Quien era el príncipe Lorenzini Maffei.
Antes de entrar en la cámara donde le esperaba su visitante, Yaye le
observó detenidamente tras las vidrieras de una puerta.
Vió un hombre como de cincuenta años, un tanto encorvado, mas bien como
por el exceso de una vida estragada, que por los años, que no eran
excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado según la
moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al
cuello, y al costado una ligera espada de córte.
Este hombre se paseaba meditabundo á lo largo de la camara, con las
manos juntas á su espalda y sosteniendo en ellas una gorra de
terciopelo.
Durante algunos minutos Yaye le contempló con una mirada intensa,
lúcida, dibujóse en sus labios una sonrisa de desprecio, y luego
componiendo su semblante y adoptando la expresion mas impenetrable,
abrió la vidriera y entró en la cámara.
Volvióse al saludo el príncipe, saludó profundamente á Yaye, y le dijo
con un perfecto acento italiano, aunque en buen español:
--Os suplico, señor duque, me perdoneis si me he tomado la libertad de
venir á vuestra casa, cuando ningun antecedente media entre nosotros:
apenas si nos conocemos de nombre.
Yaye señaló un sillon al príncipe, que se sentó, acercó otro en el que
se sentó á su vez, y prestó al príncipe una de esas atenciones que
interrogan.
El príncipe no se alteró en lo mas mínimo por el silencio del duque, que
era hasta cierto punto grosero, y añadió:
--Esta mañana uno de vuestros criados ha dejado en la casa de mi esposa,
es decir: en mi casa, un recado vuestro para cierto Andrea Bempo. Como
en mi casa no se conoce á tal sugeto; como su nombre es italiano y poco
ilustre por cierto; como, ademas, al volver de Italia he encontrado en
mi casa ciertas singularidades....
--¿Singularidades habeis encontrado en vuestra casa, señor príncipe?
dijo acentuando fuertemente sus palabras Yaye.
--¡Oh! ¡si! llegué á Madrid anoche muy tarde, y como no me gusta
incomodar á nadie ni aun en mi misma casa, me quedé en una de las
posadas; pero apenas amaneció, me trasladé á mi casa... solo... me
gustan las sorpresas... porque amo entrañablemente á mi esposa... que
como sabreis sin duda....
--Es una de las damas mas hermosas, mas nobles y mas discretas que viven
en la còrte de España.
--¡Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame á mi esposa.
--¡Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo
tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... ¡oh! perdonad, pero
vuestra esposa, príncipe, es muy peligrosa.
--¡Ah! ¡si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa
tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me
llena de orgullo, os lo aseguro; ¿pero qué deciamos?
--Deciais que os agrada sorprender á la vuelta de vuestros viajes á
vuestra esposa.
--¡Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme, á hurto, como si se
tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi
costumbre, tomé el camino de mi casa, entré en ella furtivamente;
adelanté por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas
¿qué creeis que encontré?
--Una singularidad de esas á que se exponen los maridos que gustan de
sorprender á sus mujeres.
--En efecto, encontré una singularidad de bulto: un hombre herido en un
lecho, según supe despues, y á mi esposa, bellamente ataviada, sentada
junto á la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada.
--¡Ah, ah!
--¿Y qué creereis que hice yo?
--Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido.
--De ningun modo, desperté á mi esposa.
--Y vuestra esposa...
--Se arrojó en mis brazos como de costumbre, delirante de alegría y me
colmó de caricias. Mi esposa me ama con toda su alma, pero es demasiado
caritativa, y esta era la causa de la singularidad, que al principio no
comprendí, pero que despues me fue explicada de la manera mas natural.
Mi esposa habia encontrado á aquel hombre, al célebre comediante Andrés
Cisneros, en una palabra, herido gravemente en una calle á que da
vuestra casa, y le habia recogido. Esto es todo. Como despues se ha
buscado en mi casa á ese Andrea Bempo, á quien no conozco; como el señor
Andrés Cisneros ha sido herido cerca de vuestra casa; como estos dos
sucesos podian tener relacion entre sí, me presento á vos, para serviros
á fuer de hidalgo en lo que hubiereis menester.
Yaye cruzó una pierna sobre la otra, se echó atrás sobre el respaldo del
sillon, y apoyando en sus brazos los codos y cruzando las manos dijo al
príncipe con una sonrisa fria:
--Vuestra esposa os engaña.
Habia en Yaye una decidida intencion de provocar al príncipe.
--¡Bah! dijo este. Estoy seguro, enteramente seguro de que no.
--Os ha engañado al casarse con vos.
--¡Bah! os afirmo que el engañado sois vos.
