De cómo el capitan Sedeño hizo traicion á todo el mundo.
A las doce de aquel mismo dia galopaban en direccion á Granada, por el
camino de las Alpujarras, don Diego de Válor, su hermano don Fernando, y
el capitan Sedeño.
Al mismo tiempo por todas las veredas y barrancos de la montana,
marchaban monfíes que llevaban á las diferentes tahas, órdenes de Yuzuf,
para que reuniesen las taifas y marchasen hacia Granada, á la que debian
llegar por los atajos de la sierra la noche siguiente. En cuanto á los
tres ginetes, fuese por prudencia ó por otra causa, no hablaron una sola
palabra durante el camino acerca de la rebelion, ni trataron mas que de
cosas indiferentes.
En cuanto á don Diego de Válor, ni una palabra dijo que pudiese indicar
que hubiese sorprendido la revelacion que habia hecho Sedeño á Yuzuf
acerca de los amores de su mujer con Yaye. Pero Sedeño, que era sobre
manera perspicaz, por el aspecto sombrío de don Diego, por la
impaciencia con que aguijaba á su caballo, y sobre todo, por su tenaz
reserva acerca de todo lo que tuviese relacion con Yaye, y con la
manera de haber descubierto en su casa el capitan la existencia del
jóven, comprendió que habia escuchado don Diego perfectamente las
palabras que habia pronunciado poco antes de entrar aquel en la cámara
de Yuzuf.
En efecto, el autor puede decirlo porque lo sabe, don Diego, que, como
dijo Yuzuf, andaba libremente por aquella parte del alcázar subterráneo,
habia llegado poco antes de aquella revelacion y habia escuchado y sabia
á ciencia cierta, que doña Elvira su esposa habia manchado su honor.
Esto ennegrecia su alma, meditaba una cruda venganza y espoleaba á su
caballo ansioso de realizarla.
Por su parte el capitan estropeado comprendió, que se habia hecho un
enemigo formidable de don Diego de Córdoba, y resolvió deshacerse de él
cuanto antes. Sedeño, como saben nuestros lectores, era el depositario
de la carta por la que, Miguel Lopez habia obligado á don Diego que le
entregase su hermana. Calpuc, poseedor de la sortija por medio de la
cual debia Sedeño entregar aquella carta á quien se la pidiese, no habia
tenido tiempo de encontrar una persona de confianza, á quien encargar de
que recogiese aquella carta, puesto que él no podia presentarse ante
Sedeño, sino para matarle, y esto le estaba prohibido por el juramento
que habia hecho al emir Yuzuf, cuando este se lo exigió en la cárcel de
Andarax, á trueque de conseguir su libertad.
Aquella carta, pues, estaba en poder de Sedeño.
Por lo que se vé todos aquellos personajes excepto Calpuc y Yuzuf, se
trataban con una fe digna de bandidos.
Miguel Lopez, don Diego de Válor y el capitan estropeado eran tres
infames.
Como picaban mucho y mudaban de caballos, llegaron aquella misma noche
antes de que se cerraran las puertas á Granada. Poco tiempo antes de
llegar, y porque les importaba, se separaron, y el estropeado tomó
adelante y entró antes que los dos hermanos en la ciudad.
Eran las ánimas. Sedeño tomó por la plaza de Bibarrambla, el Zacatin y
la Plaza Nueva, subió por la cuesta de los Gomeres, luego por otra
pendientísima cuesta, y llegó á la puerta del Juicio de la Alhambra: una
vez allí pidió una audiencia urgentísima al capitan general marqués de
Mondejar.
Sedeño fue conducido al alcázar y á la presencia del capitan general,
digno vástago de la familia de los Mendozas, en la que estuvo vinculada,
durante muchos años, la capitanía general del reino y costa de Granada.
Lo que llevaba allí á Sedeño era una nueva traicion aconsejada por su
recelo; hombre de poca fe, confiaba poco en la fe de los demás. Se habia
visto obligado á imponer condiciones á Yuzuf, y recelaba la venganza de
este: era rico, estaba cansado de servir y le importaba deshacerse de
sus enemigos.
Asi es, que se presentó á don Luis Hurtado de Mendoza resuelto á
consumar sus infamias con dos nuevas infamias.
El capitan general le recibió con ese altivo desprecio con que un
caballero recibe á cierta clase de gente.
Para justificar el desprecio con que el marqués de Mondejar miraba á
Sedeño, basta saber, que al mismo tiempo que era espia de Yuzuf contra
los cristianos, lo era del capitan general contra los monfíes.
Esto es, era espia doble.
