En que se sabe por qué habia dejado su casa el capitan estropeado.
Retrocedamos un tanto á la madrugada del dia anterior, en que el capitan
Sedeño habia salido de Granada en direccion á las Alpujarras.
Urgente debia ser el motivo que á ellas le llevaba, puesto que aguijaba
su caballo todo cuanto podia correr el animal, sin cuidarse de si
reventaria ó no.
Antes de llegar al Padul, entró en una venta, pronunció algunas palabras
en árabe al oido del ventero, y le entregó el caballo; poco despues el
ventero sacó otro caballo enjaezado con los arneses del primero, montó
el capitan, aunque cojo, con la misma facilidad que pudiera haberlo
hecho un hombre sano, y tomó de nuevo el camino, con toda la rapidez de
que era capaz su nueva cabalgadura.
Cuatro veces mudó de caballo en la misma forma, y antes de las ocho de
la mañana, dejando á un lado la villa de Orgiva, tomó por la misma loma
y por el mismo barranco que al principio de esta historia vimos tomar á
Yaye y Adb-el-Gewar.
Al llegar al bosque de pinos, lanzó un agudo silbido, y algunos monfíes
adelantaron.
Mostróles el capitan un pergamino enrollado, leido el cual por el walí
que mandaba los monfíes, le hizo desmontar, le vendó los ojos, le prestó
su brazo para servirle de guía y de apoyo, y llevando otro de los
monfíes el caballo del diestro, se introdujeron en la selva; atravesaron
estrechos y pendientes senderos, bajaron á un profundo barranco,
treparon por entre las breñas á una gigantesca cueva, y cuando
estuvieron dentro, el walí se llevó una pequeña corneta á los labios y
dejó oir un toque particular.
Poco despues se vió moverse una enorme roca, y dejar patente una puerta
de hierro, abierta tambien.
Entraron el walí, el alférez y el monfí que llevaba el caballo, y la
puerta volvió á cerrarse.
Allí imperaban ya las tinieblas: de trecho en trecho una linterna
clavada en la pared de una ancha mina abovedada, determinaba una escasa
luz: al pié de cada una de aquellas linternas y como centinela, se veia
un monfí armado.
A pocos pasos que adelantaron en la mina, el monfí que conducia el
caballo torció por una de las galerías que á trechos se veian á derecha
é izquierda, y el walí y el alferez, continuaron solos la mina adelante.
Al fin de ella llegaron á un ensanchamiento octógono de muros y bóveda
árabe de ladrillo agramilado, á cuyo frente se veia una puerta
ornamentada, y delante de ella una numerosa guardia con ostentosos
trages musulmanes. El walí que conducia al alférez habló algunas
palabras con el walí de la guardia, é inmediatamente aquel abrió con una
llave dorada la puerta, dando paso al walí y al capitan Sedeño.
La puerta volvió á cerrarse.
Entonces el walí quitó la venda al capitan.
Se encontraban ya en la parte maravillosa del alcázar subterráneo.
Era una magnífica galería sustentada por arcos calados sobre columnas de
alabastro: bellísimas lámparas producian á través de sus velos de gasa
una luz languida; cubria el pavimento una muelle alfombra; veíanse de
trecho en trecho, é inmóviles como estátuas, esclavos negros, vestidos
de púrpura, y era por último, aquella galería, el magnífico ingreso de
un alcazar admirable.
Siguieron adelante, atravesando galerías y cámaras, hasta llegar á una,
en cuya puerta hizo esperar el walí á Sedeño.
Poco despues salió, y dijo al capitan:
--El poderoso Yuzuf, padre del elegido de Dios Muley Yaye-ebn-Al-Ahamar,
emir de los monfíes de las Alpujarras, te espera.
Alvaro de Sedeño entró en una ostentosa cámara, y se despojó
respetuosamente de la gorra.
En aquella cámara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla
aunque magestuosamente vestido.
Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta á la cabeza, su caftan
negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un
patriarca de los antiguos tiempos.
Alvaro de Sedeño adelantó cojeando, y dijo á cierta distancia del
anciano:
--Que Dios el Altísimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf.
El anciano se detuvo, y miró de una manera profunda y severa á Sedeño.
--¿Qué quieres? le dijo.
--Vengo á verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones.
--Siéntate, le dijo el anciano, señalándole un divan.
Sedeño se sentó: Yuzuf se sentó junto á él.
--¿Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el
capitan.
--¿Cual de los mios, dijo con autoridad Yuzuf, se atreveria á exponer su
cabeza por satisfacer sus oidos?
--Puesto que nadie mas que tú puede escucharme, dijo el capitan,
escúchame, emir.
Yuzuf tomó una altiva actitud de atencion, y el capitan Sedeño empezó de
esta manera:
--Será preciso que me otorgues algun tiempo y alguna paciencia, señor:
necesito recordarte cosas que tú pareces haber olvidado.
Frunció el cano entrecejo Yuzuf.
--Nada tiene de extraño, que tú, en medio de los cuidados que te cercan,
continuó el capitan, olvides los asuntos de un hombre como yo, que
comparado contigo en fuerza y en grandeza, soy lo que seria un grano de
arena comparado con una roca; por lo mismo reclamo tu indulgencia para
mis palabras.
--Al asunto, al asunto, Sedeño, dijo Yuzuf con impaciencia; graves
pensamientos me ocupan, y solo me he prestado á escucharte, suponiendo
que te traia á mí algun empeño de gran interés.
--Vuelvo á reclamar tu indulgencia, señor, y procuraré ser todo lo breve
posible.
Hace cuarenta años, cabalmente los de la edad que tengo, que un
matrimonio castellano, fue asesinado entre las breñas de las Alpujarras.
El era un soldado hidalgo que iba al pueblo de Orgiva; ella una hermosa
jóven de las montañas de Santander: la mujer, cuando fue asesinada,
llevaba entre sus brazos un niño. Aquel niño era yo. Los asesinos de mi
padre, fueron los monfíes de las Alpujarras.
--Tu padre era enemigo nuestro; un hombre cruel como tú, que perseguia
encarnizadamente á los monfíes, y por el cual muchos de ellos perecieron
ahorcados en las plazas públicas.
--Bien: comprendo que en mi padre matarais un enemigo; pero mi madre....
--Los cristianos esclavizan, azotan, acuchillan y queman á las moriscas,
exclamó sombriamente Yuzuf.
--El delito de otro no disculpa el delito propio, contestó con energía
Sedeño.
--Y sin embargo, tú eres un hombre cubierto de delitos.
--No importa eso. Yo extermino á mis enemigos cuando puedo, y procuro
satisfacer mis deseos, ni mas ni menos que tú, como todo el que se
siente con fuerza y con medios para obrar. Pero volviendo á mi historia:
el puñal de los asesinos que no se habia detenido ni ante el valor del
padre, ni ante la hermosura y las lágrimas de la madre, y que
ciertamente no se hubiera detenido ante la debilidad del hijo, fue
contenido por un hombre generoso y valiente: aquel hombre era tu padre,
emir entonces de los monfíes.
Enviome misteriosamente á la justicia de Orgiva, es decir, hizo que sus
gentes me depositasen una noche en la puerta de la iglesia de la villa,
con este papel puesto entre mis ropas.
El alférez sacó una cartera, y de aquella cartera un papel tosco y
amarillento.
«Corregidor de Orgiva, decia aquel papel: ahí te dejamos al hijo del
alférez Pedro de Sedeño, el cruel, á quien hemos dado muerte en castigo
de sus crueldades. Su mujer ha sido muerta tambien por lo que se gozaba
en los sufrimientos, en el martirio de nuestras mujeres. Hemos perdonado
al inocente, y te entregamos ese niño. Críale con esmero, para lo cual
encontrarás todos los meses una cantidad bajo la puerta de tu casa. ¡Y
ay de tí si ese niño no recibe la crianza de un hidalgo!--Los monfíes.»
--Ya ves que si mi padre hizo morir á los tuyos, cumpliendo
estrictamente con la justicia, te aceptó por hijo.
--Yo he pagado en tí á tu padre mi deuda; he sido un servidor leal; he
vertido mi sangre por vosotros, enemigo de mi Dios y de mi rey; yo
cristiano y honrado por el rey.
--Sígue, sígue, y concluye.
--Hace quince años, cuando yo tenia veinte y cinco, fuí acometido un dia
en que me entretenia en cazar en la montaña, por un crecido número de
monfíes: sin herirme, sin maltratarme, me rodearon, se apoderaron de mí,
me vendaron los ojos, y asiéndome de un brazo, me condujeron á este
mismo sitio. Entonces te conocí, Yuzuf; me dijiste que tu padre te habia
encargado que velases por mí, y que cuando llegase á cierta edad, me
propusieses si queria pertenecer á vuestro bando; yo sabia demasiado que
todo lo que era, las galas que vestia, las armas que llevaba, el oro que
guardaba en mis bolsillos, pertenecian á un protector generoso y
desconocido. Yo le habia concebido grande y fuerte, y ansiaba conocerle;
cuando entré en este subterráneo, cuando te ví delante de mí, todo lo
que me rodeaba me deslumbró. Tú entonces, me revelaste la parte que yo
ignoraba de mi historia, y me propusiste el que te sirviera de espía
entre los cristianos, y en cuanto estuviese á mi alcance y tú me
exigieses. Yo era agradecido, á mas de agradecido ambicioso; sabia que
mis padres habian muerto fatalmente, y que tu padre me habia salvado; yo
no sé si debí rechazar todo lo que viniese de los hombres que habian
teñido sus puñales en la sangre de mis padres; acaso debí preferir una
vida oscura á las riquezas y al poder que de repente habias desplegado
delante de mis ojos; pero, en fin, bien ó mal hecho, juré servirte y te
he servido.
--Yo en cambio te he pagado espléndidamente: te compré una plaza de
capitan...
--Es verdad; me compraste una plaza de capitan en los tercios del reino
y costa de Granada: tú tenias tus proyectos y yo te serví tan bien, te
avisé tan á tiempo de cuantas expediciones de soldados salian contra
nosotros, que por mi causa blanquean millares de huesos de soldados
cristianos, muertos por los monfíes en las profundas ramblas de las
Alpujarras.
--Por cada cabeza de cristiano, has recibido un precio Sedeño.
--Es verdad, y no me quejo; pero déjame continuar. Decia, pues, que lo
importante de los servicios que te prestaba, te impulsaron á emplearme
en mayores empresas. Acababa de conquistar un hidalgo estremeño, Hernan
Cortés, con un puñado de aventureros, un rico y poderoso imperio mas
allá de los mares. Decíase que en aquel imperio abundaban las perlas y
las piedras preciosas, y que en el centro de sus desiertos habia una
montaña de oro. Tú necesitabas mucho dinero para llevar adelante tus
proyectos de reconquista sobre Granada, y volviste tu pensamiento á
Méjico, á aquel imperio recien conquistado, donde, segun fama, el oro y
las riquezas se encontraban por todas partes. Tú fuiste uno de los
innumerables ambiciosos que extendiste tus garras hambrientas hácia las
Indias, ese nuevo mundo, que debia cubrir con su oro los andrajos del
mundo viejo. Tenias confianza en mí; te convenia un castellano conocido
ya bajo las banderas del rey de España, mucho mejor que uno de tus
walíes, para tus proyectos: entonces me compraste una compañía, por
mejor decir, me diste dinero para comprar la licencia para reclutarla en
las Alpujarras, y para ir á servir con ella en las Indias. Como el
dinero todo lo alcanza, tuve la licencia para reclutar en las villas de
las Alpujarras la gente: tú mismo escogiste entre los mas feroces, los
mas valientes de tus monfíes, cien demonios que debian llevar la
desolacion á Méjico, y asegurarte de mi fidelidad. Hace doce años que me
embarqué con mi gente ó por mejor decir, con la tuya: en tres años que
permanecí en Méjico antes de recibir las heridas que me imposibilitaron
para las fatigas de la guerra, uno tras otro monfí, tornó á España
trayendo para tí un tesoro.
--Es verdad.
--Ya lo creo. Desdichada la provincia rebelde donde entraba la compañía
del capitan Sedeño: desdichada la tribu del desierto que se oponia á su
paso. Las cabañas eran incendiadas, los hombres pasados á cuchillo, las
mujeres cautivadas, y si á algun cacique se concedia la vida, solo era á
trueque de cantidades inmensas, de tesoros que atravesaban los mares,
llegaban á España, y venian á sepultarse en tu subterraneo de las
Alpujarras. No me puedes negar, Yuzuf, que te he servido bien, que me
debes mucho, y que tengo derecho á que me protejas.
