CAPITULO XXIV.

De cómo, á causa del levantamiento del Albaicin, cometió Yaye su primera

infamia.

Entre tanto el capitan general se habia recogido en silencio á la

Alhambra, entrando en ella secretamente por la puerta de Hierro.

Dióse órden de que no se dejase salir á nadie de la fortaleza para que

no se supiese en Granada el mal resultado de la expedicion, y el marqués

de Mondéjar, asomado á un agímez de la torre de Comares, con la vista

fija en el Albaicin, esperaba con ansiedad ver brotar la primera chispa

de insurreccion.

Veamos ahora lo que acontecia en el Albaicin.

Conócese por Albaicin en Granada un barrio alto extenso y populoso, que

se extiende por una parte á lo largo y por cima de la calle de Elvira,

mas allá del Zenete, que corre á lo largo de dicha calle, y por otra

parte, por cima de la calle de San Juan de los Reyes, extendiendose

hasta la cerca del obispo don Gonzalo, que orla la cresta de un cerro,

donde ahora está situado San Miguel el Alto, desde el rio Darro hasta

mas abajo la iglesia de San Cristóval.

Este barrio tiene dentro de sí una fortaleza que se llama la Alcazaba

Cadima, y un número considerable de parroquias, capillas y conventos de

frailes y monjas.

En aquel tiempo el Albaicin tenia mas alumbrado de noche que el que

tiene en la actualidad, á pesar del gas y de la civilizacion. Esto

consistia en que hoy no tiene absolutamente alumbrado público, y en

aquellos tiempos la devocion de los vecinos sostenia en la esquina de

cada calle, en el ángulo de cada plaza, una lampara encendida, delante

de una imágen, de una cruz ó de un ecce-homo, colocados dentro de un

nicho, ó simplemente clavados á la pared bajo un tejadillo de tablas.

Habia, ademas, los faroles en las cruzes de piedra, colocadas delante de

las puertas de iglesias, conventos, cofradías, ermitas, capillas y

cementerios, y lo que tambien era un alumbrado, aunque ambulante: las

linternas de los alguaciles de las rondas.

Puede asegurarse, pues, que el Albaicin estaba mucho mas seguro,

alumbrado y acompañado de noche en el siglo XVI que en nuestros dias.

Es cierto que ahora solo de tiempo en tiempo se da alguna cobarde

puñalada en sus oscuras calles ó se roba alguna capa vieja, y que en

aquel tiempo era un acontecimiento casi diario, encontrar dentro de la

jurisdiccion murada del Albaicin algun hombre muerto á estocadas.

Tambien es verdad que aquello era mas noble y mas romancesco; que si

ahora, al encontrarse un hombre muerto violentamente en aquel barrio, se

piensa en alguna miserable riña de taberna, entonces al ver un hidalgo

muerto se pensaba en alguna hermosa dama como causa de la desdicha, y la

justicia y los que no eran la justicia se decian:--¿Quién será ella?

La verdad del caso es que el Albaicin, por cualquier faz que se le

considere, valia mucho mas en 1546 en que estaba lleno de un vecindario

noble y rico, que en el momento en que escribimos estas líneas: al

Albaicin de hoy solo le quedan fragmentos de torres y murallas

ennegrecidas; restos de su antiguo esplendor; solares llenos de

escombros que otros tiempos fueron grupos enteros de casas, y casucos

viejos y apolillados que amenazan hundirse muy pronto. Dentro de algunos

años el Albaicin solo será un monte cubierto de hermosos cármenes, cuyas

cercas se habrán hecho con los viejos materiales de la poblacion muerta,

en medio de cuyos cármenes, se sostendran en pié durante algunos años

aun, las iglesias y las macizas casas de solar construidas despues de la

conquista.

Hace muchos años que Granada se está transformando, y perdiendo en sus

transformaciones, y llegará un dia en que solo la queden algunos barrios

desiertos, algunos restos de la Alhambra, con tal cual arabesco, y lo

que nadie puede quitarla: su manto de flores y verdura, que cubrirá por

sí mismo y sin que nadie se cuide de ello, sus ruinas.

¡Pobre Granada!

