CAPITULO III.

La recua, el carro y el ginete.

El sol habia salido, y haciendo honor á los pronósticos de Abul-Hhassam,

la niebla se habia disipado, contribuyendo á ello, un fuerte viento del

Norte que habia arrojado las nubes hácia Sierra-Nevada, en cuya cima se

agrupaban, como sirviéndola de turbante.

El golpe de vista que se gozaba desde la ermita de san Sebastian era

bellisimo: una ciudad maravillosa, Granada, iluminada por los primeros

rayos del sol de la mañana, aparecia, extendiéndose su anfiteatro desde

el puente de Genil hasta la encumbrada Alhambra que recortaba sobre el

purísimo y radiante azul del cielo, sus torres y sus muros almenados, y

sobre estos y entre aquellos, los verdes cipreces de los adarves de la

torre de la Vela de la Alcazaba, el bello palacio del emperador Carlos

V, y la iglesia de santa María. Has cerca las torres Bermejas, con sus

robustas defensas; el cerro de los Mártires, cubierto de cármenes, y

estos cármenes cubiertos de verdura, á pesar de la estación, merced al

verdor eterno de los laureles, los naranjos, los cipreces y los nopales.

Mas abajo los muros, siguiendo las inflexiones de las colinas; la Puerta

del Sol, las torres de la ribera de los Molinos, la puerta de

Bib-Lachar, el Cuarto Real, la puerta, la del Rastro, de Bib-Ataubin, la

Real, de Bib-Arrambla, hasta perderse á lo lejos entre las calles de la

ciudad nueva; y dentro de los muros, cubriendo las colinas, casas

blancas como tórtolas en su nido, entre las que brotaban cipreces y

laureles, y los campanarios de las parroquias y de los conventos, y de

las capillas; y todos aquellos capiteles relumbrando, todas aquellas

casas frescas y galanas, todo aquel verdor desmintiendo al invierno y

aquellos castillos pesando sobre las cumbres; todo visto á través del

dorado vapor producido por la luz matinal del sol naciente, y á la

derecha la Sierra-Nevada con su turbante de nubes, su blanco manto y su

anfiteatro de montañas; á la izquierda la extendida vega y las distantes

y azules cordilleras; cerca el murmurante y claro Genil; en torno la

tierra empapada por la lluvia exhalando un tenue vapor bajo los rayos

del sol; todo aquello, repetimos, era una magnífica poesía, escrita la

mitad por la mano de Dios, la otra mitad por la mano del hombre.

El camino de las Alpujarras, ó como ahora se dice, de Armilla, se hacia

mas concurrido á medida que avanzaba el dia; hermosas y robustas

aldeanas, la mayor parte moriscas, montadas á las ancas de sus pollinos,

por temor de manchar con el lodo, sus encarnados zagalejos, llevando en

los serones hortalizas ó en los capachos gallinas y corderos, pasaban

alegres entonando el lánguido fandango, é interrumpiéndole de tiempo en

tiempo para animar su cabalgadura; oíase sin interrupción el zumbido de

los cencerros de las recuas, que conducían á la ciudad los variados

frutos de las ricas Alpujarras, y de tiempo en tiempo pasaba tambien

algun hidalgo, ginete en su cuártago con el arcabuz en el arzon y la

espada al cinto; toda esta gente, las aldeanas que saltaban de una

manera hechicera de las ancas de sus asnos; los arrieros que se

separaban de su recua; el hidalgo que dejaba momentáneamente el camino,

se dirigian á la ermita, se descubrian, se santiguaban, y dejaban caer

media blanca, ó moneda de mayor valía, en el cepillo del ermitaño.

Unos decian al dar la limosna:

--¡Dios le guarde santo ermitaño!

Otros:

--Dios nos ayude hermano.

A los primeros contestaba el Julaní:

--Dios se lo pagará en el cielo.

A los segundos.

--Dios tendrá misericordia de nosotros.

