Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos.
El autor recuerda haber dicho anteriormente, que Angiolina Visconti se
habia separado de la manera mas ruda y tormentosa del marquesito de la
Guardia, dejándole solo en el lindo retrete donde le habia recibido.
La princesa atravesó rápidamente algunas habitaciones, y en una de ellas
se detuvo y se puso á contemplarse en un magnifico espejo de Venecia.
¿Con qué objeto era esta contemplacion de sí misma?
La princesa estaba resuelta á vengarse, y por lo mismo concentraba sus
fuerzas y contaba sus recursos.
Entre estos era uno poderosísimo su hermosura.
Por esto Angiolina se miraba al espejo. Se preguntaba qué motivo habia
tenido el marqués para abandonarla á ella, la altiva hermosura que tan
codiciada era por los hombres de mas valer de la córte: el espejo la
dijo que era tan hermosa como la duquesa de la Jarilla, y sin embargo,
la fiebre que su hermosura habia producido en la loca imaginacion del
marqués de la Guardia habia pasado; la princesa comprendió que el
marqués habia usado de ella como de un instrumento; vió, sin que pudiera
quedarla ni aun el leve consuelo de la duda, que la hermosa duquesita
poseia todo entero el corazon de don Juan, á quien ella amaba con toda
su alma: su aborrecimiento hácia Amina creció, y pensó en vengarse de
ella usando de los terribles papeles que Bempo la habia traido de
Granada.
Angiolina era una fatalidad mas que la suerte arrojaba delante de Yaye
ebn-Al-Hhamar, del poderoso emir de los monfíes, ó del duque viudo de la
Jarilla, si nuestros lectores han olvidado que tenia estos dos nombres.
Amina, la nieta de cien reyes, ofrecida por su padre en aras de su
patria, tenia ante si un enemigo terrible, una mujer hermosa, altiva,
enamorada y zelosa de ella. Por aquella mujer, el marqués de la Guardia
habia llegado á ser para Amina una doble fatalidad.
Pensando en su venganza Angiolina se miraba profundamente al espejo.
Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de
la princesa; réstanos decir, que el traje que en aquella situacion
vestia, realzaba sus atractivos.
Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su
escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrándose en el
cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceñidas,
acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnífico contorno de
sus brazos y terminaban en dos puñitos del mismo encaje, bajo los cuales
medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes:
la falda ancha, larga, terminada por detrás en cola, flotante y
vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que
unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba
su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un
broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente á lo largo de
la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos
gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrás en trenzas,
mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto;
últimamente, llevaba arracadas de pedrería, y en las bellisimas y
blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de
aquellos tiempos.
La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella á don Juan, todo lo
que la quedaba de su guarda-joyas.
Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa á
un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no
solamente hermosa, sino hermosísima, radiante, adorable, no logró causar
efecto en don Juan.
Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo
confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja á la
cara los estragos que hacen en su hermosura los años, las enfermedades y
los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera
arruga, ni la palidez del cansancio; confidente á quien la mujer sonrie
cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando
aquella hermosura empieza á empalidecer, á marchitarse: la princesa,
repetimos, preguntaba á su espejo la razon que podia haber tenido el
marqués para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan
desenamorado: el espejo la contestó que era hermosa, con todo el
esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas
irresistibles, irresistibles sus encantos: la presentó su vigorosa
juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la
presentó la lividez de la cólera que alteraba aquellos encantos; la
expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba á sus ojos toda la
apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendió que
la cólera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera
fuerza de la mujer está en su aparente debilidad: comprendió que habia
hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que
acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada
amenazadora, cuando tal vez hubiera caido á sus piés, si en vez de
amenazarle hubiera recurrido á las lágrimas.
Angiolina quiso saber si podia dominar la cólera, la irritacion, el
despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y
amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una
transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareció el ángel
rebelde, y quedó el ángel del sufrimiento, con su belleza
espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado.
Angiolina lanzó un grito de alegría: nunca se habia contemplado tan
hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento íntimo.