Hemos dicho que el Albaicin de 1546 estaba mas concurrido y mas

alumbrado de noche que en nuestros dias; pero concretándonos á la noche

en que acontecian los sucesos que estamos refiriendo, no habia ni una

sola luz encendida, no sabemos si porque las habian apagado los

moriscos, ó porque, recelosos del estado de alarma y de conmocion en que

desde el oscurecer se habia presentado el Albaicin, no las habian

encendido los vecinos.

Hacia una luna muy clara; pero tambien es cierto que como las calles del

Albaicin, poblacion originariamente mora, eran estrechísimas y los

aleros de las casas se cruzaban, superponiéndose en la mayor parte de

ellas, estos callejas estaban en su fondo tenebrosamente oscuras.

Para que nuestros lectores pudiesen apreciar lo estrecho y lo tortuoso

de aquellas calles, era necesario que las hubiesen visto y que hubiesen

experimentado por sí mismos, que por muchas de ellas solo puede pasar un

hombre de frente, y que la mas ancha, apenas tiene espacio para que

marchen dos hombres de frente á caballo.

Como para desahogo y ensanche habia, sí, algunas plazas medianamente

espaciosas, donde reflejaba á sus anchas la luna; pero en aquellas

plazas no se veia una sola persona.

Por el contrario, en el fondo de las oscuras calles se notaba una

animacion de mal agüero; iban, venian, se detenian y hablaban entre sí,

hombres armados; se abrian y se cerraban puertas silenciosamente, sin

que tras ellas apareciese una sola luz: todas las calles que bajaban á

la ciudad estaban fuertemente barreadas y guardadas por hombres armados

de arcabuces y ballestas: las rondas, tan frecuentes otras noches, que

era dificil recorrer tres calles sin tropezar con una, se habian

suprimido por sí mismas, lo que prueba el admirable instinto de las

gentes de justicia para esconderse á tiempo, en cuanto asoman los

primeros síntomas de insurreccion popular: las casas de los moriscos

estaban cerradas por prudencia, y las de los cristianos por miedo.

En una plaza, que existia entonces entre las últimas casas de la

parroquia de San Gregorio el Alto y las pendientes calles que poblaban

un terreno áspero, que hoy está cubierto de nopales, á la falda del

cerro donde se levanta la ermita de San Miguel, en dícha plaza decimos,

donde á pesar de la claridad de la luna habia gente por no poderse ver á

aquella plaza desde la Alhambra, por los accidentes del terreno, se

paseaba meditabundo y pensativo Yaye-ebn-Al-Hhamar, asido del brazo del

faquí Abd-el-Gewar, que á pesar de sus años, estaba completamente armado

como el jóven, y, como él, con trage castellano.

Divididos en grupos en la plaza, se veian como hasta cien hombres

armados de picas y de arcabuces, y en el centro de uno de aquellos

grupos, se levantaba un estandarte rojo de tres puntas.

Se notaban una gran impaciencia y una ansiedad profunda en aquellos

grupos: habian dado ya las ánimas y ninguna noticia se tenia de la

aproximacion de los monfíes. La Alhambra estaba silenciosa y oscura como

de costumbre, sin que, á pesar de la luna, se viese brillar una sola

arma sobre los adarves, mas que las de los acostumbrados atalayas: ni se

veia el farol de los artilleros en la batería de la torre de la Vela, ni

en fin, indicio alguno de que la Alhambra estuviese preparada al

combate, á pesar de que el capitan general no podia ignorar que las

calles bajas del Albaicin estaban barreadas y los moriscos puestos en

armas.

El castillo de Torres Bermejas estaba asimismo sombrío y silencioso y

desiertas sus baterías.

Esto para los moriscos era objeto de una gran ansiedad, porque sabiendo

el marqués de Mondéjar y el presidente y el corregidor, que los moriscos

estaban sublevados, mucha seguridad debian tener de vencerlos cuando tan

descuidados se mostraban.

Doblaba esta ansiedad la tardanza de los monfíes que debian entrar en el

Albaicin por tres puertas: esto es por la de Fajalauza, por el portillo

del Aceytuno y por la puerta de Guadix.