--Y bien, ¿cuando te he negado mi proteccion?
--Nunca, es verdad; pero ahora la necesito de nuevo, y creo que me va á
ser difícil obtenerla.
--Pide.
--Antes de llegar á mi peticion, es necesario que prosiga mi historia.
Hace diez años, estaba de adelantado por el rey, sobre la frontera del
desierto mejicano, uno de los señores mas nobles, ricos y poderosos de
España; se llamaba don Juan de Cárdenas, y era grande de España, bajo el
titulo de duque de la Jarilla. Travé conocimiento con él, por razon de
hallarme con mi compañía sobre la frontera, y muy pronto nuestro
conocimiento se trocó en amistad. Frecuentaba su casa, comia comunmente
á su mesa, y era recibido por él en lo mas reservado, y allí donde no
entraban otras personas que su servidumbre.
En una de estas habitaciones interiores habia un retrete, donde pasaba
el duque la mayor parte del tiempo, y donde me habia recibido muchas
veces. En las paredes de aquel retrete no habia mas que un solo cuadro,
pero aquel cuadro, encerrado dentro de un magnífico marco, estaba
cubierto por un tapiz negro. Esta singularidad llamó extraordinariamente
mi atencion desde el momento en que reparé en ella; al fin un dia, sin
meditar si era ó no indiscreto, vencido por mi curiosidad, pregunté al
duque la razon por la cual estaba tan lúgubremente velado aquel cuadro.
Los ojos del duque se llenaron de lágrimas.
--Mirad, me dijo, y comprended la razon de su luto y de la tristeza que
me devora.
Y levantándose, descorrió el tapiz y me dejó ver el retrato de una dama
como de diez y seis años, tan hermosa, que no pude menos de enamorarme.
--Esa, era, me dijo, doña Inés, mi hija única.
--¡Ha muerto! exclamé con sentimiento; porque me habia interesado
sobremanera aquel retrato.
--Si, debe de haber muerto, me contestó. Me la arrebataron los idólatras
en una sorpresa hace doce años; Calpuc, el terrible Calpuc, el rey del
desierto. Debe haber muerto, si; porque ella habrá preferido la muerte á
la deshonra.
El duque volvió á correr el tapiz, se enjugó las lágrimas, y yo me
abstuve de hablar mas sobre aquel asunto.
Pero desde aquel dia, un proyecto audaz, en que tenia tanta parte el
deseo que me habia inspirado doña Inés de Cárdenas, como la ambicion de
llegar á ser rico y poderoso por medio de un servicio hecho al duque, me
impulsó á una empresa difícil, arriesgada, en la cual se podian contar
cien probabilidades de muerte por una de triunfo. Mi proyecto consistia
en penetrar en aquellos desiertos erizados de montañas; en aquellas
interminables sábanas de arena, en aquellos mares de flores y verdura,
que se llaman praderas, y en aquellas selvas brabías, que cubren con su
sombra centenares de leguas: buscar en aquella inmensidad á su rey, al
terrible Calpuc, y si vivia doña Isabel arrebatársela. Este era un
proyecto que por su grandeza halagaba á mi orgullo, y para el cual solo
contaba con el indomable valor de los cien monfíes que formaban mi
compañía de arcabuceros.
Una mañana al amanecer, sin avisar á nadie, sin pedir licencia al
Adelantado, sin decir á mi gente adonde la conducia, pasé con ella la
frontera y me interné en el desierto.
Cruzábanse cada dia á mi paso inmensas turbas de mejicanos armados: nos
acometian, y cada combate empeñado era para nosotros un triunfo fácil,
al que nos llevaban, la codicia á mis soldados, á mí mi ambicioso
empeño: las aldeas, ya estuviesen sobre la cumbre de una montaña, ya en
centro de una pradera, ya en las entrañas de las selvas, eran arrasadas
é incendiadas, los hombres muertos, las mujeres violadas y muertas
tambien, para que no nos embarazasen; nuestros indios de carga y los
esclavos á quienes dejábamos la vida para que condujesen las riquezas
que arrebatábamos á los vencidos, marchaban entre nosotros agoviados con
el peso del oro y de las piedras preciosas.
Los bosques eran incendiados por nosotros y nos precedia un torbellino
de fuego; de en medio de aquel círculo inflamado, salian con la rabia de
la desesperacion, y nos acometian llenos de sed de venganza los indios:
nosotros apagamos con su sangre los ardientes troncos que encontrábamos
sobre nuestro camino, y seguiamos adelante, como una tempestad, ébrios
de riquezas y de sangre. Habíamos atravesado ya inmensas praderas,
profundos y bramadores torrentes, selvas que solo habiamos podido hacer
accesibles por medio del fuego, y habiamos penetrado, despues de
atravesar una barrera de montañas, en una extensa comarca extremadamente
fértil y deleitosa; al bajar por las montañas habiamos visto inmensas
poblaciones, en medio de las fértiles vegas, y acá y allá antiguos
monumentos, que demostraban que aquella comarca hacia centenares de años
que estaba poblada.
Aquella era una provincia no descubierta aun por los españoles, porque
nadie se habia atrevido á penetrar donde nosotros habiamos penetrado.
En medio de aquella comarca extensa, sobre la llanura engalanada con su
verdor, sus corrientes y sus árboles, descubrimos un objeto que nos hizo
arrojar un grito de insensata alegría; era un montaña que relucia á los
rayos del sol de una manera deslumbrante: aquella era sin duda la famosa
montaña de oro, que habia llevado á tantos ambiciosos á la Nueva España.
Ya no hubo medio de contener el paso de los monfíes; precipitáronse por
las vertientes sobre la llanura, con la fuerza de la tempestad: las
primeras poblaciones que encontramos fueron llevadas á sangre y fuego, y
en vano el rey de aquel nuevo imperio, al que no habian podido proteger
de nosotros sus triples barreras de arenales, bosques y montañas, habia
reunido lo mas fuerte, lo mas valiente de los suyos, para salirnos al
encuentro: una y otra vez el rey del desierto, Calpuc, se habia visto
obligado á retirarse con enormes pérdidas hácia la montaña dorada, que
venia á ser para los monfíes una enseña enloquecedora que triplicaba su
valor y sus fuerzas, y les hacia ejecutar hazañas increíbles por lo
maravillosas.
Ni uno solo de los míos habia muerto: acobardados los mejicanos por la
pujanza española, nos cedian siempre el campo á las primeras descargas
de mosquetería, y sus flechas envenenadas se embotaban en los colchados
de que mi gente iba provista: al fin Calpuc se vió obligado á encerrarse
en la poblacion que le servia de córte.
Era esta pequeña, pero de buena apariencia; defendíala una pared de
piedra, con saeteras, y sobre aquella especie de muro, se veia
únicamente descollar la casa real y el templo piramidal, sobre cuya
cúspide, segun la horrible costumbre de los mejicanos, se veian puestos
en palos una horrible fila de cráneos humanos. Mas allá, al poniente de
la ciudad, como á unas cuatro leguas de distancia, se veia la montaña
dorada, y á lo lejos las extensas praderas y las azules rocas del Oeste.
Podia decirse que aterrada toda la poblacion de la comarca, habia
abandonado sus habitaciones y se habia refugiado en la ciudad de Calpuc:
franco nuestro camino, aterrados los naturales, que no osaban venir ya
en nuestra busca, fue imposible de todo punto contener la codicia de los
monfíes, cuyo único afan era llegar cuanto antes á la montaña de oro.
Un año habíamos invertido en penetrar hasta aquel punto desde las
fronteras del desierto; un año durante el cual, todos los dias nos
habian presentado un combate, una matanza y un rico botin: nos habíamos
visto obligados á dejar atrás numeras riquezas por falta de brazos que
las condujesen, y veiamos al fin, mis soldados la montaña de oro, yo la
ciudad de Calpuc donde, sin duda, si vivia, debia habitar doña Inés de
Cárdenas, la hermosa hija del duque de Jarilla, á quien no habia podido
olvidar desde que vi su retrato.
Aquella mujer á pesar de que no la conocia, sino por medio de una
pintura, habia logrado interesar mi corazon y mi cabeza de una manera
profunda. Yo ansiaba para mi amor su hermosura, para mi engrandecimiento
su mano. Era de presumir que salvándola yo de los idólatras, su padre no
se negaria á dármela por esposa, y que el duque no tendria hijos á
causa del estado de su salud, gastada en una vida de contínuas
disipaciones: podia, pues, llegar á ser, por medio de doña Inés, uno de
los grandes mas grandes de España, á cuya grandeza debian prestar un
brillo y un poder inmensos, los tesoros que yo pensaba aportar de las
Indias á España.
Urgíame, pues, sobre todo, acometer la ciudad de Calpuc, apoderarme de
ella y buscar á doña Inés: un presentimiento tenaz me decia que estaba
allí, y algunas veces al ver sobre los terrados de la casa real dos
mujeres vestidas de blanco, á quienes acompañaba un solo hombre, y que
parecian mirar con interés al campo que habíamos levantado delante de la
ciudad, yo me decia: una de aquellas dos mujeres debe ser doña Inés.
En vano pretendí llevar á mis soldados contra la ciudad: la vista
cercana de la montaña dorada les fascinaba: al fin un dia se me
presentaron en abierta rebelion, y me fue necesario marchar al frente de
ellos, dejando á uno de mis costados á la ciudad, hácia el codiciado
tesoro.
Pero á medida que nos acercábamos á la montaña esta cambiaba sino de
forma, de color: empezábamos á ver el color natural de la tierra entre
la cual multitud de cuerpos brillantes destellaban los rayos del sol: al
fin una noche en que la luna llena despedia una luz clarísima, la
montaña cambió de aspecto: entonces parecia de plata.
Los monfíes empezaron á desconfiar de su portentoso hallazgo, y yo sabia
ya á qué atenerme: aquella montaña que á larga distancia parecia de oro,
herida por los rayos del sol, y de plata, cuando la iluminaba la luna,
no era otra cosa que una cantera de pizarras brillantes.
Sin embargo los monfíes quisieron llegar hasta ella, y solo cuando
tuvieron en sus manos aquellas piedras engañadoras, se convencieron de
que si querian oro, era necesario buscarlo donde le habiamos encontrado
hasta entonces: en las casas y en los templos de los indios.
Volviéronse, pues, los deseos de todos á la ciudad de Calpuc: en ella,
como he dicho antes, se habian refugiado, llevando cuanto poseian, todos
los habitantes de la comarca: debiamos, pues, esperar un botin
riquísimo, y nos encaminamos decididamente á la poblacion.
Pero antes de llegar á ella, nos salió al encuentro una embajada del
senado: aterrados con nuestros contínuos triunfos, los indios preferian
un avenimiento. Esto convenia perfectamente á mis proyectos, porque en
paz mejor que en guerra, podria esperar el descubrimiento de doña Inés.
Exigí como primera condicion, y segun costumbre, porque la religion era
el antifaz con que encubrian su codicia los españoles, que el templo
idólatra se convirtiese en templo cristiano; que en vez del monstruoso
simulacro de oro macizo que adoraban los indios, se colocase sobre un
altar un crucifijo de madera; que se sepultasen los cráneos humanos que
servian de trofeo al templo, y que, para evitar que aquel culto
abominable se reprodujese, me entregasen el ídolo, y las alhajas del
culto.
Con asombro mio los embajadores, en vez de negarse, asintieron á mi
propuesta en nombre de su rey Calpuc, y del mismo modo consintieron en
entregarme un fuerte tributo por cada uno de los habitantes de la
ciudad; exigí, ademas, para mi seguridad y la de mi gente, que el rey
viniese entre nosotros y entrase á mi lado en la ciudad, y que se
entregasen á mis soldados el templo y las habitaciones de los
sacerdotes.
Convínose la entrada en la ciudad para el dia siguiente, y en él, á la
hora convenida, se me presentó Calpuc, el terrible rey del desierto, con
algunos de sus magnates, y á pié, en contraposicion de los caciques que
hasta entonces habia conocido, y que se hacían conducir en andas
cubiertas de oro, sobre los hombros de sus esclavos.
