CAPITULO XI.

Lo que puede el amor de una mujer.

La habitacion de Amina estaba amueblada con una riqueza suma: sus

cuadros, sus tapicerías, sus alfombras, sus divanes eran lo mas bello,

lo mas rico, lo mas raro que producian en aquellos tiempos las artes y

la industria. Sobre una mesa maravillosa, lucian dos candelabros de

plata cincelados, y el estrado en que se habian sentado los dos amantes,

era de brocado de tres altos.

Don Juan, profundamente abstraido, no veia nada de todo esto, habia

llegado hasta allí maquinalmente; tenia abandonada una mano en otra mano

de Amina, y aquella mano temblaba y estaba fria como la de un cadáver.

Amina le contemplaba con una fijeza intensa; estaba palida, y en sus

negros ojos brillaba una expresion de altivez indomable: parecia que

queria escudriñar y analizar con su mirada lo que pasaba en el alma del

marqués, que estaba aterrado, anonadado, como insensible, á causa de los

terribles secretos que sucesivamente habia descubierto.

Su afan por ver claro en la vida interior de Amina, habia sido demasiado

satisfecho: don Juan se arrepentia de haber deseado salir de su

ignorancia.

Como por efecto de un poder magnético, la intensa mirada de la jóven

atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante

un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que

jamás se olvidan por quien ha sido objeto de ellas.

--Si, si, te amo, Esperanza; te amo á pesar de todo, dijo el marqués

comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que á

pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardaré

acerca de ello un profundo secreto.

--¿Y qué sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que

fascinó á don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone,

y sin exigir manda; ¿sabeis acaso quién es la mujer que la fatalidad ha

puesto en vuestras manos?

Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guardó muy

bien de demostrarlo: limitóse, pues, á contestar:

--Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas,

Esperanza.

--Llegará un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se

habia serenado, descendiendo, por decirlo así, de su terrible magestad;

llegará un dia en que comprendas cuánto te ama la mujer á quien con tus

locuras has hecho desgraciada.

--¡Mis locuras!

--Si por cierto, ¿qué son sino locuras tus amores con esa aventurera

italiana, con esa princesa Angiolina? ¿Tu empeño en causarme zelos con

ella? ¿qué ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de

tus amores por arrebatarte á esa mujer?

Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar

estas palabras, que el marqués se desconcertó, y no pudiendo negar sus

amores con la princesa por demasiado públicos, contestó:

--Yo me veia desdeñado por tí.

--Desdeñado no: alejado si.

--Sea como quieras; pero si nada te importa que yo ame á otra ¿por qué

eres desgraciada?

--Porque te creia mas grande, mas noble de lo que eres en realidad.

--He pretendido olvidar, dijo por decir algo el jóven.

--¡Olvidar! ¡olvidarme!¡y para olvidarme...! ¡á mí! ¿has recurrido al

amor de esa mujer? lo repito: me he engañado: yo pensé que valias mas,

infinitamente mas que lo que vales.

Don Juan conoció que habia incurrido en una necedad, y para remediarla

incurrió en otra, como sucede generalmente á todo el que quiere salir de

una posicion falsa sin confesarse vencido.

--Rechazaste mi mano con un pretexto que no he podido comprender, dijo.

--Un hombre que ama á una mujer y no puede obtenerla, la obtiene ó

muere; pero no intenta ultrajarla, contestó con dignidad Amina.

--¿No me he puesto á tu paso? contestó apelando á la dulzura el marqués.

--Conservando tu vanidad; pretendiendo que me humillase; enamorando á

otras á mis ojos.

--¿No he venido todas las noches á esa calleja?

--¡Esperando sin duda, dijo con sarcasmo Amina, que yo, arrastrada por

mi amor, te llamase!

--¡Oh, y cuán cruel eres, Esperanza!

--Y al fin te he llamado; y al fin estás en mi aposento, solo conmigo,

en medio de la noche.

--¡Oh! ¡Esperanza!

