La una por la otra.
Habíase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion
de espíritu muy favorable para conseguir su intento. Habíase colocado
entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre él una
atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que
seriamente empeñado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente,
y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jóven sultana,
excitaba sus deseos.
Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros
lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por
ella.
Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello
mórvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma
magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y
brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas,
dulcemente arqueadas y negrísimas; negros los ojos, rasgados,
resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestañas, que no
sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada ó para
aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente pálida,
lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez
no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivísimo, puro,
fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza,
de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus
brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rígido contorno,
la magestuosa armonía, la extremada belleza de la estatuaria griega, de
los buenos tiempos en que los griegos robaron á la naturaleza sus mas
bellas y puras formas para animar con ellas el mármol.
Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no
se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.
Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no
sé qué de severo, de casi duro, de las formas enérgicamente correctas,
el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual é
incitante, y la mirada lánguida, velada, dulcísima. Esto, se entiende,
en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando,
por efecto de su envidia y de su rivalidad hácia Amina, rivalidad hasta
entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la
princesa tenia toda la siniestra, sombría y terrible expresion del angel
caido.
Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, ó
cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.
Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible,
de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos
siendo desdeñado, ó devorado por un amor frenético, exigente y zeloso,
siendo amado.
Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan
pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis años,
á penas representaba veinte.
Cuando se presentó por primera vez en la córte de las Españas con su
viejo marido el príncipe Lorencini Maffei, causó una sensacion profunda.
Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia española no
tenia rival en Europa, la córte de las Españas era muy concurrida de
gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en
ella las mujeres hermosas; encontrábanse á cada paso, en las iglesias,
en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos
azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y
ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos
de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo
extremadamente enérgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto
por lo relativo al extranjero, que en cuanto á lo relativo al interior,
al género de casa, la córte era una admirable y variada exposicion de
fidalgas vascongadas, montañesas, asturianas y gallegas, con su candor y
su nítida blancura; de andaluzas y estremeñas con su mirada volcánica;
de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices
disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con
su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enérgico y
duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura,
y por último de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en
galanteos, y sus artes y sus aliños que suplen á la hermosura. El
aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que,
ademas de las blancas, las trigueñas, las morenas y las doradas, no
faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el ébano y
hermosas, con arreglo á su tipo, que servian de doncellas esclavas, en
la mayor parte de las casas de la nobleza.
Difícil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese,
brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de
bellezas. Sin embargo, á su aparicion en la córte, Angiolina alcanzó un
éxito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeños, y se hicieron
codiciables una mirada suya, una sonrisa ó una inclinacion de cabeza
algo expresivas.
Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables
galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un
empeño; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como
casada-vírgen, y las exageraciones que con relacion á ella se citaban,
la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion
de Amina en la córte, que fue una singularidad de mas monta.
Llevábala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en
singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de
una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia á Yaye);
conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia
sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca,
tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran
prestigio á Amina.
Por otra parte Yaye habia entrado en la córte, asombrándola con su
inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas á las mas
altivas grandes de España y se ponderaban los tesoros de la _duquesita_.
Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria,
con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrería eran
las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como
hubiera convenido á su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto á
lo demás, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, á muchas de las
riquísimas y faustosas señoras de la córte.
Esto y su rivalidad con Amina, eran los únicos sinsabores que amargaban
el corazon de la princesa: por lo demás, tenia un excelente marido, ó
mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia á
hacerla una brevísima visita de año en año, y que la dejaba enteramente
entregada á sí misma y dueña de sus acciones, libertad de que, segun
fama pública, no habia abusado en lo mas leve la princesa.
Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqués de la Guardia
para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto,
podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido á
sus deseos.
La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano
á mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la
princesa se encontrasen demasiado próximas aquella noche en la casa del
duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase
vacío el único sillon que las separaba, en el que se sentó don Juan.
Cuando un hombre que vale tanto como el marqués valia, se encuentra
colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho
mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion
especial que generalmente es fecunda en consecuencias.
Amina, que antes de llegar el marqués, se habia mostrado indiferente y
altiva con la princesa, al saludar don Juan á esta, se puso pálida; al
sentarse el jóven se la comprimió el corazon, y sus ojos se fijaron con
ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al
saludo del marqués.
Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y
entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la
situacion. Don Juan tomó familiarmente, como un hombre que está
autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y á propósito
de su mérito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de
galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se
nubló; su altivez rugió poderosamente dentro de su alma, y las oleadas
de aquella tempestad salieron á su rostro, tanto mas determinadas cuanto
la jóven luchaba por ocultarlas: don Juan dejó que Angiolina gozase de
su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para
amargar aquel triunfo, para empeñar, en una palabra, á la princesa:
aquella ocasion no tardó en presentarse: algunos músicos, con guitarras
y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de
la época.
Entonces el marqués se volvió á Amina, y mirándola de una manera tal que
parecia decir: «á vos, sola á vos amo,» la invito á bailar.
Amina entregó su mano á don Juan, se levantó en un movimiento nervioso,
y clavó una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contestó
con otra mirada de amenaza.
Amina y el marqués se lanzaron en el baile: la princesa se negó á todos
los que llegaron á invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre
los brazos del marqués, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba
una mirada rápida, fugitiva como un relámpago, pero llena de insultos, á
la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi,
el alma de Angiolina y hacia asomar á su semblante las oscilaciones de
una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tomó
una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion
decidida; y cuando, terminada la danza, el marqués volvió con Amina y se
sentó de nuevo junto á la princesa, esta se apresuró á decirle:
--Cuento con vuestra cortesanía, don Juan.
--Quien os ha ofrecido su corazon, señora, contestó el marqués, está
siempre dispuesto á serviros.
--Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me
sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aquí; respirar el aire
libre; mis criados aun no habrán venido; es temprano. ¿Quereis
acompañarme, señor marqués?
Don Juan se levantó, saludó á Amina, y dió el brazo á la princesa.
Amina sintió que el corazon se la rompia al recibir la mirada
indescribible con que Angiolina se despidió de ella: comprendió cual era
la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla
la posesion de don Juan: pero existe una ley tiránica que encadena á la
mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneció
aniquilada en su asiento, mientras el marqués y la princesa salian
juntos, causando con su salida uno de esos sordos escándalos, que se
hacen por un momento dueños exclusivos de la sociedad en donde pasan;
que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la
conversacion de todos.
--¿Quereis que pida una litera? dijo el marqués cuando estuvieron en el
zaguan.
--No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada
del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.
El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia
conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy
bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y
se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.
--Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.
--Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta
hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.
--¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?
--¿_Para que vayais_? Contestó la princesa subrayando con su intencion
particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa,
no venís vos tambien?
--¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os
acompañe?
--No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva
de guia?
--Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.
--¿Quién sabe?
--Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha
notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he
notado que alguien nos sigue.
--¿Y qué me importa? ¿Qué os importa á vos?... Sigamos: mirad que noche
tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y
que nos sigan en buen hora.
--Creo señora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo
singular; os estremeceis toda.
--Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco
viento de la noche.
Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.
Empezaron á rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho
bastante; él se habia propuesto que ella lo dijese todo.
Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon á
Angiolina.
--Qué pensareis de mi don Juan, le dijo.
--¿Qué quereís que piense? dijo don Juan.
--¿Que qué quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata
de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.
--Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando
habeis necesitado de alguno que os acompañe.
--¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?
--Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera
de vuestros conocidos.
--Pues os habeis engañado.
--¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?
--¡Oh! ¡si!
Y aquel ¡_oh_! ¡_si_! de la princesa equivalia á decir: _yo os amo_.
Don Juan se hizo el torpe.
--Pues no tengo motivos para creer... dijo.
--¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma
impaciencia la princesa.
--¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!
--¿Y qué os he dicho?
--Que no podeis amarme.
--Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando
contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.
--¡Ah señora!
--Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me
ofendió.
--¡Ah! me comprendisteis mal.
--No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres,
sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en
vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os
ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí
que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante
mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que
os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.
--¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas
perfecta admiracion.
--Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer
que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.
--¡Ah! ¡zelos infundados!
--¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.
--Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas
mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.
--¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!
--¿No os he dado bastantes pruebas?
--Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia
amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el
corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.
--Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.
--Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino
respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava,
pero solamente suya.
--¿Y vuestro esposo?
--Solamente vuestra.
--¿Pero no considerais?
--Nada considero. Si muero por vos moriré contenta.
