CAPITULO XX.

Estrella.

La casa que el walí de los monfíes Harum, habia procurado á su señor el

poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, era, como

hemos dicho, una bellísima casa; mas aun, un pequeño alcazar situado en

una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las _Tres

Estrellas_, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en

cuestion existen.

Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas

incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco árabe agramilado

de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque

aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un

símbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido

en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos

confeccionar una leyenda á la que titularemos, Dios mediante, _Las Tres

Estrellas_.

Mas, volviendo á nuestra narracion, nos permitirán nuestros lectores que

digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando

acontecian los sucesos que vamos refiriendo.

Su fachada era pequeña y formaba uno de los lados del segundo ángulo

recto de la calle: la pequeña y sencilla, pero bella puerta ogiva de

herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el

primer ángulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el

Alto; el muro á que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion,

ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeño agimez de estuco

labrado, con columnas de mármol blanco de Macael, que correspondia á un

pequeño mirador con cúpula, situado sobre el tejado de la casa, encima

del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que

estaba situado á la derecha de la casa, y que se veia desde la calle,

merced á la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del

ángulo recto que determinaba la calle.

Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos años

hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo

que si hubiera sido de carton, ó como las hojas secas de un árbol.

Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro,

pavimentado de mármol, con faja de mosáico ó alicatado en la parte

inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba

prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas

pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales

faltaba luz. Frente á la puerta habia un delicado arco que daba paso á

un patio muy pequeño, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una

fuente abierta en el pavimento, de mármol como el del zaguan; al fondo

de este patio habia una puerta mas pequeña que daba á una estrechísima y

oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto,

desembocando en una galería, situada á la izquierda del patio, con

barandilla ó balaustrada de pino tallado y agramilado.

El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el

piso bajo, y en la galería que hemos citado en el alto. Esta galería

estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada

en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas;

otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero

que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el

de la galería, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y

triángulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa.

Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas

de azulejos ó mosáicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y

follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes

nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos,

diferenciándose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban

primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la

galería.

Por la puerta inferior se entraba en una cámara oscura; pero riquísima

en su pavimento de mosáico, en sus arabescos y en su techo; á los

extremos de esta sala habia dos pequeños alhamíes ó alcobas. Por la

puerta de la galería se entraba á otra sala enteramente igual; pero mas

baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galería habia una

pequeña puerta que daba á una escalera, y aquella escalera desembocaba

en un pequeño corredor oscuro, que iba á dar al mirador que se veia

desde la calle.

Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de

extension. Tres de sus costados tenian agímeces cubiertos por celosías y

por cortinas de seda carmesí; en el otro costado estaba la puerta. El

friso de este mirador se hacia octógono, y sobre él se veian diez y seis

bellísimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se

levantaba una cúpula de estalácticas, que remedaba con sus colgantes una

gruta de hadas.

Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosáico menudo,

caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que

naciendo de los ángulos, determinaban la figura octógona del friso; los

adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado,

todo perfectamente concluido; un hermoso sueño de un hábil alarife

realizado en miniatura. En aquella pequeña estancia habia un divan de

seda y oro; cortinas magníficas en la puerta y en los agímeces y un

bello perfumero de plata.

Ademas, pendiente de la cúpula habia una lámpara de seda, y de cuatro de

los cupulinos del octógono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian

aprisionados cuatro ruiseñores.

Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artística

de la casa de las Tres Estrellas. A las demás dependencias, habitaciones

de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta

situada á espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el

muro derecho del patio por una puerta sencilla.

En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y

algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos,

ennegrecidos por el tiempo.

Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue.

A aquella casa fue á donde Yaye hizo conducir á Estrella desmayada, y á

donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el

soldado que servia á Sedeño, y las dos sirvientes que habia en la casa.

Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito.

La infeliz jóven tardó mucho tiempo en volver de su desmayo;

acompañábala Yaye, que observaba su estado, lleno de interés y de

caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye:

una caridad _sui generis_; pero al fin el jóven llamaba caridad al dulce

sentimiento que le hacia experimentar, en mayor ó menor grado, toda

mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos

propuesto respetar la conciencia del jóven emir; pero era muy extraño

que la caridad de Yaye no se extendiese á los hombres ni á las mujeres

feas ó viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional.