--Os entregó una mano deshonrada por la desgracia y por la miseria, es
verdad, pero al fin deshonrada.
--¡Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina á la que yo
saqué de un convento para hacerla mi esposa.
--Pues ved ahí; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes, ó por mejor
decir, con su único amante, de que si bien sois su esposo, no habeis
sido nunca su marido.
--¡Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del
deseo que no se satisface, al hastío del deseo satisfecho... y luego...
ser esposo de una mujer jóven, de brillante hermosura y vírgen...
--¡Vírgen! exclamó profundamente Yaye.
--Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos
extraordinarios.
--Demasiado extraordinarios, príncipe.
--Es que vos no sabeis mi historia.
--Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa.
--La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis años
en un convento. Despues diez años de matrimonio puro, sencillo, casto,
de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habrá dos en
el mundo.
--Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer.
--Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, hé
aquí todo.
--Con que ¿segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa?
--Sé la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla.
--Pues os voy á contar esa historia, verdadera ó falsa, y despues os
contaré... la vuestra dia por dia, hora por hora.
--Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradeceré el cuento...
pero os pediré tambien que me reveleis el nombre de quien la ha
inventado.
--Os lo diré antes, porque no me gustan las historias en cuya primera
hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se
juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la
historia sea mala. El autor de las dos que voy á referiros, es el mejor
autor de historias que conozco, porque su autor es Dios.
--¡Ah, Dios!
--Dios, ó lo que es lo mismo, la fatalidad.
--Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios.
--Permitidme: todas las historias tienen un prólogo.
--¡Ah! y esta...
--Lo tiene tambien. Este prólogo se refiere á la causa de que hayan
venido á mis manos esas dos historias; la causa, ya os la he indicado:
es el amor, el deseo, el empeño que me inspira vuestra esposa, ó por
mejor decir, que me inspiraba cuando yo tenia dudas acerca de su
procedencia.
--¿Dudas? todo el mundo sabe que es mi esposa.
--Pero nadie conocia al tal esposo. Creo que yo soy el primero que tiene
la dicha de conoceros.
El príncipe se inclinó.
--Por lo mismo, dudando de si seria soltera, casada ó viuda, envié hace
dos meses á Roma un sugeto muy á propósito para desenterrar historias, y
provisto de oro suficiente para ello. Ese sugeto me ha traido las dos
historias que vienen á ser una misma. He concluido mi prólogo y
empiezo...
--Os escucho.
--¡Ah! dijo el duque, me olvidaba del título: llámase, pues, la que voy
á referiros, «Historia de una venganza infame.»
Despues de estas palabras Yaye cerró los ojos como para concentrar y
ordenar sus recuerdos, y el príncipe se colocó en la actitud de la mas
perfecta atencion.
Yaye empezó, al fin, de esta manera:
--Nuestra historia principia en la cabeza del orbe católico, en Roma, en
el verano de 1537, es decir, hace diez años.
Por aquel tiempo habia en Roma dos personas notables.
La una era un famoso bandido de la campiña á quien nadie conocia mas que
por su terrible nombre: aquel nombre era Laurenti.
La otra era una dama veneciana de diez y seis años á quien conocia todo
el mundo, mas que por el alto empleo que su padre desempeñaba en la
córte pontificia, por su peregrina, por su maravillosa hermosura.
Esta dama se llamaba Angiolina Visconti.
Su padre, Paolo Visconti, miembro de la poderosa familia de este título,
se habia visto obligado á huir de la justicia de la república de
Venecia, á causa de haberse visto envuelto en cierta conspiracion de
nobles contra el Estado.
Paolo Visconti habia logrado ponerse á salvo con una hija única, con
Angiolina, de los esbirros de la serenísima república, pero no logró
poner del mismo modo á salvo sus bienes que fueron confiscados.
Aportó á Roma, pobre pero provisto del interés que inspira todo hombre
que ha luchado por la libertad de su patria, que ha sido vencido, y que
vuelve las espaldas á sus hogares para no volver mas á ellos.
Aumentaba este interés la belleza y la inocencia de Angiolina, pobre
desterrada en la adolescencia, que se veia envuelta en las desgracias de
su padre.
Acogiósele bien por la nobleza romana, y especialmente por el papa, y
con tanta mayor deferencia por este, como que Visconti era perseguido
por una república con la cual no se encontraba en la mejor armonía la
silla pontificia. A fin, pues, de que Paolo Visconti pudiera vivir en
Roma, sino de una manera opulenta, conveniente á su clase, le concedió
el papa un alto oficio militar bajo sus banderas.
Nombróle, pues, coronel de su guardia suiza.
Entre otras ventajas, que á mas de su pingüe sueldo y de su
representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeñas, el
vivir en un pequeño y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso
de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio.
Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener á su hija en la posicion de una
ilustre dama.
Visconti, que se habia casado muy jóven y muy jóven habia enviudado, era
por los años de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro años,
galante como veneciano, altivo por su alcurnia y espléndido, cuanto se
lo permitía su sueldo.
Los dados y los naipes habian sido con él sumamente propicios, y habia
ganado enormes sumas, indemnizándose casi por este medio, de lo que le
habia quitado su amor por las libertades patrias.
Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que
el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia
marido, padre ó hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas ó
hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logró salir sano y salvo de una y
otra aventura arriesgada, á lo que contribuyó no poco su fama de
valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impulsó
á nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que,
cansada la suerte de protegerle, le metió en una que debia decidir, no
solo de su suerte, sino tambien de la de su hija.
Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en
una linda casita de un solo piso, vivia una jóven llamada Fioreta, al
solo cuidado de una anciana. Servíalas una vieja criada, y nunca se
habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompañarlas jamás
nadie en sus breves salidas desde su casa á una iglesia próxima. Sin
embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana,
era tan hermosa, tan cándida y tan jóven, que muchos nobles solicitaron
sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera
vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los
negros ojos de Fioreta.
Pero esta se mostraba inaccesible á los seguimientos, á las rondaduras y
las músicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una
fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso
el nombre de la _mujer fuerte_.
Llegó esto á oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor,
por decirlo asi, de Roma, y deseó conocer á la tan ponderada y rigorosa
hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difícil. Púsose al paso de
Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos;
la vió, se enamoró perdidamente, la siguió á la iglesia; se puso
continuamente á su paso, y no tardó en conocer, que la para todos
desdeñosa hermosura, era para él camino llano y abierto. Fioreta se
habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan
sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti.
Por mas que quiera guardarse á una mujer, no se guarda si ella no quiere
guardarse: la iglesia á que la jóven concurria era oscura: cambiáronse
billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como
jamás lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio
que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la
jóven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos,
y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y
poderosa la protegía, atendia á su subsistencia de una manera
expléndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jóven
honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las
preciosidades que encerraba dentro de sí la pequeña casa en que vivia;
sus trajes eran riquísimos y nobles, y en las grandes solemnidades
públicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnífica
carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que
aparecia por sí misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin
que Fioreta ni su aya supiesen á donde iba. En cuanto al cochero y los
lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por
ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal,
cuidaba de la suerte de Fioreta.
Todo esto lo supo Visconti, como he dicho, por las cartas de la jóven, y
el misterio de su nacimiento, la opulencia que la rodeaba, y el
desenlace problemático que podia tener aquel misterio, irritaron su
curiosidad, sus deseos, y aun su ambicion. Porque no sabiendo quien era
Fioreta, ¿no podia suponerse todo? ¿Y quién sino un altísimo personaje
podia sostener tan ruinosos gastos?
Visconti, pues, se empeñó y quiso á todo trance, llegar á la resolucion
de aquel problema. Compelió en una y otra enamorada carta á Fioreta, á
que le concediese una cita, y esta al fin, se vió obligada á escribirle
la lacónica carta siguiente:
«Contentaos con amarme, sin esperanza de obtenerme. Básteos saber, que
yo os amo hasta el punto de no pertenecer á otro hombre, sino puedo
algun dia ser vuestra. Yo no faltaré jamás á mi decoro, y me está
prohibido de una manera misteriosa y terrible disponer de mi
mano.--Fioreta.»
Esta carta fue un nuevo combustible arrojado al empeño de Visconti, que
juró perecer ú obtener aquella dificilísima y misteriosa hermosura.
Poco tiempo despues de recibida esta carta de Fioreta, notó Visconti,
que cuando seguia á la jóven á la iglesia, un hombre siempre embozado, á
pesar de que era el tiempo de los calores, les seguia á alguna
distancia, entraba en la iglesia, se ponia en acecho, y no desaparecia
hasta que las mujeres habian regresado á su casa.
Empezaba Visconti á impacientarse con aquel espionaje descarado y tenaz,
cuando un dia encontró sobre la mesa de su aposento y sin que nadie
supiese por donde habia entrado, una carta concebida en estos términos.
«Sé que seguís obstinadamente á Fioreta, y que Fioreta os ama. Si la
amais, será vuestra, pero para ello será necesario que deis á su hermano
una muestra indudable de vuestro amor. Para conocer las condiciones bajo
las cuales podreis ser su esposo, id esta noche, solo, á la vía Apia.
Allí encontrareis al hermano de Fioreta.»
Inutil es decir, que Visconti no faltó á la cita.