--¿Pero el mundo?...
--¿Y qué me importa el mundo? ¿qué me importa que ese mundo diga
señalandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es
al fin la querida del marqués de la Guardia: ha caido como todas? el
nombre de querida vuestra será mi orgullo.
--Pero puede evitarse que el mundo sepa...
--¡Evitar yo que el mundo sepa que os amo! ¡que soy vuestra querida! no;
yo no soy hipócrita, ni encuentro condiciones para el amor: ó amar ó no
amar: ó todo ó nada. Esta noche vais á venir á mi casa y vais á entrar
en ella por la puerta principal, dándome el brazo, delante de mis
criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que
quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de sí... me iré con
vos; si vos me abandonais... me meteré en un convento á llorar y orar
por vos. Estoy decidida y nadie me hará volver atrás.
¿Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su
ardor, ó era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer á
la _hermosa duquesita_?
Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un
empeño por el marqués y aborrecia á Amina.
Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma
al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.
--¡Mi adorada Esperanza es mía!
Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes
locos, hasta que llegaron á la casa de la princesa á cuya puerta
principal llamó el marqués.
Abrió el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina
pidió luces.
Luego la precedieron, alumbrándola con antorchas, dos pajes que se
asombraban de que su señora llegase á aquellas horas á pié, y acompañada
de un caballero jóven y buen mozo, que continuaba dándola el brazo hasta
dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones
particulares.
Angiolina despidió desde allí á los pajes, é introdujo á don Juan en una
preciosa cámara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al
ver al marqués.
--La cena, dijo la princesa quitándose el manto.
La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidió sus
doncellas hasta el otro dia.
* * * * *
Para completar este capítulo réstanos decir lo que pasó _sotto voce_ en
el palacio del duque del Infantado.
Algunos caballeros jóvenes, que habian extrañado la temprana salida de
la princesa acompañada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde
pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue
comisionado para seguir á la pareja.
El seguidor volvió una hora despues con la estupenda noticia de que la
princesa y el marqués, distraidos en una animada conversacion, habian
vagado á la ventura por las calles, y de que, por último, la princesa
habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al
marqués de la Guardia: esta noticia corrió de oido en oido hasta que
llegó á los de Amina.
La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en
la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia
comprendido que la robaba su amante.
Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe
terrible su funesta confirmacion. Amina se sintió verdaderamente
enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se trasladó á su
casa.
Al dia siguiente el leal Harum se presentó al emir.
--La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia
de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.
Quedóse por un momento Yaye pensativo.
--Pues bien, dijo al fin: vete á Roma y procura poner de claro en claro
la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa.
Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de
esa mujer encuentres, á la sultana.
* * * * *
Por una coincidencia singular, cuando el marqués de la Guardia se
despidió, bien entrado el dia, de la princesa, esta salió de su retrete,
atravesó algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y dió dos
palmadas.
Al punto, y como lanzado por una máquina, apareció entre el tapiz de una
puerta un hombre.
Aquel hombre era jóven; como de treinta y cuatro á treinta y cinco años,
y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian
algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campiña de
Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de
paño, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la
enorme empuñadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa
se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro,
vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el
otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el
corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas,
ceñidas por unas calzas de grana y dos piés de excelente forma,
calzados por zapatos de ante.
La princesa, anticipando su palabra á la de este hombre, que por su
parte permaneció impasible, le dijo con acento familiar:
--Sígueme, Bempo.
Bempo la siguió por una sucesion de habitaciones apartadas y
desamuebladas, y entró con ella en un retrete donde habia algunos
cofres.
Abrió uno la princesa, buscó en él, sacó un estuche y del estuche un
brazalete de perlas y diamantes y le entregó á Bempo.
--¿Para qué es esto? dijo aquel singular personaje.
--Para que lo vendas, contestó la princesa.
--¿Y qué he de hacer con el dinero?
--Ir á Granada: necesito que busques allí noticias de la duquesa de la
Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por
dia la historia de su familia: esto no te será difícil, por que ha
existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la
Jarilla, y se han hecho muchas pruebas é informaciones. Nada te importe
gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son
noticias acerca de la duquesa y pronto.
--¿Y cuando he de partir?
--Mañana.
Al dia siguiente salieron Harum el monfí para Roma: Bempo para Granada.