De cómo se conjuraba todo contra el emir de los monfíes.
Al dia siguiente, muy temprano, ó por mejor decir, al salir el sol de
aquel mismo dia, se notaba un gran tráfago en la casa del duque viudo de
la Jarilla.
Algunos criados se ocupaban en cargar cofres á la zaga de un enorme
coche de camino, y algunos lacayos armados á la gineta sacaban de las
caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en
un ángulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un
largo arcabuz.
Todo parecia indicar que se preparaba un viaje.
La casa estaba en movimiento de arriba á abajo, á pesar de que aun no
eran las cinco de la mañana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en
la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse
muy temprano.
Pero ninguna mañana como aquella, habia llamado la jóven á sus doncellas
para que la peinasen y ataviasen á tales horas. Amina estaba sentada
delante de un magnífico tocador, pálida y profundamente pensativa, y dos
doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras
preparaban un hermoso traje de camino.
Ni una palabra se habló durante el atavio de Amina entre esta y sus
doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jóven dijo á una
de sus sirvientas:
--Doña María; traed todos mis vestidos de córte y de casa.
La doncella á quien Amina se habia dirigido, salió.
--Doña Ana, añadió Amina, dirigiéndose á otra doncella; traed un
cofrecito que encontrareis en mi retrete.
Salió la otra doncella.
Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos
por magníficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un
cofrecillo lleno de joyas.
Amina se volvió á sus doncellas, y las dijo:
--Amigas mias, vamos á separarnos, sabe Dios por cuánto tiempo.
--Pero, señora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya,
necesitará de nuestros servicios.
--Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jóven: en
los lugares á donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.
Guardó un momento silencio Amina, y luego continuó:
--Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros
un recuerdo mio.
--¡Ah, señora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus
bondades, dijo conmovida doña María.
--Ahorremos las lágrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una
sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois
pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy á separarme de vosotras,
acaso para siempre, que quedeis sujetas á otra servidumbre, no tan
blanda quizá, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que
uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de
una amiga, que como el don de una señora.
Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, repartió entre ellas sus
trages y las joyas que contenia el cofrecillo.
Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abrió el cajon de su tocador,
y sacó de él cuatro pesadas bolsas de oro.
--Tomad, las dijo, dando á cada una una bolsa: este es vuestro dote.
--¡Ah, señora! ¡cuánta bondad!--
--¡Cómo podremos olvidaros!--
--¡Qué noble y qué grande sois! exclamaron las doncellas.
--Basta ya: tomad doña María: bajo esta llave, en un cofre que ha
quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis
á las criadas, y adios: mi confesor, á quien he mandado llamar, me
espera.
--¿Y no volveremos á ver á vuecelencia?
--Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo.
Y Amina abrazó y besó en la boca á cada una de aquellas hermosas
jóvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compañeras, y se
separó de ellas. Quedáronse las cuatro llorando, y Amina salió,
conteniendo sus lágrimas; atravesó algunas habitaciones, y entró en una
cámara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha.
--Frai Miguel, dijo la jóven adelantando hácia el sillon donde el
anciano estaba sentado, y arrodillándose á sus piés: adsolvedme de un
pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la
última vez.
--¡Bendecirte por la última vez hija mia! exclamó el anciano, pálido y
turbado: ¡absolverte de una falta que no me has confesado por pudor!
¿qué falta es esa, Esperanza?
Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas interés, que el
anciano religioso en aquella pregunta.
--¡Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos
Amina.
El buen sacerdote alzó los ojos y las manos al cielo, y sus labios
trémulos murmuraron una oracion, brotaron lágrimas á sus ojos, y luego
poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con
voz cobarde, por decirlo asi:
--¿Sabe tu padre esa falta, hija mia?
--La sabe y me envia lejos; muy lejos de la córte para ocultar mi
deshonra.
--¿Y tu padre te ha perdonado?
--Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.
--Y... ¿no tiene reparacion esa falta?
--Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio.
--Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te
perdonamos, exclamó el religioso profundamente: yo, ministro del
Altísimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, y os bendigo á tí y á tu hijo.
Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre
la cabeza de la jóven, el anciano religioso se cubrió el rostro con las
manos.
--¡Oh, que desgracia! exclamó: ¡que desgracia, Dios mio! ¡una casa tan
ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa
mancillada, por el mundo! ¡Oh! ¡que Dios tenga misericordia para el
causador de tantos males! ¡Que Dios le perdone, porque bien ha menester
de su perdon!
--¿Oh! ¡sí, padre! ¡rogad, rogad á Dios por él! ¡pedid á Dios que no
olvide jamás á la pobre mujer que tanto le ama!
--Pero ese hombre... ¿por qué no es ese hombre tu esposo?
--Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy á marchar y tengo
que haceros antes un sagrado encargo.
[imagen: D. Carlos de Austria.]
--¡Un sagrado encargo!
--Sí; pienso hacer una donacion á la santa casa de religiosos de Nuestra
Señora de Atocha.
--La casa de Atocha es rica, á Dios gracias, hija mia; destina mas bien
esa donacion á los pobres.
--Es que no he olvidado á los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad
esta carta; por ella mi padre os entregará tres mil doblones: los mil
son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los
distribuyais entre necesitados.
El anciano tomó aquella carta conmovido, y exclamó:
--¡Ah! ¡eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejerá!
--¡Ay padre! ¡harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo
de la proteccion de Dios!
* * * * *
Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena
enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar.
