CAPITULO XXII.

Del tristísimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en

Granada.

Al dia siguiente, como á las doce de la mañana, atravesaba por el lugar

de Alfargue, próximo á Granada, un caballero como de sesenta anos,

ginete en una mula y defendiéndose del sol, que picaba demasiado, con

una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo,

ginete tambien en una mula, y detrás, caballeros en rocines, iban como

una docena de lacayos jóvenes y robustos, armados á la gineta.

Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes

enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los

cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro,

una acémila cargada con dos grandes cofres.

El que parecia señor de toda esta gente, el caballero de los sesenta

años, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos

negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombrío, de mejillas pálidas,

de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los

cabellos canos y muy cortos. Vestía un sayo negro de raja de Florencia

sencillo y sin cuchilladas, unos gregüescos de lo mismo, gorguera de

cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una

pequeña pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza:

sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con

guardamano, y dos pedreñales en sus fundas en el arzon delantero.

Por último, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho

una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago.

Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por

su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su

numerosa servidumbre, demostraba que era un señor y un señor de los

grandes de aquellos tiempos.

El escudero que le acompañaba, vendria á tener sobre poco mas ó menos su

misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y

por su desembarazo á caballo y por cierto sabor militar, de haber sido

en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba

la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba á su amo, como si se

hubiera tratado de un enfermo.

Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban

sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios,

coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un

largo arcabuz á la derecha de la silla.

Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda á su amo, y no

caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian á la

sazon por una cuesta bastante empinada.

Notó el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se

volvió displicente á su escudero.

--Saez, haz caminar mas deprisa á esos bergantes. ¿No sabes que el

capitan general nos necesita en Granada esta tarde?

--Aun no son las doce, señor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de

plata voluminoso y semi esférico; hemos salido de Guádix al amanecer y

ya estamos á media legua de Granada.

--Si, pero ahora amanece á las tres de la mañana, dijo el caballero.

--No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos

no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cuán agria es la cuesta por do

vamos.

--Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando

roncamente el señor excelentísimo.

--Por lo mismo, señor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes

desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente á su

magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. ¿Qué

importa á vuecelencia que los moriscos se subleven ó no?

--Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de

que me contrarien. ¿Qué me importa que se subleven los moriscos? allí

donde se levante un rebelde al rey, allí está mi odio. ¡Los vencidos

rebeldes! ¡ah! ¡daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber

toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de España! ¡Infames!

¡Bandidos!

--Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no

han hecho ningun daño á vuecelencia.

--No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin

tener al lado mas que afectos interesados.

--¡Señor! exclamó con acento de respetuosa reconvencion Saez.

--No hablo por tí; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy

harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de

mi palacio de Guádix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que

hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.

--Ya he aconsejado á vuecelencia que viva en la córte.

--¡En la córte yo! ¡para irritarme entre la turba palaciega de

extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono

del emperador Don Cárlos! ¿qué habia yo de hacer en la córte? No, no;

necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun

tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra ¡vive

Dios! la guerra que tratándose de los moriscos será larga y peligrosa,

porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes

y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una

pelota de arcabuz, una lanza ó una saeta, mejor, tanto mejor... así

acabaré de sufrir.

Guardó silencio aquel extraño personaje y el escudero no se atrevió á

sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se

irritase.

Habíase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas

desembarazadamente, y en poco espacio llegaron á la puerta de Fajalauza

y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.

Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo

nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto á la

iglesia de San Gregorio el Alto.

Por aquella calle tomaron el noble señor, su escudero y sus lacayos.

Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas

estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata

dobló el ángulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que

se empinaban para mirar á un centro comun, se agolpaban en la puerta de

la iglesia.

--¿Que es eso Saez? ¿qué miran esos galopos? dijo el caballero.

--Lo ignoro, señor.

--¡Que lo ignoras! ¡que lo ignoras! no te he preguntado para que me

respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es.

Acercó la mula el escudero, y miró cómodamente por encima de la

multitud lo que la multitud miraba, mientras que su señor, no queriendo

ponerse en contacto con la plebe, se mantenia á una distancia medida por

el orgullo.

Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la

puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, ó

por mejor decir, los dos cadáveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos

cuáles eran aquellos cadáveres. El de doña Inés de Cárdenas habia sido

amortajado con un hábito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y

á pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte

la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una

niebla fantástica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo

y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos

negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado

derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi

á raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadáver, cuya

blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba á la diáfana

blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera

indudable eso que se llama distincion de raza.

En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado;

tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vacía manga izquierda de

su jubon á un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado

este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lívido á su

semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y

á través de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una

horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una

espuma sanguinolenta.

Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto

de los dos cadáveres, que su señor hubo de llamarle: pero Saez no le

oyó: repitió el incógnito personaje una, dos y tres veces su

llamamiento, y tampoco le oyó. Entonces uno de los lacayos creyó que

debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo

acercándose á él y tocándole en el hombro:

--Señor Gabriel, su escelencia os llama.

--¡Eh! dejadme, exclamó volviéndose todo hosco al lacayo.

Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas

vió los cadáveres, habia sido singular.

Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto,

luego se puso tan pálido como los dos cadáveres y se extremeció todo.

--¡Oh! ¡no no puede ser! murmuró: seria horrible: ¡doña Inés mi señora y

el capitan Alvaro de Sedeño! le conozco, sí, le conozco; á pesar de esa

pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el

rostro. Sí, sí, es necesario creerlo, á menos que el diablo se esté

burlando de mí; esa es doña Inés: mas vieja... ¡ya se vé! han pasado

veinte años... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadáver á la

hermosa niña de quince años que era la alegría de la casa: y él... él...

sí, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en

quien mi señor se habia empeñado en ver un valiente hidalgo y un hombre

de bien: valiente si, hidalgo pase, ¡pero hombre de bien...! ¿y cómo es

que están aquí juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al

menos en la casa de mi señor?

El escudero necesitó salir de dudas acerca de este último punto, y creyó

que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por órden

superior estaba de guarda junto á los cadáveres.

Inclinóse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido,

á pesar de las múltiples conversaciones de los curiosos.

--¡Eh! ¡señor ministro! ¡señor ministro! ¿tiene vuesamerced la dignacion

de escuchar una palabra?

Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con

mucha consideracion á las gentes de justicia.

Volvióse el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante

mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien

le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas á

hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los

curiosos, y asiéndose al arzon, dijo con semblante propicio:

--Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese.

--Gracias, señor ministro. Ahora, bien, ¿para que tienen ahí á esos dos

difuntos?

--Están expuestos para ver si hay alguien que los conozca.

--¡Qué! ¿nadie los conoce?

--Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relató ce

por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la

justicia con los dos difuntos en la casa del capitan.

--Preguntóse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia

en aquella casa, prosiguió el alguacil, y nadie supo decir si no que era

un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En

cuanto á la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que

viviese en tal casa una mujer.

--¿Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?...

--Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden

decir.

--Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida.

Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su

bolsillo á todo evento, la sacó conteniendo un doblon de á ocho, que con

gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que

el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el

escudero trataba con buenos modos á las gentes de justicia, sabia que

esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto

con tal de que lo paguen bien.

Entreabrió un tanto con disimulo la mano el corchete, miró rápidamente y

de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se

dulcificó aun mas y guiñando maliciosamente un ojo, dijo á Gabriel.

--Ciertamente que sois un honrado hidalgo, á quien no se puede negar

nada; pero inclinad un poco mas la cabeza á fin de que nadie nos oiga y

prometedme que guardareis secreto.

--Pues ya se ve, y callaré mas que un muerto.

--Pues señor, habeis de saber que el señor Andrés Zorcillo, escribano

que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita

mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarreña, garrida

donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos

tiene á mi mujer y á mí, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que

nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la

cara. Pues, bien, el señor Andrés Zorcillo me ha dicho, que nada menos

que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de

infanteria española Alvaro de Sedeño.

--Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama...

--¿Qué dama?...

--La difunta.

Miró rápida; pero profundamente el corchete al escudero, y contestó.

--Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era

esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los médicos que

han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho.

--¿Y por dónde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? preguntó

con interés Saez.

--¿Cómo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en

un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan

era un perro monfí, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia

consigo dos esclavas: la difunta, y otra...

--¿Y esa otra esclava? exclamó con anhelo Saez.

--Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mató

al capitan.

--¿Y quién es ese hombre?