Las circunstancias en que habia encontrado Yaye á Estrella habian sido

eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su

juventud, y por su magnífica hermosura, impresionaba fuertemente el alma

entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella

á una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le

hacia sentir una emocion dulce, lánguida, fresca, odorífera, si se nos

permiten estas dos últimas extrañas calificaciones: caridad que era de

todo punto independiente del amor que le inspiraba doña Isabel de Válor,

amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un

impulso caritativo. Doña Isabel era para el jóven la luz de su alma, su

amor contrariado, su empeño: doña Estrella, un ser débil, necesitado de

proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los

piés del emir, y que estaba ante él pálida, privada de sentido, y

sufriendo de una manera interna, ó, por mejor decir, orgánica. Yaye se

habia dicho, respondiéndose á sí mismo, y como queriendo calificar el

lazo que le unia á aquellas dos mujeres, tan jóvenes, tan puras, y tan

desgraciadas las dos:

--Estrella será mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa,

será mi amante: Isabel será mia.

Pero entre tanto no volvia en sí Estrella; el sacudimiento que habia

sufrido el alma de la pobre niña habia sido demasiado fuerte para que el

accidente causado por él fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella

congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas

peligrosa, si la ciencia no acudía al socorro de Estrella. Yaye estaba

realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta á

Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfíes.

El jóven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la

habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de

las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en sí. Yaye no

se habia atrevido á desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la

habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente

de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la

duracion del accidente, á tomar, contra su voluntad y de una manera

desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspiró

profundamente y abrió con languidez los ojos, sus hermosísimos ojos

negros, á los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos,

irresistibles.

Poco á poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levantó sobre el

divan, pasó sus pequeñas manos por su frente, se apartó las pesadas

bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y miró en torno suyo.

No preguntó donde se encontraba, no nombró á su madre, no se entregó á

ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que

serian ridículas á no ser por lo terrible de la causa que las motiva.

Nada dijo á Yaye, únicamente le asió una mano, y se la besó, dándole las

gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada

por lágrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies á la cabeza á

Yaye.

Luego se replegó sobre sí misma y Yaye la sintió llorar en silencio.

Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel,

porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jóven emir lo comprendió

asi y dejó á Estrella abandonada á su dolor; pero no se atrevió á

dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorrió

los tapices de la puerta y de los agimeces y abrió las maderas; frescas

oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y

uno de los ruiseñores rompió en un magnífico trino.

Yaye tomó la jaula, la descolgó y llevó fuera el ave cantora: parecióle

que la alegría tranquila del pájaro debia punzar el alma lastimada de

Estrella; los otros tres ruiseñores fueron desterrados tambien á una

habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron

silencio.

Cuando entró de nuevo Yaye en el mirador, encontró á Estrella mas

tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente

en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus

manos cuyo brazo se hundia en los almohadones.

Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque

conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban

lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo.

Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su

brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y

Yaye la oyó murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante á un

suspiro:

--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, caballero! ¡cuánto os debo! ¿sin vos qué

hubiera sido de mí?

Yaye no supo qué contestar y contestó á la ventura lo primero que se le

ocurrió.

--Dios sin duda os hubiera amparado, dijo.

--Y ¿quién sino Dios, ha podido llevaros á mi lado en la terrible

situacion por que acabo de pasar?

--¿Creeis que haya sido Dios quien me ha traido á vuestro lado? dijo

Yaye pronunciando tambien estas impías palabras á la ventura, porque

estaba trastornado.

--Y ¿quién sino Dios, respondió con acento sonoro y solemne Estrella, ha

podido valerse de vos para que consoleis á una pobre madre moribunda, y

ampareis á una huerfana infortunada? ¿Quién sino Dios pudo haber hecho

que nos encontráramos y nos conocieramos en aquel meson de las

Alpujarras? ¿quién sino Dios, ha podido inspirar á mi madre, á mi

infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? ¿Creeis que

Dios no habla por la boca de los moribundos?

