CAPITULO XIX.

De cómo la justicia fue á cerrar la casa del capitan, dejándola

enteramente deshabitada.

Aquella misma noche algunos monfíes enviados por Yuzuf, entraban en

Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la

muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San

Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el

nombre del Obispo don Gonzalo.

Aquellos monfíes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la

noche y por la soledad del Albaicin, á las casas de algunos moriscos

principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria á

Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil

monfíes.

Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de

arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los

corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que

al momento viniesen á Granada con los caballeros particulares y gente de

guerra y del comun que pudiesen reunir.

No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeño,

un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria

las silenciosas calles, entró en la de San Gregorio: al pasar por

delante de la casa de Sedeño, maravillóle ver la puerta abierta y las

luces del zaguan encendidas.

--Pues segun los bandos, dijo el alcalde, á estas horas debia estar ya

cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere,

que la justicia castiga por su descuido al dueño de esa casa, en dos

ducados para obras pías.

Adelantó el corchete con su linterna, y entró.

--¡Ah de casa! dijo.

Nadie le contestó.

Asió entonces la cuerda de la campana y la agitó: tampoco sobrevino

contestacion alguna.

Salióse el corchete.

--Señor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona

viviente, que un caballo que está enjaezado en el zaguan.

--Volved á llamar, maese Barbadillo, volved á llamar.

Llamó de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente;

pero no recibió mas contestacion que las veces anteriores.

Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre ágrio y seco, de

cincuenta años, enhiestó la vara de justicia, y alegrándose, con esa

alegría característica de los curiales cuando les cae que hacer, esto

es, con una alegría maligna, se entró de rondon por la puerta franca,

seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia á la puerta.

Despues de un escrupuloso registro, que dió por resultado encontrar una

casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma

viviente y con dos cadáveres, el alcalde, aumentada su alegría en una

proporcion maravillosa, mandó á un alguacil para que buscase de una

manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, á

fin de que acudiese con sus sepultureros.

El escribano libró testimonio de cómo en una casa grande de la calle de

San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueño no se sabia aun, por no

haber habido lugar á la indagatoria, y en una de las cámaras de aquella

casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Córte,

Anton de Zalduendo, los cadáveres de una dama como de cuarenta años,

muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus

divisas, capitan de infantería española, manco del brazo izquierdo, cojo

de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto á hierro y al

parecer en riña: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rávago,

cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que

mandase conducir los dos difuntos á la iglesia, y que al dia siguiente

los pusiese en sendas cajas de ánimas en la puerta de la parroquia, á

fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues

de lo cual, y habiéndose llevado los difuntos los sepultureros, y

quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que

tenia sobre sí el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que

le atravesaba de parte á parte, y la otra espada en la mano, sin señal

alguna de sangre, se procedió al inventario y embargo de los muebles de

la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el

otro en la cuadra, cerrándose y sellándose todas las puertas por la

justicia, y entregándose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo,

en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al

alborear el dia 1.º de julio del año de 1546.

Como se vé, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes,

que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no

encontró en la casa persona alguna.

Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no

habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del

capitan difunto con la de don Diego de Córdoba y de Válor, puesto que ni

una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta.

Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el

alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillería, constaba

que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se

habían hallado papeles interesantísimos para la salud de la república y

el servicio del rey.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 33 / 168 题