CAPITULO VII.

La una por la otra.

Habíase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion

de espíritu muy favorable para conseguir su intento. Habíase colocado

entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre él una

atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que

seriamente empeñado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente,

y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jóven sultana,

excitaba sus deseos.

Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros

lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por

ella.

Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello

mórvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma

magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y

brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas,

dulcemente arqueadas y negrísimas; negros los ojos, rasgados,

resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestañas, que no

sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada ó para

aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente pálida,

lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez

no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivísimo, puro,

fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza,

de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus

brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rígido contorno,

la magestuosa armonía, la extremada belleza de la estatuaria griega, de

los buenos tiempos en que los griegos robaron á la naturaleza sus mas

bellas y puras formas para animar con ellas el mármol.

Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no

se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.

Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no

sé qué de severo, de casi duro, de las formas enérgicamente correctas,

el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual é

incitante, y la mirada lánguida, velada, dulcísima. Esto, se entiende,

en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando,

por efecto de su envidia y de su rivalidad hácia Amina, rivalidad hasta

entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la

princesa tenia toda la siniestra, sombría y terrible expresion del angel

caido.

Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, ó

cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.

Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible,

de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos

siendo desdeñado, ó devorado por un amor frenético, exigente y zeloso,

siendo amado.

Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan

pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis años,

á penas representaba veinte.

Cuando se presentó por primera vez en la córte de las Españas con su

viejo marido el príncipe Lorencini Maffei, causó una sensacion profunda.

Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia española no

tenia rival en Europa, la córte de las Españas era muy concurrida de

gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en

ella las mujeres hermosas; encontrábanse á cada paso, en las iglesias,

en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos

azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y

ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos

de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo

extremadamente enérgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto

por lo relativo al extranjero, que en cuanto á lo relativo al interior,

al género de casa, la córte era una admirable y variada exposicion de

fidalgas vascongadas, montañesas, asturianas y gallegas, con su candor y

su nítida blancura; de andaluzas y estremeñas con su mirada volcánica;

de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices

disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con

su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enérgico y

duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura,

y por último de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en

galanteos, y sus artes y sus aliños que suplen á la hermosura. El

aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que,

ademas de las blancas, las trigueñas, las morenas y las doradas, no

faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el ébano y

hermosas, con arreglo á su tipo, que servian de doncellas esclavas, en

la mayor parte de las casas de la nobleza.

Difícil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese,

brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de

bellezas. Sin embargo, á su aparicion en la córte, Angiolina alcanzó un

éxito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeños, y se hicieron

codiciables una mirada suya, una sonrisa ó una inclinacion de cabeza

algo expresivas.

Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables

galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un

empeño; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como

casada-vírgen, y las exageraciones que con relacion á ella se citaban,

la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion

de Amina en la córte, que fue una singularidad de mas monta.

Llevábala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en

singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de

una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia á Yaye);

conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia

sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca,

tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran

prestigio á Amina.

Por otra parte Yaye habia entrado en la córte, asombrándola con su

inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas á las mas

altivas grandes de España y se ponderaban los tesoros de la _duquesita_.

Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria,

con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrería eran

las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como

hubiera convenido á su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto á

lo demás, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, á muchas de las

riquísimas y faustosas señoras de la córte.

Esto y su rivalidad con Amina, eran los únicos sinsabores que amargaban

el corazon de la princesa: por lo demás, tenia un excelente marido, ó

mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia á

hacerla una brevísima visita de año en año, y que la dejaba enteramente

entregada á sí misma y dueña de sus acciones, libertad de que, segun

fama pública, no habia abusado en lo mas leve la princesa.

Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqués de la Guardia

para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto,

podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido á

sus deseos.

La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano

á mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la

princesa se encontrasen demasiado próximas aquella noche en la casa del

duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase

vacío el único sillon que las separaba, en el que se sentó don Juan.

Cuando un hombre que vale tanto como el marqués valia, se encuentra

colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho

mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion

especial que generalmente es fecunda en consecuencias.

Amina, que antes de llegar el marqués, se habia mostrado indiferente y

altiva con la princesa, al saludar don Juan á esta, se puso pálida; al

sentarse el jóven se la comprimió el corazon, y sus ojos se fijaron con

ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al

saludo del marqués.

Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y

entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la

situacion. Don Juan tomó familiarmente, como un hombre que está

autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y á propósito

de su mérito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de

galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se

nubló; su altivez rugió poderosamente dentro de su alma, y las oleadas

de aquella tempestad salieron á su rostro, tanto mas determinadas cuanto

la jóven luchaba por ocultarlas: don Juan dejó que Angiolina gozase de

su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para

amargar aquel triunfo, para empeñar, en una palabra, á la princesa:

aquella ocasion no tardó en presentarse: algunos músicos, con guitarras

y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de

la época.

Entonces el marqués se volvió á Amina, y mirándola de una manera tal que

parecia decir: «á vos, sola á vos amo,» la invito á bailar.

Amina entregó su mano á don Juan, se levantó en un movimiento nervioso,

y clavó una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contestó

con otra mirada de amenaza.

Amina y el marqués se lanzaron en el baile: la princesa se negó á todos

los que llegaron á invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre

los brazos del marqués, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba

una mirada rápida, fugitiva como un relámpago, pero llena de insultos, á

la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi,

el alma de Angiolina y hacia asomar á su semblante las oscilaciones de

una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tomó

una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion

decidida; y cuando, terminada la danza, el marqués volvió con Amina y se

sentó de nuevo junto á la princesa, esta se apresuró á decirle:

--Cuento con vuestra cortesanía, don Juan.

--Quien os ha ofrecido su corazon, señora, contestó el marqués, está

siempre dispuesto á serviros.

--Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me

sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aquí; respirar el aire

libre; mis criados aun no habrán venido; es temprano. ¿Quereis

acompañarme, señor marqués?

Don Juan se levantó, saludó á Amina, y dió el brazo á la princesa.

Amina sintió que el corazon se la rompia al recibir la mirada

indescribible con que Angiolina se despidió de ella: comprendió cual era

la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla

la posesion de don Juan: pero existe una ley tiránica que encadena á la

mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneció

aniquilada en su asiento, mientras el marqués y la princesa salian

juntos, causando con su salida uno de esos sordos escándalos, que se

hacen por un momento dueños exclusivos de la sociedad en donde pasan;

que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la

conversacion de todos.

--¿Quereis que pida una litera? dijo el marqués cuando estuvieron en el

zaguan.

--No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada

del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.

El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia

conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy

bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y

se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.

--Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.

--Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta

hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.

--¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?

--¿_Para que vayais_? Contestó la princesa subrayando con su intencion

particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa,

no venís vos tambien?

--¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os

acompañe?

--No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva

de guia?

--Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.

--¿Quién sabe?

--Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha

notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he

notado que alguien nos sigue.

--¿Y qué me importa? ¿Qué os importa á vos?... Sigamos: mirad que noche

tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y

que nos sigan en buen hora.

--Creo señora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo

singular; os estremeceis toda.

--Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco

viento de la noche.

Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.

Empezaron á rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho

bastante; él se habia propuesto que ella lo dijese todo.

Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon á

Angiolina.

--Qué pensareis de mi don Juan, le dijo.

--¿Qué quereís que piense? dijo don Juan.

--¿Que qué quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata

de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.

--Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando

habeis necesitado de alguno que os acompañe.

--¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?

--Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera

de vuestros conocidos.

--Pues os habeis engañado.

--¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?

--¡Oh! ¡si!

Y aquel ¡_oh_! ¡_si_! de la princesa equivalia á decir: _yo os amo_.

Don Juan se hizo el torpe.

--Pues no tengo motivos para creer... dijo.

--¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma

impaciencia la princesa.

--¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!

--¿Y qué os he dicho?

--Que no podeis amarme.

--Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando

contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.

--¡Ah señora!

--Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me

ofendió.

--¡Ah! me comprendisteis mal.

--No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres,

sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en

vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os

ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí

que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante

mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que

os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.

--¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas

perfecta admiracion.

--Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer

que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.

--¡Ah! ¡zelos infundados!

--¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.

--Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas

mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.

--¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!

--¿No os he dado bastantes pruebas?

--Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia

amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el

corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.

--Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.

--Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino

respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava,

pero solamente suya.

--¿Y vuestro esposo?

--Solamente vuestra.

--¿Pero no considerais?

--Nada considero. Si muero por vos moriré contenta.