Apenas habia entrado en la vía Apia, cuando se le presentó el misterioso
embozado que se habia constituido en su espía.
El camino estaba desierto, y la luna blanqueaba las ruinas de los
sepulcros romanos. El embozado hizo una seña á Visconti de que le
siguiese, y este le siguió hasta un bosque cercano en el que se
internaron. Allí, en lo mas oscuro del bosque, se detuvo el embozado, y,
sin descubrirse, dijo á Visconti con la voz dura é imperiosa del que
está acostumbrado á mandar despóticamente y ser servilmente obedecido:
--Veamos si valeis lo bastante para que yo os dé mi hermana.
--Yo me llamo Paolo Visconti, dijo con orgullo el coronel de suizos del
papa.
--Sé quien sois y me convenís, como hombre valiente y arrojado: porque
me convenís, os daré mi hermana, si la mereceis, y lo que vale
infinitamente menos que ella, tesoros inmensos. Veamos si la amais.
--Indicadme vuestras condiciones.
--Vos me habeis dicho vuestro nombre, justo es que yo os diga el mio: me
llamo Giussepo Laurenti.
Visconti dió un paso atrás asombrado: el misterio de la procedencia de
Fioreta se desenlazaba de una manera inesperada. Quien protegia á la
jóven, quien tenia sobre ella derechos indudables, era Laurenti, el
terrible bandido; el hombre á quien la justicia del papa no habia podido
castigar; el gefe de los invisibles que tenia cubierta de espanto la
campiña de Roma. Esto, por otra parte, explicaba las inmensas sumas que
se invertian para poner á Fioreta á mas altura que la mas rica é ilustre
dama romana.
Hubo un momento de silencio.
--Paréceme que os falta valor, caballero Visconti, dijo sombriamente
Laurenti.
--No, no me falta valor, pero explicadme, aclaradme: vos sois hermano de
Fioreta, pero, ¿quién es vuestro padre?
--Ved que cuanto mas os revele, mas grave será el peso del secreto que
habeis de guardar, so pena de vuestra vida.
--No importa. Hablad.
--Mi padre se llamaba Andrea Alberti.
Dió otro paso atrás Visconti. Laurenti habia pronunciado el nombre de
otro terrible gefe de bandidos.
--No os asombre esto, dijo Laurenti; hace mas de dos siglos que mi
familia viene reinando de generacion en generacion sobre la campiña de
Roma. El padre educa al hijo, y el hijo hereda al padre; nada mas
natural.
--¡Pero la madre de Fioreta!...
--Aumentemos la suma del secreto si os place. La madre de Fioreta era
una dama romana.
--Su nombre.
--Lo ignoro yo mismo. Mi padre al encargarme de la suerte de Fioreta, me
dijo solamente: su madre era una mujer casada; una hermosa é ilustre
dama. Yo la juré guardar como un depósito sagrado su honor, y muero con
su secreto. Pero á mas de guardar su honor, la juré proteger á nuestra
hija y hacerla feliz. Fioreta puede elegir libremente el claustro ó el
matrimonio, pero si eligiese este último estado, no será su esposo sino
quien sea bastante valiente y arrojado para partir con nosotros los
peligros. Ahora, bien, caballero Visconti, ¿amais bastante á Fioreta
para abandonar por ella vuestro baston de mando, vuestra hermosa banda
de coronel, y cambiar vuestro nombre de caballero en un nombre de
bandido?
--¿Es esa vuestra resolucion irrevocable?
--Es la voluntad de mi padre, á la que no faltaré en una sola palabra.
--Pues os juro que Fioreta será mia á pesar vuestro.
--Peor para los dos si eso sucede, dijo lacónicamente Laurenti.
--Adios, pues, rey de la campiña de Roma.
--Adios, señor coronel de los suizos del papa: pero escuchad antes una
palabra: me conoceis y todos los dias me estrechais la mano y me pedis
por la salud en la córte de su Santidad. Adonde jugais, concurro; en
donde bebeis, bebo; lo que hableis resonará en mis oidos, porque soy uno
de _vuestros mayores amigos_. He observado, que hasta ahora no habeis
hablado ni una sola palabra con nadie acerca de vuestras pretensiones
hácia Fioreta, y que no habeis mostrado ni una sola carta suya. Seguid
siendo prudente. Os lo aconsejo, en ello os va la vida. Adios.
--Esperad.
--¿Qué quereis?
--Me habeis dicho que os conozco.
--Es cierto.
--¿Que sois uno de mis mayores amigos?
--Por tal me teneis.
--¿Que concurris á donde concurro?
--Es verdad.
--Sin embargo, yo no conozco vuestra voz.
