CAPITULO XX.

De cómo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que

no podian todo lo que querian.

Menudeaban las cartas. Poco despues de haber salido de la córte

Cisneros, y de haber desaparecido de ella Angiolina, recibió el cardenal

inquisidor general don Fernando Valdés, la siguiente irreverentísima

epístola;

«Verdugo con sotana: te aviso de que se me va acabando la tinta con que

te he escrito varias veces, advirtiéndote de que te abstengas de

atormentar al emir de los monfíes, mi señor, que si se encuentra en tu

poder es porque aun no puede movérsele por el estado de su peligrosa

herida. Vuelvo, pues, á advertirtelo, y que, como la tinta se me acaba,

la renovaré con tu sangre, que como alimentada de sangre humana, es de

la mejor calidad posible.

»Y no desprecies este mi último aviso como los anteriores, porque sino

te haces mas humano, tomaré tu sangre, aunque te rodees de familiares, y

te escondas en las entrañas de la tierra.--Un moro tan moro como Mahoma,

vasallo del poderoso emir de los monfíes, que vive en Madrid, que te ve

todos los dias y todos los dias habla contigo; que se llama entre los

cristianos como quiere, y entre los moros, sus hermanos, Harum-el-Geniz.

Entróle cierto miedo al bueno de don Fernando Valdés, con la lectura de

esta carta, que se habia encontrado sobre su mesa, sin que nadie la

hubiese llevado á no ser un duende ó un espíritu. Y tenia razon para

intimidarse el inquisidor general, porque asi, de la misma manera

invisible, habia recibido otras misivas amenazadoras, en las cuales se

le habia hecho ver que habia quien conocia lo que pasaba dentro de la

cárcel del Santo Oficio, como si fuera lo mas público, á pesar de que se

creia muy reservado. Supuso, y no sin razon el cardenal, que quien tenia

poder natural ó sobrenatural para sorprender los tenebrosos secretos de

la Inquisicion, lo tendria tambien para cumplir lo que amenazaba.

Aguijado, pues, por el miedo, llamó á un tremendo inquisidor llamado

Molina de Medrano, calificador de la Suprema y fiscal de la general

Inquisicion, y por no permitirle sus achaques ir en persona á ver al

rey, encargó á Medrano que llevase aquella insolente carta á su

majestad, y que le dijese, que estando ya el preso en estado de prestar

declaracion, podia pedirsele la indagatoria para abreviar de este modo,

y salir de una vez con un ejemplar castigo del cuidado de aquel preso,

que segun muchas y repetidas pruebas era peligroso.

Partió el licenciado Medrano con la carta y el mensaje, orgulloso y

contento porque se le presentaba una ocasión de hablar al severo Felipe

II, dificilísimo de ver para ciertas gentes en razon de la rígida

etiqueta de la casa de Austria; llegó á las antecámaras y se hizo

anunciar para un asunto que atañia á la religion y á nombre del

inquisidor general, merced á lo cual fue introducido, no sin que tuviese

que esperar dos horas largas en la antecámara de audiencias.

Oyó sin pestañear el rey su mensaje, leyó y releyó detenidamente la

carta de Harum el-Geniz, meditó sobre ella un gran rato y luego dijo:

--Decid al cardenal que vé por todas partes visiones de moros: que no

sea tan asustadizo: que en nuestra córte estamos seguros de tales

duendes, y que en todo caso, obligacion suya es morir, si necesario

fuese, por nuestra santa religion; que no se atormente al preso, porque

atormentándole se dilatará mas su cura y la posibilidad de sujetarle,

como Dios manda, sano y bueno, á la prueba del tormento: y puesto que el

cardenal cree que ese moro puede prestar declaracion indagatoria,

decidle que me envie una órden en forma, para que una persona encubierta

pueda entrar en el calabozo del preso y permanecer á solas con el. Por

lo demás, advertid al cardenal, que no ponga mano en esto, porque todo

lo que respecta á ese hombre es asunto mio. Que se componga allá como

pueda en averiguar quien le envia estas amenazas, que bastantes

familiares y alguaciles tiene, y que no volvamos á hablar de esto. Id,

pues, en paz, Medrano, y cuidad de que se me envie al momento esa

órden.

Y volviendo el rey las espaldas al licenciado, le dejó hecho una

estátua.