Llegaron las once de la noche, y la campana de la Vela dió, segun

costumbre, treinta y tres campanadas graves y solemnes en aquellos

momentos; aquella era la única voz del castillo y aquella voz parecia

decir: estoy alerta.

Era demasiado tarde y la impaciencia empezaba á apoderarse de las masas

que afluian en la plaza, corriendo de la parte baja en busca de

noticias: aquella impaciencia empezaba á ser miedo, y el miedo á

expresarse en quejas.

Al fin algunos de los principales creyeron que debian interrogar á Yaye,

que habia sido nombrado capitan de la insurreccion; pero Yaye se encogió

de hombros, como quien no puede responder acerca de lo que no está en su

mano.

Al fin fue necesario para calmar la ansiedad general, enviar emisarios

que adelantaran por el camino por donde debian venir los monfíes. Pero

al abrir la puerta de Fajalauza, de que estaban apoderados los moriscos,

se presentó á caballo y con las señales de haber venido corriendo á

rienda suelta, un walí de los monfíes.

Al reconocerle por su trage y por sus armas, los que estaban en la

puerta, creyendo ya cerca el ejército auxiliar, rompieron en una

aclamacion de alegría; pero el walí no contestó á aquella aclamacion y

se redujo á preguntar con semblante hosco, dónde estaba el poderoso emir

Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El aspecto del monfí, lo ronco de sus palabras y lo hosco de sus

miradas, apagaron el entusiasmo de los aclamadores, que en silencio, y

no sabiendo qué pensar, condujeron al walí á la plaza donde habia

establecido su cuartel general, por decirlo asi, Yaye.

Cuando el walí estuvo en su presencia, cuando le dijeron que aquel jóven

era el emir, se arrojó del caballo y se prosternó ante Yaye.

--Magnífico y poderoso señor dijo: la fortuna nos vuelve las espaldas.

Vengo á avisarte que tu poderoso padre el emir Yuzuf, se vuelve con su

gente á las Alpujarras.

--¿Que se vuelve mi noble padre á las Alpujarras? exclamó con asombro

Yaye.

--Los cristianos nos esperaban emboscados en las quebradas de

Dar-al-Huet, y no hemos podido forzar el paso.

--¿Que los cristianos esperaban emboscados, y os han vencido...? ¡Luego

alguno de los nuestros nos ha hecho traicion avisando á los cristianos!

--Sí, sí, dijo sombriamente el monfí, nos han hecho traicion y han

ocurrido horribles desgracias.

--¿Y mi padre?

--La mano de Dios protege á los reyes, dijo profundamente el walí.

Habíasele ordenado, para evitar á Yaye cuanto fuese posible lo doloroso

de la noticia de la herida de Yuzuf, que guardase silencio acerca de

ella, y el walí cumplia exactamente su encargo.

--Vuestro poderoso padre el emir Yuzuf, continuó el walí, me encarga

deciros que si contais con bastante gente en el Albaicin para apoderaros

de la ciudad y de la Alhambra, no os detengais un solo momento; pero

que, si esto fuera imposible, marcheis inmediatamente y sin perder un

momento á la montaña.

--Ya lo ois, dijo Yaye á los xeques que le rodeaban; mis monfíes han

sido envueltos en una celada, y no podemos contar con ellos.

--¡Oh! exclamó con acento rugiente el Homaidi, que estaba entre los

xeques: el infame don Diego de Válor, nos ha hecho traicion.

Estas palabras del Homaidi irritando á las masas excitadas, pasaron de

boca en boca y muy pronto multitud de hombres armados, se encaminaron á

la carrera, trémulos de corage, á la casa de don Diego.

Mientras, que viendo imposible la empresa, Yaye mandaba á los xeques y á

los capitanes, que fuesen á retirar la gente y á quitar las barreras de

las calles bajas; que se escondiesen las armas y que todo volviese al

antiguo aspecto de paz y sumision, oyóse hácia la parte de San Gregorio

el Alto un alarido informe; luego reflejó un resplandor indeciso,

despues una llamarada y luego otra y al fin se declaró un incendio.

