CAPITULO X.

Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.

Uno de aquellos hombres era jóven, como de veinte y dos años.

Aquel hombre era el príncipe de Asturias don Carlos de Austria.

Estaba sentado y cubierto.

El otro hombre estaba de pié y descubierto.

Era Yaye.

El príncipe, á pesar de sus pocos años, era uno de esos seres

repugnantes que se han gastado practicando constantemente el vicio; su

palidez enfermiza, sus ojos de un color impuro, la especie de vejez

prematura que sobre aquel semblante lívido aparecia, y la fosforescente

insensatez de su mirada, demostraban que su organizacion habia sufrido

mucho á causa de excesos. En los gruesos labios que habia heredado de su

padre, se adivinaba que el temblor de la cólera era su expresion

habitual: tenia los ojos azules, el cabello y las cejas rubias, y estaba

flaco, muy flaco.

--En verdad, en verdad, decia el príncipe, en el momento en que el

marqués y Amina podian escucharle, no pensaba que tú, un oscuro

aventurero, ennoblecido por un casamiento afortunado, y tolerado por el

bueno de mi padre en la córte, cuando hay mas de una lengua maligna que

habla mal de tí, te atrevieses á representar una farsa tan grosera

conmigo. ¡Ya se vé! Sabes que estoy enamorado de tu hija y te

prevales... pues bien, concluyamos pronto: las condiciones, las

condiciones, duque. Ya que no ha salido á recibirme tu hija, segun

esperaba, te confieso que me molesta estar á estas horas en conversacion

contigo. ¡Por mi patron Satanás que esta es una treta que no te

perdonaré nunca, duque!

--Ignora vuestra alteza con quién habla, dijo reposadamente Yaye, del

mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa.

El marqués estrechó fuertemente la mano de la duquesita, que no contestó

á la presion, porque era una especie de burla hecha á su padre.

--En verdad, duque, repuso el príncipe con un acento en que habia una

ligera indicacion de cólera, que tratándose de una persona tan

misteriosa como tú, tan oscura, es difícil saber á qué atenerse; sin

embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces,

ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que

mi padre cuando me sermonea porque he asustado á una dama de la reina.

Tu mirada á veces es la de un rey. ¿Serás acaso rey de alguna ínsula

desconocida?

Habia un tan profundo desprecio en las palabras del príncipe, que otro

que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.

Apoyóse ligeramente en un ángulo de la mesa junto á la cual estaba de

pié y contestó:

--Sea yo rey ó mendigo, hidalgo ó villano, caballero ó bandido, es lo

cierto que vuestra alteza está en mi casa y de mala manera llegado. Yo

sabia, sin embargo, que ibais á venir, y sino hubiera querido que

vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis

criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir á vuestro nombre

entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la dé.

Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aquí puedo deciros,

no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la córte. ¿En qué estado de

relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?

El príncipe se levantó de un salto al escuchar estas palabras, y el

marqués de la Guardia sintió que la mano de Amina temblaba entre la

suya.

--¿Que en qué estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclamó

acreciendo en lividez el príncipe. ¿Y te atreves á hacerme esa pregunta,

traidor?

--Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprenderá, en vista

de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta

pregunta.

El duque fue á una especie de secreter de ébano incrustado de plata y

nacar, y de uno de sus secretos sacó una cartera de seda bordada de

lentejuelas de oro, desenvolvió lentamente la ancha cinta de raso que la

rodeaba, sacó de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo

en sus manos.

El príncipe le miraba atónito con la vaguedad de los insensatos:

--Hace dos meses dijo Yaye, entró en Madrid secretamente, y se hospedó

en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jóven caballero

francés. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.

El duque se detuvo y miró profundamente al príncipe, que procuró en vano

sostener su mirada, y se puso lívido como un cadáver.

Hubo un momento de silencio: durante él, don Juan dijo rápidamente al

oido de Amina:

--Yo no puedo permanecer aquí: se trata de secretos terribles.

--¡Mi honor te manda permanecer! exclamó profundamente Amina.

--¡Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmuró el marqués.

--Una noche, continuó Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto

Cisneros, un comediante miserable que os acompaña, y que habia ido al

tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo

al fin que aquel caballero habia llegado y le habló: una hora despues el

hugonote Perceval, el príncipe heredero del cristianísimo rey de las

Españas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios

y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que

eran escuchados.

En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacíos y cerrados.

