiaron de rumbo; volvia á Granada despues
de una ausencia de algunos meses, y podia decirse, que aunque tenia
casa, era como si no la tuviese: reducidos sus bienes por una y otra
venta, consumidos del todo en expediciones á Africa y á las Alpujarras,
sobre todo como sabemos, en pagar la codicia ó la ciencia de
Abul-Hhassan, solo le habia quedado en el Albaicin, dentro del recinto
de la Alcazaba Kadima, y cerca de la iglesia de san Miguel, la casa, con
honores de palacio, y palacio verdaderamente en aquellos tiempos, que
constituia el resto de la dote de su madre, y la atalaya de las
Alpujarras con su pequeño huerto. Pero hasta su última dobla habia
desaparecido.
Un dia, pues, antes de que llegase el caso de contraer deudas, vendió
sus caballos y sus esclavos, quedose solo con dos hermosos caballos
árabes de montar, y un esclavo negro, se trasladó con su pequeño capital
y su escasa servidumbre á su antiguo señorío de las Alpujarras, y puso
su casa ó palacio del Albaicin con todos sus muebles y alhajas en
arrendamiento.
Lo populoso, salubre, y en aquellos tiempos aristocrático, del barrio de
san Miguel, hizo que su casa estuviese poco tiempo sin inquilinos:
presentóse un dia el mayordomo de un caballero de Castilla al
administrador de Aben-Aboo en Granada, y por el precio de diez ducados
al mes tomó la casa para su señor y su familia.
Aquel caballero continuaba viviéndola, y hé ahí por qué hemos dicho que
Ahen-Aboo tenia casa en Granada y no la tenia.
Pero sus circunstancias habian variado: habia aceptado como pariente
cercano del emir, aceptando con él, una esperanza, un bolson de oro
bastante á satisfacer por algunos meses sus necesidades, y se decidió á
usar de su despotismo de propietario, y á arrojar de su cómoda vivienda
para ocuparla él mismo, á sus inquilinos.
Pero para llegar á este fin, era preciso pasar por algunos trámites: á
saber: buscar al administrador, encargarle del mensaje, esperar la
respuesta, y acaso, acaso, andar de justicia.
Pero es el caso, que Aben-Aboo no conocia á su administrador: era de tan
poca cuantía la renta que tenia que pasar por sus manos, que el morisco
habia desdeñado tratar directamente con él, y habia encargado de ello á
su fiel esclavo Agar.
Recordando Aben-Aboo, vino á sacar en claro, ateniéndose á las noticias
que le habia dado el esclavo, que venia cada tres meses á Granada á
cobrar la renta, que su administrador era un rapista de los famosos de
Granada, no porque rasurase bien, sino por su habilidad en puntear la
vihuela, que vivia en el corral del Carbon, y que se llamaba maese
Pertiñez.
Armado con estas noticias, y recordando que en el mismo corral del
Carbon habia una excelente hospedería donde poder esperar el resultado
de su intento de desalojo de sus inquilinos, el morisco tomó á buen paso
por las callejas que ahora se llaman de san Matías, y tropezando y
deslizándose por sus estrechuras, llegó al fin delante de la bellísima
portada árabe del corral del Carbon, en tiempo de los moros almarestan ú
hospital de los mas famosos de Granada.
Entróse de rondon y á caballo por el arco flanqueado por los tenduchos ó
nidos de dos adobadores de pieles de gato, echó pié á tierra en el
destartalado corral, y miró en torno suyo.
En un ángulo estaban levantando un tablado y poniendo una cortina, señal
clara de que habia llegado á la ciudad alguna compañía de farsantes, y
que para aquella tarde se preparaba algun auto, loa ó farsa. Esto tenia
en movimiento á todos los habitantes del corral; y las vecinas, andaban
en retruécanos y agudezas de casa de vecindad, y los chiquillos miraban
embobados á un hombre, que con trage de botarga, dirigia la construccion
de aquel teatro informe, muestra de la infancia del arte, compuesto de
una docena de malas tablas, de algunos tapices viejos, de una cortina
descolorida, y abierta enteramente á la intemperie.
Como era natural, este objeto el mas notable de los que contenia el
corral, fijó por un momento la atencion del morisco, que seguidamente se
puso á buscar por los ámbitos del corral, los vestigios de la tienda de
su administrador rapista.
