Complicaciones.
Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba
Madrid profundamente conmovido en sus dos círculos cortesanos, el alto y
el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca
en boca, agravándose mas, á medida que se sucedian.
Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la córte sin
despedirse de nadie, y sin que nadie supiese á donde habia ido.
En segundo lugar el hidalgo don César de Arévalo, tutor del marquesito
de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos,
mancebías y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia
perdido. Ayudábale en su árdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y
confidente del marqués, mozo despierto y de puños, á quien no hemos
tenido ocasion de citar hasta ahora, y señalado con un profundo chirlo
en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto á ciertas
princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse
sobre el rastro del marquesito.
Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos á relatar, fueron
los que mas impresion causaron en la córte, el mismo dia de la salida de
Amina de Madrid, á la hora de la audiencia, apareció fijado en la
mampara de la antecámara pública de palacio, un papel en forma de carta,
escrito, al parecer, por una mujer, con señales de haber estado
arrugado, y vestigios de lágrimas en que se leian estas palabras:
«_Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer
revelarlas ni aun á su mismo esposo, pero es preciso que sepas que
alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza._»
Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al
parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas:
«La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y
el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia.»
El escándalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable:
antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al
gentil hombre de cámara de servicio, ya se habian sacado cien copias por
los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid,
llevando consigo el escándalo.
Pero no era esto solo.
Aquellos dos carteles fueron entregados al rey que despachaba á la sazon
con el cardenal Espinosa.
Felipe II leyó letra por letra los dos escritos, meditó algun tanto
sobre ellos, y luego dijo posando una mirada glacial en el cardenal
secretario:
--Que se averigue á todo trance quién ha puesto estos carteles en
palacio, y averiguado y probado que sea, que le ahorquen secretamente
sin distincion de clase ni persona.
El cardenal dió las órdenes oportunas, y á poco volvió trayendo un
pliego en las manos.
--¿Qué es eso? preguntó el rey.
--Se ha encontrado este pliego en una de las habitaciones bajas del
alcázar, donde han debido arrojarle por una reja, con sobre á vuestra
magestad.
Tomó el rey el pliego.
Sobre su nema se leia en letra exactamente igual á la que habia
esclarecido de una manera tan infame la carta de Amina al marqués:
«Al católico y justiciero rey de las Españas.»
El pliego era voluminoso.
Contenia las pruebas que contra Yaye poseia la princesa Angiolina: la
historia del casamiento del emir con Estrella, la muerte del anterior
marqués de la Guardia, la declaracion del monfí traidor, y ademas la
para el rey terrible revelacion de que su hijo el príncipe don Cárlos le
hacia traicion conspirando contra su persona.
«Y tenga en cuenta vuestra magestad, concluia la carta, que el hombre de
quien se trata, es poderoso, rico, mas rico que vuestra magestad, y que
si vuestra magestad tiene en su córte un ejército, en la córte, tiene
tambien ese hombre un ejército de monfíes disfrazados.»
Solo por el cuidado con que don Felipe leyó aquel proceso, que tal lo
parecia el contenido del pliego, pudo traslucir Espinosa que se trataba
de un asunto de gran importancia: el rostro del rey habia permanecido
impasible. Despues que los hubo leido y releido, dobló de nuevo aquellos
papeles, los puso bajo su libro de devociones, y dijo al cardenal:
--Que me llamen con urgencia al marqués de los Velez.
Despues se puso á hojear algunos memoriales, y cuando volvió el cardenal
le dijo:
--Sigamos en el despacho de Indias.
Rey y secretario siguieron en el despacho.
Como á las once del dia un gentil hombre anunció á don Luis Fajardo,
marqués de los Velez, que fue introducido.
El rey despidió al cardenal y se quedó solo con el marqués, á quien ni
miró ni dijo una sola palabra.
El rey escribia.
--Tomad y cumplid inmediatamente esta órden, adelantado, dijo el rey
entregando al marqués de los Velez el papel en que habia escrito.
Don Luis hincó una rodilla para tomar el papel, alzóse despues, saludó
profundamente al rey y salió.