Maravillóme tambien que Calpuc llevase un trage puramente castellano, un
birrete de brocado bordado con piedras preciosas, y únicamente, como
distintivo de su dignidad, un manto de una tela fabricada con plumas.
Los demás de su acompañamiento llevaban tambien algunas prendas
castellanas: quién una gorra, quién un jubon ó unos gregüescos, ó
simplemente unas botas. Esto me demostró que se me temia y se me
adulaba, y me confirmó en esta idea, las inequívocas muestras de
distincion que desde el primer momento me dispensó Calpuc; dióme la
mano, á usanza de Castilla, y, lo que mas me maravilló, me significó en
buen castellano, aunque con un tanto de acento extranjero, lo dispuesto
que estaba á mantener conmigo una amistad duradera, siempre que yo me
prestase á razonables condiciones.
Despues nos encaminamos juntos á la ciudad, yendo Calpuc á mi derecha y
entre las filas de mis arcabuceros, y detrás los pocos caciques que le
habian acompañado, la mayor parte de los cuales mostraban en sus
semblantes el temor y la desconfianza.
Durante el corto trecho que anduvimos hasta llegar á la ciudad, el rey
me dijo que se habian cumplido mis deseos respecto al templo, y que las
habitaciones de los sacerdotes situadas á su alrededor, estaban ya
dispuestas para aposentar á mis soldados.
En efecto, se veia desde el campo que los cráneos humanos, que el dia
anterior coronaban la parte mas alta del templo, habian desaparecido, y
en su lugar ví en cien astas de madera, banderolas de todos colores en
señal de agasajo y alegría.
Era necesario desconfiar de este aspecto y de esta docilidad, atendido
el respeto y la adoracion que los indios profesan á sus ídolos: era
necesario estar preparados para rechazar una asechanza, y mis alféreces
y sargentos, prevenidos por mí, habian hecho que los monfíes llevasen
los arcabuces preparados y las mechas encendidas.
Cuando llegamos á una de las entradas de la ciudad, en la cual, para
evitar yo el peligro de marchar á la desfilada por los estrechos
callejones de todas las entradas de las poblaciones indias, habia pedido
que se abriese una brecha, lo que se habia efectuado; al entrar por
aquella brecha, nos salieron al encuentro una multitud de músicos á
manera, de juglares, con tambores, que batian á compás, y gran número de
hermosas bailarinas que nos precedieron tocando y danzando hasta el
templo, en el cual penetramos por una alta gradería.
Al penetrar en el interior ví con asombro, que sobre el pedestal en que
sin duda habia estado el ídolo, se alzaba un magnífico crucifijo de
talla, y que nos salian al encuentro tres ancianos revestidos, ni mas ni
menos que como los sacerdotes católicos y con los mismos ornamentos.
Calpuc me indicó entonces el altar y me dijo:
--He ahí el Redentor del mundo, inclinad vuestra cabeza, capitan, y
adoradle, puesto que os ha permitido llegar sano y salvo hasta estas
apartadas regiones en medio de tantos peligros.
El acento de Calpuc era el de un cristiano lleno de fe, lo que aumentó
mi admiracion: prosternéme ante el altar, prosternáronse mis soldados, y
únicamente el rey y sus magnates quedaron de pié, aunque en una actitud
respetuosa, á un lado del templo.
Inmediatamente se celebró una misa; despues de ella el mas anciano de
los sacerdotes, me dirigió una corta plática en que enaltecia el valor y
la fe que me habian llevado á aquellas remotas regiones, para extender
en ellas el conocimiento de la divina verdad, y arrancar del error á
aquellos infelices idólatras.
Despues de esto, mi compañia se aposentó en las habitaciones que estaban
alrededor del templo, desde las cuales dominaban á la poblacion, y
Calpuc me llevó consigo á su casa, á cuya puerta despidió á sus magnates
y en la que penetró solo conmigo.
Aquella casa, que podia llamarse palacio, era de piedra, de un solo
piso, y en el interior estaba revestida de maderas olorosas y ricas
telas tejidas de plumas, oro y plata. Los pavimentos y los techos eran
de cedro, y todo allí, con arreglo á las costumbres de los indios, era
régio y maravilloso.
Calpuc me condujo por sí mismo, á través de muchos patios y
habitaciones, y al fin, en lo mas retirado de su palacio, se detuvo
delante de una ensambladura, donde ni aun resquicio de puerta se notaba.
--Vais á entrar, me dijo, con acento grave y lleno de autoridad, donde
solo han entrado hasta ahora, mi esposa, mi hija y esos tres sacerdotes
cristianos que acaban de presentaros el santo sacrificio de la misa.
Todo esto os parecerá extraño y maravilloso, y con efecto lo es. Por lo
mismo espero que vos, obrando con la fe y el sigilo que cuando es
necesario debe obrar un caballero, guardareis un profundo secreto acerca
de cuanto vais á ver y á oir.
Prometíselo, y entonces Calpuc oprimió un resorte oculto y nos
encontramos en una habitacion alhajada enteramente al estilo de España:
atravesamos algunas otras iguales, y al fin, Calpuc abrió una puerta, y
me introdujo en una capilla ú oratorio á cuyo frente habia un altar y
otro á cada costado.
En el del centro no habia imágen alguna, en el de la derecha se veia una
imágen de talla de la Vírgen de los Dolores, y en el de la izquierda
otra de San Juan Evangelista; á los piés del altar de la Vírgen habia
arrodilladas dos mujeres, que se levantaron sobresaltadas al notar mi
presencia y se dirigieron á una puerta situada á la izquierda del altar
del centro.
--Esperad y nada temais, dijo Calpuc dirigiéndose á ellas: este
caballero es mi amigo.
Las dos mujeres se detuvieron, se volvieron y adelantaron hácia
nosotros, saludándome, una de ellas, con suma cortesanía. Necesité hacer
un poderoso esfuerzo sobre mí mismo, para contener mi conmocion. La dama
que tenia delante, y que parecia contar veinte y ocho años,
maravillosamente hermosa, y vestida con un sencillo trage blanco, era el
original del retrato que habia visto en casa del duque de la Jarilla;
era, en fin, doña Inés de Cárdenas, su hija.
La que la acompañaba y me habia parecido mujer por su estatura, era una
niña como de nueve años, maravillosamente hermosa tambien; pero en cuyo
semblante se veia el color dorado de la raza mejicana, los negrísimos
ojos que son tan comunes entre las indias, y el cabello profuso, rizado
y brillante, que tanto encanto presta á su hermosura. Doña Isabel me
miraba con curiosidad, y su hija, que indudablemente lo era, puesto que
habia heredado sus mismas formas, su misma hermosura, me miraba con un
temor instintivo.
--¿Venís de España, caballero? me dijo doña Inés en excelente
castellano.
--Hace un año señora, la contesté con la mayor naturalidad, que he
atravesado la frontera del desierto por órden de su adelantado don Juan
de Cárdenas, duque de la Jarilla.
Noté que doña Inés se ponia sumamente pálida, y que Calpuc plegaba
levemente el entrecejo.
--Este caballero es nuestro huesped, dijo Calpuc á doña Inés, que me
saludó de nuevo, me hizo algunos cumplidos y se retiró llevando la niña
de la mano.
Quedamos solos Calpuc y yo.
--Necesitamos hablar á solas, me dijo, y comprendernos; tened la bondad
de seguirme caballero.
Y por otra puerta, situada á la derecha del altar, me llevó, atravesando
algunas habitaciones, á otra donde se encerró conmigo.
Noté que la disposicion de Calpuc hácia mí habia cambiado.
--Sentaos, me dijo, y cubrios capitan: estais enteramente en vuestra
casa: quiero que me trateis con franqueza y que me respondais lisa y
llanamente á lo que voy á preguntaros. ¿Cuánto tiempo hace que habeis
atravesado la frontera?
--Un año poco mas ó menos, le contesté.
--¿Y decís que el adelantado de la frontera os ha mandado penetrar en el
desierto donde nadie hasta vos se ha atrevido á entrar?
--Sí, señor, le contesté.
--¿Y cuáles eran las instrucciones que traiais? repuso mirándome
fijamente.
--Las de reducir á la obediencia á los rebeldes que habian negado el
vasallaje á S. M. el gran emperador nuestro amo.
--Estais en un error, capitan, y lo estaba el adelantado al llamar
rebeldes á los moradores del desierto: esto no es exacto: los hombres
que han preferido huir de las poblaciones conquistadas, para internarse
en estas soledades, para venir á buscar estas otras poblaciones,
desconocidas aun para los castellanos, no son rebeldes, porque ellos no
han reconocido otros señores que los que á falta de Motezuma han
defendido la libertad y la honra de los mejicanos: todo consiste en que
en Méjico les queda aun mucho que conquistar á los españoles, en que en
sus interminables soledades, en sus gigantescos bosques, en sus inmensas
florestas, viven y vivirán siempre hombres, que prefieren la fatiga y la
guerra á la paz de la servidumbre bajo la tiranía del conquistador. No
nos llameis rebeldes, capitan; la rebeldía es un crímen de que no me
siento capaz; si alguna vez Calpuc jura fidelidad al emperador don
Carlos, será su mas fiel vasallo.
--En buen hora, contesté, que no seais rebelde; pero el emperador, mi
amo, es bastante fuerte para conquistaros y os conquista: ya podeis
juzgar: cien hombres solos han sido bastantes para penetrar hasta el
interior del desierto y dictaros condiciones.
Yo habia aventurado mis últimas palabras para probar el temple de alma
de Calpuc, y noté que las habia escuchado con un altivo desprecio: en
vez de irritarle yo, el me habia irritado á mí.
--Lo que demuestra, dijo el anciano Yuzuf, interrumpiendo al capitan,
que el rey de aquellas gentes valia infinitamente mas que tú.
--Líbrete Dios, emir, dijo profundamente el capitan, de verte frente á
frente de Calpuc. Ese hombre tiene alma de demonio.
--No, yo creo que ese hombre tiene un alma valiente, que resiste con una
fuerza prodigiosa á la adversidad; pero continúa, porque aunque he oido
contar esa misma historia á Calpuc, quiero oir á entrambas partes; él te
acusa de asesino y de bandido, y si yo no te protegiera...
Hizo un gesto de profundo desden Sedeño y exclamó:
--Calpuc vive porque le proteges tú, emir; pero continuemos, que tiempo
tendrémos sobrado para llegar á ese asunto.
El aspecto de frialdad con que Calpuc habia contestado á mi arrogancia,
arrogancia á que me daban derecho cien victorias conseguidas contra
aquellos bárbaros, sin perder un solo hombre, me contrarió.
--Habeis llegado hasta aquí, capitan, me dijo, porque Dios lo ha
querido; porque Dios castiga en nosotros los pecados de nuestros padres
y su ciega idolatría; Dios os ha enviado, no como la luz que alumbra,
sino como la espada que hiere: sois un azote al que ha prestado Dios la
fuerza de su brazo, y triunfais; porque es necesario, porque es preciso
que triunfeis: en una palabra, sois los verdugos de la justicia de
Dios.
--Y sin duda para desarmar la cólera de Dios, le dije con intencion, os
habeis convertido al cristianismo.
--Me he convertido al cristianismo porque Dios ha querido que me
convierta, me contestó con la gravedad peculiar á los indios.
--¿Y por qué, si sois cristiano, resistis á las armas del emperador?
--¡Qué! ¿acaso vuestro emperador ha nacido para esclavizar al mundo
entero? contestó con desden Calpuc.
--El gran emperador y rey don Carlos V es el monarca mas grande de la
tierra.
--Su grandeza es un crímen continuado, contestó Calpuc; pero dejemos
vanas disputas. ¿A qué habeis venido aquí?
--Ya os lo he dicho: á conquistar tierras á mi amo el emperador, y á
extender la fe de Jesucristo.
