CAPITULO XIII.

De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una

escena de comedia.

En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de

los cuales se mostraba á trechos la humedad de las paredes, y en un

lecho en un apartado ángulo, habia un hombre con el pecho descubierto y

fuertemente vendado.

Aquel hombre era el comediante Cisneros.

Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho

apoyada en él y mirando con sumo interés al herido, que habia vuelto

enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y

deslumbrantemente vestida.

Aquella mujer era Angiolina Visconti.

Una bujía de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una

mesa de mármol, iluminaba este grupo.

El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un

ángel.

Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegría

que le permitía tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba

un profundo gemido.

--Os sentís muy mal, amigo mio, ¿no es verdad? dijo en una de estas

ocasiones la princesa.

--¡Ah, señora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os

tuviese á mi lado, os veo, y me parece un sueño: ¡vos, vos junto á mi!

¡acaso en vuestra casa! ¡bendita sea la espada que me ha herido!

--No digais eso, señor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente

Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: ¿Cómo os

sentís?

--Mi herida es muy incómoda, señora; pero juraria que no es peligrosa:

no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la

cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, á

lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy débil, pero debo de haber

perdido poca sangre: esto será cosa de quince dias: quince dias en que

vos estareis á mi lado, ¿no es verdad?

--¿Y cómo podeis dudar eso, señor Cisneros? ¿á qué os habia yo de haber

recogido en mi silla de manos y traido á mi casa sino me interesase por

vos, é interesándome por vos, cómo puedo abandonaros ni un momento?

--¡Ah! ¡me habeis encontrado! ¡habeis sido vos!

--Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido

para mí una felicidad el encontraros.

--¡Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. ¿Cómo creer que tan

tarde la princesa Angiolina Visconti?...

--¡Cómo! ¿me conoceis?

--Los comediantes, señora, conocemos desde la escena á todas esas nobles

personas que protejen nuestro bajo oficio dándonos oro á cambio de una

habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la

Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la señora

duquesa de la Jarilla.

Angiolina tenia mucho interés en escuchar á Cisneros, al que pensaba

utilizar, y aquel interés creció en el momento en que Cisneros nombró á

la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran interés

creyó prudente ocultarle é interrumpiendo á Cisneros le dijo con la

mayor naturalidad:

--Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el

estado en que os encontrais, os puede ser dañoso: si mi presencia ha de

haceros hablar será cosa de apartarme de vos para que reposeis.

--¡Ah! ¡no! ¡no os vayais! vuestra presencia, señora, vuestra bondad, la

generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor bálsamo

que se podria aplicar á mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es

mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el

contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he

escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto á mí,

y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante.

--Ya que decís que nada os daña el hablar, de lo que me alegro en el

alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme,

señor Cisneros, que me ria.

--¿Que os ríais? ¿y de qué?

--De vuestro genio peregrino. Estais herido y débil, y sin embargo me

requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando.

--¿Y de eso os reis? ¡Ah! ¡lo comprendo! os causa risa, una risa de

desprecio el que un humilde comediante...

Cubrió una dulce seriedad el semblante de la princesa.

--Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para

despreciados, son para admirados: paréceme, sí, que os creeis en uno de

esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me

hace reir.

--¡Ah, señora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe

interpretarse de ese modo, y... luego... un cómico, por despreciado que

sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese

hombre ha adorado largo tiempo en silencio á una alta persona, y de

repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra

junto á sí á aquella mujer, á quien en otra ocasion no se hubiera

atrevido á mirar frente á frente; cuando la imaginacion está perturbada,

¿qué mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz,

diga al ángel que tiene junto á sí: ¡Ah! ¡bendito sea Dios que ha hecho

que deba la vida á la mujer á quien amo!

Angiolina miró gravemente, pero sin severidad ni desden á Cisneros, y le

inundó con una mirada lucida, intensa, poderosa, que á pesar del estado

en que se encontraba y que, como él mismo habia dicho, era mas doloroso

que grave, hizo estremecer al comediante.

--¿Sabeis, señor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extraño?

dijo despues de un momento de silencio la princesa.

--¡Extraño, señora! ¿y por qué?

--Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos

horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro á pasar algunas

veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran:

pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido.

--Muy trastornado estaba yo, cuando solo ví cuatro embozados que se

acercaron á socorrerme; dijo Cisneros.

--¡Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran á vuestra casa ó

á donde indicárais y habia seguido á pié mi camino, acompañada de uno de

mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os

socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero á

poco de haber yo llegado á mi casa se me presentó uno de ellos y me

dijo:

--El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos á donde

conducirle: en el hospital no nos abrirán á estas horas.

¡Llevaros al hospital! yo no quise enviar á ciegas á tal punto á un

hombre que podia ser muy principal.

--Os engañásteis, pues, señora, dijo Cisneros.

--Y qué ¿no sois vos un hombre principal? ¿Creeis que el noble mas

noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que

arrancais dulces lágrimas ó alegre risa de los ojos ó de los labios de

vuestros espectadores? ¿que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero

y villano, cortés y rústico, jóven y viejo? ¿que tomais todas las

formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais á un público

entero á que arroje laureles á vuestros piés? ¿quereis ser mas

principal? ¿cambiariais vuestro ingenio por un título de nobleza?

--Si, dijo Cisneros: aun á condicion de volverme estúpido.

--No blasfemeis de la providencia de Dios. ¿Por qué deseais ser pequeño,

cuando habeis nacido grande?

--Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por

el rey mas poderoso de la tierra.

--Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos

he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os

encontré herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconocí;

sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse

solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en

silencio... ¡Ah, señor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido

dolorosas para mí.

--¡Dolorosas!

--Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...

--¿Por qué?

--Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.

--¡Ah! ¡no me creeis digno!

--No es eso, señor Cisneros, no es eso: es que soy casada.

--¡Ah! murmuró el comediante.

--Por lo mismo no debeis hablarme de amor.

--Perdonad....

--Si, os perdono: pero á condicion de que no volvais á decirme amores.

A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una

de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.

--Pero no me abandoneis; exclamó con ansiedad.

--Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la

princesa; han llamado á la puerta de la habitacion: oíd, vuelven á

llamar.

--Id, id, pues, señora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la

princesa á sus labios y besándola.

Angiolina solo castigó aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano

de la de Cisneros, y separándose del lecho sin pronunciar una palabra.

Cisneros vió que la princesa atravesó rápidamente la cámara y salió por

una puerta del fondo.

--¡Ah! pensó Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que

habia levantado para seguir con la vista á la princesa; padezco

horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa

mujer me ha obligado á hablar: no, no ha sido ella la que me ha

encontrado en la calle: los hombres que fueron á buscarme, iban sin duda

enviados de intento: ¡yo no pude conocer al hombre que me hirió! los

pasos en que ando con el príncipe don Cárlos son peligrosos: ¿quién sabe

lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser

una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace

mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca

por el marqués de la Guardia.... y hace un momento que, á pesar de sus

palabras decorosas, parecia enamorada de mí... ¡ah! mis pensamientos se

embrollan. Es necesario que me tranquilice.... ¡Ah! ¡ah! no pensemos en

nada.... esperemos.

Cisneros procuró detener su pensamiento, pero esto era imposible. La

fuerza con que su pensamiento se agitaba influyó al fin de una manera

poderosa en su físico y se desvaneció de nuevo.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 56 / 168 题