De lo que pasó en un calabozo de la Inquisicion de Madrid.
Dos horas antes de acontecer lo que en el capítulo anterior dejamos
referido, se detuvo delante de la puerta de la cárcel que tenia en
Madrid la Inquisicion del arzobispado de Toledo, una litera conducida
por dos hombres y escoltada por otros cuatro y salió de ella un hombre
embozado.
Precedióle uno de los que escoltaban la litera, que llegando á la
guardia, hizo llamar al alcaide y cuando este estuvo presente, el
embozado que de la litera habia salido, mostró en silencio un papel al
alcaide, el cual, á penas hubo leido el papel, dijo á quien se lo habia
dado:
--Sígame vuesamerced.
--Despues de haber abierto dos fuertes rastrillos, de haber recorrido
callejones y patios y de haber bajado escaleras, el alcaide abrió la
puerta de un calabozo, situado en un sótano, é introdujo en el al
embozado.
--Cuando quisiereis salir, le dijo señalándole una cuerda que pendia
dentro del calabozo de la pared, tirad de esta cuerda.
Y dejó dentro al embozado, cerró la puerta y se sintieron sus pasos que
se alejaban.
El embozado miró en torno suyo, y se encontró en un espacio cuadrado,
estrecho, de bóveda baja, sin mas muebles que un lecho, una mesa y una
silla. En la mesa habia una luz, algunas redomas, hilas y vendajes; y en
el lecho un hombre que estaba vuelto el rostro á la pared y que no se
movió, á pesar de la presencia del embozado en el calabozo.
Mirábale profundamente el recien llegado entre su embozo y el ala de su
sombrero, pero pasó algún espacio sin que dijese una sola palabra.
Al fin dijo con acento breve y duro:
--¡Duque de la Jarilla!
--Hé aquí que te esperaba, y no me he engañado, dijo Yaye sin volverse.
--Creo, Dios me perdone, que os permitís tutearme, dijo con una cólera
mal contenida el embozado.
--¿Y bien no somos iguales? dijo Yaye.
--¡Iguales!
--Si por cierto: los dos somos reyes.
--¿Por quien me tomais?
--Te tomo por quien eres: por mi enemigo el rey de España.
--¡Oh! ¡esto es ya demasiado! exclamó el encubierto á quien irritaba lo
sereno del acento de Yaye. ¿Os atreveis á llamaros enemigo del rey?
--Vaya si me atrevo: y me he atrevido á mucho mas y sabe Dios hasta que
punto me atreveré en lo sucesivo.
--¡Es decir que creeis veros libre!
--Tanto como lo creo. Cuando menos lo esperes, don Felipe, la
Inquisicion irá á decirte que ha encontrado mi calabozo vacío.
--Solo un medio teneis de veros libre, duque.
--¡Ah! ¿y vienes tú, señor rey, á proponerme ese medio?
--Sí, vengo, yo, don Felipe, á quien llaman el prudente, á verte en tu
calabozo (y el rey, que él era, se descubrió); vengo á hablar contigo
aquí, donde nadie puede oirnos: vengo á ver hasta donde llega tu
audacia, y sobre todo á escuchar yo solo tu confesion.
--Entre vosotros siempre se confiesa al que va á morir.
--¿Y crees tú que si yo quisiera vivirias mucho tiempo?
--Prueba á matarme.
--Otros que se creian fuertes y poderosos.....
--Han muerto á una sola palabra tuya, ya lo sé..... pero tú no me
matarás, don Felipe.
--¿Y en que te fundas para tener esa seguridad?
--En que no puedes matarme.
--¿Te proteje el diablo? dijo con un acerado acento de sarcasmo el rey.
--Tal vez: tal vez me proteja Satanás: por lo pronto las señales de mi
odio están ya en tu familia:
--¡En mi familia!
--El príncipe don Carlos tu hijo, tu heredero, te hace traicion.
--¡La prueba!
--No tardará el mismo príncipe en dártela.
Estremecióse profundamente el rey.
--¿Y has sido, tú, tú monfí, quien has impulsado á la rebeldía á mi
hijo?
--Ha sido primero Satanás, que le ha dado perversas inclinaciones, y
luego yo, que soy tu enemigo, que necesito vencerte, y vengar con tu
desgracia, con una horrible desgracia, las infamias, las crueldades que
has cometido contra los mios.
