Los desfiladeros de Dar-al-Huet.
Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra,
esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en
silencio algunas tropas como en número de quinientos hombres.
Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compañias
diferentes, á juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros,
otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban á pié, y todos llevaban
arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqués de
Mondéjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arnés
á la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirviéndole de
escolta como hasta veinte rocines. Comprendíase que aquella gente habia
sido reunida de pronto, para acudir á un peligro, y que no se habia
cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos,
detrás de los caballos que constituian la guardia del capitan general.
Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el
marqués de Mondéjar, y el presidente de la Chancillería y el corregidor,
tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir
gente bastante para contrarrestarles en el término de un dia.
Verdad es que muchos caballeros é hidalgos de los alrededores habian
acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan
general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente
llegaba á penas á doscientos hombres, en la generalidad mal montados,
peor armados, y poco acostumbrados á la guerra.
Conoció el marqués de Mondéjar que aquellas gentes mas que de socorro le
servia de embarazo; pero para no disgustarlas las metió en la Alhambra,
las hizo distribuir por los adarves, dejó en la fortaleza cien soldados
viejos para servir la artillería y guardar las puertas, y otros
cincuenta en el castillo de Bib-Ataubin, bajo las órdenes del
corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar
asegurar la ciudad donde á la caida de la tarde se habian notado señales
de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles
habian sido barreadas por los moriscos.
Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer
barricadas en los nuestros.
Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los
monfíes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance.
Comprendiólo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas
bastantes para ello, se decidió á salir á cortar á los monfíes el camino
de la ciudad, ó á morir como buen caballero en servicio del rey.
Los monfíes, con arreglo á la traidora revelacion de Alvaro de Sedeño,
debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por
Dilar. El capitan general tomó por el costado de Generalife arriba, por
una cañada del cerro del Sol y luego torció por un mal camino que guiaba
al pueblo del Dar-al-Huet, que hoy se llama Casa-Gallinas.
Marchaba la gente á gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una
hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron á unos ásperos
desfiladeros cerca ya del lugar.
En aquellos momentos llegó un adalid de los que el marqués habia enviado
á la montaña, con la noticia de que los monfíes, en número de seis mil
hombres se acercaban á Dilar, y que detrás de ellos y por los atajos,
sin ser sentida, venia la compañia de arcabuceros del capitan Sedeño,
bajo las órdenes del alférez Villasante.
El lugar en que se encontraba el marqués era inmejorable para una
emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra,
á la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqués, buen
capitan, práctico en la guerra y en el terreno, dividió su escasa gente
en pelotones, que situó convenientemente entre las breñas, y él con sus
ginetes, se situó á la salida del desfiladero á la parte de Granada en
un pequeño valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil.
Dióse órden á todos de que guardasen el mayor silencio, y á pesar de que
hacia una luna clarísima, nadie hubiera creido que hubiese una sola
persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la
gente.
Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando á Granada, oiase
perfectamente desde allí ese álito de vida que se desprende de una gran
poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien
se percibe, desde los silenciosos campos; oíase el reló de la iglesia de
Santa María de la Alhambra á lo lejos y casi perdido; pero la campana de
la torre de la Vela callaba, señal clara de que no habian lanzado aun el
grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera
oido tocar á rebato aquella campana, y el estampido del cañon de la
Alhambra.
Pasó una hora, y se oyó tocar á animas todas las campanas de las
numerosas parroquias, conventos y cofradías de la ciudad, y sin embargo,
pasó aun largo espacio sin que una sola persona atravesára el silencioso
desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de
tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia
evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres.
El marqués de Mondéjar llegó á creer, y su suposicion era muy posible,
que los exploradores de los monfíes se habian apercibido de la ocupacion
del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian
tomado otro camino para llegar á Granada.
En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al
marqués que correr á la Alhambra en el momento que la campana de la Vela
y el cañon de la Alcazaba diesen la señal de alarma.
Pero si los monfíes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la
escasa gente que la guarnecia. El marqués, pues, estaba en un estado de
ansiedad terrible.
Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el
desfiladero, y despues una banda de monfíes, exploradores sin duda,
pasaron á buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las
breñas, entre las cuales se ocultaban el marqués y sus ginetes.
Los monfíes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y
lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una
bocina, despues de lo cual pasaron adelante.
Aquel triple toque de bocina debia ser una señal de los exploradores
para avisar al grueso de los monfíes que el desfiladero estaba franco y
seguro.
Por fortuna, mientras duró la parada de los exploradores, no relinchó un
solo caballo, ni se escapó un tiro de un soldado imprudente. Poco
despues se oyó rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si
no temiese ningun peligro.