Vió al fin, una vieja y abollada vacía que se balanceaba colgada del
dintel de una puerta tenebrosa, pero lo que mas que nada le indicó que
habia dado con su dependiente, fue un alegre y zarandeado ruido, que no
armonia, de guitarras y castañuelas, que salia como una tempestad por la
negra puerta donde la vacía se balanceaba.
Enderezó para ella sus pasos el morisco, llevando su caballo del
diestro, y en breve se detuvo en el dintel de la tienda.
A la presencia de uno que creyeron parroquiano, por interés al dueño de
la casa, callaron castañuelas y guitarras, para que se pudiese oir lo
que se hablase, y el morisco pudo decir sin temor de no ser oido, en un
acento entre llano y altivo, verdadero acento de gran señor que quiere
tratar bien á sus inferiores:
--Dios guarde á la buena gente.
--¡Ah! ¡voto á mil legiones de demonios! dijo una alegre voz de jóven
desde un negro ángulo: bien venido sea el señor Diego Lopez; ¿y á qué
hora? parece que os han llamado con campanilla, mi buen amigo: haced un
lugar en el barreño, princesas, é id llenando los vasos: ¡cuernos de
Lucifer! ¿pues si es mi mayor amigo?
Y adelantó guitarra en mano y con los brazos abiertos, un bulto, que al
llegar mas hácia la puerta, pudo verse lo que era: á saber: un capitan
de infantería, jóven y buen mozo, con su abigarrado uniforme, su
castoreño, su espada de gabilanes, y unos atrocísimos mostachos
retorcidos de una longitud espantosa.
--¡Ah! marqués de mis pecados! exclamó Aben-Aboo, aceptando el terreno
que le presentaban y abrazando cordialmente al capitan: vos en este
tabernáculo... siempre el mismo, pardiez.
--Mi casa no es tabernáculo, dijo un hombre diminuto, que necesitó para
ver al rostro de Aben-Aboo, levantar la cabeza, del mismo modo que un
hombre de buena estatura puesto al pié de una torre, se vé obligado á
levantarla para ver su parte superior: sabed señor Diego Lopez, que esta
es una casa honrada donde concurre gente noble.
--Ya, ya veo que entre vuestros conocimientos teneis nada menos que al
marqués de la Guardia.
--¡Chits! exclamó el capitan, ya lo habeis dicho dos veces y me habeis
perdido: nadie extraña que un capitan ande con la bolsa un tanto
ligera... los pagadores de los tercios nunca tienen dinero... pero un
marqués... no lo creais, señores, el señor Diego Lopez, mi amigo, se
chancea... yo no soy ni mas ni menos que un buen soldado del rey, que
gasta lo que tiene, cuando lo tiene... eso si; ¡ea! siga la zambra, y
vos sentaos y mirad en qué buena compañía nos encontramos.
Dispensad un momento, don Juan, dijo Aben-Aboo; necesito antes que todo,
hablar con maese Pertiñez. ¿No es esta la tienda de maese Pertiñez?
--Ya se ve que si, y no me espanta que hayais preferido mis navajas,
caballero; son unas excelentes navajas cuando yo las uso... nos
conocemos hace ya mucho tiempo; el que se rasura una vez en mi casa, de
seguro viene ciento.
Y el hombrecillo suavizaba una enorme navaja en un pedazo de cuero negro
y lustroso.
--¡Ah! ¿sois vos maese Pertiñez? Pues mirad, nunca lo hubiera creído...
me pareceis hombre de bien.
--¡Cómo, caballero de gente honrada vengo, y apellido uso, que mas
noble, ni en la córte... los Pertiñez...
--Son indudablemente unas gentes honradas, pero nada importa eso: dejad
vuestra navaja que por ahora no pienso ser desollado, y ved donde
podemos hablar unas palabras á solas.
Y Aben-Aboo, que no habia pasado dos palmos dentro de la tienda, ató las
bridas de su caballo á la celosía, que segun costumbre en esta clase de
establecimientos, heredada sin duda de los árabes, servía de cancela, y
siguió á maese Pertiñez que le indicaba una pequeña puerta.
--Ya sé para lo que me habeis llamado aparte, caballero, dijo con gran
misterio Pertiñez cuando estuvieron dentro de un reducido cuartucho...
vaya si lo sé... pero os advierto, que la empresa en que os meteis es
difícil.
Aben-Aboo, que tenia mas de un motivo para dar importancia á palabras
menos graves que aquellas, se alarmó, pero encubriendo su cuidado, dijo
de la manera mas natural del mundo:
--¿De qué empresa quereis hablar, amigo mio?