--Mi voz se desfigura al pasar por el hueco de mi antifaz de hierro.
--Aclaradme.....
--Ni una palabra mas; adios.
--Esperad.
--Adios.
--¡Por san Paolo mi patron, que yo os haré esperar y daros á conocer!
dijo Visconti desnudando su espada y acometiendo rápidamente á Laurenti.
Este se hizo atrás de un salto, y lanzó un fuerte silbido.
Instantáneamente, aparecieron saliendo de detrás de cada árbol una
multitud de hombres cubiertos con antifaces y armados de arcabuces.
Aquellos hombres rodearon al coronel de los suizos del papa.
--Guiad á ese caballero hasta la salida del bosque, dijo Laurenti á sus
bandidos, perdiéndose en la espesura. Hasta mañana, caballero Visconti.
Vióse este obligado á ceder, y rodeado de los bandidos, llegó hasta la
salida del bosque, y desde allí ganó la vía Apia y entró en Roma.
En vano durante muchos dias buscó Visconti entre sus numerosos amigos,
uno que le presentase ni el mas ligero indicio del terrible bandido
romano. Creyó al fin, que aquello habia sido una amenaza y una burla, y
dejó de desconfiar de los que le rodeaban.
En cuanto á Fioreta, su amor, ó por mejor decir, su empeño, se aumentó
en proporcion á las dificultades. Habian cambiado una y otra carta, pero
en ninguna de las suyas habia indicado Visconti á Fioreta lo que sabia
acerca de su orígen.
Si las dificultades irritan al hombre, puede decirse que irritan
infinitamente mas á la mujer. El amor de Fioreta se exaltó, y concedió á
Visconti lo que siempre se habia negado á concederle: esto es, hablar
con él en las altas horas de la noche por las ventanas de su casa.
Visconti, despues de su primera entrevista de este género con Fioreta,
esperó que se revelase de cualquier modo, sino la venganza, la cólera
del terrible Laurenti: pero pasaron muchas entrevistas del mismo género,
y ni recibió una sola carta, ni el mas leve aviso.
Visconti empezó á burlarse para sus adentros del Rey de la campiña, y le
despreció del todo cuando, enteramente rendida Fioreta, le concedió lo
último que podia concederle: su posesion completa. Todas las noches, una
escala llevaba á los brazos de Fioreta al afortunado Visconti, y el
terrible bandido, el hermano protector, permanecia mudo.
Sin embargo, un dia, encontró Visconti sobre la mesa, y sin que nadie la
hubiera llevado, otra carta que contenia las frases siguientes:
«Todo lo sé. Gozad en secreto de vuestra felicidad, y haced feliz á mi
hermana, pero, ¡ay de vos si por un accidente natural, ó por una
villanía vuestra, se hace pública su deshonra! ¡ay de vos, y ay de ella!
Laurenti.»
Visconti era un hombre que no temia al cielo ni al infierno, y esta
amenaza lo irritó: acontecia ademas, que, como su amor hácia Fioreta no
habia sido mas que deseo y empeño, satisfecho el deseo, hastiado de la
pobre jóven, necesitó satisfacer su vanidad de libertino, publicando su
victoria sobre aquella mujer que habia resistido las pretenciones de los
hombres mas peligrosos. Esta vanidad infame fue desarrollándose en él, y
al fin, un dia, en una casa de juego, con ocasion de ponderar un nuevo
enamorado los desdenes de Fioreta, dijo:
--¿Qué apuesta quereis hacer conmigo, señores, acerca de esa mujer?
--¿Pretendeis acaso haceros amar de ella? dijo un jóven caballero muy
amigo de Visconti, llamado Marco Antonelli.
--No, no pretendo hacerme amar de ella, dijo Visconti, porque es mi
querida.
--¡Vuestra querida! exclamaron asombrados los circunstantes.
--¡Vuestra querida! exclamó soltando la carcajada Marco Antonelli.
--Os reis de un modo muy impertinente amigo mio, dijo Visconti picado
por la hilaridad de Antonelli.
--¿Pues no quereis que me ria? Mientras no nos presenteis pruebas de
vuestro dicho me reiré.
--Es que pudiera suceder......
--No debe suceder nada dijo, sin afectarse en lo mas mínimo Antonelli;
si esa mujer es vuestra querida, no merece ser la causa de un
rompimiento entre dos amigos, y si no lo es, mereceis en castigo de
vuestra mentira que nos riamos de vos.
--Y si presento la prueba.
--Me comprometo á perder quinientos escudos romanos, dijo Antonelli.
--Y yo otros tantos.
--Y yo.
--Y yo.
--Y yo, exclamaron todos los que estaban presentes.
