Continuacion del anterior.
El capitan Sedeño, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando
su alma de tigre en la feroz y para él alegre contemplacion de sus
traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia á su
casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.
Llegó al fin, y llamó con fuerza desde el caballo; pero nadie le
contestó.
Repitió dos golpes mas fuertes, y á su empuje la puerta, que como
sabemos no estaba afianzada, cedió y se entreabrió.
--¿Qué es esto, exclamó con un colérico asombro el capitan? ¿no me
responde nadie y la puerta está abierta?
Dicho esto empujó mas la puerta, penetró á caballo, y al ver los faroles
del zaguan encendidos, gritó:
--¡Ola! ¿qué es esto? ¡vive Dios!
Nadie le contestó.
Entonces el capitan echó pié á tierra, temblando de cólera, corrió los
cerrojos de la puerta, y subió, cuanto de prisa se lo permitia la falta
de su pierna, las escaleras.
A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia
sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso
terrible; siguió adelante, atravesó algunas habitaciones, y al fin abrió
la puerta de la cámara mortuoria.
Al entrar encontró en el centro de ella un hombre que fijaba en él una
mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la
rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella
mirada.
Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido
acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el
pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia
encontrado muerta á su esposa.
Al ver ante sí á Sedeño, se encaminó gravemente á la puerta, y la cerró
por dentro. Luego adelantó hasta el capitan, que permanecia asombrado en
el centro de la cámara, mirando con una fascinacion horrible el cadáver
de doña Inés.
Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que
respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para
que diese lugar á palabras ni á recriminaciones.
Calpuc desenvainó su espada con una calma horrorosa, y punzando en un
brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para
advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvió en
un movimiento colérico:
--¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!
--En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando
convulsivamente su espada: ese cadáver colocado entre los dos pide
sangre: defiéndete.
Y empezó un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por
lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en
el lecho aquel cadáver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de
los combatientes.
Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con
suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar á
una parada: conocíase en ambos la decidida intencion de matar á su
adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas
vigorosas: cubríanse y reparábanse con un cuidado exquisito, con una
sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos
enemigos.
Pero á poco que se observase á aquellos dos hombres, se conocia que la
ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeño fuese cojo y manco,
defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna
y el brazo que tenia sanos, sino porque, á pesar de su valor y de su
sangre fria, Sedeño estaba aterrado, su terror crecia de momento en
momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le
devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia
habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian
la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de
Dios.
Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna
ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la
esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera
atrevido á decidir rotundamente acerca de cuál de aquellos hombres seria
el vencedor.
Conocíalo esto asimismo Calpuc, y se afianzó mas en su posicion y se
hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; notó que
Sedeño, á pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por
tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del género de ataque
que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.
Asi es que, con una destreza maravillosa, le marcó un golpe al rostro;
hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relámpago por
delante del único ojo del capitan, y rebatiendo la mano, á tiempo que
Sedeño acudia á la parada por arriba, le metió la espada en el pecho
hasta la empuñadura.
Calpuc dejó la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse
con ella la vida del capitan: este lanzó una horrible blasfemia al
sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pié y su pata para no caer;
pero al fin vaciló y cayó sobre el costado donde habia sido herido.
--Mi esposa ha muerto: exclamó Calpuc, acercándose á él, pero mi hija
vive: ¿sabes qué ha sido de mi hija?
--¡Ah! exclamó con una feroz alegria Sedeño: ¿has encontrado muerta á tu
esposa, y no sabes qué ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues,
mas tranquilo. Doña Inés no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu
hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me
servia... ¡deshonrada! ¡ah! ¡hermosa ramera!
Una tos profunda, hirviente, interrumpió al capitan, que lanzó un vómito
de sangre.
--Contesta, contesta y te perdono... exclamó Calpuc: ¿qué has hecho de
mi hija? ¿dónde está mi hija?
--¿Para qué quiero yo tu perdon? exclamó con la voz enronquecida Sedeño:
yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque sé que no tardarás en
acompañarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi
venganza.
Un nuevo vómito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fácil, como rebosa el
agua de una fuente, interrumpió de nuevo al capitan.
Calpuc se aterró ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre
crueles labios del moribundo.
--¡Mi hija! ¡mi hija! gritó Calpuc inclinándose sobre el capitan, y
sacudiéndole furioso.
Tornó á él Sedeño la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se
contrajeron de una manera horrible, y exclamó en medio de una carcajada
débil, dolorosa; pero sarcástica y acerada:
--¡Tu esposa! ¡tu hija! ¡las dos! ¡y luego tú!
Su voz se apagó, se agitó en un débil esfuerzo, y faltándole el brazo
sobre que se apoyaba, cayó y quedó inmóvil.
Estaba muerto.
Aquella muerte abrió un vacío profundo en el alma de Calpuc.
--¡Ah! exclamó: he sido un insensato: le he matado, y no he podido
saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... está muerto...
¡muerto...!
Calpuc quedó inmóvil como una estátua, con una ansiedad mortal pintada
en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvió
de una manera insensata hácia el lecho, se arrojó sobre él, y besó una y
otra vez delirante, la fria boca del cadáver.
Luego se alzó, cortó con su daga uno de los negros rizos de dona Inés, y
le envolvió en un pedazo de las ropas del lecho que cortó tambien con su
daga: despues besó de nuevo al cadáver, y dijo como si este pudiera
oirle:
--¡Adios, Inés! ¡Inés de mi alma! yo moriria junto á tí... pero mi vida
no me pertenece... ¡pertenece á nuestra hija! ¡tú, cuyo espíritu está
sin duda en el seno de Dios, guíame para que pueda encontrarla,
fortaléceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por
nuestra Estrella!
Despues de esto, Calpuc se levantó de sobre el cadáver y se separó
algunos pasos; pero volvió de nuevo: parecia que un poder invencible le
ataba, le retenia junto al cadáver de su esposa. Por una, dos y tres
veces, pretendió en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento
esfuerzo y salió frenético de la cámara.
Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvió su rostro hácia el
interior, y rompió á llorar como una mujer desconsolada.
Luego se alejó á paso lento, y salió de la casa, cuya puerta dejó
abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda
desesperacion:
--¡Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!