--Pero ya sabes para qué y por qué te he llamado: ahora don Juan es

necesario que nos separemos.

--¡Con que es decir que me has llamado para que sepa que el príncipe va

á ser tu esposo!

--Si mi padre lo exige, lo será.

--¡Es decir que no me amas!

--Nunca debimos unirnos, don Juan.

--¿Que nunca nos debimos unir?

--No, para evitar el dolor y la vergüenza de separarnos.

--¡De separarnos...! ¡es decir que tu ambicion..!

--Yo me sacrifico á mi nacimiento, á mi destino.

--¡Oh! ¡si! dijo con doloroso sarcasmo el marqués; me he olvidado de que

eres... y se detuvo.

--Si, soy reina, contestó con una fria dignidad Amina.

--¡Reina tú! exclamó con creciente asombro el marqués.

--Si, no importa de qué reino; pero mi reino existe, y mis vasallos,

cuando me presento entre ellos, doblan ante mí la rodilla.

Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo,

y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus

facultades de apreciacion; recordó entonces cuanto le habia revelado la

princesa, y comprendió que aquella mujer no le habia engañado: vió

delante de si á la reina de aquellos famosos monfíes de las Alpujarras,

solo conocidos por sus terribles hechos: trasladóse su pensamiento á

las, para él desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecióle ver á

Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje;

entonces hablaron de una manera clarísima para él, el encendido color

moreno de Amina, aquel color tan bello, tan límpido, tan incitante;

parecióle ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad

salvaje, y que aquella frente magnífica, aquella mirada incontrastable,

le decian:

--Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfíes de las

Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Méjico, reina de los

rebeldes del desierto.

Esta era la única solucion que, contando con los antecedentes que tenia,

encontraba el marqués á tales misterios.

--En vano te obstinarás, don Juan, dijo Amina, comprendiendo la

perplejidad del jóven, por descifrar el misterio de mis palabras. Solo

sabrás la verdad si un dia la desgracia cesa de afligirnos. Para eso

será necesario que se cambie la faz de los reinos de Europa, y que se

viertan torrentes de sangre. Entre tanto respeta el secreto que no debo

revelarte.

--¿Pero nada puedo esperar?

--Puedes esperarlo todo si consientes en sacrificarlo todo por mí.

--¡Oh! ¡y qué sacrificio no haria yo por tu amor!

--Hubo un momento, dijo tristemente Amina, en que yo olvidé por tí mi

condicion, mi honor y los proyectos de mi padre. Cuando vine en mal hora

á la córte del rey de España, para desempeñar al lado de la reina un

servicio que me humillaba, y que yo sufria porque tal era la voluntad de

mi padre, tenia el corazon libre, no amaba; pero sentia una ardiente

necesidad de amar: llegó un dia en que oí hablar de tí; se ponderaban,

tu hermosura, tu juventud, tu valor, tu generosidad: supe que los

ociosos de la córte habian unido nuestros destinos de una manera

extraña: á tí te llamaban _mi hombre_, á mi, _tu mujer_. Era necesario

que yo te viese, para que pudiera contestarme á esta pregunta que me

habia hecho con cólera al escuchar aquellas extrañas palabras.--¿Qué

puede haber de comun entre ese marqués tan ponderado y yo? Pero cuando

te ví al fin, cuando ví tu semblante al reflejo de la luna despues del

incendio de la iglesia del Buen Suceso, que me habia aterrado; cuando

sentí llegar tu mirada hasta el fondo de mi alma, inflamándola, llenando

su vacío con un fuego divino, abriendo para mí una nueva vida; la vida

del amor.... ¡Oh! entonces comprendí lo que el mundo habia encontrado de

comun entre nosotros; entonces comprendí que tú eras mi hombre; mas

todavía: mi esperanza, mi felicidad, mi Dios.