Visconti, salió y volvió poco tiempo despues con las cartas de Fioreta
que arrojó sobre la mesa, entre los dados y las botellas.
Examináronse aquellas cartas; ellas probaban que Fioreta amaba á
Visconti; pero en ninguna de ellas habia una sola prueba de que fuese su
querida.
--Y bien, dijo Antonelli sin perder su jovialidad: aun no habeis ganado
un solo escudo: estas cartas prueban que sois mas afortunado que otros:
y digo prueban, porque no quiero haceros el agravio de creer que estas
cartas sean falsas; pero de ser amado á poseer á la mujer que nos ama,
hay una diferencia incalculable. Asi, pues, la apuesta queda en pié
hasta que nos probeis que es vuestra querida Fioreta.
--Una palabra señores. Ahora está la luna en creciente y las noches son
muy claras: ¿sabeis alguno de vosotros donde vive Fioreta?
--Todos lo sabemos.
--Sabeis á donde caen las ventanas de sus habitaciones.
--Todos la hemos visto alguna vez en ellas.
--Pues bien: si esta noche á las doce, al hacer yo una señal veis que se
abre una ventana de las habitaciones de Fioreta; si la veis á ella misma
salir á aquella ventana, y arrojarme una escala; si despues me veis
trepar por ella, recibirme Fioreta en sus brazos, retirarse la escala y
cerrarse silenciosamente la ventana ¿creereis.....?
--Creeremos que Fioreta es vuestra querida, y os envidiaremos Visconti;
pero habreis ganado la apuesta.
--Si, si, habreis ganado la apuesta dijeron todos.
En efecto aquella noche se hizo la prueba: los amigos de Visconti
ocultos en la sombra, le vieron entrar en las habitaciones de Fioreta.
Al dia siguiente todo el mundo supo en Roma que Fioreta era la querida
de Paolo Visconti.
Sin embargo el terrible bandido de la campiña permaneció mudo: pasaron
dias y dias hasta uno en que tuvo lugar un acontecimiento que heló la
insolente risa de la infamia, en los labios del seductor de Fioreta.
El suceso á que me refiero pasó de la manera siguiente:
Era una hermosa tarde de mayo. Angiolina Visconti habia expresado á su
padre el deseo de dar un paseo por la campiña; Visconti hizo preparar
una carroza, se disculpo con su hija por no acompañarla, y Angiolina
salió de Roma, acompañándola solo en el exterior el cochero y dos
lacayos.
Caminaban lentamente por la via Apia: Angiolina, cuya alma aspiraba ya
ese amor vírgen que es el sueño de la adolescencia de las mujeres,
Angiolina inocente y pura, miraba con delicia el hermoso cielo de
Italia, perdiéndose tras los horizontes azules, y la árida campiña por
medio de la cual arrastra su turbia corriente el Tiber.
Descendia el sol al Occidente; el dia iba perdiéndose en ese poético
tinte del crepúsculo vespertino tan bello y tan diáfano en la primavera
de los paises meridionales, y una dulce melancolía inundaba el alma de
la jóven, cuando la carroza se detuvo de repente y uno de los criados
asomó á la portezuela.
--Si adelantamos mas excelencia, dijo el lacayo, se nos echará la noche
encima antes de que lleguemos á la ciudad, y no es prudente......
--Seguid, seguid, dijo la jóven, que de lo que menos se acordaba
entonces era del terrible Laurenti ni de los bandidos.
La carroza siguió adelante: muy pronto, traspuesto enteramente el sol,
empezó la noche á invadir el opuesto horizonte. Angiolina entonces
sintió un vago temor y mandó al cochero que se volviera.
Volviéronse en efecto. Roma se veia á lo lejos perdida tras la vaporosa
neblina, y quedaba mucho camino que andar para llegar á la ciudad.
El cochero azotó á los caballos que partieron al galope: á pesar de esto
era ya de noche y quedaba mucho espacio para llegar á los arrabales.
De improviso el coche se detuvo, y antes de que Angiolina pudiera
preguntar la razon, se abrió la portezuela y entro un hombre, vestido
enteramente como los aldeanos de la campiña, y cubierto el rostro con un
cumplido antifaz: aquel hombre llevaba á la cintura un puñal y un par de
pistolas.
Angiolina solo tuvo tiempo para oir que aquel hombre decia:
--¡Al bosque!
Y se desmayó.
Cuando volvió en sí se encontró en un lecho en un aposento densamente
oscuro. Un hombre la estrechaba entre sus brazos. Aquel hombre
prevaliéndose de su desmayo la habia deshonrado.
Angiolina notó con terror, con el terror del pudor, que estaba medio
desnuda.