El marqués le dejó permanecer de pié, y despues de mirarle de piés á
cabeza le dijo:
--¿Por lo que veo, acabais de venir de un viaje?
--Si, excelentísimo señor, contestó servilmente Sedeño: vengo de las
Alpujarras, del alcázar del emir de los monfíes.
--¡Del alcazar del emir! ¿Pero donde está ese alcázar?
--Ya he dicho á vuecelencia que ese alcázar es subterráneo, y que está
situado como á media legua de la villa de Cadiar. No he podido dar á
vuecelencia noticias mas seguras, porque siempre al llegar á los
pinares, me han salido al encuentro los monfíes y me han vendado los
ojos.
--Señor Alvaro de Sedeño, dijo el marqués con fijeza, desde el dia en
que me ofrecísteis vuestros servicios en defensa del rey, de la religion
y de la patria, contra esos descreidos, os di cuantos medios podíais
necesitar para exterminar á esos bandidos: vuestra compañía de
arcabuceros es de la gente mas braba y aguerrida de los ejércitos de su
magestad; se os ha dado oro, se os ha ofrecido mas gente y mas dinero, y
sin embargo...
--¿Cree vuecelencia que en un año que llevo últimamente sirviendo al rey
nuestro señor en las Alpujarras, se puede hacer mas de lo que he hecho?
--Es que no habeis hecho nada, dijo con doble fijeza el marqués; es que,
á pesar de vuestros avisos, la gente de guerra que ha atravesado la
montaña ha sido acometida y desbandada, quedando muertos entre las
breñas los mejores capitanes de los tercios: es que nadie ve á esos
monfíes; que solo se conoce su paso, por la destruccion, el saqueo y el
incendio que dejan tras sí, y vos sin embargo les conoceis y tratais con
ellos. Esto me habia hecho pensar en pediros serias explicaciones, y aun
á obrar con rigor respecto á vuestra persona.
--¿Desconfía vuecelencia de mí? dijo con gran aplomo Sedeño.
--No es que desconfio, sino que la lealtad que debo al rey me prescribe
el obrar con entereza. Ninguno de los capitanes que he enviado á las
Alpujarras han podido dar con esa gente: los que los han encontrado han
muerto: vos que pareceis valiente y teneis gente braba, no me habeis
presentado ni uno solo, y por otro concepto, vos tratais con los
rebeldes y los conoceis. Al mismo tiempo afirmais que os son
desconocidos los lugares en que se ocultan ¿qué debo pensar de esto?
--Que el año que llevo últimamente en tratos con los monfíes en servicio
del rey, es el plazo que se ha necesitado para que vuecelencia les puede
dar un golpe decisivo. En cuanto á lo de ignorar yo el lugar donde se
albergan, nada mas natural. Ya he dicho á vuecelencia que jamás entré en
el alcázar subterráneo, sino con los ojos vendados.
--Se han reconocido todas las cavernas inmediatas á Cadiar, y solo se
han encontrado minas de en tiempo de los romanos y de los moros; pero
reconocidas esas minas no se ha hallado el mas leve vestigio de los
ponderados alcázares subterráneos de que me habeis hablado tantas veces.
--Esta misma mañana he estado en ese alcázar hablando con el emir de los
monfíes.
--¿Y me traeis algun aviso importante? dijo el marqués moviéndose con
impaciencia en su ancho sillon coronado con las armas reales.
--Traigo á vuecelencia noticias decisivas.
--Veamos.
--Mañana á la noche debe levantarse el Albaicin.
--¡Ah! ¡ah! ¡tenemos á la rebelion llamando á las puertas de nuestra
casa!
--Si señor.
--¿Y quienes son las cabezas de esa rebelion?
--Primeramente don Diego de Córdoba y de Válor.
--Ved lo que decís; don Diego de Válor aunque morisco, es uno de los mas
leales vasallos de su magestad: ha dado repetidas pruebas de ello.
--Don Diego de Válor es un traidor que se encubre bajo la máscara de la
lealtad para obrar con mas seguridad su traicion; en prueba de ello,
ved, señor, esta carta escrita de su mano, dirigida al emir de los
monfíes Yuzuf-Al-Hhamar.
Y Sedeño sacó una cartera y de ella la carta que le habia entregado
Miguel Lopez y con la cual habia este último impuesto condiciones á don
Diego.
Aunque la carta estaba escrita en algarabia aljamiada, lenguaje y
escritura que se usaba entre moros y cristianos aun antes de la
conquista de Granada, el marqués que era docto la comprendió
perfectamente.