Los primeros eran cristianos viejos: esto es, vencedores.

Los segundos eran moriscos: esto es, vencidos.

Hacia ya mas de una hora que el fingido ermitaño pedia para el culto de

la ermita, y agitaba el cepillo que era enorme, y que sucesivamente iba

produciendo su sonido mas ronco, y haciéndose mas pesado, cuando se oyó

un cencerro mucho mas sonoro que los que habian pasado hasta entonces,

acompañado del sonido de muchas campanillas, y desembocó por el camino

una recua de poderosos burros que venian al trote, excitados por sus

arrieros.

Pero lo que tenia de extraño esta recua, ademas de la riqueza y de la

variedad de los penachos y los caireles con que venian engalanados los

jumentos, era que para cada uno de ellos venia un hombre, y que estos

hombres eran jóvenes, robustos, bien encarados y gallardos; vestian ni

mas ni menos, como los traginantes de las Alpujarras; quien los hubiera

contado, hubiera visto que llegaban á veinte y dos, y que tras ellos,

ginete en un macho, sobre una vistosa enjalma, venia un hombre de mas

edad y respeto, y al parecer como capataz ó mayoral de aquella gente; en

cada asno detrás de la carga, que era abultada, aunque no de un peso

excesivo, á juzgar por lo desembarazado y fácil del trote de los

jumentos, se veia un largo arcabuz, y en cuanto al que hacia cabeza de

aquellos hombres, llevaba sujetos al cinto dos pedreñales y una daga, en

el talabarte una espada y á mas de esto dos arcabuces pendientes á los

costados de la parte posterior de la enjalma.

Estos veinte y dos jumentos, sonoros con su cencerro y sus cascabeles,

pasaron como una exhalacion por delante de la ermita, no sin que el

Julaní los mirase de una manera profunda, no á los burros, sino á cada

uno de los hombres que llevaban á las ancas, ni sin que todos estos

hombres mirasen con profunda atención al Julaní. En cuanto al capataz de

aquella gente, se desvió del camino, enderezó su mulo á la ermita, se

descubrió respetuosamente al pasar por delante de la cruz; pero con un

tanto de tiesura y como quien lo hace de mala gana, y parando junto al

falso ermitaño, que acortó el trecho, saliendo al encuentro del que

llegaba, cepillo en ristre, el ginete se inclinó y echó en el cepillo un

doblon de á ocho.

Aquella enorme limosna, que trocada en cobre hubiera llenado veinte

cepillos, era sin duda una seña, puesto que el Julaní dijo palideciendo

y mirando fijamente al ginete, que era un hombre como de cuarenta y seis

años.

--¿Con que ha llegado la hora?

--Si, contestó el otro.

--Tú eres el walí, Harum-el-Geniz, exclamó el Julaní mirando fijamente

al otro.

--Si, si por cierto, y vengo bien disfrazado cuando solo me has

reconocido por la voz.

--Buena barba y buenas cejas traes. ¿Y esos valientes que han pasado con

la recua son de los nuestros?

--Si, son de la taha de Cádiar. Pero vamos á lo que importa. Tras mí

viene un carro de mulas resguardado por cuatro de nuestros mejores

hermanos; dentro de poco estará aquí y entrará una persona que viene en

el carro á orar en la ermita: deja ya de pedir y espera dentro; ya

suenan las campanillas de las mulas del carro, y mi buena recua va

lejos. Adios.

Y apretando las espuelas al mulo, partió al galope al mismo tiempo que

el Julaní se metia en la ermita.

Poco despues apareció en el camino un carro que adelantó á buen paso;

tiraban de él cuatro mulas, al cabezon de una de las cuales iba asido un

zagal jóven y ágil: en la delantera iba un mayoral fornido, y la entrada

del carro iba cubierta por una doble cortina de cuero.

