De cómo fué el casamiento de Yaye.
Hemos dicho al final del capitulo anterior que Yaye se habia casado con
doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.
Para demostrar la causa de la nueva situacion en que se encontraban
estos dos importantes personajes de nuestra historia, nos vemos
obligados, muy á pesar nuestro, á meternos de nuevo en el árido terreno
de las investigaciones judiciales.
De buena gana saldriamos del paso diciendo que mediante pruebas
bastantes, don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, habia reconocido
por su nieta á Estrella... pero no nos atrevemos á ello, temerosos de
que algun lector nos acuse de haberle defraudado de las minuciosidades
del reconocimiento. Abordamos, pues, el fárrago á que nos condena en
esta ocasion nuestro oficio y empezamos.
Estaba en su casa don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia, acabando de
dejarse enhevillar su coselete por su escudero, el mismo dia en que
entró en Granada el duque de la Jarilla, y se preparaba á montar á
caballo para ponerse á las órdenes del capitan general como buen vasallo
de su magestad, cuando entró por las puertas de la cámara un hombre
lloroso, pálido, asustado, en quien reconoció al escudero de uno de sus
mejores amigos.
--¿Qué os sucede, señor Gabriel Saez? le dijo el marqués.
--¿Qué me ha de suceder, triste de mí, contestó el preguntado, sino que
mi amo está entre la vida y la muerte?
--¡Diablo! exclamó el marqués, poniéndose serio, ¿que el duque está en
peligro de muerte? ¿y donde?
--Aquí, en el Albaicin, en una casa junto á San Gregorio el Alto.
--Pues perdonen el capitan general y su magestad, y suceda lo que
quiera, dijo el marqués deshevillándose por si mismo el coselete y
arrojándole; vamos á ver á vuestro amo. ¿Habeis venido á caballo, señor
Gabriel Saez?
--Si señor.
--Pues adelante.
Y sin decir mas palabra, salió, seguido de Saez, bajó al patio, montó en
un caballo que le tenian preparado, montó en su mula Saez, y saliendo de
la casa, llegaron en muy poco espacio á la en que, después de su
accidente, habia sido recogido el duque de la Jarilla, y delante de su
lecho.
Habia vuelto en sí el duque; pero se encontraba en un estado deplorable,
y hasta tal punto, que los médicos habian prohibido que se le hablase,
ni se le excitase.
Pero no sabian los médicos que tenian que luchar con un carácter de
hierro, hasta que, para no excitarle mas, se vieron obligados á permitir
que el enfermo hiciese lo que quisiese.
Por resultado de esto, Saez fué á llamar al marqués de la Guardia, y
este se encontró delante de su viejo amigo.
--¡He encontrado á mi hija! exclamó con precipitacion el duque, en
cuanto vió al marqués y antes de que este pudiese hablar una palabra.
--¡A vuestra hija! ¿á la que os robaron hace tantos años los indios
mejicanos?
--¡Sí, sí! ¡la he encontrado! exclamó creciendo en su anhelo el duque.
--¡Pues me alegro, vive Dios! ¡me alegro! exclamó el marqués.
--¡Pero la he encontrado muerta! ¡muerta!
Y el anciano rompió á llorar.
El marqués se mordió la lengua.
--¡Ira de Dios! dijo, ¡y yo que me habia alegrado!
--¡Muerta! repitió con desesperacion el duque. ¿Comprendeis, lo que es
para un padre encontrarse muerta una hija á quien he llorado por espacio
de veinte y dos años: ¡muerta y miserable!
--¿Pero cómo ha sido eso señor? exclamó el marqués que estaba atortolado
é incómodo por aquel duelo que se le habia venido encima, á él, que era
el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los
gemidos.
--Cuéntaselo tú, Gabriel, dijo el duque, tú que no eres su padre y
recordarás mejor.
El escudero contó al marqués circunstanciadamente su encuentro
imprevisto con el cadáver de doña Inés, la conversacion con el alguacil
Picote, y el accidente de su señor.
--Con que resulta, dijo el marqués, que teneis una nieta, don Juan.
--Sí; sí señor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido.
--¿Pero no está preso el hombre que mató al capitan Sedeño?
--Si, si por cierto.
--Pues bien, dijo el marqués, por el hilo se saca el ovillo, y ya que la
muerte de vuestra hija no tiene remedio, procurad vivir para vuestra
nieta.
--Es necesario que mi nieta parezca, dijo el duque.
--Si, es preciso, repitió maquinalmente el marqués.
