CAPITULO IX.

De la no menos extraña aventura que sucedió al marquesito mientras

rondaba á la hermosa duquesita.

Don Juan se encaminó á su casa y se encerró en su cámara dando órden de

que por nada ni para nada le importunasen. Sentóse junto á una mesa y se

puso á hojear el testimonio.

Pero tenía la imaginacion llena y turbada con las noticias que le habia

dado la terrible princesa: zumbaban aun en su oido aquellas funestas

palabras:

--El emir de los monfíes de las Alpujarras es el asesino de tu padre.

Don Juan no pudo leer una sola línea: una niebla de color impuro flotaba

entre sus ojos y aquellos papeles: una perturbacion extraña envolvia su

espíritu. Por mas que creyera que las noticias de Angiolina eran

exageradas y acaso mentiras aceptadas por sus zelos, habia en aquellas

noticias verdades comprobadas de las cuales no podia dudar. Por ejemplo:

si Esperanza no era decididamente una mujer de la raza indígena

mejicana, tenia mucho de aquel moreno rojo é incitante que habia tenido

ocasion de admirar el marquesito en algunas mujeres venidas de allende

los mares, como esclavas ó esposas de los españoles de la conquista del

Nuevo Mundo: el carácter del duque tenia mucho de escéntrico, de

poderoso, de extraordinario: don Juan recordó el extraño capricho del

duque de que su hija fuese reina, y todos estos misterios, la revelacion

de que el duque era el matador de su padre, fermentando en su loca

imaginacion, aumentaron de una manera prodigiosa y á despecho suyo su

amor por Amina: esto parecerá extraño á alguno que creerá que don Juan

debia mirar con aversion á la hija del matador de su padre: pero debe

recordarse que el marquesito extrañaba sobremanera el contesto de aquel

versículo de las sagradas escrituras que dice:

_Yo soy el señor tu Dios fuerte, celoso, que visito la iniquidad de los

padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generacion de aquellos

que me aborrecen._

Don Juan no alcanzaba la profunda filosofía de que estan nutridos los

libros santos, y rechazaba aquel precepto que, segun él, hacia

responsables á los hijos de las faltas de los padres.

Don Juan no comprendia siquiera la palabra fatalidad, con la cual

únicamente se explica aquella terrible é inapelable sentencia: Don Juan

no comprendia que las causas producen efectos, y que las consecuencias

de los crímenes de los padres alcanzan necesariamente á los hijos.

Ademas que para tener estas ideas en los tiempos de don Juan era

necesario ser un hombre muy avanzado, porque tales ideas no eran de

aquellos tiempos, y casi casi no lo son aun de los nuestros.

Sea como quiera, en Don Juan no habia que buscar otra cosa que corazon,

y aun este estaba harto viciado por la educacion que habia debido á su

tio: no habia conocido á su padre y no le amaba: si le habia irritado el

saber el nombre de su matador, habia sido mas porque aquel hombre era el

padre de su amada. Si hubiera sido otro, don Juan se hubiera ido á

buscarle y le hubiera dicho:

--Vos matásteis á mi padre y yo voy á mataros aqui mismo, como quiera

que os encontreis: si quier sea en pecado mortal.

Lo hubiera hecho, como lo hubiera dicho, y despues no se hubiera vuelto

á acordar de ninguno de los dos difuntos.

Pero á despecho de don Juan, una voz interna le decia que debia hacer

justicia en el matador de su padre: pero como para hacer justicia en

causa propia es necesario estar justificado á los ojos de aquel á quien

debemos castigar, don Juan, siempre que pensaba en esto, tropezaba en su

conciencia. Recordaba aquel padre deshonrado, que con tanta calma, con

tanto valor, con tanta grandeza habia recibido al seductor de su hija:

entonces creia comprender por qué razon el duque ó el emir de los

monfíes, aquel personaje extraordinario, en una palabra, no habia lavado

con su sangre el deshonor de Amina: don Juan creia escuchar en los

labios del duque estas ó semejantes palabras:

--Maté al padre por calumniador ó seductor de mi esposa: no quiero matar

al hijo por corruptor de mi hija.

Cuando pensaba esto don Juan casi comprendia la terrible sentencia de

Dios, y sentia sobre su frente un peso enorme, que casi le obligaba á

doblegar su soberbia cabeza ante el duque. Aquel hombre habia tenido su

vida en sus manos y no la habia tomado. El duque habia matado al

marqués, sin duda justamente: el hijo del marqués habia herido de una

manera infame el corazon del duque. Casi estaban en paz. Don Juan, pues,

no pudo aborrecer al matador de su padre y en cuanto á Amina...

