La venganza de don Diego de Córdoba y de Válor.
En una cámara del palacio de don Diego en el Albaicin, velaban una hora
antes de los últimos sucesos que hemos referido, dos damas.
La una leia con suma distraccion, en un libro en folio feamente impreso.
Decimos con suma distraccion, porque hacia gran tiempo que tenia fija la
vista en el libro como si leyese, y sin embargo, no habia vuelto la
hoja, á pesar de haber trascurrido espacio sobrado para que el mas torpe
lector hubiese recorrido diez veces las líneas de las dos paginas por
donde estaba abierto el libro. A poco que se leyese en aquellas páginas
podia comprenderse que aquel libro era la historia del famoso caballero
Amadis de Gaula.
Aquella dama era doña Isabel de Válor.
A pesar de que Calpuc la habia dado aquella mañana noticias exactas
acerca de la existencia de Miguel Lopez, ni doña Isabel habia comunicado
á nadie aquellas noticias, ni habia dejado su luto.
El negro color de sus ropas contrastaba enérgicamente con la palidez
mate que hacia mas diáfana la blancura de su semblante.
La otra dama, sentada junto á la misma mesa apoyada un brazo en ella y
en la mano el semblante, estaba, si cabe, mas pálida, que doña Isabel, y
en sus negros ojos destellaba una chispa sombría y colérica.
Aquella otra dama era doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego.
Ni una sola palabra se cruzaba entre las dos cuñadas; la una fijaba la
vista abstraida en el libro; la otra parecia fijar su intensa mirada en
la inmensidad.
Dieron las animas en la cercana iglesia de San Gregorio, y doña Isabel
se agitó con un ligero estremecimiento nervioso. Aquella campana que
tañía lúgubremente á la oracion por el eterno descanso de los que habian
dejado de existir, recordó á doña Isabel su cita en el huerto con el
extraño hombre de aquella mañana. Doña Elvira pareció salir de su
distraccion y rezó en voz baja, á cuyo rezo contestó doña Isabel.
Cuando se terminó la oracion, doña Elvira dirigió algunas secas palabras
á doña Isabel.
--Ya es hora que nos recojamos, hermana, la dijo tomando una lamparilla
de plata que estaba sobre la mesa, y encendiéndola en el velon.
--Recojámonos, pues, dijo doña Isabel cerrando el libro, y tomando una
bugía y encendiéndola á su vez. Buenas noches, hermana.
--Buenas noches.
Como se ve no mediaba la mejor inteligencia entre doña Isabel y doña
Elvira. Las dos cuñadas salieron de la cámara cada cual por distinta
puerta.
Pero ninguna de las dos se encaminó á su dormitorio. Doña Isabel apenas
salió á los corredores apagó la bugía y por una escalera de servicio,
bajó al huerto buscando en su limosnera, la llave del postigo que se
habia procurado durante el dia, y cerciorándose de si llevaba consigo la
sortija, que por órden de Miguel Lopez, su esposo, debia entregar á
Calpuc. Doña Elvira apenas salió de la cámara apagó tambien su luz,
atravesó á tientas una habitacion, salió á otros corredores y abrió una
puerta tras la cual se perdió. Aquella puerta era de los aposentos de
don Diego, donde estaba la entrada secreta del subterraneo donde habia
estado preso, por decirlo así, Yaye.
Una vez en la cámara de su esposo, doña Elvira encendió de nuevo su luz
en una lámpara que ardia delante de un Cristo de talla sobre un
reclinatorio, fué á la puerta secreta, la abrió, bajó las escaleras y se
puso á escuchar.
--Nadie, no hay nadie, dijo: sin duda se han ido aquellos hombres que
hoy al bajar me detuvieron: pero ¿por donde han entrado esos hombres?
¿quién los ha traido? Ellos son sin duda los que me han robado á Yaye.
Doña Elvira al pronunciar el nombre del jóven, exhaló un gemido, se
llevó una mano sobre el corazon, y se apoyó en la pared un momento, como
si hubiera necesitado de aquel apoyo para no vacilar y caer: luego
rehaciéndose, merced á su indomable voluntad, acabó de bajar los
escalones, y entró resueltamente en la mina y la recorrió, llegando á la
otra escalera que comunicaba con la casa del capitan Sedeño.
A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doña Elvira habia
pasado sin reparar en ella junto á la abertura practicada en uno de los
costados de la mina por Harum el monfí.
Se detuvo un momento al pié de la escalera de la casa del capitan, y
luego pintóse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella.
No tardó en llegar á la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia
quedado abierta, y doña Elvira se encontró en la cámara del capitan.
Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa
extraña; pero doña Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia
fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la
rabia y la desesperacion.
Doña Elvira siguió adelante, y recorrió la casa del capitan, hasta
llegar á la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el
terror de doña Elvira, habia pasado algunas veces junto á la puerta de
la cámara mortuoria, donde yacía doña Inés de Cárdenas, sin que se le
hubiese ocurrido que allí habia una habitacion en la cual no habia
entrado.
Maravillóla, sí, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una
casa donde no se encontraba á nadie.