Ensayó una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo
del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el
fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una
y otra vez el resultado sobrepujó á sus esperanzas; una y otra vez se
contempló sucesivamente mas hermosa.
--¡Ah! exclamó: he ahí: he ahí mi fuerza: he sido una insensata en
dejarme arrebatar por la cólera: la amenaza ha irritado á don Juan: mi
sumision y mis lágrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido
entre mis brazos... probaré, probaré el rendimiento sin renunciar á mi
venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don
Juan... ¡ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi
alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que
pueden servirme para llevar á cabo mi venganza; no dejar sospechar á
nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni
creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que
ninguna herida ha hecho en mí su abandono; los hombres son mas vanidosos
que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y
retorcerme á sus piés desesperada, le vuelvan á mí, lo arrojen á mis
piés, me hagan su señora: ¡oh! ¡sí! ¡sí! y puesto que la mentira es el
arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me
crean venturosa; no debemos derramar ni aun á solas nuestras lágrimas...
las lágrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer,
cuando estas lágrimas son de fuego, como las que yo verteria sino
dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva
encerrado en él, que se convierta en un tósigo mortal para el marqués y
para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede
conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama á otra, la
mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion,
para que el mundo no pueda decir: ¡pobre mujer abandonada! para que el
mundo no pueda despreciarla.
Y después de este razonamiento, la paz mas profunda se fijó en el
semblante de Angiolina, volvió á sus ojos su brillo deslumbrador, á su
mirada la dulzura, á su boca la expresion riente que tanto la
embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que
parecía tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por
decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores.
Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo;
ver el cieno infecto á través de la tersa superficie de aquel lago
engañador; aquel hombre era Bempo.
En el momento en que Angiolina se separó del marqués, mandó al italiano
que siguiese al jóven, que averiguase donde paraba, y que volviese á
avisarla.
Bempo volvió una hora despues.
--Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he
cumplido vuestras órdenes.
--¿Has seguido al marqués?
--Sí, excelencia.
--¿Dónde ha ido?
--A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa
de la duquesa de la Jarilla.
--¿Qué ha hecho despues?
--Dos hombres han llegado á aquel postigo; el uno ha entrado, valiéndose
de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqués le ha acometido,
aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada
del marqués.
--¡Muerto!
--No.
--¿Has reconocido, pues, á ese hombre?
--Si.
--Has sido imprudente, Bempo; ya sabes que no quiero que te expongas.
--Es tarde: la calleja apartada y solitaria; no habia peligro.
--¿Y dices que ese hombre no ha muerto?
--No; pero puede morir.
--¿Le has conocido?
--Es la noche muy oscura.
--¿Qué hizo despues el marqués?
--Se dirigió furioso al postigo de la casa de la duquesa; pero antes de
llegar á él, la misma duquesa apareció en uno de los balcones y le
habló.
--Y... ¿qué hablaron?
--Estaba demasiado lejos para poder oir su conversacion, que por otra
parte, duró muy poco; el marqués trepó por una reja y entró por un
balcon en la casa de la duquesa.
--¡Ah!... ¡entró!... ¡por un balcon!
--Si, y yo, creyendo que no saldria tan pronto, he venido á avisaros,
excelencia.
--Has hecho bien, Bempo, dijo tranquilamente Angiolina: es necesario que
vuelvas:
Aquella especie de _lazzaroni_ puerta.
--Espera, añadió la princesa: es necesario que vuelvas; pero no vuelvas
solo.
--¿Y qué he de hacer?
--Lleva contigo cuatro de tus amigos, de tus buenos amigos; ¿me
entiendes?
Bempo hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.