Y como si aquella hubiese sido una señal de alarma, retumbó el ronco

estampido del cañon de la Alhambra, y la campana de la Vela empezó á

tocar apresuradamente á rebato, lanzando aquella voz de guerra, hasta

las distantes cumbres de las montañas que rodean la vega.

Al mismo tiempo, mientras unos corrian apresuradamente á las avenidas

por donde podian acometer las tropas de la Alhambra el Albaicin;

mientras otros tocaban ruidosamente la zambra, y otros disparaban al

aire sus arcabuces en señal de levantamiento, algunos entraron en la

plaza donde Yaye absorto no sabia qué partido tomar, y gritaron:

--La casa de don Diego de Córdoba y de Válor ha sido acometida y está

ardiendo.

En aquel momento todo lo que le rodeaba, la situacion en que se

encontraba, el peligro de un combate á todas luces dudoso, contra los

cristianos, todo desapareció de la imaginacion de Yaye, en la que solo

quedó una idea: la de doña Isabel de Córdoba y de Válor, abandonada en

la casa de su hermano á una turba feroz irritada y sanguinaria:

entonces, sin decir una sola palabra á los que le rodeaban, ni hacerse

seguir de nadie, solo, anhelante, aterrado; echó á correr como un

frenético hácia la casa de don Diego, llegó, tiró de la espada, se

abrió paso, hiriendo como un leon irritado entre la multitud compacta

que rodeaba la casa, y, en el primer momento de sorpresa, logró penetrar

en el interior. Pero por valiente que fuese, iba solo: su trage habia

sido visto, y una exclamacion de rabia habia salido de todas las bocas.

--¡Al cristiano! ¡al cristiano traidor, que viene á socorrer á los

traidores! gritaron algunas voces.

Y todos aquellos que pudieron penetrar en la casa se precipitaron con

las armas enhiestas en seguimiento de Yaye.

* * * * *

Entre tanto en el interior de aquella casa reinaba un desórden

espantoso.

En el primer momento de peligro, doña Elvira, sin cuidarse de la

seguridad de su cuñada doña Isabel, á quien aborrecia de muerte, corrió

al aposento de don Diego, abrió la puerta secreta y se refugió en la

mina.

En cuanto á doña Isabel y á los criados, aterrados, sobrecogidos, á

penas tuvieron tiempo para huír al huerto en busca de una salida por el

postigo.

Pero todos, en el primer momento de turbacion, habian olvidado la llave;

el postigo era fuerte; se necesitaba perder algun tiempo, y el terror

les aconsejó que buscáran un medio mas pronto.

Habia en el huerto algunos árboles arrimados á la cerca: los hombres,

sin cuidarse de las mujeres, ni aun de doña Isabel, porque en los

momentos de supremo peligro nadie se cuida mas que de sí mismo, treparon

á los árboles, ganaron el borde de la cerca, se descolgaron á la calle y

huyeron.

Doña Isabel y tres criadas quedaron en el huerto, que empezaba á

iluminarse con la rojiza luz de las llamas, que emanaban de los pajares

de la casa, que habian sido incendiados.

Algunos furiosos habian puesto fuego á la leñera.

Por las ventanas de los pisos bajos que daban al huerto, salieron muy

pronto torbellinos de fuego.

Oíanse los furiosos alaridos de los moriscos que habian penetrado en las

habitaciones y que las desmantelaban, robando los objetos de valor.

Doña Isabel y las tres criadas, hacian maravillosos esfuerzos y se

ensangrentaban las manos en la cerradura del postigo; pero sus fuerzas

eran demasiado débiles para forzarla.

A medida que el tiempo trascurria, el terror de doña Isabel aumentaba, y

el llanto y los alaridos de las pobres mujeres que estaban con ella: el

incendio se habia propagado á toda el ala del edificio que daba sobre el

huerto, y la hacia parecer una inmensa cortina de fuego.

Desplomábanse los tabiques, y á través de algunos boquerones, se veia

pasar y cruzar á la canalla, corriendo y cargada con el saqueo.

Solo quedaba libre de las llamas el gran portalon por donde se entraba

al huerto; pero ya por la parte superior tocaban á su techumbre. Por el

fondo de aquel portalon se veian pasar de contínuo hombres con antorchas

encendidas ó cargados de efectos; pero hasta entonces ninguno se habia

dirigido al huerto.