--¿Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclamó

Yaye que seguía hablando abandonado á sí mismo, ó por mejor decir,

abandonado á aquella situacion que le presentaba á Estrella con el

triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio.

La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el

alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una

atmósfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de

sueños desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado,

loco, y sin voluntad, por decirlo así, de una manera instintiva, como

atraido por una influencia magnética, se sentó en el divan al lado de

Estrella.

--Sí, sí; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la

jóven; Dios ha tenido compasion de mí, y al herirme tan profundamente en

mi amor de hija, ha abierto para mí una fuente de consuelo,

presentándome un alma noble, á la cual unir mi alma...

Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada á su dolor, á su

necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brilló en

medio de su delirio.

Yaye no se atrevió á pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le

habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella.

Pero como nuestro corazon es siempre exigente y despótico y siempre sale

vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el

suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia

fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas

implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre

ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo

habia gozado del desesperado afecto de su madre á la que acababa de

perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la

habia puesto su situacion, ó, tal vez desesperada, importándola poco

todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continuó

infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su

magnífica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor.

--¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!

--¡Sola! esclamó Yaye con un tímido acento de reconvencion.

--¿Cómo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los

ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he

olvidado todo... ¡Oh, Dios mio! ¡mi cabeza! ¡tengo aquí un infierno!

Y se oprimió con ambas manos la frente.

Yaye la tomó las manos, las separó de su cabeza y las retuvo entre las

suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor

indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos

jóvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flúido

irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian.

Entrambos estaban pálidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas,

entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que

ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer.

Sin embargo, Yaye al contestar á la pregunta de Estrella, mintió en

cierto modo, no sabemos por qué.

--Me llamo Juan de Andrade, la dijo.

--¡Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: ¿por qué me

engañais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma?

Estrella iba á decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado

para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura á la frase.

--¡Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido á deciros que

me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfíes de las Alpujarras.

--¿Y qué importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto

mejicano: somos hijos y señores de dos pueblos dominados por los

españoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos

enemigos. ¿No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en

su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan?

Yaye se acordó, estremeciéndose, del extraño y terrible desposorio

efectuado con los dos por una moribunda, y detrás de aquel solemne y

sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vió pasar

la sombra de Isabel de Válor, pálida, triste, desesperada.

--¡Que Dios ha querido que nos unamos! exclamó.

Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no

pudo notar el profundo terror de que eran hijas las últimas palabras de

Yaye.

--¡Oh! y oíd, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os

lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce

algunos años de reposo sobre la tierra, será necesario que nuestras

almas se unan, porque yo os amo.

Por esta vez Estrella no vaciló al pronunciar las palabras que

expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanzó con una entonacion

firme, sonora, vibrante, llena de voluntad.

Yaye exhaló un grito que tanto podia parecer de espanto, como de

alegría, como de placer.

Y era que el amor de Estrella, producia en él al mismo tiempo aquellas

sensaciones.

--Si, yo os amo: el dia en que os ví en el meson de las Alpujarras os

estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido,

profundamente preocupado; no sé qué teniais en vuestra mirada de

sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprendí que erais

desgraciado. ¡Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un

vínculo bastante fuerte para acercar la una á la otra á dos almas

desesperadas. Despues cuando os hablé, me ofrecisteis con toda la

expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confié en ella, como

siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. ¿Cuánto tiempo ha

pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo sé, yo no he

medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en

vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas íntimo el

recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba:

no sabia cuándo ni cómo os presentariais á mi vista; pero yo estaba

segura de volveros á ver, segura de que me salvariais, segura de que un

dia seriais para mí mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un

hermano: estaba segura de que seriais mi alma.

La expresion del semblante y de la mirada de Estrella llegó al último

desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la

esperanza: Yaye sintió como que su alma se fundia, por decirlo asi, en

aquella mirada; una fruicion suprema ensanchó, dilató todo su ser, se

sintió trasportado á un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa

del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fácil:

decimos que se sintió, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de

su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que

compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su

fascinacion, de su trasporte, atrajo hácia sí á Estrella.