--Ven con ellos por el postigo del huerto, continuó Angiolina; yo misma
te abriré: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte
delante de esos hombres; tomarás una de mis sillas de mano, é irás con
ella y con tus cuatro amigos á la calle donde ha quedado ese hombre
herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traerás á casa,
entrando en ella por el mismo postigo que yo abriré: luego volverás con
tus cuatro camaradas á la misma calle; te ocultarás donde puedas ver sin
ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y harás que uno de los
tuyos siga, cuando salga, al hombre que entró por el postigo, y que
averigue su paradero. Tú, con los restantes, te apoderarás del marqués
cuando salga de esa casa: te apoderarás de él, ¿lo entiendes?
--¿Muerto ó vivo?
--Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y
sujetar en una calleja oscura á otro hombre que va por ella descuidado.
Para conducirle aquí, te prevendrás de otra silla de manos, y le meterás
en ella con los ojos vendados.
--¿Es decir que he de traer aquí al marqués como al otro?
--Si.
--¿Por el mismo sitio?
--Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo.
Bempo no se movió.
--¿A qué esperas? dijo con impaciencia Angiolina.
--No tengo dinero, excelencia, contestó gravemente Bempo.
--¡Ah! ¡no tienes dinero!
--Los cuatro hombres que han de acompañarme, no me seguiran sino se les
paga á peso de oro. Los valientes de España no me conocen tanto como los
_lazzaroni_ de Roma. Además, entonces un solo paseo nocturno por la
campiña, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora
es distinto.
--Toma: dijo Angiolina, quitándose un joyel de diamantes de su prendido.
--¡Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible.
Y girando sobre sus talones, desapareció por una puerta inmediata.
Sigámosle.
Atravesó algunas habitaciones y algunos corredores oscuros, bajó una
escalera, cruzó un patio, pasó de él á un huerto, y abrió una puerta
oculta bajo un emparrado: tras aquella puerta habia dos habitaciones
reducidas, y en la interior, que era un dormitorio, se veia una imágen
de la Vírgen, delante de la cual ardia una lámpara.
Bempo abrió un arca que estaba en el mismo dormitorio, sacó de uno de
sus ángulos algunas monedas de oro, que guardó en una bolsa de seda,
envolvió el joyel en un paño, y le ocultó en otro ángulo del arca:
despues salió, cerró la puerta del aposento, atravesó el huerto, y
llegando á un postigo, descorrió sus cerrojos y salió á una calle
estrecha: poco despues una sombra informe de mujer, llegó á aquel
postigo que solo habia quedado encajado; corrió de nuevo sus cerrojos, y
quedó esperando junto al quicio.
Aquella mujer estaba envuelta en un manto.
Bempo se encaminó á buen paso á la Cava Baja de San Miguel, y llamó á la
puerta de una casa de mezquina apariencia.
Contestó desde adentro una voz breve, enérgica, y al parecer de hombre
de brios; mediaron algunas breves contestaciones entre el de adentro y
el de afuera, y la puerta se abrió.
Apareció tras ella un hombre fornido, de buena estatura, de semblante
extremadamente sesgado, verdadero semblante de bandido español: aquel
hombre por lo exíguo de sus vestidos, y por el efecto que causaba en sus
ojos el resplandor de la luz con que se alumbraba, demostraba claro que
acababa de dejar el sueño y el lecho.
--¿Qué se os ofrece á estas horas, amigo?, dijo á Bempo.
--Déjame entrar, camarada, contestó el italiano; tenemos que hablar de
cosas que no son para oidos de nadie.
--Entrad, pues.
Adelantó Bempo, cerró el otro la puerta, y atravesando el zaguan
introdujo á su visitante en una habitacion baja.
--Aquí nadie puede oirnos, dijo el de la casa dejando sobre una mesa la
luz con que se alumbraba y sentándose en una arca.
Sentóse Bempo en un banquillo de pino y dijo:
--Los valientes se conocen, Pablo.
--Bien, ¿y qué? contestó el otro.
--Cuando los valientes se conocen y estan seguros unos de otros se
sirven en lo que han menester.
--Bien, ¿y qué? repitió flemáticamente Pablo.
--Yo necesito que me ayudeis tú y otro tres de tus camaradas.
--¿En qué y cómo?
--Hay que recoger á un herido y apresar á un hidalgo.
