CAPITULO PRIMERO.

El castillo y la atalaya.

No á mucha distancia una de otra en ese laberinto montañoso que se llama

las Alpujarras, hay dos cumbres que se atalayan, y que descubren otras

muchas y son descubiertas por ellas, incluyendo la cima de Sierra

Nevada, y su gigantesco anfiteatro de montañas.

Una de estas dos cumbres que hemos citado domina al pueblo de Válor, la

otra al de Cádiar.

En ambas cumbres se conservan vestigios de cimientos: llaman los de

Válor á los unos castillo, los de Cádiar á los otros atalaya.

Hoy los lagartos asoman entre las grietas de las ruinas, y las culebras

se deslizan entre los escombros cubiertos de musgo, y los habitantes

conservan acerca del castillo y de la atalaya la memoria de dos nombres

que son dos historias sangrientas. Las ruinas del castillo guardan el

nombre de Muley Aben-Humeya: las de la atalaya el de Muley Aben-Aboo.

No hay alpujarreño que no sepa contaros, si se lo preguntais, cómo

murieron cada uno de los hombres que llevaban aquellos nombres; no hay

uno solo que no os diga que sus antiguas viviendas han sido arruinadas,

porque sus dueños estaban malditos de Dios.

Las que hoy son ruinas, eran en 1568 dos edificios característicos.

Empezemos por el castillo.

Ocupando la ancha planicie de la cumbre se levantaban cuatro torreones

cuadrados, unidos entre sí por cuatro muros robustos y almenados: ni un

agimez, ni una galería, ni mas que algunas estrechas saeteras, se veian

en aquel recinto exterior, pero en el centro del extenso cuadrado

comprendido dentro de aquellas torres y muros, se veia un bellísimo

alcazar moruno, con torrecillas caladas, galerías, miradores, cúpulas y

pizarras, resplandeciente con sus vivos colores; era aquel alcázar,

dentro de aquel fuerte y rojizo recinto murado, lo que podia ser una

hermosa dama, cuya magnífica y engalanada cabeza se levantase sobre una

armadura de guerra: fuera, robustez, almenas enhiestas, profunda caba,

hondo rastrillo, puerta chata y maciza de herradura, matacanes y

ladroneras: dentro, todos los bellos caprichos de la arquitectura

oriental; galerías cinceladas con esbeltas columnas de alabastro;

agimeces con dobles arcos festonados, y entre estos arcos y trás estas

columnas, cristales rica y maravillosamente matizados, como los de

nuestras viejas catedrales góticas; era aquel un alcázar fuerte, de los

tiempos medios de la dominacion de los árabes en España; una especie de

casa de placer de algun rey moro, que al mismo tiempo servia de alcazaba

á la villa: una de esas magníficas huellas que dejó trás sí el paso de

ese maravilloso pueblo árabe.

La atalaya que coronaba la cumbre del monte sobre Cádiar, era un

edificio severo, escueto, que se destacaba vigorosamente sobre el

horizonte, y que descubria con sus cuatro ojos negros, abiertos en su

muro circular de piedra, ennegrecida por el tiempo, un número

considerable de pueblos y montañas, y el mar por la parte de Levante.

Dábala entrada una pequeña puerta de herradura, y por la parte oriental,

sobre una cortadura del monte, se veia una ventana estucada, dividida

por una columnilla blanca, y guarnecida por vidrios de colores; este era

el único detalle delicado y bello que se notaba en aquel macizo torreon

negruzco; detalle que á tiro de arcabuz dejaba conocer que era una

adicion reciente, una herida abierta en el muro antiguo, una especie de

respiradero practicado en el centro de la torre para hacer habitable y

un tanto cómoda aquella atalaya de guerra.

Dulcificaba un tanto su aspecto brabío, una pequeña huerta y una blanca

casita adherida á la atalaya por la parte del Sur. La cumbre se habia

allanado y cercado con un tapial, y una noria, á que daba vueltas un

enorme buey, mantenia la frescura y la frondosidad de un emparrado,

colocado como un toldo delante de la fachada de la casa, y que corria

hasta la puerta de la atalaya, y á las legumbres y á los árboles

frutales que ensanchaban sus frondas odoríferas, bajo el templado cielo

del Mediodía.