--O el inquisidor general no sabe lo que se pesca, dijo Molina de

Medrano para su manteo, mientras salía de la cámara, ó el rey no sabe el

terreno que pisa. ¡Hum! con reyes como este la Inquisicion no sirve mas

que para gitanos, brujas y buhoneros. ¡Es mucho, mucho rey don Felipe!

Cuando salió del alcázar Molina de Medrano era ya de noche, merced á las

dos horas que le habia hecho esperar el rey; entonces alrededor del

alcázar y en la parte que ahora se llama Plazuela de Oriente, existia un

enmarañado laberinto de callejuelas, por las cuales era aventurado

meterse de noche, á pesar de su proximidad al alcázar.

Distraido Molina de Medrano, se aventuró por ellas, y no lo reparó hasta

que ya estaba en el centro del laberinto.

--¡Hum! dijo; malos sitios son estos, muy malos, y especialmente para

quien tiene enemigos.

Y apresuró el paso.

De improviso y sin que antes hubiera sentido pisadas ni otra señal que

le revelase la aproximacion de persona alguna, sintió una mano que se

apoyaba pesadamente en su hombro derecho, y al volver la vista hácia

aquel lado, vió ante sí un bulto envuelto en una capa, á pesar del calor

de la estacion, cubierto con un ancho sombrero, y mostrándole á dos

dedos de los ojos otro objeto terrible, esto es, el cañon de un

pistolete.

--¡Socorro! gritó instintivamente el inquisidor.

--¡Eh! ¡silencio! exclamó una voz amenazadora, ó si quieres que hagamos

ruido, hagámosle en buen hora: pero te juro que ese ruido pasará muy

pronto.

--No llevo dinero conmigo, dijo todo trémulo Molina de Medrano.

--¡Por Mahoma! ¿y quién te pide dinero, clérigo? exclamó el embozado.

Aquel _por Mahoma_, fue un rayo de luz, ó por mejor decir, un relámpago

que iluminó el turbado pensamiento de Medrano. Aquel hombre era mucho

mas temible que un ladron vulgar, porque aquel hombre era, sin duda, un

monfí.

--¿Qué me quereis? dijo Medrano haciendo un esfuerzo para hablar.

--Muy poca cosa, amigo mio, contestó el embozado; quiero que me sigas.

--¡Qué os siga! ¿y á dónde?

--Cerca de aquí.

--¿Pero qué quereis hacer de mi?

--Lo que tú haces con todos, todos los dias y á todas horas:

interrogarte, y si no contestas sujetarte al tormento.

--Ved que lo que pretendeis hacer os pudiera pesar.

--Lo que te interesa sobre todo es salvar tu vida obedeciéndome: no

siempre has de mandar tú: con que agarrate á mi brazo y sígueme.

Y esto diciendo, asió el brazo derecho de Molina de Medrano, le sujetó

bajo su brazo izquierdo y tiró del inquisidor, que opuso resistencia.

--Escucha, clérigo, le dijo el incógnito, si resistes, por la santa

Kaaba que te envio á cenar con el diablo, que hace mucho tiempo que debe

de tener la mesa puesta esperándote. ¡Adelante y silencio!

Molina de Medrano se dejó arrastrar, temblando como un raton entre las

garras de un gato.

Su apresador le hizo rodear dos ó tres callejas lóbregas, y en una de

ellas se detuvo y lanzó un largo silbido.

Instantáneamente, de detrás de una esquina salieron otros cuatro hombres

que adelantaron y rodearon al inquisidor, que perdió toda esperanza.

--Será preciso que consientas en que te vende los ojos, dijo el que

hasta allí le habia conducido.

--Ved lo que haceis, repitió Medrano, queriendo valerse como de un arma

poderosa del terror que imponia á todo el mundo la Inquisicion, de que

era uno de los mas terribles ministros.

--Tambien ahorcan al verdugo, amigo Molina, dijo uno de los recien

llegados, con la diferencia de que nosotros, si es necesario ahorcarte,

te ahorcaremos con mas humanidad que como vosotros lo haceis: te

dejaremos elegir la cuerda y la altura. Vamos, estate quieto y

concluyamos, que se va haciendo tarde.

Y diciendo esto, sacó un pañuelo, le preparó en forma de venda, y cubrió

con él los ojos del inquisidor, que cediendo á las circunstancias: no

opuso la menor resistencia.

Poco despues Medrano sintió que le metian en una litera, y luego que

aquella litera se ponia en marcha.

