El peregrino y el ermitaño.
Un dia de invierno del año de 1568, domingo por cierto á 19 de
diciembre, despertó Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental,
jardin de amores, alcázar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de
la vida; despertó, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino
dueña mogigata y pudibunda, ú honesta desposada, que sale á la calle la
mañana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve
tránsito de la casa nupcial á la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos
dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que
apenas se lograban ver los objetos á diez pasos de distancia; que algo
mas allá los árboles parecian fantasmas y que, por último, algun espacio
mas allá nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y
flotante de las extremidades de las nubes que tocaban á la tierra y la
inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve.
Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y
demás gente de camino que iban por el de las Alpujarras á Granada,
tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y
subidas las mantas, capas ó capotes hasta las narices, requisito sin el
cual se exponian á convertirse en carámbanos, á beneficio de un aire
colado y á pesar del cual se les helaba el aliento á la salida de las
narices, escarchándose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en
fin, una de esas homicidas mañanas de invierno contra las cuales no hay
mejor defensa que el lecho y una habitacion herméticamente cerrada y
convenientemente caldeada.
Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompañasen en cuerpo y alma,
en una mañana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos
apostemos para esperar á ciertas personas, estamos seguros que del
infinito número de lectores que han de tomar en sus manos este libro,
solo quedaria alguno de esos calaveras á quienes nada pone espanto, y
que estan siempre dispuestos á correr una aventura, siquiera sea en el
infierno, ó algun desesperado cansado de la vida, y á quien fuese
indiferente morir de pulmonia, de pasmo ó á mano airada. Pero,
afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos
necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral
é incorpórea, agena por lo tanto al frio ó al calor atmosférico, á la
ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues
de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en
santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espíritu mercantil y
codicioso de nuestra época, en taberna.
Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del
aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el
interior de aquel pequeño edificio cuadrado, á pesar de que un innoble
hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre
el venerable arco árabe de la antigua mezquita, como en muestra de que
allí puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel
edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos
de haber acampado junto á él los ejércitos de Castilla y de Aragon, el
mismo dia en que se entregó Granada á los Reyes Católicos, que, rodeados
de su córte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron
desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la
Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las órdenes
militares: una lápida antigua, incrustada en el lado oriental de la
ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos
recuerdos históricos, forma un enérgico contraste, es casi una protesta,
contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y
gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero
severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y
ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del
envilecimiento, aquel depósito de tan nobles tradiciones, aquel
santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el
homenaje de adoracion y alabanza del hombre á su Criador.
Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cómo, nos ha inspirado
el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situémonos junto á ella y
veamos si llegan las personas á quienes esperamos.
Inútil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era
una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado
entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella,
y su lámpara siempre encendida delante del altar, que se veia á través
de la rejilla.
Acababa de amanecer, ó por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia,
harto empañada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la
ermita, se destacó un bulto, primero informe, y perfectamente
perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia
el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hábito de peregrino;
esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta
igualmente conchuda, túnica de buriel y bordon con la consabida
calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y
robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jáquima y albarda á la
morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de
colores á que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un
penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con
lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el
frio y por la lluvia.
En vez de seguir adelante por el enlodado y difícil camino que siguiendo
por la márgen izquierda del Genil, sobre que está situada la ermita,
conduce al cercano puente y á la ciudad, el peregrino tocó suavemente
con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y
este se dirigió en derechura á la puerta de la habitacion del ermitaño,
adherida por la parte del rio á la ermita.
Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al
pasar junto á la cruz de piedra situada delante de la ermita,
irreverencia notabilísima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente
sospechoso á quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie
podia haberlo visto, porque en la pequeña área en que podian ser
perceptibles los objetos á causa de la niebla, no habia otra persona que
el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion
natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya
sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico.
Apeóse el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo
pasar adelante á causa de la interposicion del muro de la ermita, y
acercándose aquel á la puerta de la habitacion del ermitaño, dió en ella
y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su
bordon.
