Procedimientos judiciales.
El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se
hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la
ciudad; decíanse los nombres de los que habian sido presos, de los que
probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el
capitan general para que no volviese á reproducirse el peligro en que,
durante algunas horas, habia estado Granada.
Decíase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadáver de un
capitan de infantería española, que habia sido encontrado muerto á
estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia
matado. Añadian que don Diego de Córdoba y de Válor, andaba envuelto en
aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doña Elvira, y su
hermana doña Isabel habian desaparecido, y por último, que de la casa de
don Diego de Válor no habian quedado en la calle del Agua mas que
escombros denegridos.
Hablábase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cómo
el duque de la Jarilla, poderoso señor que hacia muchos años estaba
retirado de la córte, en la pequeña ciudad de Guadix, habia encontrado
muerta á su hija, á quien habia perdido, encuentro que habia tenido
lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que
habia hecho el capitan general á los caballeros é hidalgos del reino
contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban,
y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir, á los
curiosos y desocupados.
Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los
monfíes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada á
la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido
presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar,
que solo conocian aisladamente á sus capitanes, y estos habian huido,
poniéndose en salvo en las breñas de las Alpujarras, y haciéndose por
necesidad monfíes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la
Chancillería, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye,
ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que
habian provocado y puéstose al frente de la rebelion.
_El último mono se ahoga_, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente
aconteció entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por
no saber nada habian quedado abandonados á si mismos y presos, pagaron
la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados á
galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia
revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillería,
opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos
moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse
fulminado terribles procesos, se echó tierra al negocio, como se habia
echado sobre los cadáveres de los ajusticiados, y no se volvió á hablar
mas de ello.
Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre,
casi régia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta
cabeza era la de don Diego de Córdoba y de Válor, contra el que obraba
la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de
Sedeño.
Pero don Diego gastó tan á tiempo y en tanta cantidad su dinero,
sirviéndole de agente su buen amigo el marqués de la Guardia; era tan
benévolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el
capitan Sedeño, pasó sin dificultad por falsa, y como no habia contra él
otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeño habia aparecido
monfí y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, túvose
aquella carta por apócrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeño,
sobreseyóse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se
confesase públicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto á
verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano,
católico, apostólico romano. Del mismo modo se levantó mano respecto á
su hermano don Fernando, á quien, mediante la misma confesion, se
permitió volver á vivir libremente en Granada.
Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera á esculpar á
don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los
moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron
con gran ahinco los letrados defensores.
Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad, á no
ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre él una
acusacion terrible: la de asesinato contra su cuñado Miguel Lopez.
Esta acusacion habia provenido de Calpuc, ó mejor dicho, la conciencia
de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion.
En el momento en que Calpuc se vió preso y encerrado, imposibilitado por
lo tanto de ir á cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez,
contando con su libertad, pensó en que, á pesar del dolor en que le
habia sumergido la muerte de su esposa y la pérdida de su hija, él, que
no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en
el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la
desgracia; pensó tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios,
primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar á su hija, y
que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues,
pidió con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una
revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillería
que esta revelacion seria referente á la rebeldia de los moriscos, se
apresuraron á enviar un alcalde de casa y córte, acompañado de un
escribano, al calabozo de Calpuc.
Este declaró que estaba en su poder Miguel Lopez, refirió las
circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus
manos, cuando le salvó de los monfíes, y dió tales y tales señales del
lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian
equivocarse los que fuesen enviados en su busca; á pesar de esto, los
emisarios enviados por la justicia, ó mal enterados ó torpes, no dieron
con el subterráneo; volvieron; en atencion á lo grave del asunto,
decretó la Chancillería, que el mismo Calpuc, bien asegurado y
escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres
dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se
habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en
el subterráneo.
Entonces se vió una cosa horrible: junto á la puerta de hierro,
entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontró á Miguel Lopez
muerto de hambre, mordiéndose un brazo, con el que sin duda el
desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadáver, se
encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban á
cicatrizarse.