Fuese por desorientarle, fuese porque efectivamente recorriesen una gran

extension, la litera, y junto á ella los embozados, cuyas pisadas sentia

el prisionero, anduvieron durante una hora. Al cabo de ella sintió que

una puerta se abria, pararon la litera y los hombres y se abrió la

portezuela.

--Sal, dijo la voz del hombre que le habia apresado.

El inquisidor salió.

Una mano asió una de las suyas y tiró de él, conduciéndole en la

extension de algunos pasos en línea recta.

Luego la misma voz le dijo.

--Aquí hay una escalera.

Molina de Medrano bajó y tuvo cuidado de contar los escalones.

Cuando hubieron llegado al ciento cincuenta su guia le dijo:

--Ya no hay escalera.

El inquisidor siguió siempre asido y llevado, y contó doscientos pasos

por un pasadizo tortuoso y humedo, á cuyo fin se abrió una puerta y se

tornó á cerrar.

Entonces el hombre que le conducia le quitó de los ojos el pañuelo.

Molina de Medrano á la luz de una vela de sebo que ardia sobre una mesa,

vió un aposento reducido, humedo, y por únicos muebles una silla, la

mesa que hemos indicado, y sobre ella un tintero, papel blanco y una

bugía.

Ante él habia un hombre: aquel hombre era alto, fornido, vestia coleto

de ante, greguescos pardos, calzas rojas y zapatos de ante con lazo:

llevaba en su talabarte una espada de voluminosa empuñadura, una daga

con enorme guardamano, y un par de pistoletes ó pedreñales de

extraordinaria longitud; tenia cubierta la cabeza con un sombrero ancho

de alas caidas, el rostro con un antifaz de cuero, y los hombros con una

ancha capa parda.

--¿Que tal te parece esto? dijo aquel hombre sentándose en la única

silla que habia, y señalando con un ademan al inquisidor el aposento en

que se encontraban; no es muy hermoso que digamos, pero no son mucho

mejores vuestros calabozos de la Inquisicion. Aquí á lo menos no hay

cadenas, ni ruedas, ni hornillos, pero te advierto que no te fies mucho

de esto, porque ya, sin esos trevejos, encontraré medio de darte

tormento si te niegas á hablar. Veamos, añadió el incógnito poniéndose

en posicion de escribir; apunto mi primera pregunta. ¿Ha recibido el

inquisidor general don Fernando Valdés, una carta firmada por un moro?

Molina de Medrano que se habia decidido por sacar su pellejo lo mejor

librado posible, contestó con un sí categórico.

--¿Has estado esta tarde en casa del inquisidor general?

--Si.

--¿El inquisidor general te ha enviado á ver al rey?

--Sí.

--¿Has esperado en la antecámara de audiencias dos horas largas?

--¡Lo sabeis todo!

--No importa. Contesta.

--Si.

--¿Qué mensaje has llevado al rey?

Molina de Medrano declaró al pié de la letra cuanto habia hecho desde

que salió de casa del inquisidor general, y cuanto le habia mandado y

dicho el rey.

--Bien; perfectamente; dijo aquel hombre: eres dócil y mereces que te

tratemos bien. Firma esta declaracion.

--Pero... balbuceó el inquisidor.

--Espero que no me obligarás á tratarte con dureza.

Era tan amenazador el acento del enmascarado, que Molina de Medrano

ocupó el asiento que aquel habia dejado vacío, y firmó.

--Ahora toma otro papel.

--¡Otro papel! ¿Y para qué?

--Escribe con letra clara y puño firme lo que voy á decirte.

--Espero que no tratareis de perderme.

--No; pero trato de asegurarte. Escribe.

Y dictó al inquisidor lo siguiente:

«Mi buen amigo Harum-el-Geniz: agradecido á las dádivas que os debo...

--¡Pero esto me deshonra! exclamó el inquisidor.

--Escribe ó te mato, murmuró sordamente el encubierto, y continuó:

»... á las dádivas que os debo, no puedo menos de avisaros que he ido á

ver al rey esta tarde de órden del inquisidor general, que ha recibido

vuestra carta. El rey me ha mandado pedir al inquisidor general, una

órden para que se permita entrar un encubierto en la cárcel del Santo

Oficio esta noche. Como esto tiene, sin duda, relacion con el emir, os

lo comunico para que esteis avisado y tomeis las medidas que creais

oportunas. Os advierto que el inquisidor general tiene mucho miedo, y

que podreis hacer de él cuanto querais. De lo que haya de nuevo os

avisaré, como debo. Guárdeos Dios. De esta vuestra casa á veintidos dias

del mes de julio de 1567.--El licenciado Molina de Medrano.