Detrás y á poca distancia armados con lanzas á la gineta, venian cuatro

lacayos de buen aspecto, y lo bien costeado y lujoso del carro, el valor

de las mulas y de los caballos de la servidumbre, y las libreas de

estos, todo demostraba que quien de tal modo hacia su viaje, era una

persona principal.

El carro se dirigió á la ermita y cuando estuvo cerca de ella paró, uno

de los lacayos echó pié á tierra, tomó de la zaga una escalerilla de

madera, la apoyó contra la delantera, y el mayoral abrió las cortinas

que cerraban la entrada: entonces salió una persona con trage negro de

caballero, y apoyándose ligeramente en el hombro del lacayo, que á pesar

del frio tenia el sombrero en la mano, saltó al suelo casi sin tocar los

travesaños de la escalerilla, pasó junto á la cruz, se quitó devotamente

la gorra y entrando en la ermita se arrodilló delante del altar.

La estatura de esta persona era mediana para hombre y aventajada para

mujer, y decimos para mujer, por que por la redondez de sus formas, por

lo mórvido de su cuello, que se veia en parte entre una rica gorguera de

Cambray y un cumplido antifaz de terciopelo que cubria su semblante; por

lo brillante y sedoso de sus largos rizos, muy reparables entonces,

puesto que los nobles llevaban los cabellos exageradamente cortos; por

la altura de su pecho, por la pequeñez de sus manos, por mil indicios,

en fin, de delicadeza y de hermosura femenil, se comprendia que aquella

persona era una mujer disfrazada de hombre.

Sus ropas eran ricas, y como hemos dicho, enteramente negras, y de

terciopelo; únicamente su capotillo era de riquísimo paño de Segovia,

forrado de armiños; llevaba espada y daga; pero no pequeñas como

pudieran suponerse pendientes de la cintura de una mujer, sino tales

como pudiera haberlas usado un capitan de los tercios de Italia, aunque

de gran riqueza y primor en sus empuñaduras; últimamente, sus botas de

gamuza adobada estaban armadas de espuelas de oro y (cosa extraña)

pendiente de un cordon de seda negro, llevaba sobre el pecho una

plaquita de oro, en que estaba esmaltada la cruz de Santo Domingo,

distintivo usado por los familiares del Santo Oficio de la Inquisicion.

El antifaz que esta persona llevaba, sin duda para no ser conocida, no

era de reparar en aquellos tiempos, en que tanto los caballeros de algun

estado, como las damas, usaban el antifaz cuando iban de camino con el

objeto de resguardar el rostro de los agravios de la intemperie.

La incógnita estuvo algun tiempo arrodillada ante el altar y luego se

levantó, miró en torno suyo, vió al Julaní que estaba relegado á un

ángulo junto á un confesonario, se dirigió á él, sacó de su limosnera un

pliego cerrado, se lo dió y sin decir una sola palabra salió de la

ermita, y entró en el carro que seguidamente tomó á buen paso el camino

del puente de Genil.

El Julaní se volvió de espaldas á la puerta y rompió la nema del pliego

en la que se leia únicamente estas palabras: «_Obediencia y sigilo._»

Dentro algunas líneas en caracteres africanos muy bien escritos decian:

«El Señor Altísimo y Unico prospere tus bienes y te de paz y salud.

Sabrás, Julaní, como esta noche á las doce, llamaran á tu puerta todos

los xeques de las tahas de las Alpujarras y de la Vega; cada uno de

ellos te mostrará una sortija de oro que tendrá escrito en la parte

exterior el nombre de Dios. A todo el que te presente una sortija tal le

introducirás por la mina, haciendo que uno de los monfíes que te

acompañan le guie á casa del Hardon junto á San Miguel. A todo el que

pretenda entrar sin mostrarte la sortija convenida, préndele y si

resistiere mátale.--El emir.»

Guardó cuidadosamente el Julaní en su seno esta carta, fué á la puerta

de la ermita, permaneció en ella con el cepillo en la mano y tan

profundamente pensativo, que aconteció que mas de un viandante se

acercase á él, echase una moneda en el cepillo y pronunciase la fórmula

de costumbre, sin que el le contestara.