Reconocido el subterráneo, se encontró un lecho revuelto, y sobre una
mesa, junto á una lámpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra
gorda y ruda en que se leia:
«He cometido grandes crímenes, y la mano de Dios me castiga: muero aquí
en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre
que me salvó de los monfíes, que me trajo aquí y que me curó, salvándome
del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna
desgracia á ese hombre cuando no ha venido á cuidar de mí. Si no vuelve
pronto conozco que no tardaré en morir y quiero dejar á la suerte mi
venganza. El hombre que me ha traido aquí y que me ha cuidado, es
inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo
manda, que él me salvó del puñal de los monfíes. Mi asesino es don Diego
de Córdoba y de Válor á quien mi muerte importaba. Que á nadie mas que á
don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae
este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon á doña Isabel
de Córdoba y de Válor por el mal que he podido causarla, obligando á su
hermano don Diego á que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito
la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad á Dios por mí para que
me perdone. En las entrañas de la tierra, no sé qué dia ni qué
hora.--Miguel Lopez.»
Siguió la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontró en el
arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los
religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo
contenido era la abjuracion de la idolatría y su conversion al
cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Halláronse ademas
algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de
doblones de oro.
Recogió todo esto la justicia, incluso el cadáver de Miguel Lopez, se
volvió con el vivo y con el muerto á Granada, encerró de nuevo al
primero, enterró al segundo, despues de haber hecho constar su identidad
por medio de sus parientes y conocidos, y guardó, para unirlos al
proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterráneo.
Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado á Calpuc; pero la justicia
es muy suspicaz y no dándose por satisfecha con ellos de la inocencia
del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese
comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez.
Calpuc apeló á otra prueba: á la carta que Miguel Lopez le habia
entregado para su esposa doña Isabel, en que se acusaba de aquel
asesinato á don Diego, y á la sortija que en aquella carta mandaba
Miguel Lopez á doña Isabel entregase á Calpuc.
Pero doña Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse
requisitorias á las Alpujarras y al fin doña Isabel fue encontrada en
Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro
repentino en su casa, se la encontró, entre algunas cartas de amores de
un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc.
Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y
firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por
unanimidad, que aquella carta era de puño y letra del difunto y por lo
tanto legítima.
La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recayó sobre don Diego
de Córdoba y de Válor, en el momento en que iba á ser puesto en
libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el
rey.
Preguntados los lacayos que acompañaron á don Diego en su viaje con
Miguel Lopez á las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto á
la prueba del tormento uno de ellos, declaró que habia llevado una carta
á un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia
sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don
Diego era á su parecer el que habia andado en aquel asunto.
Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se
encontraron los siete monfíes ahorcados de la encina, muertos y medio
deborados por las aves carnívoras, y pendiente del cuello de cada uno de
ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfíes escrito en
árabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco
doblones de oro. Los monfíes, temiendo la justicia del emir, habian
respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogió como
cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los
monfíes, los descolgó de la encina y los llevó á la plaza de Orgiva para
ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas
conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo
reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia
desaparecido algunos dias antes.
Esto parecia bastante para esculpar de todo punto á Calpuc; pero la
justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder.
Calpuc contestó que el estado del herido le habia obligado á no llevarle
á ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no
haber dado parte á la justicia por no haber podido separarse de él.
Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente á la
justicia, y se absolvió á Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel
Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Válor.
Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese
sujetársele al tormento, la Chancillería encontró que, si bien no habia
pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle
á galeras.
Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo
de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez
años á las galeras de su magestad.
«Pero, añadia la sentencia: en atencion á que el padre y el abuelo del
don Diego, sirvieron buena y fielmente los años pasados á los señores
reyes católicos y á la señora reina doña Juana, manda la sala, que si
doña Elvira de Céspedes, esposa del dicho don Diego, diere á luz un hijo
dentro de los nueve meses posteriores á esta sentencia, no recaiga sobre
el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese
varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que
estaba en posesion el don Diego.»
Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546.
El dia 15 de marzo de 1547, doña Elvira de Céspedes, dió á luz un hijo,
que se llamó don Fernando de Válor, y heredó los bienes y el regimiento
de su padre con arreglo á la anterior sentencia.
