CAPITULO XVIII.

Continuacion del anterior.

El capitan Sedeño, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando

su alma de tigre en la feroz y para él alegre contemplacion de sus

traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia á su

casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.

Llegó al fin, y llamó con fuerza desde el caballo; pero nadie le

contestó.

Repitió dos golpes mas fuertes, y á su empuje la puerta, que como

sabemos no estaba afianzada, cedió y se entreabrió.

--¿Qué es esto, exclamó con un colérico asombro el capitan? ¿no me

responde nadie y la puerta está abierta?

Dicho esto empujó mas la puerta, penetró á caballo, y al ver los faroles

del zaguan encendidos, gritó:

--¡Ola! ¿qué es esto? ¡vive Dios!

Nadie le contestó.

Entonces el capitan echó pié á tierra, temblando de cólera, corrió los

cerrojos de la puerta, y subió, cuanto de prisa se lo permitia la falta

de su pierna, las escaleras.

A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia

sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso

terrible; siguió adelante, atravesó algunas habitaciones, y al fin abrió

la puerta de la cámara mortuoria.

Al entrar encontró en el centro de ella un hombre que fijaba en él una

mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la

rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella

mirada.

Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido

acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el

pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia

encontrado muerta á su esposa.

Al ver ante sí á Sedeño, se encaminó gravemente á la puerta, y la cerró

por dentro. Luego adelantó hasta el capitan, que permanecia asombrado en

el centro de la cámara, mirando con una fascinacion horrible el cadáver

de doña Inés.

Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que

respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para

que diese lugar á palabras ni á recriminaciones.

Calpuc desenvainó su espada con una calma horrorosa, y punzando en un

brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para

advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvió en

un movimiento colérico:

--¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!

--En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando

convulsivamente su espada: ese cadáver colocado entre los dos pide

sangre: defiéndete.

Y empezó un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por

lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en

el lecho aquel cadáver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de

los combatientes.

Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con

suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar á

una parada: conocíase en ambos la decidida intencion de matar á su

adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas

vigorosas: cubríanse y reparábanse con un cuidado exquisito, con una

sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos

enemigos.

Pero á poco que se observase á aquellos dos hombres, se conocia que la

ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeño fuese cojo y manco,

defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna

y el brazo que tenia sanos, sino porque, á pesar de su valor y de su

sangre fria, Sedeño estaba aterrado, su terror crecia de momento en

momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le

devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia

habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian

la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de

Dios.

Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna

ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la

esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera

atrevido á decidir rotundamente acerca de cuál de aquellos hombres seria

el vencedor.

Conocíalo esto asimismo Calpuc, y se afianzó mas en su posicion y se

hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; notó que

Sedeño, á pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por

tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del género de ataque

que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.

Asi es que, con una destreza maravillosa, le marcó un golpe al rostro;

hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relámpago por

delante del único ojo del capitan, y rebatiendo la mano, á tiempo que

Sedeño acudia á la parada por arriba, le metió la espada en el pecho

hasta la empuñadura.

Calpuc dejó la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse

con ella la vida del capitan: este lanzó una horrible blasfemia al

sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pié y su pata para no caer;

pero al fin vaciló y cayó sobre el costado donde habia sido herido.

--Mi esposa ha muerto: exclamó Calpuc, acercándose á él, pero mi hija

vive: ¿sabes qué ha sido de mi hija?

--¡Ah! exclamó con una feroz alegria Sedeño: ¿has encontrado muerta á tu

esposa, y no sabes qué ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues,

mas tranquilo. Doña Inés no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu

hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me

servia... ¡deshonrada! ¡ah! ¡hermosa ramera!

Una tos profunda, hirviente, interrumpió al capitan, que lanzó un vómito

de sangre.

--Contesta, contesta y te perdono... exclamó Calpuc: ¿qué has hecho de

mi hija? ¿dónde está mi hija?

--¿Para qué quiero yo tu perdon? exclamó con la voz enronquecida Sedeño:

yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque sé que no tardarás en

acompañarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi

venganza.

Un nuevo vómito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fácil, como rebosa el

agua de una fuente, interrumpió de nuevo al capitan.

Calpuc se aterró ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre

crueles labios del moribundo.

--¡Mi hija! ¡mi hija! gritó Calpuc inclinándose sobre el capitan, y

sacudiéndole furioso.

Tornó á él Sedeño la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se

contrajeron de una manera horrible, y exclamó en medio de una carcajada

débil, dolorosa; pero sarcástica y acerada:

--¡Tu esposa! ¡tu hija! ¡las dos! ¡y luego tú!

Su voz se apagó, se agitó en un débil esfuerzo, y faltándole el brazo

sobre que se apoyaba, cayó y quedó inmóvil.

Estaba muerto.

Aquella muerte abrió un vacío profundo en el alma de Calpuc.

--¡Ah! exclamó: he sido un insensato: le he matado, y no he podido

saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... está muerto...

¡muerto...!

Calpuc quedó inmóvil como una estátua, con una ansiedad mortal pintada

en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvió

de una manera insensata hácia el lecho, se arrojó sobre él, y besó una y

otra vez delirante, la fria boca del cadáver.

Luego se alzó, cortó con su daga uno de los negros rizos de dona Inés, y

le envolvió en un pedazo de las ropas del lecho que cortó tambien con su

daga: despues besó de nuevo al cadáver, y dijo como si este pudiera

oirle:

--¡Adios, Inés! ¡Inés de mi alma! yo moriria junto á tí... pero mi vida

no me pertenece... ¡pertenece á nuestra hija! ¡tú, cuyo espíritu está

sin duda en el seno de Dios, guíame para que pueda encontrarla,

fortaléceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por

nuestra Estrella!

Despues de esto, Calpuc se levantó de sobre el cadáver y se separó

algunos pasos; pero volvió de nuevo: parecia que un poder invencible le

ataba, le retenia junto al cadáver de su esposa. Por una, dos y tres

veces, pretendió en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento

esfuerzo y salió frenético de la cámara.

Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvió su rostro hácia el

interior, y rompió á llorar como una mujer desconsolada.

Luego se alejó á paso lento, y salió de la casa, cuya puerta dejó

abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda

desesperacion:

--¡Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 32 / 168 题