--Por ahí debiais haber empezado; pero la fe de Jesucristo no se
extiende por medio del incendio, de la matanza, de la impureza, del robo
y de todo género de delitos: el que quiera extender la fe de Jesucristo
debe de ser un apóstol y encadenar las almas por el ejemplo de su virtud
y por la sabiduría de su palabra. Y si Dios os ha traido hasta estas
remotas tierras, no ha sido por la gloria de su nombre; vosotros sois
indignos de enaltecerla; os ha enviado como un castigo, y vosotros no
peleais con el valor del leon, excitados por la fe, sino por la sed de
oro; habeis llegado hasta aquí atraidos por la fama de la montaña
dorada, y os habeis encontrado con una roca de cristal. Si vuestros
soldados hubieran sabido esto, no hubieran sido tan audaces. Para
encontrar botin en abundancia, no es necesario penetrar en el desierto;
si en vez de estar la montaña dorada despues de esta ciudad, hubiese
estado mas allá, no hubiéreis pasado adelante. Sea como quiera, ¿cuanto
oro será necesario para que nos dejeis en paz?
--Todo el oro que teneis, todas las riquezas que atesorais pertenecen á
mi amo el emperador, le contesté.
--En buen hora, dijo Calpuc; vuestro será el oro del templo; vuestras
las riquezas que encierran las casas de la ciudad; pero no serán
vuestros los tesoros ocultos por nosotros en las entrañas de la tierra;
tesoros, en comparacion de los cuales, nada es cuanto habeis robado ó
podeis robar, porque nosotros sabemos donde estan las minas de oro y los
bancos de perlas y las rocas que encierran el diamante. Si vuestro
objeto no es otro que el de acumular riquezas, hablad; poned precio á
nuestra libertad, recibidlo y partid.
--Escuchad, le dije: hay un medio de conciliarlo todo: al entrar he
visto una niña.
Púsose sumamente pálido Calpuc.
--Esa niña es mi hija, me contestó.
--Pues bien, dadme vuestra hija por esposa, y me quedo entre vosotros;
os ayudo con mis invencibles soldados; fundamos un poderoso imperio al
que no se atreveran á llegar los españoles y...
--¿Son esas vuestras últimas condiciones? dijo interrumpiéndome Calpuc.
--Decididamente.
--Pues bien, pensaré en ello. Entre tanto descansad; esta es vuestra
habitacion; no extrañeis si no me veis en algun tiempo, porque acaso me
lo impediran graves ocupaciones. Adios.
Y sin esperar mi contestacion se perdió tras un tapiz.
Para mí todo lo que habia visto y me habia maravillado, el trage
castellano de Calpuc, la pureza con que hablaba el castellano, la
existencia de tres sacerdotes católicos en un país de idólatras, estaba
explicado desde el momento en que encontré en el palacio del rey del
desierto á la hija del duque.
Ella sin duda le habia convertido, ella le habia enseñado el habla
castellana; su apóstol y su maestro habia sido el amor.
Y nada tenia esto de extraño: doña Inés era una mujer bastante por sus
encantos, por el poder de un no sé qué misterioso que se revelaba en
ella, para convertir y enamorar á un dervís. Yo mismo comprendí que si
doña Inés se empeñaba, á pesar de mis hábitos de bandido y de libertino,
me convertiria.
Yo habia ido por ella sola al interior del desierto, porque nunca habia
creido en la existencia de la montaña de oro, y porque, como decia muy
bien Calpuc, para obtener grandes riquezas por medio del saqueo, no era
necesario alejarse tanto de la frontera.
Yo habia buscado al terrible Calpuc con un puñado de valientes, porque
tenia indicios de que si doña Inés vivia, debia estar en su poder.
La habia encontrado de una manera maravillosa; pero si bien la ambicion
me habia impulsado hacia ella, el amor y un amor violento habia
sustituido en mi alma el lugar de los pensamientos ambiciosos desde que
la ví.
Mi demanda para esposa de la hija de Calpuc solo habia sido un pretexto
para acercarme á doña Inés.
Sin embargo, una inquietud mortal me devoraba; habia cometido
indudablemente una imprudencia en pronunciar ante Calpuc el nombre del
duque de la Jarilla; Calpuc se habia mostrado receloso conmigo y era de
temer que ocultase de tal modo á doña Inés que no pudiese dar con ella.
Sirviéronme de comer al uso de los naturales, en la habitacion que
Calpuc me tenia designada, y despues de comer se me presentó un indio
que hablaba medianamente el castellano, y me participó que su señor le
enviaba, para que, si yo queria, me sirviese de guia y de intérprete en
la ciudad.
Aproveché sus servicios, salí del palacio por un postigo que estaba muy
cerca de mi habitacion, visité los alojamientos de mi tropa, á la que
encontré dispuesta á todo, y recorrí despues la ciudad. Notaba que por
todas partes se fijaban en mí miradas recelosas, que las mujeres se
escondian á mi vista, y que los agoreros predicaban de una manera
enérgica, á pesar de mi presencia, en el lenguaje bárbaro de los
sacerdotes indios, en medio de una multitud cabizbaja y silenciosa.
Algunos de estos agoreros, señalaban con rabia la cruz que habia
aparecido sobre el templo, y por sus gestos, y violentos ademanes, podia
comprenderse que excitaban á los indios á la insurreccion.
Cuando ya cerca de la noche me volví al palacio de Calpuc, y entré en mi
habitacion por el mismo postigo por donde habia salido, noté que la
ciudad habia quedado entregada á una agitacion sorda y amenazadora.
Ya habia indicado yo á mis alféreces donde podrian encontrarme, y aunque
mi situacion era aislada y peligrosa, me llenó de alegria la idea de que
una acometida por parte de los indios, me autorizaria para obrar sobre
la ciudad como sobre pais conquistado.
Inmediatamente que entré me sirvieron la cena.
Despues me dejaron solo.
No pasó mucho tiempo cuando percibí un ruido leve en una de las
habitaciones inmediatas. Mi primer pensamiento fue la sospecha de que
acaso pensaban sorprenderme y asesinarme, y á todo evento esperé de pie
en medio de la cámara.
Poco despues se levantó el tapiz de una puerta y en vez de un asesino
entró una niña. Una niña hermosa como un ángel.
La niña se puso sonriendo uno de sus pequeños dedos sobre su pequeñísima
boca, y acercándose á mí me dijo con una hechicera confianza:
--Señor español, mi madre, que es española como vos, desea hablaros;
pero para ello será necesario que me sigais sin hacer ruido; muy
quedito y muy en silencio.
Despojéme de mis espuelas, y como no era de presumir que Calpuc se
valiese de su hija para tenderme un lazo, me limité á llevar por única
arma mi daga, que aun conservaba en la cintura: si por acaso no la
hubiese tenido, hubiese seguido á Estrella, que asi se llamaba la niña,
enteramente desarmado; hacer otra cosa hubiera sido demostrar
desconfianza ó miedo, y esto ofendia mi orgullo.
Estrella me asió de una mano, me sacó de la cámara, y me llevó á oscuras
por un laberinto de corredores y habitaciones. Al fin entramos en un
departamento donde se aspiraba un ambiente cargado de perfumes, lo que
demostraba que ya estábamos en las habitaciones de doña Inés.
Al fin Estrella levantó un tapiz y entramos en una magnifica cámara,
iluminada blandamente por una lámpara, en cuyo fondo, sobre almohadones
de pluma, estaba sentada una mujer vestida de blanco.
Era doña Inés.
La media luz que iluminaba la cámara, los brillantes muebles que la
alhajaban, el trage blanco de doña Inés, su cabellera negra,
magníficamente agrupada en trenzas sobre su cabeza, la ardiente
melancolia de su semblante, la ansiedad que se pintaba en su mirada,
todo, todo, hacia de aquella mujer una tentacion viviente.
Doña Inés besó á su hija en la boca, la dijo algunas palabras al oido, y
la niña, haciendo una señal de inteligencia, atravesó, leve como una
pluma, la cámara y se perdió detrás de una puerta.
--Dispensad, caballero, me dijo doña Inés con un acento ávido, opaco y
profundamente melancólico; perdonad que os haya molestado, y sentaos. Me
habeis dicho que venis de España, que hace un año habeis penetrado en el
desierto, y que esto ha sido por órden de don Juan de Cárdenas, duque de
la Jarilla, adelantado de España en la frontera.
Doña Inés pronunció todas estas palabras con una precipitacion febril.
Esperé un momento á que dominase su conmocion, y la respondí:
--En efecto, señora, el adelantado de la frontera, ha premiado mis
largos servicios al emperador, haciéndome la honra de encargarme...
--¿Y qué encargo es ese?...
--Hace diez años los indios sorprendieron al adelantado, y le robaron
una hija adorada.
--¿Y el adelantado, no se ha acordado en diez años de buscar á su hija?
dijo con cierto sarcasmo doña Inés.
--El adelantado, señora, ha enviado uno y otro capitan; á uno y otro
tercio al desierto; todos han perecido.
--¿Y solo vos habeis podido llegar?...
Doña Inés se detuvo.
--Si, si señora, la dije con audacia, yo solo he tenido la fortuna de
encontraros.
--¡De encontrarme! ¡pues qué! ¿creeis que yo soy la hija del adelantado?
¿es esa señora la única española que por las vicisitudes de la guerra ha
venido á parar á poder de los indios?
--Yo, señora, la contesté, no hubiera aventurado ninguna expresion, sino
estuviese seguro de que vos sois doña Inés de Cárdenas.
--¡Que estáis seguro de que yo soy...!
--Si, por cierto, porque os conozco.
--¡Que me conoceis!
--He visto vuestro retrato en casa de vuestro padre.
--Sin duda os engaña la memoria.
--Suele suceder que la memoria engañe; pero jamás engaña el corazon.
Doña Inés afectó no comprender el sentido directo y audaz de mis últimas
palabras.
--El corazon se engaña tambien me dijo con la mayor naturalidad; á
quinientas leguas de distancia, cuando se han atravesado bosques y
desiertos, y se han visto muchas mujeres... es fácil...
--Si, eso es fácil para un indiferente, pero no para un hombre que ama.
Era ya el tiro tan directo que doña Inés no pudo desentenderse y adoptó
un aspecto severo.
--Si creeis que yo soy hija del duque de la Jarilla; si habeis
comprendido la posicion que ocupo en esta casa, por mas que yo no sea la
mujer que creeis, me haceis una grave ofensa.
--Perdonad, pero no conozco bien vuestra posicion.
--¿Y qué posición puede ser la mia, teniendo una hija, sino la de esposa
de un hombre que profesa mi misma religion, y que es mas ilustre que yo,
puesto que es rey de unos dominios tan extensos como los del emperador
don Carlos?
--Dominios que sin embargo se conquistan con cien soldados castellanos.
--Asi lo quiere Dios, y es justo que asi sea, dijo doña Inés. Pero no os
mostreis tan orgulloso; hasta ahora solo habeis tropezado con pequeños
caciques á los que os ha sido fácil vencer: no habeis encontrado un solo
guerrero: todas esas turbas que habeis vencido, son restos de tribus
aterradas, desmembradas que han huido á los desiertos, despoblando la
parte conquistada por los españoles. Pero ahora os encontrais en la
primera ciudad de otro imperio fuerte y poderoso que no se ha aterrado
todavía, y que está acostumbrado á vencer á los españoles. ¿No sabeis de
boca del mismo adelantado de la opuesta frontera, que á pesar de sus
murallas, de sus cañones y de sus soldados castellanos, los idólatras le
arrebataron su hija de su mismo palacio?
--¡Oh! ¡al fin confesais!...
--Me remito á lo que vos mismo me habeis referido.
--Pero os repito, doña Inés, que he visto vuestro retrato en la casa de
vuestro padre, que no puedo desconoceros, porque causásteis en mí una
emocion profunda, y porque, en fin, en nada habeis variado sino en haber
acrecido en hermosura.
--¿Habeis hecho una campaña de quinientas leguas por mí, solo por mí?
dijo con un acento indefinible doña Inés.
--Vuestro padre...
--Mi padre, porque... si, yo soy esa doña Inés que buscais; mi padre ha
tenido ocasion de saber de mí, ya enviando un indio de paz, ya por otros
mil medios. No, no: mi padre me ha maldecido sin duda; mi padre ha
renegado de su hija.
--Vuestro padre os cree muerta, señora; vuestro retrato está cubierto
con un velo negro.
Doña Inés se conmovió, surcaron dos lágrimas sus blancas mejillas, y
dijo con acento conmovido:
--Mi padre no podia creer que entre los idólatras hubiese un alma
generosa, un gran corazon que me sirviese de amparo. Mi padre supuso y
supuso con razon, que yo no podria sobrevivir á la esclavitud y al
envilecimiento. Pero mi padre se ha engañado. Para ser completamente
feliz, solo me falta respirar el aire de la patria, y vivir entre
cristianos.
