CAPITULO XV.

De cómo el capitan Sedeño hizo traicion á todo el mundo.

A las doce de aquel mismo dia galopaban en direccion á Granada, por el

camino de las Alpujarras, don Diego de Válor, su hermano don Fernando, y

el capitan Sedeño.

Al mismo tiempo por todas las veredas y barrancos de la montana,

marchaban monfíes que llevaban á las diferentes tahas, órdenes de Yuzuf,

para que reuniesen las taifas y marchasen hacia Granada, á la que debian

llegar por los atajos de la sierra la noche siguiente. En cuanto á los

tres ginetes, fuese por prudencia ó por otra causa, no hablaron una sola

palabra durante el camino acerca de la rebelion, ni trataron mas que de

cosas indiferentes.

En cuanto á don Diego de Válor, ni una palabra dijo que pudiese indicar

que hubiese sorprendido la revelacion que habia hecho Sedeño á Yuzuf

acerca de los amores de su mujer con Yaye. Pero Sedeño, que era sobre

manera perspicaz, por el aspecto sombrío de don Diego, por la

impaciencia con que aguijaba á su caballo, y sobre todo, por su tenaz

reserva acerca de todo lo que tuviese relacion con Yaye, y con la

manera de haber descubierto en su casa el capitan la existencia del

jóven, comprendió que habia escuchado don Diego perfectamente las

palabras que habia pronunciado poco antes de entrar aquel en la cámara

de Yuzuf.

En efecto, el autor puede decirlo porque lo sabe, don Diego, que, como

dijo Yuzuf, andaba libremente por aquella parte del alcázar subterráneo,

habia llegado poco antes de aquella revelacion y habia escuchado y sabia

á ciencia cierta, que doña Elvira su esposa habia manchado su honor.

Esto ennegrecia su alma, meditaba una cruda venganza y espoleaba á su

caballo ansioso de realizarla.

Por su parte el capitan estropeado comprendió, que se habia hecho un

enemigo formidable de don Diego de Córdoba, y resolvió deshacerse de él

cuanto antes. Sedeño, como saben nuestros lectores, era el depositario

de la carta por la que, Miguel Lopez habia obligado á don Diego que le

entregase su hermana. Calpuc, poseedor de la sortija por medio de la

cual debia Sedeño entregar aquella carta á quien se la pidiese, no habia

tenido tiempo de encontrar una persona de confianza, á quien encargar de

que recogiese aquella carta, puesto que él no podia presentarse ante

Sedeño, sino para matarle, y esto le estaba prohibido por el juramento

que habia hecho al emir Yuzuf, cuando este se lo exigió en la cárcel de

Andarax, á trueque de conseguir su libertad.

Aquella carta, pues, estaba en poder de Sedeño.

Por lo que se vé todos aquellos personajes excepto Calpuc y Yuzuf, se

trataban con una fe digna de bandidos.

Miguel Lopez, don Diego de Válor y el capitan estropeado eran tres

infames.

Como picaban mucho y mudaban de caballos, llegaron aquella misma noche

antes de que se cerraran las puertas á Granada. Poco tiempo antes de

llegar, y porque les importaba, se separaron, y el estropeado tomó

adelante y entró antes que los dos hermanos en la ciudad.

Eran las ánimas. Sedeño tomó por la plaza de Bibarrambla, el Zacatin y

la Plaza Nueva, subió por la cuesta de los Gomeres, luego por otra

pendientísima cuesta, y llegó á la puerta del Juicio de la Alhambra: una

vez allí pidió una audiencia urgentísima al capitan general marqués de

Mondejar.

Sedeño fue conducido al alcázar y á la presencia del capitan general,

digno vástago de la familia de los Mendozas, en la que estuvo vinculada,

durante muchos años, la capitanía general del reino y costa de Granada.

Lo que llevaba allí á Sedeño era una nueva traicion aconsejada por su

recelo; hombre de poca fe, confiaba poco en la fe de los demás. Se habia

visto obligado á imponer condiciones á Yuzuf, y recelaba la venganza de

este: era rico, estaba cansado de servir y le importaba deshacerse de

sus enemigos.

Asi es, que se presentó á don Luis Hurtado de Mendoza resuelto á

consumar sus infamias con dos nuevas infamias.

El capitan general le recibió con ese altivo desprecio con que un

caballero recibe á cierta clase de gente.

Para justificar el desprecio con que el marqués de Mondejar miraba á

Sedeño, basta saber, que al mismo tiempo que era espia de Yuzuf contra

los cristianos, lo era del capitan general contra los monfíes.