--Y os he llamado para que la busqueis, don Gabriel.
--¿Para que yo busque á vuestra nieta?
--Si por cierto. ¿No veis que yo estoy sujeto en este lecho de
maldicion?
El marqués de la Guardia meditó que tenia un pretexto para escapar de
aquella situacion que le fastidiaba y se apresuró á decir:
--Habeis hecho bien en acordaros de mí, don Juan, y en el momento voy á
hacer las primeras diligencias. ¿No decís que ese alguacil con quien
hablásteis, vive en la Caldereria y que se llama Picote?
--Si señor, contestó Saez.
--Pues bien, voy al momento á ver al alguacil. Reposad vos entre tanto y
sed dócil á lo que os ordenen los médicos. El alguacil Picote... en la
Caldereria... adios, don Juan, hasta la vista.
Y escapó, montó á caballo y se alejó á buen paso, burlando á Saez que
queria darle algunas instrucciones.
--¡Ira de Dios! exclamó el marqués: ¡pues échese vuesamerced á buscar
niñas perdidas! ¡encárguese de un negocio en que habrá pleito y ruido!
porque los parientes del duque no se han de dejar arrancar la herencia!
¡Bah! que se componga allá como pueda mi viejo amigo: por hoy tengo
pretexto con la jarana que se prepara; despues... despues... don Juan se
muere dentro de veinticuatro horas, sino le queman antes los moriscos, y
asunto concluido.
De repente, un pensamiento como suyo vino á hacer variar de resolucion
al marqués.
--¡Diablo! dijo: ¿y si la niña perdida fuera una buena moza?
Este pensamiento bastó para que el marqués hiciese variar de direccion á
su caballo y se pusiese en demanda de la Calderería y del alguacil
Picote.
Llegó, y como todo el mundo conocia en la vecindad al tal ministro, el
marqués se encontró en un zaquizami, delante de una robusta moza como de
veinte y seis años, á quien por todo saludo tomó la cara. Esto
demostraba que la esposa de Picote estaba sola, y que era mujer de buen
empaque.
A las pocas palabras el marqués se entabló en la casa y obtuvo una doble
cita; una para el marido y otra para la mujer.
[imagen: El marqués de la Guardia.]
Al salir el marqués se atusó el vigote, montó á caballo y se alejó
murmurando.
--Pues señor, los principios de mi aventura no son malos: yo no conocia
á la mujer de ese alguacil, y es una moza completa la mujer del tal
Picote.
En seguida el marqués fué á presentarse al capitan general.
* * * * *
Al dia siguiente Granada estaba tranquila, y el marqués pudo dar algunas
esperanzas á su amigo y seguir en sus investigaciones.
Entre tanto la justicia, á instancias del duque de la Jarilla, habia
careado á Calpuc con el cadáver de su esposa; se habian comprobado el
rizo negro y el pedazo de sábana; el mejicano habia declarado que aquel
cadáver era el de su esposa; que tenia una hija llamada doña Estrella;
que era cristiano, como eran cristianas su esposa y su hija; refirió, en
fin, su historia entera: presentó como comprobantes su partida de
desposorio, y la partida de bautismo de su hija, y citó el acto de su
retractacion de la idolatría, que se habia encontrado en el subterráneo
de las Alpujarras, autorizados los tres documentos por las venerables
firmas de los dos religiosos dominicos, fray Luis de Saavedra y fray
Diego de Rojas: declaró asimismo que al venir á Europa y á España, habia
dado libertad á los dos religiosos: que uno estaba en la casa de su
órden de Salamanca, y el otro en la de Avila.
Llamaron á los dos religiosos, que por fortuna vivian, y estos
decidieron la cuestion declararon unánimemente, que Calpuc era rey del
desierto mejícano, que en sus mismos dominios habia profesado, aunque
secretamente, la religion católica; que se habia casado con la dama cuyo
retrato despues de muerta se les presentaba; que siempre habian oido
decir á aquella dama, que era hija del adelantado de la frontera del
desierto, duque de la Jarilla; que tenian los esposos una hija llamada
doña Estrella, muy semejante á su madre, y por último, que el capitan de
infanteria Alvaro de Sedeño, cuyo retrato, aunque de su cadáver,
reconocian, las habia arrebatado á Calpuc diez años antes.
Hemos hablado de los retratos de los dos cadáveres: estos se habian
mandado hacer por la Chancilleria, por no encontrarse medio para
conservar los cadáveres durante una tan larga probanza. Aquellos dos
retratos, pues, eran dos testimonios pintados, legalizados en forma.
