De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente
enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.
Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la
sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una
manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que
habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que,
á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de
tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.
Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que él podia
verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su
alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se
habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo,
que nos obliga á anteponer una mujer á todo otro amor, á todo otro
interés, aun á nosotros mismos: ¿qué mas podremos decir cuando digamos
que don Juan habia prometido solemnemente á Amina ser su esposo, y que
al prometerlo habia pensado cumplir rígidamente su promesa?
Cuando su tio le oyó decir que iba á pedir por esposa su hija al duque,
palideció y sintió un terror mucho mayor que el que habia sentido su
sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina:
una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino,
emancipado de su tutela: esto importaba muy poco á don César de Arevalo,
pero importábale muchísimo primero verse obligado á rendir cuentas de
unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar
en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian
dar buenos rendimientos.
Don César acusó de loco á su sobrino: púsole ante los ojos desde el
primero hasta el último de los inconvenientes del matrimonio: recordóle
los muchos maridos que él mismo habia modificado, y, á propósito, la
hipocresía, el talento y la astucia satánica de las mujeres para engañar
á sus maridos, respecto á lo cual apelaba á la experiencia propia del
marquesito: apuró toda la infame lógica de los libertinos; apeló á las
armas del ridículo; al egoismo, á todos los elementos enemigos del
matrimonio. Su sobrino le dejó hablar, y cuando el tio, creyendo que
habia causado en el marquesito un magnífico efecto su perorata, hubo
concluido, el jóven pronunció con un aplomo que daba á conocer lo
irrevocable de su resolucion:
--Me caso.
--Pues yo os digo que no os casareis.
--Me casaré.
--Yo no os daré mi consentimiento.
--Me le dará el rey.
--El duque no os dará su hija.
--Se la robaré.
--No teneis poder para ello.
--Lo veremos.
--Lo veremos.
Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.
Y es el caso que aquella frase de su tio: «_el duque no os dará su
hija_» habia impresionado sobremanera al jóven, causándole una triple
herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas
palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia
dicho el jóven estrechándola en sus brazos:
--Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.
--Mi padre no os dará mi mano, habia respondido Amina suspirando.
--¿Y porqué? la habia preguntado anhelante el marqués.
La _hermosa duquesita_ solo habia contestado con otro suspiro.
Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa á pesar de los
cielos y de la tierra.
Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la
de Amina, tomó una resolucion heróica.
Fuese en derechura á la casa del duque, y se hizo anunciar.
Inmediatamente fue introducido.
Al ver á Yaye experimentó por primera vez ese sentimiento de respeto
hácia todo lo que concebimos superior á nosotros. Ya hemos dicho que
Yaye, á pesar de sus cuarenta y mas años, de sus desgracias, de su
lucha, se conservaba vigorosamente jóven, como en los dias en que
enamoraba por caridad á doña Isabel de Válor. El marquesito concibió
perfectamente que el duque de la Jarilla, á quien no conocia, fuese
padre de Amina, y que á no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su
esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel
enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que á
despecho de los años se estacionan; una de esas juventudes que han
perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo
el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqués de la Guardia se
sintió, pues, dominado, y perdió mucho del valor audaz de que iba
provisto.
--¿Tengo la honra, dijo inclinándose cortesmente, de hablar al señor
duque de la Jarilla?
--Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicándole con la mas perfecta
cortesanía un asiento.
--Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqués sentándose;
nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.
--¡Qué quereis! aunque vivo en la córte ando muy retirado de ella: solo
he venido á Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como
hacen muchos, porque será difícil, muy difícil que mi hija se case; sino
porque no se fastidie en un rincon de nuestras montañas.
--¿Decís que es muy difícil que vuestra hija, la hermosísima duquesa de
la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion,
creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su
hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida
en la córte, circunstancia que sabia todo el mundo: ¿y podria
preguntaros, sin parecer indiscreto, por qué es muy difícil que se case
doña Esperanza?