El inquisidor escribió sudando y de la mejor manera que pudo esta carta,

que su tiránico apresador leyó detenidamente.

--Ciérrala á tu modo, le dijo despues de leerla, y pon en el

sobrescrito: á Sidy Harum-el-Geniz, walí del poderoso emir de los

monfíes.

El sacrificio estaba consumado: Molina de Medrano estaba cogido: por mas

que declarase la violencia de que habia sido víctima; por mas que se

preparase, estaba seguro de que, si aquella carta iba á dar en manos del

inquisidor general, era hombre perdido.

Ademas de esto, y acaso porque fuese verdad, acaso por aterrarle, el

encubierto le dijo:

--Vamos ven: voy á ponerte en libertad para que vayas á casa del

inquisidor general; pero cuenta con lo que hablas en ella, porque hay

allí ojos y oidos que ven y oyen, cuanto nosotros queremos ver y oir.

Volvióle á vendar los ojos, le sacó fuera del subterráneo y de la casa,

de la misma manera que le habia llevado á ella, y luego, despues de

haber dado vueltas y revueltas, se abrió la portezuela y una mano le

condujo á alguna distancia. Poco despues sintió que el que le habia

conducido se alejaba, y se quitó el pañuelo de los ojos: encontróse en

una calle lóbrega y delante de la luz de una imágen: á aquella luz el

inquisidor vió el pañuelo con que le habian vendado y se estremeció:

aquel pañuelo estaba manchado de sangre.

Dominóse lo mejor que pudo, se orientó y vió que estaba muy cerca de la

casa del inquisidor general, á la que se dirigió entrando en ella mas

muerto que vivo.

Una hora despues salió.

Al poco tiempo conoció que un hombre embozado le seguia: apresuró el

paso, pero el embozado le apresuró tambien: desgraciadamente marchaban

por una calle solitaria, y no habia una sola puerta abierta ni pasaba

una sola persona.

Entróle á Medrano un miedo mortal, y se dió á un trotecillo picado que

tenia todas las señales de fuga.

--¡Diablo, dijo el que le seguia, y como huis de los amigos, señor

licenciado!

El inquisidor se estremeció: habia reconocido la voz del que

anteriormente le habia apresado, pero estaba cerca la desembocadura de

la calle, y probó á ganar la esquina.

--Me vais á obligar á que os demuestre que una pelota de pistola corre

mas que vos, amigo mio, dijo roncamente el tenaz perseguidor.

A aquella insinuacion, Molina de Medrano se detuvo y quedó inmóvil, como

si se hubiera convertido en una estátua.

El embozado, á quien llevaba mucha delantera, llegó á él.

--¿Adónde vais? le dijo.

--Al alcázar.

--¿Llevais, pues, la órden pedida por el rey?

--Creo que si.

--Venid á este soportal.

El inquisidor obedeció y siguió al embozado á un soportal oscuro.

Allí fue registrado escrupulosamente: no llevaba consigo mas que un

pliego cerrado, cuya oblea estaba todavia fresca.

--Esperadme aquí, le dijo aquel hombre.

--¿Pero os llevais la órden?

--Yo volveré á traerósla...

--Pero...

--Esperad.

Molina de Medrano se resignó y esperó un cuarto de hora escondido en el

soportal, y temblando, á que volviese el terrible incógnito.

Cuando este volvió le entregó el pliego.

--Veo con satisfaccion que no me habeis engañado, le dijo: es

efectivamente la órden consabida. Id y llevádsela al rey. Cuidad de no

tomar una necia precaucion, ó de procurar prenderme; porque no lo

conseguiriais, y la prueba os costaria muy cara. Id en paz; llevad al

rey esa órden, y no tengais miedo por el camino, porque yo os acompaño.

Molina de Medrano salió todo trémulo y desconcertado, y tomó la

direccion del alcázar: por mas que aguzó el oido y volvió cautelosamente

algunas veces la cabeza durante el tránsito, no pudo notar tras sí

ninguna persona.

Una hora despues salió del alcázar, y escarmentado ya, varió de

direccion y tomó hácia la iglesia de Santa María.

