CAPITULO XXVI.

Procedimientos judiciales.

El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se

hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la

ciudad; decíanse los nombres de los que habian sido presos, de los que

probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el

capitan general para que no volviese á reproducirse el peligro en que,

durante algunas horas, habia estado Granada.

Decíase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadáver de un

capitan de infantería española, que habia sido encontrado muerto á

estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia

matado. Añadian que don Diego de Córdoba y de Válor, andaba envuelto en

aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doña Elvira, y su

hermana doña Isabel habian desaparecido, y por último, que de la casa de

don Diego de Válor no habian quedado en la calle del Agua mas que

escombros denegridos.

Hablábase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cómo

el duque de la Jarilla, poderoso señor que hacia muchos años estaba

retirado de la córte, en la pequeña ciudad de Guadix, habia encontrado

muerta á su hija, á quien habia perdido, encuentro que habia tenido

lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que

habia hecho el capitan general á los caballeros é hidalgos del reino

contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban,

y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir, á los

curiosos y desocupados.

Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los

monfíes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada á

la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido

presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar,

que solo conocian aisladamente á sus capitanes, y estos habian huido,

poniéndose en salvo en las breñas de las Alpujarras, y haciéndose por

necesidad monfíes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la

Chancillería, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye,

ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que

habian provocado y puéstose al frente de la rebelion.

_El último mono se ahoga_, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente

aconteció entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por

no saber nada habian quedado abandonados á si mismos y presos, pagaron

la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados á

galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia

revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillería,

opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos

moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse

fulminado terribles procesos, se echó tierra al negocio, como se habia

echado sobre los cadáveres de los ajusticiados, y no se volvió á hablar

mas de ello.

Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre,

casi régia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta

cabeza era la de don Diego de Córdoba y de Válor, contra el que obraba

la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de

Sedeño.

Pero don Diego gastó tan á tiempo y en tanta cantidad su dinero,

sirviéndole de agente su buen amigo el marqués de la Guardia; era tan

benévolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el

capitan Sedeño, pasó sin dificultad por falsa, y como no habia contra él

otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeño habia aparecido

monfí y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, túvose

aquella carta por apócrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeño,

sobreseyóse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se

confesase públicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto á

verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano,

católico, apostólico romano. Del mismo modo se levantó mano respecto á

su hermano don Fernando, á quien, mediante la misma confesion, se

permitió volver á vivir libremente en Granada.

Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera á esculpar á

don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los

moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron

con gran ahinco los letrados defensores.

Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad, á no

ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre él una

acusacion terrible: la de asesinato contra su cuñado Miguel Lopez.

Esta acusacion habia provenido de Calpuc, ó mejor dicho, la conciencia

de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion.

En el momento en que Calpuc se vió preso y encerrado, imposibilitado por

lo tanto de ir á cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez,

contando con su libertad, pensó en que, á pesar del dolor en que le

habia sumergido la muerte de su esposa y la pérdida de su hija, él, que

no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en

el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la

desgracia; pensó tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios,

primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar á su hija, y

que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues,

pidió con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una

revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillería

que esta revelacion seria referente á la rebeldia de los moriscos, se

apresuraron á enviar un alcalde de casa y córte, acompañado de un

escribano, al calabozo de Calpuc.

Este declaró que estaba en su poder Miguel Lopez, refirió las

circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus

manos, cuando le salvó de los monfíes, y dió tales y tales señales del

lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian

equivocarse los que fuesen enviados en su busca; á pesar de esto, los

emisarios enviados por la justicia, ó mal enterados ó torpes, no dieron

con el subterráneo; volvieron; en atencion á lo grave del asunto,

decretó la Chancillería, que el mismo Calpuc, bien asegurado y

escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres

dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se

habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en

el subterráneo.

Entonces se vió una cosa horrible: junto á la puerta de hierro,

entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontró á Miguel Lopez

muerto de hambre, mordiéndose un brazo, con el que sin duda el

desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadáver, se

encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban á

cicatrizarse.

