Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.
Uno de aquellos hombres era jóven, como de veinte y dos años.
Aquel hombre era el príncipe de Asturias don Carlos de Austria.
Estaba sentado y cubierto.
El otro hombre estaba de pié y descubierto.
Era Yaye.
El príncipe, á pesar de sus pocos años, era uno de esos seres
repugnantes que se han gastado practicando constantemente el vicio; su
palidez enfermiza, sus ojos de un color impuro, la especie de vejez
prematura que sobre aquel semblante lívido aparecia, y la fosforescente
insensatez de su mirada, demostraban que su organizacion habia sufrido
mucho á causa de excesos. En los gruesos labios que habia heredado de su
padre, se adivinaba que el temblor de la cólera era su expresion
habitual: tenia los ojos azules, el cabello y las cejas rubias, y estaba
flaco, muy flaco.
--En verdad, en verdad, decia el príncipe, en el momento en que el
marqués y Amina podian escucharle, no pensaba que tú, un oscuro
aventurero, ennoblecido por un casamiento afortunado, y tolerado por el
bueno de mi padre en la córte, cuando hay mas de una lengua maligna que
habla mal de tí, te atrevieses á representar una farsa tan grosera
conmigo. ¡Ya se vé! Sabes que estoy enamorado de tu hija y te
prevales... pues bien, concluyamos pronto: las condiciones, las
condiciones, duque. Ya que no ha salido á recibirme tu hija, segun
esperaba, te confieso que me molesta estar á estas horas en conversacion
contigo. ¡Por mi patron Satanás que esta es una treta que no te
perdonaré nunca, duque!
--Ignora vuestra alteza con quién habla, dijo reposadamente Yaye, del
mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa.
El marqués estrechó fuertemente la mano de la duquesita, que no contestó
á la presion, porque era una especie de burla hecha á su padre.
--En verdad, duque, repuso el príncipe con un acento en que habia una
ligera indicacion de cólera, que tratándose de una persona tan
misteriosa como tú, tan oscura, es difícil saber á qué atenerse; sin
embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces,
ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que
mi padre cuando me sermonea porque he asustado á una dama de la reina.
Tu mirada á veces es la de un rey. ¿Serás acaso rey de alguna ínsula
desconocida?
Habia un tan profundo desprecio en las palabras del príncipe, que otro
que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.
Apoyóse ligeramente en un ángulo de la mesa junto á la cual estaba de
pié y contestó:
--Sea yo rey ó mendigo, hidalgo ó villano, caballero ó bandido, es lo
cierto que vuestra alteza está en mi casa y de mala manera llegado. Yo
sabia, sin embargo, que ibais á venir, y sino hubiera querido que
vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis
criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir á vuestro nombre
entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la dé.
Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aquí puedo deciros,
no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la córte. ¿En qué estado de
relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?
El príncipe se levantó de un salto al escuchar estas palabras, y el
marqués de la Guardia sintió que la mano de Amina temblaba entre la
suya.
--¿Que en qué estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclamó
acreciendo en lividez el príncipe. ¿Y te atreves á hacerme esa pregunta,
traidor?
--Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprenderá, en vista
de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta
pregunta.
El duque fue á una especie de secreter de ébano incrustado de plata y
nacar, y de uno de sus secretos sacó una cartera de seda bordada de
lentejuelas de oro, desenvolvió lentamente la ancha cinta de raso que la
rodeaba, sacó de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo
en sus manos.
El príncipe le miraba atónito con la vaguedad de los insensatos:
--Hace dos meses dijo Yaye, entró en Madrid secretamente, y se hospedó
en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jóven caballero
francés. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.
El duque se detuvo y miró profundamente al príncipe, que procuró en vano
sostener su mirada, y se puso lívido como un cadáver.
Hubo un momento de silencio: durante él, don Juan dijo rápidamente al
oido de Amina:
--Yo no puedo permanecer aquí: se trata de secretos terribles.
--¡Mi honor te manda permanecer! exclamó profundamente Amina.
--¡Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmuró el marqués.
--Una noche, continuó Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto
Cisneros, un comediante miserable que os acompaña, y que habia ido al
tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo
al fin que aquel caballero habia llegado y le habló: una hora despues el
hugonote Perceval, el príncipe heredero del cristianísimo rey de las
Españas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios
y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que
eran escuchados.
En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacíos y cerrados.