--¡Bah! todos los señores de Granada estan alborotados, desde que vino
ese prodigio; todos, hasta el mismo don Fernando de Válor, hombre que
jamás ha puesto los piés en mi casa, y que ha estado hablando conmigo
dos horas largas sobre el mismo asunto.
--Pero, ¿de qué prodigio y de qué asunto hablais, mentecato? dijo
Aben-Aboo, que era por naturaleza impaciente, y que al oir el nombre de
don Fernando de Válor acabó de impacientarse.
--¡Ah! yo creia que veniais por la reina mora.
--¿Por la reina mora? ¿Qué reina es esa?
Miró con asombro el barbero á Aben-Aboo, y luego dijo:
--¿De donde venis caballero?
--Quiero contestaros aunque vuestra pregunta sea importuna. Vengo de las
Alpujarras.
--¡Ah! acabáramos: ya no me extraña que vos no conozcais á la reina
mora. Y decidme, ¿no era de eso de lo que veniais á hablarme? me alegro,
porque asi me ahorrais el trabajo de desesperanzaros.
--Acabemos de una vez, dijo Aben-Aboo ya enteramente perdida la
paciencia y alarmado por el misterioso sentido de las palabras de maese
Pertiñez. Sepamos claro qué empresa es esa tan difícil, y de qué reina
mora se trata.
--Pues señor, la reina mora no es ni mas ni menos, que una famosa
comedianta, llamada Angélica, que hace á las mil maravillas de reina
mora en una farsa de moros y cristianos, que se ha hecho ya tres veces
en otros tres dias de fiesta: y como la tal Angélica gasta unas plumas y
una saya de relumbron, que no hay mas que pedir, y tiene una voz de
ruiseñor, y llora que da lástima (porque la farsa es muy lastimosa), y
es la mas garrida manceba que yo he visto en todos los dias de mi vida,
que es mucho encarecer, porque en Granada hay mozas como serafines, han
dado las gentes en llamar á la Angélica la reina mora, y los caballeros
que gustan de galanteos, y aun los que nunca han andado en ellos, en la
empresa de rendir su desvio, que os juro que es empresa mayor y mas
difícil que ninguna de las que llevaron á cabo los Doce Pares de
Francia.
--Acabarais de una vez, maese, con vuestras impertinencias que me han
hecho perder mas tiempo del que quisiera. Vamos á lo que me interesa.
Vos cobrais cada tres meses treinta ducados de una casa que poseo en san
Miguel.
--¡Qué poseeis! ¡luego vos sois, el señor Diego Lopez!
--Ya habeis oido que asi me nombraba el capitan don Juan.
--Perdonad señor, pero hay en este mundo tantos Lopez y tantos Diegos...
--Bien, quiero perdonaros, pero á condicion de que me habeis de hacer un
encargo que me interesa, por el aire.
--Mandad, señor.
--Ireis á mi casa.
--Iré.
--Direis á las gentes que la habitan, que se muden al momento.
Rascóse una oreja, como en muestra de que encontraba sumas dificultades
en el negocio, el rapista, y murmuró algunos monosílabos.
--¡Qué! ¿creeis, que no puedo yo cuando guste disponer de mi casa? Creo
que esa fue una de las condiciones del arriendo: ademas, que segun me ha
dicho Agar mi esclavo, la tal gente no ha traido un solo mueble, sino
que se sirven de los mios. De modo, que es lo mas fácil del mundo, que
carguen con sus maletas y se vayan á donde mejor les convenga: no he de
pasarlo yo mal, alojado en una hospedería, teniendo casa en Granada.
--Y una casa tal como la vuestra; pero es el caso, que la casa está
arrendada á personas muy principales: y ya veis que el caso es
díficilillo... Cuando se trata de gente noble y rica... tomariánlo á
desprecio, me despedirian de mala manera, y vos podriais tener un lance.
--Me importa poco.
--Pero cuando las cosas pueden hacerse yendo por el buen camino, es
dislate echar por el malo... si consintierais en darle un plazo siquiera
de ocho dias...
--Ni tres.
--Yo os procuraría hospedaje tal, que no os pesase (y el rapista se
sonreia maliciosamente), tabique por medio de la Angélica, de la reina
mora.
--De alguna mozuela descarada que me ponderais, esperando que os pague
bien las diligencias.