--¡Ah! ¡sois feliz!
--Cuanto puedo serlo en una tierra extraña habitada por idólatras. Si
esto os maravilla, prestadme un tanto de atencion y cesará vuestro
asombro.
Mi padre os habrá referido cómo le fuí arrebatada: los indios nos
sorprendieron, pasaron á cuchillo á los españoles, y su rey penetró en
nuestra casa, y en mi cámara, en el momento en que la mano brutal de un
salvaje me habia arrancado de mi reclinatorio, donde pedia á Dios
misericordia, y arrastrándome por los cabellos, levantaba sobre mí su
hacha.
El valiente Calpuc me arrancó de las manos del terrible guerrero, y
para salvarme, me declaró su cautiva.
Todos respetaron á la cautiva del rey.
Despues no recuerdo lo que sucedió; solo que cuando torné en mí, me
encontré en un lecho portatil, conducido por cuatro indios, en medio de
un ejército innumerable de salvajes, que marchaban por ásperos y
horribles desfiladeros.
Durante muchos dias, hicimos pacíficamente el mismo camino que vos, sin
duda, habeis hecho, dejando á vuestras espaldas la muerte, la
desolacion, y el incendio: al fin llegamos á esta ciudad, y fuí
trasladada á este mismo palacio.
Durante el camino, mis ojos habian buscado en vano al jóven guerrero que
me habia librado de una muerte horrorosa. Un impulso de gratitud y un
sentimiento que no podia explicarme, me hacian pensar en él. Algunos
dias despues de haber llegado á este palacio, me atreví á preguntar á
las esclavas que me asistian, por el rey de aquella tierra.
Entonces un anciano sacerdote que habia sido cautivado en la misma
ocasion en que yo lo habia sido, se me presentó y me dijo que el jóven
rey del desierto, Calpuc, habia ido á reprimir la insurreccion de una de
las tribus; díjome asimismo, que conmigo, ademas de él, habian sido
libertados de la muerte otros dos sacerdotes cristianos y algunos
soldados y mujeres castellanas.
--Ignoro la suerte que nos está reservada hija mia, añadió: creo que
este rey es humano y generoso; pero en todo caso, antes que faltar á la
virtud y á la fe de Jesucristo, es preferible el martirio.
Algunos dias despues, se me presentó el mismo Calpuc.
Era muy jóven, y ya le conoceis, y podeis comprender que posee dotes
para hacerse amar. Yo no habia pensado en que podria amarle; este
pensamiento me hubiera llenado de terror: mis creencias, mi educacion,
mi altivez, todo se oponia en mí á este pensamiento, y sin embargo, ya
os he dicho, que el recuerdo de aquel jóven que me habia salvado, me
inspiraba un sentimiento misterioso que no podia explicarme, que yo no
creia que pudiese ser amor, y que atribuia á gratitud.
Fuése que por hacerse entender de mí, Calpuc hubiese procurado aprender
el habla castellana, fuese que conociese algunas de sus palabras por la
continua guerra contra los españoles, me hizo entender, aunque á duras
penas, en nuestra primera vista, que nada tenia que temer, y que si me
habia llevado consigo á sus dominios, solo habia sido por no dejarme
expuesta á mil peligros.
Desde entonces todos los dias me hacia una corta visita.
Lentamente el jóven indio fue comprendiendo mejor el castellano; al fin
á los seis meses, se hacia entender perfectamente.
Yo tambien habia comprendido lo que mi corazon no habia podido
ocultarme, esto es, que amaba al rey del desierto. Le amaba, sí, pero
jamás le revelé mi amor, ni con una mirada, ni con una demostracion de
alegría á su llegada, llegada que yo ansiaba, para dar en el fondo de mi
alma una expansion á mi amor.
Calpuc, por su parte, me trataba con el mayor respeto y con una
indiferencia perfectamente afectada; pero ¿qué mujer no conoce si es
amada ó no por un hombre á quien ve todos los dias?
Sabia, pues, que le amaba y que era amada; pero estaba resuelta á morir
antes que á pertenecer á un idólatra.
Pero nuestra mutua posicion debia ser mas íntima y mas difícil; debia
llegar un dia en que viviésemos continuamente juntos, en que comiésemos
en un mismo plato, en que hiciésemos una vida comun.
Aun no habian pasado seis meses, desde que habia sido arrebatada á mi
padre, cuando un dia se me presentó Calpuc pálido y trémulo.
--Es necesario que seas mi esposa, castellana, me dijo, y que adores á
nuestros dioses.
--¡Jamás! le contesté; Jamás seré la esposa de un idólatra, ni me
prosternaré ante el ara horrible que se riega con sangre humana.
--Escúchame, Inés, dijo Calpuc, sentándose á mi lado: los agoreros han
dicho al pueblo, que una mujer que vive en mi palacio, me envuelve en la
tentacion y en la impureza; que esa mujer causará la completa ruina de
los restos del imperio mejicano, y que, para aplacar á los dioses, es
necesario que esa mujer sea entregada á los sacerdotes y sacrificada
ante el altar.
El horror de esta terrible perspectiva me hizo estremecer.
--Y no es esto solo: los agoreros dicen que es necesario para asegurar
la suerte del imperio, que sean sacrificados tambien tus hermanos de
religion y de patria que han sido cautivados contigo.
--Pero tú eres el rey de esa gente, le dije.
--Mi poder, me contestó Calpuc, nada puede contra el poder de los
sacerdotes. No hay otro medio para ti que ser mi esposa, y adorar á
nuestros dioses, ni otro medio tampoco de salvar á esos infelices, sino
se prosternan ante nuestros altares.
--Pues antes que eso, ellos y yo, preferimos el martirio.
--Escúchame, Inés, me dijo Calpuc con acento profundamente conmovido, y
asiéndome una mano, yo te amo.
Era la primera palabra, y la primera mirada de amor que se atrevia á
dirigirme Calpuc.
--¿Y por qué me amais, conociendo que yo no habia de sucumbir á vuestros
amores? ¿Pretendeis aterrarme para que consienta en ser vuestra esposa?
--No, no; dijo dulcemente Calpuc; yo solo quiero salvarte.
--Pero mi salvacion es imposible.
--¿Y por qué?
--Porque jamás renegaré de mi Dios.
Calpuc observó si podia ser escuchado de alguien, y luego llevándome á
un ángulo retirado de la cámara donde nos encontramos, me dijo:
--Yo no quiero que mueras.
Me miró de una manera apasionada durante un momento, y luego continuó.
--Si tú murieras, Calpuc se convertiria en el mas feroz de los hombres.
--Pues bien, sé rey fuerte y poderoso.
--Y dime, ¿qué harian los españoles, si su emperador les mandase ofender
al Dios de sus padres, y desobedecer á sus sacerdotes?
--¿Los españoles...? los españoles destituirian, exterminarian al
emperador.
--¿Y por qué no habian de hacer lo mismo los mejicanos con un rey que
les mandase arrojar por tierra los altares de sus padres?
--Pero los españoles adoran al verdadero Dios, y vosotros adorais á
Belial.
--La oracion de mi madre resuena en los oidos de los guerreros de mi
nacion, cristiana, como la de tus abuelos resuena en los oidos de los
tuyos. No te obligaré yo á que abandones á tu Dios...
--Y me exiges que reniegue de él.
--No, solo te pido que engañes á los hombres.
--¡Cómo!
--Guarda en tu corazon tus dioses; pero arrodillate, para que mis
sacerdotes dejen de aborrecerte, arrodillate ante los nuestros.
--¡No, nunca!...
--¿Y la vida de esos desdichados? ¿y mi vida?
Calpuc se arrojó á mis piés.
--Es necesario que te resuelvas, continuó; no se pondrá el sol tras las
montañas azules, sin que los sacerdotes me pidan una respuesta. Es
necesario que la hermosa vírgen se salve, y escucha: si no me amas no
serás mi esposa, sino para los hombres, que se alimentan con lo que ven
y con lo que oyen: Calpuc no se acercará á la vírgen de su amor, sino
para tenderse á sus piés y guardar su sueño. Calpuc amará á su hermana,
pero es necesario que su hermana le llame esposo; es necesario que todos
la crean esposa del rey, para que ninguno se atreva á pensar en matarla:
¡ah! si mi hermana muriera, Calpuc se convertiria en un tigre.
Los ojos del jóven salvaje centelleaban, y un amor inmenso se exhalaba
por ellos; pero un amor tan respetuoso, tan sublime como ardiente.
Yo, aunque aterrada por la horrorosa suerte que me amenazaba, me sostuve
sin vacilar en mi resolucion, y Calpuc desesperado llamó al mas anciano
de los tres sacerdotes cristianos.
Este consintió en persuadirme al fingimiento que de mí se exigia, pero
con una condicion solemne: exigió á Calpuc que se convirtiera al
cristianismo.
--Nuestros dioses se alimentan con sangre humana, dijo profundamente
Calpuc; nuestros sacerdotes son unos malvados, que vuelven en su
provecho la fe de mis hermanos; muchas veces he pensado en que un dios
de muerte y de sangre, no es el dios que ha criado el sol, que es tan
beneficioso, ni la luna que es tan bella, ni la tierra que es tan
fértil, ni el mar que es tan grande, ni ese abismo tan azul, donde
brillan innumerables los luceros. Mi padre que era un sabio y un justo
me habia dicho: estos sacrificios humanos nos traerán al fin la
maldicion de Dios. Por allí, por donde sale el sol tan resplandeciente,
vendrán unos guerreros formidables que nos traerán, sobre mares de fuego
y sangre, en castigo en nuestras culpas, otro Dios mas benéfico. Yo
escucho todavía la voz de mi padre. Calpuc, ha querido conocer á Dios, y
los agoreros no han sabido mostrárselo. ¿Se lo mostrarás, tu, anciano?
[imagen: Doña Inés de Cárdenas.]
El licenciado Vadillo, que así se llamaba el sacerdote, aprovechó la
buena disposicion de Calpuc, y me decidió á que, para causar un gran
bien, me prestase á unas formas externas, que en nada podian ofender á
Dios, puesto que conocia la pureza de nuestras intenciones.
Imponderable fue la alegría de Calpuc cuando supo que yo consentía en
cuanto era necesario hacer para que los sacerdotes idólatras
renunciasen, ó por mejor decir, no pensasen en sacrificarnos.
Algunos dias despues era yo la esposa de Calpuc.
Esposa para el pueblo; hermana para él.
Lentamente el licenciado Vadillo y yo fuimos labrando la fe cristiana en
el alma de Calpuc. Al fin un dia, el dia mas hermoso de mi vida, el
licenciado Vadillo bautizó á Calpuc en secreto, y en secreto tambien nos
desposó con arreglo al rito de la Iglesia católica.
Entonces no fui ya la hermana, sino la mujer de Calpuc.
Un año despues el cielo habia bendecido nuestra union dándonos á
Estrella, á mi hermosa Estrella.
Una capilla, la misma que habeis visto, fabricada por españoles, que
habian venido á fuerza de oro, y construida con el mayor recato, habia
abierto para nosotros el fecundo manantial de vida de la oracion y de
las prácticas religiosas. Habreis reparado que habeis sido introducido
por una puerta secreta en esta parte del palacio; que todas las
habitaciones estan iluminadas por ventanas abiertas en el techo; que
nadie, en fin, puede sorprender lo que aquí suceda: el vulgo cree que
estas habitaciones tan cerradas son las de las mujeres del rey, y nadie
se atreveria á mirar ni á espiar el interior del sagrado recinto aunque
le fuese posible. Mi esposo tiene adormida la suspicacia de los
sacerdotes á fuerza de oro, y á fuerza de oro ha conseguido que no haya
un solo sacrificio humano, á pretexto de que los sacerdotes dicen al
pueblo, que los dioses estan contentos y que no hay necesidad de aplacar
su cólera con sangre. Los cráneos humanos que veríais ayer sobre el
templo eran antiguos.
[imagen: Sentí diferentes golpes de hacha y perdí los sentidos.]
--Pues mucho me temo, dije interrumpiendo á doña Inés, que tanta
felicidad no sea turbada por vuestra causa.
--¿Por mi causa? dijo doña Inés.
--Si por cierto, porque vos sois la que me habeis traido aquí al frente
de mis soldados.
--¿Y qué desgracia nos puede acontecer?