De repente se oyeron voces mas rugientes, mas irritadas, mas terribles;

voces que alguna vez dejaban escucharse distintamente.

--¡Al traidor! ¡al castellano! ¡matadle!

Llenóse al fin el portalon de gente y doña Isabel, á pesar de su terror,

vió que un hombre solo retrocedia defendiéndose de una turba numerosa.

Pero aquel hombre era muy diestro y muy valiente, y dando una cuchillada

á este, una estocada al otro, no permitia que ninguno le tomara la

espalda; pero se veia obligado á retroceder de una manera decidida.

Cuando el que se defendia y los que tan tenazmente le acometian,

entraban casi en el huerto, doña Isabel, que contemplaba fascinada aquel

espectáculo, lanzó un grito de horror: el techo del portalon, invadido

por el incendio, se habia desplomado sobre los combatientes, dejándolos

sepultados bajo un monton de maderas inflamadas y escombros.

Pero de delante de aquel horno saltó un hombre, y al verse incomunicado

con el interior de la casa, empezó á buscar, como fuera de sí, una nueva

entrada que hubiese respetado el fuego.

Doña Isabel fijaba la vista en aquel hombre, no sabiendo si aterrarse,

contemplando en él un enemigo, ó alegrarse considerándole como un

salvador: aquel hombre habia tenido la fortuna de que al derrumbarse el

techo del portalon, cogiese solo á los que le acosaban y mantenia

alejados al alcance de su espada, sin que un solo fragmento del

hundimiento le tocase. Doña Isabel notó que estaba vestido á la

castellana, segun la moda de los caballeros de aquel tiempo; que tenia

en la mano una espada desnuda, y que en su apostura demostraba que

estaba muy lejos de pertenecer á la canalla incendiaria y rapaz que

habia acometido la casa.

En el primer momento, el terror solo permitió á doña Isabel ver en aquel

hombre las generalidades que hemos indicado; pero despues, cuando le

hubo mirado con alguna insistencia, arrojó un grito que tanto expresaba

terror como alegría, y cayó de rodillas.

En aquel hombre habia reconocido al único hombre á quien habia amado;

por el que habia sido abandonada; en una palabra: habia reconocido á

Yaye.

A su vez Yaye oyó el grito de doña Isabel y se volvió. A la luz del

incendio, que dominaba á la de la luna, vió una mujer de rodillas, y

junto al postigo, pugnando por abrirle, otras tres mujeres; Yaye corrió

desalado hácia ellas, llegó á doña Isabel, la apartó las manos con que

se cubria el rostro, la miró frente á frente y arrojó un grito de

insensata alegría; doña Isabel miró tambien á Yaye, palideció de una

manera mortal, lanzó un gemido, y no pudiendo resistir á tantas

emociones, cayó por tierra desmayada.

Yaye, antes que en socorrer á doña Isabel, pensó en arrancarla de aquel

lugar de peligro: fué á la puerta, que pugnaban en vano por abrir las

criadas, apartó á estas, desenganchó un pistolete de su cinto, buscó la

cerradura, é hizo fuego sobre ella: la cerradura saltó rota en mil

pedazos, Yaye abrió el postigo, y las tres criadas escaparon al momento,

como pájaros á quienes se abre la puerta de la jaula.

Despues, Yaye fue á donde estaba doña Isabel desmayada, la contempló un

momento con éxtasis, la cargó en sus brazos, y salió por el postigo y se

dió á correr por las empinadas calles, hácia la cercana muralla del

obispo don Gonzalo.

--La traicion de don Diego de Válor, exclamó con un acento

indescribible, ha hecho inútil el levantamiento de los moriscos; pero

esa traicion ha puesto á Isabel en mis manos: Isabel es mia.

Y el jóven, á quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la

desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doña

Isabel.

Porque Yaye estaba resuelto á romper de una manera terrible para la

pobre niña, los vínculos extraños que le separaban de ella.

Por otra parte, Yaye se decia:

--Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, mañana venceremos. Y

su conciencia se apoyaba en su esperanza.

Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso

de la carga de doña Isabel, que era demasiado buena moza para que no

pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy

pronto el jóven llegó á un lugar aportillado de la muralla, y salió al

campo, ó por mejor decir, al monte.

Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontró muy lejos de la muralla,

sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que

conducia á su cumbre.

A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hácia él se dirigió Yaye

con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de

álamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y allí fue donde se detuvo

Yaye, depositando blandamente á doña Isabel sobre el cesped.

El terror, y la sorpresa de haber encontrado en aquella situacion á

Yaye, habian afectado de tal manera á la desdichada jóven, que su

desmayo continuaba.

Yaye la miraba extasiado: el semblante de doña Isabel por el doble

efecto de la palidez y de la luz de la luna, alcanzaba á una blancura

sobrenatural: sus negras trenzas estaban desordenadas de una manera

hechicera: sus ojos velados por la sombra de sus espesas pestañas, su

boca entreabierta por un gemido, tenian esa bellísima expresion del

dolor que tanto sublima las formas puras, y su cuello y su seno estaban

casi descubiertos, por efecto de la manera violenta con que habia sido

conducida hasta allí por Yaye.

El jóven hasta entonces solo habia adivinado los secretos tesoros de

hermosura de la jóven; esos tesoros que oculta el pudor tras la celosa y

falaz plegadura de las ropas: Yaye que en un tiempo habia dicho palabras

de consuelo y de amor á la joven, creyendo ceder solo á la caridad, que

despues de haberla dejado abandonada á su suerte por fanatismo ó por

ambicion, habia comprendido que la amaba por el intenso dolor que le

causó la ruptura del lazo simpático, íntimo y misterioso que le unia á

ella, al verla abandonada en su poder, sola en medio del silencio de la

noche, experimentó un sentimiento hácia doña Isabel que nunca habia

experimentado por su causa: un sentimiento de deseo ardiente, voraz,

impuro, en que la materia, sobreponiéndose al espíritu, mandaba, como

mandan los tiranos, sobreponiéndose á la justicia, al deber, á la

generosidad. Una magia inconcebible se desprendia de doña Isabel y

embriagaba mas y mas á Yaye, acreciendo en su cerebro la fiebre, en sus

sentidos el deseo. Hubo un momento en que toda su vida se concretó en

aquella mujer purísima y mas que pura hermosa, que tenia entre sus

brazos; en que olvidó su pasado, su presente, su porvenir; en que su

alma recogida en un solo punto, ansió unirse, confundirse, anegarse en

el alma de doña Isabel. Lentamente el semblante del jóven, como atraido

por una fascinacion poderosa, se acercó al semblante de ella: su brazo

estrechó con mas fuerza su cintura y llegó por fin un momento, en que

aquellos dos semblantes se acercaron, en que aquellos dos pechos se

estrecharon, en que la boca de Yaye, imprimió un solo y ardiente beso en

la boca de la jóven; beso abrasador, interminable, por el que se exhaló

todo el alma de Yaye, y que hizo volver en sí de repente, por un

misterio que nosotros ni aun pretendemos investigar, á doña Isabel.

Encontróse entre les brazos de Yaye, medio desnuda, flotantes los

cabellos, estrechada de una manera delirante entre los brazos de un

hombre, ¡ay! demasiado adorado; sintió unos labios convulsivos y

ardientes posados en sus labios, y se creyó entregada á un sueño; la

razon de Isabel estaba perturbada: habia sufrido sucesivamente emociones

demasiado fuertes para que pudiese darse una explicacion exacta de la

situacion en que se encontraba; no supo si estaba soñando ó si estaba

despierta.

Yaye, segun la expresion de un escritor contemporáneo, se la arrebató

vírgen á su marido, é Isabel fue enteramente de Yaye, sin saber si

estaba despierta ó soñando.

Pero aquella felicidad era demasiado dolorosa, demasiado punzante, para

que pudiese ser soñada: doña Isabel, que dominada por una fascinacion

extraña, habia concedido á el único hombre que habia sabido inspirarla

amor, delirantes caricias, volvió realmente en sí; aquella reaccion fue

terrible; primero, apartó lentamente á Yaye, le miró, le reconoció,

comprendió toda la verdad y se alzó rugiente, excitada por su dignidad y

por su virtud.