Los herederos del duque habian interpuesto su accion pretendiendo probar
que aquel cadáver no era el de doña Inés de Cárdenas; pero tales fueron
las pruebas y los doblones del duque y de Calpuc, que la verdad
resplandeció á despecho de los herederos que temian, no por doña Inés,
que no podia heredar, sino por aquella hija de doña Inés, que podia
parecer de un momento á otro.
[imagen: gentilmente hacia Estrella.]
En cuanto á Calpuc, libre de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez,
no resultando contra él ninguna prueba de traicion al rey, y teniendo en
su abono su conversion y sus desgracias, la Chancilleria opinó que la
muerte que habia dado al capitan Sedeño, merecia en gran parte disculpa,
y, mediando el indulto del emperador por ciertos extremos que necesitaba
indulto, fué puesto en libertad, como asimismo el platero Franz, contra
el cual no resultaba mas cargo que haber acogido á Calpuc.
Además de esto, el duque de la Jarilla se habia restablecido un tanto,
aunque envejeciendo diez años, y todo iba bien, menos el asunto de que
se habia encargado el marqués de la Guardia: esto es, el encuentro de
Estrella.
En vano el alguacil Picote, de cuya casa con lo mejor que contenia, esto
es, su mujer, se habia apoderado el marqués, revolvió, y fué y vino por
sí mismo y por medio de sus compañeros. Eran pasados dos meses desde la
muerte de doña Inés, y su hija Estrella no parecia.
La jóven, que habia venido á ser la cuarta estrella de la casa en que
vivia, y la mas hermosa (nosotros tenemos los retratos de las otras tres
estrellas en nuestra carpeta), doña Estrella decimos, vivia triste y
creyéndose abandonada por Yaye, aunque asistida como una reina por
Harum.
Desde la noche en que Yaye se habia separado de ella, no le habia vuelto
á ver ni recibido noticias suyas. Esto consistia en que Yaye, por razon
de la muerte de su padre, habia entrado de lleno en la posesion de su
alta dignidad de emir, y en que necesitaba, no solo darse á conocer como
valiente á sus monfíes, sino tambien vengar en los cristianos de las
Alpujarras la muerte de Yuzuf.
Durante aquellos dos meses, incendió, saqueó y ensangrentó algunas
villas con gran contento y aplauso de los monfíes, que vieron que Yuzuf
habia sido dignamente reemplazado por su hijo, y en todo este tiempo
Yaye no se cuidó de otra cosa, ni envió noticias suyas á Harum, ni se
las pidió de Estrella.
Esta, por orgullo, no preguntaba por Yaye: Harum, que miraba con un
profundo respeto á la jóven, como á todo lo que provenia del emir,
tampoco la hablaba sino cuando ella le dirigia la palabra,
obedeciendola, de una manera ciega.
Durante algunos dias, la enamorada jóven lo esperó todo de Yaye; pero
pasó una semana y otra y un mes, y Yaye no parecia. Entonces Estrella se
decidió á obrar por si misma; á provocar un conocimiento extraño, por
medio del cual pudiese ponerse en contacto con su abuelo el duque de la
Jarilla.
Mandó á Harum que la procurase ropas de calle, un libro de devociones y
un manto. Harum le procuró todas estas cosas. Cuando Estrella las tuvo,
le dijo que queria ir todos los dias á misa á la parroquia mas próxima.
Harum, aunque con repugnancia, acompañó desde entonces á misa todos los
dias por la mañana á Estrella, llevándola á la iglesia de San Gregorio
el Alto.
Durante ocho dias, Estrella que habia contado con su juventud y su
hermosura para procurarse un noble conocimiento que la sirviese para dar
con su abuelo, notó que á la iglesia de San Gregorio, la mas alta y
lejana del Albaicin, solo concurrian pobres gentes y toscos
trabajadores, que se asombraban de ver todos los dias á una dama tan
hermosa, en aquella iglesia donde no acostumbraban á ir damas.
Estrella pidió á Harum que la llevase á una iglesia mas concurrida.
Harum, por mas que le disgustase este afan de dejarse ver, en una dama
por la cual podia interesarse su señor, aunque solo le habia mandado que
la obedeciera como si fuera su hermana, la llevó á la colegiata del
Salvador; pero aunque en aquellos tiempos era la tal iglesia muy
concurrida, iba á ella la jóven demasiado temprano para encontrar en
ella gente noble. Entonces preguntó á Harum á que hora concurria á la
iglesia la gente principal. Harum la contestó un tanto contrariado, que
á la misa de hora.