La jóven se dejó arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion

convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estampó en

sus labios, exhalando por él todo el volcan que ardia en su alma, la

despertaron de su delirio y rechazó á Yaye.

--Aun está caliente el cadáver de mi madre, exclamó con un acento en que

vibraban á un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo.

Yaye despertó á su vez y comprendió que envuelto por la fascinacion que

habia arrojado sobre él á torrentes Estrella, habia dado un paso del

cual no podia volver atrás sin dar derecho á una mujer á que le llamase

infame.

Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su

semblante se entristeció, se doblegó sobre el divan y se cubrió el

rostro con las manos.

Estrella se conmovió; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se

acercó á Yaye, le apartó las manos del rostro, como antes habia hecho

Yaye con ella, le miró frente á frente con una expresion dulcísima y con

los ojos llenos de lágrimas, y le dijo:

--Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para mí una nueva vida y ya

no estoy sola en el mundo: me amais... ¡oh! ¡sí! ¡me amais! Sed mi

esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo

con toda mi alma... ¡pero abrir los brazos á la felicidad cuando mi

pobre madre... cuando aun no está santificada nuestra union...! ¡oh!

¡no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que

mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos

encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido

hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os

hayais dejado arrebatar por vuestro amor... ¡Oh! ¡Dios mio! ¡cuanta

desgracia y cuanta felicidad á un tiempo!

Y Estrella rompió á llorar; pero de una manera convulsiva, en una de

esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas

se medita en el valor de lo que se ha perdido.

Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer.

En aquel momento se oyó un golpe recatado en una de las puertas

interiores, y Yaye se dirigió á Estrella.

--Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado á dejaros sola y

quiero dejaros mas resignada.

Resonó otro golpe mas fuerte y mas impaciente.

--¡Dejarme sola! exclamó Estrella.

--Sí; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven á llamarme

y con insistencia. Oid.

Habia resonado un tercer golpe.

--Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasará... id donde os llaman.

--Pero estais desesperada... y lo temo todo...

--¡Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor.

Yaye estrechó una mano que le presentó Estrella, la besó y salió.

Apenas habia salido Yaye, Estrella se levantó de una manera enérgica:

sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia

fija en la inmensidad; estaba pálida, temblorosa y su boca entreabierta

tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles.

Luego cayó de rodillas, levantó sus brazos y sus manos al cielo, y

exclamó con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma:

--¡Oh madre mia! ¡madre mia! perdóname si cuando acabo de perderte me he

atrevido á hablar de amor! ¡Estoy sola en el mundo y necesito vengarte!

Ese hombre te vengará, sí, te vengará aunque me vea obligada á ser su

manceba, su esclava! ¡ese hombre te vengará! ¡yo te lo juro!

Luego se alzó y se sentó pensativa en el divan: despues de su juramento

habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego

la reflexion se fue apoderando de ella y arrojó una mirada indagadora al

fondo de su alma.

--¡Oh, Dios mio! exclamó: ¿le amaré acaso...?

Se pasó la mano por la frente, palideció aun mas, y luego dijo como

traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones:

--¡Oh, sí, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le ví, y

hace un momento, á pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha

arrastrado, y he estado á punto de ser suya... ¿y él, él me amará? ¡oh!

¡sí! ¡ha sido generoso! ¡ha respetado mi dolor y mi pudor! ¡pero Dios

mio! ¡sino me amara! ¡si solo hubiese cedido á mi dolor y... á mi

hermosura! ¡si solo me hubiese respetado por caballero! ¡oh, Dios mio!

¡al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! ¡oh, Dios mio!

¡ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! ¡permite que sea su

esposa!

Yaye entró en aquel momento.

--Suceden cosas gravísimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es

imposible vengar á vuestra madre.

--¡Qué os es imposible vengar á mi madre! exclamó profundamente

Estrella.

--Si por cierto, porque el capitan Sedeño ha sido muerto esta misma

noche á estocadas.

--¡Muerto á estocadas! ¿y por quién? exclamó con anhelo Estrella.

--Aun no puedo deciros quién es el hombre que le ha muerto: debe ser un

hombre que salió de la casa del capitan algun tiempo despues que este

habia entrado en ella de vuelta de un viaje.