Contestó inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y
característica, verdadera entonacion frailuna y untuosa, á cuyo sonido
contestó el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado:
--¡_Al-jandul-illah!_[15]
--¡_Le ille-Allah!_[16] contestó inmediatamente con entonación devota y
enérgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abría la
puerta y dejaba ver un ermitaño robusto de cuerpo, de barba bermeja,
cútis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hábito
ceniciento de franciscano descalzo.
Miráronse frente á frente ermitaño y peregrino y el primero dijo al
segundo:
--Yo esperaba á un hombre que pronunciara á mi puerta el nombre de Dios.
--Yo soy ese hombre, contestó el peregrino.
--¿Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitaño.
--Se acerca la hora, contestó el peregrino.
--Muéstrame una señal para que pueda creerte.
--Déjame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitaño
cubria recelosamente la estrecha entrada.
Apartóse el ermitaño, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le
introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequeña
fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en
esqueleto, una preciosa puerta árabe minuciosamente labrada y orlada de
inscripciones cúficas, con leyendas del Koram.
El ermitaño cerró inmediatamente la puerta exterior: entonces el
peregrino se quitó el sombrero, levantó una de sus conchas, y arrancó de
ella un pequeño pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado
adherido con cera á la parte interna de la concha, le desenrolló y le
mostró al ermitaño.
Este leyó lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas
líneas de pequeños y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta
roja.
--¿Cómo te llamas? dijo el ermitaño mirando profundamente al peregrino.
--Abul-Hhassan, contestó aquel.
--_¿Por dónde se camina hacia la luz hermano?_ replicó el ermitaño.
--_Por las tinieblas_, contestó el peregrino.
--Bien venido seas, hermano, dijo el ermitaño tomando la mano derecha
del peregrino y llevándola á la frente, muestra de aprecio y de amistad
entre los moros, recibida por ellos de los árabes.
--Que el Altísimo y Unico te pague tu buena acogida hermano, contestó el
peregrino.
--Entra y conforta tus miembros, Abul-Hhassan, dijo el ermitaño; por acá
tenemos el invierno crudo, y vienes sin duda de tierra donde el sol es
siempre ardiente.
--Vengo de Argel.
--¿Y qué noticias traes?
--Malas, muy malas; dijo el peregrino sentándose en un taburete junto á
un hogar en que habia fuego.
--¿Malas noticias dices que traes?
--El dey Aluch-Alí, desconfia de nosotros.
--¡Que desconfia de nosotros! y bien: tiene razón: hasta tal punto
sufren los moriscos las tiranías y las afrentas con que los afligen los
castellanos, que debe creerlos cobardes, y lo son, si, por la santa
Kaaba. ¿Por qué no imitan á los monfíes de la montaña?
--Pero el dia de la venganza y del exterminio se acerca, exclamó con
energía Abul-Hhassan.
--¿Y qué haran los moriscos solos, rodeados por todas partes de
soldados, de alguaciles y de inquisidores?
El peregrino sonrió con desden.
--El pueblo de Dios, dijo con solemnidad, vive entre los infieles;
parece sumiso y resignado; pero se agita en silencio, y está en todas
partes; en las casas de los magnates cristianos, sufriendo sus
insolencias y comiendo el pan de la servidumbre con la frente baja, la
mirada tranquila, la sonrisa en los labios; en los conventos, vistiendo
el sayal del fraile cristiano; bajo las banderas del rey impío,
vistiendo el coselete del soldado; nuestras hijas sonrien al castellano
y le enamoran, mostrándole el rostro descubierto y dominándole con su
hermosura; en nuestras casas entran descuidados, y en sus templos
penetramos nosotros encubiertos; tú mismo pasas por santo entre ellos,
eres sacristan de esta santa mezquita profanada, y ninguno desconfia de
tí; yo, cuando paso por los caminos del infiel, con mi bordon de
peregrino, les pido caridad en nombre de su dios, y con la máscara de
mendigo penitente, paso entre ellos, que me respetan y llenan mi bolsa
con sus limosnas. ¿Quieres mas? Llegará un dia en que el vencido,
humillado hoy, envilecido, doblegado ante su señor, se levante con el
puñal en una mano y la tea en la otra, cuando menos lo esperen los
cristianos; cuando esten mas confiados por nuestra humildad y nuestro
sufrimiento, y ese dia ha llegado ya.