Amina habia aumentado en valor á los ojos del marquesito de una manera

prodigiosa: su empeño por ella se habia centuplicado. Era necesario á

todo trance que fuese suya, enteramente suya, dijese la irritada sombra

del difunto marqués lo que quisiese: dijera el mundo lo que mas le

agradase: era necesario conceder, á pesar de lo mucho que se habia

hablado acerca de la pérdida de la duquesita, que esta tenia un

prestigio legitimamente adquirido, ya por la grandeza que naturalmente

rebosaba de ella, ya por su extremada hermosura, ya en fin por las

riquezas de su padre: ademas tanto se habia hecho respetar Amina de la

maledicencia, que á pesar de haber sabido toda la córte que habia estado

perdida toda una noche, se creyó lo del convento de las Ballecas, y

nadie sospechó siquiera que su pureza se hubiese empañado: todo el mundo

creyó lo que quiso creer excepto lo deshonroso, porque ni el duque, ni

su hija, ni sus criados, habian dado á nadie explicaciones, y por otra

parte, muertos los cómplices de don Juan, é interesado este por la honra

de la mujer que amaba, nada cierto se habia sabido, porque el que

hubiese podido servir de testigo fehaciente, el comediante Cisneros,

estaba demasiado interesado en guardar el secreto, y, por otra parte,

tenia tal fama de mancillador de honras, que nadie le hubiera creido

bajo su palabra.

Sobre todo esto, Amina se habia presentado al dia siguiente de su

pérdida en los parajes mas públicos con la frente alta y radiante de

pureza y de inocencia, y habia conseguido lo que se consigue siempre

cuando se mira frente á frente al mundo con la expresion de la dignidad

y del orgullo.

La funesta aventura de la noche del jueves santo de 1567, solo era

conocida de Yaye, de Amina, del marqués de la Guardia y del comediante

Cisneros.

El secreto, pues, estaba perfectamente asegurado.

Llena la imaginacion de delirios, enamorado, fuera de sí, don Juan salió

de su casa y se encaminó á Puerta de Moros, cerca de la cual tenia su

palacio Yaye.

¿A qué iba allí el marquesito? A pasearse por la calle, á mirar las

ventanas de su amada, á ocultar en la sombra y el silencio el dolor de

sus amores. ¿Acaso en nuestra juventud no hemos hecho cada cual lo mismo

alguna vez? ¿Una ventana tras la cual se ve una luz, cuando aquella luz

ilumina la habitacion de la mujer que amamos, no ha tenido alguna vez

para nosotros encantos indefinibles? ¿No hemos esperado ver una sombra

tras los cristales, esbelta, hechicera, embellecida por nuestro

pensamiento y si la hemos visto, no nos hemos considerado felices?

A eso pues iba don Juan á la estrecha calleja á donde daban algunos

balcones de los aposentos de Amina: á estar mas cerca de ella; á espiar

su sombra en los cristales de los miradores.

Eran mas de las doce de la noche y esta muy oscura: ventiscaba y de

tiempo en tiempo el cerrado celaje arrojaba una ligera lluvia.

Cuando llegó don Juan frente á frente de un postigo de la casa de Yaye y

debajo de un balcon cubierto con celosías, se ocultó tras uno de los

postes de un soportal de un casuco inmediato y se puso á atalayar el

balcon, á través del cual se veia el reflejo de una luz.

Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y era una calorosa

noche de julio: hacia algun tiempo que Amina, so pretexto de enfermedad,

no asistia á las reuniones de costumbre, y decimos bajo pretexto de

enfermedad, porque todas las noches al mediar, cuando el marquesito

estaba ya en la calleja, aparecia una sombra esbelta en el balcon, tras

las celosías, y permanecia allí una hora, mirando á la otra sombra opaca

que habia en la calle. Despues la hechicera sombra se retiraba del

balcon, se cerraba este, y el marquesito abandonaba su poste y se

alejaba suspirando.

Esto demostraba que Amina no estaba enferma, porque tratándose de la

casa del duque de la Jarilla, la sombra que hacia permanecer una hora en

la oscura calleja al marquesito, no podia ser otra que Esperanza.