Los cristianos al verle tan abstraido decian:

--Es un santo.

Los moriscos:

--¿Qué sucederá que tan pensativo se muestra el Julaní?

Pero hubo de volver en sí de su profunda meditacion al sentirse sacudido

de una manera vigorosa.

Miró y vió ante sí á un jóven como de veinte y dos á veinte y cuatro

años, de altivo continente, rostro moreno y ojos negros y penetrantes:

vestia á la usanza de los hidalgos castellanos, usaba el pelo corto como

ellos, llevaba espada, daga y pedreñales y además, como arma defensiva

una coraza blanca y limpia y tenia del diestro un magnífico caballo de

raza árabe.

--Te he llamado dos veces y no me has contestado, dijo el jóven, ¿en qué

diablos piensas, Julaní?

--¡Ah! es Aben-Aboo, dijo aquel conociéndole.

--Si, yo soy; ¿pero qué sucede?

--¡Suceder! ¿quién sabe? pero me parece que llega la hora.

--Lo mismo me parece á mí.

--¿Estás seguro de tus parciales, Aben-Aboo? dijo gravemente el Julaní.

--Como lo estoy de la hoja de mi espada, contestó el jóven.

--Entra dentro, Aben-Aboo, dijo el Julaní, que no es prudente, hablar

largo tiempo donde alguien pueda vernos juntos.

Y diciendo esto cerró la puerta de la ermita, fué á la que daba paso

desde el exterior á su habitacion, la abrió, miró con recelo al camino,

y viendo que en él no habia nadie, empujó al interior del patio á

Aben-Aboo que le habia seguido, tiró de su caballo, y cuando estuvo

dentro cerró el postigo. Un momento despues Aben-Aboo y el Julaní

estaban sentados frente á frente junto al hogar.

--¡Oh! cómo nos engañamos los mas prudentes, dijo el Julaní: te muestras

muy seguro de tus parciales, y sin embargo ni aun puedes sospechar donde

se encuentra ahora Abul-Hhassam. Es, ó era segun creo uno de tus mayores

amigos.

--Es sabio y santo, dijo Aben-Aboo: el espíritu de Dios ilumina sus

pensamientos y las estrellas hablan para él con tanta claridad como el

libro de Dios para los creyentes. Abul-Hhassam está en Argel donde yo le

he enviado á pedir ayuda al dey Aluch-Alí.

--Sin duda que la costa del viaje habrá concluido con las últimas doblas

de la hacienda que te dejó tu padre.

--En verdad, en verdad que ando muy pobre, Julaní.

--Ya lo sospechaba yo. Tu hermosa casa de la calle de San Miguel está

alquilada; ya no eres el rico hidalgo que viajaba acompañado de lacayos,

ahora viajas solo como un cualquiera.

--¡Qué quieres, Julaní! ¡decretos son de Dios! pero espero recojer con

usura el dinero que he sembrado.

--Creo que te engañas, dijo el Julaní. Pero creo tambien que creerás en

mi amistad.

--No tengo motivos para dudar de ella. ¡Hemos recorrido tantas veces

juntos la montaña! ¡juntos hemos dado muerte á tantos castellanos!

--Y yo que te he visto valiente y noble, yo que sé que como Aben-Humeya

tienes derecho al trono de Granada; yo que comprendo que habria un medio

para que nuestro invencible emir, pensase en tí para hacerte su

heredero, yo que te amo, siento un dolor profundo al decirte que es

necesario que renuncieis á la corona de Granada.

Púsose en pié de un salto Aben-Aboo.