--Un mejicano rebelde: uno de esos perros idólatras de Nueva España, que

acometen las villas españolas, roban las doncellas y los niños y despues

de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos.

--¡Ella esclava del capitan! murmuró de una manera ininteligible Saez,

¡otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado

muerte en su propia casa á Sedeño...! ¡Oh! ¡oh! Y decidme señor

ministro, ¿cómo se ha averiguado que ese idólatra ha muerto al capitan?

[imagen: ¿Para qué tienen ahí á esos dos difuntos?]

--¡Ah! para la justicia no hay nada oculto, señor escudero: figuraos que

el señor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la

plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y

supo les daba dinero á mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia

un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mandó

prenderlos, y cuando los registraron en la cárcel para ver si tenian

algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... ¿no reparais

en que falta á la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijéramos,

de la parte del corazon?

--Si, si que lo veo.

--Pues bien, ese rizo se encontró sobre el mejicano, envuelto en un

pedazo como de tela de sábana que estaba cortado al parecer con un

puñal: comprobados el rizo y el paño, se halló que era indudablemente el

rizo aquel el que se habia cortado á la difunta, y el paño... el paño

faltaba de las sábanas de la cama donde se encontró el cadáver, y

comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con

la falta que habia quedado en la sábana.

Cuando el alguacil llegaba á este punto de su revelacion fue cuando

impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de

Gabriel, le llamó, y cuando el lacayo le avisó de que su señor le

llamaba.

--¿Dónde vivís, señor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho,

hubo despedido bruscamente al lacayo.

--Vivo en la Calderería Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el

alguacil, al lado de la carnicería, preguntad por Picote, y todo el

mundo os dará razon.

--Pues bien, iré á veros esta noche, y á Dios que mi señor se

impacienta.

Revolvió Gabriel su mula, y de nuevo se puso pálido y tembló; pero mas

profundamente que la vez primera: impacientado el incógnito de la

pesadez de su escudero, habia ido á avisarle por sí mismo; al acercarse,

dominando, por razon de la altura de su mula, el círculo de curiosos que

rodeaban á los dos cadáveres, su vista habia chocado con el de doña

Inés.

El desconocido lanzó un grito horrible, en el momento en que Gabriel

Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atónita, fascinada,

mortal con que su amo miraba el cadáver: luego, el incógnito, y antes de

que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendió los brazos hácia

el cadáver, y gritó con un acento desgarrador, inmenso, como si se

hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo:

--¡Hija de mi alma!

Y cayó inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera

valerle.

Aquel incidente lúgubre, dramático, en todo su horror, aterró á los

circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tiró mas que se

apeó de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus

caballos, corrieron á socorrerle: el interés era general; hasta el mismo

alguacil Picote se conmovió: el incógnito, segun dijo un médico que se

apareció como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado,

y fue conducido á una casa inmediata que se le abrió francamente,

probando una vez mas la característica caridad española; la curiosidad

pública, cambiando de objeto, se apartó de los cadáveres para volverse á

aquella casa, á la que no tardó en acudir la justicia, que siempre se

mezcla por España á todo: un cuarto de hora despues salió Gabriel

pálido, trémulo, de la casa á donde habia sido conducido su señor, y,

acompañado de un alcalde y de un escribano, adelantó hácia los cadáveres

á los que rodeaba un nuevo círculo de curiosos.

Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el

alguacil Picote, y Gabriel, con las lágrimas en los ojos, dijo con voz

conmovida, pero que todos pudieron oir:

--Habeis puesto esos cadáveres á la vista de todo el mundo para que

declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que

este cadáver es el de mi noble ama la excelentísima señora doña Inés de

Cárdenas, hija única del excelentísimo señor don Juan de Cárdenas, duque

de la Jarilla.

--¿Y ese otro, preguntó el alcalde?

--Ese otro, dijo con cólera Saez, es el del infame capitan de

infantería, Alvaro de Sedeño.

Gabriel no se apartó de allí hasta que dejó depositado en una capilla de

la iglesia el cadáver de su señora, convenientemente alumbrado, y

guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado á otros dos en

busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la

construccion de un féretro magnífico, volvió triste y cabizbajo á la

cabecera del lecho de su amo.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 36 / 168 题