Aquel aposento era la misma cámara donde la noche antes habia recibido
el emir de los monfíes al príncipe don Carlos.
Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante,
una terrible irritacion interna.
Con él, sentado en un sillon, habia otro personaje á quien hemos perdido
de vista desde la primera parte de nuestro libro.
Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc.
La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante,
pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto.
Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y
en el momento en que le presentamos á nuestros lectores, estaba
silencioso y pensativo.
--Todo me sale mal, dijo Yaye, parándose de repente: parece que Satanás
anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contraría, y sin
embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldrá á la cara.
--Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas,
dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los
inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye.
--Mi hija tiene un corazon de mujer.
[imagen: Repartió entre ellas sus joyas.]
--Tuya es la culpa: ¿por qué la has puesto al paso del mundo tan hermosa
y tan incitante? Todo lo has sacrificado á tu ambicion, Yaye:
sacrificaste primero á la pobre doña Isabel de Válor; luego á mi hija, á
mi pobre Estrella; despues á la hija de mi hija, á mi pobre Esperanza.
--Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado á mi patria.
--Tienes el grave defecto de dar á tus pasiones el pretesto de grandes
pensamientos. ¿Qué has conseguido con presentarte en la córte de
Castilla encubierto con el título que debiste á tu casamiento con mi
hija?
--He conocido que España es un gigante enfermo, un gigante que se hará
pedazos, que no tiene fuerzas para resistir á todos los enemigos que le
acometen á un tiempo. He logrado rebelar al príncipe contra el rey.
--Lo que no pasa de ser un horrible crímen.
--Tratándose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de
destruirlos son buenos para mí: además, encubierto entre los cristianos,
he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfíes están
en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del
rey, en España, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en
América; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester;
los flamencos empiezan á corresponder á mis esperanzas, excitados por
mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo
poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doña Margarita de
Parma, envie á los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este
capitan brutal, acabará la obra que yo he empezado; la guerra crece en
Méjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo á
un envite: la insurreccion general contra España amenaza, y los enemigos
del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del
corazon; que he enlodado á mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza
se acerca: Felipe II está herido de muerte.
--Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos,
no hubiéramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano
que nos oprime; pero al menos tendríamos la conciencia tranquila: no
hubiéramos cometido crímenes, Yaye; no hubiéramos sacrificado á las dos
prendas de nuestra alma.
--Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es
que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder será. Vamos
á lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de
nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va á partir con
Amina. Para defenderla á ella y á esas riquezas, te acompañarán treinta
de mis mas bravos monfíes con nombre y traje castellanos; el wali que
mande á esa gente y que te acompañará bajo el aspecto de mayordomo, es
el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas
muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y tú. Cuando
llegues á Granada, aunque allí no tenemos palacio, tengo ya preparada
una hermosa casa que pertenece á Aben-Aboo...
--¡Aben-Aboo... ¡pobre jóven! exclamó Calpuc.
--No hablemos ni una palabra de eso, exclamó con irritacion Yaye; Dios
lo quiso... ó Satanás. La pobre Isabel ha quedado reducida á muy poco;
jamás he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la
mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy
obligado á alquilar á los nobles que van á Granada su casa junto á San
Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el
tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la
llevarás á mi alcázar de las Alpujarras, del que no saldrá hasta que
pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo
permaneceré en la córte todo el tiempo que sea posible, y no iré allá
sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el
cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios hará lo demás. Ahora
silencio, siento que Amina se acerca.
En efecto, poco despues se abrió una puerta, y Amina entró en la cámara
de su padre.
Venia profundamente tranquila.
--Estoy dispuesta, padre mio, dijo.
--Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo
Yaye besándola en la frente: tu abuelo está dispuesto á acompañarte y
todo está preparado.
--¡Ah, padre mio! exclamó Amina cayendo de rodillas; ¡perdonadme y
bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos á ver!
--¿Quién piensa en no volvernos á ver? exclamó Yaye levantando á su
hija: ¿ni por qué he de negarte yo mi perdón ni mi amor, cuando lo que
es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procuraré
hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que
nos separemos.
Amina se arrojó sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con
un dolor profundo aquella escena.
--Vamos, tranquilízate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves á
decirme. Yo velaré por don Juan, yo le amaré como á un hijo, á pesar de
que me ha hecho mucho daño. Ahora enjuga tus lágrimas, tranquilízate y
vamos.
Amina hizo un violento esfuerzo sobre sí misma, y logró aparecer mas
tranquila: entonces Yaye fué á una de las puertas de la cámara.
--¡Ola, Partal! dijo:
Presentóse un hombre como de treinta años, vestido de camino á la usanza
de los hidalgos castellanos.
--Baja y haz montar á la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he
encargado.
--No lo olvidaré, magnifico señor.
--Vé, nosotros te seguimos.
Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados á
los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada á la puerta:
se habia hecho amar la jóven de tal modo por todos, que su partida
causaba un sentimiento general.
Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron
hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperándola
humildemente á la puerta. Un círculo de curiosos, aunque era muy
temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa
marcha.
Repitiéronse los abrazos, las lágrimas de las doncellas y las
demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entró en la carroza
con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado
por los lacayos.
El duque se apartó con un movimiento brusco de la puerta, y se perdió en
el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pañuelos á
Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella
cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envió su última bendicion,
y se alejó todo lloroso y en paso tardo hácia su convento de Atocha.