CAPITULO V.

De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente

enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.

Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la

sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una

manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que

habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que,

á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de

tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.

Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que él podia

verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su

alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se

habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo,

que nos obliga á anteponer una mujer á todo otro amor, á todo otro

interés, aun á nosotros mismos: ¿qué mas podremos decir cuando digamos

que don Juan habia prometido solemnemente á Amina ser su esposo, y que

al prometerlo habia pensado cumplir rígidamente su promesa?

Cuando su tio le oyó decir que iba á pedir por esposa su hija al duque,

palideció y sintió un terror mucho mayor que el que habia sentido su

sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina:

una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino,

emancipado de su tutela: esto importaba muy poco á don César de Arevalo,

pero importábale muchísimo primero verse obligado á rendir cuentas de

unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar

en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian

dar buenos rendimientos.

Don César acusó de loco á su sobrino: púsole ante los ojos desde el

primero hasta el último de los inconvenientes del matrimonio: recordóle

los muchos maridos que él mismo habia modificado, y, á propósito, la

hipocresía, el talento y la astucia satánica de las mujeres para engañar

á sus maridos, respecto á lo cual apelaba á la experiencia propia del

marquesito: apuró toda la infame lógica de los libertinos; apeló á las

armas del ridículo; al egoismo, á todos los elementos enemigos del

matrimonio. Su sobrino le dejó hablar, y cuando el tio, creyendo que

habia causado en el marquesito un magnífico efecto su perorata, hubo

concluido, el jóven pronunció con un aplomo que daba á conocer lo

irrevocable de su resolucion:

--Me caso.

--Pues yo os digo que no os casareis.

--Me casaré.

--Yo no os daré mi consentimiento.

--Me le dará el rey.

--El duque no os dará su hija.

--Se la robaré.

--No teneis poder para ello.

--Lo veremos.

--Lo veremos.

Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.

Y es el caso que aquella frase de su tio: «_el duque no os dará su

hija_» habia impresionado sobremanera al jóven, causándole una triple

herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas

palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia

dicho el jóven estrechándola en sus brazos:

--Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.

--Mi padre no os dará mi mano, habia respondido Amina suspirando.

--¿Y porqué? la habia preguntado anhelante el marqués.

La _hermosa duquesita_ solo habia contestado con otro suspiro.

Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa á pesar de los

cielos y de la tierra.

Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la

de Amina, tomó una resolucion heróica.

Fuese en derechura á la casa del duque, y se hizo anunciar.

Inmediatamente fue introducido.

Al ver á Yaye experimentó por primera vez ese sentimiento de respeto

hácia todo lo que concebimos superior á nosotros. Ya hemos dicho que

Yaye, á pesar de sus cuarenta y mas años, de sus desgracias, de su

lucha, se conservaba vigorosamente jóven, como en los dias en que

enamoraba por caridad á doña Isabel de Válor. El marquesito concibió

perfectamente que el duque de la Jarilla, á quien no conocia, fuese

padre de Amina, y que á no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su

esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel

enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que á

despecho de los años se estacionan; una de esas juventudes que han

perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo

el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqués de la Guardia se

sintió, pues, dominado, y perdió mucho del valor audaz de que iba

provisto.

--¿Tengo la honra, dijo inclinándose cortesmente, de hablar al señor

duque de la Jarilla?

--Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicándole con la mas perfecta

cortesanía un asiento.

--Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqués sentándose;

nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.

--¡Qué quereis! aunque vivo en la córte ando muy retirado de ella: solo

he venido á Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como

hacen muchos, porque será difícil, muy difícil que mi hija se case; sino

porque no se fastidie en un rincon de nuestras montañas.

--¿Decís que es muy difícil que vuestra hija, la hermosísima duquesa de

la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion,

creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su

hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida

en la córte, circunstancia que sabia todo el mundo: ¿y podria

preguntaros, sin parecer indiscreto, por qué es muy difícil que se case

doña Esperanza?