--Me injurias, caballero; los Pertiñez...
--Van á concluir á mis manos si sois vos el último de la familia.
--Nada menos que eso, señor, nada menos: pero os ruego que mireis bien
lo que me pedis, aunque no sea mas que por el apuro en que me poneis: si
supiérais quiénes son vuestros inquilinos...
--Me estan dando ganas de probar por mi mismo lo que haya de terrible en
esa gente.
--Y que me place señor Diego Lopez, id vos, y ved... contadme despues si
yo tenia razon para negarme, es decir, para poner dificultades... en
fin, id vos y contadme.
--¿Tendremos aquí otro misterio como el de la reina mora?
--Sentaos, señor Diego Lopez; sentaos y escuchadme, que por media hora
mas ó menos no se descompone ningun negocio.
Sentóse Aben-Aboo, un tanto interesado á su pesar por los misterios del
rapista, y este, tomando otra silla, se encaramó en ella, puso sus piés
en el primer travesaño, sus codos en sus rodillas y su barba entre sus
manos y en esta actitud en que á nada se parecia tanto como á un mono,
dijo:
--Hace un año vuestro honrado negro Agar, que venia á mí casa á tomar
leccion de vihuela á que era muy aficionado, y para cuyo instrumento...
--Maese, si empezais asi, yéndoos del camino de vuestra relacion por las
orillas, y á cada paso, no acabaremos nunca.
--Pues si señor, bien; dejando á un lado, á la orilla, como vos decis,
la vihuela, vuestro esclavo Agar, á quien conocí...
--Mi esclavo Agar, exclamó con cólera Aben-Aboo, merecia quinientos
azotes por haber pensado en vos para encargaros ningun asunto mio. Lo
que yo quiero saber es qué clase de gente vive en mi casa, por qué razon
es tan temible como decís y concluyamos.
--Concluyamos: son cinco hombres y dos mujeres: el uno y la una amos:
los otros criados: el señor, el amo, es un hombre de cuarenta y mas
años, muy rico, muy noble, pero muy altivo: la señora, el ama, es una
doncella muy hermosa, segun dicen, y segun dicen tambien muy caritativa
y dulce, y tratable y muy cristiana, eso si: dicen que es un ángel. La
otra mujer, la criada, es una dueña como de cincuenta años, rezadora y
gruñona, con la cara enjabelgada de soliman y las tocas tales y tan
almidonadas, que mas que tocas parecen yelmo de encaje en lo tiesas: de
los otros cuatro hombres, el mayordomo, el rodrigon, el cocinero y el
paje, no hay que hablar: son cuatro demonios á los cuales nunca se les
ve la risa. El señor se llama don Alonso de Fuenzalida, la señora doña
Inés; la dueña doña Mónica, el mayordomo Rodriguez, el cocinero
Cuchillada, el paje Ballestilla y el lacayo Judas.
--¡Pardiez! ¡pues tienen nombres de encargo los criados de mis
inquilinos!
--Esto es todo lo que sé de esa familia... por lo demás pagan bien,
cuidan de la casa, y tanto que en ella no entra persona viviente y son
buenos cristianos.
--¿Con que nadie entra en la casa?
--Nadie; y eso que muchos señores que han visto alguna vez, aunque
siempre encubierta á la señora, andan que se desviven por ella, y muchos
se la han pedido á su padre... ¡pero ca! yo creo que doña Inés se
destina á monja.
--¿Tan recatada anda?
--Como que se pasan meses enteros sin que se la vea ni por una rendija
de los miradores: cuando sale á misa, y eso muy de mañana, va cubierta
de los piés á la cabeza con un manto, á través del cual el mas lince
solo puede verla un ojo, pero un ojo como un sol... eso si... por lo
hermoso del ojo, y luego por su andar noble y grave y por su talle y por
su apostura, y por una mano que suele asomar bajo el manto, y por la
punta de un pié que suele verse bajo la saya, se adivina... que es
adivinar, se tiene certeza, de que es hermosa, muy hermosa, hermosísima,
y... vamos señor Diego Lopez... vos sois noble, rico, valiente, gallardo
y vuestra inquilina es hermosa, honrada, noble y rica... sois mozo... y
ella soltera... y ¡qué diablos! si no os empeñárais en echarlos de la
casa, y os presentárais como dueño, acaso, acaso...
--¿Y dónde habeis tenido vos ocasion de ver, aunque encubierta, á doña
Inés? dijo Aben-Aboo.