Esto es, era espia doble.

El marqués le dejó permanecer de pié, y despues de mirarle de piés á

cabeza le dijo:

--¿Por lo que veo, acabais de venir de un viaje?

--Si, excelentísimo señor, contestó servilmente Sedeño: vengo de las

Alpujarras, del alcázar del emir de los monfíes.

--¡Del alcazar del emir! ¿Pero donde está ese alcázar?

--Ya he dicho á vuecelencia que ese alcázar es subterráneo, y que está

situado como á media legua de la villa de Cadiar. No he podido dar á

vuecelencia noticias mas seguras, porque siempre al llegar á los

pinares, me han salido al encuentro los monfíes y me han vendado los

ojos.

--Señor Alvaro de Sedeño, dijo el marqués con fijeza, desde el dia en

que me ofrecísteis vuestros servicios en defensa del rey, de la religion

y de la patria, contra esos descreidos, os di cuantos medios podíais

necesitar para exterminar á esos bandidos: vuestra compañía de

arcabuceros es de la gente mas braba y aguerrida de los ejércitos de su

magestad; se os ha dado oro, se os ha ofrecido mas gente y mas dinero, y

sin embargo...

--¿Cree vuecelencia que en un año que llevo últimamente sirviendo al rey

nuestro señor en las Alpujarras, se puede hacer mas de lo que he hecho?

--Es que no habeis hecho nada, dijo con doble fijeza el marqués; es que,

á pesar de vuestros avisos, la gente de guerra que ha atravesado la

montaña ha sido acometida y desbandada, quedando muertos entre las

breñas los mejores capitanes de los tercios: es que nadie ve á esos

monfíes; que solo se conoce su paso, por la destruccion, el saqueo y el

incendio que dejan tras sí, y vos sin embargo les conoceis y tratais con

ellos. Esto me habia hecho pensar en pediros serias explicaciones, y aun

á obrar con rigor respecto á vuestra persona.

--¿Desconfía vuecelencia de mí? dijo con gran aplomo Sedeño.

--No es que desconfio, sino que la lealtad que debo al rey me prescribe

el obrar con entereza. Ninguno de los capitanes que he enviado á las

Alpujarras han podido dar con esa gente: los que los han encontrado han

muerto: vos que pareceis valiente y teneis gente braba, no me habeis

presentado ni uno solo, y por otro concepto, vos tratais con los

rebeldes y los conoceis. Al mismo tiempo afirmais que os son

desconocidos los lugares en que se ocultan ¿qué debo pensar de esto?

--Que el año que llevo últimamente en tratos con los monfíes en servicio

del rey, es el plazo que se ha necesitado para que vuecelencia les puede

dar un golpe decisivo. En cuanto á lo de ignorar yo el lugar donde se

albergan, nada mas natural. Ya he dicho á vuecelencia que jamás entré en

el alcázar subterráneo, sino con los ojos vendados.

--Se han reconocido todas las cavernas inmediatas á Cadiar, y solo se

han encontrado minas de en tiempo de los romanos y de los moros; pero

reconocidas esas minas no se ha hallado el mas leve vestigio de los

ponderados alcázares subterráneos de que me habeis hablado tantas veces.

--Esta misma mañana he estado en ese alcázar hablando con el emir de los

monfíes.

--¿Y me traeis algun aviso importante? dijo el marqués moviéndose con

impaciencia en su ancho sillon coronado con las armas reales.

--Traigo á vuecelencia noticias decisivas.

--Veamos.

--Mañana á la noche debe levantarse el Albaicin.

--¡Ah! ¡ah! ¡tenemos á la rebelion llamando á las puertas de nuestra

casa!

--Si señor.

--¿Y quienes son las cabezas de esa rebelion?

--Primeramente don Diego de Córdoba y de Válor.

--Ved lo que decís; don Diego de Válor aunque morisco, es uno de los mas

leales vasallos de su magestad: ha dado repetidas pruebas de ello.

--Don Diego de Válor es un traidor que se encubre bajo la máscara de la

lealtad para obrar con mas seguridad su traicion; en prueba de ello,

ved, señor, esta carta escrita de su mano, dirigida al emir de los

monfíes Yuzuf-Al-Hhamar.

Y Sedeño sacó una cartera y de ella la carta que le habia entregado

Miguel Lopez y con la cual habia este último impuesto condiciones á don

Diego.

Aunque la carta estaba escrita en algarabia aljamiada, lenguaje y

escritura que se usaba entre moros y cristianos aun antes de la

conquista de Granada, el marqués que era docto la comprendió

perfectamente.