--Nuestros soldados han entrado triunfantes en la ciudad.
--Pero ha sido porque hemos hecho creer á los habitantes que tras
vosotros venia un formidable ejército; ha sido porque yo no he querido
que se vierta sangre de cristianos; porque deseo, en fin, que haya un
acomodamiento entre los conquistadores y los naturales, y á propósito de
ello queria hablar con el capitan de la bandera española que se habia
presentado delante de nosotros.
--No me ha dicho lo mismo vuestro noble esposo, señora, la repliqué.
--¿Ha hablado con vos mi esposo?
--Si, me ha ofrecido tesoros porque me vuelva con mi gente á la lejana
frontera.
--Eso consiste en que habeis cometido la imprudencia de nombrar á mi
padre delante de mí.
--Pero en fin, señora, ¿á que habremos de atenernos?
--Es necesario obrar y obrar pronto. Es necesario que marcheis, llevando
á mi padre un mensaje que yo os daré para él.
--¡Partir! ¡partir, cuando se han hecho quinientas leguas y se han dado
cien batallas por encontraros!
--Vuestra gente está perdida en la ciudad: solo por el temor de verse
anonadados, dominados por un formidable ejército, han podido los
naturales consentir en que se celebren las ceremonias de otra religion
en el templo de sus falsos dioses: si mañana no aparece, como es
imposible que aparezca, ese soñado ejército, innumerables idólatras
envestirán á vuestras gentes, las sofocarán por su número y las
sacrificarán á sus dioses, á fin de aplacarlos por la, para ellos,
terrible profanacion que se ha efectuado hoy en el templo; creedme,
caballero, creedme; voy á hacer que busquen á mi esposo, á fin de que
tratemos acerca de lo que conviene hacer, á propósito de establecer una
buena inteligencia entre los españoles y los naturales, y esta misma
noche partireis... ó sino partís sereis sacrificado... lo que me pesaria
sobre manera.
--Pues os repito, señora, que habeis acudido tarde á no ser que lo que
me preponeis sea una discreta industria para alejarme con mi gente.
--Os juro que nada hay en mis palabras doble ni artificioso; sino os
alejais sois gente perdida.
--Pues creo que eso lo hemos de ver muy pronto, dije aplicando el oido,
porque me pareció haber escuchado un disparo de arcabuz.
En efecto, no me habia engañado; poco despues, y partiendo del templo,
retumbaba sobre la ciudad un cerrado fuego de mosqueteria: oíanse
distintamente los gritos tumultuosos de los idólatras, y dentro del
mismo palacio se dejaba oir una animacion terrible.
Estrella se presentó pálida en la cámara y se arrojó en los brazos de su
madre, que se habia levantado y fijaba en mí, que me habia levantado
tambien, una mirada fija y terrible.
--¿Qué significa esto, caballero? me preguntó.
--Esto significa que las gentes de la ciudad han acometido á mi gente,
que, como es natural, se defiende. Por mi parte os juro que nada sé de
esto, y que me pesa; pero lo tenia previsto.
--Pues bien, no saldreis de aquí, caballero, dijo una voz á la puerta.
Aquella voz era la de Calpuc, que se presentaba, no con el traje español
con que se habia presentado aquel dia ante nosotros, sino con sus
ostentosas vestiduras de rey mejicano, armado con un hacha corta y
reluciente.
--¡Ah! ¡me habeis tendido un lazo! exclamé; ¡me habeis asegurado en
vuestra casa, creyendo que mis gentes sin su capitan serian mas
fácilmente vencidas! Pero os habeis engañado: lo he previsto todo; no
tardaran en llegar aquí mis soldados.
--¡Ah! ¡lo habiais previsto todo! dijo sombríamente Calpuc: ¡habeis
venido no á extender la religion de Cristo, sino á robarme mi esposa! El
duque de la Jarilla os envia, y contábais demasiado fácilmente con el
logro de vuestra empresa. Os habeis engañado capitan: habeis venido á
morir á mis manos como un traidor.
Y adelantó hácia mí.
Yo desnudé mi daga, única arma de que, por imprevision, estaba provisto:
doña Inés se interpuso.
--No, no, exclamó: no vertamos mas sangre que la necesaria para defender
nuestros hogares.
--Nuestros hogares estan acometidos é incendiados, exclamó con rabia
Calpuc, y este miserable renegado, que blasfema la religion de Cristo,
va á morir á mis manos.
Y rechazó con fuerza á su mujer.
Trabóse poco despues una lucha desigual: yo solo tenia mi daga: el rey
del desierto era valiente, vigoroso y ágil, y se defendia con las armas
de que iba cubierto, de mis golpes. Para defenderme de los suyos me veia
obligado á retroceder; oia ya cerca, muy cerca, los gritos y los
disparos de arcabuz de mis soldados; un resplandor rojizo se veia al
fondo en las habitaciones, por la puerta que habia dejado franca Calpuc:
pero yo no podia ganar aquella puerta: las mujeres, asustadas, habian
huido por otra; habiamos quedado solos el indio y yo: él estrechándome,
yo retrocediendo: al fin me alcanzó un hachazo en el brazo izquierdo,
luego otro en el rostro. Caí, la sangre me cegó, el vértigo se apoderó
de mí: sentí diferentes golpes de hacha en el cuerpo, y perdí los
sentidos.
Calpuc me dejó tal como me ves ahora, con un costuron en el rostro, con
una manga sin brazo, y con una pata de palo, á mas de otras heridas
profundamente señaladas en el resto de mi cuerpo.
Aquella negra aventura dió ocasion á que me llamasen mis compañeros
primero y despues todos los soldados de los tercios en que he servido,
el capitan estropeado.
Debes tener tambien en cuenta, que en tu servicio he recibido estas
heridas, ó por mejor decir, he perdido el agradable aspecto que antes
tenia mi semblante; un brazo y una pierna: no debes olvidar esto, Yuzuf.
--¿Te mandé yo, que penetrases en el interior de los desiertos de
Méjico? dijo con desden Yuzuf: si te llevaron á ellos tus vicios, esto
es, tu lujuria y tu codicia, tuya, y sola tuya es la culpa: no en mi
servicio, síno en el tuyo fuiste estropeado.
--Si, es cierto en alguna parte lo que dices; pero ten en cuenta, Yuzuf,
que tú habias apurado los tesoros de tu padre: que la contribucion que
te pagaban las Alpujarras, no bastaba para alimentar á tus monfíes, ni
para sostener tu decoro de emir: que tú, como el emperador don Carlos, y
como los aventureros y golillas españoles, habias pensado en la América,
en ese rico tesoro encontrado mas allá de los mares por Cristóval Colon:
que para procurarte riquezas fue únicamente para lo que me compraste una
compañía, y me diste ciento de los tuyos: que sino hubiera sido por tí,
yo no hubiera ido á Méjico, no hubiera conocido al duque de Jarilla, no
hubiera visto el retrato de su hija, y no hubiera pasado de la frontera,
donde, sin gran peligro y trabajo, se alcanzaban ricas presas. Recuerda,
en fin, que en seis años que estuve por allá, llené tus arcas de oro
para mucho tiempo.
--Y dime: ¿á quién debes tu salvacion en tu descabellada excursion por
el desierto sino á mis monfíes?
--Es cierto; pero eso no quita el que te haya servido fielmente, y el
que estés obligado á darme ayuda.
--Si me has servido fielmente, es porque te tenia sujeto: porque á tu
lado y como alféreces tuyos, iban hombres que no te hubieran permitido
que me hicieses traicion: si hubieras podido, no me hubieras enviado ni
un solo marco de oro: nada tengo que agradecerte, eres mi esclavo. Pero
continúa, y sepamos á donde vas á parar con tu extraño relato.
--Cuando volví en mí, me encontré dentro de una cabaña en el centro de
un bosque; estaba en un lecho de pieles de búfalo, y enteramente solo:
era de noche: una lámpara de hierro puesta sobre una piedra, alumbraba
la cabaña: junto á mí, tendido en el suelo, y echada la cabeza sobre el
lecho, dormia un hombre, y únicamente sus fuertes ronquidos interrumpian
el profundo silencio que reinaba.
Yo estaba vendado, dolorido, débil: por el momento, nada percibí mas que
en conjunto: despues pasé de la observacion de los objetos exteriores á
mí mismo, y me aterré: me faltaban un brazo y una pierna; el
conocimiento de esta falta me hizo arrojar un grito de terror; á aquel
grito, el hombre que dormia junto á mí despertó; era uno de mis
alféreces; uno de tus monfíes.
Esto me tranquilizó un tanto; al menos no estaba en poder de los
idólatras: no debia temer el ser sacrificado á sus horribles ídolos. Sin
duda estaba en medio de mis gentes, puesto que el alférez se mostraba
completamente armado.
--Gracias á Dios, me dijo, que al fin habeis tornado en vos, capitan:
tres dias habeis estado como muerto.
--¿Y dónde nos hallamos?
--A muchas leguas de la ciudad de ese perro idólatra, en cuyo palacio os
encontramos casi hecho pedazos.
--¿Y qué ha sido de ese hombre?
--Logró escapar de nuestras manos; reunió su gente en número
considerable, y nos obligó á retirarnos de la ciudad.
--Pero no nos ha perseguido, puesto que estamos en reposo, y debe estar
muy lejos el peligro, porque dormiais profundamente, alférez, cuando yo
he vuelto en mí.
--Perdonad, capitan, me dijo, si he podido dormirme; hace tres dias con
sus noches que no dormimos: pero eso no quiere decir que no haya
peligro: por el contrario, tenemos al otro lindero del bosque el campo
de los idólatras, y nuestras postas (centinelas) estan al frente de
ellos. Tres dias hemos venido retirándonos, conteniendo una infinita
muchedumbre con el fuego de nuestra mosqueteria, sin cesar de andar,
llevándoos delante de nosotros en un lecho cubierto. Aquí fue necesario
cortaros una pierna y un brazo, y para hacer esta operacion, nos fue
forzoso detenernos y sostener un reñido combate: en él hemos perdido
diez hombres.
--¿Y las mujeres? dije con ansiedad.
--Las mujeres y la presa la hemos mantenido constantemente en medio de
nosotros, y aun no nos hemos visto obligados á perder la menor parte del
botin.
--Y entre esas mujeres, ¿vienen por acaso la esposa y la hija del rey
Calpuc?
--Sí señor.
--Supongo que esas mujeres se habran respetado.
--Ninguno de vuestros soldados, capitan, se hubiera atrevido á tocar á
la presa antes de que vos la hubiéseis repartido.
--¿Y quién me ha curado?
--El médico judio que nos acompaña desde las Alpujarras.
--¿Y qué dice el médico acerca de mi vida?
--Despues de haberos cortado la pierna y el brazo, y de haberos
examinado las heridas de la cabeza, nos aseguró que os quedaban muchos
años de vida; pero... ¿no ois, capitan?
Habia resonado á lo lejos un disparo de arcabuz, al que siguieron
instantáneamente algunas descargas. Poco despues el fuego se extendió á
la redonda, se acercó y se estrechó alrededor de la cabaña donde yo me
encontraba.
--Los idólatras han acometido el campo, exclamó el alférez, y nunca como
ahora nos han cercado: quiera Dios que no nos exterminen esta noche.
--Esperad, le dije: ¿no me habeis dicho que estan entre nosotros la hija
y la esposa del rey Calpuc?
--Si, por cierto.
--Hacedlas venir al momento.
El alférez salió, y poco despues entró con la madre y la hija.
Doña Inés venia pálida, grave; pero altiva, con el mismo trage con que
la habia visto tres dias antes: á no ser por los pasos que dió en la
cabaña al entrar en ella, se la hubiera podido creer una estátua.
Su hija Estrella, inmóvil tambien, abrazada á la cintura de doña Inés,
pálida y trémula, fijaba en mí una mirada llena de terror; el alférez
estaba detrás de ellas impasible, como sino se tratara de una mujer tan
hermosa como doña Inés, y una niña tan semejante á un ángel como
Estrella.
--Doña Inés, la dije: las circunstancias en que nos encontramos haran
que no extrañeis la resolucion que voy á tomar para salvar á mi gente.
--Comprendo la resolucion que tomareis, me dijo con acento glacial doña
Isabel, y bien, estoy resuelta: pereceremos todos.
--¿Y vuestra hija? exclamé con acento profundo.
