CAPITULO XXI.

De lo que pasó en un calabozo de la Inquisicion de Madrid.

Dos horas antes de acontecer lo que en el capítulo anterior dejamos

referido, se detuvo delante de la puerta de la cárcel que tenia en

Madrid la Inquisicion del arzobispado de Toledo, una litera conducida

por dos hombres y escoltada por otros cuatro y salió de ella un hombre

embozado.

Precedióle uno de los que escoltaban la litera, que llegando á la

guardia, hizo llamar al alcaide y cuando este estuvo presente, el

embozado que de la litera habia salido, mostró en silencio un papel al

alcaide, el cual, á penas hubo leido el papel, dijo á quien se lo habia

dado:

--Sígame vuesamerced.

--Despues de haber abierto dos fuertes rastrillos, de haber recorrido

callejones y patios y de haber bajado escaleras, el alcaide abrió la

puerta de un calabozo, situado en un sótano, é introdujo en el al

embozado.

--Cuando quisiereis salir, le dijo señalándole una cuerda que pendia

dentro del calabozo de la pared, tirad de esta cuerda.

Y dejó dentro al embozado, cerró la puerta y se sintieron sus pasos que

se alejaban.

El embozado miró en torno suyo, y se encontró en un espacio cuadrado,

estrecho, de bóveda baja, sin mas muebles que un lecho, una mesa y una

silla. En la mesa habia una luz, algunas redomas, hilas y vendajes; y en

el lecho un hombre que estaba vuelto el rostro á la pared y que no se

movió, á pesar de la presencia del embozado en el calabozo.

Mirábale profundamente el recien llegado entre su embozo y el ala de su

sombrero, pero pasó algún espacio sin que dijese una sola palabra.

Al fin dijo con acento breve y duro:

--¡Duque de la Jarilla!

--Hé aquí que te esperaba, y no me he engañado, dijo Yaye sin volverse.

--Creo, Dios me perdone, que os permitís tutearme, dijo con una cólera

mal contenida el embozado.

--¿Y bien no somos iguales? dijo Yaye.

--¡Iguales!

--Si por cierto: los dos somos reyes.

--¿Por quien me tomais?

--Te tomo por quien eres: por mi enemigo el rey de España.

--¡Oh! ¡esto es ya demasiado! exclamó el encubierto á quien irritaba lo

sereno del acento de Yaye. ¿Os atreveis á llamaros enemigo del rey?

--Vaya si me atrevo: y me he atrevido á mucho mas y sabe Dios hasta que

punto me atreveré en lo sucesivo.

--¡Es decir que creeis veros libre!

--Tanto como lo creo. Cuando menos lo esperes, don Felipe, la

Inquisicion irá á decirte que ha encontrado mi calabozo vacío.

--Solo un medio teneis de veros libre, duque.

--¡Ah! ¿y vienes tú, señor rey, á proponerme ese medio?

--Sí, vengo, yo, don Felipe, á quien llaman el prudente, á verte en tu

calabozo (y el rey, que él era, se descubrió); vengo á hablar contigo

aquí, donde nadie puede oirnos: vengo á ver hasta donde llega tu

audacia, y sobre todo á escuchar yo solo tu confesion.

--Entre vosotros siempre se confiesa al que va á morir.

--¿Y crees tú que si yo quisiera vivirias mucho tiempo?

--Prueba á matarme.

--Otros que se creian fuertes y poderosos.....

--Han muerto á una sola palabra tuya, ya lo sé..... pero tú no me

matarás, don Felipe.

--¿Y en que te fundas para tener esa seguridad?

--En que no puedes matarme.

--¿Te proteje el diablo? dijo con un acerado acento de sarcasmo el rey.

--Tal vez: tal vez me proteja Satanás: por lo pronto las señales de mi

odio están ya en tu familia:

--¡En mi familia!

--El príncipe don Carlos tu hijo, tu heredero, te hace traicion.

--¡La prueba!

--No tardará el mismo príncipe en dártela.

Estremecióse profundamente el rey.

--¿Y has sido, tú, tú monfí, quien has impulsado á la rebeldía á mi

hijo?

--Ha sido primero Satanás, que le ha dado perversas inclinaciones, y

luego yo, que soy tu enemigo, que necesito vencerte, y vengar con tu

desgracia, con una horrible desgracia, las infamias, las crueldades que

has cometido contra los mios.