Doña Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba á la calle ó
á un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corrió los
cerrojos y abrió uno de los grandes postigos de aquella puerta.
En aquel momento un ginete arremetió por ella, y á poco no atropella á
doña Elvira que se hizo un paso atrás, dejó caer la lámpara y exaló un
grito de espanto al reconocer al ginete.
Aquel ginete era don Diego de Córdoba y de Válor.
--¡Ah! ¡ah! dijo don Diego; ¿sois vos señora? En verdad, en verdad, que
yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aquí.
La situacion en que se hallaba doña Elvira era tan extraña que solo
contestó fijando en su marido una mirada de terror.
--Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que sé
algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no
haberlas ejecutado.
Doña Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma
facilidad para dominarse, se repuso y contestó á don Diego:
--No comprendo lo que me quereis decir, esposo y señor.
--¿Que haceis aquí, señora? dijo don Diego atando á una argolla del
portal su caballo, del que habia descabalgado.
--En verdad que no lo sé, dijo doña Elvira recogiendo del suelo con gran
serenidad la lámpara; al veros de repente ante mí me he sorprendido,
porque no esperaba veros en esta casa, en la que á mí misma me causa
gran extrañeza el encontrarme. Encended mi lámpara en uno de esos
faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros.
Sorprendido don Diego del aplomo con que doña Elvira le hablaba, ni mas
ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tomó maquinalmente la
lámpara, la encendió y la entregó á su esposa.
--Vamos de aquí, dijo ella, trasladémonos á nuestra casa; tengo que
revelaros sucesos importantes.
--¡Ah! ¿teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo
mal su cólera don Diego.
--Si por cierto; pero ante todo decidme: ¿por qué razon habiendo estado
un mes ausente, venís á esta casa antes que á la vuestra?
--Tenia mis razones para pretender llegar á cierto punto de mi casa sin
ser sentido.
--¡Ah! ¿y á qué punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido,
caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio, á no
ser que pensáseis darme el placer de una sorpresa.
--Si por cierto, queria sorprenderos doña Elvira.
--Y efectivamente me habeis sorprendido presentándoos ante mí en un
lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado
encontraros.
--Perdonad si no os digo en qué lugar queria sorprenderos; porque
estamos en una casa extraña y podria escucharnos alguno de los criados
del capitan Alvaro de Sedeño.
--¡Ah! ¡esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeño! En verdad
que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con
nosotros, y habeis hecho mal en no advertírmelo, porque...
--Seguid, seguid adelante, señora, y callad: basta con que hayais dado
el escándalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qué
razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros
asuntos.
--Podeis estar tranquilo, dijo doña Elvira; nadie nos escuchará porque
esta casa está deshabitada.
--¡Deshabitada!
--Si por cierto, seguidme y os convencereis.
Doña Elvira tomó por la escalera principal, y don Diego la siguió,
dominado por lo extraño de lo que le acontecia.
Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se
olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el
uno tras la otra por las escaleras arriba.
Doña Elvira entró en los corredores, y de ellos pasó á una antecámara,
en la que antes no habia entrado.
En aquella antecámara habia un fuerte olor á cera quemada: era la
antecámara mas allá de la cual habia muerto doña Inés.
Doña Elvira siguió fatalmente adelante y se encontró en el aposento
mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugías encendidas que proyectaban una
luz opaca sobre el lecho.
--Aquí hay una mujer que duerme, dijo don Diego.
Doña Elvira miró el lecho, y mas perspicaz que su marido lanzó un grito
de horror.
--¡Esa mujer está muerta! exclamó.
--¡Muerta! exclamó don Diego arrebatando la lámpara á doña Elvira que
habia quedado yerta de espanto, y acercándose al lecho: ¡muerta! ¡sí
muerta! pero... ¿quién es esta mujer?... ¡ah! ¡la muerte se cruza en mi
camino cuando vengo á buscar una prueba de mi deshonra!
--¡De vuestra deshonra! exclamó en un acento indefinible doña Elvira.
--Sí, sí, seguidme, señora, seguidme y concluyamos de una vez.
Y asió brutalmente de un brazo á doña Elvira y la arrastró consigo fuera
de la cámara; atravesó la antecámara, salió á los corredores y luego,
como quien conocia bien aquella casa, torció por una puertecilla,
atravesó un pasadizo, entró en el aposento del capitan Sedeño, y se
encaminó á la puerta secreta.
Aquella puerta estaba abierta.
--¿Habeis entrado por aquí, señora? la dijo.
--Por aquí he entrado, contestó con acento severo y duro doña Elvira,
como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la
manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego.
--¿Y quién os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra
casa? preguntó con un acento no menos duro y severo don Diego.
--Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion.
--¡Que la habeis descubierto! ¿y cómo? hay alguna distancia desde el
aposento subterráneo aquí y no parece natural...
--Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido
Sidy Yaye.
--¡Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclamó con un acento indescribible
don Diego: ¡es decir que se os ha escapado!