Yaye, sorprendido, trémulo, porque comprendió que estaba colocado en esa

indigna posicion del fuerte que abusa del débil, pronunció en vano

algunas palabras de disculpa. Doña Isabel le interrumpió, y le dijo con

acento severo; pero profundo, y lleno de amargura y de desprecio:

--Habeis sido tres veces infame conmigo: primero, fingiéndome un amor

que no sentiais; despues, cuando ya mi alma era enteramente vuestra,

abandonándome, sentenciándome á un sacrificio que jamás podreis apreciar

bien: despues, cometiendo la última de las infamias.

Yaye quiso contestar; pero Isabel le hizo guardar silencio con un ademan

supremo de desprecio. Luego tomó lentamente el camino de los muros, se

perdió á lo lejos y entró en la ciudad sola, en aquella misma ciudad de

donde Yaye la habia sacado pretendiendo salvarla, para perderla.

¿Por qué no la habia seguido Yaye?

Porque la amaba, porque la habia ofendido, porque comprendia con cuánta

razon le despreciaba doña Isabel; porque aquel desprecio le habia

anonadado, cubriéndole de confusion y de vergüenza, y habia quedado

inerte, sin fuerzas, en el mismo lugar donde se habia desplomado sobre

él el desprecio de su víctima.

Cuando ya habia pasado largo tiempo desde que habia desaparecido la

jóven, Yaye logró sobreponerse á su fascinacion: se pasó la mano por su

frente calenturienta, y exclamó:

--¡Ah! ¡he perdido toda esperanza! ¡he sido infame con ella, y ella, la

conozco bien: jamás me perdonará!

Y dos lágrimas solas, representando el despecho del jóven, brotaron de

sus ojos.

¿Eran aquellas lágrimas hijas del amor y de la dignidad, ó del egoismo

de Yaye?

No lo sabemos.

Porque acerca de un hombre tal que llamaba caridad al amor, amor al

deseo y dignidad al amor propio, no es fácil aventurar suposiciones, sin

exponerse á incurrir en un error.

Lo que nosotros creemos es que Yaye, educado para ser déspota, lo era.

* * * * *

Tomó á paso lento el mismo camino que antes habia tomado la desolada

Isabel, y entró en el Albaicin. La casa de don Diego de Válor, estaba

aun ardiendo; pero los vecinos se ocupaban en apagar el incendio. Los

moriscos habian desaparecido: por mejor decir, se habian ocultado, y las

gentes de guerra del capitan general, los caballeros y vecinos honrados

de la ciudad, con las armas en la mano, y tras ellos el corregidor y los

alguaciles, con el presidente de la Chancillería y los alcaldes de casa

y córte ocupaban el Albaicin.

Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por

callejas excusadas á la casa de Abd-el-Gewar, á aquella misma casa donde

habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Válor y

donde habia conocido á doña Isabel.

Abd-el-Gewar, que esperaba con ansiedad al jóven, le recibió sollozando

de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar á

caballo y montando en otro, salió con él de la casa. Aquella era una

medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los

moriscos que conocian á Yaye y á Abd-el-Gewar, y hubiera sido harto

imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse á caer

entre las manos de la justicia del rey.

Cuando abrieron la puerta del huerto, se les presentó un hombre.

--Deteneos, les dijo.

Yaye echó mano á un pistolete.

--Nada receleis, dijo aquel hombre notando la acción de Yaye: soy don

Fernando de Válor.

--¿Y qué quereis? dijo con aspereza Yaye.

--Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida

esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doña Isabel, acaba

de presentárseme aterrada, trémula, entregada á la mayor desesperacion:

he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando

preparaba el mio, y puesto que vos, señor, sois emir de los monfíes, os

ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compañía, y

trasladarnos á las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis.

--Cabalgad, don Fernando, dijo Abd-el-Gewar; pero cabalgad al momento;

no tenemos un solo instante que perder.

Yaye habia quedado en un profundo silencio.

Poco despues Abd-el-Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de

la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye á doña Isabel

desmayada.

Detrás iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer

que lloraba de una manera desconsolada.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 38 / 168 题