--En mi casa tres veces.
--En vuestra casa... ¡Ah! ¡ya! la habeis visto tres veces, y tres veces
han representado en el corral los comediantes...
--Eso es. Cuando llegó la compañia de cómicos á Granada, como aquí es
donde se han hecho siempre las farsas y los entremeses y los bailes, el
autor de la compañia, el buen Godinez, me llamó aparte y me dijo: maese
Pertiñez, me han dicho que vos sois el vecino mas honrado del corral;
que haceis en él cabeza y que los otros vecinos van por donde vos
querais que vayan: ahora bien, segun costumbre, para hacer aquí farsas y
otros autos, es necesario pagar tantos reales á la hermandad de las
Animas, otros tantos á la Ciudad, cuyo es el corral, y otros á los
vecinos por el ruido.--Asi es, le contesté, porque asi era la
verdad.--Ahora bien á mas de eso hay que alquilar tablado y tapices y
músicos.--Con los músicos corro yo, le contesté.--Corred vos con todo,
me dijo; haced que los vecinos nos alquilen las ventanas en un precio
arreglado para que nosotros podamos revenderlas al público con alguna
ganancia; quedaos con las vuestras que yo os aseguro las podreis
alquilar á buen precio, porque la compañía es muy buena y hará ruido, y
vos ganareis, y yo ganaré y todos ganaremos.
--¿Sabeis maese que para contestar á una pregunta, hablais mas palabras
que las que tiene un misal?
--¿Que quereis? yo no sé dar razon de las cosas sino empezando por su
principio, y asi se entera bien el que pregunta y queda satisfecho el
que contesta. Como decia, tira de aquí y afloja de allá, ajustamos el
negocio el autor de los cómicos y yo; por mis conocimientos, que son
muchos, y todos por mi navaja, logré que el hermano mayor de las Animas
se contentase con tres reales por cada funcion, que la Ciudad perdonase
su parte, y que los vecinos por el ruido y el alquiler de las ventanas
no pidiesen mas de veinte reales. En cuanto el trato estuvo hecho, el
autor colgó un lienzo con pinturas extrañas y vistosas en la puerta del
corral, y el bobo de la compañia, tocando el tambor, se puso á gritar y
anunciar al público la primera funcion. Como hacia mucho tiempo que no
habian venido á Granada comediantes, se dieron de ojo á pedir aposentos
y sitio para las sillas, y aunque el corral hubiera sido como
Bibarrambla, tantas sillas vinieron que no quedó lugar para la gente de
á pié.--Yo, que al principio vi la bulla, me dije: tengo tres ventanas
que vender, las mejores, porque yo he tenido mucha cuenta con que el
tablado se haga cerca de mi ventana: si las vendo al principio ganaré
mucho menos, pero no si me quedo para lo último cuando ya todo esté
vendido: y dicho y hecho; me salió mejor la cuenta de lo que yo
esperaba.
--Debeis descender de judios, maese Pertiñez...
--Vos podeis decirme todo lo que querais, señor Diego Lopez, seguro de
que no me he de ofender. Pero vamos al asunto: ya era por la mañana del
domingo en que habia de hacerse la funcion y como á las siete, he aquí
que se encaja de rondon en mi casa Ballestilla, el paje de doña Inés, y
me dice que su señora quiere ver la funcion y que cuenta conmigo para
que le procure un aposento.--Yo le digo que no hay, que seria necesario
pagar mucho para lograr que alguno lo cediese por codicia.--Y no hay
cuidado por el dinero, me dice el paje poniéndome un bolsillo en la
mano.--Dígole que vuelva pasada media hora á saber la razon y cuando
vuelve le llevo á mi primera ventana desde la que puede tocarse casi con
la mano al tablado:--Todo esto está muy bien: pero mi señora quiere un
balcon.--Aquí no hay balcones.--Ya veo que todas son ventanas, pero
habiendo dinero, madera y carpinteros todo puede hacerse.--Consiento y
Ballestilla parte como un venablo, y á poco vuelve con carpinteros y
madera, y en un santiamen hacen el mirador que habeis visto desnudo á un
lado de mi casa: luego le vistió de tapices y he aquí un aposento tan
bueno como el del rey. El mirador se hizo en una hora. Entonces yo me
dije para mí: hijo de cristiano soy, gusto tengo como el que mas,
vendamos la ventana segunda, y hagamos en la tercera otro mirador, y no
faltarán muchos de mis parroquianos entre ellos el capitan don Juan
Coloma, que me paguen bien y sobradamente por ocupar un puesto en mi
aposento: manos á la obra: á la una estaba ya todo concluido y empezó á
entrar la gente. Ved ahí como he podido ver tres veces y en mi casa á
doña Inés de Fuensalida... ¡y qué talante el de doña Inés...! os
aconsejo señor Diego Lopez que antes de dar ningun paso acerca de
vuestra casa, os espereis á conocerla.