Un perro, una legion de gallinas y algunos patos, que nadaban en un

estanque donde se recogian las aguas de la noria, daban ruido y vida,

una vida especial á aquel pequeño recinto, dulcificando lo severo y

sombrío del aspecto de la atalaya.

Entre esta y el castillo de Válor existia no sé que de extraño y hostil.

La atalaya, hasta en la pequeña perforacion que se habia practicado en

ella abriendo en su muro un agimez, era severa y sencilla; pero altiva y

enérgica, por decirlo asi, como un viejo y veterano centinela avanzado

al enemigo: el castillo, cuyas defensas estaban deterioradas, y

desatendidas, parecía envilecido por aquel alcázar tan delicado y tan

bello que á nada podia compararse tanto como á una cortesana corrompida

y coronada de flores, que se sentase sobre un viejo y abollado arnés de

guerra: la atalaya parecia representar la ancianidad brabia aun é

indomable, y el castillo el valor degradado, el atleta rendido á los

pies de la hermosura.

Entre el castillo y la atalaya filosóficamente considerados existía un

abismo.

Pasando de los edificios á sus habitantes respectivos, hallaremos entre

ellos diferencias esenciales.

Eran dos mujeres viudas, cada una de las cuales tenia un hijo.

La una, la moradora de la atalaya se llamaba doña Isabel de Córdoba y de

Válor. La otra la habitante del castillo doña Elvira de Céspedes.

Veinte y dos años habian pasado por estas dos mujeres desde la fecha en

que las presentamos á nuestros lectores al principio de nuestro relato.

Doña Isabel contaba, pues, cuarenta y dos años; doña Elvira cuarenta y

cinco.

Por un privilegio de la naturaleza estas dos mujeres se habian

conservado hermosas, en la edad en que generalmente ha empalidecido la

hermosura de la mujer, han brotado en su cabeza las canas, y se han

impreso en su rostro las arrugas.

Doña Isabel y doña Elvira no tenian ni canas ni arrugas.

Comprendiase, sí, á primera vista, que no eran jóvenes; pero nadie se

hubiera atrevido á decir que eran viejas.

Encontrábanse en ese desarrollo de vida y de hermosura, que viene á ser

como el estío en la vida de la mujer, en que lo que la falta de frescura

la sobra de fuerza, de vigor.

Eran todavía dos mujeres peligrosas.

Cuando salia doña Isabel de su casita adherida á la atalaya, ó cuando

salia doña Elvira del castillo para bajar á las poblaciones, siempre

habia ricos y jóvenes moriscos que las aquejasen con pretensiones.

Llamábanlas, por último, en la comarca las hermosas viudas.

Sin embargo desde la muerte de Miguel Lopez, ó poco despues, doña Isabel

se habia retirado á las Alpujarras, á la villa de Cádiar donde habia

dado á luz un hijo, y se habia mostrado sorda á todas las pretensiones,

vistiendo severamente sus tocas de viuda, y dedicándose por completo al

cuidado de su hijo á quien amaba de una manera extremada; doña Elvira,

antes de la muerte de don Diego de Córdoba, su esposo, se habia retirado

á la villa de Válor donde habia dado á luz á don Fernando de Válor, y

del mismo modo despues de la muerte de don Diego se negó de todo punto á

contraer un nuevo enlace, concentrando, como doña Isabel, todo su amor

en su hijo.

A pesar de que vivian á poca distancia, ninguna de las dos cuñadas se

visitaron, ni se vieron una sola vez, desde la noche en que, veinte y

dos años antes, habia sido incendiada por los moriscos la casa de don

Diego de Córdoba y de Válor.

Pero si doña Isabel y doña Elvira no se veian, no acontecia lo propio

respecto á sus hijos Diego Lopez y don Fernando de Válor.

Cuando fueron mozos, estos se encontraron cazando en la montaña, ó en

Granada, á donde solian ir con frecuencia, ó en donde era mas peligroso:

en las reuniones de los moriscos, á las que se les llevaba para nutrir

en sus almas el odio contra los cristianos.