--¿Con que el infame capitan Sedeño ha sido muerto por otro hombre en su

misma casa, acaso delante del cadáver de mi pobre madre?

--Tal vez.

--¿Y quién os ha dado esas noticias? añadió Estrella, cuyo interés

crecia.

--Uno de mis mas leales servidores, á quien dejé con algunos de los mios

en observacion de la casa del capitan.

--¿Y no podrá averiguarse quién ha sido el hombre que ha matado á

Sedeño?

--Acaso, puesto que uno de mis monfíes ha seguido recatadamente á ese

hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla.

--¡Muerto el infame Sedeño!

--Y no es esto solo; poco despues una ronda entró en la casa que

encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron

con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio á quien

acompañaban... algunos sepultureros.

--¡Ah! exclamó Estrella cuyo dolor se avivó: ¡ya no volveré á ver á mi

pobre madre!

--Su cadáver y el de Sedeño fueron sacados de la casa y conducidos á la

iglesia: uno de mis monfíes se hizo el encontradizo con uno de los

alguaciles á quien por acaso conocia, y supo por él que el capitan

habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma

cámara de vuestra madre.

--¡Oh! ¡y cuán justiciero es Dios! exclamó Estrella.

--Pero no es esto lo que me obliga á separarme de vos; asuntos que

conciernen al pueblo, cuya corona ciño, me imponen el imperioso deber de

ir á ocupar el puesto de honor que me corresponde.

--¿Vais á combatir con los cristianos? exclamó anhelante Estrella.

--Es muy probable.

--Podeis morir en el combate.

--Es muy posible.

--¿Y yo...?

--Vos sereis...

--Detúvose indeciso Yaye...

--¿Qué seré yo...?

--Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en

defensa de su pueblo oprimido.

--Partid, partid, señor, dijo Estrella cediendo á su amor y arrojándose

en sus brazos: partid; Dios no querrá que murais, porque Dios no querrá

hacer mas grande mi desesperacion.

Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye lloró.

--Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantándola entre

sus brazos; para cuidar de vos, señora, queda un hombre que velará por

vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompañaros. Vais á

conocer á ese hombre.

Estrella se separó de los brazos de Yaye y se enjugó las lágrimas.

--¡Ola! ¡wali Harum! dijo Yaye asomándose á la puerta.

Harum, que venia completamente vestido á la castellana, apareció en la

puerta y se inclinó profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un

wali antiguo ante un califa de Córdoba.

Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva

de una sultana.

--Mientras yo esté ausente, dijo Yaye, servirás y obedecerás á esta

señora, como me servirias y me obedecerias á mí mismo. Si yo muriese,

seguirás sirviéndola y obedeciéndola como si fuese mi hermana.

--Será como querais que sea, poderoso señor.

--Ahora, doña Estrella, adios, dijo el jóven acercándose galantemente á

ella y besándola una mano.

--¡Adios! ¡adios! dijo Estrella; ¡que la Santa Vírgen os proteja y os dé

ventura!

Los ojos de Estrella se arrasaron de lágrimas, y la fue necesario hacer

un violento esfuerzo para contener su llanto.

Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brotó libremente, y

Estrella exclamó entre sus sollozos.

--¡Que me sirva como si fuera su hermana! ¿por qué no ha dicho que me

respete y me sirva como si fuera su esposa?

Entre tanto Yaye decia á Harum.

--¿Para atender á las necesidades de esa dama mientras yo esté ausente

tienes oro bastante?

--Si señor.

--Antes de emprender mi expedicion, que será al momento, yo dejaré

dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi

corona, lo que baste para atender á la subsistencia honrada de esa dama

durante toda su vida.

--¡Morir! ¡señor! ¡morir tan jóven y tan valiente! ¡eso no puede ser! el

Altísimo y Único velará por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro

pueblo.

Como llegaban entonces á las puertas de la casa, Yaye que habia tomado

una capa, una gorra y una espada, salió solo y se encaminó á largo paso

á la calle del Zenete, á la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y

en donde habia conocido á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 34 / 168 题