Los xeques del Albaicin.
El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí
al jóven.
En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera
haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió,
como un niño ó como un loco.
--¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde
habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?
--He estado en las entrañas de la tierra y ahora salgo de ellas.
Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion á Yaye.
Abd-el-Gewar le ponderó el mortal cuidado en que habia tenido á su padre
y á él mismo su pérdida; los esfuerzos que se habian hecho por
encontrarle, por último, que habiendo llegado el caso de un
levantamiento general, era necesario que le acompañara para darle á
reconocer como emir de los monfíes al lugar donde debian reunirse los
xeques y los principales moriscos de la ciudad.
Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y
subiendo por las agrias cuestas que conducian á la torre del Aceituno,
entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una seña que
rindió á la puerta Abd-el-Gewar.
Hiciéronles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y
pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bóveda
alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de
sus paredes y por su pavimento resbalizo y húmedo, parecia una cisterna
ó algibe.
Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre
encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaños.
En aquellas sillas y en aquellos escaños habia como hasta treinta
hombres, la mayor parte de ellos ancianos.
Todos tenian impreso en su semblante el sello típico de la raza mora;
todos estaban sobreexcitados, pálidos y con las miradas chispeantes.
Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano
de rostro noble y enérgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia
la palabra á los demás, segun la altura á que se encontraba, su
peroracion, decia:
--Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al
extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos,
¿sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? ¿Qué importa que don
Diego de Córdoba y de Válor, el hombre que estábamos decididos á
proclamar rey despues del triunfo, si el Altísimo se digna concedérnoslo
apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la
desgracia, qué importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y
que cuando, extrañando su tardanza se ha ido á buscarle á su casa, se
nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? ¿no hemos
lanzado ya todo temor? ¿no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la
coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decís que, sin duda,
don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas,
ennoblecido por el rey de España, nuestro enemigo, y honrado con
mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para
cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen
hora: asi nos ha avisado á tiempo de que es traidor á su ley y á su
patria, y podemos volver los ojos á otra persona mas digna y mas
valiente para ceñir á su cabeza la corona del reino. Pero decís: si don
Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan
general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El
capitan general no puede tener mañana mas soldados que los que tiene
hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducirá á doscientos ó trescientos
hombres mas, poco acostumbrados á la guerra, que podrán venirle de las
villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser
imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de
Granada vendrian á ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar
en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, mañana mismo,
y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar á los
seis mil monfíes que llegarán mañana con Muley Yuzuf de la montaña, y á
falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Válor
nombrar uno entre nosotros.
--Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al
orador.
--Es Abd-el-Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.
Todos se levantaron y saludaron á Abd-el-Gewar.
Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la
aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia
presidir aquella reunion revolucionaria:
--¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?
--Ese capitan es el jóven que me acompaña.
--¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia
sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la
suerte del reino?
--¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del
espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese
niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?
--¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.
--¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con
una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis
vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la
expresion de mi voluntad.
--¿Quién eres tú que asi te atreves á insultarnos? exclamó con cólera el
Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dejó la mesa y se
vino furioso hácia Yaye.
El jóven le asió con una mano de hierro, le doblegó y exclamó con acento
vibrante:
--¡De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfíes!
--¡El emir de los monfíes! exclamaron absortos todos los circunstantes.
--Sí: el emir de los monfíes, el magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar,
dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye á pesar de su educacion medio
castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente
y la terrible altivez de los déspotas musulmanes; sí, el emir de los
monfíes es el que teneis delante.
--¡La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras
los demás miraban con recelo á Yaye y á Abd-el-Gewar; ¡la prueba de que
ese mancebo es el emir!
--¿Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te
dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su
corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye?
--Es verdad.
--¿No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntábais si era mi hijo
ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso señor?
--Sí.
--Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf
Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.
Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las
palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion
de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á
decir:
--El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los
xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor,
segun le llaman los cristianos, á Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos
nosotros.
--¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la
cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los
monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra
contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del
combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se
hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su
traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese
delito á don Diego de Válor.
--¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los
que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de
traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los
ancianos.
--No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís
enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no
podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder?
¿De quién la fuerza?
--Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los
de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa
disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino.
¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro
ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido
en la prision de don Diego de Válor?
--Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura
mano sobre el Koran.
--¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?
--Lo juro.
--Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, añadió
volviéndose á los demás xeques; ¿admitimos por nuestro capitan al emir?
--Si, dijeron á una voz todos.
--En cuanto á lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continuó el Homaidi,
primero es triunfar de los cristianos.
--Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.
--Despues, continuó el Homaidi, el reino te elegirá ó no por su rey.
--El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyándose en una prescripcion del
Koran, y yo que venceré al cristiano, venceré tambien al que quiera
disputarme la corona.
--Eres valiente á pesar de tus pocos años, emir, dijo otro de los
ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos serás un esclarecido
rey.
--¿Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de
lleno en sus funciones de capitan de la empresa.
--Con cuatro mil.
--¿Todos fuertes?
--Todos valientes y experimentados.
--¿Tienen armas?
--Sí.
--¿Dinero?
--Sí.
--¿Están ordenados en taifas?
--A una señal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual irá á
reunirse al lugar que le está señalado.
--¿Quienes son sus capitanes?
--Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.
--Pues, bien; id á avisar á vuestra gente que estén dispuestos para
mañana á la noche á la primera señal: tú Homaidi, y tú Abd-el-Gewar,
permaneced conmigo.
Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.
Agrupáronse alrededor de la mesa y se pusieron á tratar de los
preparativos en la insurreccion.