--¡Qué renuncie á ser el caudillo de mi pueblo en la guerra que va á

emprenderse contra el cristiano! ¡Que otro los lleve al combate!

exclamó con voz reconcentrada y el rostro lívido de cólera. ¿Piensas

acaso que yo ambiciono una corona? ¡Miseria humana! Honra y nada mas es

lo que quiero. Libertar á mi patria lo que ambiciono. ¿Y quién tiene mas

derecho que yo para empuñar la bandera del Islam? ¿Quién mas que yo ha

trabajado, ha velado, ha sufrido, por libertar á mi patria? ¿No he

expuesto mi vida? ¿No he gastado mis riquezas?

--Hé ahí el mal, todo el mal. Por desgracia hay entre nosotros un hombre

á quien la plebe cree santo, inspirado por Dios, profeta: no será rey de

Granada, sino aquel cuyo nombre salga de la boca de ese hombre. Ese

hombre es el faquí Abul-Hhassam.

--Pero Abul-Hhassam...

--Abul-Hhassam sabe que has gastado tu último doblon.

--Mis parientes han hecho pasar por su mano mis riquezas para ayudar la

predicacion con la caridad, para proveernos en Africa de armas y de

bajeles.

--Tus riquezas han servido para aumentar las de ese embustero.

--Abul-Hhassam es un santo.

--Ha sabido parecerlo, y tanto que os ha engañado á tus parientes y á

tí.

--La prueba, una sola prueba.

--Vuelvo á repetirte una pregunta que ya te he hecho: ¿dónde crees que

está en estos momentos tu santo faquí?

--Ya te he contestado que en Argel.

--Hace una hora que Abul-Hhassam ha estado aquí, y ha entrado por la

mina en Granada.

--Pero eso es imposible, imposible de todo punto. Ayer tarde se me mandó

de órden del emir, que estuviese hoy en Granada, y yo me he apresurado á

cumplir su mandato. Pero no sabia que me esperaban tan malas nuevas.

--Pues aun hay mas. En Granada se dice entre los moriscos, que

Aben-Humeya será su rey, y que para evitar toda disension, casará con la

hija del emir.

--¡Con la hija del emir! ¡con la sultana Amina! pero Aben-Humeya está

casado con Inés de Rojas.

--La repudiará.

--¿Y su hijo?

--Le abandonará como á su madre.

--Pero esto es un tejido de infamias.

--¿Y crees tú que se pare mucho Aben-Humeya en cometerlas, si son

necesarias para alcanzar el reino? Es necesario que renuncies por ahora

á la corona. El emir es poderoso. Nosotros los monfíes lo podemos todo.

Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar, proteje á Aben-Humeya, es necesario obedecer

y callar. Y luego, aunque Aben-Humeya sea elegido rey, nada debe

importarte; él tendrá que vencer las primeras y mas duras dificultades,

y luego tú...

--¿Y qué me importa que Aben-Humeya sea elegido rey, en comparacion de

la pérdida de Amina?

--¿Cómo! ¿conoces á la sultana?

--No.

--¿Y estás enamorado de ella?

--Como nos enamoramos de un misterio, tras el cual creemos encontrar un

tesoro. ¿Sabes tú lo que es en las Alpujarras la sultana Amina?

--Si, sé que es un Dios.

--Todos ansían conocerla y ninguno la conoce.

--Te engañas. Hay un hombre que la conoce y que nunca se separa de ella.

--¿Y qué hombre es ese?

--Ese hombre es Harum-el-Geniz.

Despejóse la frente de Aben-Aboo de la sombría nube que la habia

cubierto.

--Algunas alboradas de verano, dijo suspirando, al volver la ladera de

una montaña, suelen verse en el borde del opuesto barranco, brillantes

armas, tocas y almaizares; algunos ginetes armados como nuestros abuelos

antes de la conquista, pasan deslumbrantes y magníficos, y entre ellos,

en un palanquin cubierto con un dosel de púrpura, va una dama con

vestiduras régias, cubierta con un velo: la cabalgata pasa, y con ella

el palanquin y la dama, y se pierden en las cercanas quebraduras: muchos

han visto este prodigio y siempre antes de la salida del sol: los

naturales creen que aquellos ginetes y aquella dama son sombras de

nuestros abuelos. Ninguno se atreve á seguirles por temor que aquellas

sombras condenadas pierdan su alma. Pero yo un dia me lancé tras ellos

al escape de mi caballo.