Yaye pronunciaba una á una y solemnemente sus palabras.
--Pero sobre aquel aposento, continuó Yaye, habia un desvan á teja vana,
y en él vivia desde dos dias antes de la llegada á Madrid del caballero
francés, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una
baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia
mirar y escuchar cuanto pasase ó se dijese en el aposento inferior. La
noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con
el francés y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel
aposento acontecia. El príncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba
la corona de su padre.
El príncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante
su juez.
La voz de Yaye era solemne.
--¿Y qué mucho? añadió con voz vibrante y terrible. Estamos en una época
de crímenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran
sangre; rostros amoratados por el dogal ó lividos por el tósigo. Acá y
allá, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la
vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad á la América:
allí, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen á millones de
hombres á quienes han robado la patria y los altares, á quienes han
arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados á huir
á los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de
las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y
vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los niños arrebatados á
sus padres, y entregados á los frailes: ved sus guerreros domeñados,
reducidos á la servidumbre, bautizados á la fuerza: si penetrárais en
esos desiertos peñascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados
por torrentes y abiertos por volcanes; si aportárais al fuego del
consejo de una de esas tribus errantes y escuchárais el cántico de
guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir á los
rostros pálidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros
pálidos son los españoles: si los viérais en el combate, admirarías la
desesperacion con que prefieren la muerte á la esclavitud; veríais las
praderas cubiertas de cadáveres destrozados por el hierro y por los
cascos de los caballos, y despues del triunfo de los españoles, os
horrorizaria mirar cómo estos tratan á los vencidos; con cuanta innoble
avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y
sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vírgen
América. Allí el testimonio del gran crímen de las Españas, se levanta
por todas partes; aquel es el tesoro donde á trueque de sangre y de
infamias van á enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un
rey católico. Si no os satisfacen los crímenes de Occidente, si quereis
apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada:
allí tambien hay un pueblo vencido: allí tambien se esclavizan las
doncellas, se roban los hijos á sus padres, se bautiza á la fuerza, se
degüella y se quema á los hombres, y se arrasan pueblos enteros. Allí
tambien resuena la terrible voz del sacerdote español: allí tambien los
gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de
España ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si
quereis ser testigo de mas crímenes, volved la vista á Flandes; allí
tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de España, y sus
tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el
saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y
aun en el mismo corazon de la España, si quereis presenciar horrores,
bajad á los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los
castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros
se estrangula y se degüella; por todas partes el terror imponiendo la
ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los
innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey.
Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cayó vencida con sus
comunidades: el rey ahogó con sangre la voz de la libertad: el sacerdote
sofocó con fuego los fueros de la conciencia. Si; España es grande,
poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina
por el crímen. ¿Qué mucho, repito que, cuando tantas infamias se
levantan ante los ojos, un hijo ansíe ser rey aun á costa de la vida de
su padre? ¿Acaso don Felipe el II no era rey de Nápoles y de Inglaterra
á los diez y seis años? Es cierto que el emperador Carlos V se retiró
por su voluntad á una celda de San Gerónimo de Juste: pero ¿San Lorenzo
del Escorial no es tambien un magnífico monasterio? ¿Acaso una tumba es
otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?
[imagen: Tomad: leed.]
El príncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trémulo,
dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y
solemne de Yaye.
Este por cansancio ó por desprecio hácia el príncipe se sentó: don
Carlos continuó de pié.
--Laurent de Perceval, continuó el duque cambiando su entonacion
declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de
Guillermo de Nassau, príncipe de Orange: este le enviaba á vos, para
ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de
Flandes: esto no era otra cosa que excitaros á la rebeldía contra
vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su
corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar á los luteranos, y
vos, vos, príncipe rebelde á vuestro padre, escribísteis esta carta que
tengo entre mis manos. Tomad, leed.
El príncipe tomó con una mano trémula aquella carta y la reconoció á
primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por él, y
en ella aceptaba la propuesta del príncipe de Orange, y se declaraba
protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la
cabeza del príncipe si por un acaso iba á dar en las manos de su padre.
--Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta
es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentándola al rey.
--¿Cómo ha venido á vuestro poder esta carta? dijo el príncipe
reteniéndola.
--Recordad que os he dicho que mientras vos hablábais en cierto meson
excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra
persona, que sin que vos lo supiéseis, lo presenciaba todo, á través de
un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las
apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jóven,
robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo.