--Pues, bien, dijo Estrella; quiero ir á la misa de hora.
--Para ello será necesario que vayais mejor prendida, en litera, y con
noble servidumbre, observó Harum.
--Pues bien; comprad lo que fuere menester.
Harum procuró á Estrella nobles y ricos trages y una litera de córte y
la hizo acompañar por sus monfíes disfrazados de pajes, que la llevaban
el cogin y la silla: no bastando para estos gastos el dinero que le
habia dejado Yaye, Harum se vió obligado á empeñar sus mejores prendas.
Pero Estrella fue vista y admirada el domingo inmediato por la gente mas
noble de Granada.
Sin embargo, durante tres dias de fiesta, aunque la miraron con codicia
muchos hidalgos jóvenes y viejos, y aunque Estrella, que ansiaba tener
un instrumento de quien valerse, no fuese muy esquiva de semblante,
ninguno, al verla tan bien acompañada y por un hombre tan cegijunto como
Harum, se atrevió á seguirla ni á ponerse en conquista. Pero la fama de
la hermosa desconocida cundió entre lo que podia llamarse entonces buena
sociedad, por boca de damas y galanes, y llegó á oidos del marqués de la
Guardia.
Don Gabriel jamás dejaba de acudir allí donde se presentaba un nuevo sol
entre los soles conocidos, y tanto oyó ponderar la belleza y el boato de
la incógnita, que al primer dia de fiesta, se aliñó, se tiñó las canas,
se puso sus mejores prendas, y antes de la misa de hora fué á plantarse
junto á la pila del agua bendita en la iglesia del Salvador.
Ya estaba cansado el marqués de ofrecer agua á todas las damas conocidas
suyas, jóvenes y viejas, que iban entrando sucesivamente, cuando se
presentó Estrella.
Al ver el marqués á una jóven tan hermosa, tan bien prendida, tan
noblemente acompañada, y á quien no conocia, dijo para sí:
--Esta debe ser la famosa incógnita.
Y sumergiendo dos dedos de su mano diestra en la pila, adelantó
gentilmente hácia Estrella, la saludó con una sonrisa tal y tan noble
como quien á ellas estaba acostumbrado, y la ofreció el agua bendita.
Estrella la tomó con suma gracia y pasó sonriendo levemente al marqués,
y desplomando sobre sus ojos una mirada, que á poco mas hace un destrozo
en el corazon de don Gabriel.
--Decididamente, dijo este, cuando se hubo repuesto: es la mujer mas
hermosa que he visto en toda mi vida.
El marqués no oyó misa, ni vió otra cosa que á Estrella que se habia
arrodillado junto al presbiterio. La jóven, como sabemos, tenia interés
en hacerse con un instrumento, y tales fueron sus frecuentes y al
parecer impresionadas miradas al marqués, que este acabó de volverse
loco.
Cuando salieron, don Gabriel siguió á Estrella á pesar de Harum, que de
tiempo en tiempo le miraba fosco, como un mastin que olfatea al lobo.
Don Gabriel supo donde vivia Estrella, pero supo tambien que su casa no
tenia resquicio ni respiradero.
Rondó, fué y vino durante tres dias; pero siempre vió la casa cerrada y
muda. El cuarto dia era de fiesta. Don Gabriel fué á la misa de hora
provisto de un billete en que declaraba su amor á Estrella, y la
suplicaba que, si la era posible, fuese al dia siguiente á las ocho á
misa á la misma iglesia, para darle la sentencia de vida ó muerte.
Cuando Estrella entró, don Gabriel, al ofrecerla el agua bendita, la
deslizó en la mano el billete. Estrella le tomó recatadamente; pero no
se sonrió, ni miró al marqués durante la misa, manteniéndose grave y
seria. El marqués se desesperó creyendo que habia errado el golpe por
precipitacion y se abstuvo de seguirla cuando salió.
Sin embargo, al dia siguiente, entre temor y esperanza, fué antes de las
ocho á la iglesia del Salvador.
Poco después entró Estrella, seguida, como siempre, de los dos pajes y
del receloso Harum. El marqués adelantó hácia ella trémulo y pálido, y
al tomar Estrella el agua bendita, dejó en su mano un pequeño billete.
Jamás pareció mas larga una misa á don Gabriel; concluyóse al fin; doña
Estrella pasó junto á él, le saludó y desapareció. El marqués abrió con
ansia en el mismo vestíbulo del templo el billete y vió que contenia lo
siguiente:
«Señor marqués de la Guardia: os contestaré al billete que me
entregásteis ayer, cuando tenga algo que agradeceros, y para que eso
pueda suceder, voy á presentaros la ocasion de servirme. Necesito que
don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, mi abuelo...
