Del medio que eligió el marquesito de la Guardia para irritar el
amor de Amina.
Ciertamente era necesario un obstáculo de gran monta para detener en su
carrera al voluntarioso don Juan.
Acostumbrado á que todo se rendiese á sus deseos, era un torrente cuyo
curso se hacia cada vez mas rápido, y sus aguas mas turbias: al fin
habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia
manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para
que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejándola
enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al
torrente de las pasiones del marqués.
Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le
sonreian, abriéndole sus brazos, ó virtudes fáciles que cedian en el
momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jóven.
Esto en cuanto á las mujeres. En cuanto á los hombres, como el marqués
era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas
esforzados, nuestro jóven campaba entre ellos por su respeto, puesto que
el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse
comprometido en un lance desastroso.
Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres,
considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su
belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la _hermosa
duquesita_, por aquella otra singularidad femenina, por aquel
hermosísimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los
empeños de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente
de acero de la murmuracion femenil.
El marqués, que como hemos dicho, antes de conocer á Amina, se habia
sentido arrastrado hácia ella por un impulso instintivo; que al verla se
habia enamorado en un solo momento, como jamás se habia enamorado de
otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella niña magnífica
en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin
ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su
boca su vida; se vió sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo,
que como hemos visto, habia dado el paso, en él extraño y casi milagroso
de pensar en el matrimonio.
Don Juan se habia transformado de repente, de señor en siervo, de
burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando
de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este
milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas
dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de
que el amor se habia valido.
Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para
dominar al soberbio don Juan.
Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser
codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no
sé qué dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la
enérgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus
maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto
irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no
don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con
toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las
fuerzas que conocemos.
Don Juan se sintió humillado; pero al ser humillado se sintió
engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el
desprecio público; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo
que le humillaba dominándole, porque para él todo dominio era
humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que á todo se
sobrepone y que dominándolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia
apoderado del alma del marqués, le habia hecho gozar por un momento de
un cielo para despeñarle despues á la tierra y decirle:--No pasarás de
ahí.
Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse á aquel
cielo, conoció que sus alas se habian quemado; que era un ángel rebelde,
caido entre el lodo, y solo aspiró lo nauseabundo, lo fétido de aquel
lodo, cuando quiso levantarse á otra region mas pura, y no pudo; cuando
lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueño de
impureza que habia dormido desde su infancia, oyó una voz terrible, la
de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una
resolucion irrevocable:--No quiero ser vuestra esposa.
¿Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la
ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la
fatalidad coloca á la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la
misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba á la _hermosa
duquesita_, era amado de ella. ¿Acaso aquel padre que parecia tan
terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que
se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pública, tendria por
objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero él se
habia presentado decidido, resuelto á ser esposo de la duquesita y se le
habia rechazado. ¿Seria que efectivamente padre é hija estuviesen locos
ó fuesen tan soberbios, que aspirasen á un trono? ¿Y qué trono podia ser
este? ¿El de España? ¿El que ocupaba el tremendo, el frío, el calculador
Felipe II?
Esto era un absurdo, un sueño insensato, y sin embargo, pensó en ello el
marqués de la Guardia, á pesar de lo monstruoso del pensamiento.
¿Acaso se contaria con el príncipe de Asturias?
Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos años.
Contábanse de este príncipe en los círculos íntimos de la córte, vicios
repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos
impuestos al príncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada
habian influido respecto á las viciosas inclinaciones del príncipe. Las
damas de la reina se veian á cada paso obligadas á quejarse de las
tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor
monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas,
desaparecian del cuarto del príncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo,
sus gentiles-hombres, sus caballerizos, á trueque de no irritarle,
encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado á
cerrar los ojos y los oidos á muchas cosas, para no verse en la dura
necesidad de castigarlas; para no dar el escándalo de reducir á una
prision rigorosa al heredero inmediato de la corona.
Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la
confianza del príncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros.
Pero si Yaye, conociendo el carácter voluntarioso del príncipe, y
contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en
ponerla por este medio en el trono de las Españas, era necesario
deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles.
En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria
consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de España, y
cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un
imposible, con un milagro. Si él se casaba secretamente... esto era
tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don
Juan creia, alcanzaban á todas partes; pero contando con la maldad de
que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado
suponer que el príncipe se rebelase contra su padre, procurase
destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese á la altiva nacion
española una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros títulos á la
corona que el capricho del príncipe.
Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos
(que, segun opiniones muy autorizadas, era víctima de una feroz
monomanía), ¿pero cómo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla
y para su hija, que se prestasen á tales proyectos? Siendo asi, el duque
era un traidor, un infame, y doña Esperanza una miserable prostituta;
porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion á su amor, se casa con un
rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su
alma por un trono.
Don Juan cerró con disgusto, con horror, los ojos de su alma á estas
suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian,
le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar
unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los
acompañan: la venganza.
Don Juan necesitó salir á todo trance de aquella terrible duda, y para
salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el
duque viudo y en la duquesa de la Jarilla.
Por la primera vez pensó don Juan en presentarse en el alto círculo de
la córte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres
costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la
forma. Nada le placia mas que ese género de reuniones, donde se puede
estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra
suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las
mancebías, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido
hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un
mundo aparte, en el cual se respiraba mas fácilmente; en que lo bello
era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rígidamente oculto
por apariencias de virtud. Don Juan comprendió que se puede ser malo
pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos
dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces
habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta
entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le
separó de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia á
aquel otro círculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado.