Haria tres dias que don Juan no habia asistido á aquella cita tácita, á

aquella muda y misteriosa entrevista, en que los amantes se hablaban con

el alma, y en que se lo prometian todo, se lo juraban todo.

Por lo mismo, y á pesar de la máquina de pensamientos que se revolvian

en su cabeza, quiso saber si se le esperaba; si se contaba con que su

ausencia seria corta, y se ansiaba su vuelta: tras las celosías del

balcon brillaba la luz; pero Amina no estaba allí: don Juan para no ser

visto se ocultó detrás del poste, desde el cual hacia su acostumbrada

atalaya, y esperó.

Pasó un cuarto de hora, media hora, que marcó lentamente la campana de

un relój dentro de la habitacion de la duquesita: al fin el marqués oyó

unas pisadas que conocia demasiado, en aquella habitacion; luégo

apareció una sombra tras las celosías, y se apoyó en la balaustrada del

balcon.

Don Juan permaneció oculto.

Poco despues la sombra se retiró con un movimiento de despecho, y se

entró en la habitacion: trascurrido un corto espacio, don Juan oyó el

preludio de una guitarra, y al fin la voz de Amina que cantaba.

¿Pero qué cantaba?

La armonía era lánguida, sentida, llena de expresion; un verdadero canto

de amores; pero de amores tristes; un gemido del alma. ¿Pero en qué

dialecto? era extranjero. Don Juan no comprendia una sola palabra, no

podia comprenderla; pero por la entonacion, por lo sentido del acento de

la jóven, se comprendia bien á qué género pertenecia su canto.

¿Pero á qué aquel dialecto extranjero?

Otro nuevo misterio se desplegaba ante el alma de don Juan, ó por mejor

decir, aquel misterio parecia comprobar las revelaciones de Angiolina.

¿Seria acaso una balada indiana, inspirada por la soledad y la ausencia

en una de las brabías y gigantescas selvas del desierto mejicano?

Pero no, no podia ser. ¿Cómo un pueblo idólatra, y salvaje, segun creia

don Juan, podia haber llegado á expresar en sus cantos tan dulce

sentimiento, tan lánguida, tan triste, tan suspirante armonía?

Aquel canto no era el canto rudo y monótono de un pueblo primitivo, sino

el de un pueblo civilizado que habia comprendido en todas sus

entonaciones el lenguaje del corazon y sabia hablar sin palabras por

medio de la música, ese lenguaje maravilloso comprensible para todos los

pueblos, cualquiera sea su dialecto, y que debe ser el lenguaje de los

ángeles. Don Juan comprendió en aquel canto, que para él no tenia

palabras, la espansion del alma de una mujer enamorada, que se encuentra

lejos del ser que ama y que solo alienta una dudosa esperanza de

poseerle. Las notas de aquel canto caian una á una en el corazon de don

Juan, y aumentaban su amor, sobreponiéndole á todo otro pensamiento; y

decimos que aumentaba, su amor, porque el amor, como todos los

sentimientos espansivos, puede crecer comprimiéndose hasta hacer

estallar el corazon que le contiene.

Amina cantó algunas estrofas; despues cesó, y el marqués oyó el sonoro

gemido de la guitarra, al caer abandonada con descuido por la mano que

la habia sostenido.

La duquesita volvió á aparecer en el balcon.

Don Juan iba á dejarse ver, cuando sintió pasos de dos hombres en la

calle y se detuvo, y se ocultó mas, para dejar pasar á los importunos.

Pero, con gran sorpresa suya, los dos hombres se detuvieron junto al

postigo de la casa del duque, hablaron un momento, y despues uno de

ellos se acercó al postigo, sonó una llave en la cerradura, abrióse el

postigo, y uno de los dos hombres entró. Aquel hombre no era el duque,

ni tenia su altivo continente, ni su gallardía. El otro hombre se habia

quedado fuera, y se habia sentado, sin duda para esperar cómodamente, en

el dintel del postigo.

Amina continuaba inmóvil en el mirador.

En el primer momento el marquesito sintió en sus oidos un zumbido sordo,

terrible; luego la sangre se agolpó á su corazon, un movimiento salvage

de rabia, de zelos, de indignacion, como podia haberlo experimentado un

marido engañado, le agitó de piés á cabeza; sintió al fin un horrible

vértigo, el vértigo de la venganza, y, saliendo de repente de su

acechadero, desnudó la espada, y se fue con ella de punta hácia el

hombre que se habia sentado en la grada del postigo, y á quien no dejó,

como suele decirse, en el sitio, porque la cólera, haciendo errar el

golpe al marqués, salvó á aquel hombre por un momento.