--Sí por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy á contestaros;

entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.

--¡Reina! exclamó atónito el marqués.

--Si por cierto, mi hija no se casará sino con un rey.

El marquesito miró fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo,

como contestando á aquella mirada:

--Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casará con un rey.

--¿Estais enteramente decidido á ese empeño?

--De todo punto.

--¿Y contais con que vuestra hija?...

--En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden:

obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija

piensa como yo, enteramente como yo.

--Permitidme que lo dude.

--Dudad cuanto querais.

--Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.

--Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.

--¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...

--Sé que venís á pedírmela por esposa.

--Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado....

--¡Por su amor!

--Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven,

sin medir las consecuencias de su dicho.

--Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo:

bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no

mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche:

porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo

quiso.--Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser

vuestra esposa.

--¡Señor duque!

--No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar

de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis

envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como

mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema

felicidad de la posesion de mi hija.

--¡Señor duque!

--Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os

he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre

como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose

lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago

pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?

El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de

Yaye, que continuó.

--No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra

infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin,

mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por

muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.

--¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que

ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os

hacen desistir de vuestro extraño propósito?

--Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.

--¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?

--Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.

--¿Y me ama?

--Vais á juzgar por vos mismo. ¡Ola!

Al llamamiento del duque, se abrió una mampara y apareció un criado.

--Decid á la señora duquesa que la espero, dijo Yaye.

Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos

de mujer, acompañados del crugir de un trage de seda; se levantó el

pestillo de una puerta, y al fin, Amina se presentó en la cámara de

recibo de su padre.

Al ver al marqués se puso letalmente pálida, retrocedió un paso, ahogó

un grito, y se llevó involuntariamente la mano sobre el corazon, como si

hubiese recibido en él un golpe de muerte: despues quedó inmóvil,

fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.

Yaye se acercó á ella, la asió de una mano, y llevándola junto al

marqués, la dijo:

--El señor marqués de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu

mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad:

esta se reduce, á que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de

buen ó mal grado los deseos del señor marqués: yo te juro, por la

memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo serás.

Ahora puedes responder al señor marqués.

--Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto á su alteracion, y cuya

palidez mate era la única señal que conservaba de la emocion que habia

causado en ella la inesperada vista del marqués: yo os agradezco con

toda mi alma, el que os hayais acordado de mí para hacerme vuestra

esposa; jamás olvidaré que habeis venido á ofrecerme lo que

indudablemente me haría muy felíz; vuestro nombre y vuestra fé; pero yo

no puedo aceptar.

--¡Que no podeis! ¡es decir que!....

--No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don

Juan.

--Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar

todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no

quiere ser vuestra esposa.

Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la

besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del

marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.

--Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced

cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas

del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré

algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos:

fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis

reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente

podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo

agradezco: yo os perdono.... á pesar de que me habeis causado una herida

que siempre brotará sangre.

--Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.

--¿Cuál? contestó con amargura Yaye.

Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó

con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz

resuelta:

--Tomad mi sangre, señor.

--¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el

emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á

vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla

entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme

con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para

nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.

Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.

Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente,

como pudiera haber llorado una mujer desesperada.

--¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo

conmovido Yaye.

Hubo un momento de solemne silencio.

Yaye tomó entrambas manos al jóven.

--¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.

--¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la

salvacion de mi alma.

--Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.

Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven

marqués.

--¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro

extraño empeño?

--No, no por cierto: mi hija, vuestra _Esperanza_ se casará con un rey:

esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.

Causó tal impresion aquella nueva extravagancia en el ánimo del marqués,

que miró fijamente al duque, temiendo habérselas con un loco; pero en

los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.

Don Juan temió volverse loco si permanecia un momento mas en aquella

casa, y salió delirante, frenético, sin despedirse del duque.

Este se quedó murmurando:

--¡Fatalidad! ¡la mano que mató al padre, no debe matar al hijo!

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 48 / 168 题