CAPITULO XV.

De cómo se conjuraba todo contra el emir de los monfíes.

Al dia siguiente, muy temprano, ó por mejor decir, al salir el sol de

aquel mismo dia, se notaba un gran tráfago en la casa del duque viudo de

la Jarilla.

Algunos criados se ocupaban en cargar cofres á la zaga de un enorme

coche de camino, y algunos lacayos armados á la gineta sacaban de las

caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en

un ángulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un

largo arcabuz.

Todo parecia indicar que se preparaba un viaje.

La casa estaba en movimiento de arriba á abajo, á pesar de que aun no

eran las cinco de la mañana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en

la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse

muy temprano.

Pero ninguna mañana como aquella, habia llamado la jóven á sus doncellas

para que la peinasen y ataviasen á tales horas. Amina estaba sentada

delante de un magnífico tocador, pálida y profundamente pensativa, y dos

doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras

preparaban un hermoso traje de camino.

Ni una palabra se habló durante el atavio de Amina entre esta y sus

doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jóven dijo á una

de sus sirvientas:

--Doña María; traed todos mis vestidos de córte y de casa.

La doncella á quien Amina se habia dirigido, salió.

--Doña Ana, añadió Amina, dirigiéndose á otra doncella; traed un

cofrecito que encontrareis en mi retrete.

Salió la otra doncella.

Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos

por magníficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un

cofrecillo lleno de joyas.

Amina se volvió á sus doncellas, y las dijo:

--Amigas mias, vamos á separarnos, sabe Dios por cuánto tiempo.

--Pero, señora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya,

necesitará de nuestros servicios.

--Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jóven: en

los lugares á donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.

Guardó un momento silencio Amina, y luego continuó:

--Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros

un recuerdo mio.

--¡Ah, señora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus

bondades, dijo conmovida doña María.

--Ahorremos las lágrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una

sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois

pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy á separarme de vosotras,

acaso para siempre, que quedeis sujetas á otra servidumbre, no tan

blanda quizá, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que

uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de

una amiga, que como el don de una señora.

Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, repartió entre ellas sus

trages y las joyas que contenia el cofrecillo.

Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abrió el cajon de su tocador,

y sacó de él cuatro pesadas bolsas de oro.

--Tomad, las dijo, dando á cada una una bolsa: este es vuestro dote.

--¡Ah, señora! ¡cuánta bondad!--

--¡Cómo podremos olvidaros!--

--¡Qué noble y qué grande sois! exclamaron las doncellas.

--Basta ya: tomad doña María: bajo esta llave, en un cofre que ha

quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis

á las criadas, y adios: mi confesor, á quien he mandado llamar, me

espera.

--¿Y no volveremos á ver á vuecelencia?

--Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo.

Y Amina abrazó y besó en la boca á cada una de aquellas hermosas

jóvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compañeras, y se

separó de ellas. Quedáronse las cuatro llorando, y Amina salió,

conteniendo sus lágrimas; atravesó algunas habitaciones, y entró en una

cámara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha.

--Frai Miguel, dijo la jóven adelantando hácia el sillon donde el

anciano estaba sentado, y arrodillándose á sus piés: adsolvedme de un

pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la

última vez.

--¡Bendecirte por la última vez hija mia! exclamó el anciano, pálido y

turbado: ¡absolverte de una falta que no me has confesado por pudor!

¿qué falta es esa, Esperanza?

Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas interés, que el

anciano religioso en aquella pregunta.

--¡Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos

Amina.

El buen sacerdote alzó los ojos y las manos al cielo, y sus labios

trémulos murmuraron una oracion, brotaron lágrimas á sus ojos, y luego

poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con

voz cobarde, por decirlo asi:

--¿Sabe tu padre esa falta, hija mia?

--La sabe y me envia lejos; muy lejos de la córte para ocultar mi

deshonra.

--¿Y tu padre te ha perdonado?

--Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.

--Y... ¿no tiene reparacion esa falta?

--Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio.

--Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te

perdonamos, exclamó el religioso profundamente: yo, ministro del

Altísimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu

Santo, y os bendigo á tí y á tu hijo.

Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre

la cabeza de la jóven, el anciano religioso se cubrió el rostro con las

manos.

--¡Oh, que desgracia! exclamó: ¡que desgracia, Dios mio! ¡una casa tan

ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa

mancillada, por el mundo! ¡Oh! ¡que Dios tenga misericordia para el

causador de tantos males! ¡Que Dios le perdone, porque bien ha menester

de su perdon!

--¿Oh! ¡sí, padre! ¡rogad, rogad á Dios por él! ¡pedid á Dios que no

olvide jamás á la pobre mujer que tanto le ama!

--Pero ese hombre... ¿por qué no es ese hombre tu esposo?

--Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy á marchar y tengo

que haceros antes un sagrado encargo.

[imagen: D. Carlos de Austria.]

--¡Un sagrado encargo!

--Sí; pienso hacer una donacion á la santa casa de religiosos de Nuestra

Señora de Atocha.

--La casa de Atocha es rica, á Dios gracias, hija mia; destina mas bien

esa donacion á los pobres.

--Es que no he olvidado á los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad

esta carta; por ella mi padre os entregará tres mil doblones: los mil

son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los

distribuyais entre necesitados.

El anciano tomó aquella carta conmovido, y exclamó:

--¡Ah! ¡eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejerá!

--¡Ay padre! ¡harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo

de la proteccion de Dios!