--¿Y qué sucedió?

--Uno de aquellos ginetes, magníficamente armado, que mostraba en su

adarga el blason real de los reyes de Granada, volvió hácia mí á rienda

floja, con la lanza baja, y me encontró de tal manera, que me arrojó en

tierra, valiéndome para no ser herido, el buen temple de mi coselete,

que es el mismo que llevo puesto: entonces aquel hombre, que llevaba

calada la visera, me puso la lanza al rostro, y me dijo:

--Júrame si quieres vivir, que no volverás á seguirnos.

--Te lo juro, le contesté. Pero una sola palabra. ¿No es verdad que esa

dama no es la sombra de la sultana Zoraya?

El jinete lanzó una carcajada.

--Esa dama, dije con harta imprudencia, es la sultana Amina, hija del

poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

--Si tú no te llamases Aben-Aboo, contestó con acento irritado el

caballero, el nombre que acabas de pronunciar te costaria la vida. Pero

cuenta contigo Aben-Aboo; cuenta con lo que haces, con lo que dices y

con lo que piensas, porque los monfíes estan en todas partes, hasta en

el pensamiento de sus enemigos.

Dicho esto, revolvió su caballo, y fué á incorporarse con la dama, que

desde su palanquin habia presenciado impasible mi aventura, y

desaparecieron en la vuelta de la montaña. Yo me levanté, monté como

pude, y volví á Cádiar. Desde entonces amo á esa mujer. Yo habia visto

su apostura magestuosa, sus largas trenzas negras pendientes bajo la

toquilla que la encubría: sus brazos desnudos, su talle esbelto, la

incitante y lánguida actitud con que iba reclinada en el palanquin que

conducian cuatro esclavos negros. Muchas veces he salido de noche de

Cádiar, y á pié y solo, he ido á ocultarme en las quebraduras cercana al

barranco por donde la ví pasar la vez primera y algunas otras veces,

antes de la salida del sol, la he vuelto á ver, ya reclinada en el

palanquin, ya á caballo, ya á pié, siempre gentil, siempre magestuosa,

pero siempre encubierta. Esa mujer arroja de sí, no sé qué de

voluptuoso, de bello, de magnifico, que arrebata, que enamora, que

obliga por su mismo misterio á que no pueda olvidársela. Y luego esa

mujer que gasta vestiduras tan deslumbrantes como las de una sultana, á

quien obedecen hombres feroces, que tiene, sin duda, en alguna sima

debajo de la tierra, alcázares maravillosos y tesoros inmensos, es un

misterio impenetrable. Llámanla unos la hechicera, otros el espíritu del

Islam, que en forma de mujer vaga por las montañas, de donde espera

renazca la gloria del pueblo moro; otros la Dama blanca. Yo sé que es la

sultana Amina, no sé por qué, pero lo juraria. Esa mujer, y no mi

pobreza como habias pensado, es la que me obliga á retirarme de Granada,

porque á donde ella esté va mi alma y yo no puedo vivir sin verla alguna

vez, oculto entre las breñas.

--¿Y no conoces tú al emir? dijo profundamente el Julaní.

--Nunca le he visto; pero obedezco sus órdenes, acato su valor y le

reconozco como nuestro señor.

--¿Y te obstinas en el amor de su hija?

--Es mi ambicion, es mi luz. La busco y se me huye como un misterio,

como una sombra: algunas veces he creido tenerla al lado, y luego... era

una pobre labriega, hermosa, sí, como son hermosas todas las hijas de

las Alpujarras, pero ruda y zafia. Algunas veces he creido escuchar

entre las quebraduras, una voz dulcísima que me gritaba: «¡Aben-Aboo!» y

era el viento en cuyos zumbidos creia escuchar mi locura acentos

humanos; era un sueño; era mi amor que cree verla en todas partes.