Pero al pasar bajo el arco, que entonces existia en aquel lugar, se

despegó de la pared un bulto, que fue para el inquisidor una aparicion

lúgubre.

--Seguidme, dijo aquel hombre.

No era la misma voz, pero el aspecto del nuevo encubierto era

enteramente igual al del anterior.

Molina de Medrano obedeció y siguió á su nuevo tirano hácia la calle de

Segovia, murmurando:

--¡Dios mio! ¡ese condenado moro, tiene monfíes en todas partes!

* * * * *

* * * * *

Entre tanto en la casa del inquisidor general, acontecia una escena que

no debemos pasar en silencio.

Apenas habia salido de ella Molina de Medrano, un familiar anunció á don

Fernando Valdés, que el señor don Luis de Robles deseaba hablarle.

--¡Oh! ¡me viene como llovido del cielo! murmuró el cardenal, despues de

haber mandado que le introdujeran.

Entró á poco un jóven como de veinticuatro años, al parecer caballero, y

gentilmente vestido.

--Guarde Dios á vuesamerced, señor familiar, dijo dulcificando su

acento, generalmente áspero, Valdés; ¡y que me place de veros! ¡venid,

venid á sentaros á mi lado! estos malditos humores me tienen postrado en

este sillon; y luego los sinsabores que debo á mi oficio de inquisidor

general me irritan la gota. Venid, venid acá, valiente caballero.

Pareceme que cada dia estais mas contento de la predileccion con que os

miro, y de las honras que os hace el Santo Oficio.

--¡Ah, señor cardenal! dijo el jóven llevando un sillon junto á la

poltrona del prelado, y sentandose con noble soltura; indudablemente que

todo lo debo á vuestra señoría, no á mis pobres merecimientos.

--No tal, no tal; vos sois uno de los miembros mas útiles del Santo

Oficio, y á vuestra fe cristiana, y á vuestro celo por la honra de Dios

y nuestro católico monarca, su imágen sobre la tierra, debemos muchas

noticias acerca de ese asunto de los monfíes, de ese asunto que se va

haciendo terrible.

--Débese á la casualidad, señor cardenal; ya os dije que he estado

cautivo en Argel dos años, lo que me ha servido para aprender la lengua

de los moros, y por doble desgracia, al saltar en tierra de Almuñecar, y

en mi primer jornada por las Alpujarras, fuí apresado de nuevo por los

monfíes y obligada mi familia á pagar un crecido rescate. Estas

desgracias, sin embargo, han sido una felicidad para mi, puesto que me

proporcionan ciertos medios para entenderme con esa gente... la conozco

sobre todo.

--¿Y creeis que haya en Madrid algunos de ellos?

--¡Si lo creo! no tengo duda. El emir es hombre que nunca entra en un

lugar sin dejar cubierta la salida.

--Pero no habeis podido descubrir.....

--Esto es difícil: por su costumbre de tratar con los cristianos, esos

moros hablan perfectamente nuestra lengua, pueden disfrazarse y

proveerse de papeles falsos que prueben un nombre y un parentesco

cualquiera; venir á la córte y entrar al servicio del mismo rey, sin ser

conocidos.

--Pero y bien...

--Trabajo por ponerme en el caso de dar con el nido, ó mejor dicho, con

los nidos que deben tener en la córte esos traidores. A propósito,

valiéndome de mi cualidad de familiar del Santo Oficio, y de la

autorizacion que tengo para entrar en los calabozos de todos los presos

sin excepcion, he bajado hoy al del emir de los monfíes.

--¿Y se encuentra en estado de sufrir la prueba del tormento?

--¡Oh! ¡no señor! está fuera de peligro pero muy débil: nada se

conseguiria.

--¡Ah! ¡ah! á ese hombre le protege lo mismo que le ha puesto en nuestro

poder: pero no importa: dicen que puede prestar declaracion.

--Su razon está despejada y fuerte, de lo que he podido juzgar en dos

horas que he estado hablando con él.

--¿Y de qué le habeis hablado?

--Le he propuesto lisa y llanamente, para inspirarle confianza, que si

me dá una gran cantidad de dinero, le procuraré su fuga.

--Y... ¿qué os ha respondido?

--¡Oh! es un hombre terrible: me ha dicho con la serenidad mas

completa:--Agradezco vuestros servicios, pero yo no estoy preso,

caballero.

--¡Cómo! pues ya diremos si está preso ó no á ese jactancioso. ¡Hum!