Era una prueba indudable de la traicion de don Fernando de Válor.

Sin embargo, el capitan general, que no guardaba ningun género de

consideracion á Sedeño, le dijo profundamente, reteniendo la carta:

--¿Y quien me asegura de que este escrito no es una falsificacion con

que acaso quereis sorprenderme?

--Llame vuecelencia á don Diego de Válor, hágale escribir con cualquiera

pretexto en arábigo aljamiado, y vuecelencia se convencerá de que esa

carta es suya, contestó con gran aplomo Sedeño.

--He llegado á entender, dijo el marqués, que don Diego y su hermano

faltan estos dias de Granada.

--Como que han estado en las Alpujarras en el palacio del emir

preparando el levantamiento; pero han venido desde allí conmigo, y se

les encontrara en su casa.

Meditó un momento el marqués, despues de lo cual tomó un papel, escribió

sobre él algunas palabras, despues llamó con una campanilla de plata, á

cuyo sonido se presentó á la puerta de la cámara un escudero.

--Ginés, le dijo don Luis; dad esta órden al capitan de caballos Pero de

Baena, y que la cumplimente al momento.

El escudero tomó la órden y salió.

--¿Y quienes mas son las cabezas de esta rebelion? añadió el marqués,

encarándose de nuevo con Sedeño.

--El cuñado de don Diego, Miguel Lopez, y tanto es esto asi, como que en

el mismo dia de sus bodas partió de Granada con sus dos cuñados, de que

hay muchos testigos.

El marqués anotó en un papel el nombre de Miguel Lopez.

--¿Y donde está ese hombre? ¿ha vuelto con sus cuñados? preguntó á

Sedeño.

--Sus cuñados y yo hemos venido solos. Nada sé de Miguel Lopez; pero es

natural de Orgiva y es muy posible que haya quedado con los monfíes.

--Continuad.

--Otra cabeza de la rebelion, es el Homaidi xeque de los moriscos que

vive en el barrio del Zenete.

Don Luis escribió este nuevo nombre.

--Continuad, repitió.

--Hay ademas, dijo Sedeño, un hombre que está en Granada hace quince

dias que es poderosísimo por sus riquezas, y que es doblemente traidor

al rey.

--¿Y quien es ese hombre?

--Ese hombre se llama Calpuc: es rey de los rebeldes de Méjico; ha

venido á España ignoro por qué causa, y ayuda con sus tesoros á los

monfíes.

--¿Le conoceis?

--Le conozco, porque Yuzuf me lo ha dado á conocer. Ese hombre vive en

la plaza de Bibarrambla casa del aleman Franz Maitller y sale de ella

todas las mañanas disfrazado de mendigo, y todas las noches vestido de

caballero; se le puede conocer ademas por su color moreno dorado y por

sus cabellos ensortijados: es un hombre como de treinta y cinco á

cuarenta años, alto cenceño, de mirada fija y profunda.

Don Luis, escribió de nuevo, despues de lo cual repitió la palabra:

--Continuad.

--Estas son las cabezas de la rebelion; ademas, tengo grandes esperanzas

de entregar al rey al emir de los monfíes.

--¿Al terrible Yuzuf Al-Hhamar? exclamó con alegría el marqués.

--No, no señor, sino su hijo Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, en quien el viejo

emir ha renunciado su autoridad.

--Os cojo la palabra, Sedeño, y si me presentais á ese emir, os ofrezco

en nombre del rey una encomienda.

--Solo me impulsa mi lealtad al rey nuestro señor, dijo Sedeño.

--Por lo mismo debeis ser recompensado. Pero seguid: conocidos los

capitanes de la rebelion, veamos cómo piensan llevarla á cabo los

moriscos.

--El edicto del emperador los ha acabado de desesperar y les ha puesto

las armas en las manos.

--Ya he dicho á sus xeques, que representaré á su magestad, á fin de que

les otorgue un plazo durante el cual puedan consumir las ropas que se

les prohiben; vestir sus esclavos fuera de estos reinos y hacer de

manera que sus haciendas no padezcan con el cumplimiento del edicto.

--Ellos han dicho, que no quieren dejar su habla, ni sus usos, ni sus

fiestas y ceremonias moriscas, ni dejar de ser juzgados por sus cadies,

en sus desavenencias; que antes de permitir que sus casas estén

abiertas, que sus mujeres salgan á la calle con los rostros descubiertos

y privarse de sus baños, se dejaran matar, hacer pedazos.