Gritó, quiso resistirse, arrancarse de los brazos de aquel hombre, pero
aquel hombre la retuvo entre ellos y la dijo con un acento terrible:
--Vuestro padre ha deshonrado á mi hermana, y yo empiezo á vengarme
deshonrándole en su hija.
Roma entera supo, por los criados á quien Laurenti habia dejado en
libertad, que Angiolina Visconti, la noble hija del señor coronel de los
suizos del papa, habia sido robada por los bandidos de la campiña.
Visconti sintió en medio del corazon la venganza de Laurenti; salió á la
campiña, le llamó á voces en el mismo lugar donde habia hablado con él
algunos meses antes; pero nadie respondió á las voces del desolado
padre, que al fin era padre Visconti. Pidió licencia al papa para
revolver con sus suizos la campiña y no logró ver un solo bandido. A los
quince dias, perdida casi la esperanza, se fué á buscar su último
consuelo junto á Fioreta y la dijo.
--Es necesario que nos casemos: tu hermano sin duda nos escucha: pues
bien yo acepto todas sus proposiciones: si; yo acepto todas tus
proposiciones Laurenti, seré bandido, verdugo, si quieres, pero vuélveme
mi Angiolina.
--Vuélveme tú la honra de mi hermana, dijo una robusta voz á tiempo que
se abrió una puerta y apareció un hombre.
Fioreta dió un grito agudísimo y se desmayó.
Visconti dió un paso atrás helado de espanto.
El hombre que tenia delante pidiéndole la honra de su hermana era uno de
sus mayores amigos.
--¡Marco Antonelli! exclamó.
--No, Laurenti el bandido, Laurenti, que se venga, destrozándote el
corazon, deshonrando á tu hija, como tu se lo has destrozado,
desonrrando á su hermana: ahora defiéndete, infame, defiéndete por que
entre nosotros se ha colocado tu infamia y no puede haber mas que odio y
sangre entre los dos.
Al dia siguiente se encontró junto al Coliseo el cadaver de Paolo
Visconti atravesado á estocadas, y sobre él un cartel en que se leia en
letras enormes:
«Laurenti, hermano de la hermosa Fioreta ha hecho este cadáver.»
La casa en que habia vivido Fioreta estaba completamente abandonada.
¿Y sabeis vos príncipe, dijo Yaye, mirando profundamente á Lorenzini
Maffei lo que se hizo de la pobre Fioreta?
--¡Qué! ¿no lo sabeis? dijo con la mas ingénua curiosidad el príncipe;
pues ved ahí que falta á vuestra historia una noticia esencialísima.
--Lo que fue de Fioreta no lo sabe nadie, porque Laurenti á nadie se lo
dijo.
--¿Y como, como, dijo el príncipe con una curiosidad creciente; como fue
á parar Angiolina al convento donde yo la conocí en Nápoles?
--Se ignora tambien, porque á nadie lo ha dicho tampoco Laurenti. Pero
lo que se sabe de seguro, es, que al fin, por una traicion de uno de los
bandidos de Laurenti, fue descubierta su guarida, exterminada su
cuadrilla de malhechores y el....
--¿Y el?...
--Hay quien cree que acaso quedó entre los cadáveres de los bandidos
que murieron defendiéndose, porque no se le oyó nombrar mas en las
inmediaciones de Roma.
--Pues habeis burlado mis esperanzas, duque, en cuanto á la historia del
bandido. Debia ser curiosa.
--Pues voy á contárosla en dos palabras: el bandido está ciegamente
enamorado de Angiolina que no le conoce: el bandido sigue á Angiolina
por todas partes bajo el nombre de Andrea Bempo: Andrea Bempo no es
otro, pues, que Laurenti, nombre fecundo en disfraces, y que sabe variar
de rostro como de vestido y de edad como de lenguaje: que unas veces se
llama Bempo, otras don Diego de Zayas, y pasa por caballero español,
como en Roma bajo el nombre de caballero romano pasaba por Marco
Antonelli: Laurenti, en fin, esposo enamorado de Angiolina, esposo
despreciado por Angiolina, que se llama el príncipe Lonrenzini Maffei.
Mudáronse instantáneamente al oir estas palabras, la mirada, la actitud
y la expresion del príncipe; irguióse, centellearon sus ojos, temblaron
de cólera sus lábios y se puso de pié buscando un objeto entre su
justillo de terciopelo.
El duque no se movió de su sillon.
El príncipe, ó Laurenti, ó Bempo, aquel singular personaje, en fin, sea
que le dominara la imperturbabilidad de Yaye sea que fuese demasiado
valiente para cometer un asesinato, sea por otra causa cualquiera,
retiró la mano de su jubon entreabierto, y se sentó de nuevo.