Reconocido el subterráneo, se encontró un lecho revuelto, y sobre una

mesa, junto á una lámpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra

gorda y ruda en que se leia:

«He cometido grandes crímenes, y la mano de Dios me castiga: muero aquí

en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre

que me salvó de los monfíes, que me trajo aquí y que me curó, salvándome

del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna

desgracia á ese hombre cuando no ha venido á cuidar de mí. Si no vuelve

pronto conozco que no tardaré en morir y quiero dejar á la suerte mi

venganza. El hombre que me ha traido aquí y que me ha cuidado, es

inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo

manda, que él me salvó del puñal de los monfíes. Mi asesino es don Diego

de Córdoba y de Válor á quien mi muerte importaba. Que á nadie mas que á

don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae

este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon á doña Isabel

de Córdoba y de Válor por el mal que he podido causarla, obligando á su

hermano don Diego á que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito

la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad á Dios por mí para que

me perdone. En las entrañas de la tierra, no sé qué dia ni qué

hora.--Miguel Lopez.»

Siguió la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontró en el

arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los

religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo

contenido era la abjuracion de la idolatría y su conversion al

cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Halláronse ademas

algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de

doblones de oro.

Recogió todo esto la justicia, incluso el cadáver de Miguel Lopez, se

volvió con el vivo y con el muerto á Granada, encerró de nuevo al

primero, enterró al segundo, despues de haber hecho constar su identidad

por medio de sus parientes y conocidos, y guardó, para unirlos al

proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterráneo.

Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado á Calpuc; pero la justicia

es muy suspicaz y no dándose por satisfecha con ellos de la inocencia

del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese

comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez.

Calpuc apeló á otra prueba: á la carta que Miguel Lopez le habia

entregado para su esposa doña Isabel, en que se acusaba de aquel

asesinato á don Diego, y á la sortija que en aquella carta mandaba

Miguel Lopez á doña Isabel entregase á Calpuc.

Pero doña Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse

requisitorias á las Alpujarras y al fin doña Isabel fue encontrada en

Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro

repentino en su casa, se la encontró, entre algunas cartas de amores de

un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc.

Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y

firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por

unanimidad, que aquella carta era de puño y letra del difunto y por lo

tanto legítima.

La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recayó sobre don Diego

de Córdoba y de Válor, en el momento en que iba á ser puesto en

libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el

rey.

Preguntados los lacayos que acompañaron á don Diego en su viaje con

Miguel Lopez á las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto á

la prueba del tormento uno de ellos, declaró que habia llevado una carta

á un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia

sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don

Diego era á su parecer el que habia andado en aquel asunto.

Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se

encontraron los siete monfíes ahorcados de la encina, muertos y medio

deborados por las aves carnívoras, y pendiente del cuello de cada uno de

ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfíes escrito en

árabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco

doblones de oro. Los monfíes, temiendo la justicia del emir, habian

respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogió como

cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los

monfíes, los descolgó de la encina y los llevó á la plaza de Orgiva para

ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas

conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo

reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia

desaparecido algunos dias antes.

Esto parecia bastante para esculpar de todo punto á Calpuc; pero la

justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder.

Calpuc contestó que el estado del herido le habia obligado á no llevarle

á ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no

haber dado parte á la justicia por no haber podido separarse de él.

Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente á la

justicia, y se absolvió á Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel

Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Válor.

Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese

sujetársele al tormento, la Chancillería encontró que, si bien no habia

pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle

á galeras.

Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo

de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez

años á las galeras de su magestad.

«Pero, añadia la sentencia: en atencion á que el padre y el abuelo del

don Diego, sirvieron buena y fielmente los años pasados á los señores

reyes católicos y á la señora reina doña Juana, manda la sala, que si

doña Elvira de Céspedes, esposa del dicho don Diego, diere á luz un hijo

dentro de los nueve meses posteriores á esta sentencia, no recaiga sobre

el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese

varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que

estaba en posesion el don Diego.»

Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546.

El dia 15 de marzo de 1547, doña Elvira de Céspedes, dió á luz un hijo,

que se llamó don Fernando de Válor, y heredó los bienes y el regimiento

de su padre con arreglo á la anterior sentencia.