--¡Ah! ¿y quién necesita eso?
--La persona que me envía.
--¿Y quién es esa persona?
--No hay necesidad de conocer su nombre si se conoce su oro.
--Señor Bempo, dijo Pablo levantándose: mereciais un chirlo en la cara
por vuestra desvergüenza.
--¡Bah! dejémonos de brabatas, dijo Bempo sin moverse de su asiento, lo
que obligó al llamado Pablo á sentarse de nuevo; el hombre lleva en la
cara su oficio; y aunque yo solo os he conocido en la Tela y en los
tiros de espada, sabeis que nos hemos comprendido y nos hemos estrechado
las manos, porque, como quien dice, somos de la misma madera. Vosotros
pasais por buenos soldados de á caballo del rey, en la _corneta_ del
señor capitan don Luis Moncada, y yo paso por criado del príncipe
Lorenzini Maffei: pero cualquiera que no sea lerdo, á poco que nos mire
puede decir: he ahí unos buenos bandidos. ¡Bah! yo no os he pedido hasta
ahora ningun favor, pero contaba y cuento con vosotros, como vosotros
podeis contar conmigo, sobre todo, cuando los servicios se pagan bien,
tan bien como el que os pido.
Y Bempo sacó algunos doblones de á ocho y los extendió sobre la mesa.
Pablo miró con mas cólera que codicia el dinero; pero instantáneamente
aquella chispa de irritacion se apagó en sus ojos, reemplazándola una
expresion profundamente pensadora, y despues de un momento de silencio,
dijo:
--Tú eres mayordomo, ó lacayo, ó qué sé yo, de una princesa italiana.
--Es verdad, dijo Bempo.
--De la señora Angiolina Visconti.
--Es verdad.
--¿Y es esa dama... quien nos paga?
--Vamos, no quiero ocultártelo, ella es: pero guárdame el secreto.
--¡Ah! tratándose de esa dama es distinto. Dicen que es querida del
marqués de la Guardia.
--Mucho sabes.
--Oimos hablar mucho de galanteos y aventuras á nuestros cabos y
alféreces cuando damos la guardia al rey.
--Sea como quiera: aquí de lo que se trata es de recoger un herido, y de
esperar á que salga de cierta casa donde ha entrado el marqués de la
Guardia y apoderarnos de él.
--Dicen que el marqués es muy valiente.
--Pero la noche es oscura: se le deja pasar y se le acomete y se le
sujeta por la espalda.
Quedó de nuevo profundamente pensativo Pablo.
--Asunto concluido dijo: ¿esta es la señal?
--Ese oro es la paga.
--Poca paga es, pero no importa; voy á despertar á tres de los amigos y
al momento estamos listos.
--Ya sabia yo que nos entenderiamos.
--¡Los valientes se conocen! dijo Pablo con acento indefinible,
guardándose el dinero.
Poco despues cinco hombres embozados salian de aquella casa, atravesaban
algunas calles, y llegaban al postigo del huerto de la casa de la
princesa, que se abrió inmediatamente despues de haber llamado á él
recatadamente Bempo.
Los otros cuatro hombres no vieron quien habia abierto y entraron
siguiendo á Bempo que les llevó entre unos árboles, donde habia una
silla de manos.
Dos de los embozados se terciaron las capas, cargaron con la silla, y
salieron precedidos de Bempo y de los otros dos: el postigo volvió á
cerrarse y sus cerrojos se corrieron en silencio.
Un relój dió á lo lejos la una de la noche.
Esta continuaba densamente oscura.
Solo de tiempo en tiempo se escuchaba el reñir de dos perros que
disputaban un hueso: solo de largo en largo trecho se veia un embozado
pegado á una reja ocupado en lo que desde tiempo inmemorial se llama en
España _pelar la pava_: pero no encontraron una sola ronda.
Era una noche á propósito para el crímen.
Cuando llegaron á la calleja á donde correspondia la parte posterior de
la casa del duque de la Jarilla, Bempo se encaminó en derechura al sitio
donde habia visto caer al herido.
