Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.
Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doña Isabel.
Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al
postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo
tres golpes recatados.
Doña Isabel abrió temblando.
--¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en
una ancha capa.
--Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.
Doña Isabel cerró.
--¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.
--Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de
noche al huerto, contestó doña Isabel.
--Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta
parte, temeria que os viesen conmigo.
--Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la
contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede
vernos.
--¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el
desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del
capitan Sedeño.
--¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña
Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.
Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel,
puesto que se apresuró á decirla:
--Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto
que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien
de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.
Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera
fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada
favorita.
--Sentaos, le dijo, señalándole el banco.
--Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y
os juro que yo os ampararé.
Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana
pedia ser amparado.
--Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel,
la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de
vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento
con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.
--¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.
--Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién
soy yo.
--Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.
--Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios
que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.
--¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?
--De la cuarta parte, contestó el desconocido.
--¿De América?
--Cabalmente: soy mejicano.
--¡Ah!
--¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los
españoles como un morisco?
[imagen: ¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!]
--Sin embargo, á pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranías,
los españoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.
--¿Y qué importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del
Altísimo? ¿qué importa que persuadidos por su palabra hayamos
despreciado á los torpes ídolos á quienes antes rendíamos un culto
abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pié de los
altares del Crucificado? ¿hemos conseguido por eso que los españoles nos
traten como hermanos? Ellos nos han traido á la religion única y
verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.
--Es verdad, dijo doña Isabel que como morisca no podia desconocer las
infamias de que los moriscos eran víctimas.
--Para esos hombres, continuó el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni
mas cielo que los placeres: allí donde alcanzan su garra ó sus ojos,
allí van el robo, el asesinato y la impureza: la América es un tesoro
vírgen, y las vírgenes de América las mujeres mas hermosas del mundo.
¡Ah! ¡perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas
hermosa de ellas. ¡Si conociíeseis á mi esposa! ¡si conocíeseis á mi
hija!
La voz del mejicano se hizo trémula y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Doña Isabel perdió todo su terror, que dejó en su alma su lugar á la
compasion.
--¡Vuestra esposa! ¡vuestra hija! exclamó con un profundo acento de
misericordia ¡Las habeis perdido!
--¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español
infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en
aquella casa.
Y señaló la del capitan estropeado.
--¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?
--¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.
--¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.
--Como podeis serlo vos mañana.
--¡Yo soy cristiana!
--Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano,
que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente
mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si
mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros
hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con
toda vuestra alma la religion de Cristo?
[imagen: ¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!]
--Si eso sucede, la religion me servirá y me sirve ya, para sufrir con
valor mis desventuras.
--¡Ah! yo procuraré salvaros, como procuro salvar á mi hija y á mi
esposa, si aun es tiempo.
--¡Si aun es tiempo!
--He visto una sola vez á mi esposa hace algunos dias despues de diez
años de separacion y de lágrimas, y apenas he podido reconocerla. ¡Oh!
¡la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no
he podido vengarla: cien veces he tenido junto á mí al infame, y un
juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas
y luego,... ¡quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...!
quiero que me vengue la Inquisicion!
--¡La Inquisicion!
--¡Oh! si: ese hombre es un espia de los monfíes, un renegado de Cristo.
--¿Conoceis á los monfíes?
--El rey de los monfíes contiene mi venganza por un juramento.
--Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.
--Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.
--¡Ah! exclamó doña Isabel.
--Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese
vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros
la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero
ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de
bodas?
--Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?
--Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una
carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la
tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene
pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de
aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre
haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al
presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su
seguridad.
--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.
--Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será
entregada á los ministros del rey de España.
Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.
--No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad
está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien
amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.
--¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.
--Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey
del desierto.
Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.
--La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues,
mi historia.
Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de
la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo
y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á
España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los
monfíes.
Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.
--¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de
vuestra hija? preguntó.
--Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia
las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos
criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo
penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.
--¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....
--No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la
impaciencia.
--¡Oh, si! id á salvarlas, id y que Dios os ayude.
--¡Que él os bendiga señora, exclamó Calpuc besando la mano de doña
Isabel; que él os lo pague si yo no puedo pagaros!
Calpuc se separó de doña Isabel: esta le vió llegar á la tapia,
terciarse la capa, asirse á las asperezas de la pared y trepar
silenciosamente por ella.
Poco despues desapareció.
Doña Isabel permaneció algun tiempo en el huerto abstraida
profundamente, pero vino á sacarla de su abstraccion un grito horrible,
inarticulado, semejante á un rugido, que procedia del interior de la
casa del capitan Sedeño.
Tuvo miedo, huyó del huerto, y se encerró en su habitacion de la que
salió poco despues á recibir á sus hermanos que habian llamado á la
puerta.