De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una
escena de comedia.
En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de
los cuales se mostraba á trechos la humedad de las paredes, y en un
lecho en un apartado ángulo, habia un hombre con el pecho descubierto y
fuertemente vendado.
Aquel hombre era el comediante Cisneros.
Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho
apoyada en él y mirando con sumo interés al herido, que habia vuelto
enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y
deslumbrantemente vestida.
Aquella mujer era Angiolina Visconti.
Una bujía de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una
mesa de mármol, iluminaba este grupo.
El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un
ángel.
Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegría
que le permitía tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba
un profundo gemido.
--Os sentís muy mal, amigo mio, ¿no es verdad? dijo en una de estas
ocasiones la princesa.
--¡Ah, señora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os
tuviese á mi lado, os veo, y me parece un sueño: ¡vos, vos junto á mi!
¡acaso en vuestra casa! ¡bendita sea la espada que me ha herido!
--No digais eso, señor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente
Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: ¿Cómo os
sentís?
--Mi herida es muy incómoda, señora; pero juraria que no es peligrosa:
no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la
cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, á
lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy débil, pero debo de haber
perdido poca sangre: esto será cosa de quince dias: quince dias en que
vos estareis á mi lado, ¿no es verdad?
--¿Y cómo podeis dudar eso, señor Cisneros? ¿á qué os habia yo de haber
recogido en mi silla de manos y traido á mi casa sino me interesase por
vos, é interesándome por vos, cómo puedo abandonaros ni un momento?
--¡Ah! ¡me habeis encontrado! ¡habeis sido vos!
--Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido
para mí una felicidad el encontraros.
--¡Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. ¿Cómo creer que tan
tarde la princesa Angiolina Visconti?...
--¡Cómo! ¿me conoceis?
--Los comediantes, señora, conocemos desde la escena á todas esas nobles
personas que protejen nuestro bajo oficio dándonos oro á cambio de una
habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la
Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la señora
duquesa de la Jarilla.
Angiolina tenia mucho interés en escuchar á Cisneros, al que pensaba
utilizar, y aquel interés creció en el momento en que Cisneros nombró á
la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran interés
creyó prudente ocultarle é interrumpiendo á Cisneros le dijo con la
mayor naturalidad:
--Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el
estado en que os encontrais, os puede ser dañoso: si mi presencia ha de
haceros hablar será cosa de apartarme de vos para que reposeis.
--¡Ah! ¡no! ¡no os vayais! vuestra presencia, señora, vuestra bondad, la
generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor bálsamo
que se podria aplicar á mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es
mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el
contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he
escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto á mí,
y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante.
--Ya que decís que nada os daña el hablar, de lo que me alegro en el
alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme,
señor Cisneros, que me ria.
--¿Que os ríais? ¿y de qué?
--De vuestro genio peregrino. Estais herido y débil, y sin embargo me
requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando.
--¿Y de eso os reis? ¡Ah! ¡lo comprendo! os causa risa, una risa de
desprecio el que un humilde comediante...
Cubrió una dulce seriedad el semblante de la princesa.
--Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para
despreciados, son para admirados: paréceme, sí, que os creeis en uno de
esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me
hace reir.
--¡Ah, señora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe
interpretarse de ese modo, y... luego... un cómico, por despreciado que
sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese
hombre ha adorado largo tiempo en silencio á una alta persona, y de
repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra
junto á sí á aquella mujer, á quien en otra ocasion no se hubiera
atrevido á mirar frente á frente; cuando la imaginacion está perturbada,
¿qué mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz,
diga al ángel que tiene junto á sí: ¡Ah! ¡bendito sea Dios que ha hecho
que deba la vida á la mujer á quien amo!
Angiolina miró gravemente, pero sin severidad ni desden á Cisneros, y le
inundó con una mirada lucida, intensa, poderosa, que á pesar del estado
en que se encontraba y que, como él mismo habia dicho, era mas doloroso
que grave, hizo estremecer al comediante.
--¿Sabeis, señor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extraño?
dijo despues de un momento de silencio la princesa.
--¡Extraño, señora! ¿y por qué?
--Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos
horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro á pasar algunas
veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran:
pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido.
--Muy trastornado estaba yo, cuando solo ví cuatro embozados que se
acercaron á socorrerme; dijo Cisneros.
--¡Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran á vuestra casa ó
á donde indicárais y habia seguido á pié mi camino, acompañada de uno de
mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os
socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero á
poco de haber yo llegado á mi casa se me presentó uno de ellos y me
dijo:
--El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos á donde
conducirle: en el hospital no nos abrirán á estas horas.
¡Llevaros al hospital! yo no quise enviar á ciegas á tal punto á un
hombre que podia ser muy principal.
--Os engañásteis, pues, señora, dijo Cisneros.
--Y qué ¿no sois vos un hombre principal? ¿Creeis que el noble mas
noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que
arrancais dulces lágrimas ó alegre risa de los ojos ó de los labios de
vuestros espectadores? ¿que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero
y villano, cortés y rústico, jóven y viejo? ¿que tomais todas las
formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais á un público
entero á que arroje laureles á vuestros piés? ¿quereis ser mas
principal? ¿cambiariais vuestro ingenio por un título de nobleza?
--Si, dijo Cisneros: aun á condicion de volverme estúpido.
--No blasfemeis de la providencia de Dios. ¿Por qué deseais ser pequeño,
cuando habeis nacido grande?
--Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por
el rey mas poderoso de la tierra.
--Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos
he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os
encontré herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconocí;
sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse
solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en
silencio... ¡Ah, señor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido
dolorosas para mí.
--¡Dolorosas!
--Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...
--¿Por qué?
--Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.
--¡Ah! ¡no me creeis digno!
--No es eso, señor Cisneros, no es eso: es que soy casada.
--¡Ah! murmuró el comediante.
--Por lo mismo no debeis hablarme de amor.
--Perdonad....
--Si, os perdono: pero á condicion de que no volvais á decirme amores.
A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una
de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.
--Pero no me abandoneis; exclamó con ansiedad.
--Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la
princesa; han llamado á la puerta de la habitacion: oíd, vuelven á
llamar.
--Id, id, pues, señora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la
princesa á sus labios y besándola.
Angiolina solo castigó aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano
de la de Cisneros, y separándose del lecho sin pronunciar una palabra.
Cisneros vió que la princesa atravesó rápidamente la cámara y salió por
una puerta del fondo.
--¡Ah! pensó Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que
habia levantado para seguir con la vista á la princesa; padezco
horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa
mujer me ha obligado á hablar: no, no ha sido ella la que me ha
encontrado en la calle: los hombres que fueron á buscarme, iban sin duda
enviados de intento: ¡yo no pude conocer al hombre que me hirió! los
pasos en que ando con el príncipe don Cárlos son peligrosos: ¿quién sabe
lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser
una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace
mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca
por el marqués de la Guardia.... y hace un momento que, á pesar de sus
palabras decorosas, parecia enamorada de mí... ¡ah! mis pensamientos se
embrollan. Es necesario que me tranquilice.... ¡Ah! ¡ah! no pensemos en
nada.... esperemos.
Cisneros procuró detener su pensamiento, pero esto era imposible. La
fuerza con que su pensamiento se agitaba influyó al fin de una manera
poderosa en su físico y se desvaneció de nuevo.