--Tu audacia, solo es comparable á tus delitos, dijo el rey.
--¡Mis delitos! ¡y hablas tú de delitos, verdugo coronado!
Nunca, el rey don Felipe se habia oido tratar de tal modo: nunca, él,
tan celoso de su autoridad, tan déspota como todos los déspotas de la
historia juntos, habia necesitado de tanta fuerza de voluntad para
dominarse: sin embargo, como Yaye poseia terribles secretos, muchos de
los cuales atañian al príncipe su hijo, no queria que nadie pudiese oir
las revelaciones del emir de los monfíes, y estaba resuelto á todo para
arrancarle la confesion que anhelaba; por otra parte, tales eran sus
intenciones con respecto á Yaye, que solo veia en el un cadáver.
--Te estoy probando mi magnanimidad y mi grandeza, le dijo, cuando
tolero tu osadia: estás herido y preso, y es necesario que se conozca
cuanta diferencia hay entre un príncipe cristiano y un capitan de
bandidos.
--¿Y por qué vienes tú solo, rey, encubierto, de una manera vergonzosa,
á visitar al capitan de malhechores? ¿No hay verdugos en tus reinos, ó
es que me crees tu igual y quieres que este asunto se quede entre los
dos?
Don Felipe estaba mudo de asombro. Yaye que hasta entonces habia
permanecido echado, con el rostro vuelto á la pared, se levantó, se
sentó sobre el lecho y dijo contemplando frente á frente al rey:
--Tu soberbia, le dijo, no te deja comprender la razon que tengo para
ser tu enemigo. Sin embargo, debia bastarte para conocerla, saber que yo
soy rey de los moros de las Alpujarras.
--De los bandidos, querras decir.
--En buen hora; pero entonces tú tambien eres un rey de bandidos.
--¡Yo!
--Si, tú, nieto de la reina Isabel, hijo del emperador don Carlos, es
decir descendiente de una raza maldita que se ha alimentado con sangre
humana y con lágrimas de desesperacion.
--Me habian dicho que los monfíes erais una gente braba y desalmada,
pero no me habian dicho que erais maldicientes: ¡hasta donde llegará tu
audacia, moro!
--Escúchame con calma y no me interrumpas, rey. Cuando un hombre es
enemigo de otro, y sobre ser su enemigo es caballero y leal, debe
procurar que se conozcan los motivos de su enemistad.--No es la causa de
mi odio hácia tí ni hácia los tuyos, el que en tiempos de los Reyes
Católicos, tus bisabuelos, fuese conquistado por ellos el reino de
Granada. El Dios de las batallas, el Dios fuerte, el Dios Altísimo y
Unico, da la victoria ó la quita; hace esclavo al señor y señor al
siervo. ¡Dios lo quiso! mi pueblo hubiera obedecido las leyes del
vencedor, si el vencedor hubiera cumplido religiosamente las
capitulaciones pactadas con el vencido: pero esto no sucedió: esas
capitulaciones han sido rotas: tus capitanes generales han azotado y
maltratado á los moriscos; tus frailes los han bautizado á la fuerza;
tus jueces y tus golillas los han robado; tus vasallos les han prodigado
toda clase de insultos, hasta el punto de manchar la honra de sus
mujeres y de sus hijos; la Inquisicion los ha quemado y la Chancillería
los ha ahorcado; un anatema de servidumbre, de muerte y de infamia ha
caido sobre ellos, y al probar la insurreccion una y otra vez, no han
sido rebeldes, sino que han usado del derecho que da Dios á los
oprimidos de levantarse contra la mano infame que los despedaza. Esto
solo bastaria para que yo, descendiente de ese pueblo, rey de los
valientes que no han sabido doblegarse al yugo, fuese tu enemigo: la
patria me manda defenderla contra tí, probar todos los medios de
libertarla de tu tiranía; y como si esto no bastase, voy á decirte las
razones que tengo como hombre para ser tu enemigo. Escucha: mi madre
murió á manos de la Inquisicion.
--¡Hereje, acaso!
--No, murió porque era hermosa, bajo el peso de la venganza de un
fraíle.
--La Inquisicion no se engaña.