No hay que decir que fue acogido con un completo éxito, porque esto se
comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqués. En la córte
tambien, aunque bajo la máscara de una refinada hipocresía y con formas
convenientes, encontró don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que,
aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos
de promesas; opulentas y nobilísimas herederas que le sonreian
diciéndole harto claro que era un marido codiciable: las altas
cortesanas distinguieron á don Juan del mismo modo que las cortesanas
aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas.
Don Juan notó que tambien en la córte habia cieno; pero cubierto de
césped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta
sobre aquel florido césped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba
bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba
en su provecho los filones riquísimos que se ocultaban bajo aquel
cesped. Pero don Juan fue prudente.
En vez de revolcarse á diestro y siniestro por aquel lodo, se echó á
buscar entre él una víctima que le ayudase, sin saberlo, en sus
proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado
á la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se
hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto á ciertas
gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta línea de conducta, tenia dos
objetos: frecuentaba las primeras casas de la córte, veia en ellas á
Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor
en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y
sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon
de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaña, y Amina
sabia distinguir entre cien mujeres á la favorita del marqués.
Este habia tenido tacto: para dar zelos á Amina habia elegido una mujer
notabilísima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus
singularidades.
Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti.
Una de las tres singularidades de la córte de Felipe II en aquellos
dias, como dijimos al principiar esta segunda parte.
No le fué tan fácil á don Juan, como habia creido, la conquista de la
princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus
primeras vistas. Frecuentó su trato don Juan, la galanteó de una manera
delicada y ella se dejó galantear hasta cierto punto; pero cuando don
Juan se lanzó al fin á una declaracion decisiva, la princesa le contestó
con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo:
--No puedo aspirar á la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy
casada.
Don Juan, respecto á las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente
experiencia; creyó que en la princesa italiana habia encontrado una
virtud á prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado,
por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empeñó en el sitio de
la durísima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de éxito
pidió informes á sus amigos.
Esto equivalia á reconocer las obras avanzadas de la plaza.
--Os habeis metido en una empresa diabólica, amigo mio, le dijo el
marqués del Vasto, á quien don Juan abrió su pecho. Nada conseguireis de
la princesa.
--¿Y por qué razon, amigo don Alonso? repuso el marqués.
--Por la sencilla razon de que en cuatro años que lleva en la córte,
ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de
poseerla.
--¡Ah! ¡ah!
--Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se
encontraban los interlocutores en un ángulo de un salon de la casa del
duque del Infantado).
--Os engañais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella.
--Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la
córte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la
reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un
prodigio; ved qué cabellos, qué frente, qué ojos... qué todo. Pues bien:
lo que mas hace codiciable á esa mujer, no es su hermosura, sino la
situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la
_casada-vírgen_.
--¡Bah! siempre he tenido eso por una exageracion ó por una burla.
--Pues no es ni burla ni exageracion.
--¿Sabeis algo acerca de esa singularidad?
--¡Bah! lo sabe todo el mundo.
--Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo sé.
--Pues vais á saberlo, para que todo el mundo lo sepa.
--Os escucho.
--Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana.
--Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serenísima república.
--La princesa se ha criado en Roma.
--No son tampoco vestales todas las romanas.
--Sea como quiera, Angiolina quedó huérfana á los diez y seis años. Su
padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma,
cosido á puñaladas. Sola y sin amparo Angiolina, salió de Roma, pasó á
Toscana, y entró en un convento en Lierna. Conocióla por un accidente en
el cláustro, el príncipe romano Maffei Lorencini; comprendió que
Angiolina no tenia vocacion al cláustro, en el que solo habia entrado
por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La
habló, la pidió su mano, y aunque el príncipe no era ni jóven ni
hermoso, Angiolina prefirió el mundo al lado de un esposo poco
agradable, al cláustro junto á monjas menos agradables que el príncipe.
Aceptó y se casó con él. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en
la cámara nupcial, la dijo:
[imagen: La princesa Angiolina Vizconti.]
--Entrásteis por necesidad en el cláustro, y no quiero que por necesidad
os sacrifiqueis á un hombre que no puede agradaros. En vez de ser
vuestro marido seré vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo
menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os
pasará por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado
mi heredera: vos sois jóven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y
princesa.
--El señor Maffei Lorencini fue un héroe, dijo don Juan.
--No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la
vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce; á pesar de que, por
lo mismo, Angiolina está enteramente libre, ha guardado de tal modo la
honra del príncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han
tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuéntase (el marqués del
Vasto bajó la voz), que su magestad ha deseado tambien á la princesa, y
que ha salido tan mal parado como todos los demás.
--¿Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar á
un amante?
--¡Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; está enamorada de sí
misma. Solo se la ha conocido una pasion.
--¿Cuál?
--La de la envidia, y esta no se la conoció hasta que se presentó en la
córte la hermosa duquesita.
--¡Ah! exclamó profundamente don Juan.
--Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la córte, la reina de la
hermosura, hasta que se presentó ese nuevo sol, esa doña Esperanza, que
la ha eclipsado.
--Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la
princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en práctica un pensamiento
brillante que habia concebido.
--Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy á daros,
añadió el marqués del Vasto. Si no quereis sentenciaros á un sufrimiento
inútil, no volvais á pensar en la princesa.
Estrechó don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion
de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la
princesa, fué á sentarse en ella.
[imagen: El marquesito]
El pensamiento que habia concebido el marqués, era el siguiente: siendo
cierto que la princesa envidiaba á la duquesita, debia aborrecerla. Si
don Juan lograba que doña Esperanza se mostrase enamorada de él hasta el
punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era
suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer
conocer á la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su
amor.
Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar á la
mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones.