CAPITULO XXI.

Los xeques del Albaicin.

El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí

al jóven.

En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera

haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió,

como un niño ó como un loco.

--¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde

habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?

--He estado en las entrañas de la tierra y ahora salgo de ellas.

Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion á Yaye.

Abd-el-Gewar le ponderó el mortal cuidado en que habia tenido á su padre

y á él mismo su pérdida; los esfuerzos que se habian hecho por

encontrarle, por último, que habiendo llegado el caso de un

levantamiento general, era necesario que le acompañara para darle á

reconocer como emir de los monfíes al lugar donde debian reunirse los

xeques y los principales moriscos de la ciudad.

Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y

subiendo por las agrias cuestas que conducian á la torre del Aceituno,

entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una seña que

rindió á la puerta Abd-el-Gewar.

Hiciéronles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y

pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bóveda

alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de

sus paredes y por su pavimento resbalizo y húmedo, parecia una cisterna

ó algibe.

Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre

encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaños.

En aquellas sillas y en aquellos escaños habia como hasta treinta

hombres, la mayor parte de ellos ancianos.

Todos tenian impreso en su semblante el sello típico de la raza mora;

todos estaban sobreexcitados, pálidos y con las miradas chispeantes.

Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano

de rostro noble y enérgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia

la palabra á los demás, segun la altura á que se encontraba, su

peroracion, decia:

--Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al

extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos,

¿sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? ¿Qué importa que don

Diego de Córdoba y de Válor, el hombre que estábamos decididos á

proclamar rey despues del triunfo, si el Altísimo se digna concedérnoslo

apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la

desgracia, qué importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y

que cuando, extrañando su tardanza se ha ido á buscarle á su casa, se

nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? ¿no hemos

lanzado ya todo temor? ¿no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la

coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decís que, sin duda,

don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas,

ennoblecido por el rey de España, nuestro enemigo, y honrado con

mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para

cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen

hora: asi nos ha avisado á tiempo de que es traidor á su ley y á su

patria, y podemos volver los ojos á otra persona mas digna y mas

valiente para ceñir á su cabeza la corona del reino. Pero decís: si don

Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan

general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El

capitan general no puede tener mañana mas soldados que los que tiene

hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducirá á doscientos ó trescientos

hombres mas, poco acostumbrados á la guerra, que podrán venirle de las

villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser

imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de

Granada vendrian á ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar

en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, mañana mismo,

y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar á los

seis mil monfíes que llegarán mañana con Muley Yuzuf de la montaña, y á

falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Válor

nombrar uno entre nosotros.

--Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al

orador.

--Es Abd-el-Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.

Todos se levantaron y saludaron á Abd-el-Gewar.

Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la

aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia

presidir aquella reunion revolucionaria:

--¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?

--Ese capitan es el jóven que me acompaña.

--¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia

sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la

suerte del reino?

--¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del

espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese

niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?

--¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.

--¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con

una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis

vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la

expresion de mi voluntad.

--¿Quién eres tú que asi te atreves á insultarnos? exclamó con cólera el

Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dejó la mesa y se

vino furioso hácia Yaye.

El jóven le asió con una mano de hierro, le doblegó y exclamó con acento

vibrante:

--¡De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfíes!

--¡El emir de los monfíes! exclamaron absortos todos los circunstantes.

--Sí: el emir de los monfíes, el magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar,

dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye á pesar de su educacion medio

castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente

y la terrible altivez de los déspotas musulmanes; sí, el emir de los

monfíes es el que teneis delante.

--¡La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras

los demás miraban con recelo á Yaye y á Abd-el-Gewar; ¡la prueba de que

ese mancebo es el emir!

--¿Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te

dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su

corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye?

--Es verdad.

--¿No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntábais si era mi hijo

ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso señor?

--Sí.

--Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf

Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.

Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las

palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion

de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á

decir:

--El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los

xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor,

segun le llaman los cristianos, á Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos

nosotros.

--¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la

cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los

monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra

contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del

combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se

hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su

traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese

delito á don Diego de Válor.

--¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los

que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de

traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los

ancianos.

--No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís

enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no

podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder?

¿De quién la fuerza?

--Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los

de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa

disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino.

¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro

ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido

en la prision de don Diego de Válor?

--Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura

mano sobre el Koran.

--¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?

--Lo juro.

--Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, añadió

volviéndose á los demás xeques; ¿admitimos por nuestro capitan al emir?

--Si, dijeron á una voz todos.

--En cuanto á lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continuó el Homaidi,

primero es triunfar de los cristianos.

--Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.

--Despues, continuó el Homaidi, el reino te elegirá ó no por su rey.

--El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyándose en una prescripcion del

Koran, y yo que venceré al cristiano, venceré tambien al que quiera

disputarme la corona.

--Eres valiente á pesar de tus pocos años, emir, dijo otro de los

ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos serás un esclarecido

rey.

--¿Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de

lleno en sus funciones de capitan de la empresa.

--Con cuatro mil.

--¿Todos fuertes?

--Todos valientes y experimentados.

--¿Tienen armas?

--Sí.

--¿Dinero?

--Sí.

--¿Están ordenados en taifas?

--A una señal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual irá á

reunirse al lugar que le está señalado.

--¿Quienes son sus capitanes?

--Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.

--Pues, bien; id á avisar á vuestra gente que estén dispuestos para

mañana á la noche á la primera señal: tú Homaidi, y tú Abd-el-Gewar,

permaneced conmigo.

Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.

Agrupáronse alrededor de la mesa y se pusieron á tratar de los

preparativos en la insurreccion.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 35 / 168 题