CAPITULO XVII.

Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.

Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doña Isabel.

Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al

postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo

tres golpes recatados.

Doña Isabel abrió temblando.

--¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en

una ancha capa.

--Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.

Doña Isabel cerró.

--¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.

--Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de

noche al huerto, contestó doña Isabel.

--Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta

parte, temeria que os viesen conmigo.

--Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la

contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede

vernos.

--¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el

desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del

capitan Sedeño.

--¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña

Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.

Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel,

puesto que se apresuró á decirla:

--Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto

que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien

de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.

Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera

fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada

favorita.

--Sentaos, le dijo, señalándole el banco.

--Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y

os juro que yo os ampararé.

Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana

pedia ser amparado.

--Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel,

la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de

vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento

con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.

--¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.

--Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién

soy yo.

--Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.

--Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios

que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.

--¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?

--De la cuarta parte, contestó el desconocido.

--¿De América?

--Cabalmente: soy mejicano.

--¡Ah!

--¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los

españoles como un morisco?

[imagen: ¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!]

--Sin embargo, á pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranías,

los españoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.

--¿Y qué importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del

Altísimo? ¿qué importa que persuadidos por su palabra hayamos

despreciado á los torpes ídolos á quienes antes rendíamos un culto

abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pié de los

altares del Crucificado? ¿hemos conseguido por eso que los españoles nos

traten como hermanos? Ellos nos han traido á la religion única y

verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.

--Es verdad, dijo doña Isabel que como morisca no podia desconocer las

infamias de que los moriscos eran víctimas.

--Para esos hombres, continuó el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni

mas cielo que los placeres: allí donde alcanzan su garra ó sus ojos,

allí van el robo, el asesinato y la impureza: la América es un tesoro

vírgen, y las vírgenes de América las mujeres mas hermosas del mundo.

¡Ah! ¡perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas

hermosa de ellas. ¡Si conociíeseis á mi esposa! ¡si conocíeseis á mi

hija!

La voz del mejicano se hizo trémula y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Doña Isabel perdió todo su terror, que dejó en su alma su lugar á la

compasion.

--¡Vuestra esposa! ¡vuestra hija! exclamó con un profundo acento de

misericordia ¡Las habeis perdido!

--¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español

infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en

aquella casa.

Y señaló la del capitan estropeado.

--¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?

--¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.

--¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.

--Como podeis serlo vos mañana.

--¡Yo soy cristiana!

--Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano,

que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente

mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si

mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros

hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con

toda vuestra alma la religion de Cristo?

[imagen: ¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!]

--Si eso sucede, la religion me servirá y me sirve ya, para sufrir con

valor mis desventuras.

--¡Ah! yo procuraré salvaros, como procuro salvar á mi hija y á mi

esposa, si aun es tiempo.

--¡Si aun es tiempo!

--He visto una sola vez á mi esposa hace algunos dias despues de diez

años de separacion y de lágrimas, y apenas he podido reconocerla. ¡Oh!

¡la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no

he podido vengarla: cien veces he tenido junto á mí al infame, y un

juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas

y luego,... ¡quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...!

quiero que me vengue la Inquisicion!

--¡La Inquisicion!

--¡Oh! si: ese hombre es un espia de los monfíes, un renegado de Cristo.

--¿Conoceis á los monfíes?

--El rey de los monfíes contiene mi venganza por un juramento.

--Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.

--Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.

--¡Ah! exclamó doña Isabel.

--Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese

vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros

la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero

ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de

bodas?

--Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?

--Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una

carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la

tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene

pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de

aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre

haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al

presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su

seguridad.

--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.

--Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será

entregada á los ministros del rey de España.

Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.

--No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad

está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien

amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.

--¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.

--Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey

del desierto.

Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.

--La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues,

mi historia.

Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de

la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo

y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á

España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los

monfíes.

Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.

--¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de

vuestra hija? preguntó.

--Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia

las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos

criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo

penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.

--¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....

--No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la

impaciencia.

--¡Oh, si! id á salvarlas, id y que Dios os ayude.

--¡Que él os bendiga señora, exclamó Calpuc besando la mano de doña

Isabel; que él os lo pague si yo no puedo pagaros!

Calpuc se separó de doña Isabel: esta le vió llegar á la tapia,

terciarse la capa, asirse á las asperezas de la pared y trepar

silenciosamente por ella.

Poco despues desapareció.

Doña Isabel permaneció algun tiempo en el huerto abstraida

profundamente, pero vino á sacarla de su abstraccion un grito horrible,

inarticulado, semejante á un rugido, que procedia del interior de la

casa del capitan Sedeño.

Tuvo miedo, huyó del huerto, y se encerró en su habitacion de la que

salió poco despues á recibir á sus hermanos que habian llamado á la

puerta.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 31 / 168 题