Era una prueba indudable de la traicion de don Fernando de Válor.
Sin embargo, el capitan general, que no guardaba ningun género de
consideracion á Sedeño, le dijo profundamente, reteniendo la carta:
--¿Y quien me asegura de que este escrito no es una falsificacion con
que acaso quereis sorprenderme?
--Llame vuecelencia á don Diego de Válor, hágale escribir con cualquiera
pretexto en arábigo aljamiado, y vuecelencia se convencerá de que esa
carta es suya, contestó con gran aplomo Sedeño.
--He llegado á entender, dijo el marqués, que don Diego y su hermano
faltan estos dias de Granada.
--Como que han estado en las Alpujarras en el palacio del emir
preparando el levantamiento; pero han venido desde allí conmigo, y se
les encontrara en su casa.
Meditó un momento el marqués, despues de lo cual tomó un papel, escribió
sobre él algunas palabras, despues llamó con una campanilla de plata, á
cuyo sonido se presentó á la puerta de la cámara un escudero.
--Ginés, le dijo don Luis; dad esta órden al capitan de caballos Pero de
Baena, y que la cumplimente al momento.
El escudero tomó la órden y salió.
--¿Y quienes mas son las cabezas de esta rebelion? añadió el marqués,
encarándose de nuevo con Sedeño.
--El cuñado de don Diego, Miguel Lopez, y tanto es esto asi, como que en
el mismo dia de sus bodas partió de Granada con sus dos cuñados, de que
hay muchos testigos.
El marqués anotó en un papel el nombre de Miguel Lopez.
--¿Y donde está ese hombre? ¿ha vuelto con sus cuñados? preguntó á
Sedeño.
--Sus cuñados y yo hemos venido solos. Nada sé de Miguel Lopez; pero es
natural de Orgiva y es muy posible que haya quedado con los monfíes.
--Continuad.
--Otra cabeza de la rebelion, es el Homaidi xeque de los moriscos que
vive en el barrio del Zenete.
Don Luis escribió este nuevo nombre.
--Continuad, repitió.
--Hay ademas, dijo Sedeño, un hombre que está en Granada hace quince
dias que es poderosísimo por sus riquezas, y que es doblemente traidor
al rey.
--¿Y quien es ese hombre?
--Ese hombre se llama Calpuc: es rey de los rebeldes de Méjico; ha
venido á España ignoro por qué causa, y ayuda con sus tesoros á los
monfíes.
--¿Le conoceis?
--Le conozco, porque Yuzuf me lo ha dado á conocer. Ese hombre vive en
la plaza de Bibarrambla casa del aleman Franz Maitller y sale de ella
todas las mañanas disfrazado de mendigo, y todas las noches vestido de
caballero; se le puede conocer ademas por su color moreno dorado y por
sus cabellos ensortijados: es un hombre como de treinta y cinco á
cuarenta años, alto cenceño, de mirada fija y profunda.
Don Luis, escribió de nuevo, despues de lo cual repitió la palabra:
--Continuad.
--Estas son las cabezas de la rebelion; ademas, tengo grandes esperanzas
de entregar al rey al emir de los monfíes.
--¿Al terrible Yuzuf Al-Hhamar? exclamó con alegría el marqués.
--No, no señor, sino su hijo Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, en quien el viejo
emir ha renunciado su autoridad.
--Os cojo la palabra, Sedeño, y si me presentais á ese emir, os ofrezco
en nombre del rey una encomienda.
--Solo me impulsa mi lealtad al rey nuestro señor, dijo Sedeño.
--Por lo mismo debeis ser recompensado. Pero seguid: conocidos los
capitanes de la rebelion, veamos cómo piensan llevarla á cabo los
moriscos.
--El edicto del emperador los ha acabado de desesperar y les ha puesto
las armas en las manos.
--Ya he dicho á sus xeques, que representaré á su magestad, á fin de que
les otorgue un plazo durante el cual puedan consumir las ropas que se
les prohiben; vestir sus esclavos fuera de estos reinos y hacer de
manera que sus haciendas no padezcan con el cumplimiento del edicto.
--Ellos han dicho, que no quieren dejar su habla, ni sus usos, ni sus
fiestas y ceremonias moriscas, ni dejar de ser juzgados por sus cadies,
en sus desavenencias; que antes de permitir que sus casas estén
abiertas, que sus mujeres salgan á la calle con los rostros descubiertos
y privarse de sus baños, se dejaran matar, hacer pedazos.