La órden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqués á la
cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese
fuego hasta que los monfíes estuviesen extendidos en el desfiladero,
despues de lo cual era fácil atacarlos y revolverlos.
Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfíes de llegar al
sitio donde estaba emboscado el marqués, antes de que se disparase un
solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban á desembocar en
el valle, el mismo capitan general sacó de su arzon un pistolete y le
disparó. Inmediatamente, de entre todas las breñas cayeron nutridas
descargas de arcabucería sobre los monfíes, que sorprendidos, aterrados
en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general,
saliendo de su acechadero á la cabeza de su pequeño escuadron, se
lanzaba sobre ellos gritando:
--¡Por el rey! ¡Santiago y cierra España!
A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los españoles,
los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfíes que
estaban á la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la
sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hácia el interior del
desfiladero.
El desórden de los monfíes era ya irremediable: en vano el valiente
Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les
gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen
y penetrasen en las breñas, para que fuesen vencidos; en vano los mas
valientes de los walíes, procuraban llevar á sus taifas á los lugares de
donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinábanse
los monfíes, apretábanse, y las balas que silbaban entre ellos, los
tendian á centenares, mientras el marqués de Mondéjar y sus ginetes se
ensangrentaban á mansalva en aquella multitud dominada por un terror
pánico.
Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqués
de Mondéjar, y despreciándola por poca, no creyendo que se atreviese á
salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen
ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfíes, ante un
ataque invisible é inesperado; terror que nada tenia de extraño, porque
cada uno de los monfíes creia tener sobre sí un ejército.
Yuzuf era uno de esos valientes á quienes las dificultades y el peligro
irritan, y volviéndose á los que le rodeaban y alzándose sobre los
estribos exclamó:
--¡Ah! ¡de mis walíes! ¡á mí! ¡á mí todo el que quiera morir con honra!
¿Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puñado de perros
cristianos ocultos entre las breñas?
Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envistió con
ellos al escuadron del marqués. Pero de repente Yuzuf vaciló en su
caballo y cayó; una bala le habia herido en la cabeza.
Sus walíes se arrojaron sobre él, y le recogieron: oyéronse gritos
desesperados y una voz robusta que gritó:
--¡El valiente Yuzuf, el magnífico emir, ha sido herido! ¡salvemos al
emir!
Y aquella voz corrió de boca en boca á lo largo del desfiladero.
Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos
á quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo
que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los
walíes, lo hizo cada monfí por sí mismo; se arrojaron á las breñas
sufriendo el fuego de la mosquetería, y muy pronto los soldados del
marqués se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y
replegados al valle.
El capitan general seguia batiéndose al frente de su pequeño escuadron;
pero cuando vió que el fuego de mosquetería se habia apagado, que solo
resonaba acá y allá algun tiro perdido entre las breñas, y escuchó los
alaridos de triunfo de los monfíes, conoció que todo estaba perdido y
mandó á sus trompetas que tocasen á recogerse.
Muy pronto la gente del marqués formada en buen órden, colocada delante
de la caballería, empezó á retirarse, dando siempre el rostro al
enemigo, y arrojando sobre él el fuego de su arcabucería; pero todo
parecia inútil; los monfíes empezaban á flanquear la montaña, amenazando
cortar á los cristianos, lo que, atendido su número, no les hubiese sido
difícil, cuando se oyó sobre los mismos flancos fuego de mosquetería.
Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la
compañía de arcabuceros de Alvaro de Sedeño.
Ignorando los monfíes el número de gente que venia en auxilio de los
castellanos, tocaron tambien á recoger. El capitan general, que sabia lo
escaso del socorro que le habia venido, tocó á recoger de nuevo,
incorporósele la compañía de Alvaro de Sedeño y siguió en buen órden su
retirada hácia la ciudad.
Los monfíes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus walíes
estaban en consejo.
--El valiente Yuzuf está gravemente herido; dijo uno de ellos: ¿qué
debemos hacer, hermanos?
--Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos á la montaña,
dijeron algunos.
--¿Pero y los de Granada?
--Que se compongan como puedan.
--Lo primero es nuestro emir.
--¡A la montaña! ¡á la montaña!
Poco despues toda aquella gente se volvia á las Alpujarras, llevando
consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran
gozarse con la vista de ellos.
Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaña.
La bala de un soldado desconocido habia salvado á Granada.
Sobre el desfiladero habian quedado los cadáveres de algunos soldados
castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que,
abandonados, habian sido rematados por los monfíes.