La espada de don Juan habia dado en la madera del postigo y se habia

clavado en ella fuertemente.

El bulto se habia puesto de pié y habia desenvainado su espada.

El marqués con un violento esfuerzo desclavó la suya, y se fue para

aquel hombre, que le esperó con una serenidad que demostraba bien claro

que se trataba de un valiente.

Era la noche muy oscura, y no podian verse las caras, y mucho menos los

aceros.

Ni uno ni otro pronunciaban una sola palabra.

El marqués acometia, y el incógnito se mantenia firme.

Pero muy pronto se vió obligado á retroceder ante el furioso ataque del

marqués; muy pronto aquella retirada fue violenta, el marqués le hizo

cejar á todo lo largo de la calle, y al fin, fatigado el otro, aflojó en

la defensa, y el marqués le alcanzó con una terrible estocada.

Al sacar don Juan la espada de la herida, aquel hombre cayó redondo en

tierra, sin pronunciar una sola palabra.

--¡Ah! exclamó don Juan: ¡ahora me queda el otro, y despues el duque, y

luego su hija!

Como ven nuestros lectores, el marqués, en su zelosa rabia, queria

exterminar á medio mundo.

Cuando llegó al postigo, se volvió á él con visible intencion de llamar.

Amina estaba aun en el balcon, y antes de que el marqués tocase al

llamador, se abrieron con extruendo las celosías, y la dulce y grave voz

de la jóven dijo con ansiedad:

--Esperad, don Juan; yo os lo suplico.

El marqués se detuvo; permaneció inmóvil y como anonadado algunos

segundos, y luego exclamó con un acento en que se exhalaba una alegría

infinita:

--¡Ah!; eres tú!

Aquel ¡eres tú! contenia en sus seis letras un mundo de sensaciones y de

pensamientos para cuya explanacion se necesitaria un volúmen.

--Si, si, yo soy; dijo con ansiedad Amina: ¿habeis muerto á ese hombre?

--No lo sé.

--¿Estais herido?

--No.

--Pero pueden encontrar á ese hombre muerto ó herido: vos, os conozco,

no os retirareis: yo os esperaba para hablaros si veníais: os hubiera

hablado por una reja, pero ahora es imposible: podian encontraros...

¡Dios mio!

--¿Y qué podria sucederme peor que lo que me sucede? exclamó con

desesperacion el marqués.

--Yo no quiero que os acontezca ninguna desgracia. Por lo mismo, seguid

adelante junto á la pared hasta que encontreis una reja: trepad por

ella; encima hay un balcon: voy á abrir ese balcon.

--¡Oh Dios mio! exclamó el marqués dominado por un intenso sentimiento

de felicidad.

Poco despues trepaba por una reja, salvaba la balaustrada del balcon,

pisaba una alfombra, y una hermosa mano asia la suya.

--¡Oh, Esperanza de mi alma! exclamó el marqués.

--Ven conmigo, ven; dijo con voz opaca Amina: este momento es supremo.

Y diciendo esto conducia al marqués asido de una mano á través de

habitaciones oscuras.

Amina se detuvo en una de ellas, y dijo con acento grave:

--Júrame, don Juan, que serás prudente: te voy á llevar á un lugar donde

mi padre cree que de nadie puede ser escuchado mas que de su hija.

--¿Y para qué? dijo el marqués que lo habia olvidado todo: escuche yo tu

voz, vea yo tus ojos, y nada me importa el mundo entero.

--Has visto entrar en mi casa un hombre, dijo Amina.

--¡Ah! exclamó don Juan, como quien despierta de un hermoso sueño.

--Pues bien, es menester que sepas por qué ha entrado y á qué ha entrado

ese hombre aquí: sígueme: no hables una palabra mas; recata tus pisadas:

silencio y prudencia.

Don Juan se dejó conducir por la duquesita, que le hizo atravesar

algunas otras habitaciones oscuras, y al fin le introdujo en una en que

penetraba un débil resplandor á través de unas puertas vidrieras,

cubiertas con unas tupidas cortinas de cambray bordado.

El marqués levantó imperceptiblemente una de las cortinas: en la otra

vidriera observaba Amina: los dos jóvenes estaban asidos de las manos.

En la habitacion inmediata habia dos hombres.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 52 / 168 题