Y Valdés contuvo una tos profunda que habia causado en él la irritacion.

--Me ha hablado ademas de sus proyectos, como si se encontrase ni mas ni

menos, entre sus bandidos de las Alpujarras.

--¡Sus proyectos...! ¡sus proyectos! ¿y qué proyectos son esos?

--Hacer la guerra al rey.

--¡Hum! hanme dicho que los moros como los andaluces, son muy

fanfarrones.

--Eso dice quien no los conoce, dijo con cierto acento particular el

jóven.

--¿Y vos creeis conocerlos?

--¡Bah! como os conozco á vos, señor cardenal.

--¡Ah! ¡me conoceis...!

--Si por cierto: sé, por ejemplo, que el emir Yaye-ebn Al-Hhamar, se

escapará de las prisiones del Santo Oficio, como sé que tú, Fernando

Valdés, tienes miedo de tenerlo preso.

Para comprender esta variacion de tono del familiar, debemos advertir,

que poco antes de pronunciar estas palabras, habia resonado en la calle

un silbido particular.

--¿Qué significa esto? exclamó dominado por la sorpresa y por la cólera

Valdés.

--Esto significa, que tienes delante un monfí en cuerpo y en alma; un

moro disfrazado de cristiano.

--¡A mí! ¡pages! ¡familiares! exclamó pálido de espanto el inquisidor

general, apoyando fuertemente sus manos en los brazos del sillon, y

procurando, aunque inútilmente, levantarse.

--No grites ni te esfuerces, viejo, dijo sin variar de tono el jóven, en

cuyo acento se notaba únicamente un profundo desprecio: en tu casa,

desde ahora hasta que esté libre el emir, no hay mas que monfíes; tus

pages y tus familiares están encerrados y no acudirán á tu voz. En

cambio, observa. ¡Ola! exclamó el jóven con acento de autoridad.

Inmediatamente apareció en la cámara un hombre de las peores trazas

posibles, verdadero truan de plaza, que adelantó con desenfado.

--¿Ha llegado la hora de aplastar la cabeza á este viejo víbora,

Suleiman? dijo aquel hombre dirigiendo la palabra al jóven, y una mirada

de odio salvaje al cardenal.

--No, Jafar, pero será muy posible que haya necesidad de apretarle los

pulgares, lo que debes evitar, cardenal, porque estás achacosillo y

delicado, añadió volviéndose á Valdés que estaba mudo de sorpresa, de

miedo y de cólera; te ruego que te tranquilices, á fin de que puedas

escribir con seguridad y de manera que nadie dude de tu escrito, una

órden para el alcaide de la cárcel del Santo Oficio en Madrid, á fin de

que me entregue la persona del duque de la Jarilla, para trasladarle á

la cárcel del Santo Oficio en Toledo. Lo que te pedimos no es gran cosa.

¿Qué te importa que quemen ó no quemen al emir?

--¡Oh! sí le importa Suleiman; porque si el emir muriese entre las

garras de estos clérigos, seria cosa de llevarse algun tiempo

agujereando sotanas á puñaladas, dijo ferozmente Jafar.

--Moriré como mueren los mártires, dijo Valdés, desmintiendo con lo

trémulo de su voz lo valiente de sus palabras.

--No perdamos el tiempo en sandeces, dijo Suleiman: esta es una lucha en

que has sido vencido, con las mismas armas que has querido usar contra

el emir; tú has querido conocer, descubrir á los monfíes por medio de un

traidor: un monfí te ha ganado por la mano, engañándote, fingiéndose

cristiano y verdugo é infame como tú: acepta, pues, tu suerte, y no la

hagas peor de lo que es: no nos obligues á cometer una violencia que

siempre es repugnante cuando se trata de hombres que solo saben matar

hombres fuertes, armados, frente á frente y con peligro.

El mismo exceso del terror operó una reaccion en el cardenal, que tentó

un medio de salvacion.

--Estais jugando vuestra vida, dijo, en una empresa descabellada: un

acaso puede revelar vuestra existencia en mi casa, y sois perdidos.

--¡Oh! ¡oh! ¡y cuán amoroso nos trata! dijo el monfí que habia entrado y

que permanecia como un espectro amenazador, de pié delante del cardenal

y con su membruda mano puesta sobre su daga.

--Os trato con la caridad de un cristiano, como debe trataros un

príncipe de la Iglesia; quiero que no perdais vuestro cuerpo y vuestra

alma.

