CAPITULO XXIII.

Los desfiladeros de Dar-al-Huet.

Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra,

esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en

silencio algunas tropas como en número de quinientos hombres.

Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compañias

diferentes, á juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros,

otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban á pié, y todos llevaban

arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqués de

Mondéjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arnés

á la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirviéndole de

escolta como hasta veinte rocines. Comprendíase que aquella gente habia

sido reunida de pronto, para acudir á un peligro, y que no se habia

cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos,

detrás de los caballos que constituian la guardia del capitan general.

Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el

marqués de Mondéjar, y el presidente de la Chancillería y el corregidor,

tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir

gente bastante para contrarrestarles en el término de un dia.

Verdad es que muchos caballeros é hidalgos de los alrededores habian

acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan

general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente

llegaba á penas á doscientos hombres, en la generalidad mal montados,

peor armados, y poco acostumbrados á la guerra.

Conoció el marqués de Mondéjar que aquellas gentes mas que de socorro le

servia de embarazo; pero para no disgustarlas las metió en la Alhambra,

las hizo distribuir por los adarves, dejó en la fortaleza cien soldados

viejos para servir la artillería y guardar las puertas, y otros

cincuenta en el castillo de Bib-Ataubin, bajo las órdenes del

corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar

asegurar la ciudad donde á la caida de la tarde se habian notado señales

de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles

habian sido barreadas por los moriscos.

Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer

barricadas en los nuestros.

Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los

monfíes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance.

Comprendiólo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas

bastantes para ello, se decidió á salir á cortar á los monfíes el camino

de la ciudad, ó á morir como buen caballero en servicio del rey.

Los monfíes, con arreglo á la traidora revelacion de Alvaro de Sedeño,

debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por

Dilar. El capitan general tomó por el costado de Generalife arriba, por

una cañada del cerro del Sol y luego torció por un mal camino que guiaba

al pueblo del Dar-al-Huet, que hoy se llama Casa-Gallinas.

Marchaba la gente á gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una

hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron á unos ásperos

desfiladeros cerca ya del lugar.

En aquellos momentos llegó un adalid de los que el marqués habia enviado

á la montaña, con la noticia de que los monfíes, en número de seis mil

hombres se acercaban á Dilar, y que detrás de ellos y por los atajos,

sin ser sentida, venia la compañia de arcabuceros del capitan Sedeño,

bajo las órdenes del alférez Villasante.

El lugar en que se encontraba el marqués era inmejorable para una

emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra,

á la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqués, buen

capitan, práctico en la guerra y en el terreno, dividió su escasa gente

en pelotones, que situó convenientemente entre las breñas, y él con sus

ginetes, se situó á la salida del desfiladero á la parte de Granada en

un pequeño valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil.

Dióse órden á todos de que guardasen el mayor silencio, y á pesar de que

hacia una luna clarísima, nadie hubiera creido que hubiese una sola

persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la

gente.

Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando á Granada, oiase

perfectamente desde allí ese álito de vida que se desprende de una gran

poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien

se percibe, desde los silenciosos campos; oíase el reló de la iglesia de

Santa María de la Alhambra á lo lejos y casi perdido; pero la campana de

la torre de la Vela callaba, señal clara de que no habian lanzado aun el

grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera

oido tocar á rebato aquella campana, y el estampido del cañon de la

Alhambra.

Pasó una hora, y se oyó tocar á animas todas las campanas de las

numerosas parroquias, conventos y cofradías de la ciudad, y sin embargo,

pasó aun largo espacio sin que una sola persona atravesára el silencioso

desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de

tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia

evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres.

El marqués de Mondéjar llegó á creer, y su suposicion era muy posible,

que los exploradores de los monfíes se habian apercibido de la ocupacion

del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian

tomado otro camino para llegar á Granada.

En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al

marqués que correr á la Alhambra en el momento que la campana de la Vela

y el cañon de la Alcazaba diesen la señal de alarma.

Pero si los monfíes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la

escasa gente que la guarnecia. El marqués, pues, estaba en un estado de

ansiedad terrible.

Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el

desfiladero, y despues una banda de monfíes, exploradores sin duda,

pasaron á buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las

breñas, entre las cuales se ocultaban el marqués y sus ginetes.

Los monfíes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y

lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una

bocina, despues de lo cual pasaron adelante.

Aquel triple toque de bocina debia ser una señal de los exploradores

para avisar al grueso de los monfíes que el desfiladero estaba franco y

seguro.