Las ambiciones de los parientes de entrambos jóvenes, habian hecho nacer

entre ellos rivalidad y aun odio; odio y rivalidad que disimulaban, pero

que no por ello eran menos fatales: los parientes de Miguel Lopez no

cesaban un punto de decir á Diego su hijo, que su madre doña Isabel, era

descendiente del Profeta; que si bien era verdad que don Fernando de

Válor su primo, era el primogénito de la familia, sus vicios, su

afeminacion, y la estrecha amistad que como veinticuatro de Granada y

capitan del rey de España sostenia con los cristianos, le hacian

peligroso, cuando él, pobre, aislado en las Alpujarras, contando sus

únicos amigos entre los moriscos, fuerte, robusto y severo en sus

costumbres, era mas á propósito para ponerse al frente de ellos: los

allegados de don Fernando de Válor excitaban de la misma manera la

ambicion de este, recordándole siempre su alto orígen y avivando su odio

á los cristianos con traerle continuamente á la memoria, el desastrado

fin de su padre. Contribuia no poco á ello, su tio don Fernando, á quien

se conocía entre los moriscos con el nombre de Aben-Jahuar-el-Zaquer.

Encargado este de su tutela, habia pretendido, aunque en vano, pasar de

tutor á padrastro por su casamiento con su cuñada doña Elvira; pero esta

se habia negado constantemente; don Fernando sin embargo no habia

cedido; enamorado y empeñado cada vez mas por la peligrosa hermosura de

doña Elvira, habia procurado hacerse de un arma contra la misma doña

Elvira de su hijo don Fernando: enervó su alma, se apoderó de él, le

corrompió, y para sujetarle mas á su influencia le casó con Inés de

Rojas, hija de Miguel de Rojas, morisco influyente, tan ambicioso como

Aben-Jahuar, y dispuesto á ayudarle en sus proyectos que eran

tenebrosos.

Reducíanse estos, á poner como condicion á doña Elvira, el

engrandecimiento de su hijo, á trueque de su mano, ó su anulacion

completa ante los moriscos si persistia en su negativa. Fácil era de

comprender que, amando como amaba doña Elvira á Aben-Humeya, su hijo, no

vacilaria, por repugnante que le fuese, en entregar su mano á

Aben-Jahuar, su cuñado, á trueque de que Aben-Humeya fuese proclamado

rey por los moriscos de Granada, cuando llegase el caso inminente de una

insurreccion decisiva. Miguel Rojas, por su parte, morisco

influyentísimo, como ya hemos dicho, no podia menos de desear que el

marido de su hija, llegase á ser rey, y ayudaba con todas sus fuerzas á

Aben-Jahuar: este se habia cubierto de la mas profunda reserva, y nadie

mas que doña Elvira, porque los ojos de una madre lo adivinan todo,

habia adivinado, que Aben-Jahuar, satisfecho su empeño amoroso casándose

con ella, no pararia hasta ver satisfecha su ambicion: doña Elvira habia

comprendido que su cuñado elevaria á su hijo, que le sostendria hasta

cierto punto en el poder, y que le derribaría despues para hacer con su

cadáver un escalon del trono de Granada.

Doña Elvira aborrecia, pues á su cuñado; pero encubria su odio, porque

Aben-Jahuar estaba apoderado de su hijo, y le tenia como en rehenes.

Abandonado Aben-Humeya á su tio, habia contraido viciosas inclinaciones:

era jugador y camorrista como su padre; falto de fe en sus empeños como

su padre, y como él infatuado con su orígen: añadíase á esto el odio que

doña Elvira le habia hecho concebir contra su tia doña Isabel de Válor,

y su primo Aben-Aboo; su corazon era un depósito de amargas pasiones: su

pensamiento enloquecia con sueños insensatos: desconfiaba de todo el

mundo, y sin embargo á todo el mundo se entregaba: débil, irresoluto,

voluntarioso, era á todas luces inferior á su primo Aben-Aboo, á su

rival, á su antagonista.

Era este un mancebo de veinte y dos años, á quien la reflexion hacia

parecer de mas edad; hermoso; pero con una hermosura enérgica; moreno,

con ese color dorado y característico de los oriundos de Africa; pálido,

con enormes y elocuentes ojos negros, nariz aguileña, boca de sutiles

labios, que indicaban astucia y firmeza, y miembros musculosos y

fuertes; pero constituyendo un conjunto esbelto, en que se adivinaban un

vigor sumo y una agilidad extraordinaria.