Al decir estas palabras, el semblante de Amina fue perdiendo

gradualmente la fria rigidez que hasta entonces habia afectado por

orgullo; brotó á él la pasion; acreció su palidez, sus ojos lanzaron un

fulgor divino, sus hermosos y rojos labios se mostraron trémulos y

entreabiertos, y como iluminado por el reflejo del semblante de Amina,

el del marqués resplandecia tambien.

Hay situaciones en que no se habla, porque el lenguaje humano no tiene

palabras para expresar lo que en tales momentos el alma siente;

situaciones en que los ojos que lucen con una fuerza superior á la que

puede suponerse en la vida; en que la sangre que afluye al corazon; los

latidos de este que se oyen; un no sé qué de sobrenatural, de

fantástico, de divino, que emana de esa semejanza de Dios que se llama

criatura, hablan por sí mismos con un lenguaje mas elocuente, mas

sublime que el lenguaje material; y cuando el alma se exhala, como que

se escapa por todo nuestro ser, cuando ese ser es una mujer tan hermosa

como Amina, tan pura (y decimos tan pura porque la pureza reside en el

alma y no pueden mancharla las miserias de la vida), aquella mujer es el

ángel de redencion y de perdon, ó el demonio de perdicion con que Dios

glorifica ó condena á un hombre sobre la tierra.

Don Juan se extremecia bajo la mirada de Amina, bajo su aliento, ante su

hermosura; don Juan sentia el horrible tormento del placer que hiere

porque no tenemos sentidos bastantes para absorverle: don Juan se sentia

levantado á una altura inmensa sobre la tierra, flotando en un espacio

aéreo, ardiente, impulsado por un torbellino de fuego.

--¿Con que me amas? ¿me amas? exclamó con delirio.

--¿Si no te amara viviria? exclamó Amina. ¿Si no te amara te hubiera

introducido bajo el techo de mi padre para que vieses por tus ojos y no

dudases de mi? ¿si no te amara me importaria algo que dudases ó no?

--Y bien; si me amas, ¿por qué no ser mi esposa?

--Júrame que jamás levantarás el acero contra mi padre, y te prometo, te

juro, que si no soy tu esposa, no lo seré de otro.

--¡Oh! si, si, dijo don Juan trasportado; te lo juro por la gloria de mi

madre, y por mi honor.

--Por el descanso de tu buena madre si; dijo Amina levantándose con

enerjía; ¡por tu honor no!

--¿Por mi honor no? exclamó levantándose asombrado el marqués.

--¿A qué llamais los castellanos honor? exclamó con desprecio Amina; á

servir ciegamente y como viles esclavos á un rey tirano; á un rey á

quien el Altísimo sostiene en un trono para castigar los pecados de un

pueblo: cuando ese rey fija la mirada codiciosa en una region feliz,

rica y próspera y la ambiciona; cuando ese rey os dice: tomad mi

estandarte y empapadlo en sangre humana, porque es necesario que yo

añada á mi blason real los blasones de aquel otro pueblo, id,

conquistadle, destrozadle, esclavizadle, yo lo quiero; es necesario que

yo sea rico, grande y fuerte, á costa de la pobreza, la abyeccion, y la

debilidad de pueblos enteros; id, que os lo mando yo..... cuando el rey

os dice: id á llevar el luto, la servidumbre y la deshonra á otros

paises, vosotros llamais honor á la obediencia que os pone las armas en

la mano y os lleva, como bandidos en cuadrilla, á apoderaros por fuerza

de lo que no es vuestro; á robar lo que Dios quiere que sea respetado.

¡Oh, no! ese honor es la infamia; el verdadero honor es el que defiende

la patria, el que ampara al pobre y al desvalido, el que acomete á los

tiranos y los vence ó sucumbe: los castellanos no comprendeis ni el

honor ni la gloria; llamais honor al crímen y gloria á la infamia. No;

yo acepto tu juramento por el descanso de tu madre, por mi amor, por tu

alma, pero por lo que tú crees honor, no: ese honor te haria mi enemigo;

ese honor te obligaria á delatar á mi padre, á entregarle al verdugo;

ese honor te obligaria mañana á degollarme ó á contribuir á que fuese

vendida como esclava: ese honor te separa de mí.