Noté que doña Inés temblaba, que la niña palidecia aun mas, y que
pugnaba en vano por contener sus lágrimas.
--Ved lo que haceis doña Inés, la dije: vuestro padre tiene
indisputables derechos á recobraros por el honor de su familia, y
prescindiendo de eso, vos teneis un deber sagrado de protejer á vuestra
hija. ¿No os causa horror solo el pensar en ver ensangrentada á vuestros
piés á esa hermosa criatura?
Estrella lanzó un grito de terror, se asió mas á su madre, y rompió á
llorar á gritos.
Doña Inés me llamó infame.
--Y doña Inés tenia mucha razón para llamártelo, dijo Yuzuf.
--Yo no sé si he sido infame, dijo secamente el capitan. Lo que sé es,
que por doña Inés hubiera arrostrado la condenacion de mi alma. Déjame
continuar, Yuzuf.
--Continúa en buen hora, pero procura abreviar, porque tu cuento se ha
hecho ya muy largo, y me aquejan otros cuidados.
--No; es preciso que sepas cuánto he sufrido, cuánto he hecho por el
amor de esa mujer, para que comprendas cuánto puedo hacer todavía.
--Sigue, sigue.
--Si doña Inés hubiera sido mi única prisionera, hubiera arrostrado por
todo y los indios nos hubieran exterminado; pero doña Inés no se
atrevió, no tuvo valor para sacrificar consigo á su hija, y su amor de
madre nos salvó. Escribió una carta para su esposo, en que le hacia
presente su horrible situacion y la de su hija: deciale, que su padre el
duque de la Jarilla me habia enviado para arrancarla de su poder, del
mismo modo que él la habia arrebatado de la frontera en otro tiempo; que
nada tenia que temer de mí, que todo se reducia á volver al seno de su
familia. Doña Inés, en fin, mintió y se valió de su buen ingenio para
aterrar á su marido. Uno de nuestros soldados atravesó el fuego, y fue á
llevar al rey del desierto la carta de su esposa.
Inmediatamente cesó el combate, y se entró en capitulaciones.
Calpuc exigió que se le entregasen los demás cautivos hombres y mujeres,
y la presa, y juramento por mi parte de entregar sanas y salvas, sin
ofensa en su honor, su esposa y su hija al duque de la Jarilla.
Cuando tus monfíes, Yuzuf, supieron que para que se retirasen los
idólatras era necesario entregar la presa, quisieron continuar al
combate á todo trance, á pesar de que contra cada monfí habia mil
enemigos. Hay que confesar que tus monfíes son muy valientes, y que á
duras penas conseguí que entregasen la presa.
Solo doña Inés y Estrella quedaron en mi poder.
Calpuc, que habia comprendido que si bien le era fácil exterminarnos,
atendiendo á que mi gente estaba sin capitan y á que era infinitamente
inferior en número á la suya, el destruirnos era sentenciar á morir á su
esposa y á su hija, quiso mejor que estando vivas, le quedase la
esperanza de recobrarlas algun dia. Yo habia contado con esto, y no
habia contado mal. Antes del amanecer se habian retirado los idólatras
al otro lado del bosque, y pudimos continuar nuestro camino. Pero la
mitad de la compañia habia quedado muerta sobre el campo.
Como me habia dicho en nuestra primera entrevista doña Inés, hasta que
habiamos entrado en los dominios de Calpuc, no habiamos encontrado
gentes formidables: nuestros triunfos habian sido fáciles hasta
entonces, y asi es que cuando desandamos el camino que habiamos llevado
hasta la ciudad de Calpuc, vencimos con facilidad á algunas tribus
salvajes que nos salieron al encuentro. Pero no pudimos hacer una sola
presa y llegamos á la frontera, tan pobres como un año antes habiamos
partido de ella.
Los monfíes estaban desatalentados. Solo yo habia conseguido mi objeto;
pero á medias. Traia conmigo á doña Inés; pero me dejaba allá en el
centro del desierto un brazo y una pierna, y el hacha de Calpuc,
cruzando mi cara, me habia desfigurado conpletamente.
Ademas, mis proyectos de ambicion habian fracasado. Yo no podia ser
esposo de doña Inés, porque doña Inés estaba casada.
A pesar de que el duque de la Jarilla habia dejado el adelantamiento de
la frontera, no me atreví á entrar en las ciudades con doña Inés, que
era muy conocida, y restablecido ya completamente de mis heridas, me
dediqué á hacer la guerra de frontera como antes de mi expedicion al
desierto, llevando siempre conmigo á doña Inés.
Llegó al fin un dia, en que, subyugadas de nuevo las provincias
rebeldes, los indios que no quisieron sujetarse al yugo se internaron en
el desierto, donde no era posible perseguirlos sino con grandes
ejércitos, y por último, no habiendo ya aldeas que quemar ni presas que
hacer, me mandaste que volviese á España.
Yo temia volver á España con doña Inés, por la misma razon que no habia
entrado con ella en ninguna de las villas y ciudades de Nueva España:
temia que algun amigo ó deudo de su padre la conociese. Te envié, pues,
tu gente, y me quedé solo con doña Inés y Estrella, como esclavas.
Dudé al embarcarme con ellas para Europa á dónde mi dirigiria: en
Flandes y en Italia me exponia á dar con un tropiezo, porque en aquellos
paises abundaban los españoles. Difícil era encontrar un punto en Europa
donde los españoles no llevasen su planta. Me decidí, pues, por Grecia.
En el archipiélago he vivido algunos años. Me hice construir una casa á
las orillas del mar, en Chipre, y compré una almadía. Yo necesitaba oro,
y me hice pirata. ¿Qué quieres? Yo necesitaba ejercitarme en algo.
Cuando volvia de mis excursiones cargado de oro y cubierto de sangre,
gozaba entre los brazos de doña Inés...
--¡Cómo! ¿doña Inés fue tan miserable que al fin manchó su fe, amándote?
exclamó con severidad Yuzuf.
--Recuerda emir que doña Inés tiene una hija.
--¡Ah!
--Como se habia sacrificado la esposa, se sacrificó la madre. Doña Inés
luchó largo tiempo y fue preciso para que sucumbiese que yo la amenazase
con separarla de su hija. Estrella era mi esclava y podia venderla.
¿Comprendes ahora que doña Inés pudiera ser mia, y hasta que por no
irritarme fingiese que me amaba?
--Comprendo que eres un infame, Sedeño, y que Calpuc ha tenido y tiene
mucha razón para pedirme tu cabeza.
--¡Eh! yo no sé si he sido infame ó no: lo que sé es que doña Inés podia
haber sido muy feliz conmigo, si hubiera sido menos testaruda. Al fin,
lo hecho está hecho. La obstinacion de doña Inés me ha obligado á
tratarla con crueldad. No es mia la culpa. ¿Acaso la amé yo porque
quise? Si no con su hermosura, con un no sé qué misterioso, que me
enloquecia, me obligó á amarla. Era necesario que yo ó ella nos
sacrificásemos, y entre los dos sacrificios elegí el suyo. Esto es muy
natural. Ademas, me habia costado muy cara para que yo renunciase á
ella: me habia costado una expedicion al desierto en que expuse mi vida
en cien combates, y por último un brazo y una pierna. ¿Cómo querias que
yo renunciase á doña Inés?
--Continúa.
--Ya te he dicho que doña Inés solo se doblegaba á mis deseos por el
temor de perder á su hija. Pero yo no podia engañarme: me aborrecia con
toda su alma, y este aborrecimiento, que no podia ocultarme, me irritaba
y mi irritacion era siempre fatal para ella: de dia en dia iba
desapareciendo su hermosura, y su palidez enfermiza, su demacracion, la
aguda enfermedad de pecho que la aflige, la tornaron al fin desconocida,
fea, flaca, cuando apenas contaba treinta y cinco años. Entre tanto
Estrella crecia cada dia mas hermosa, y me enamoré de Estrella.
--¿Despues de haber sacrificado á la madre, querias sacrificar á la
hija? exclamó con indignacion Yuzuf. ¿Y te atreves á confesarme sin
rubor tales infamias?
--¿Qué quieres Yuzuf? Son cosas del corazon. Yo siempre me he dejado
llevar de mi corazon, y bueno es que sepas cuánto me interesan esas
mujeres, para que comprendas hasta qué punto me dejaré llevar antes que
consentir en que nadie me las arrebate. Además, tú no tienes por qué
extrañarte de nada. ¿Acaso tú al frente de tus monfíes no has incendiado
villas y llevado á sangre los viejos, las mujeres y los niños?
--Son gente de la raza maldita; son cristianos, son los enemigos de mi
pueblo: los que se gozan en nuestro sufrimiento, en las crueldades que
se apuran con los moriscos. Entre los cristianos y nosotros, no puede
haber mas que sangre y fuego.
--Resulta que tú eres cruel con los cristianos por venganza, y que yo
soy cruel con esas dos mujeres, porque la una y la otra me han
enamorado: exigencias del corazon, Yuzuf. Pero necesito concluir. El
estado en que se encontraba doña Inés, y los años que habian trascurrido
desde que fue robada á su padre, me aseguraban de que no pudiese ser
reconocida, si por un azar lograba verla alguien, burlando mi
vigilancia. Deseaba volver á España, y hace un año que volví á las
Alpujarras y me puse de nuevo en inteligencia contigo. Volví á ser
capitan del presidio de Andarax, espía de los cristianos en servicio
tuyo, y ya sabes cuan bien te he servido durante este año.
--Por lo mismo he hecho jurar á Calpuc que no tocará á tu cabeza
mientras yo no se lo permita.
--Sí, sí, todo esto es cierto. Pero tambien es cierto que hubieras hecho
mucho mejor en dejarle morir á manos de la justicia que le habia preso
por intento de asesinato contra mí, que en librarle de la cárcel y
protegerle, contentándote solo con exigirle juramento de que no
atentaria á mi vida. Mejor hubieras hecho en castigar al monfí, que
habiendo sido hecho cautivo por las gentes de Calpuc en el desierto, le
ha servido de guía hasta las Alpujarras. Pero ¡ya se ve! Calpuc es muy
rico y te habrá comprado tu proteccion.
--Concluyamos, Sedeño: ¿que quieres de mí?
--Quiero que me permitas deshacerme de ese hombre.
--Yo no puedo ser el verdugo de un rey.
--¡De un rey de bárbaros, cuyo trono está al otro lado de los mares!
--Sea como quiera, Sedeño, las desgracias de Calpuc le hacen merecedor
de una proteccion mayor que la que yo le he dispensado; en conciencia yo
debia haberte dejado entregado á él...
--¡Entregado á Calpuc! ¿crees tú que si Calpuc no estuviera protegido
por tí, por tí, que tienes demasiadas pruebas para entregarme al rey y á
la Inquisicion, ya que no quisieras destruirme por tu propio poder,
estaria vivo Calpuc?
--Calpuc te hará pedazos el dia en que yo se lo permita.
--¡Oh! ¡oh! tú eres el que me tienes atado de piés y manos: en cuanto á
Calpuc está tan resuelto á romper el juramento que te hizo de respetar
mi vida, que me ha obligado á salir de las Alpujarras, y hace algunos
dias que ronda mi casa en Granada.
--Eso prueba que respeta su juramento, lo que no impide el que pretenda
rescatar su esposa y su hija.
--Pues cabalmente es necesario que eso no suceda.
--Obra como mejor puedas para guardar á esas mujeres: por lo demás, te
anuncio que el dia en que tenga un solo indicio de que has tendido una
sola asechanza al rey del desierto, aquel dia eres hombre muerto,
Sedeño. ¿Qué? ¿no eres mi vasallo? ¿no me debes obediencia? ¿no eres,
aunque de sangre cristiana, monfí, como cualquier otro de los mios? Si
no fueras monfí, ¿poseerias las riquezas que posees?
--Veo que va á ser necesario que entremos en condiciones.
--¡Condiciones! ¡condiciones entre los dos! exclamó Yuzuf con ímpetu:
¿acaso eres mas que mi esclavo?
--Siéntate, poderoso Yuzuf, y escucha: en la situacion en que me
encuentro me veo obligado á todo... y tengo de mi parte ciertas
ventajas.
--¡Ventajas...!
--Si por cierto. Tú tenias un hijo.
--¡Que tenia yo un hijo!... ¿pues qué, Yaye ha muerto?