Don Diego de Válor no quiso publicar su deshonra y dejó que heredase su
nombre y sus bienes un hijo que no era suyo.
Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don
Fernando, debió ser concebido por su madre, durante la ausencia de don
Diego y su permanencia en el alcázar del emir de los monfíes.
Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doña
Elvira, este nacimiento, se estremeció, porque no podia dudar, ni aun
por asomo, de que don Fernando de Válor era hijo suyo.
Quince dias después, Yaye recibió otra carta: era de doña Isabel de
Válor: antes de leerla le llenó de alegría y despues de leerla de
espanto.
Aquella carta tenia sobre sí muchas lágrimas.
«Señor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido
con que os dísteis á conocer de mí: perdonadme tambien si os escribo,
porque... á mas de que la crueldad con que me tratásteis la noche que me
salvásteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me
obligaria siempre á guardar con vos un silencio provocado por vos mismo,
sé que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compañera. Pero
un sagrado deber me obliga á escribiros. Vuestro delito ha dado
resultados funestos. Acabo de dar á luz un hijo... un hijo á quien han
bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que
no es su padre... ¿lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro
hijo... un dolor y un placer que Dios me envia á un tiempo... porque no
pudiéndoos amar, os amaré en él. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios
con él el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que
vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo
he debido decir á voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de
quien creeis; os engañais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha
tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido
valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adúltera,
porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria
de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del
mundo, y sobre todo, para envilecer á nuestro hijo, que es inocente. Yo
tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de
conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme,
y me creeis, porque no podeis dudar de mí. Sin embargo, yo no os
escribiria, si al dar el primer beso á mi hijo no me hubiese asaltado un
terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha
de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia
vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... ¡Oh! me he
estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he
tenido fuerzas para rogar á Dios. ¡Oh! ¡si un dia vos, emir de los
monfíes, os vierais frente á frente con un hijo de los Válor, con un
hombre que puede creerse con derecho á la corona de Granada! Quemad,
quemad esta carta, señor, despues de que la hayais leido. Comprended los
motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es
vuestro hijo... por lo demás, yo no os maldigo... yo os amo... os amo
con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jamás seré vuestra...
jamás; aunque enviudárais, aunque desfalleciéseis de amor y de deseo á
mis piés, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos
separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos
para nuestro hijo. Vos sois poderoso, señor; protegedle, protegedle y
evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crímenes que pudieran
resultar del crímen que cometísteis contra mi.--Mesina de Bombaron á 31
de marzo de 1547.--Doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Yaye sintió que su corazon se rompia al leer esta carta: conoció que su
amor, su alma entera pertenecian á Isabel; al saber que doña Elvira de
Céspedes habia dado á luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de
injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doña Isabel era
madre, su corazon se quemó de una manera horriblemente dolorosa en un
nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba
torturándole: en un amor que era al mismo tiempo para él un
remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendió
cuánto decia para él la acusadora carta de doña Isabel, en la frase de
aquella carta en que doña Isabel juraba que aunque muriera de amor á sus
piés no seria suya, comprendió que doña Isabel estaba segura de su amor,
que creia en él como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso
perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo é iria á
mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser
comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno
colocado entre él y doña Isabel.
Y entonces volvió con desesperacion la vista á su pasado de un año: vió
en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de sí con desprecio;
recordó con el alma llena de amargas lágrimas, aquella noche que tan
duramente rechazó por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: miró á
su presente y vió junto á sí una víctima: doña Estrella de Cárdenas,
duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con
quien se habia casado sin amarla, por ambicion.
Yaye cerró los ojos á tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre
sí mismo, lanzó una carcajada de loco y exclamó:
--La felicidad ha muerto para mí; pero me queda la embriaguez de la
grandeza; lucharé, venceré, conquistaré un imperio, y ahogaré mis
dolores, en el mar de mi gloria.
Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guardó la carta de
doña Isabel, junto á la que le habia escrito doña Elvira de Céspedes,
manifestándole que don Fernando de Válor era su hijo.
Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo
encargaban doña Isabel y doña Elvira.