Al llegar á esta frase don Gabriel, lanzó un grito de alegría, arrugó el
billete y le besó frenético; luego le desarrugó lentamente con placer,
con el alma inundada de delicia y prosiguió la lectura.
»... Necesito que don Juan de Cárdenas, mi abuelo, sepa que tiene una
nieta, que esta nieta está sola en el mundo, que tiene medios para
probarle su parentesco y que necesita su noble y paternal amparo. Buscad
al duque, mi abuelo, y decidle dónde vivo. Cuando el duque me haya
reconocido, entonces, señor marqués, veré lo que debo contestar á
vuestra peticion, y se aclarará para vos el misterio de este encargo que
os hago, contando con que, como noble, me servireis.--Doña Estrella de
Cárdenas.»
El primer impulso de don Gabriel fue correr á casa del duque y mostrarle
el billete; pero meditó que el duque sabia que era casado, y su paso se
hizo mas lento, reprimido por su meditacion.
--Pues bien, dijo el marqués, no hay necesidad de mostrarle el billete;
le diré que he encontrado á su nieta, y si me pregunta el cómo,
inventaré una mentira cualquiera. Vamos á casa del duque. Es necesario
que doña Estrella me esté agradecida, y ademas, tenia picado mi amor
propio por no haber podido dar con ella. ¡Ya se ve! ¿ Quién habia de
figurarse?... Decididamente soy un hombre de suerte.
* * * * *
Al mediar aquel mismo dia, Harum se encontró sériamente sorprendido, al
ver que llamaba á la puerta de su casa la justicia.
Eran un alcalde de casa y córte, un escribano y cuatro alguaciles, á los
cuales acompañaban el duque de la Jarilla y el marqués de la Guardia,
con algunos criados armados.
--¿Cómo os llamáis? dijo severamente el alcalde á Harum.
--Pedro de Xeniz, contestó Harum con entereza.
--¿Quién vive en vuestra casa?
--Una dama que se llama doña Estrella y...
--Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos á la presencia de
esa señora.
Harum, cediendo á las circunstancias, introdujo al alcalde, al
escribano, al duque de la Jarilla y al marqués de la Guardia, en una
sala del piso bajo á donde estaba Estrella.
Al verla el duque, la reconoció: tan parecida era á su hija cuando tenia
la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su
semblante revelaba de una manera inequívoca el tipo indígena mejicano.
El duque se arrojó entre los brazos de Estrella.
--¡Sí! ¡sí! exclamó, cubriéndola de besos y lágrimas; ¡tú eres, si, la
hija de mi pobre Inés, la hija de mi alma! ¡tú semblante lo está
diciendo á voces! ¡sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y
luego... el color de tu padre!... ¡Ah, Dios mio! ¡Dios mio!
Y el viejo, no pudiendo resistir mas á su emocion, cayó desfallecido
entre los brazos de Estrella, que se vió precisada á sostenerle.
La jóven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco
y receloso.
El duque habia perdido el conocimiento.
--Es necesario concluir, dijo el marqués; vuestro abuelo, señora, no ha
podido resistir á tanta felicidad. Concluid, señor alcalde, mientras yo
voy á buscar dos literas.
El alcalde se dirigió á Estrella.
--¿Reconoceis por vuestro abuelo al señor duque de la Jarilla? dijo.
--Soy nieta del duque de la Jarilla, contestó Estrella, sin dejar de
atender con una tierna solicitud al anciano.
--¿Sois casada? repuso el alcalde.
--No, señor; soy enteramente libre.
--¿Estais, pues, dispuesta á trasladaros á la casa de vuestro abuelo?
--Sí señor.
--¿Habeis estado por vuestra voluntad en esta casa?
--Sí señor; y solo tengo motivos de agradecimiento para con el honrado
Pedro el Xeniz, y para con su señor. Ellos fueron los que me salvaron
del infame Alvaro de Sedeño; ellos los que procuraron á mi madre una
muerte tranquila.
--¿Conque vos no sois el dueño de esta casa? añadió el alcalde
dirigiéndose á Harum.
--No señor.
--¿Quién es vuestro amo?
--El señor Juan de Andrade.
--¿Y dónde está?
--Ausente.
--Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis á
vuestro señor de lo que acontece y de que su presencia será muy
necesaria en Granada para ciertas probanzas.