Aben-Humeya, era otro tipo enteramente distinto: su semblante blanco,

pálido, de cútis fino y denso, y sus grandes ojos negros de mirada

sensual y lánguida recordaban la antigua y casi extinguida raza árabe:

aunque á veces brillaba una chispa de valor indómito en sus miradas,

aunque habia altivez en la actitud de su cabeza, y algo de magestad en

su frente, sin embargo, en la tersa morbidez de sus manos, que hubiera

envidiado una dama, en la indolencia de sus movimientos, en esa especie

de cansancio habitual que constituye la afeminacion en el hombre, se

comprendia que estaba enteramente entregado á la molicie, á los

placeres, á la vanidad: sin embargo, como un indicio, como un signo de

raza, en medio de esta degradacion, se notaban algunos destellos de

valor sereno é infinito, de actividad, de magestad: algo de regio, de

grande, de indomable, que debia revelarse y dominar á la degradacion en

situaciones dadas, haciendo de aquel hombre otro enteramente desemejante

de sí mismo, aunque por un momento.

Aben-Aboo, aventajaba á Aben-Humeya en hermosura, en energía, en

virilidad; pero Aben-Humeya aventajaba á Aben-Aboo en fueros y

privilegios.

Aben-Humeya era señor de Válor, regidor perpetuo, ó veinticuatro del

ayuntamiento de Granada, capitan de infantería, y se llamaba don

Fernando.

Aben-Aboo, solo era hidalgo por su madre, vivia oscurecido, y se llamaba

lisa y llanamente Diego.

Aben-Humeya era rico y brillaba entre la nobleza castellana.

Aben-Aboo, ó por mejor decir doña Isabel, su madre, lo habia vendido

todo á excepcion de la atalaya y la huerta en que vivian en Cádiar, y

una enorme casa situada en el Albaicin de Granada, perteneciente al dote

de doña Isabel, que esta habia cedido á su hijo, y que estaba

continuamente alquilada.

En vano Yaye-ebn-Al-Hhamar, habia pretendido de doña Isabel que

aceptase, al menos, cuanto fuese necesario para sostener dignamente los

gastos de Aben-Aboo. Doña Isabel se habia mostrado inexorable.

Aben-Humeya tenia en Inés de Rojas una esposa jóven, pura y enamorada,

que le habia dado un hijo; en su tio un espíritu que hablaba siempre á

su vanidad y á sus pasiones; en su suegro un instrumento servil, que se

plegaba á todos sus caprichos, y numerosos amigos parásitos que le

adulaban y le ensoberbecian.

Aben-Aboo, solo tenia á su madre, pura y santa mártir, que le predicaba

constantemente la virtud y el honor, y unos que, por parte de Miguel

Lopez, se creian parientes del jóven, y que este tenia por tales (hasta

tal punto habia quedado envuelto en el misterio el orígen de Aben-Aboo)

gentes zafias, brabías, que no pudiendo ser nada por sí mismas, lo

esperaban todo del derecho que parecia asistir en un caso dado á la

corona de Granada, á Aben-Aboo, como descendiente de los Aben-Humeyas

por parte de su madre. Pero estas gentes aunque ricas, eran oscuras y no

podian dar prestigio alguno á Aben Aboo.

Habia ademas otras disparidades notabilísimas entre ambos jóvenes.

Aben-Humeya, tenia en torno suyo una numerosa y espléndida servidumbre;

sus caballerizas estaban llenas de caballos de raza pura; tenia un

palacio en Granada y otro en Cádiar, y en estos palacios magníficas

cámaras, y en estas cámaras, costosos y bellísimos muebles, cuadros,

estátuas, alfombras; cuanto constituia, en fin, la ostentacion de un

gran señor de aquellos tiempos.