--¿Con que lo sabes todo? exclamó con acento convulso por la cólera: con
que sabes, que esa mujer á quien elegí en mal hora para instrumento de
mi venganza, me esclaviza, se burla de mí, me trata como un perro cuando
me cree Bempo, y me deshonra creyéndome el príncipe Lorenzini Maffei!
¡Oh! no importa: yo sé tambien que tú, bandido como yo, emir de los
Monfíes de las Alpujarras estás herido en el corazon, deshonrado en tu
hija, como yo estoy herido en el corazon, deshonrado en mi esposa, por
un mismo hombre, por el marqués de la Guardia. ¡Oh! secreto por secreto
monfí; y puesto que necesitamos vengarnos....
--¿Y que culpa tiene el marqués de la Guardia, dijo imperturbable el
duque de que le haya amado mi hija, de que le haya amado Angiolina?
--El marqués no la ama, exclamó con sarcasmo Laurenti; el marqués la ha
tomado por instrumento para dar zelos á tu hija.... y lo ha
conseguido....
--Escucha Laurenti, dijo Yaye levantándose y asiendo á Bempo de un brazo
con la fuerza de un gigante. Estás en mi poder.
--¿En tu poder yo? exclamó el bandido pretendiendo en vano desasirse.
--A donde quiera que vayas, donde quiera que te ocultes allí te
encontrará mi mano. No lo pruebes, por que serias vencido en la prueba.
En cualquier terreno que elijas te haré pedazos si te niegas á servirme.
--Yo no he servido á nadie mas que á esa mujer...
--A quien no debiste deshonrar, á quien no has debido servir.
--Tú has prostituido tu hija al príncipe don Cárlos: tú te has visto
obligado á apartarla de la córte, para que la córte no sepa tu deshonra.
--¡Laurenti! exclamó el duque echando á su vez mano á su daga.
--¡Laurenti es siempre el indomable rey de la campiña de Roma! contestó
sin inmutarse el bandido: Laurenti desprecia el furor del emir, como
antes el emir de los monfíes ha despreciado el furor de Laurenti.
Yaye dejó la daga, soltó á Laurenti y se sentó de nuevo en el sillon.
--Quiero que me digas, como has sabido mi nombre, exclamó despues de
unos instantes de silencio, recobrando enteramente su calma.
--En Granada hay muchas personas que saben la interesante historia de la
hija y de la nieta del duque de la Jarilla: como en Roma hay otras que
saben la historia de Paolo Visconti: ademas como hubo un bandido que
vendió en Roma á Laurenti, hubo tambien en Granada un monfí que vendió
al emir de las Alpujarras... Habian pagado á peso de oro, ó por mejor
decir el alcalde de casa y córte que habia tomado la declaracion del
monfí traidor, prefirió vender aquella declaracion enriqueciéndose, á
servir al rey denunciando al falso cristiano, al falso duque: pero el
juez se quedó con copia de la declaracion por si alguna vez necesitaba
algun dinero, y se la vendió á Laurenti el bandido, que sabe andar sin
perderse por un laberinto y llegar al fin, solo con que coja el cabo de
un hilo: esa declaracion existe.... y acaso acaso esté á estas horas en
poder del rey.
Yaye se puso letalmente pálido, sus ojos inyectados de sangre rodaron en
sus órbitas y desnudó su daga: pero en aquel momento un resplandor
vivísimo le cegó y luego... luego no sintió nada...
Cuando volvió en sí, se encontró en un lecho: sintió una pesadez
inexplicable en la cabeza, se llevó las manos á ella y encontró un
vendaje: revolvió los ojos en torno suyo y se encontró en un calabozo;
movióse y sintió que sus piés estaban sujetos por un par de grillos. Vió
junto á sí un hombre de aspecto rudo y quiso preguntarle: pero se sintió
débil, y las palabras se ahogaron en su garganta.
Aquel hombre pareció comprender el deseo de Yaye y le dijo como si este
le hubiese hecho una pregunta:
--Habeis sido herido en vuestra casa de un pistoletazo en la cabeza por
el príncipe Lorenzini Maffei, segun han declarado vuestros criados; el
príncipe ha desaparecido: estais preso en el Santo Oficio por hereje,
sacrílego y traidor al rey y si no moris de la herida, morireis quemado
en auto público del Santo Oficio de la general Inquisicion.
Yaye á falta de voz, dió á aquel hombre con una expresiva mirada las
gracias por su noticia, y luego, encerrándose en su pensamiento, exclamó
en el fondo de su alma:
--¡Satanás se ha conjurado contra mí!