--Solo sé deciros que esta noche cuando bajaba á traerle la cena,
encontré la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la
puerta; nadie conoce la entrada del subterráneo por nuestra casa mas que
vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba
demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cómo podia haber
huido, y recorrí la mina: al fin de ella dí con una escalera, al fin de
la escalera con esta puerta que encontré franca; recorrí la casa, menos
esa habitacion donde hemos visto ese cadáver, y no encontré persona
alguna: llegué al zaguan, y... abrí maquinalmente la puerta...
--Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye,
dijo don Diego cediendo á una suspicaz suposicion: ¡oh! si, si, veo en
esto la mano de los monfíes; vos no habeis querido que vuestro amante
esté privado del sol y del aire.
--¡Mi amante! exclamó verdaderamente aterrada doña Elvira; pero
sobreponiéndose á su terror, ¿habeis dicho mi amante? añadió con
altivez.
--Venid, exclamó trémulo de furor don Diego.
Y arrastrándola consigo, descendieron por las escaleras: un instante
despues se encontraron en el aposento subterráneo donde habia vivido un
mes Yaye.
Don Diego revolvió en torno suyo una mirada de tigre y acercándose á un
sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tomó de sobre él un
riquísimo justillo de mujer y una gargantilla, que doña Elvira había
dejado allí abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser
sorprendida en la habitacion de su amante.
--¿Qué significa esto, señora? dijo con acento opaco don Diego: ¿habeis
elegido por vuestra cámara de vestir, este aposento, y por camarera á
Yaye?
Doña Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lívida y miró con los
ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la
mostraba.
--Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclamó con
acento ronco don Diego; conócese que el hermoso emir apreciaba sobre
todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros
de esta rica gargantilla: á falta de sol y de aire vos llenábais de
flores, de perfumes y de amores su encierro. ¡Oh! razon tenia yo en
querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros,
pero os sorprendo á vos sola... el infame... el infame se ha escapado
llevándose mi honor: pero yo sabré encontrarle: yo sabré matarle aunque
le protejan todos sus monfíes.
Doña Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trémulo de cólera,
acometió á su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doña Elvira
aterrada retrocedió y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada
gorguera de encaje de Flandes, se la arrancó y dejó descubierto el
cuello y parte del seno de doña Elvira.
Entonces vió don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un
relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del
mismo metal.
Don Diego arrojó lejos de sí la gorguera, y señaló con un dedo
inflexible el relicario.
--Negad ahora, si os atreveis, exclamó.
--¿Y este relicario que os prueba? exclamó con audacia doña Elvira.
--Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que
yo la regalé hace un año. Y ¿sabeis lo que hizo mi hermana con ese
relicario? le regaló á Yaye, al hombre á quien amaba. ¿Sabeis que la
noche en que se separaron Yaye é Isabel pidió ella su relicario al
hombre de quien debia separarse para no volverle á ver, y que él, no
consintió en separarse de ese relicario? ¿sabeis que yo lo escuchaba
todo, oculto? ¿que sé que ese relicario habia quedado en poder de Yaye,
y que solo él puede habérosle dado? ¿sabeís que cuando un hombre da una
prenda de amor de una amante á otra amante, es porque ama mas á la
segunda que á la primera ó porque no ama á ninguna de las dos? ¿Y me
quereis negar todavía que sois amante de Yaye?
Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian
esperarse sino extremos, y desesperada por la pérdida de Yaye,
enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la
fiebre, fuera de sí, exclamó con una energía casi salvaje:
--Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le
amo, he sido suya y le he perdido.
Don Diego se sintió acometido de un vértigo de sangre, desnudó su daga
furioso y acometió á doña Elvira que cayó de rodillas; pero de repente
se contuvo; se pasó la mano por la frente, envainó la daga y dijo
asiendo á su esposa con una fuerza desesperada por un brazo:
--Aun no es tiempo... aun vive él... vivid vos tambien... una puñalada
es poco... necesito mas para vengarme... y me vengaré... me vengaré sin
que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra...
me vengaré, pero de una manera horrible.
Y sombrío y letal, dejando á doña Elvira doblegada sobre sus rodillas,
salió del subterráneo por la casa del capitan Sedeño, cerró
perfectamente la puerta secreta, atravesó aquella casa, bajó al zaguan,
sacó el caballo fuera, encajó la puerta ya que no podía cerrarla, montó
y rodeó el Albaicin para dar lugar á que su esposa se rehiciera, bajó al
meson donde habia dejado á su hermano, y dos horas despues de la
terrible escena habida con su esposa, llamó á su casa.
Doña Elvira bajó serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa
amante, á recibirle y se arrojó en sus brazos.
Don Diego la estrechó en ellos y la dijo al oido estas palabras
envueltas en un beso satánico:
--¡Gracias! ¡doña Elvira, me habeis comprendido!
Y asido de su mano se encaminó á las escaleras en cuyo primer peldaño
pálida y anhelante le esperaba doña Isabel.
--¡Y mi esposo! exclamó esta.
--Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser
asesinado por los monfíes de las Alpujarras.
* * * * *
Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de
caballos de órden del capitan general de la córte y reino de Granada, y
conducido con grandes seguridades á la Alhambra.