--Pero envuelto en nieblas: me parece muy pronto Abul-Hhassan.
--Dentro de pocas horas esas nieblas se habran deshecho ante la luz del
sol; nos espera un hermoso dia, hermano.
--¿Y por qué si tienen los moriscos tantas esperanzas los abandona el
dey de Argel?
--Su guerra con los venecianos, á que le lleva su fidelidad hacia el
supremo emir de los creyentes, Selim II, á quien Dios prospere, le
tiene sin naves y sin dinero; hoy no nos podria dar ni una sola fusta,
ni un solo soldado, ni una sola dobla. Esperémoslo todo del sultan, del
sublime Selim. Entre tanto nos ayuda el emir de los monfíes de las
Alpujarras.
--Ya, ya lo he visto por el pergamino que me has entregado.
--Si unidos á los monfíes de la montaña logramos apoderarnos de Granada
y poner en armas la tierra desde Almería á Gibraltar; si vencidas, como
es de esperar, las armadas de Venecia, puede el sultan enviarnos sus
galeones, y sus taifas, que haran innumerables las taifas berberíes,
España volverá á ser nuestra como lo fue en tiempos de Muza y de Tarik,
y ¡ay entonces de la infame Europa! la palabra de Dios llevada adelante
por las espadas del Islam, llenará la tierra desde el Oriente á las mas
altas regiones del Occidente, mas allá de los grandes mares, y desde el
Mediodia al Septentrion; hasta los eternos hielos.
--Cúmplase la voluntad de Allah.
--Y se cumplirá, asi está escrito: ¿no crees tú en lo que revelan esas
palabras de luz que se llaman estrellas?
--La carta que me has dado dice que eres sabio y astrólogo: solo Dios
sabe lo oculto, y él lo revela á sus escogidos. ¡Cúmplase la voluntad de
Dios!
Hubo un momento de silencio.
--¿Quién te ha dicho que me busques? preguntó al cabo el ermitaño que no
confiaba mucho en Abul-Hhassam.
--El emir de los monfíes.
--¿Y dónde has visto al emir?
--En las Alpujarras.
--¿Cuánto tiempo hace?
--Dos dias.
--Y nada mas te ha dicho el magnífico emir al enviarte á mí.
--Si me ha dicho: busca al Julaní que vive encubierto en la mezquita de
Al-Morabethin[17] y á quien los cristianos llaman el hermano Pablo;
desde la mezquita hasta la casa de su hermano el Hardon en el Albaicin
hay una larga mina, cuya entrada por la mezquita sabe él solo: no es
prudente que tú, hombre de Dios, andes á la luz del dia por Granada, ni
te aposentes en las posadas públicas; en la ciudad hay gente que te
conoce y que sabe que andas oculto desde el levantamiento de las
Guajaras. Toma este escrito: mediante él, el Julaní te abrirá la puerta
de la mina, y por bajo de Granada, llegarás á casa del Hardon. Esto me
dijo el emir al darme el escrito que te he entregado.
--Tú eres el faqui, dijo aun con recelo, pero mas tranquilo el Julaní,
que hace algunos años dijiste que las estrellas te habian revelado el
nombre del escogido por Dios para ser rey de Granada.
--Sí es verdad, yo soy Abul-Hhassam el faqui.
--¿Y quién debe ser rey de Granada? dijo con sarcasmo el Julaní.