--Me urge maese, me urge, y no estoy de humor de amoríos ni de
galanteos... no me pesa por otra parte que me hayais dado algunas
noticias de esa familia; bueno es saber con quien se trata; asi pues
ireis y direis á ese caballero...
Interrumpió en aquel momento á Aben-Aboo el rechinar de la puerta de la
habitacion en que se encontraban y abriéndose aquella entró un hombre
como de veinte y cuatro años con librea de paje de casa noble, y al ver
á Aben-Aboo, se quitó respetuosamente su gorra.
--¡Ah! ¡mil perdones! dijo, yo creia que estábais solo, maese Pertiñez.
--¡Ah! es el buen Ballestilla, dijo el barbero; que me place. Se no os
venís como llovido del cielo; he aquí al señor Diego Lopez, el dueño del
palacio que habitan vuestros amos: y que en este momento...
Ballestilla interrumpió providencialmente al barbero cuando este iba á
decir, por quitarse el muerto, la pretension de Aben-Aboo de que sus
inquilinos dejasen la casa.
--¿Vuesa merced es el señor Diego Lopez? dijo acreciendo en cortesanía
Ballestilla: pues me alegro, si ciertamente.
--¿De qué os alegrais mozo? contestó con secatura Aben-Aboo.
--Me alegro porque el encontraros aquí me escusa de buscaros.
--¿De buscarme? ¿y quién os manda buscarme?
--Mi señor don Alonso de Fuensalida.
--¿Y para qué me quiere vuestro señor?
--Esta carta que me ha dado para vos os lo dirá, señor, contestó
Ballestilla sacando del bolsillo de sus gregüescos una carta.
Tomóla Aben-Aboo, rompió el sello blasonado de la nema, en la cual se
leia: «Al señor Diego Lopez de un su amigo», desdobló el pliego y leyó
lo siguiente:
«Amigo mio: permitidme que os trate con esta confianza, aunque no os
conozco, y que sabiendo que acabais de llegar hoy á Granada, me apresuro
á ofreceros en vuestra casa, en la cual con vuestra licencia vivo, el
aposento que os tengo preparado. Cómo sé que habeis venido, y las
sencillas razones que me aconsejan pediros vivais en nuestra compañia,
las sabreis si, como espero, consentís en honrarme acompañándome hoy á
la mesa. Dios os guarde. De Granada á 19 de diciembre de 1568.--vuestro
amigo don Alonso de Fuensalida.»
Quedóse absorto con aquella novedad imprevista Aben-Aboo. Indudablemente
aquel era un dia para él de singularidades. Prudente por naturaleza y
conocedor por experiencia de que nada que tenga visos de singular debe
desatenderse por quién como él se encontraba en una de las situaciones
mas delicadas en que puede encontrarse un hombre, plegó lentamente la
carta, y dijo á Ballestilla.--Decid á vuestro noble amo, mozo, que he
recibido su carta, que he apreciado en lo que valen sus palabras, que no
le contesto por escrito por no deteneros, y detener con vos la expresion
de mi agradecimiento y que tendré el placer de comer con él en su
compañía segun me dice lo desea.
--Tendré la honra de decirlo asi á mis señores, señor hidalgo. Mis
señores se sientan á la mesa á las doce.
--No faltaré.
--Permitidme que diga dos palabras á maese Pertiñez.
--Decidle cuantas gusteis.
Ballestilla sacó de su bolsillo una bolsa de seda y la entregó al
barbero.
--A las dos, ya sabeis, le dijo, tened dispuesto el aposento, poned una
silla mas: es decir tres sillas.
--No haré falta, señor Ballestilla.
--Y adios señor hidalgo, añadió el paje inclinándose profundamente ante
Aben-Aboo; adios maese Pertiñez.
Y se dirigió á la puerta volviéndose antes de salir para saludar otra
vez á Aben-Aboo.