--Tu audacia, solo es comparable á tus delitos, dijo el rey.

--¡Mis delitos! ¡y hablas tú de delitos, verdugo coronado!

Nunca, el rey don Felipe se habia oido tratar de tal modo: nunca, él,

tan celoso de su autoridad, tan déspota como todos los déspotas de la

historia juntos, habia necesitado de tanta fuerza de voluntad para

dominarse: sin embargo, como Yaye poseia terribles secretos, muchos de

los cuales atañian al príncipe su hijo, no queria que nadie pudiese oir

las revelaciones del emir de los monfíes, y estaba resuelto á todo para

arrancarle la confesion que anhelaba; por otra parte, tales eran sus

intenciones con respecto á Yaye, que solo veia en el un cadáver.

--Te estoy probando mi magnanimidad y mi grandeza, le dijo, cuando

tolero tu osadia: estás herido y preso, y es necesario que se conozca

cuanta diferencia hay entre un príncipe cristiano y un capitan de

bandidos.

--¿Y por qué vienes tú solo, rey, encubierto, de una manera vergonzosa,

á visitar al capitan de malhechores? ¿No hay verdugos en tus reinos, ó

es que me crees tu igual y quieres que este asunto se quede entre los

dos?

Don Felipe estaba mudo de asombro. Yaye que hasta entonces habia

permanecido echado, con el rostro vuelto á la pared, se levantó, se

sentó sobre el lecho y dijo contemplando frente á frente al rey:

--Tu soberbia, le dijo, no te deja comprender la razon que tengo para

ser tu enemigo. Sin embargo, debia bastarte para conocerla, saber que yo

soy rey de los moros de las Alpujarras.

--De los bandidos, querras decir.

--En buen hora; pero entonces tú tambien eres un rey de bandidos.

--¡Yo!

--Si, tú, nieto de la reina Isabel, hijo del emperador don Carlos, es

decir descendiente de una raza maldita que se ha alimentado con sangre

humana y con lágrimas de desesperacion.

--Me habian dicho que los monfíes erais una gente braba y desalmada,

pero no me habian dicho que erais maldicientes: ¡hasta donde llegará tu

audacia, moro!

--Escúchame con calma y no me interrumpas, rey. Cuando un hombre es

enemigo de otro, y sobre ser su enemigo es caballero y leal, debe

procurar que se conozcan los motivos de su enemistad.--No es la causa de

mi odio hácia tí ni hácia los tuyos, el que en tiempos de los Reyes

Católicos, tus bisabuelos, fuese conquistado por ellos el reino de

Granada. El Dios de las batallas, el Dios fuerte, el Dios Altísimo y

Unico, da la victoria ó la quita; hace esclavo al señor y señor al

siervo. ¡Dios lo quiso! mi pueblo hubiera obedecido las leyes del

vencedor, si el vencedor hubiera cumplido religiosamente las

capitulaciones pactadas con el vencido: pero esto no sucedió: esas

capitulaciones han sido rotas: tus capitanes generales han azotado y

maltratado á los moriscos; tus frailes los han bautizado á la fuerza;

tus jueces y tus golillas los han robado; tus vasallos les han prodigado

toda clase de insultos, hasta el punto de manchar la honra de sus

mujeres y de sus hijos; la Inquisicion los ha quemado y la Chancillería

los ha ahorcado; un anatema de servidumbre, de muerte y de infamia ha

caido sobre ellos, y al probar la insurreccion una y otra vez, no han

sido rebeldes, sino que han usado del derecho que da Dios á los

oprimidos de levantarse contra la mano infame que los despedaza. Esto

solo bastaria para que yo, descendiente de ese pueblo, rey de los

valientes que no han sabido doblegarse al yugo, fuese tu enemigo: la

patria me manda defenderla contra tí, probar todos los medios de

libertarla de tu tiranía; y como si esto no bastase, voy á decirte las

razones que tengo como hombre para ser tu enemigo. Escucha: mi madre

murió á manos de la Inquisicion.

--¡Hereje, acaso!

--No, murió porque era hermosa, bajo el peso de la venganza de un

fraíle.

--La Inquisicion no se engaña.