--Muy bien, señor.
--¿Habeis concluido ya, señor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la
estancia.
--De todo punto.
--¿De modo que podremos trasladar al señor duque y á doña Estrella á su
casa?
--Sí señor.
--Esperad un momento, dijo Estrella.
Y se apartó á un lado con Harum, á quien habló en voz baja lo siguiente:
--Decid á vuestro señor, que me perdone por el paso que he dado sin su
conocimiento; vos sabeis que durante un mes no he salido de esta casa;
pero me importaba encontrar á mi familia. Decidle que me encontrará
siempre en casa de mi abuelo; que no me moveré de Granada hasta que le
vea y... añadidle, dijo Estrella cubierta de rubor y con los ojos
arrasados en lágrimas, que no puedo vivir sin él.
--¡Ah, señora! ¡que Dios os haga feliz! contestó Harum.
* * * * *
Apenas habian salido de la casa Estrella, su abuelo, á quien la alegría
habia puesto en un estado lamentable, el marqués de la Guardia, que iba
formando castillos en el aire, y el alcalde y el escribano, que
ajustaban _in mente_ la suma de las costas de la diligencia que acababan
de practicar, cuando Harum, irritado, hosco y mohino, sacó un caballo de
las cuadras, montó en él y se fué á buscar al emir de los monfíes de las
Alpujarras.
* * * * *
Estrella fue reconocida por su abuelo y por su padre: los dos religiosos
dominicos declararon que era la misma doña Estrella que diez años antes
habia sido arrebatada del desierto por el capitan Alonso de Sedeño;
reconociéronse como buenas pruebas el retrato y el manuscrito que doña
Inés habia dado á su hija antes de morir, y á despecho de los parientes
del duque, doña Estrella fue declarada su nieta, y su heredera legítima.
* * * * *
El duque, que habia podido resistir al dolor de la pérdida de su hija,
no pudo resistir á la alegría del encuentro de su nieta, y murió
perdonando á Calpuc, y llamándole su hijo.
Doña Estrella le heredó y se encontró jóven, hermosa, libre, duquesa de
la Jarilla, grande de España y riquísima por sus rentas y por el dinero
que habia acumulado su abuelo durante su retiro.
* * * * *
Pasó un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella
de Yaye.
El marqués de la Guardia entre tanto importunaba á la jóven con sus
amores.
--Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros
amaba á otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento.
El marqués, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia.
Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades.
El amor del marqués llegó á hacerse lúgubre: se creyó engañado y pensó
en vengarse.
Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia pálida.
Calpuc veia con inquietud el estado de su hija.
* * * * *
Al fin un dia y cuando el marqués, por la millonésima vez, hablaba á
Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunció á la puerta de la
cámara al señor Juan de Andrade.
Estrella se puso pálida, tembló y lanzó un grito ahogado.
El marqués comprendió que habia aparecido el rival dichoso y se levantó
irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cámara.
La vista de la enérgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al
marqués que salió desesperado.
Al ver á Yaye, Estrella se levantó y corrió desalada á arrojarse en sus
brazos.
No le dijo una sola palabra; pero reclinó la cabeza en su hombro y lloró
de placer.
Yaye la llevó al sillon de donde se habia levantado.
--Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo
tambien necesitaba veros, y he venido.
--Sí, despues de cuatro horribles meses que han pasado desde que nos
vimos por la última vez.
--Cuatro meses que he necesitado para darme á conocer dignamente á los
míos y para vengar á mi padre.
--¿Vuestro padre ha muerto? dijo apareciendo Calpuc en una puerta de la
cámara.
--¡Es mi padre! dijo Estrella.
--¡El rey del desierto! exclamó Yaye.
--Y vos el emir de los monfíes, dijo Calpuc.
Entrambos se estrecharon las manos.
--Mucho he debido á vuestro padre, dijo Calpuc; sin su proteccion
hubiera muerto á manos de la justicia en Andarax. Pero lo que debo al
padre lo pagaré al hijo.
--¿Me dareis lo que os pida?
--¡Sí!
--Meditad bien lo que prometeis.
--Aunque me pidieseis mi hija os la daria.
--Pues vuestra hija os pido.
--Tenedla por vuestra.
--¡Ah! exclamó Estrella, y se arrojó en los brazos de su padre.
El casamiento, bien á despecho del marqués de la Guardia, se hizo de
allí á pocos dias.
¿Amaba Yaye á Estrella?
No: cuando mas estaba enamorado. Yaye era uno de esos hombres todo
corazon, que solo aman una vez, y su amor pertenecia á doña Isabel de
Córdoba y de Válor.
