CAPITULO XVI.

Continuan las contrariedades del emir.

Al entrar en su cámara parecióle á Yaye que habia quedado solo en el

mundo; con su hija se alejaban por una parte su amor, por otra los

proyectos que mas habia acariciado: Yaye habia arrojado á Amina al paso

del mundo como un hermoso instrumento tentador: habia logrado irritar la

locura de que hacia tiempo era víctima el príncipe don Carlos, y

valiéndose de su ambicion y de su empeño por Amina, habia logrado

lanzarle de lleno en la senda de la rebeldía.

Yaye esperaba con razon, que huyendo el príncipe á Flandes, poniéndose

al frente de los flamencos revelados, creándole un partido aun dentro de

la misma España, porque nunca faltan ambiciosos que ayuden á los

príncipes rebeldes; habia esperado, decimos, que Felipe II, demasiado

ocupado en reprimir rebeldías, no pudiese acudir con fuerzas bastantes

al reino de Granada, donde, en el momento preciso, debia levantarse por

los moriscos el estandarte de su emancipacion. Contaba con sus monfíes,

fuertes, acostumbrados al peligro y á la fatiga, y bastante numerosos

para poder apoderarse en un dia de la desatendida Granada: una vez

dueños de la ciudad, levantado el trono de la Alhambra, desplegado el

pendon de Islam sobre las torres de la alcazaba, degollados ó cautivos

los cristianos, enteramente reconquistadas las Alpujarras y la Vega, era

de esperar que el ambicioso Selim II, sultan del imperio de Oriente, y

sus tributarios el rey de Argel, y los reyes de Fez y de Marruecos, se

apresurarian á enviar á las costas de las Alpujarras sus galeotas

piratas henchidas de taifas de turcos, y de los indomables hijos de las

razas bereberes. Habia momentos en que Yaye soñaba que, rey de Granada,

avanzaba al frente de un innumerable y feroz ejército, sobre las

ciudades de Andalucía, que todo cedia á aquella inundacion de hombres,

que salvaba los desfiladeros que separan á Andalucía de Castilla, y que

arrojándose sobre esta como una tromba, se llevaba por delante villas y

ciudades, hasta ir á poner el estandarte del Profeta en una sola

campaña, sobre las torres de la catedral de Toledo.

Y como el que es ambicioso nunca lo es á medias; como el hombre de

accion confia mas de lo que debiera en sus propios recursos y en su

fuerza de voluntad, Yaye, creyéndose un héroe, como Tarie-ebn-Ziak, ó

como Abd-el-Rajman-ebn-Moavia, ó como Almanzor, tendia su soberbia vista

á la inmensidad del porvenir, y no creía descabellado, el que, como en

tiempos antiguos, volviese á ser España bajo su espada el poderoso

califato de Occidente; que tal vez llegaria á conquistar la Europa, y

llevar sus banderas vencedoras á Constantinopla, tornándose de este modo

en conquistador de los que le hubiesen ayudado, y despues revolver sobre

el Africa, sujetarla bajo su mano, y hacer del mediterráneo un lago de

su imperio.

La ambicion es una embriaguez, y nada tiene de extraño que el que se

embriaga sueñe delirios: y hasta cierto punto no eran delirios los de

Yaye: un poco de fortuna para ayudar á su genio, y sus sueños podian

realizarse: el pueblo árabe se desarrolló y dominó en una considerable

extension del globo bajo el espíritu de la conquista; el Koram la

prescribe: Dios, segun los musulmanes, les habia dado la espada para

llevar adelante el conocimiento de Dios Altísimo, y Unico sobre todas

las tierras de los infieles; el pueblo árabe fue indomable, fuerte,

mientras se le condujo al combate, y solo empezó á desmembrarse, á

corromperse, á decaer, cuando, halagado por el templado clima de España,

trocó sus tiendas de piel de camello en suntuosos alcázares; cuando, en

una palabra, se estableció: Yaye lo sabia demasiado: se lo habia

enseñado la historia de las generaciones de ocho siglos y Yaye se decia:

yo no pararé, yo no reposaré mientras haya tierras que conquistar bajo

el sol: si el valiente pueblo árabe ha desaparecido, queda en pié el

pueblo moro, resplandece el imperio turco y el Dios Altísimo y Unico se

adora en la tercera parte del mundo; el Koram da el supremo poder al

vencedor; pues bien, yo venceré porque quiero vencer.