--Es verdad, porque asesina á sabiendas. Pero déjame continuar: la mano
de un soldado español mató á mi padre, que espiró entre mis brazos,
pidiéndome venganza. Yo he empezado á vengarle.
--¡Que le has vengado!
--Si: he vengado á mis padres, matando á cuantos frailes, golillas y
soldados he habido á las manos: he vengado ademas en tí, á mi pueblo.
--¿En mí?
--Si, en tí. ¿Quien ha impulsado á la rebeldía á tu hijo?
--¡Oh! exclamó, con acento rugiente, don Felipe.
--Es verdad que para ello he roto el corazon de mi hija, pero te he
herido en tu soberbia, porque tú no tienes corazon, don Felipe. Te he
herido en tu esencia de rey, porque don Carlos es tu hijo único, y tú le
matarás, rey, tú le matarás.
--¡Que yo mataré á mi hijo!
--Si, tú le matarás, porque antes que padre eres rey, y tendrás miedo de
tu hijo.
--Yo romperé con tu vida esa horrible red de desgracias: ¡por san
Lorenzo, mi patron, te lo juro!..... No te conocia bien y habia venido á
hacerte merced... pero ahora... ahora que sé que de tí no puedo esperar
mas que crímenes, ¡morirás, moro, morirás!
--No faltará en todo caso quien gobierne á mis monfíes, que con mi
muerte tendrán una infamia mas de que pedirte cuenta, rey.
--Has hablado de traiciones de mi hijo, preguntó con un creciente anhelo
don Felipe.
--A tu hijo le pesa tu vida, rey.
--Mi desventurado hijo está loco.
--Sus locuras ó mas bien tu miedo te obligarán á matarle.
--¡Matarle! ¿crees tú que para hacer justicia en los traidores me sea
necesario matar á mi hijo?
--¡Le matarás!
--¡El nombre! ¡el nombre de los que alientan las rebeldías de don
Carlos!
--Esos nombres se reducen á uno solo: ese nombre es el mio.
--¡Tú! ¡pero como has podido tú..!
--¡Como! primero prevaliéndome del amor extremado, insensato que tu hijo
siente por mi hija, la hermosa duquesa de la Jarilla: despues derramando
oro á manos llenas entre los flamencos, y manteniendo entre ellos
consejeros que los decidan á negarte la obediencia y á aclamar por su
señor á tu hijo.
--¡Oh! ¡infame! ¡infame alevosía!
[imagen: ¡Morirás! ¡morirás como no ha muerto ningun hombre!]
--Y ten mucho cuidado con el príncipe tu hijo, rey, no sea que la
Inquisicion averigue que anda en tratos con los luteranos y te le queme
vivo.
El color generalmente pálido del rey se habia tornado lívido y sus ojos
centelleaban.
--Ya ves si me vengo de tí; un solo hijo que tenias te lo he muerto en
cuerpo y en alma; porque tu le matarás por traidor y Dios le condenará
por hereje.
--¡Morirás, morirás, como no ha muerto ningun hombre! exclamó don
Felipe, tirando de la cuerda que le habia indicado el alcaide, y
haciendo sonar una campana; morirás lentamente, dia por dia, hora por
hora, minuto por minuto; padecerás como padecen los condenados en el
infierno, y llegará un dia en que aterrado, domado, cobarde, me reveles
los nombres de los traidores.
--¿Y crees tener poder para todo eso, don Felipe?
--¡Que! ¡y creerás tú que puedes librarte de mi justicia, bandido!
--Ya lo veremos.
--Pues bien, si, lo veremos: tu único juez y tu único verdugo seré yo:
nuestros únicos testigos los muros de la Inquisicion. Adios, pues, rey
de las Alpujarras. Que vengan á sacarte de entre mis manos tus monfíes.
--Ve en paz rey don Felipe, ve en paz, si puedes: has querido conocerme
y te he hablado franca y lealmente... Pero silencio, oigo pasos que se
acercan, hasta mas ver, don Felipe.
En efecto, se habian escuchado pasos cercanos y poco despues resonaron
los candados y los cerrojos del calabozo, que se abrian.
Yaye se volvió de nuevo á la pared. El rey se encubrió enteramente.
La puerta se abrió y apareció el alcaide.
--Guiad á fuera, le dijo el rey.
Salieron y la puerta se cerró.
Poco despues Yaye los sintió alejarse.