CAPITULO XXV.

Cómo encontró Yaye á su padre.

Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro

de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron á penetrar en la

montaña, dieron vado á su temor y mas descanso á sus caballos.

Amanecia en aquel punto.

Atravesaban ásperos desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero

rientes y magníficos bajo la diáfana luz de la alborada. Cuando

Abd-el-Gewar se encontró ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo

sobre la ladera de un monte que á la sazon trepaban, y lanzó tres vezes

un grito agudo semejante á una seña.

A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos

indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los

viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfíes.

--¡El santo faquí! exclamó uno de los que llegaron primero.

--Y el poderoso emir nuestro señor, añadió el anciano señalando á Yaye.

--¡Que Dios proteja al emir! dijeron los monfíes, inclinándose

profundamente.

--¿Tú eres walí? dijo Yaye dirigiendo la palabra á uno de los monfíes,

que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.

--Sí, poderoso señor, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente

el preguntado.

--¿Cuántos hombres acaudillas?

--Cincuenta valientes muslimes, señor.

--Pues bien, dijo Yaye, señalando como con miedo y apartando de ellos la

vista, á don Diego, que habia detenido á algunos pasos su caballo, y á

doña Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel

que ves allí es don Fernando de Válor: aquella dama su hermana. Quedaos

con ellos; acompañadles y llevadles á donde quieran ser conducidos en

seguridad.

--Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos

parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el

encargo de Yaye.

--Resguardareis, pues, y conducireis á don Fernando y á su hermana, á

Andarax, con seguridad: ¿lo entiendes, walí?

--Si señor.

--Ahora, cuatro de vosotros adelante hácia mi alcázar, dijo Yaye.

Cuatro monfíes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron á trepar

á gran paso por la ladera.

--Adios, exclamó Yaye, saludando de una manera indeterminada á don

Fernando y á doña Isabel.

--Que él os proteja, señor, dijo el jóven.

Doña Isabel guardó un obstinado silencio; pero don Fernando la sintió

extremecerse.

Yaye y Abd-el-Gewar picaron á sus caballos, y desaparecieron muy pronto

por un recodo de la montaña.

Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva

por donde se entraba al alcázar subterráneo.

Pero con gran asombro de Abd-el-Gewar, encontró delante del pinar un

ejército acampado: los monfíes, extendidas sus atalayas por las lomas

inmediatas rodeaban el bosque.

Los dos viajeros se vieron obligados á darse á reconocer de punto en

punto, hasta que llegaron á una magnífica tienda, alzada en medio del

bosque, en el centro de un claro.

Habia impresionado á Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y

de sombría tristeza que se notaba en el semblante de todos,

singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un

ejército que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo.

--¿Qué significa esto? dijo Abd-el-Gewar á uno de los walíes.

--¡Dios lo quiere, santo faquí! contestó gravemente el moro.

--¡Que Dios lo quiere! ¿y esa tienda alzada en medio de ese bosque?

--Los médicos han dicho, que el poderoso Yuzuf, á quien Dios salve,

necesita aire puro que no encontraria en el subterráneo.

--¡Pues qué!... exclamó con ansiedad Yaye.

El walí no conocia personalmente al jóven, que aunque emir por la

abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse á conocer de

todos los monfíes. Por lo mismo, el walí, que no sabia con quien

hablaba, contestó:

--Nuestro valiente y magnánimo emir, Yuzuf, está á las puertas de la

muerte, á consecuencia de una herida que recibió anoche en la cabeza en

el desfiladero de Dar-al-Huet.

Yaye no acabó de escuchar al walí, exhaló un grito salvaje, se arrojó

del caballo y se precipitó en la tienda.

Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de

médicos. Estos abundaban entre los monfíes, porque los moros, lo mismo

que los árabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las

ciencias naturales.

Yaye se precipitó al lecho y asió las manos de su padre, al que miró de

una manera anhelante.

Yuzuf, á pesar del estado en que se encontraba, le reconoció y sonrió

lánguidamente.

--¡Ah! ¡la misericordia de Dios es infinita! exclamó alzando los ojos al

cielo; el Altísimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin

hacerte conocer mi última voluntad.

Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.

--¡Ah! ¡eres tú, tambien, mi buen amigo, mi hermano! añadió Yuzuf viendo

á Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de

dolor y de sorpresa, estaba de pié á algunos pasos del lecho: bien

venido seas á recibir mi última despedida, santo faquí. Pero en estos

momentos, tú, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme

solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.

Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y

lloraba sobre las manos de su padre.

--¡El Altísimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con

acento solemne y tranquilo Yuzuf. ¡El da la victoria y él la quita!

¡suyos somos, y como dueño dispone de nosotros! No llores, Yaye: las

lágrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es

necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.

--Os vengaré, padre mio; exclamó Yaye alzando fieramente la cabeza, y

mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus

lágrimas el fuego de un volcan. Os vengaré, primero del infame don

Fernando de Válor, despues de los cristianos.

--Escúchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de

vida. No es don Diego de Córdoba y de Válor el que nos ha hecho

traicion.

--¿Quién es, pues?

--Un infame castellano á quien yo habia amparado; un capitan de

infantería española, llamado Alvaro de Sedeño.

--¡Ah! exclamó Yaye.

--Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.

Yaye lanzó toda su vida á sus oidos.

--Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo,

lucha contra los españoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo

valiente, es nuestro aliado natural: ademas, á ese hombre debemos mucho,

y tú podrás deberle mas: es riquísimo; tiene tesoros inmensos.

Yaye escuchaba con suma atencion á su padre.

--Ademas, Yaye, continuó Yuzuf; tu proyectado enlace con doña Isabel de

Válor, es ya imposible, porque doña Isabel está casada.

--Pero dícese que ha muerto Miguel Lopez.

--No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducirá cualquiera

de nuestros walíes, solo conque le digas que quieres ir á la morada del

cazador de la montaña.

--¿Y quién es ese cazador?

--Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Méjico.

--¡Ah! ¿y ese es el padre de Estrella?

--¿Conoces tú á la hija de Calpuc?

--Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.

--¡Y esa mujer!...

--Es noble y pura.

--¿Hermosa?....

--Como un ángel.

--Sea tu esposa, Yaye.

--¿Mi esposa?... ¿Y doña Isabel?...

--¡Doña Isabel! ¡Una mujer casada!...

Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: sé

esposo de Estrella.

Yaye quedó profundamente pensativo.

--Los oprimidos deben unirse á los oprimidos, continuó Yuzuf: ademas, la

amistad de Calpuc será preciosa para tí. Cuando yo muera, que será muy

pronto, busca primero á Calpuc, dile que ponga en libertad á Miguel

Lopez; entrega despues su hija á ese hombre; no te pregunto cómo te has

apoderado de esa mujer, ni dónde has estado oculto durante quince dias.

Te he vuelto á ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu

virtud. Recuerda bien: véngame y véngate de ese capitan infame, procura

la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto á lo demás, lo

que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que

lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito está en estos

pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que

conviene á nuestra patria, que tiene derecho á exigirnos toda clase de

sacrificios. Grava bien en tu memoria las últimas palabras que voy á

decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su

felicidad doméstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor.

Yuzuf entregó el rollo de pergaminos á Yaye que se habia arrodillado

para escuchar las últimas palabras de su padre: este tendió las manos

sobre él y le bendijo.

* * * * *

* * * * *

Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le

llamaban los monfíes, murió, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las

Alpujarras.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 39 / 168 题