--Sí por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy á contestaros;
entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.
--¡Reina! exclamó atónito el marqués.
--Si por cierto, mi hija no se casará sino con un rey.
El marquesito miró fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo,
como contestando á aquella mirada:
--Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casará con un rey.
--¿Estais enteramente decidido á ese empeño?
--De todo punto.
--¿Y contais con que vuestra hija?...
--En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden:
obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija
piensa como yo, enteramente como yo.
--Permitidme que lo dude.
--Dudad cuanto querais.
--Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.
--Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.
--¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...
--Sé que venís á pedírmela por esposa.
--Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado....
--¡Por su amor!
--Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven,
sin medir las consecuencias de su dicho.
--Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo:
bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no
mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche:
porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo
quiso.--Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser
vuestra esposa.
--¡Señor duque!
--No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar
de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis
envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como
mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema
felicidad de la posesion de mi hija.
--¡Señor duque!
--Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os
he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre
como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose
lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago
pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?
El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de
Yaye, que continuó.
--No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra
infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin,
mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por
muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.
--¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que
ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os
hacen desistir de vuestro extraño propósito?
--Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.
--¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?
--Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.
--¿Y me ama?
--Vais á juzgar por vos mismo. ¡Ola!
Al llamamiento del duque, se abrió una mampara y apareció un criado.
--Decid á la señora duquesa que la espero, dijo Yaye.
Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos
de mujer, acompañados del crugir de un trage de seda; se levantó el
pestillo de una puerta, y al fin, Amina se presentó en la cámara de
recibo de su padre.
Al ver al marqués se puso letalmente pálida, retrocedió un paso, ahogó
un grito, y se llevó involuntariamente la mano sobre el corazon, como si
hubiese recibido en él un golpe de muerte: despues quedó inmóvil,
fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.
Yaye se acercó á ella, la asió de una mano, y llevándola junto al
marqués, la dijo:
--El señor marqués de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu
mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad:
esta se reduce, á que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de
buen ó mal grado los deseos del señor marqués: yo te juro, por la
memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo serás.
Ahora puedes responder al señor marqués.
--Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto á su alteracion, y cuya
palidez mate era la única señal que conservaba de la emocion que habia
causado en ella la inesperada vista del marqués: yo os agradezco con
toda mi alma, el que os hayais acordado de mí para hacerme vuestra
esposa; jamás olvidaré que habeis venido á ofrecerme lo que
indudablemente me haría muy felíz; vuestro nombre y vuestra fé; pero yo
no puedo aceptar.
--¡Que no podeis! ¡es decir que!....
--No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don
Juan.
--Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar
todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no
quiere ser vuestra esposa.
Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la
besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del
marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.
--Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced
cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas
del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré
algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos:
fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis
reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente
podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo
agradezco: yo os perdono.... á pesar de que me habeis causado una herida
que siempre brotará sangre.
--Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.
--¿Cuál? contestó con amargura Yaye.
Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó
con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz
resuelta:
--Tomad mi sangre, señor.
--¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el
emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á
vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla
entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme
con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para
nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.
Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.
Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente,
como pudiera haber llorado una mujer desesperada.
--¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo
conmovido Yaye.
Hubo un momento de solemne silencio.
Yaye tomó entrambas manos al jóven.
--¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.
--¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la
salvacion de mi alma.
--Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.
Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven
marqués.
--¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro
extraño empeño?
--No, no por cierto: mi hija, vuestra _Esperanza_ se casará con un rey:
esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.
Causó tal impresion aquella nueva extravagancia en el ánimo del marqués,
que miró fijamente al duque, temiendo habérselas con un loco; pero en
los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.
Don Juan temió volverse loco si permanecia un momento mas en aquella
casa, y salió delirante, frenético, sin despedirse del duque.
Este se quedó murmurando:
--¡Fatalidad! ¡la mano que mató al padre, no debe matar al hijo!