En aquel momento rechinó violentamente la tarima, se alzó crugiendo,

impulsada por la compuerta de la mina, y apareció un hombre enteramente

envuelto, á la usanza mora, en un blanco almaizar.

Al verle Aben-Aboo y el Julaní, se hicieron atrás, y el primero echó

mano á la empuñadura de su espada.

--Antes imprudente y ahora loco, dijo aquel hombre cuyas palabras

estaban llenas de autoridad: los monfíes estan en todas partes y á nadie

temen. ¿Te has olvidado ya de la negra aventura que te aconteció, por

seguir á la Dama blanca de la montaña?

--He olvidado la aventura, pero no la memoria de que fuiste generoso

conmigo.

[imagen: Don Fernando de Válor.]

--¡Yo!

Te he reconocido en la voz. Tú fuiste el caballero que me derribó.

--Has quedado pobre por la patria, noble Aben-Aboo, dijo aquel hombre

con voz solemne, has sacrificado tu amor á tus promesas. Sírvate esto

para disculpar tu imprudencia. Amas ó crees amar á esa dama, olvídala.

Te crees llamado á ser rey de Granada: los monfíes te daran rey.

--¿Y con qué derecho? exclamó con orgullo Aben-Aboo.

--Con el derecho de la fuerza, con el derecho de la justicia. ¿Qué

habeis hecho vosotros y vuestros padres, desde el dia de la conquista?

doblegaros cobardemente ante el cristiano, aprender su habla, vestir sus

trages, acudir á sus templos, y murmurar en voz baja y estremecidos de

espanto, en lo retirado de vuestras casas, delante de vuestras hijas

profanadas y envilecidas por el vencedor: y ¿qué hemos hecho nosotros

los monfíes de la montaña? no hemos cambiado con el castellano mas que

hierro y sangre, odio por odio, exterminio por exterminio: hemos huido

de las poblaciones impuras, y hemos hecho nuestros templos las montañas,

nuestros alcázares, las grutas de los barrancos: y admírate: somos

ricos, poderosos, terribles: la Chancilería se aterra á nuestro nombre,

el capitan general nos teme; cuando un monfí da en manos de la

Inquisicion, se apresura á entregárnoslo; por nosotros la ley alcoránica

vive en las Alpujarras y el Almanzora; y por nosotros, alentais la

esperanza de ser libres algun dia, vosotros, los infames habitantes de

las poblaciones.

--¡Infame! ¡eso no! llama infame á quien lo sea, no á Aben-Aboo, no al

enemigo irreconciliable de los cristianos.

--Eres bueno y leal, jóven: pero es necesario que no seas imprudente.

Antepon tu patria á tu ambicion: y espera. Entre tanto, toma.

--¿Qué me dais aquí? dijo con orgullo Aben-Aboo: ¡un bolsillo! ¿Soy

acaso un mendigo?

--El emir de los monfíes es tu pariente.

--Es verdad.

--El emir puede darte oro sin humillarte.

--Sí.

--Te ha mandado venir hoy á Granada.

--Es verdad.

--¡Y vienes sin dinero!

El jóven se sonrojó y calló.

--Guarda ese oro, jóven, guárdalo. Yo te lo entrego de órden del emir.

Aben-Aboo guardó el pesado bolsillo.

--Ahora vete: el emir te ha llamado á Granada. Cuando estés en ella, el

emir te buscará.

Y señaló con un ademan de imperio la puerta á Aben-Aboo.

Este, dominado, salió, tiró de su caballo, montó en él, y se dirigió á

la ciudad.

--Para unos hombres la palabra que manda, dijo el incógnito, para otros

el amor, para otros la ambicion, para todos el oro. ¡Miseria humana!

Cierra tu puerta Julaní, y sígueme.

El monfí cerró, y precedido del encubierto desapareció por la mina.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 70 / 168 题