Pero Yaye no habia contado con los acontecimientos, ni se habia conocido

á sí propio: una tras otra contrariedad vinieron á demostrarle lo

colosal de la empresa que habia embestido; vió que tras largos afanes,

sus monfíes estaban en el mismo estado y con la misma fuerza que á la

muerte de su padre; que aquella niña, de quien habia pensado hacer uno

de los mas poderosos instrumentos de sus proyectos, se habia roto, por

decirlo asi, al ponerse en contacto con el mundo, vulgarizándose, como

todas las mujeres, por el amor; que si bien habia logrado empeñar por

medio de ella al príncipe de Asturias en un camino de perdicion, aquel

príncipe era loco, débil, voluntarioso, la persona menos á propósito

para poder apoyar en ella de una manera firme una empresa de

importancia; comprendió, en fin, que habia cometido crímenes estériles;

se sintió humillado delante de sí mismo, con la conciencia manchada, con

el porvenir incierto, y por esto cuando entró en su cámara, le pareció

que se encontraba solo en el mundo, abandonado del cielo y de la tierra,

mientras Satanás le sonreia y le mostraba con un dedo horrible la

espantosa página donde estaban consignados sus desaciertos, muchos de

los cuales eran horribles crímenes.

Yaye se hallaba en un estado de exaltacion espantoso: sus ojos,

escandencidos, dejaban ver una expresion feroz: ardia en ellos la fiebre

y la rabia de la impotencia. Las figuras de los tapices flamencos que

adornaban la cámara, parecian agitarse, revolverse, cambiar de forma:

parecíale que de en medio de un infernal torbellino, salian dos damas,

hermosas aun, pero pálidas y con los ojos enrogecidos por un llanto

continuo: la una resignada y paciente, la otra iracunda y vengativa;

cada una de ellas llevaba de la mano un hermoso mancebo y se le

mostraba: Yaye, horrorizado, cerraba los ojos por no verlos, y sin

embargo, á través de sus párpados cerrados los veia: cada uno de

aquellos mancebos tenia impreso en la frente el estigma de fuego de una

ambicion insensata; alrededor de la cabeza de cada uno de aquellos

mancebos, habia una señal lívida, inflamada, como la que pudiera haber

dejado en ellas el círculo candente de una corona: alrededor del cuello

amoratado de aquellos mancebos, habia un dogal: en sus manos un puñal

rojo y humeante. Tras aquellos mancebos conducidos por sus madres,

marchaba una turba furiosa: mujeres, hombres, niños, ancianos, todos

agitaban las cadenas de que iban cargados, todos miraban á Yaye, y todos

le decian:

--¡Tu ambicion nos ha hecho esclavos! ¡por tu ambicion nos vemos

hambrientos, desnudos, desesperados, sin padres, sin hijos, sin esposos,

lanzados del pueblo que nos vió nacer, vendidos como bestias, robados,

degradados!¡has querido ser rey y nos has impulsado pensando en tu

ambicion, solo en tu ambicion, á una empresa en que necesariamente

debiamos ser vencidos! ¡maldito, maldito, maldito seas!

Yaye veia todo esto en el fondo de su conciencia: un sentido íntimo, ese

sentido misterioso, esa prodigiosa intuicion que tenemos en el fondo de

nuestro espíritu y que nunca nos engaña, le decia con el severo y

horrible acento de la verdad que marchaba hácia un lago de sangre; por

eso los objetos, en los cuales se fijaba su vista, tomaban formas,

cuerpo, color, vida fantástica; su conciencia le traia su pasado y le

presagiaba su porvenir; porvenir horrible, henchido de desgracias y de

horrores, entre los cuales debia desvanecerse la última esperanza de los

restos vencidos del pueblo moro español.

Yaye queria en vano arrojar de sí el remordimiento y el presentimiento,

que le acometian implacables: en vano queria atribuir aquellos

pensamientos, aquellas visiones á la perturbacion de su espíritu,

causada por el dolor de haber visto á su hija alejarse de él, por

necesidad, para encubrir su deshonra, con la frente baja y manchada, con

el corazon ardiente y desgarrado. Cuanto mas pugnaba Yaye, por arrojar

de sí aquella terrible pesadilla que le combatia despierto, mas y mas se

condensaba aquella pesadilla y le acometia y le estrechaba. Hubo un

momento en que, de en medio de aquel horrible caos de fantasmas

acusadoras, salió una mujer envuelta en un sudario, desmelenada, lívida,

anhelante: aquella mujer, á pesar de su horrible estado y de su palidez

cadavérica, era muy hermosa; aquella mujer, ó por mejor decir, su

recuerdo, hizo lanzar un grito de espanto á Yaye, porque aquella mujer

era su esposa, Estrella, la hija de Calpuc.

--¿Y qué has hecho, qué has hecho de mi hija, gritaba aquel fantasma

acusador? ¡Tu desamor me secó las fuentes de la vida, y tu ambicion ha

muerto á mi hija, matándola el alma! ¡Yaye-ebn-Al-Hhamar! ¿qué has hecho

de mi Esperanza?