Aben-Aboo, solo tenia á su servicio un esclavo africano, negro como la

noche, fuerte como un cedro, valiente como un leon, y fiel á su dueño

como un perro: en su cuadra no habia mas que dos caballos, valientes

animales de raza, y tan buenos como los mejores de don Fernando: vivia

encerrado en aquella vieja atalaya en cuyo centro habia habilitado un

reducido y desnudo aposento, al que, mirando al distante mar, que

aparecia á lo lejos entre las rompientes de las montañas, daba luz la

ventana ornamentada de que hemos hablado. En aquel aposento no habia mas

muebles que un lecho modesto, una ancha mesa de roble con recado de

escribir, y algunos legajos de papeles; un armario donde se encerraban

algunas ropas sencillas, y un medio arnés de hierro, suspendido de una

escarpia: los objetos de mas lujo que allí se veían, eran las vidrieras

de colores de la ventana, y una chimenea de mármol blanco del gusto del

renacimiento; una pequeña puerta que daba paso á una escalera de

caracol, servia de entrada á este aposento que era circular, y tenia

cierto aspecto severo y triste, á causa de un pilar de ladrillo

agramilado, que sostenia en el centro la bóbeda de agallones al estilo

árabe.

Sin embargo, á pesar de las diferencias que existian, segun hemos

demostrado, entre ambos jóvenes, estaban puestos en contacto de una

manera peligrosa, bajo dos distintos aspectos; el de la ambicion, y el

del amor, siendo de advertir, que estas dos pasiones estaban alimentadas

por ellos sobre dos fantasmas.

Su ambicion miraba á la corona de Granada.

¿Y donde estaba aquella corona?

En la acalorada imaginacion de los moriscos.

Su amor, en un ser misterioso, cuyo nombre y cuyo semblante no conocian;

en una especie de fantasma.

¿Y qué fantasma era esta?

Fantasma ó mujer, el ser á quien amaban Aben-Aboo y Aben-Humeya, era...

¡la Dama blanca de la montaña!

Cuanto de bello y de poético sueña la imaginacion meridional del pueblo

andaluz, se atribuia á aquella dama misteriosa: ¿era un fantasma, una

hada, un génio de la montaña, ó un ser viviente real y efectivo? Nadie

podia asegurarlo; pero era preciso contestar algo: aquella dama que,

durante el verano anterior, habia aparecido con suma frecuencia en los

desfiladeros de la montaña, por las mañanas antes de salir el sol, y

durante las noches de luna; aquella dama misteriosa, siempre encubierta,

siempre engalanada con regias vestiduras, conducida en un palanquin, ó

cabalgando en una blanca hacanea, resguardada siempre por soldados

moros, blancos como ella, y encubiertos con las viseras de sus cascos,

no podia ser otra que la sultana Zoraya[12], que consecuente á su nombre

y á su amor, se levantaba de su tumba antes de la salida del sol, ó á la

luz de la luna, para mirar la altísima y siempre nevada cumbre de

Muley-Hacem, donde creia ver la sombra de su esposo.

Esto, que no pasaba de ser una conseja, era creido como un artículo de

fe, no solo por los moriscos, sino tambien por los cristianos viejos.

Estos la maldecian porque era la sombra de una _perra infiel y

renegada_, á cuya influencia se debian sin duda las calamidades que

afligian á la comarca: los moriscos sentian hácia la dama fantástica, un

horror invencible, porque, al fin, ¿la sultana Zoraya no habia sido

cristiana? ¿No se habia llamado doña Isabel de Solís? ¿Enamorando al rey

Hacem, no habia motivado los zelos y la venganza de la sultana Aixa la

Horra[13], las disidencias entre los infantes sus hijos y el rey

Boabdil, hijo de Muley-Hacem y de Aixa, y las guerras civiles de Granada

y por ellas la pérdida del reino?

Segun los moriscos, la sultana Zoraya, castigada sin duda por Allah,

vagaba insepulta expiando sus pecados: ella era el espíritu maldito de

las Alpujarras; ella tenia sobre sí, no solo la execracion de los

habitantes cristianos, sino tambien la de los moriscos.

¿Pero acertaba en sus deducciones el vulgo? ¿Habia algo de cierto en

aquella conseja?

No hay tradicion que no tenga algun fundamento: la Dama blanca existia;

pero lejos de ser un fantasma, era lo que mas adelante, en el discurso

de nuestro relato, verá, el que lo leyere.