Don Diego de Válor no quiso publicar su deshonra y dejó que heredase su

nombre y sus bienes un hijo que no era suyo.

Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don

Fernando, debió ser concebido por su madre, durante la ausencia de don

Diego y su permanencia en el alcázar del emir de los monfíes.

Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doña

Elvira, este nacimiento, se estremeció, porque no podia dudar, ni aun

por asomo, de que don Fernando de Válor era hijo suyo.

Quince dias después, Yaye recibió otra carta: era de doña Isabel de

Válor: antes de leerla le llenó de alegría y despues de leerla de

espanto.

Aquella carta tenia sobre sí muchas lágrimas.

«Señor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido

con que os dísteis á conocer de mí: perdonadme tambien si os escribo,

porque... á mas de que la crueldad con que me tratásteis la noche que me

salvásteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me

obligaria siempre á guardar con vos un silencio provocado por vos mismo,

sé que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compañera. Pero

un sagrado deber me obliga á escribiros. Vuestro delito ha dado

resultados funestos. Acabo de dar á luz un hijo... un hijo á quien han

bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que

no es su padre... ¿lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro

hijo... un dolor y un placer que Dios me envia á un tiempo... porque no

pudiéndoos amar, os amaré en él. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios

con él el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que

vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo

he debido decir á voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de

quien creeis; os engañais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha

tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido

valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adúltera,

porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria

de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del

mundo, y sobre todo, para envilecer á nuestro hijo, que es inocente. Yo

tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de

conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme,

y me creeis, porque no podeis dudar de mí. Sin embargo, yo no os

escribiria, si al dar el primer beso á mi hijo no me hubiese asaltado un

terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha

de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia

vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... ¡Oh! me he

estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he

tenido fuerzas para rogar á Dios. ¡Oh! ¡si un dia vos, emir de los

monfíes, os vierais frente á frente con un hijo de los Válor, con un

hombre que puede creerse con derecho á la corona de Granada! Quemad,

quemad esta carta, señor, despues de que la hayais leido. Comprended los

motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es

vuestro hijo... por lo demás, yo no os maldigo... yo os amo... os amo

con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jamás seré vuestra...

jamás; aunque enviudárais, aunque desfalleciéseis de amor y de deseo á

mis piés, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos

separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos

para nuestro hijo. Vos sois poderoso, señor; protegedle, protegedle y

evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crímenes que pudieran

resultar del crímen que cometísteis contra mi.--Mesina de Bombaron á 31

de marzo de 1547.--Doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Yaye sintió que su corazon se rompia al leer esta carta: conoció que su

amor, su alma entera pertenecian á Isabel; al saber que doña Elvira de

Céspedes habia dado á luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de

injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doña Isabel era

madre, su corazon se quemó de una manera horriblemente dolorosa en un

nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba

torturándole: en un amor que era al mismo tiempo para él un

remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendió

cuánto decia para él la acusadora carta de doña Isabel, en la frase de

aquella carta en que doña Isabel juraba que aunque muriera de amor á sus

piés no seria suya, comprendió que doña Isabel estaba segura de su amor,

que creia en él como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso

perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo é iria á

mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser

comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno

colocado entre él y doña Isabel.

Y entonces volvió con desesperacion la vista á su pasado de un año: vió

en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de sí con desprecio;

recordó con el alma llena de amargas lágrimas, aquella noche que tan

duramente rechazó por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: miró á

su presente y vió junto á sí una víctima: doña Estrella de Cárdenas,

duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con

quien se habia casado sin amarla, por ambicion.

Yaye cerró los ojos á tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre

sí mismo, lanzó una carcajada de loco y exclamó:

--La felicidad ha muerto para mí; pero me queda la embriaguez de la

grandeza; lucharé, venceré, conquistaré un imperio, y ahogaré mis

dolores, en el mar de mi gloria.

Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guardó la carta de

doña Isabel, junto á la que le habia escrito doña Elvira de Céspedes,

manifestándole que don Fernando de Válor era su hijo.

Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo

encargaban doña Isabel y doña Elvira.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 40 / 168 题