--Se les trata con demasiado rigor, murmuró el marqués de una manera

involuntaria é ininteligible para Sedeño que continuó:

--Así, pues, han recurrido á las armas: aprovechan la ocasion de haber

poca gente de guerra en la ciudad...

--¡Vive Dios! exclamó el marqués: los cortesanos piensan que ser capitan

general de Granada, es lo mismo que llevar el ferreruelo y la espada

dorada en las antecámaras de las secretarias de Estado. Piensan que todo

se gobierna aquí con papeles, y aquí se necesitan muchas lanzas, muchos

arcabuces y muchos brazos robustos para sostenerlos: dicen que cuesta

mucho dinero el entretenimiento de tantas gentes de guerra en el reino y

costa de Granada; que España está exhausta con las pasadas turbulencias,

y que aquí nos basta para reprimir á los moriscos, con los alguaciles de

la Chancilleria, y con dos ó trescientos arcabuceros viejos del presidio

de la Alhambra: si mañana los moriscos de la vega y de la ciudad, los

monfíes de las Alpujarras y los berberiscos, que pueden venir en un dia

de Africa y desembarcar á mansalva en las costas desamparadas, se

apoderasen de Granada, se llamaría torpe y descuidado al capitan

general, cuando no se adelantasen á llamarle cobarde ó traidor. Pero en

Dios confio que con la ayuda de los buenos caballeros de la ciudad y

reino de Granada, con la gente de guerra de la Alhambra, y con los

escuderos de mi casa, podremos sofocar esta primera llamarada. ¿Donde

teneis vuestros cien buenos arcabuceros, capitan?

--En Andarax, señor.

--¿Quién los manda en vuestra ausencia?

--El alférez Pero Villasante.

Escribió el marqués.

--Bien, muy bien, dijo: ahora relatadme cuándo y de qué manera piensan

levantarse los moriscos.

--¿Cuando? mañana á la noche. ¿Cómo? barreando las calles del Albaicin y

viniendo al mismo tiempo sobre la ciudad por los atajos de la sierra,

los monfíes.

--¡En los atajos, en los atajos de la sierra está nuestra salvacion!

dijo el marqués con el rápido golpe de vista de un buen capitan. ¿Sabeis

el punto por donde se han de acercar á Granada los monfíes?

--Si señor. Por los desfiladeros de Dilar.

--Bien, bien, capitan, dijo don Luis: os confieso que habia llegado

hasta desconfiar de vos; pero el servicio que acabais de hacer á su

magestad, os vuelve toda mi confianza. ¿Dónde vivís?

Sedeño dió al marqués las señas de su casa.

--Id, pues, con Dios; es tarde y necesitareis descansar.

Sedeño saludó profundamente al marqués, que se levantó y le dijo:

--Venid, venid conmigo: ahora pienso, que habiendo yo llamado á don

Diego de Válor podria suceder que si volvíais por donde habeis venido

podriais encontrarle y darle que sospechar. Venid.

--¿Y mi caballo? pudiera verle tambien al entrar y reconocerle.

--¡Ah! ¡vuestro caballo! ¡es verdad! ¡hola! dijo el marqués, y al

presentarse un criado añadió: id á la puerta del Juicio, tomad un

caballo que encontrareis allí y llevadle al momento á la puerta de

Hierro.

Despues de esto el marqués salió precediendo á Sedeño, bajó unas

escaleras, atravesó el hermoso patio de Lindaraja, pasó junto la sala de

los secretos, entró por una mina, llegó á su fin, llamó á una puerta y

despues del llamamiento se oyó la voz de un soldado que llamaba al

alférez de la guardia. Poco despues se oyó otra voz que dijo:

--¡Quien va!

--Abrid al capitan general.

Rechinó precipitadamente una llave en una cerradura, descorrióse un

cerrojo y la puerta se abrió.

--Alférez, dijo el marqués á uno que habia aparecido tras la puerta con

una linterna en la mano. Cuando llegue uno de mis criados con un

caballo, le entregareis á este capitan, abrireis la puerta de Hierro, y

le dejareis salir libremente.

Despues de esto el marqués se volvió y el alférez cerró la puerta. A

poco rato Sedeño á caballo, bajaba lentamente la pendientísima y

tortuosa cuesta, que ciñe los muros de la Alhambra, desde Peña-Partida

hasta los molinos del río Darro.

Habia quedado fuera del recinto de la ciudad; pero cuando despues de

pasar el puente del Diablo, y de subir la cuesta del Chapin llegó á la

puerta de Guadix, vió que por fortuna esta aun no se habia cerrado, y

entró en el Albaicin, por cuyas oscuras y tortuosas calles se perdió.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 29 / 168 题