--¡Vos!
--Si, yo.
--¿Y quién os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia
venir á Madrid enviado por el príncipe de Orange?
[imagen:--¡Ah, Bempo! ¡Bempo! ¡yo te amo!]
--Vos no sabeis quién soy, si bandido ó caballero, rey ó esclavo: yo
tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte,
como solo he venido á Madrid contando con vos, era natural que me
interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia
ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta á Guillermo de
Nassau, le esperé en el camino.
--¡Y le matásteis!
--No le maté. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alférez de
vuestra guardia, en términos que Perceval no me reconoceria si me viera
de nuevo ante sí. Dejéle pasar oculto en una venta, alcancéle luego, y
me presenté á él como vuestro enviado. Díjele que habiais meditado
mejor; que no creíais prudente todavía un alzamiento general en los
Paises-Bajos á vuestro nombre, y le dí tales señas de las conferencias
que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me
entregó esa carta, y en cambio se encargó de un mensaje verbal para el
príncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines á la
órden del Laurent, dado por un genovés de Madrid contra otro de
Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra España por
algun tiempo; ved aquí el recibo del libramiento, que Perceval me hizo
en una venta del camino.
Yaye sacó otro nuevo papel de la cartera y le entregó al príncipe.
--Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales
pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que
podian servir.
El príncipe se apresuró á quemar á la luz de una bujía aquellos
terribles papeles.
--Y ahora bien, ¿qué quereis de mí? dijo cuando los hubo destruido.
--Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo.
--¿Y qué creeis que debo hacer?
--Reinar.
--¿A todo trance?
--A todo trance.
--Sin embargo, no ha mucho me hablábais con indignacion del crímen.
--Por lo mismo que el crímen nos rodea por todas partes, debemos
valernos de él en nuestro provecho antes de que otros le empleen en
nuestro daño.
--¿Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos?
--Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en
estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de
Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benéfico tiene
contenida la insurreccion: es necesario que á este poder tolerable,
sustituya un poder duro, despótico, insufrible; es necesario que sea
gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe
fortuna el príncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo
tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer
por ahora: enviar dinero á los descontentos: del mismo modo alentaremos
á los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fácil.
--¡Y vos!...
--Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las
dos cosas á la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario,
que ya sabeis que podeis recurrir á mí por oro y consejos, idos
príncipe, y no olvideis jamás cómo os ha recibido un hombre en cuya casa
habeis entrado con intencion de deshonrarle.
--No, no saldré de aquí sin que me hagais una promesa.
--¿Cuál?
--Amo á vuestra hija.
--¿Y la amais mirando en ella á vuestra esposa?
--Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.
--¡Sed rey!
--¡Cómo!
--¡Sed rey! repitió fatídicamente el duque.
--Pero... mi padre es jóven... balbuceó el príncipe.
--¡Sed rey ó renunciad al amor de mi hija!
--¡Pues bien, lo seré y pronto!
--No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.
--Esperaré: pero...
--Os prometo mi hija: ahora salid.
Yaye tomó una bujía de sobre la mesa y acompañó al príncipe: la
habitacion quedó abandonada: detrás de las vidrieras habia quedado mudo,
aterrado, el marqués de la Guardia: Amina fijaba en él una mirada
lúcida.
--¡Oh, Dios mio! ¡Dios mio! exclamó el marqués: ¡qué horror! ¡Tú,
Esperanza, prometida á ese príncipe infame á cambio de un parricidio!
--El crímen se combate con el crímen, don Juan, dijo Amina: ahora bien,
¿tendrás valor para sacrificarte á mi amor como yo me sacrifico á
sagrados deberes?
--¡Oh, Esperanza! ¡considera que soy español, noble y caballero!
--El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por mí.
Llevó al jóven á una puerta; le dejó encerrado tras ella, volvió, abrió
la vidriera y entró en la cámara de su padre. Poco despues entró este, y
la besó en la frente.
--El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este.
Ese dia se enjugaran tus lágrimas, hija de mi alma. Entre tanto es
necesario que cumplamos el juramento que yo hice á mi padre moribundo.
¡Todo por la patria! ¡todo! ¡hasta la virtud!...
Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue á la
puerta tras la cual habia dejado á don Juan, y atravesando las mismas
habitaciones oscuras que habian recorrido hasta allí, le llevó á su
aposento, cerró el mirador y se sentó á su lado.