--Cuéntale por muerto, porque está en poder de Satanás, y si yo no te le
entrego...
--¡Cómo! ¿te habrás atrevido?
--Aunque yo sea malo como el diablo, Yuzuf, no soy yo el que está
apoderado de tu hijo. Es una mujer que hace mucho tiempo está enamorada
de él.
--¡Una mujer! No te comprendo Sedeño.
--Ni yo me explicaré mas. Bástete saber que tu hijo está en poder de esa
mujer, encerrado, cautivo... que aunque esa mujer ha llegado á ser su
querida, sabe demasiado que Yaye no la ama, y será capaz de retenerle en
su encierro ó de envenenarle, cuando no le pueda retener. Te juro que si
yo no te ayudo, pierdes tu hijo, le pierdes, como yo perdí á mi padre.
--Pero yo puedo sujetarte al tormento.
--Moriré en él sin revelar una sola palabra. Bien sabes que soy
valiente, Yuzuf.
El anciano se levantó, y se puso á pasear agitado, por la cámara. Sabia
demasiado que Sedeño era hombre á quien nada aterraba, y que habiéndose
propuesto deshacerse de Calpuc, no cejaria en su empeño aunque emplease
para dominarle todos los terrores; todos los dolores posibles.
Yuzuf era padre, amaba á Yaye de una manera exagerada, si es que puede
haber exageracion en el amor de un padre hácia su hijo. La pérdida de
Yaye, la incertidumbre acerca de su suerte, habia llenado de amargura el
corazon del anciano, y habia recibido un inmenso consuelo al saber por
boca de Sedeño que su hijo vivia. Pero al mismo tiempo Sedeño se negaba
á revelarle el lugar donde se ocultaba su hijo, y le exigia en cambio
una infamia.
Yuzuf, sin embargo, no tardó en decidirse; pero antes se habia hecho el
razonamiento siguiente:
--Calpuc me exige todos los dias, á todas horas, con un empeño
justísimo, que le releve del juramento de respetar la vida de ese
infame; ese vil Sedeño me pide por su parte que le permita deshacerse de
Calpuc; entro estos dos hombres existen razones bastantes para que
quieran mútuamente exterminarse. A mí, á mi pueblo conviene, que esos
dos hombres vivan: Calpuc es riquísimo, sus tesoros son inagotables, y
por odio á los españoles, me facilita medios para sostener mi ejército
de monfíes. Como yo, es rey de una raza proscripta, vencida, amenazada
por la cólera de los castellanos. Calpuc es mi igual, mi aliado natural.
Por otra parte, Sedeño me sirve bien: es un excelente espía; vende á los
castellanos en mi provecho, y acaso podríamos deberle un dia una
sorpresa sobre Granada, sobre nuestra querida ciudad. Estos dos hombres
son preciosos para mí. Pero mi hijo es antes que todo. Si Sedeño me
revela el lugar donde se encuentra, le permitiré que obre contra Calpuc,
y del mismo modo permitiré á Calpuc que obre contra Sedeño. El resultado
será verme privado de la ayuda de uno de estos dos hombres, ó acaso de
la de los dos. Pero mi hijo... mi hijo... si, es preciso de todo
punto... mi hijo antes que todo.
Y se detuvo, y se volvió resueltamente á Sedeño.
--¿No has tenido tú parte, directa ni indirectamente, en la prision de
Yaye? le dijo.
--Ya te he dicho que Yaye está en poder de una mujer.
--Respóndeme de una manera decidida.
--Nada he tenido ni tengo que ver en la prision de tu hijo.
--Pues bien; revélame el lugar donde se encuentra, y los medios de
salvarle, y te permito que hagas lo que puedas contra Calpuc.
--¿Hasta matarle?
--Te dejo libre del juramento de respetar su vida.
--Pues bien; solo me falta una condicion para señalarte el lugar donde
tu hijo se encuentra.
--¡Otra condicion!
--Sí, poderoso Yuzuf, las duras circunstancias en que me encuentro me
han obligado á ofenderte. Prométeme, por tu fe de emir, de creyente y de
caballero, que me perdonarás, y que no me negarás tu confianza, como no
me la has negado hasta ahora. Hé aquí mi última condicion.
--Dáme á mi hijo, y te lo prometo todo.
--¿Nada tendré que temer de tí?
--Nada.
--Pues bien; tu hijo Yaye, está encerrado en un subterráneo de la casa
de don Diego de Válor, y en poder de su esposa doña Elvira, que hace
mucho tiempo que le ama.
--¿En casa de don Diego de Córdoba y de Válor?
--Sí por cierto.
--¿Y cómo sabes tú eso, dijo con recelo Yuzuf, cuando no han podido
averiguarlo Abd-el-Gewar, ni los monfíes que yo he enviado á Granada en
demanda de Yaye?
--Escucha Yuzuf: tú recordarás que yo, para estar en inteligencia oculta
con don Diego, sin que pudiesen conocerlo los cristianos, compré una
casa contigua á la de don Diego en el Albaicin. Estas dos casas se
comunican por una mina.
--¡Ah! exclamó Yuzuf, para quien el recuerdo de Sedeño fue un rayo de
luz.
--Bien; pues en esa mina hay algunos aposentos. Hace algunos dias,
ignorante yo de que don Diego habia salido de Granada, y teniendo que
darle algunas noticias importantes para que te las trasmitiese, bajé á
la mina, y al acercarme á uno de los aposentos de que te he hablado, oí
dos voces que hablaban apasionadamente: era la una de mujer, la otra de
hombre, hablaban de amores: en la mujer reconocí á doña Elvira, la
esposa de don Diego: por lo que escuché, supe que el hombre era Yaye, tu
hijo. Sabia que tú le buscabas y que no le encontrabas, y esto me llenó
de alegría, porque me dije: yo daré al emir su hijo, y el emir en cambio
me dará la vida de Calpuc.
--¿Y doña Elvira es amante de Yaye? preguntó con repugnancia Yuzuf.
--Sí, sí por cierto, y parece que se aman mucho.
--¡Ah! silencio, silencio; don Diego anda libremente por esta parte del
alcázar, y pudiera oirnos, dijo Yuzuf con cuidado.
En aquel momento se oyeron pasos, y poco despues se abrió una puerta, y
entró don Diego.
Yuzuf le miró de una manera profunda, pero nada vió en don Diego que
demostrase que habia oido las últimas palabras del capitan; estaba
tranquilo, su paso era seguro, y su mirada descuidada.
--¡Ah! dijo deteniéndose, apenas habia dado algunos pasos en la cámara,
perdonad si he sido indiscreto sin saberlo: pensaba que estabas solo,
Yuzuf.
--No, don Diego, no estoy solo; hace algunos momentos que me ocupo de
una conversacion interesante con el capitan Sedeño.
--Sí, sí por cierto, dijo el estropeado, y venís muy á tiempo don Diego,
porque yo he venido á haceros un mutuo servicio al emir y á vos.
--¿Un mutuo servicio, capitan? dijo con perplejidad don Diego.
--Sí por cierto. ¿Recordais lo que pasó en vuestra casa el dia en que se
casó con Miguel Lopez vuestra hermana doña Isabel?
--No comprendo lo que quereis decir.
--Cuando ya aquella boda no podia suspenderse, se presentó en vuestra
casa Sidy Yaye, el hijo del emir.
--Es verdad, dijo don Diego.
--¿Y por qué me lo has ocultado, preguntó con su acento de terrible
amenaza Yuzuf, cuando sabias la ansiedad con que yo buscaba á mi hijo?
--Porque no sabia si estaba muerto ó vivo.
--¡Cómo! ¿pues quién se atrevió?...
--Tu hijo, Yuzuf, supo en mi casa sin que yo lo pudiese evitar, que mi
hermana doña Isabel acababa de casarse con Miguel Lopez: ya te he dicho
las terribles razones que tuve para obligar á mi hermana á que se casase
con ese hombre, rompiendo el pacto que existia en nuestras familias y
por el cual tu hijo Yaye debia ser esposo de mi hermana. Tu hijo al
saber que ya aquella union era imposible, cayó en tierra mortal, y yo le
dejé al cuidado de mi esposa en lugar seguro, y me puse inmediatamente
en camino con Miguel Lopez, á quien arrastré con un pretexto, y á quien
como traidor debia matar, y como obstáculo remover de en medio de doña
Isabel y de Yaye, que ya se amaban. Cuando algunos monfíes estaban
próximos á dar muerte á Miguel Lopez, tú que te habias aproximado á
Granada, me encontraste, é irritado por el asesinato de Miguel Lopez,
cuya razon no podias apreciar bien, porque no conocias su traicion, me
trajiste contigo. Tú tenias indicios ó los tuvistes despues de que tu
hijo habia estado en mi casa, recelaste de mí, y me intimaste que no me
veria libre hasta que estuvieses seguro de mi inocencia acerca de la
desaparicion de tu hijo. Yo no podia saber, pues, si tu hijo habia
sobrevivido ó no al accidente mortal que le habia acometido al saber el
casamiento de mi hermana, y temiendo que hubiese muerto no me he
atrevido á revelarte nada. Acaso, si por desgracia Yaye hubiese
fenecido, me hubieras imputado su muerte cuando he hecho cuanto ha
estado de mi parte por salvarle, y por romper el lazo que impedia su
union con Isabel. Juzga en tu prudencia si he tenido razon para callar ó
no.
--Por fortuna, don Diego, dijo Yuzuf, el capitan Sedeño ha descubierto
que mi hijo vive.
--¡Ah! por la mina... lo comprendo perfectamente. ¿Y le habeis hablado,
capitan?
--No por cierto: sabia que allí estaba en seguridad, conocia ó adivinaba
las razones del misterio acerca del paradero de Yaye, y he venido á
avisar al emir. He tenido una doble satisfaccion; porque en vuestra casa
se tiene una gran ansiedad por vos.
--Pues esa ansiedad durará muy poco, dijo Yuzuf; aprecio en lo que valen
las razones que has tenido, don Diego, tanto para castigar á Miguel
Lopez, como para ocultarme la existencia de mi hijo en tu casa. Pero ya
han desaparecido mis temores y el motivo de tu prision, don Diego. Ahora
mismo vais á partir á Granada, tú, tu hermano y el capitan Sedeño. Es
preciso que esta noche mi hijo esté en poder de Abd-el-Gewar.
--Un momento aun: me queda algo importante que decirte Yuzuf, dijo el
estropeado.
--¡Importante!
--Sí; el capitan general y la chancillería de Granada estan con gran
cuidado.
--¿Pues qué sucede?
--Hay poca gente de guerra en la ciudad, los moriscos se muestran cada
dia mas y mas amenazadores, y representan de una manera rebelde contra
el edicto del emperador. Anoche casa del Homaidí, en el Albaicin, se
reunieron los xeques de la ciudad y los de las aldeas de la vega, y
resolvieron enviarte algunos de ellos para poderte ayudar; se trata de
una rebelion.
--¿De una rebelion? exclamó con alegría Yuzuf; ¿se han decidido al fin á
romper las cadenas que tan vergonzosamente han llevado tanto tiempo los
moriscos de Granada?
--Sí, y la ocasion es propicia, dijo don Fernando: el emperador se halla
empeñado en guerra con Francia; el sultan de Constantinopla ansía un
campo de batalla en las tierras de Occidente contra el cristiano, ¿y qué
campo mejor que las Alpujarras? Puesto que en Granada hay pocos
soldados, á las armas, y ¡sus! lancemos el grito de guerra. Demos el
primer golpe, y si nos apoderamos de Granada, despues no nos han de
faltar ni naves, ni soldados turcos.
En aquel momento se abrió la puerta del fondo y un monfí dijo
inclinándose profundamente.
--Magnífico, señor, cuatro xeques de Granada desean hablarte.
--Que entren, que entren al momento.
Poco despues se celebró un consejo, en que abundaron el entusiasmo, el
valor, la energía de las razas dominadas que aun no se han degradado, se
alimentaron magníficas esperanzas y se decidió dar el grito en Granada
en la noche del dia siguiente.
Yuzuf estaba frenético de alegría; habia encontrado á su hijo, y se le
presentaba la ocasion que tanto tiempo habia deseado de desplegar su
bandera real ante el estandarte imperial de Carlos de Austria, el
valiente rey de España, el poderoso emperador de los germanos.