--¿Y deciais, exclamó el morisco cuando quedó solo con el barbero, que
los servidores de ese don Alonso de Fuensalida eran zafios y montaraces?
--Es la primera vez que veo al señor Ballestilla cortés y comedido. Pero
á propósito de lo que estábamos hablando antes de que llegase, ¿qué os
decia yo..? es bueno esperar para ver... os convidan á comer... ¡bah! de
seguro que de este convite salen muchas cosas.
--Por lo pronto sale una que me contraría en extremo.
--Sepamos: ya podeis haber conocido que yo sé hacer milagros.
--Pues ved si lograis hacer uno que necesito, aunque me parece difícil.
--Veamos.
--Decís que ese caballero es muy rico.
--Si por cierto.
--¿Viste con esplendidez?
--Terciopelos y brocados, y una cruz de Santiago de diamantes y rubíes
lleva con mucha frecuencia, que vale un tesoro.
--Pues ved ahí que yo no puedo presentarme en casa de hombre tan
principal y á primeras vistas con mi vestido de camino, ni con este
coleto usado que llevo bajo el coselete: necesito gorra, jubon
greguescos, calzas, zapatos, todo rico y bueno: hasta espada y daga:
diablo.... diablo.... necesito vestidos riquísimos, y nada traigo
conmigo mas que dinero y camisas limpias.
--Pues me parece que el milagro lo tenemos hecho y á poca costa.
--¡Cómo! ¿habrá un sastre que haga en dos horas esas prendas? ¿habrá un
armero en Granada que tenga daga y espada como las que yo necesito?
--Estoy mirando que sois de la misma estatura y de las mismas carnes que
un amigo vuestro que no está lejos y que por mas señas está ahora mismo
alborotando por ciento.
--¡Cómo! ¿el capitan don Juan Coloma?
--Ciertamente. El os puede proveer de cuanto necesitais y asi como asi
le haceis un favor.
--Don Juan es un loco, que jamás posee un escudo y fuera maravilla que
tuviera prendas como las que necesito.
--Don Juan es un hombre de suerte: es cierto que gasta como el fuego;
pero cuando ha gastado su último real he aquí que sin saber como, se le
vienen mil á las manos. Ademas es jugador y le sucede como á todos los
jugadores: arca llena y arca vacía; cuando tiene una buena entrada
provee sus armarios, y se presenta relumbrante como el marqués de
Mondéjar en los dias de córte, ó como don Fernando de Válor en cabildo;
llega un apuro y los brocados y los cintillos y hasta el caballo,
vuelan: de la hostería de la Cruz se viene á vivir á la hospedería del
Carbon y hace su gasto diario con dos reales que yo le presto. Nunca ha
llegado á deberme treinta; siempre antes de los quince dias me paga, y
se vuelve á la hostería de la Cruz; ya sabeis en la plaza nueva, frente
al palacio de la Chancillería.
--¿Y ahora os debe?.
--Veintiocho reales.
--Lo que demuestra que antes de apelar á vos habrá vendido todas sus
prendas.
--No por que de esta vez está enamorado. Asistiendo en mi aposento, en
el aposento que como os he dicho, he reservado para mis amigos y para
mí; vió á doña Inés, la hermosa hija de Alonso, y se enamoró
perdidamente de ella. Tenia algunos doblones y los gastó en brocados,
tres ó cuatro vestidos completos, tres ó cuatro juegos de espada y daga.
Ya se ve, queria estar galan por que las galas para las mujeres son las
dos partes, y el hombre la una. Con que, vamos, vamos al asunto que es
ya tarde, tengo que hacer poner los tapices en los aposentos, y no hay
tiempo que perder. Oid: ya se marchan los cómicos para irse preparando
para la funcion. Procuraremos que don Juan no se nos marche con ellos.
Y abriendo la puerta salió y asió por el coleto al capitan, que se iba
en pos de una turba de músicos y farsantes, que salian de la tienda con
las vihuelas debajo del brazo.
--¡Eh, señor don Juan! perdona, le dijo, pero vuestro amigo el señor
Diego Lopez os necesita.
--Yo creí que no acababais nunca, y estaba resignado á verle en mejor
ocasion, porque creo que el señor Diego Lopez será de los nuestros esta
tarde.
--No lo sé; aunque creo que le tendremos vecino: pero venid.
El capitan entró y Aben-Aboo le salió al encuentro.
--Necesito pediros un favor, señor marqués, le dijo.