--Se les trata con demasiado rigor, murmuró el marqués de una manera
involuntaria é ininteligible para Sedeño que continuó:
--Así, pues, han recurrido á las armas: aprovechan la ocasion de haber
poca gente de guerra en la ciudad...
--¡Vive Dios! exclamó el marqués: los cortesanos piensan que ser capitan
general de Granada, es lo mismo que llevar el ferreruelo y la espada
dorada en las antecámaras de las secretarias de Estado. Piensan que todo
se gobierna aquí con papeles, y aquí se necesitan muchas lanzas, muchos
arcabuces y muchos brazos robustos para sostenerlos: dicen que cuesta
mucho dinero el entretenimiento de tantas gentes de guerra en el reino y
costa de Granada; que España está exhausta con las pasadas turbulencias,
y que aquí nos basta para reprimir á los moriscos, con los alguaciles de
la Chancilleria, y con dos ó trescientos arcabuceros viejos del presidio
de la Alhambra: si mañana los moriscos de la vega y de la ciudad, los
monfíes de las Alpujarras y los berberiscos, que pueden venir en un dia
de Africa y desembarcar á mansalva en las costas desamparadas, se
apoderasen de Granada, se llamaría torpe y descuidado al capitan
general, cuando no se adelantasen á llamarle cobarde ó traidor. Pero en
Dios confio que con la ayuda de los buenos caballeros de la ciudad y
reino de Granada, con la gente de guerra de la Alhambra, y con los
escuderos de mi casa, podremos sofocar esta primera llamarada. ¿Donde
teneis vuestros cien buenos arcabuceros, capitan?
--En Andarax, señor.
--¿Quién los manda en vuestra ausencia?
--El alférez Pero Villasante.
Escribió el marqués.
--Bien, muy bien, dijo: ahora relatadme cuándo y de qué manera piensan
levantarse los moriscos.
--¿Cuando? mañana á la noche. ¿Cómo? barreando las calles del Albaicin y
viniendo al mismo tiempo sobre la ciudad por los atajos de la sierra,
los monfíes.
--¡En los atajos, en los atajos de la sierra está nuestra salvacion!
dijo el marqués con el rápido golpe de vista de un buen capitan. ¿Sabeis
el punto por donde se han de acercar á Granada los monfíes?
--Si señor. Por los desfiladeros de Dilar.
--Bien, bien, capitan, dijo don Luis: os confieso que habia llegado
hasta desconfiar de vos; pero el servicio que acabais de hacer á su
magestad, os vuelve toda mi confianza. ¿Dónde vivís?
Sedeño dió al marqués las señas de su casa.
--Id, pues, con Dios; es tarde y necesitareis descansar.
Sedeño saludó profundamente al marqués, que se levantó y le dijo:
--Venid, venid conmigo: ahora pienso, que habiendo yo llamado á don
Diego de Válor podria suceder que si volvíais por donde habeis venido
podriais encontrarle y darle que sospechar. Venid.
--¿Y mi caballo? pudiera verle tambien al entrar y reconocerle.
--¡Ah! ¡vuestro caballo! ¡es verdad! ¡hola! dijo el marqués, y al
presentarse un criado añadió: id á la puerta del Juicio, tomad un
caballo que encontrareis allí y llevadle al momento á la puerta de
Hierro.
Despues de esto el marqués salió precediendo á Sedeño, bajó unas
escaleras, atravesó el hermoso patio de Lindaraja, pasó junto la sala de
los secretos, entró por una mina, llegó á su fin, llamó á una puerta y
despues del llamamiento se oyó la voz de un soldado que llamaba al
alférez de la guardia. Poco despues se oyó otra voz que dijo:
--¡Quien va!
--Abrid al capitan general.
Rechinó precipitadamente una llave en una cerradura, descorrióse un
cerrojo y la puerta se abrió.
--Alférez, dijo el marqués á uno que habia aparecido tras la puerta con
una linterna en la mano. Cuando llegue uno de mis criados con un
caballo, le entregareis á este capitan, abrireis la puerta de Hierro, y
le dejareis salir libremente.
Despues de esto el marqués se volvió y el alférez cerró la puerta. A
poco rato Sedeño á caballo, bajaba lentamente la pendientísima y
tortuosa cuesta, que ciñe los muros de la Alhambra, desde Peña-Partida
hasta los molinos del río Darro.
Habia quedado fuera del recinto de la ciudad; pero cuando despues de
pasar el puente del Diablo, y de subir la cuesta del Chapin llegó á la
puerta de Guadix, vió que por fortuna esta aun no se habia cerrado, y
entró en el Albaicin, por cuyas oscuras y tortuosas calles se perdió.