--¿Pero el mundo?...

--¿Y qué me importa el mundo? ¿qué me importa que ese mundo diga

señalandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es

al fin la querida del marqués de la Guardia: ha caido como todas? el

nombre de querida vuestra será mi orgullo.

--Pero puede evitarse que el mundo sepa...

--¡Evitar yo que el mundo sepa que os amo! ¡que soy vuestra querida! no;

yo no soy hipócrita, ni encuentro condiciones para el amor: ó amar ó no

amar: ó todo ó nada. Esta noche vais á venir á mi casa y vais á entrar

en ella por la puerta principal, dándome el brazo, delante de mis

criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que

quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de sí... me iré con

vos; si vos me abandonais... me meteré en un convento á llorar y orar

por vos. Estoy decidida y nadie me hará volver atrás.

¿Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su

ardor, ó era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer á

la _hermosa duquesita_?

Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un

empeño por el marqués y aborrecia á Amina.

Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma

al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.

--¡Mi adorada Esperanza es mía!

Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes

locos, hasta que llegaron á la casa de la princesa á cuya puerta

principal llamó el marqués.

Abrió el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina

pidió luces.

Luego la precedieron, alumbrándola con antorchas, dos pajes que se

asombraban de que su señora llegase á aquellas horas á pié, y acompañada

de un caballero jóven y buen mozo, que continuaba dándola el brazo hasta

dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones

particulares.

Angiolina despidió desde allí á los pajes, é introdujo á don Juan en una

preciosa cámara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al

ver al marqués.

--La cena, dijo la princesa quitándose el manto.

La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidió sus

doncellas hasta el otro dia.

* * * * *

Para completar este capítulo réstanos decir lo que pasó _sotto voce_ en

el palacio del duque del Infantado.

Algunos caballeros jóvenes, que habian extrañado la temprana salida de

la princesa acompañada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde

pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue

comisionado para seguir á la pareja.

El seguidor volvió una hora despues con la estupenda noticia de que la

princesa y el marqués, distraidos en una animada conversacion, habian

vagado á la ventura por las calles, y de que, por último, la princesa

habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al

marqués de la Guardia: esta noticia corrió de oido en oido hasta que

llegó á los de Amina.

La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en

la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia

comprendido que la robaba su amante.

Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe

terrible su funesta confirmacion. Amina se sintió verdaderamente

enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se trasladó á su

casa.

Al dia siguiente el leal Harum se presentó al emir.

--La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia

de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.

Quedóse por un momento Yaye pensativo.

--Pues bien, dijo al fin: vete á Roma y procura poner de claro en claro

la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa.

Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de

esa mujer encuentres, á la sultana.

* * * * *

Por una coincidencia singular, cuando el marqués de la Guardia se

despidió, bien entrado el dia, de la princesa, esta salió de su retrete,

atravesó algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y dió dos

palmadas.

Al punto, y como lanzado por una máquina, apareció entre el tapiz de una

puerta un hombre.

Aquel hombre era jóven; como de treinta y cuatro á treinta y cinco años,

y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian

algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campiña de

Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de

paño, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la

enorme empuñadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa

se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro,

vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el

otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el

corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas,

ceñidas por unas calzas de grana y dos piés de excelente forma,

calzados por zapatos de ante.

La princesa, anticipando su palabra á la de este hombre, que por su

parte permaneció impasible, le dijo con acento familiar:

--Sígueme, Bempo.

Bempo la siguió por una sucesion de habitaciones apartadas y

desamuebladas, y entró con ella en un retrete donde habia algunos

cofres.

Abrió uno la princesa, buscó en él, sacó un estuche y del estuche un

brazalete de perlas y diamantes y le entregó á Bempo.

--¿Para qué es esto? dijo aquel singular personaje.

--Para que lo vendas, contestó la princesa.

--¿Y qué he de hacer con el dinero?

--Ir á Granada: necesito que busques allí noticias de la duquesa de la

Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por

dia la historia de su familia: esto no te será difícil, por que ha

existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la

Jarilla, y se han hecho muchas pruebas é informaciones. Nada te importe

gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son

noticias acerca de la duquesa y pronto.

--¿Y cuando he de partir?

--Mañana.

Al dia siguiente salieron Harum el monfí para Roma: Bempo para Granada.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 50 / 168 题