Aun estaba allí; el trastorno, el desvanecimiento que le habia causado
la herida habia pasado, se quejaba, pero débilmente, á causa sin duda de
la pérdida de la sangre; pugnaba en vano por levantarse, y cuando sintió
junto á sí á Bempo y á sus cuatro acompañantes, exclamó con voz casi
imperceptible:
--Quien quiera que seais, socorredme, y despues de pagaros yo, Dios os
lo pagará.
--Si, si, dijo Bempo; á socorreros venimos, señor hidalgo: ea,
camaradas, ayudadme y pongámosle en la silla.
Dos de aquellos hombres ayudaron á Bempo y levantaron del suelo al
herido, que con el dolor causado por aquel movimiento se desmayó.
Una vez colocado en la silla, Bempo se dirigió á uno de los que le
acompañaban.
--Ven conmigo, Pablo, le dijo, y que nos siga uno de tus camaradas.
El italiano llevó á los dos hombres frente al postigo de la casa del
duque, y les dijo ocultándolos en el soportal donde poco antes se habia
ocultado el marqués.
--Observad desde aquí ese postigo; si sale por él un hombre, seguidle
uno de vosotros recatadamente, y sin perderle de vista, hasta ver en
donde para. Luego el que le siga irá á esperar junto al postigo del
huerto por donde hemos sacado la silla de manos.
--¿Y si ese hombre se apercibe de que lo siguen?
--Que no pueda apercibirse. Mientras el uno le sigue, el otro debe
permanecer aquí, y observar lo que pase en esa casa (y señaló la del
duque). Ahora adios; voy á despachar el asunto del herido con vuestros
compañeros.
Dicho esto, Bempo fue á reunirse con los que habian quedado guardando la
silla, y cuando llegó á ellos les dijo:
--En marcha.
Cargaron aquellos dos hombres con la silla, y precedidos por Bempo, y
dando una buena idea de sus fuerzas en la velocidad con que conducian al
herido, llegaron en poco tiempo al postigo de la casa de la princesa,
que se abrió al primer llamamiento de Bempo, y silla y hombres se
perdieron tras el postigo que volvió á cerrarse.
Media hora despues, Bempo y los dos hombres llevando de nuevo consigo la
silla de manos salieron por el postigo y se encaminaron al soportal
donde habian quedado los otros dos hombres en acecho de la casa de Yaye.
Bempo llamó á Pablo.
--Ha ido en seguimiento de un hombre que ha salido por ese postigo, dijo
lacónicamente una voz contenida desde lo oscuro.
--¿Hace mucho tiempo que ese hombre ha salido? preguntó Bempo.
--A poco de haberos vosotros alejado.
--¿Y no ha acontecido ninguna otra novedad en esa casa?
--Ninguna, á excepcion de que, cuando nos pusimos en acecho todos los
balcones estaban oscuros, y desde poco despues de haber salido el hombre
á quien ha acompañado Pablo, ha aparecido la luz que se ve reflejar tras
las celosías de ese mirador.
En efecto, se veia el reflejo de una luz tras los miradores de Amina.
--Pues bien; atencion y silencio, dijo Bempo.
Dieron sucesivamente las dos, las tres y las tres y media en los relojes
de la villa, sin que se notase movimiento alguno en la casa de Yaye: al
fin, poco despues de las tres y media, se abrió uno de los balcones que
habian permanecido oscuros, se oyeron en él las voces contenidas de dos
personas, y luego un hombre se descolgó del balcon por una reja á la
calle: apareció en el balcon una sombra blanca, habló algunas palabras
con el hombre que habia bajado, dejó caer un papel á la calle, y
retirándose del balcon le cerró: el hombre recogió el papel, fue al
nicho del Ecce-Homo de la esquina, y á su luz leyó el papel y cayó de
rodillas ante el Cristo.
En aquel momento Bempo y los tres embozados que habian seguido
recatadamente al marqués de la Guardia, que él era, se arrojaron sobre
él.
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