--¿Luego eres enemiga de los castellanos?

--Si, enemiga á muerte.

--¿Y por qué entonces cuando nos encontramos, no me dijiste: sigue tu

camino, y no procures unirte á mi porque un abismo nos separa?

--¡Oh! ¡los hombres son cobardes, muy cobardes! exclamó con acento frio

y acerado Amina; ¡el valor es de la mujer, exclusivamente de la mujer!

¡nosotras lo sacrificamos todo por ellos, patria, religion, virtud,

felicidad! ¡nos perdemos en cuerpo y alma por ellos! ¡ellos no saben

sacrificarnos nada! ¡Ya se vé! ¡la mujer ha nacido para ser esclava!

¿por qué te amaba antes de conocerte? ¿por qué, si en aquellos momentos

me hubieras pedido la vida te la hubiera dado sonriendo? ¡Oh, vosotros

no amais! ¡vosotros..! ¡ni aun siquiera comprendeis de cuánto es capaz

una mujer enamorada!

--Pues bien; si eso es verdad; si alientas en tu alma esa fuerza sublime

del amor, sígueme.

--¡Abandonando á mi padre! ¡No! ¡jamás!

--¿Con que en el momento de la prueba retrocedes? ¿Con que no has

pronunciado mas que palabras vanas?..

--Escrito está en los libros de luz, dijo gravemente Amina, que por el

hombre abandone la mujer á su padre y á su madre; pero no está escrito

en ninguna parte que la mujer asesine al hombre á quien ama.

--¿Es decir que si me siguieses abandonando á tu padre?..

--Allí, á donde quiera que nos ocultásemos, iria la venganza de mi

padre: venganza terrible, implacable, fria: ¡oh, qué horror! cuanto he

podido sacrificarte, te lo he sacrificado, sin dudar, sin retroceder;

todo lo que en adelante pueda sacrificarte, te lo sacrificaré... pero no

me pidas tu propio sacrificio, ¡eso jamás!

--¿De modo que será forzoso que nos separemos?

Amina fijó en el marqués, con una ansiedad indescribible, sus hermosos

ojos, que á pesar de sus esfuerzos por mostrarse serena, se llenaron de

lágrimas.

--Separémonos mas bien, dijo: olvídame si puedes; en cuanto á mí... yo

nunca te olvidaré.

--¿Y para esto me has llamado?

--Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado

encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras

visto entrar por él un hombre, te hubiera hablado por la reja para

decirte:--«Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo:

durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amaré siempre:

cuenta conmigo.»--Dios lo quiso de otro modo: el príncipe don Carlos

habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en

ella; por esta razon has conocido graves secretos.

--¡De modo que, obedeciendo á ese honor castellano que tan extraviado y

absurdo te parece; debia yo como español y caballero, revelar al rey

cuánto he visto y cuánto he oido..!

Irguió la cabeza Amina y dijo friamente:

--Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrás devuelto la felicidad.

--¡Ah! ¡serias feliz!

--Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi

amor habia soñado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy

feliz, mucho.

--¡Muy feliz! exclamó con extrañeza el marqués.

--Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de tí... y... mas

que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por

juguete.

Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta.

--¿Y nada temes por tí, nada por tu padre? exclamó asombrado y fuera de

si el marqués que sufria horriblemente.

--El rey de España, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros;

aunque nos sepultase en el mas lóbrego calabozo de la Inquisicion,

nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los

muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuviésemos

á salvo, ¿crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de

mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre?

--Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no seré yo quien le

ponga á prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu

casa.

--Pero repara que de ese modo eres traidor á tu amo el rey de España,

dijo con sarcasmo Amina.

--Entre el rey y mi amor, dijo el marqués con voz firme, mi amor es lo

primero.

--¡Oh! ¡espéralo todo de mí! exclamó con una alegría infinita Amina.

--¡Que lo espere todo de tí!

