De cómo la princesa descubrió que era mas fácil su venganza que lo
que habia creido.
--¿Y bien, qué has hecho? dijo Angiolina á Bempo, al que encontró en el
huerto.
--He hecho cuanto he podido excelencia: el herido está en vuestro poder.
--Pero... ¿y lo demás? lo demás.... nada... ¡te me vienes con las manos
vacias!
--No he podido hacer mas excelencia: el hombre á quien mandé que
siguiera á la persona que saliese por el postigo de la casa del duque de
la Jarilla, la siguió, pero la ha perdido en la oscuridad.
--¿Y el marqués?
--No hemos podido apoderarnos de él.
--¿Qué no habeis podido apoderaros de él cuatro hombres? ¡ah! ¡es
verdad! ¡el marqués es muy valiente!
--Decid mas bien, excelencia, que le han ayudado Dios ó el diablo: ya
sabeis que Bempo es valiente. Lo sabeis demasiado, Angiolina.--Y al
pronunciar estas palabras que establecian cierta familiaridad entre el
criado y la señora, los ojos del romano, desplomaron, por decirlo asi,
una mirada tal sobre los ojos de la princesa, que aquellos ojos
vacilaron por un momento en una mirada vaga, dominada.--Ya sabeis que
Bempo es valiente: pues bien: el marqués, se desasió de nuestros brazos
en el momento en que le creiamos sujeto; tiró de la espada y nos llevó á
estocadas por delante, hasta que ganó un lugar ancho, y escapó.
--¿De modo que será necesario que en adelante desconfíe de tu valor?
--Creo que os he servido demasiado bien, excelencia, para que podais
desconfiar de Bempo. Ademas creo que esta noche os he hecho un servicio,
que no os hubiérais atrevido á esperar.
--Si, no esperaba ciertamente que fueras tan cobarde.
--Os he hablado de un servicio, excelencia.
--¿Te queda algo que decirme?
--Si, por cierto; y algo que daros: algo que os llenará de placer.
--Estás abusando del predominio que crees tener sobre mí, porque posees
un secreto mio, Bempo, y me impacientas, y mas pareces mi señor, que mi
criado.
--Bien sabeis, Angiolina, que ese secreto no ha salido de mi pecho, y en
cuanto á lo de impacientarse, no sé cuál de los dos se impacienta mas.
Pero concluyamos. Cuando acometimos el marqués, en el momento en que
este, con una vigorosa sacudida, se libertó de nuestras manos, dejó caer
al suelo un papel que le habia dado cierta dama: yo tuve tiempo de
recoger el papel, mientras el marqués se defendia, ó, mejor dicho,
obligaba á defenderse á mis tres camaradas: ese papel está aquí.
Y Bempo entregó á Angiolina un papel arrugado.
--¿Y qué esto? dijo la princesa.
--Leedlo, excelencia, leedlo y comprendereis cuanto vale el papel que os
entrego. Vale mas que el marqués para vos: mucho mas, porque ese papel
es vuestra venganza.
--¡Mi venganza!
--Sí, porque ese papel es la deshonra pública de la duquesa de la
Jarilla: deshonra confesada por ella misma: una revelacion terrible
escrita de su mano.
Angiolina abandonó el huerto, palpitante de ansiedad y entró en una
habitacion donde habia luz, se acercó á ella y leyó ávidamente el papel.
Bempo la habia seguido, y al escuchar el grito de suprema alegría de la
princesa exclamó con acento profundo.
--Satanás ha querido, que Bempo te sirva mejor de lo que esperabas.
--¡Ah, Bempo, Bempo! ¡yo te amo! exclamó Angiolina arrojándose en los
brazos del lazzaroni arrastrada por el horrible agradecimiento de su
venganza satisfecha.
Bempo la separó de sí asida por los hombros y la dijo con acento
indefinible, posando en ella una indefinible mirada.
--Os engañais, señora; vos no amais á Bempo: Bempo no se llama marqués
de la Guardia.
Y volviendo la espalda á la princesa salió lentamente de la habitacion.
--¡Ah! dijo Angiolina viéndole alejarse: ¡tienes zelos! ¡zelos como yo!
¡pues bien, sírveme para mi venganza, aunque despues te vengues de mí!
Luego atravesó un corredor, entró en la cámara donde estaba Cisneros,
que parecia aletargado, y se sentó en silencio junto al lecho.