Que sirve de epílogo á esta segunda parte.
No habia pasado media hora cuando Yaye, que habia quedado profundamente
pensativo y preocupado por su anterior escena con el rey, sintió pasos
que se detuvieron junto á su calabozo, y luego el ruido en los cerrojos
y de los candados.
[imagen: La Dama blanca.]
La puerta se abrió.
Entró en el calabozo el alcaide acompañado de dos familiares.
--Levantáos y vestíos, don Juan, le dijo con acento duro el alcaide.
Estremecióse Yaye porque creyó que habia llegado la hora del tormento.
--¡Se habrá adelantado por fatalidad el rey á los mios! dijo para sí; y
luego añadió alto; ¿y para qué he de levantarme y vestirme?
--Si no quereis levantaros, contestó el alcaide, se os levantará; sino
quereis vestiros, se os conducirá desnudo.
Yaye comprendió que herido y débil, se encontraba enteramente á merced
de aquellos sicarios, y se levantó y se vistió lentamente.
Cuando estuvo vestido, el alcaide mandó á los dos familiares que le
sostuviesen en razon de su debilidad, y sacándole del calabozo, le
condujo hasta un patio donde le esperaba una litera.
--¿Es ese el duque de la Jarilla? dijo una voz que estremeció de alegría
á Yaye.
--Si, por cierto, señor don Luis de Robles, este es ese condenado preso,
que tanto nos han encargado que guardemos. Alégrome que me quiten de
encima esta guarda, y lo cedo de muy buena gana al alcaide de la cárcel
de Toledo. Dadme, si gustais, el recibo de su excelencia, señor
familiar.
--Tomad, pues, y que Dios os guarde señor Roquelillo; vamos, ganapanes,
cargad con la litera y en marcha, que se hace tarde.
Yaye se sintió conducido, y poco despues oyó abrirse y cerrarse
sucesivamente tres rastrillos.
Luego solo oyó el paso acompasado de algunos hombres que le acompañaban.
Mientras estuvieron en Madrid no hablaron una sola palabra, pero apenas
hubieron salido por la puerta de los Pozos, cuando toda aquella gente se
metió, llevando consigo la litera, por las tierras á campo atraviesa, y
cuando se hubieron internado en ellas se pararon y un hombre abrió la
portezuela de la litera:
--¿Vais bien, señor, preguntó?
--¡Ah! ¿eres tú Harum? dijo Yaye.
--Si, si señor, y espero vuestras órdenes.
--¿Has enviado á alguien á mi casa á que recoja mis papeles?
--Si señor, y ya no debe tardar.
--¿Lo tienes preparado todo?
--Si señor, y desafío á los familiares y alguaciles de la Inquisicion á
quienes tan á poca costa hemos burlado, á que nos encuentren.
--Pues adelante, Harum, adelante.
La litera se puso de nuevo en marcha, y tomando una senda, aquellas
gentes condujeron al emir á buen paso á una casa de campo en las
inmediaciones de Fuencarral.
* * * * *
Poco despues Harum entró en un aposento donde, en un magnífico lecho,
reposaba Yaye.
--Señor, dijo: Malek ha penetrado en vuestro palacio de Madrid sin ser
sentido de nadie: ha ido á la cámara que indicásteis á Suleiman, y ha
encontrado descerrajada la papelera.
--¡Descerrajada!
--Si por cierto, y roto el sello que habia puesto sobre ella la
justicia.
--Pero veo que traes en tus manos la cartera que yo habia pedido.
--Si señor.
--Dáme acá y acerca una bugia.
Harum dió á Yaye una cartera que tenia en la mano y acercó una luz.
Yaye abrió la cartera y buscó en ella con ansia.
--¿Tienes confianza en Malek? dijo Yaye que estaba pálido.
--Si, si señor, ademas Malek no sabe leer.
--Aquí faltan dos papeles importantísimos; Harum, dos papeles que yo
debí haber quemado; dos cartas terribles.
--Ya os he dicho, señor, que Malek encontró rotos la cerradura y el
sello de la papelera, como asimismo los de las puertas de la cámara.
--¡Cúmplase la voluntad de Dios! dijo Yaye pálido de espanto.
Las dos cartas que faltaban, eran la de doña Elvira de Céspedes y la de
doña Isabel de Válor, en que le avisaba la una del nacimiento de Diego
Lopez; la otra del de don Fernando de Válor.
El emir hubiera dado diez años de su vida por recobrar aquellas cartas.
Su pérdida encerraba para él una amenaza oscura, y en vano queria
adivinar quién fuese el que se habia atrevido á entrar en una casa
sellada por la justicia, en busca de aquellos papeles.
* * * * *
En aquel mismo punto, el rey recibia una carta escrita con mano trémula
por el inquisidor general don Fernando Valdés.
Ni un solo músculo de su semblante se contrajo, aunque en aquella carta
el inquisidor general le avisaba de la violencia que se habia hecho con
él, y de haberse escapado el emir de los monfíes de la cárcel del Santo
Oficio.
El rey tomó una pluma y escribió por bajo estas lacónicas palabras:
«Vuestra cobardía no tiene ya remedio; procurad, pues, que nadie sepa
que la Inquisicion y el rey han sido burlados. ¡Que se cumpla la
voluntad de Dios!»
Durante algunos dias los familiares y los alguaciles del Santo Oficio,
revolvieron hasta las piedras en Madrid y en sus alrededores.
A pesar de esto el emir no pareció ni mas ni menos que una gota de agua
que cae en el mar.