--Es verdad, porque asesina á sabiendas. Pero déjame continuar: la mano

de un soldado español mató á mi padre, que espiró entre mis brazos,

pidiéndome venganza. Yo he empezado á vengarle.

--¡Que le has vengado!

--Si: he vengado á mis padres, matando á cuantos frailes, golillas y

soldados he habido á las manos: he vengado ademas en tí, á mi pueblo.

--¿En mí?

--Si, en tí. ¿Quien ha impulsado á la rebeldía á tu hijo?

--¡Oh! exclamó, con acento rugiente, don Felipe.

--Es verdad que para ello he roto el corazon de mi hija, pero te he

herido en tu soberbia, porque tú no tienes corazon, don Felipe. Te he

herido en tu esencia de rey, porque don Carlos es tu hijo único, y tú le

matarás, rey, tú le matarás.

--¡Que yo mataré á mi hijo!

--Si, tú le matarás, porque antes que padre eres rey, y tendrás miedo de

tu hijo.

--Yo romperé con tu vida esa horrible red de desgracias: ¡por san

Lorenzo, mi patron, te lo juro!..... No te conocia bien y habia venido á

hacerte merced... pero ahora... ahora que sé que de tí no puedo esperar

mas que crímenes, ¡morirás, moro, morirás!

--No faltará en todo caso quien gobierne á mis monfíes, que con mi

muerte tendrán una infamia mas de que pedirte cuenta, rey.

--Has hablado de traiciones de mi hijo, preguntó con un creciente anhelo

don Felipe.

--A tu hijo le pesa tu vida, rey.

--Mi desventurado hijo está loco.

--Sus locuras ó mas bien tu miedo te obligarán á matarle.

--¡Matarle! ¿crees tú que para hacer justicia en los traidores me sea

necesario matar á mi hijo?

--¡Le matarás!

--¡El nombre! ¡el nombre de los que alientan las rebeldías de don

Carlos!

--Esos nombres se reducen á uno solo: ese nombre es el mio.

--¡Tú! ¡pero como has podido tú..!

--¡Como! primero prevaliéndome del amor extremado, insensato que tu hijo

siente por mi hija, la hermosa duquesa de la Jarilla: despues derramando

oro á manos llenas entre los flamencos, y manteniendo entre ellos

consejeros que los decidan á negarte la obediencia y á aclamar por su

señor á tu hijo.

--¡Oh! ¡infame! ¡infame alevosía!

[imagen: ¡Morirás! ¡morirás como no ha muerto ningun hombre!]

--Y ten mucho cuidado con el príncipe tu hijo, rey, no sea que la

Inquisicion averigue que anda en tratos con los luteranos y te le queme

vivo.

El color generalmente pálido del rey se habia tornado lívido y sus ojos

centelleaban.

--Ya ves si me vengo de tí; un solo hijo que tenias te lo he muerto en

cuerpo y en alma; porque tu le matarás por traidor y Dios le condenará

por hereje.

--¡Morirás, morirás, como no ha muerto ningun hombre! exclamó don

Felipe, tirando de la cuerda que le habia indicado el alcaide, y

haciendo sonar una campana; morirás lentamente, dia por dia, hora por

hora, minuto por minuto; padecerás como padecen los condenados en el

infierno, y llegará un dia en que aterrado, domado, cobarde, me reveles

los nombres de los traidores.

--¿Y crees tener poder para todo eso, don Felipe?

--¡Que! ¡y creerás tú que puedes librarte de mi justicia, bandido!

--Ya lo veremos.

--Pues bien, si, lo veremos: tu único juez y tu único verdugo seré yo:

nuestros únicos testigos los muros de la Inquisicion. Adios, pues, rey

de las Alpujarras. Que vengan á sacarte de entre mis manos tus monfíes.

--Ve en paz rey don Felipe, ve en paz, si puedes: has querido conocerme

y te he hablado franca y lealmente... Pero silencio, oigo pasos que se

acercan, hasta mas ver, don Felipe.

En efecto, se habian escuchado pasos cercanos y poco despues resonaron

los candados y los cerrojos del calabozo, que se abrian.

Yaye se volvió de nuevo á la pared. El rey se encubrió enteramente.

La puerta se abrió y apareció el alcaide.

--Guiad á fuera, le dijo el rey.

Salieron y la puerta se cerró.

Poco despues Yaye los sintió alejarse.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 64 / 168 题