--Estás procurando ganar tiempo, cardenal, dijo Suleiman, y te advierto

que esto es de todo punto inutil: cualquiera que venga á tu casa

encontrará en la puerta familiares, que son monfíes como yo; familiares

que dirán á todo el que llegue que estás enfermo y no puedes recibir á

nadie. En todo caso el que entre, no saldrá, te lo aseguramos, y si yo

te pido esa órden, es solo para causar menos escándalo. ¿Qué, no tengo

yo una órden tuya que me autoriza para entrar con mis alguaciles en la

cárcel del Santo Oficio?

Valdés tentó un nuevo medio de salvacion.

--Puedo haceros ricos, dijo: puedo cubriros de oro; fijad el límite á

vuestra ambicion, y lo que me pidais será vuestro.

--Si algo tomamos tuyo, mal clérigo, será la sangre, exclamó Jafar,

sacando con un movimiento enérgico su daga de la vaina y dando un paso

hácia el prelado.

Este lanzó un grito horrible.

--¡Eh, silencio! dijo Suleiman: ¡ó la órden ó tu vida, cardenal!

Diciendo esto Suleiman tomó un libro en folio que habia sobre una mesa,

buscó un pedazo de papel, le puso sobre el libro, tomó una pluma del

tintero, y puso aquel libro con aquel papel sobre las rodillas del

prelado y en su mano la pluma. En tanto Jafar alumbraba con una bugía, y

en la otra mano tenia desnuda su daga.

El inquisidor general comprendió, que habia llegado el momento de elegir

entre el martirio ó hacer al rey y al Santo Oficio traicion y se decidió

por la traicion.

Tomó la pluma y ya enteramente entregado se puso en la actitud del que

espera que le dicten para escribir.

Suleiman estaba perfectamente enterado de la forma, por decirlo asi,

chancilleresca, usada por la Inquisicion en estos casos, puesto que

dictó sin detenerse lo siguiente:

«Nos don Fernando Valdés (seguian todos los cargos dignidades y títulos

del cardenal.)

»Por la presente mandamos á el alcaide de las prisiones del Santo Oficio

de la Inquisicion de Toledo en Madrid, entregue al familiar don Luis de

Robles y á los ministros que le acompañen, el cuerpo de don Juan de

Andrade, preso en la dicha cárcel del Santo Oficio de Toledo en Madrid,

sin ponerle oposicion, ni obstáculo alguno, bajo pena de excomunion

mayor, perdimiento de oficio, y demás á que hubiere lugar. Dado en

Madrid á 22 de Junio de 1567.--Don Fernando Valdés.»

--Falta el sello, dijo Suleiman.

--¡Oh! ¡oh! exclamó el cardenal; ¡que falta el sello! pero el sello no

le tengo yo; le tiene el consejo de la Suprema.

--Pero tú tienes un sello superior, y yo sé donde está ese sello.

Suleiman fué á una mesa; forzó con su daga uno de los cajones, le abrió,

sacó de él una barra de lacre verde y un sello de hierro, derritió algun

lacre sobre el papel, estampó sobre el lacre el sello, y luego,

volviéndose triunfante al cardenal exclamó:

--Deseabas conocer á los monfíes, cardenal, y los has conocido: pero has

tenido mas suerte que otros que solo les han visto el rostro para morir.

Tras estas palabras salió, dejando encargado á Jafar de la guarda del

cardenal.

Dos horas después se oyeron tres silbidos en la calle: entonces Jafar,

que se habia sentado frente al cardenal, se levantó, ató fuertemente al

inquisidor con una cuerda que sacó de su bolsillo, y sin consideracion á

su edad ni al estado de su salud, le puso una mordaza.

--Es necesario procurar que no grites, le dijo, y des la alarma antes de

que nos hayamos puesto en cobro. En pasando una hora te desafiamos y lo

mismo á tus sabuesos para que nos encuentres. Me voy con el sentimiento

de no dejarte mudo para siempre; pero quien puede mas que yo no lo

quiere. Pídele á Dios no ver otra vez delante de tí, á los monfíes de

las Alpujarras.

Y el impío hizo una mamola al prelado, dió una zapateta, se le rió en

las barbas y salió.

Don Fernando Valdés, se quedó rugiendo tan fuerte como se lo permitia la

mordaza.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 63 / 168 题