¿Y siendo esto asi, siendo doña Isabel viuda, porque no se habia casado
con ella Yaye?
Su carácter, su orgullo, su ambicion desmedida y los pergaminos que al
morir le habia dado su padre explicaran este misterio.
Veamos aquellos pergaminos.
«Ultima voluntad del emir Yuzuf Al-Hhamar.--A su hijo el emir
Yaye-ebn-Al-Hhamar.
»Soy viejo y presiento la muerte que se acerca.
»Estoy preparado: que se cumpla la voluntad del Altísimo.
»Nada tendria que decirte, hijo mio, si acontecimientos imprevistos no
hubieran echado por tierra mis proyectos.
»Isabel de Córdoba y de Válor se ha casado con un hombre oscuro. La
muerte de su esposo la ha hecho libre. Pero el emir de los monfíes no
puede casarse con una viuda[9], y mucho menos con la viuda de Miguel
Lopez, de Sayd-Aboo, el infame y el renegado.
»Isabel era una doncella de sangre real, ennoblecida por los cristianos:
Isabel era la esposa que te convenia.
»Pero el Altísimo en sus inescrutables decretos no ha permitido que sea
tu esposa Isabel.
»Existe, sin embargo, al alcance de tu mano, una doncella de sangre
real: sus ascendientes tuvieron un poderoso imperio al otro lado de los
mares; el padre de esa doncella, el rey del desierto mejicano, vive
entre nosotros: cualquiera de nuestros monfíes te llevará á él, solo con
que le digas: necesito ver al cazador de la montaña.
»El te contará su historia. Salva á la madre y cásate con la hija.
»Este casamiento te producirá grandes riquezas, porque el rey del
desierto es poderoso, y una noble posicion entre los cristianos, porque
Estrella, la mujer con quien debes casarte, vendrá á ser un dia grande
de España, por el derecho de su madre.
»Yo te he hecho educar de manera que puedas pasar por cristiano entre
los cristianos: si logras hacerte amar por Estrella, puedes vivir en la
córte del rey de España como uno de sus grandes.
»Es necesario tender por todas partes asechanzas al leon. Rodéale,
espíale, gasta tus tesoros y los del rey del desierto, en suscitarle
enemigos y dificultades... sacrifícalo todo por tu patria: tu corazon,
tu honra como hombre, y si es necesario la honra de tu esposa y de tu
hija.
»Un rey no se pertenece; es todo de su pueblo. Sacrifícate por tu
pueblo, Yaye.
»Cásate con la hija del rey del desierto: sé una doble persona: el brazo
vengador del Islam en la montaña; el enemigo encubierto, en la córte del
tirano...»
El manuscrito seguia esplanándose en la explicacion de estas
consideraciones: era un extenso memorandum, que Yuzuf legaba á su hijo;
el plan detallado de una doble guerra al rey de España.
Yaye se casó con Estrella bajo el influjo de su ambicion.
Pero era tan hermosa la jóven, tan pura, estaba tan enamorada de Yaye,
que contagió con su amor, cuanto podia contagiarle, al jóven emir.
Yaye hubiera acabado, al fin, por ser feliz hasta cierto punto con ella
como marido, sino hubieran venido dos incidentes fatales á turbar su paz
doméstica.
El primero fue la carta de doña Isabel de Válor que le noticiaba el
nacimiento de su hijo.
El amor que Yaye sentia por doña Isabel y que solo estaba, por decirlo
así, sobresanado, brotó con nuevo ímpetu, de una manera incostrastable,
y á pesar del memorandum de su padre, se arrepintió de haber cedido á su
ambicion, de haberla sacrificado su felicidad, de haberse casado, en
fin, con Estrella, en vez de haber obligado con su amor á doña Isabel á
que fuese su esposa. Estrella, la infeliz Estrella, obstáculo sensible
de su union con doña Isabel, se le hizo odiosa.
Yaye, disimuló, sin embargo, y creyó que su disimulo bastaba para
encubrir el desvio que experimentaba hácia su esposa: pero el alma de la
mujer que ama, es muy delicada, sus ojos muy perspicaces. Estrella
comprendió que no era amada, y lloró en silencio.
El otro incidente que acabó de destrozar el corazon de Yaye, provino del
marqués de la Guardia.
Irritado este cada vez mas en sus tenaces amores por Estrella, llegó á
ese punto fatal en que un enamorado en nada repara, en que todo lo
arrostra por alcanzar la posesion de la mujer amada.