Yaye pronunciaba una á una y solemnemente sus palabras.

--Pero sobre aquel aposento, continuó Yaye, habia un desvan á teja vana,

y en él vivia desde dos dias antes de la llegada á Madrid del caballero

francés, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una

baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia

mirar y escuchar cuanto pasase ó se dijese en el aposento inferior. La

noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con

el francés y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel

aposento acontecia. El príncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba

la corona de su padre.

El príncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante

su juez.

La voz de Yaye era solemne.

--¿Y qué mucho? añadió con voz vibrante y terrible. Estamos en una época

de crímenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran

sangre; rostros amoratados por el dogal ó lividos por el tósigo. Acá y

allá, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la

vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad á la América:

allí, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen á millones de

hombres á quienes han robado la patria y los altares, á quienes han

arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados á huir

á los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de

las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y

vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los niños arrebatados á

sus padres, y entregados á los frailes: ved sus guerreros domeñados,

reducidos á la servidumbre, bautizados á la fuerza: si penetrárais en

esos desiertos peñascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados

por torrentes y abiertos por volcanes; si aportárais al fuego del

consejo de una de esas tribus errantes y escuchárais el cántico de

guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir á los

rostros pálidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros

pálidos son los españoles: si los viérais en el combate, admirarías la

desesperacion con que prefieren la muerte á la esclavitud; veríais las

praderas cubiertas de cadáveres destrozados por el hierro y por los

cascos de los caballos, y despues del triunfo de los españoles, os

horrorizaria mirar cómo estos tratan á los vencidos; con cuanta innoble

avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y

sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vírgen

América. Allí el testimonio del gran crímen de las Españas, se levanta

por todas partes; aquel es el tesoro donde á trueque de sangre y de

infamias van á enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un

rey católico. Si no os satisfacen los crímenes de Occidente, si quereis

apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada:

allí tambien hay un pueblo vencido: allí tambien se esclavizan las

doncellas, se roban los hijos á sus padres, se bautiza á la fuerza, se

degüella y se quema á los hombres, y se arrasan pueblos enteros. Allí

tambien resuena la terrible voz del sacerdote español: allí tambien los

gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de

España ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si

quereis ser testigo de mas crímenes, volved la vista á Flandes; allí

tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de España, y sus

tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el

saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y

aun en el mismo corazon de la España, si quereis presenciar horrores,

bajad á los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los

castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros

se estrangula y se degüella; por todas partes el terror imponiendo la

ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los

innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey.

Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cayó vencida con sus

comunidades: el rey ahogó con sangre la voz de la libertad: el sacerdote

sofocó con fuego los fueros de la conciencia. Si; España es grande,

poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina

por el crímen. ¿Qué mucho, repito que, cuando tantas infamias se

levantan ante los ojos, un hijo ansíe ser rey aun á costa de la vida de

su padre? ¿Acaso don Felipe el II no era rey de Nápoles y de Inglaterra

á los diez y seis años? Es cierto que el emperador Carlos V se retiró

por su voluntad á una celda de San Gerónimo de Juste: pero ¿San Lorenzo

del Escorial no es tambien un magnífico monasterio? ¿Acaso una tumba es

otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?

[imagen: Tomad: leed.]

El príncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trémulo,

dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y

solemne de Yaye.

Este por cansancio ó por desprecio hácia el príncipe se sentó: don

Carlos continuó de pié.

--Laurent de Perceval, continuó el duque cambiando su entonacion

declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de

Guillermo de Nassau, príncipe de Orange: este le enviaba á vos, para

ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de

Flandes: esto no era otra cosa que excitaros á la rebeldía contra

vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su

corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar á los luteranos, y

vos, vos, príncipe rebelde á vuestro padre, escribísteis esta carta que

tengo entre mis manos. Tomad, leed.

El príncipe tomó con una mano trémula aquella carta y la reconoció á

primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por él, y

en ella aceptaba la propuesta del príncipe de Orange, y se declaraba

protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la

cabeza del príncipe si por un acaso iba á dar en las manos de su padre.

--Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta

es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentándola al rey.

--¿Cómo ha venido á vuestro poder esta carta? dijo el príncipe

reteniéndola.

--Recordad que os he dicho que mientras vos hablábais en cierto meson

excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra

persona, que sin que vos lo supiéseis, lo presenciaba todo, á través de

un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las

apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jóven,

robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo.