--¡Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es

grande, valiente, inmenso como el mio. Tú me sacrificas lo que crees, lo

que llamas tu honor. Yo te sacrificaré mi vida, mi corona... pero es

necesario esperar.

Al oir la palabra _corona_, el marqués hizo un movimiento de extrañeza.

--Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea

la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida,

perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy

dispuesto á abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los

tuyos, á defender tu pueblo, á ser tu esposo, entonces se aclararan para

tí tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga á

separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrás á tu

lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora,

siguiéndote á todas partes, quien vele por tí, quien te proteja, quien

ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que tú veas la mano que lo

pone. Ademas, podrá suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad

que conservas aun al rey de las Españas, te lance á la guerra: entonces,

don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva

este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el

hierro enemigo no te tocará.

Amina se quitó del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una

placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos

caracteres azules enteramente extraños para el marqués, y le puso la

cadena al cuello.

--¡Oh! la llevaré siempre sobre mi corazon, exclamó don Juan besando

apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de

Amina.

--Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso

que nos separemos, don Juan.

--¡Separarnos!

--Si; es necesario de todo punto.

--¿Y cuándo nos volveremos á ver?

--¡Oh! ¿quién sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez

nunca.

Y asiendo de la mano al marqués le condujo á una habitacion oscura,

abrió un balcon y miró á fuera.

--¡Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye...

--¡Oh! ¡Esperanza! ¡Esperanza! dijo el marqués: ¡yo no puedo separarme

de tí!

Oyéronse entonces en el interior algunas puertas que se abrian.

--¡Mi padre! exclamó Amina: ¡vete!

Don Juan la estrechó rápidamente entre sus brazos, Amina se escapó de

ellos, y empujándole hácia el balcon, le dijo:

--Vete... ¡y no me olvides!

--¡Adios, vida de mi vida! dijo el marqués: ¡jamás te olvidaré!

Y echándose fuera de la balaustrada del balcon, se descolgó por una reja

á la calle.

Cuando estuvo en ella, Amina se asomó al balcon, y dijo conteniendo mal

sus sollozos:

--Toma, don Juan, y lee, y cuando hayas leido, comprenderás cuánto estás

obligado á amarme.

Dicho esto, arrojó una carta á la calle, desapareció de la balaustrada,

y se oyó el ruido de las maderas del balcon que se cerraban.

--¡Oh, Dios mio! exclamó don Juan recogiendo la carta: ¡esto es para

volverse loco!

Y ansioso por conocer el contenido de aquella carta, se encaminó á buen

paso á una esquina situada al otro extremo de la calle, donde un

farolillo, puesto por la devocion de los vecinos, alumbraba el tétrico

nicho de un Ecce-Homo.

Para llegar allí, tenia que pasar necesariamente por el sitio donde

habia caido muerto ó herido, el hombre que habia quedado aguardando al

príncipe de Asturias, en el postigo de la casa de Amina.

El marqués no miró á aquel sitio, ni se acordó siquiera de que allí

acaso habia muerto á un hombre.

Cuando llegó delante del nicho del Ecce-Homo, abrió la carta, de la cual

se desprendia un leve y delicado perfume, y leyó estas breves, pero

terribles palabras:

«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer

revelarlas ni aun á su mismo esposo; pero es preciso que sepas que

alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor.--Tu Esperanza.»

Don Juan lanzó un grito insensato de amor, de alegría, de dolor; arrugó

en un movimiento frenético aquella carta entre sus manos, la oprimió

contra su boca y luego... luego cayó de rodillas ante el Cristo, fijó en

él sus ojos, llenos de fe, de esperanza, y aun podremos decir de

caridad, y exclamó:

--¡Señor! ¡Divino Señor! ¡Vela por ella y por mi hijo!

En aquel momento el marqués se sintió asido...

Pero antes de relatar lo que sucedió á don Juan, es necesario que

retrocedamos un tanto y volvamos á la casa de la princesa Angiolina

Visconti.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 54 / 168 题