Para Aben-Humeya y Aben-Aboo, la Dama blanca era mas que una mujer;

entrambos, habian acechado su paso escondidos entre las breñas;

entrambos la habian visto, y aunque siempre encubierta, era tal la

magia, el encanto que se desprendia de ella, que entrambos se habian

enamorado.

Aben-Aboo y Aben-Humeya, estaban separados por las dos pasiones que mas

imperio ejercen sobre el corazon humano: el amor y la ambicion.

Sin embargo, siempre que los dos jóvenes se encontraban, se saludaban

sonriendo; siempre antes de separarse, se estrechaban con fuerza las

manos; pero siempre que Aben-Humeya se asomaba á los miradores de su

castillo de Válor, lanzaba una mirada llena de odio á la atalaya de

Cádiar; siempre que Aben-Aboo sacaba la cabeza por la ventana de su

nido, arrojaba una mirada letal al castillo de Válor.

Entrambos tenian respectivamente, el uno para el otro, la palabra de

amistad en los labios, y el odio en el corazon.

Para aumentar este odio, la suerte parecia vacilar entre los dos.

Los moriscos de las Alpujarras despreciaban á Aben-Humeya, y los

monfíes, aquellos horribles bandidos invisibles, habian dejado mas de

una vez el cadáver de un perro á la puerta de su castillo, lo que era

una afrenta horrible entre los moros, y al mismo tiempo una amenaza: por

el contrario, los xeques de la vega de Granada y del Albaicin, seducidos

por Aben-Jahuar-el-Zaquer, tio paterno de Aben-Humeya se habian

declarado ardientemente sus partidarios, y pensaban en él para hacerle

rey de Granada.

Habia ademas, otra persona parienta de entrambos jóvenes, á la que nunca

habian visto; pero cuyo parentesco conocian, y cuya influencia sentian,

y á quien aborrecian por la misma razon que se aborrecian entre sí: por

ambicion: aquel hombre era demasiado poderoso para que no les fuese

temible: era el que mas derechos tenia á la corona de Granada; porque

aquel hombre, en una palabra, era Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los

monfíes.

Nuestros lectores, por lo que acabamos de consignar, comprenderan, que

la vida del emir habia llegado á su situacion mas dramática; nuestros

lectores conocen los amores de Yaye con doña Elvira de Céspedes, esposa

de don Diego de Córdoba y de Válor, y con doña Isabel, hermana de este:

saben tambien, que por una horrible fatalidad, aquellos amores habian

dado por fruto dos niños, cuyo verdadero orígen, habia sido cubierto

respectivamente por decoro de familia: nadie sabia aquel secreto, mas

que las dos mujeres y Yaye, siendo de presumir, que lo supiese tambien

la persona que se habia apoderado de las cartas de doña Elvira y de doña

Isabel, en que ellas mismas habian descubierto aquel secreto. Por mas

que habia hecho Yaye, no habia podido averiguar quién habia sido el

ladron de aquellas cartas, lo que le tenia en una ansiedad increible.

Fuera de esta persona ignorada, nadie habia que pudiera revelar aquel

secreto. A nadie constaba si Miguel Lopez, antes de partirse á las

Alpujarras, habia poseido á su esposa. Nadie sabia la terrible escena

que habia acontecido entre don Diego de Válor y doña Elvira, á la vuelta

de aquel de las Alpujarras, y antes de que fuese preso por el capitan

general. Miguel Lopez no habia podido revelar nada, porque habia muerto

de hambre en el subterráneo; don Diego de Válor, que esperaba para

vengarse verse en libertad, acusado con pruebas fehacientes del

asesinato de su cuñado, habia muerto en la prision; su hermano don

Fernando, al tiempo de la muerte de don Diego, se encontraba en Africa á

donde habia ido á buscar auxilio en nombre de los moriscos de Granada,

en la córte del dey de Argel, y nada pudo revelarle el preso antes de

morir. El secreto, guardado de una parte por la tumba, y de otra por

intereses de familia, no podia ser descubierto, sino por la mano

misteriosa que habia robado sus únicas; pero terribles pruebas.