Al llegar á la antecámara, el marqués de los Velez se detuvo, y
ocultando la órden en el hueco de su gorra, la leyó; decia asi:
«El rey.--A nuestro muy leal vasallo don Luis Fajardo, marqués de los
Velez, adelantado en el reino de Murcia.--Haceos acompañar de nuestra
órden de un alcalde de casa y córte y de un secretario. Tomad, asimismo
de nuestra órden, treinta alabarderos y un alférez de nuestra guardia
suiza; id con esta gente á la casa de don Juan de Andrade, duque viudo
de la Jarilla, grande de España, y prendedle muerto ó vivo. Mandad al
alcalde en nuestro real nombre, que haga inventario de los papeles del
duque, y de cuanto hubiere en su casa, que la desocupe, que selle los
armarios, cajones y puertas, y que ponga un cartel en la puerta en que
se conmine con pena de la vida al que pretendiere penetrar en dicha
casa. Preso que sea el duque, le conducireis á la cárcel del Santo
Oficio, que tiene en nuestra córte la Inquisicion del arzobispado de
Toledo, y mandareis, so pena de la vida, que nadie hasta nuestra órden
comunique con el preso. Del cumplimiento de esta me respondeis como
vasallo.--De nuestro alcázar de Madrid á los cinco dias del mes de julio
de 1567.--Yo el rey.
El marqués de los Velez palideció primero, arqueó las cejas, y despues
se encogió de hombros, y sobre la marcha empezó á cumplimentar la órden
del rey.
A las doce en punto, llegaba acompañado de un alcalde de casa y córte,
de un secretario, de algunos alguaciles y de un alférez y cincuenta
alabarderos suizos á la casa de Yaye. Cercóla á la redonda, tomó las
salidas y se hizo anunciar á Yaye de órden del rey.
Pero encontró la casa en la mayor consternacion: los criados iban de acá
para allá, y no sabian que hacerse; al fin vino á sacarse en claro, que
aquella mañana habia entrado á visitar al duque un caballero que decia
llamarse el príncipe Lorenzini Maffei, que despues de largo tiempo que
el duque y el príncipe estaban encerrados, se habia oido un tiro en la
cámara del duque; que el príncipe habia desaparecido en el primer
momento de sorpresa, y que acababan de encontrar al duque en su cámara,
sin conocimiento y con la cabeza atravesada de un tiro.
El marqués se hizo conducir hasta Yaye de órden del rey; en vista del
deplorable estado del emir, se llamaron doctores, y estos declararon que
tal como se encontraba el herido era expuestísimo para su vida, el que
se le trasladase á ninguna parte. El marqués de los Velez fue con estas
noticias al rey, pero el rey mandó que se curase en su casa al duque, y
que despues, fuese cual fuese su estado, se le condujese de la mejor
manera posible á la cárcel del Santo Oficio. Asimismo mandó que se
prendiese al príncipe Lorenzini Maffei.
Hízose á Yaye la primera cura, sin que volviese en sí, despues de lo
cual fue puesto en una silla de manos y llevado á la prision.
En seguida el marqués de los Velez, se presentó en la casa del príncipe
Lorenzini; salióle al encuentro Angiolina que se mostró profundamente
admirada de que un caballero tan galante como don Luis Fajardo fuese á
visitarla al frente de la justicia, y acompañado de un tan respetable
resguardo de alabarderos reales.
--El rey lo manda, hermosa señora, dijo con galantería el marqués, y me
veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender á vuestro
esposo.
--Pues os desafío á que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque
trajerais con vos, señor don Luis, todos los ejércitos de su magestad,
seria imposible prenderle.
--¡Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el
marqués.
--Yo soy muy débil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la
imposibilidad de que prendais á mi esposo consiste..... en que no está
en España.
--¡Oh! ¿no está en España el señor príncipe?
--No, no por cierto; está en Venecia, donde procura porque la república
me devuelva los bienes que en otro tiempo confiscó á mi padre.
--¡Ah! ¿con que el señor príncipe está en Venecia?
--Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de
recibir de él.
--¡Ah! basta vuestro dicho, señora, dijo el marqués rechazando
noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa.
Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo.
[imagen: Bempo.]
--Se le conoce muy poco ó nada, señor marqués; mi esposo es un hombre
extraordinario. Yo apenas le conozco; hace seis años que nos casamos y
despues de la ceremonia solo permaneció un dia á mi lado; despues me
envió á España; sucesivamente ha venido á visitarme dos veces al año, y
eso por un solo dia; emplea el tiempo en viajar y en escribirme con suma
frecuencia cartas amorosas; eso lo sabe todo el mundo en Madrid; se sabe
tanto, que me llaman de pública voz la casada doncella..... y ¿qué ha
hecho, ó qué dicen ha hecho el príncipe para que el rey quiera
prenderle?
--Se le acusa de haber dado muerte al duque viudo de la Jarilla.
--¡De haber dado muerte al duque de la Jarilla! exclamó palideciendo
profundamente Angiolina, y dejando su acento y su aspecto ligero y
galante; pero eso es imposible, don Luis; imposible de todo punto; puedo
probar que mi esposo está ahora mismo en Venecia, á no ser que haya
venido corriendo postas como esta carta. Deben haberse equivocado;
alguien debe haber tomado el nombre de mi esposo para cometer ese
asesinato.
--¿Es el príncipe un caballero como de cincuenta años?
--Sí.
--¿Un tanto encorbado?
--Sí.
--¿Con los cabellos entrecanos, largos y rizados?
--Exactamente, exclamó con asombro Angiolina.
--¿Usa anteojos verdes?
--Sí, si señor, porque tiene débil la vista.
--¿Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada?
--No hay duda, esas son las señales de mi esposo.
--Señales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y
córte que me acompañaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa,
mirad.
El marqués sacó de su limosnera un papel doblado que desplegó y entregó
á Angiolina.
--Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus señas; pero os juro,
don Luis, por mi honor, que no he visto al príncipe, que no le esperaba,
y por lo tanto que no está en mi casa.
--Os creo señora, os creo, dijo el marqués guardando de nuevo el papel
que le devolvió Angiolina: vuestras palabras rebosan ingenuidad, pero me
veo en el doloroso compromiso...
[imagen: Felipe II.]
--¡De prenderme...! exclamó trémula y conmovida la princesa.
--¡Oh! ¿quien piensa en eso? dijo el marqués: ¿quien podrá haceros cargo
de un delito que no habeis cometido? solo he querido decir al hablar de
compromiso, que no puedo escusarme de registrar vuestra casa, para
asegurarme y asegurar al rey con testimonio de escribano que no se
encuentra en ella el príncipe.
--¡Ah! eso es distinto: podeis registrar cuanto gusteis, don Luis, pero
antes de que registreis tengo que haceros una advertencia.
--Advertidme cuanto gusteis.
--En estos momentos hay en mi casa un hombre herido.
--¡Un hombre herido...!
--Si por cierto: el comediante Andrés Cisneros, á quien encontré muy
tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya
he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y
sino ha sido trasladado ya á su casa, es porque el estado de su herida
no lo permite.
--¡Ah! en ese caso nada temais, señora; por el contrario, esta bella
accion añadirá nuevo brillo á vuestra ardiente caridad, que tanto
conoce la córte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos
solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar
enterpretaciones...
--Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy á mandar que os abran
mis criados todas las puertas.
Procedióse al registro, revolvióse la casa de alto á abajo desde los
desvanes hasta los sótanos; abriéronse los muebles huecos, se tentaron
las paredes y el príncipe no pareció: no podia haberse escapado porque
el marqués de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en
ella. Solo se encontró á Cisneros herido; pero Angiolina lo habia
previsto todo, habia dado parte á la justicia, Cisneros, que habia
declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jóven,
prestó nueva declaracion ante el alcalde de casa y córte que acompañaba
al marqués de los Velez, y cuando se le pidió el nombre de quien le
habia herido, respondió que no le conocia, lo que era verdad, porque no
habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqués
de la Guardia en su adversario.
Don Luis Fajardo salió con la justicia: apenas se vió sola Angiolina,
tocó un silvato; entonces, como una aparicion, se la presentó el bandido
Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la
noche anterior.