--¡Vos!

--Si, yo.

--¿Y quién os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia

venir á Madrid enviado por el príncipe de Orange?

[imagen:--¡Ah, Bempo! ¡Bempo! ¡yo te amo!]

--Vos no sabeis quién soy, si bandido ó caballero, rey ó esclavo: yo

tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte,

como solo he venido á Madrid contando con vos, era natural que me

interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia

ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta á Guillermo de

Nassau, le esperé en el camino.

--¡Y le matásteis!

--No le maté. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alférez de

vuestra guardia, en términos que Perceval no me reconoceria si me viera

de nuevo ante sí. Dejéle pasar oculto en una venta, alcancéle luego, y

me presenté á él como vuestro enviado. Díjele que habiais meditado

mejor; que no creíais prudente todavía un alzamiento general en los

Paises-Bajos á vuestro nombre, y le dí tales señas de las conferencias

que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me

entregó esa carta, y en cambio se encargó de un mensaje verbal para el

príncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines á la

órden del Laurent, dado por un genovés de Madrid contra otro de

Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra España por

algun tiempo; ved aquí el recibo del libramiento, que Perceval me hizo

en una venta del camino.

Yaye sacó otro nuevo papel de la cartera y le entregó al príncipe.

--Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales

pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que

podian servir.

El príncipe se apresuró á quemar á la luz de una bujía aquellos

terribles papeles.

--Y ahora bien, ¿qué quereis de mí? dijo cuando los hubo destruido.

--Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo.

--¿Y qué creeis que debo hacer?

--Reinar.

--¿A todo trance?

--A todo trance.

--Sin embargo, no ha mucho me hablábais con indignacion del crímen.

--Por lo mismo que el crímen nos rodea por todas partes, debemos

valernos de él en nuestro provecho antes de que otros le empleen en

nuestro daño.

--¿Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos?

--Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en

estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de

Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benéfico tiene

contenida la insurreccion: es necesario que á este poder tolerable,

sustituya un poder duro, despótico, insufrible; es necesario que sea

gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe

fortuna el príncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo

tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer

por ahora: enviar dinero á los descontentos: del mismo modo alentaremos

á los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fácil.

--¡Y vos!...

--Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las

dos cosas á la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario,

que ya sabeis que podeis recurrir á mí por oro y consejos, idos

príncipe, y no olvideis jamás cómo os ha recibido un hombre en cuya casa

habeis entrado con intencion de deshonrarle.

--No, no saldré de aquí sin que me hagais una promesa.

--¿Cuál?

--Amo á vuestra hija.

--¿Y la amais mirando en ella á vuestra esposa?

--Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.

--¡Sed rey!

--¡Cómo!

--¡Sed rey! repitió fatídicamente el duque.

--Pero... mi padre es jóven... balbuceó el príncipe.

--¡Sed rey ó renunciad al amor de mi hija!

--¡Pues bien, lo seré y pronto!

--No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.

--Esperaré: pero...

--Os prometo mi hija: ahora salid.

Yaye tomó una bujía de sobre la mesa y acompañó al príncipe: la

habitacion quedó abandonada: detrás de las vidrieras habia quedado mudo,

aterrado, el marqués de la Guardia: Amina fijaba en él una mirada

lúcida.

--¡Oh, Dios mio! ¡Dios mio! exclamó el marqués: ¡qué horror! ¡Tú,

Esperanza, prometida á ese príncipe infame á cambio de un parricidio!

--El crímen se combate con el crímen, don Juan, dijo Amina: ahora bien,

¿tendrás valor para sacrificarte á mi amor como yo me sacrifico á

sagrados deberes?

--¡Oh, Esperanza! ¡considera que soy español, noble y caballero!

--El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por mí.

Llevó al jóven á una puerta; le dejó encerrado tras ella, volvió, abrió

la vidriera y entró en la cámara de su padre. Poco despues entró este, y

la besó en la frente.

--El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este.

Ese dia se enjugaran tus lágrimas, hija de mi alma. Entre tanto es

necesario que cumplamos el juramento que yo hice á mi padre moribundo.

¡Todo por la patria! ¡todo! ¡hasta la virtud!...

Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue á la

puerta tras la cual habia dejado á don Juan, y atravesando las mismas

habitaciones oscuras que habian recorrido hasta allí, le llevó á su

aposento, cerró el mirador y se sentó á su lado.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 53 / 168 题