Hermanos Aben-Humeya y Aben-Aboo, solo se creian primos, y se aborrecian

de muerte, y este aborrecimiento; cuya causa conocia Yaye, le aterraba.

Porque Yaye no podia dudar de que los dos jóvenes eran sus hijos, y esto

para él era una fatalidad mas: sino hubieran sido hermanos de Amina, el

emir que conocia las rivalidades de entrambos, las hubiera atajado,

uniendo á Aben-Humeya con su hija, cumpliendo de este modo el antiguo

contrato de las dos familias, y satisfaciendo ó sosteniendo con mano

fuerte la ambición de Aben-Aboo.

Llovian las contrariedades sobre el emir. Del mismo modo que Aben-Humeya

se habia hecho partido entre los moriscos de Granada y de la Vega,

Aben-Aboo, por las influencias de los parientes de Miguel Lopez, su

falso padre, se lo habia hecho entre los de las Alpujarras.

Ademas, por su valor, por su fanatismo musulman, que en vano habia

querido dominar su madre; por sus atrevidas excursiones á la montaña;

por algunas muertes dadas, aunque secretamente, á algunos castellanos,

habia llamado la atencion de los monfíes que le apreciaban sobre manera,

del mismo modo, que, como dejamos dicho, insultaban á Aben-Humeya.

Sabíalo esto Yaye, y veia venir las disidencias y las luchas intestinas

entre los moriscos. Queria remediarlo y no podia. Todos los caminos se

le cerraban. Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya, eran sus hijos.

Yaye habia empezado á ser hombre, cometiendo grandes desaciertos. Habia

escuchado á su ambicion y á su fanatismo, mas que á su corazon; habia,

en una palabra, cometido crímenes: el crímen no puede producir mas que

crímen, y Yaye, ya casi en el otoño de su vida, veia levantarse contra

él su pasado de una manera aterradora: dos mujeres, hermosas aun y

llenas de vida, sedienta la una, doña Elvira, de venganza, lo que no se

ocultaba á Yaye; resignada la otra, dona Isabel, pero infeliz, víctima

de la ambicion y de los crímenes de su familia, mártir inocente que

devoraba su dolor y sus lágrimas, ocultándolas á todo el mundo. Ademas

de estas dos mujeres, era otro cruel remordimiento para Yaye, su hija,

su infeliz Amina, deshonrada á sus ojos, enamorada de una manera

insensata del marqués de la Guardia; una niña, una infeliz criatura dada

á luz por Amina, oculta, bastarda, con un porvenir oscuro; sus dos hijos

Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados en una lucha sorda, pero por lo mismo

mas terrible. Calpuc, el rey del desierto, viniendo de tiempo en tiempo

de América, trayéndole tesoros, representante á un tiempo de la

desventura de Estrella y de la desventura de Amina, y luego ¡oh! luego

otro remordimiento mas terrible, mas aterrador... El príncipe don Cárlos

de Austria, el insensato, á quien él habia lanzado á la rebeldía contra

su padre, el infeliz loco habia sido procesado por el terrible Felipe

II, y habia muerto en el alcázar de Madrid[14].

Dios, el rey y los médicos de cámara, Oliva y Vallés, el divino (como se

le llama aun) sabian si el príncipe habia muerto por enfermedad, por

excesos, ó por un veneno: la historia nada sabe, nada ha podido decir,

sino que el príncipe murió preso y procesado por su padre, y este

horroroso suceso, este parricidio, acaso, pesaba sobre el alma de Yaye,

la torturaba, la estremecia, porque, aunque Felipe II fuese su enemigo

natural, el verdugo de su pueblo, lo horrible, lo monstruosamente

criminal, este sobre todos los odios, flota sobre todos los intereses.

De modo que Yaye, que habia tenido la vanidad de la virtud, y la

ambicion de un héroe, se encontró cuando empezaba á descender el sol de

su vida, con el alma ennegrecida y humillado por el remordimiento, y con

la desesperadora certeza de no haber hecho nada por su patria.

Tales eran la situacion de Yaye, de doña Isabel de Válor, de doña Elvira

de Céspedes y de sus hijos, en la fecha en que se encuentra nuestro

relato.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 68 / 168 题