--¡Afuera, afuera, horribles visiones! exclamó Yaye clavándose las uñas

en la frente como si hubiera querido arrancarse de ella aquel infierno,

¡afuera! Yo he heredado la venganza de tres generaciones!, yo he bebido

mezclada con lágrimas, la sangre de mi padre: yo escucho continuamente,

despierto y dormido, en la soledad y en medio del mundo los gemidos de

dolor, y siento correr como un rio, las lágrimas de millares de esclavos

que todo lo esperan de mí. ¿Qué importa que vosotros hayais caido? ¿que

tú, Estrella, hayas sucumbido, esposa abandonada, madre sin hija? ¿qué

importa que Amina haya bebido toda la hiel que cabe en su corazon? yo

marcho hácia adelante, poderoso y terrible como el huracan, y como el

huracan no me detengo ante nada. ¡Mi ambicion! ¡me acusais de ambicioso!

¡y sin embargo, mi ambicion es vuestro poder, vuestra libertad y vuestra

gloria, porque yo nada puedo ser sin vosotros!

Y mucha fuerza de voluntad tenia indudablemente Yaye dentro de su alma,

porque logró dominar el vértigo, sus ojos perdieron su sangriento color

y su expresion de tigre, dominóse, hizo callar la voz de su conciencia y

los latidos de su corazon, y su semblante volvió á mostrarse impasible y

frio como el de una estátua.

Solo habian quedado en su frente como huellas de la tormenta las señales

amoratadas que habian impreso en ella sus dedos.

Sentóse en un sillon, respiró profundamente, como quien descansa de una

larga jornada, y su pensamiento, frio ya y calculador, volvió á su

eterno objeto; á su lucha contra el rey de España, y contra sus reinos:

lucha encerrada hasta entonces en el pensamiento de Yaye, pero que debia

algun dia pasar inmensa y aterradora, al terreno de los hechos, al campo

de batalla.

Pero parecia que la fatalidad perseguia á Yaye: la fatalidad preñada de

sangre y crímenes que le perseguia, y que se le presentó de repente

cuando menos lo esperaba, en la persona de Harum-el-Geniz, del valiente

wali, su leal secretario; el que durante veinte años le habia servido

con una fidelidad á toda prueba; el que poseia todos sus secretos, el

que adivinaba todos sus dolores.

Abrió silenciosamente la puerta de la cámara, y adelantó hácia el emir,

sacándole de su distraccion con el ruido de sus espuelas de alferez

castellano.

Miróle profundamente Yaye, y en la expresion grave y triste de Harum,

comprendió que le traia un asunto importante.

--¿Qué me quieres? le dijo: no recuerdo haberte llamado.

--Hay momentos en que el siervo debe llegar hasta el señor, y decirle

aunque descanse entre los brazos de la querida de su alma: levántate y

despierta, toma tus armas y prepárate al combate.

Yaye se levantó como si le hubiera despedido del sillon un resorte.

--¡Al combate! ¿aquí ó allá? ¿en la córte del rey de las Españas ó entre

las breñas de las Alpujarras?

--No, no, poderoso señor; no son las armas que brillan entre la

polvareda del combate las que debes tomar, sino las armas que matan en

silencio y de una manera segura: las armas de la venganza. No vas á

luchar contra un rey poderoso, ni contra un ejército valiente, sino

contra una cortesana y un bandido.

--¡Angiolina! ¡Laurenti! exclamó el emir. ¿Y de qué modo? ¿cómo me

provocan esos dos miserables?..

--Anoche, ya tarde, un hombre que ha conocido á Farrix, á Abdelhamar, y

á otros de los nuestros, que viven encubiertos en Madrid con nombre y

trage de soldados de la compañia de ginetes de don Luis Moncada, se

presentó á ellos en su casa de la Cava Baja, y pidió á Farrix que, con

algunos de sus camaradas y por algun oro que les ofrecia, le acompañasen

para una aventura. El oro dado por ese hombre está aquí:

Y Harum arrojó sobre la mesa del emir algunos doblones de á ocho.

--¡Y bien! ¿tenemos algo que ver en esa aventura?

--¡Oh! exclamó Harum con acento de amenaza.

--Acaba de una vez Harum, exclamó impaciente el emir.

--El desconocido, continuó Harum, llevó á Farrix y á otros tres á una

casa en la cual entraron por el postigo de un huerto.

--¿Y qué casa era aquella?

--Farrix me ha llevado hasta el postigo, y he reconocido por él, que la

casa donde entraron, era la de la princesa Angiolina Visconti.