--Cuantos querais amigo mio. ¡Diablo! á fe á fe que no esperaba yo nunca
tener la fortuna de favoreceros: ¿se trata de algun desafio? ¿de algun
empeño de honra? pues adelante á pesar de las pragmáticas del rey y del
capitan general de la córte y reino de Granada.
--No, no se trata de eso.... tened la bondad de dejarnos solos maese
Pertiñez.
--¡Que vanidosos son estos señores! dijo el barbero saliendo: y al fin y
al cabo en mas de una ocasion tienen que acudir á mí.
--Se me atraviesa un compromiso infernal, don Juan, dijo el morisco
cuando se encontraron solos: yo me habia venido de mi retiro de Cádiar á
la ligera, sin pensar en que tuviera que necesitar nada, y he aquí que
me hallo en gran apuro.
Púsose encarnado hasta lo blanco de los ojos, el marqués.
--¡Diablo! ¡diablo! si fuera de noche y tuviéramos una hora de espera y
un solo escudo, yo tengo una suerte insolente al juego: solo que no
juego sino cuando me es de todo punto necesario dinero: el juego es un
robo, si, pardiez.... y.... vamos.... no podiais haber llegado á peor
ocasion; no tengo un maravedí, me podeis creer á fe de caballero, y lo
que mas me pesa es que podais creer que me niego cuando.... pues....
¡Satanás me asista..!. he aquí un compromiso mayor que el vuestro.
--¡Con que no teneis dinero!
--Esas cómicas se han bebido y se han comido mi último real de á ocho.
--¡Oh! pues ved ahí que no es dinero lo que me hace falta.
Respiró recio como si le hubieran quitado una montaña de encima al
marqués.
--¿Pues si no necesitais ni espada ni dinero, que quereis de mi?
--Quiero que en el momento me vendais uno de vuestros mejores vestidos,
una daga y una espada de córte.
--¡Acabáramos! me habeis dado un mal rato: esto es distinto: voy á
buscar á mi lacayo Peralvillo, y al punto teneis aquí lo que querais.
--Esperad un momento; vos teneis lo que yo necesito y yo tengo lo que
vos necesitais;
--¿Que quereis decir? exclamó el marqués poniéndose de nuevo encarnado
como una guinda.
--Quiero decir que hace mucho tiempo que nos conocemos, para poder tener
entera confianza el uno respecto al otro. Ademas que recuerdo que nos
conocimos por haberme vos salvado la vida en una riña. ¿Os he ofrecido
yo oro por la vida que me disteis?
--¡Bah! no hablemos de eso. Ahora bien: tomad de mi lo que habeis
menester; mejor dicho: tomad lo vuestro por que vuestro es todo lo mio,
y adios.
--Ya sabeis que yo soy firme en sostener lo que digo.
--Si á fe.
--Pues os afirmo que si no aceptais el precio de esas prendas que
necesito no uso de ellas.
--Esto es ponerme entre la espada y la pared, amigo Lopez.
--Esto os lo digo para que sepais, que me interesa en gran manera tener
antes de poco esos vestidos y esas armas; que no cediéndomelos por su
valor, no los tomo, y que obligándome á no tomarlos, me poneis en un
caso apuradísimo.
--Con vos no hay medio. Sea. Quedad con Dios. Ya hablaremos de eso.
--No, ha de ser ahora. Estoy seguro, de que una vez esas prendas en mi
poder, huiriais de mí para no tomar su importe, con mas cuidado que de
un acreedor judío.
--Lo que molesta debe terminarse pronto. Os conozco y veo que con vos no
hay escape. Me debeis treinta doblones, que os juro recibir otro dia.
--No me gusta deber. Hé aquí los treinta doblones.
Y Aben-Aboo sacó de la bolsa que habia recibido á nombre del poderoso
emir de los monfíes de las Alpujarras, una cantidad en oro equivalente á
la suma que habia marcado, el marqués.
--No os perdonaré nunca este sonrojo, dijo este guardando con embarazo y
sin mirarla, la suma que Aben-Aboo habia puesto en su mano. Es la mayor
prueba de amistad que podia daros. Adios pues; ¿en donde os busca mi
lacayo?
--Aquí mismo en la hospedería.
--Pues adios.
--Adios, señor marqués: hasta la tarde.
--El marqués salió apresuradamente y Aben-Aboo salió tambien de la
tienda murmurando:
--¡Que noble y que franco! ¡Lástima que sea cristiano!