--Hubo un tiempo en que yo creí leer de una manera clara su nombre en el
eterno libro del firmamento.
--¿Y era ese nombre el de Aben-Aboo, el hijo de doña Isabel de Córdoba y
de Válor?
--Si, ese era el nombre que creí leer; pero despues las estrellas me han
dicho: «espera solo un momento antes de que el pueblo de Granada se
levante armado contra sus opresores y podrás saber ese nombre.»
--¿De modo que?...
--Esta noche á las doce, sabré quién ha de ser rey de Granada.
--Que Dios te ilumine para bien de su pueblo santo faqui, dijo el Julaní
con acento de amenaza. Entre tanto, y como tu permanencia aquí no es
prudente, ven.
El Julaní se levantó y llevó al faqui á un ángulo de la estancia donde
estaba la humilde tarima de penitente, que le servia como complemento de
su apariencia cenobítica; la apartó y debajo de ella quedó descubierta
una trampa cerrada con un candado: sacó el Julaní una llave de la manga
de su hábito, levantó la compuerta y quedó descubierta una trampa.
Abul-Hhassam fue á descender por ella.
--Espera, dijo el Julaní; es necesario que todo lo que ha venido contigo
desaparezca.
Y salió al patio, asió el ronzal del jumento, tiró de él, le introdujo
en la habitacion y le hizo descender por la trampa: siguióle
Abul-Hhassam, y poco despues marchaban por un pasadizo llano, á cuyos
costados habia algunas puertas, iluminado por una lámpara pendiente del
techo.
--¡Daruh! exclamó el Julaní cuando estuvieron en el pasadizo.
Poco despues por una de las puertas laterales apareció un hombre jóven,
robusto y de aspecto feroz, vestido exactamente como los monfíes de la
montaña.
Este hombre examinó atentamente á Abul-Hhassam, y volviéndose al Julaní
le dijo.
--¿Qué me quieres walí?
--Lleva este asno á la caballeriza, ponle pienso como á nuestros
caballos y vuelve.
Daruh tomó el ronzal del asno, y desapareció con él por una puerta
inmediata.
--¡Tus caballos! ¡tus caballerizas! exclamó con asombro el faquí.
--Si por cierto: estamos preparados: en un solo momento los monfíes de
las Alpujarras saldran de debajo de la tierra armados y cabalgando como
en tiempos de Boabdil.
--A quien Dios maldiga.
--Si; maldígale Dios: fue un traidor.
Apareció entonces Daruh.
--Guia á este hombre de Dios, le dijo el Julaní señalando al faquí, á
casa del Hardon en el Albaicin.
--¡Qué! ¿de esta entrada corren muchas minas al interior?
--Tantas Abul-Hhassam, que si Daruh no te acompañase te perderias en su
laberinto. Pero á Dios: no puedo faltar mucho tiempo de la mezquita: que
Dios te guie y te ilumine, faquí.
--Que la proteccion del Dios Altísimo y Unico esté sobre tí, hermano.
Habia un ligero acento de amenaza en las palabras con que se habian
despedido el wali y el faquí.
Daruh encendió una lámpara, y echó por la mina adelante precediendo al
faquí.
El Julaní permaneció un momento inmóvil y pensativo.
--El emir lo quiere, dijo al fin; pero hace algun tiempo no eran esas
sus intenciones: ¿le habrá engañado ese astrólogo embustero? ¿Quién
sabe? Que Dios ilumine al magnífico emir.
Despues de estas palabras el Julaní subió, cerró la trampa, puso sobre
ella la tarima, y tomando de sobre una mesa en que habia un crucifijo y
una calavera, un cepillo de cobre, salió á la ermita, abrió su puerta y
se puso en ella exclamando de tiempo en tiempo con voz compungida, y
haciendo sonar algunas monedas que contenia el cepillo:
--¡Hermanos caritativos! ¡ayudad con vuestras limosnas al culto de esta
santa ermita!