--¡Ah! exclamó profundamente el emir ¿Y qué iban á hacer allí?

--De la casa sacaron una silla de manos y fueron con ella á la calleja á

donde da el postigo de tu palacio, poderoso señor. De uno de los

extremos de aquella calle recogieron un hombre herido, le metieron en la

silla de manos y le condujeron á casa de la princesa, en la que entraron

por el mismo postigo.

--¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?

--Es que hay mas, magnífico señor: mientras el desconocido con dos de

los nuestros conducian al herido á casa de la princesa, otros dos,

Farrix y Abdelamar, quedaron en un soportal frente al postigo de tu

palacio, ocultos en la sombra y con encargo de observar cuanto

sucediese. Poco despues volvió el desconocido con los otros dos monfíes,

y se ocultó bajo el mismo soportal. Segun me habia dicho Farrix, habia

luz en tu casa en un mirador, y aquel mirador, era, á no dudarlo, del

aposento de la sultana Amina.

--Nada tiene de extraño que la sultana velase, preparando su partida.

--Es que hay mas que eso: antes del amanecer salió un hombre por el

postigo, y despues se abrió uno de los balcones de los aposentos de la

sultana, y por él se descolgó otro hombre á la calle.

Irradiaron una mirada incalificable por lo feroz, los ojos de Yaye.

--Farrix y sus compañeros mienten, exclamó.

--Si han mentido, mancillando el honor de la sultana, dijo Harum cuya

mirada no se alteró, deben morir.

--¡Que mueran! ¿lo entiendes? que mueran y que mueran al momento,

exclamó con voz cavernosa el emir. Pero... sigue, sigue relatando la

impostura de esos miserables.

--Farrix asegura que cuando aquel hombre estuvo en la calle, una mujer

vestida de blanco habló algunas palabras amorosas con el que habia

descendido, y le arrojó un papel.

--¡Oh, miserables! y si era verdad ese dicho, ¿por qué no aseguraron á

aquel hombre? ¿por qué no se apoderaron de aquel papel?

--Cabalmente, segun dice Farrix, esta era la intencion del que los habia

conducido hasta allí, pero añade tambien, que aquel hombre era tan

valiente y tan diestro que se les escapó.

--¿Y no aconteció mas?

--No señor. Los cuatro monfíes se despidieron del hombre que los habia

buscado, y que les encargó el secreto, y Farrix vino á avisarme.

--Paréceme que tú has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando

en su confidente una mirada intensa.

--Hace tanto tiempo señor que te persigue la desgracia....

--Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino

la causa; pero deben haber comprado á esos miserables para que me hieran

en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa.....

pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen.

--No hablarán, señor.

--Pero es necesario evitar escándalos. Envíalos á las Alpujarras, y

avisa para que cuando lleguen...

--Muy bien, señor.

Quedó profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos.

--Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una

especie de bandido romano.

--Si señor.

--Cuando te envié á Roma hace dos meses para que averiguases quién era

esa princesa, me trajiste una relacion escrita.

--Esa relacion debe estar en tu poder, señor.

--Bien: bien: es necesario que hagas venir al momento á ese hombre que

sirve á la princesa. ¿Cómo se llama?

--Andrea Bempo.

--Pues bien, procura que ese hombre venga al instante.

--Muy bien, señor.

--Vete. Y al momento, al momento, esos cuatro monfíes a las Alpujarras y

un correo á caballo que les preceda.

Harum se inclinó y salió.

El emir permaneció algún tiempo como anonadado. Despues hizo un poderoso

esfuerzo para salir de su atonía, se levantó en fin de la mesa, y

escribió lo siguiente con mano firme:

«Señor marqués de la Guardia: os suplico que hoy mismo vengais á verme:

espero que atendereis mi suplica, y no me hareis dudar, negándoos, del

afecto que creo inspiraros.--El duque de la Jarilla.»

Yaye cerró esta carta y la entregó á un lacayo para que la llevase á su

destino.

Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia

enviado, dentro de otra de don César de Arévalo que contenia estas solas

palabras:

«Señor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde

ayer, y como vuestra carta para él puede ser importante, os la devuelvo

temiendo que se extravíe. Vuestro mas afecto criado.--Don César de

Arévalo.»

El duque arrugó en un momento de cólera aquella carta.

Luego envió cuatro ó seis de sus lacayos á que buscasen por todo Madrid

al marquesito.

A las diez del dia el duque oyó pronunciar con asombro á la puerta de su

cámara á uno de sus sirvientes el nombre del señor príncipe Lorenzini

Maffei que venia á visitarle.

Yaye mandó que le introdujesen en su salon de recibo.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 59 / 168 题