--Has puesto la carta de la duquesita en la antecámara de la audiencia,
le preguntó.
--Si, contestó Laurenti; en la misma mampara.
--¿Has puesto el pliego que te dí en lugar á propósito para que pueda
llegar á las manos del rey?
--Si.
--Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas
manos una membruda mano de Laurenti.
El bandido se extremeció como si hubiese recibido un choque galvánico y
retiró su mano de las de Angiolina.
--Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo
que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa.
--Lo sé.
--¿Y sabes por qué ha venido á casa la justicia?
--Buscando á tu esposo.
--¿Sabes de qué le acusan?
--Si: de haber herido ó matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de
los monfíes.
--¿Pero es eso cierto?
--¿Quién sabe? El príncipe Lorenzini es un hombre extraño. Siempre he
desconfiado en él. ¿Y luego quién es ese hombre?
--Lleva un ilustre nombre italiano.
--¿Pero sabeis quién es ese hombre?
--Acuérdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste...
--Si te aconsejé que te casarás con el príncipe, te lo aconsejé porque
debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti,
el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia
sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo
con el dinero que logré sacar de las canteras que nos servian de asilo.
Despues la caberna fue descubierta: me ví privado de los recursos que me
proporcionaban algunos compañeros que conspiraban conmigo contra el
capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia
ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrándome solo era
dificil: nos vimos obligados á buscar un medio de vivir; entonces tú,
con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa,
se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros
tiempos: yo ganaré nuestro pan, tú me acompañaras y me defenderas. Asi
recorrimos la Italia. Un dia en Nápoles, un autor de cómicos españoles
te vió, y te dijo si querias formar parte de su compañía; aquello era
mas cómodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendígos
sufriendo soeces injurias. Fuiste cómica, yo fuí cómico: antes de mucho
teniamos fama, nos aplaudian, ganábamos dinero abundante. Otro dia en
Pésaro, te vió el príncipe representar en una farsa y se enamoró de tí.
Aquel hombre no te buscó como se busca á una mujer perdida: aquel hombre
te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo
bastante para anteponer tu felicidad á la mia, te amaba, aunque no tenia
esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo,
porque conocias mi amor y abusabas de él.
--¡Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame,
que he abusado acaso de tí... pero...
--Dejemos eso, la interrumpió Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica
y no quiero pensar en ello. El príncipe, antes de casarse contigo, quiso
que estuvieses algun tiempo en un convento de Nápoles, para cubrir las
apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba á España, para
evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado
vagando como cantora y como cómica. Yo te seguí como sigue la sombra al
cuerpo, y en seis años que llevas de casada, he visto muy pocas veces al
príncipe.
--¡Oh! ¡nunca he podido comprender á ese hombre! exclamó Angiolina.
--¿Y estás segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido
Laurenti?
--¡El bandido Laurenti! exclamó estremeciéndose Angiolina; yo no le
conozco, nunca le he visto: si sé que fue él el bandido que me robó, que
me deshonró, que me obligaba á satisfacer sus deseos en medio de una
eterna oscuridad, es porque tú me lo has dicho: en el aposento
subterráneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan
Laurenti. A mí, á pesar de la oscuridad, me parecia jóven y hermoso...
muy diferente del príncipe...
--¿Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo él
mismo con voz insegura, que Angiolina atribuyó á zelos.
--¡Yo! ¡amar yo al miserable que me robó, que me deshonró, que mató mi
porvenir, que asesinó á mi padre! ¡Amarle yo! si le conociese... si le
conociese, le sonreiria, sí, le colmaria de caricias, seria una vez mas
suya, y... le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos.
--¡Ah! exclamó Laurenti...
--Y si supiera que el príncipe era él... si lo supiera, si el príncipe
volviera á verme... ¡Oh! le daría ese amor que tanto desea... para
matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar á mi
padre.
--¡Ah! exclamó de nuevo y mas profundamente Laurenti.
--Pero tú, que conoces al príncipe, tú que has sido bandido de Laurenti,
descubre si el príncipe es Laurenti.
--Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha
visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una
máscara de hierro.
--¿De modo que nada sabemos?
--Nada.
En aquel momento un criado entró con una carta para la princesa.
Esta notó que la letra del sobre era del príncipe.
--¿Quién ha traido esta carta? dijo preocupada por aquel inesperado
accidente.
--Un hombre encubierto, que no se ha detenido, señora; contestó el
criado.
--Vete.
El criado salió.
Angiolina rompió la nema de la carta, y la leyó rápidamente.
--¡Ah! exclamó con un acento emanado del fondo de su alma; ¡abandonada!
¡abandonada otra vez á mí misma!
--¡Abandonada! ¿y de quién? exclamó Laurenti.
--¡De quién! ¡del príncipe! toma y lee.
Laurenti tomó la carta que conocia demasiado, y la leyó en voz alta.
Aquella carta decia:
«Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que á
contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado.
He muerto ademas á un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo
obligado á huir, á ocultarme, porque ese hombre tiene parientes
poderosos. Volved, pues, reina mia, á vuestro oficio de cómica, y buscad
otro príncipe que se case con vos...
--¡Ah! ¡yo no he leido eso! exclamó Angiolina.
--Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido.
--¡Ah! sigue Bempo, sigue.
Laurenti siguió.
»Buscad otro príncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin
escrúpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy príncipe.
Por lo demás, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido
la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como
que me llamo Laurenti...
--¡Ah! exclamó Angiolina.
--¡Ya lo sospechaba yo! exclamó con la mayor formalidad Laurenti.
--¡Oh! ¡sigue Bempo, sigue! exclamó irritada Angiolina.
»Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las
riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros,
sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he
tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valiéndome para
ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaña. Sin
embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo
hacia mi último robo, con las cuales podeis vivir algunos
meses.--Vuestro enamorado.--Giussepo Laurenti.»
Angiolina miró pálida y convulsa á Laurenti.
--¡Y qué hacer! ¡qué hacer Dios mio! exclamó llorando.
--Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos.
--Por ellos me casé con ese infame.
--Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engañado como á tí.
Los consejos que te daré ahora son mas juiciosos.
--Te escucho.
--Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En España no me conoce
nadie, y seré capaz por tí de ser un hombre honrado.
--Y bien, dijo con impaciencia Angiolina.
--Sé mi esposa.
--¡Tu esposa!.... ¿y qué hemos de hacer pobres, sin apoyo..? tú no
sirves para nada mas que para bandido... esto sería expuesto... yo no sé
mas que representar y cantar... tú tenias zelos cuando era cómica. ¿Si
no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cómo podremos vivir?
--Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de
tu casa ascienden á una buena suma...
--Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba.
--Sí... cuando el dinero no se emplea... pero podriamos vender esas
alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de
Asturias ó de Galicia, y vivir felices.
--¡Déjame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hácia
Laurenti sus ojos cubiertos de lágrimas.
--¡Qué te vengues! ¿y de quién?
--De la duquesita de la Jarilla.
--¡Ah! ¡tú amas al marqués de la Guardia!
--Pues bien, sí, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor:
no quiero engañarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he
entregado mi corazon vírgen, y mi cuerpo... ¡vírgen! ¡vírgen tambien!
¿Qué importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido
pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado á
don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad... y don Juan no
me ama, don Juan ama á esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa,
mas rica, mas jóven, mas feliz que yo, ¡necesito completar mi venganza
contra esa mujer, y despues morir! No quiero engañarte Bempo, te debo
mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo
está el corazon; yo no puedo ser tu amante, seré tu hermana: si esto no
te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, déjame que me
vengue, y mátame despues.
Laurenti miró de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, á
Angiolina: sus ojos se tiñeron de sangre, y puso mano á su puñal:
Angiolina se creyó sentenciada, dió un grito y cayó de rodillas:
Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pintó
una lucha horrible, y luego la volvió la espalda y salió de la estancia.
Angiolina se dobló sobre sus rodillas, se cubrió el rostro con las
manos, y rompió á llorar de una manera desolada.