Irritaba mas su rabia el que la duquesa se hallaba en cinta en un
período muy avanzado.
Entonces, desesperado ya, pensó en una venganza infernal.
El marqués, habiendo apurado todos los medios, apeló á la corrupcion de
la servidumbre íntima de Estrella.
Pero no apeló al medio vulgar del dinero. Pensó en vengarse de Estrella
de una manera indirecta, como si dijéramos, por tabla. Enamoró á una de
sus doncellas.
Esta conquista no le fue difícil. La doncella cedió á las consumadas
artes de seducción del marqués, que aun era buen mozo, y todas las
noches el marqués entró en casa de la duquesa por un balcón inmediato á
sus habitaciones, que daba al dormitorio de la doncella seducida.
Don Gabriel no queria que su venganza fuese pública. Solo ansiaba herir
el corazón de Yaye á quien aborrecia porque era amado de Estrella.
El marqués, pues, envió un infame anónimo á Yaye, en que se le avisaba
que todas las noches oscuras á las doce, entraba un hombre por los
balcones en su casa y le recibia su esposa.
Yaye observó á Estrella; notó en ella un desvío que no era otra cosa que
el resultado de un amor lastimado por el desvío de Yaye. Este, preparado
por el anónimo, sospechó de Estrella, interpretando mal su tristeza y su
abstraccion. Tras la sospecha vino el deseo imprudente de aclarar la
verdad, y se puso en acecho bajo los balcones de Estrella, la primera
noche oscura que sobrevino. Poco despues de las doce apareció un hombre
embozado en la calleja donde estaba oculto Yaye, hizo una seña, se abrió
silenciosamente uno de los balcones del departamento que habitaba
Estrella, apareció en él una sombra blanca de mujer y una escala cayó á
la calle.
Yaye no tuvo ni valor, ni espera; no meditó que podian engañarle las
apariencias, y en el momento en que el marqués de la Guardia aseguraba
la escala para subir, le acometió espada en mano, y le hirió.
El marqués vaciló y cayó; barbotó algunas palabras, y soltó una
carcajada horrible, por cuya entonacion é inseguridad se podia
comprender que estaba borracho: la mujer del balcon huyó y cerró.
El marqués yacía en tierra, muerto.
Yaye se arrojó sobre él, le descubrió el rostro y á la media luz de la
noche le reconoció.
--¡Ah! ¡es el marqués de la Guardia! dijo.
Entonces recordó que el marqués era el que habia descubierto el paradero
de Estrella.
--¡Se amarian! exclamó. ¡El es casado!
Esta circunstancia agravó mas las sospechas de Yaye.
--Ella, sin duda, quiso tener un hombre que encubriese los resultados
probables de su infamia...
Yaye se cubrió el rostro con las manos.
Luego envainó frenético su espada, se dirigió á un postigo inmediato,
abrió con una llave de que iba provisto, y entró en su casa.
El cadáver del marqués quedó abandonado en la calleja.
Cuando Yaye entró en el dormitorio de su esposa, la encontró dormida,
aunque inquieta. Al abrir las cortinas del lecho, la oyó murmurar un
nombre en sueños.
Esperó escuchando con suma atencion á que volviera á hablar la duquesa.
--¡Yaye! ¡yo te amo! exclamó al fin esta.
Yaye creyó volverse loco. ¿Conque no era su esposa la que habia arrojado
la escala al marqués?
Entonces meditó á qué habitacion caia el balcon que se habia abierto, se
retiró recatadamente, salió á un corredor y llamó á una puerta de
servicio.
Abrióle una doncella pálida y consternada.
Aquella mujer estaba vestida de blanco.
--¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor! exclamó: ¡yo le amaba!
--¡Ah! ¿conque eras tú? exclamó Yaye: y la volvió las espaldas.
Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero á pesar de lo que habia
visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma.
Jamás las manifestó á Estrella, pero excitado su aborrecimiento á la
pobre joven, lo demostró sin rebozo.
Ausentábase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras.
Estrella no podia ser mas infeliz.
Pero Dios tuvo compasion de ella.
Murió, al dar á luz una niña, entre los brazos de Yaye, que al verla
morir creyó en ella, lloró, y sintió sobre su alma un nuevo
remordimiento.
* * * * *
Aquellos remordimientos estaban representados por don Fernando de Válor,
por Diego Lopez y por su hija doña Esperanza.
Aquellos tres inocentes representaban los dolores de tres mujeres á
quienes habian sacrificado de distinto modo los amores de Yaye.