* * * * *

Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena

enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar.

Aquel aposento era la misma cámara donde la noche antes habia recibido

el emir de los monfíes al príncipe don Carlos.

Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante,

una terrible irritacion interna.

Con él, sentado en un sillon, habia otro personaje á quien hemos perdido

de vista desde la primera parte de nuestro libro.

Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc.

La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante,

pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto.

Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y

en el momento en que le presentamos á nuestros lectores, estaba

silencioso y pensativo.

--Todo me sale mal, dijo Yaye, parándose de repente: parece que Satanás

anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contraría, y sin

embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldrá á la cara.

--Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas,

dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los

inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye.

--Mi hija tiene un corazon de mujer.

[imagen: Repartió entre ellas sus joyas.]

--Tuya es la culpa: ¿por qué la has puesto al paso del mundo tan hermosa

y tan incitante? Todo lo has sacrificado á tu ambicion, Yaye:

sacrificaste primero á la pobre doña Isabel de Válor; luego á mi hija, á

mi pobre Estrella; despues á la hija de mi hija, á mi pobre Esperanza.

--Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado á mi patria.

--Tienes el grave defecto de dar á tus pasiones el pretesto de grandes

pensamientos. ¿Qué has conseguido con presentarte en la córte de

Castilla encubierto con el título que debiste á tu casamiento con mi

hija?

--He conocido que España es un gigante enfermo, un gigante que se hará

pedazos, que no tiene fuerzas para resistir á todos los enemigos que le

acometen á un tiempo. He logrado rebelar al príncipe contra el rey.

--Lo que no pasa de ser un horrible crímen.

--Tratándose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de

destruirlos son buenos para mí: además, encubierto entre los cristianos,

he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfíes están

en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del

rey, en España, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en

América; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester;

los flamencos empiezan á corresponder á mis esperanzas, excitados por

mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo

poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doña Margarita de

Parma, envie á los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este

capitan brutal, acabará la obra que yo he empezado; la guerra crece en

Méjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo á

un envite: la insurreccion general contra España amenaza, y los enemigos

del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del

corazon; que he enlodado á mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza

se acerca: Felipe II está herido de muerte.

--Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos,

no hubiéramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano

que nos oprime; pero al menos tendríamos la conciencia tranquila: no

hubiéramos cometido crímenes, Yaye; no hubiéramos sacrificado á las dos

prendas de nuestra alma.

--Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es

que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder será. Vamos

á lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de

nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va á partir con

Amina. Para defenderla á ella y á esas riquezas, te acompañarán treinta

de mis mas bravos monfíes con nombre y traje castellanos; el wali que

mande á esa gente y que te acompañará bajo el aspecto de mayordomo, es

el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas

muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y tú. Cuando

llegues á Granada, aunque allí no tenemos palacio, tengo ya preparada

una hermosa casa que pertenece á Aben-Aboo...

--¡Aben-Aboo... ¡pobre jóven! exclamó Calpuc.

--No hablemos ni una palabra de eso, exclamó con irritacion Yaye; Dios

lo quiso... ó Satanás. La pobre Isabel ha quedado reducida á muy poco;

jamás he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la

mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy

obligado á alquilar á los nobles que van á Granada su casa junto á San

Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el

tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la

llevarás á mi alcázar de las Alpujarras, del que no saldrá hasta que

pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo

permaneceré en la córte todo el tiempo que sea posible, y no iré allá

sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el

cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios hará lo demás. Ahora

silencio, siento que Amina se acerca.

En efecto, poco despues se abrió una puerta, y Amina entró en la cámara

de su padre.

Venia profundamente tranquila.

--Estoy dispuesta, padre mio, dijo.

--Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo

Yaye besándola en la frente: tu abuelo está dispuesto á acompañarte y

todo está preparado.

--¡Ah, padre mio! exclamó Amina cayendo de rodillas; ¡perdonadme y

bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos á ver!

--¿Quién piensa en no volvernos á ver? exclamó Yaye levantando á su

hija: ¿ni por qué he de negarte yo mi perdón ni mi amor, cuando lo que

es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procuraré

hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que

nos separemos.

Amina se arrojó sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con

un dolor profundo aquella escena.

--Vamos, tranquilízate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves á

decirme. Yo velaré por don Juan, yo le amaré como á un hijo, á pesar de

que me ha hecho mucho daño. Ahora enjuga tus lágrimas, tranquilízate y

vamos.

Amina hizo un violento esfuerzo sobre sí misma, y logró aparecer mas

tranquila: entonces Yaye fué á una de las puertas de la cámara.

--¡Ola, Partal! dijo:

Presentóse un hombre como de treinta años, vestido de camino á la usanza

de los hidalgos castellanos.

--Baja y haz montar á la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he

encargado.

--No lo olvidaré, magnifico señor.

--Vé, nosotros te seguimos.

Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados á

los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada á la puerta:

se habia hecho amar la jóven de tal modo por todos, que su partida

causaba un sentimiento general.

Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron

hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperándola

humildemente á la puerta. Un círculo de curiosos, aunque era muy

temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa

marcha.

Repitiéronse los abrazos, las lágrimas de las doncellas y las

demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entró en la carroza

con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado

por los lacayos.

El duque se apartó con un movimiento brusco de la puerta, y se perdió en

el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pañuelos á

Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella

cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envió su última bendicion,

y se alejó todo lloroso y en paso tardo hácia su convento de Atocha.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 58 / 168 题