Cómo encontró Yaye á su padre.
Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro
de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron á penetrar en la
montaña, dieron vado á su temor y mas descanso á sus caballos.
Amanecia en aquel punto.
Atravesaban ásperos desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero
rientes y magníficos bajo la diáfana luz de la alborada. Cuando
Abd-el-Gewar se encontró ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo
sobre la ladera de un monte que á la sazon trepaban, y lanzó tres vezes
un grito agudo semejante á una seña.
A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos
indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los
viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfíes.
--¡El santo faquí! exclamó uno de los que llegaron primero.
--Y el poderoso emir nuestro señor, añadió el anciano señalando á Yaye.
--¡Que Dios proteja al emir! dijeron los monfíes, inclinándose
profundamente.
--¿Tú eres walí? dijo Yaye dirigiendo la palabra á uno de los monfíes,
que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.
--Sí, poderoso señor, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente
el preguntado.
--¿Cuántos hombres acaudillas?
--Cincuenta valientes muslimes, señor.
--Pues bien, dijo Yaye, señalando como con miedo y apartando de ellos la
vista, á don Diego, que habia detenido á algunos pasos su caballo, y á
doña Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel
que ves allí es don Fernando de Válor: aquella dama su hermana. Quedaos
con ellos; acompañadles y llevadles á donde quieran ser conducidos en
seguridad.
--Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos
parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el
encargo de Yaye.
--Resguardareis, pues, y conducireis á don Fernando y á su hermana, á
Andarax, con seguridad: ¿lo entiendes, walí?
--Si señor.
--Ahora, cuatro de vosotros adelante hácia mi alcázar, dijo Yaye.
Cuatro monfíes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron á trepar
á gran paso por la ladera.
--Adios, exclamó Yaye, saludando de una manera indeterminada á don
Fernando y á doña Isabel.
--Que él os proteja, señor, dijo el jóven.
Doña Isabel guardó un obstinado silencio; pero don Fernando la sintió
extremecerse.
Yaye y Abd-el-Gewar picaron á sus caballos, y desaparecieron muy pronto
por un recodo de la montaña.
Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva
por donde se entraba al alcázar subterráneo.
Pero con gran asombro de Abd-el-Gewar, encontró delante del pinar un
ejército acampado: los monfíes, extendidas sus atalayas por las lomas
inmediatas rodeaban el bosque.
Los dos viajeros se vieron obligados á darse á reconocer de punto en
punto, hasta que llegaron á una magnífica tienda, alzada en medio del
bosque, en el centro de un claro.
Habia impresionado á Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y
de sombría tristeza que se notaba en el semblante de todos,
singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un
ejército que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo.
--¿Qué significa esto? dijo Abd-el-Gewar á uno de los walíes.
--¡Dios lo quiere, santo faquí! contestó gravemente el moro.
--¡Que Dios lo quiere! ¿y esa tienda alzada en medio de ese bosque?
--Los médicos han dicho, que el poderoso Yuzuf, á quien Dios salve,
necesita aire puro que no encontraria en el subterráneo.
--¡Pues qué!... exclamó con ansiedad Yaye.
El walí no conocia personalmente al jóven, que aunque emir por la
abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse á conocer de
todos los monfíes. Por lo mismo, el walí, que no sabia con quien
hablaba, contestó:
--Nuestro valiente y magnánimo emir, Yuzuf, está á las puertas de la
muerte, á consecuencia de una herida que recibió anoche en la cabeza en
el desfiladero de Dar-al-Huet.
Yaye no acabó de escuchar al walí, exhaló un grito salvaje, se arrojó
del caballo y se precipitó en la tienda.
Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de
médicos. Estos abundaban entre los monfíes, porque los moros, lo mismo
que los árabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las
ciencias naturales.
Yaye se precipitó al lecho y asió las manos de su padre, al que miró de
una manera anhelante.
Yuzuf, á pesar del estado en que se encontraba, le reconoció y sonrió
lánguidamente.
--¡Ah! ¡la misericordia de Dios es infinita! exclamó alzando los ojos al
cielo; el Altísimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin
hacerte conocer mi última voluntad.
Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.
--¡Ah! ¡eres tú, tambien, mi buen amigo, mi hermano! añadió Yuzuf viendo
á Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de
dolor y de sorpresa, estaba de pié á algunos pasos del lecho: bien
venido seas á recibir mi última despedida, santo faquí. Pero en estos
momentos, tú, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme
solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.
Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y
lloraba sobre las manos de su padre.
--¡El Altísimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con
acento solemne y tranquilo Yuzuf. ¡El da la victoria y él la quita!
¡suyos somos, y como dueño dispone de nosotros! No llores, Yaye: las
lágrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es
necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.
--Os vengaré, padre mio; exclamó Yaye alzando fieramente la cabeza, y
mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus
lágrimas el fuego de un volcan. Os vengaré, primero del infame don
Fernando de Válor, despues de los cristianos.
--Escúchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de
vida. No es don Diego de Córdoba y de Válor el que nos ha hecho
traicion.
--¿Quién es, pues?
--Un infame castellano á quien yo habia amparado; un capitan de
infantería española, llamado Alvaro de Sedeño.
--¡Ah! exclamó Yaye.
--Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.
Yaye lanzó toda su vida á sus oidos.
--Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo,
lucha contra los españoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo
valiente, es nuestro aliado natural: ademas, á ese hombre debemos mucho,
y tú podrás deberle mas: es riquísimo; tiene tesoros inmensos.
Yaye escuchaba con suma atencion á su padre.
--Ademas, Yaye, continuó Yuzuf; tu proyectado enlace con doña Isabel de
Válor, es ya imposible, porque doña Isabel está casada.
--Pero dícese que ha muerto Miguel Lopez.
--No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducirá cualquiera
de nuestros walíes, solo conque le digas que quieres ir á la morada del
cazador de la montaña.
--¿Y quién es ese cazador?
--Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Méjico.
--¡Ah! ¿y ese es el padre de Estrella?
--¿Conoces tú á la hija de Calpuc?
--Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.
--¡Y esa mujer!...
--Es noble y pura.
--¿Hermosa?....
--Como un ángel.
--Sea tu esposa, Yaye.
--¿Mi esposa?... ¿Y doña Isabel?...
--¡Doña Isabel! ¡Una mujer casada!...
Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: sé
esposo de Estrella.
Yaye quedó profundamente pensativo.
--Los oprimidos deben unirse á los oprimidos, continuó Yuzuf: ademas, la
amistad de Calpuc será preciosa para tí. Cuando yo muera, que será muy
pronto, busca primero á Calpuc, dile que ponga en libertad á Miguel
Lopez; entrega despues su hija á ese hombre; no te pregunto cómo te has
apoderado de esa mujer, ni dónde has estado oculto durante quince dias.
Te he vuelto á ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu
virtud. Recuerda bien: véngame y véngate de ese capitan infame, procura
la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto á lo demás, lo
que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que
lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito está en estos
pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que
conviene á nuestra patria, que tiene derecho á exigirnos toda clase de
sacrificios. Grava bien en tu memoria las últimas palabras que voy á
decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su
felicidad doméstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor.
Yuzuf entregó el rollo de pergaminos á Yaye que se habia arrodillado
para escuchar las últimas palabras de su padre: este tendió las manos
sobre él y le bendijo.
* * * * *
* * * * *
Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le
llamaban los monfíes, murió, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las
Alpujarras.