Por fortuna, mientras duró la parada de los exploradores, no relinchó un

solo caballo, ni se escapó un tiro de un soldado imprudente. Poco

despues se oyó rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si

no temiese ningun peligro.

La órden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqués á la

cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese

fuego hasta que los monfíes estuviesen extendidos en el desfiladero,

despues de lo cual era fácil atacarlos y revolverlos.

Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfíes de llegar al

sitio donde estaba emboscado el marqués, antes de que se disparase un

solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban á desembocar en

el valle, el mismo capitan general sacó de su arzon un pistolete y le

disparó. Inmediatamente, de entre todas las breñas cayeron nutridas

descargas de arcabucería sobre los monfíes, que sorprendidos, aterrados

en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general,

saliendo de su acechadero á la cabeza de su pequeño escuadron, se

lanzaba sobre ellos gritando:

--¡Por el rey! ¡Santiago y cierra España!

A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los españoles,

los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfíes que

estaban á la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la

sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hácia el interior del

desfiladero.

El desórden de los monfíes era ya irremediable: en vano el valiente

Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les

gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen

y penetrasen en las breñas, para que fuesen vencidos; en vano los mas

valientes de los walíes, procuraban llevar á sus taifas á los lugares de

donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinábanse

los monfíes, apretábanse, y las balas que silbaban entre ellos, los

tendian á centenares, mientras el marqués de Mondéjar y sus ginetes se

ensangrentaban á mansalva en aquella multitud dominada por un terror

pánico.

Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqués

de Mondéjar, y despreciándola por poca, no creyendo que se atreviese á

salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen

ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfíes, ante un

ataque invisible é inesperado; terror que nada tenia de extraño, porque

cada uno de los monfíes creia tener sobre sí un ejército.

Yuzuf era uno de esos valientes á quienes las dificultades y el peligro

irritan, y volviéndose á los que le rodeaban y alzándose sobre los

estribos exclamó:

--¡Ah! ¡de mis walíes! ¡á mí! ¡á mí todo el que quiera morir con honra!

¿Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puñado de perros

cristianos ocultos entre las breñas?

Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envistió con

ellos al escuadron del marqués. Pero de repente Yuzuf vaciló en su

caballo y cayó; una bala le habia herido en la cabeza.

Sus walíes se arrojaron sobre él, y le recogieron: oyéronse gritos

desesperados y una voz robusta que gritó:

--¡El valiente Yuzuf, el magnífico emir, ha sido herido! ¡salvemos al

emir!

Y aquella voz corrió de boca en boca á lo largo del desfiladero.

Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos

á quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo

que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los

walíes, lo hizo cada monfí por sí mismo; se arrojaron á las breñas

sufriendo el fuego de la mosquetería, y muy pronto los soldados del

marqués se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y

replegados al valle.

El capitan general seguia batiéndose al frente de su pequeño escuadron;

pero cuando vió que el fuego de mosquetería se habia apagado, que solo

resonaba acá y allá algun tiro perdido entre las breñas, y escuchó los

alaridos de triunfo de los monfíes, conoció que todo estaba perdido y

mandó á sus trompetas que tocasen á recogerse.

Muy pronto la gente del marqués formada en buen órden, colocada delante

de la caballería, empezó á retirarse, dando siempre el rostro al

enemigo, y arrojando sobre él el fuego de su arcabucería; pero todo

parecia inútil; los monfíes empezaban á flanquear la montaña, amenazando

cortar á los cristianos, lo que, atendido su número, no les hubiese sido

difícil, cuando se oyó sobre los mismos flancos fuego de mosquetería.

Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la

compañía de arcabuceros de Alvaro de Sedeño.

Ignorando los monfíes el número de gente que venia en auxilio de los

castellanos, tocaron tambien á recoger. El capitan general, que sabia lo

escaso del socorro que le habia venido, tocó á recoger de nuevo,

incorporósele la compañía de Alvaro de Sedeño y siguió en buen órden su

retirada hácia la ciudad.

Los monfíes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus walíes

estaban en consejo.

--El valiente Yuzuf está gravemente herido; dijo uno de ellos: ¿qué

debemos hacer, hermanos?

--Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos á la montaña,

dijeron algunos.

--¿Pero y los de Granada?

--Que se compongan como puedan.

--Lo primero es nuestro emir.

--¡A la montaña! ¡á la montaña!

Poco despues toda aquella gente se volvia á las Alpujarras, llevando

consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran

gozarse con la vista de ellos.

Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaña.

La bala de un soldado desconocido habia salvado á Granada.

Sobre el desfiladero habian quedado los cadáveres de algunos soldados

castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que,

abandonados, habian sido rematados por los monfíes.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 37 / 168 题